También el alma ha de tener determinadas cloacas propias por las que deja fluir sus inmundicias; para tal fin sirven personas, circunstancias, estamentos, o la patria, o el mundo, o por fin –para los muy presumidos (estoy refiriéndome a nuestros queridos «pesimistas» modernos)– el buen Dios.

Cloacas del alma

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