El ser humano está muy bien defendido contra sí mismo, contra los reconocimientos y asedios realizados por él; habitualmente lo único que es capaz de percibir de sí son sus obras exteriores. La auténtica fortaleza le resulta inaccesible, incluso invisible, a no ser que amigos y enemigos hagan de traidores y lo introduzcan en ella por un camino secreto.

La observación de sí mismo

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