De niño es cuando más distante del animal está el ser humano, cuando más humano es su intelecto. A los quince años, con la pubertad, se acerca un paso al animal; y otro paso más, con el sentido de la propiedad de los treinta años (la línea intermedia entre la holganza y la avidez). A los sesenta años, se pierde a menudo también el pudor; después el septuagenario se nos presenta como una bestia sin velos; basta mirar sus ojos y su dentadura.