¡Qué pobre sería el espíritu humano sin la vanidad! Con ella, en cambio, se parece a un almacén de mercancías bien lleno y que continuamente está llenándose. Ese almacén atrae a compradores de toda índole, los cuales pueden encontrar allí casi todo, tener todo, presuponiendo que traigan consigo la clase válida de moneda (la admiración).

La vanidad enriquece

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