La distinción que hay en la desgracia (como si sentirse feliz fuera una señal de superficialidad, simpleza de espíritu, ordinariez) es tan grande que cuando alguien nos dice: «¡Pero qué feliz es usted!», habitualmente protestamos.
La distinción que hay en la desgracia (como si sentirse feliz fuera una señal de superficialidad, simpleza de espíritu, ordinariez) es tan grande que cuando alguien nos dice: «¡Pero qué feliz es usted!», habitualmente protestamos.