Observe usted lo rápido que ese lector lee, cómo vuelve las páginas; tarda en leer cada una el mismo número de segundos. Saque usted el reloj. Son, todos ellos, pensamientos sobre los que es preciso meditar bien, unos más pesados, otros más ligeros, ¡y él tiene para todos un solo modo de disfrutarlos! Los lee uno tras otro, el desgraciado, ¡como si fuera lícito leer así colecciones de pensamientos!