Lo normal es que sólo tras la muerte de una persona encontremos inconcebible que falte. En el caso de personas grandes del todo eso no ocurre a menudo hasta que han pasado decenios. Quien es honesto opina habitualmente, cuando ocurre una muerte, que en realidad no es mucho lo que falta y que el solemne orador fúnebre es un hipócrita. Sólo la necesidad enseña lo necesario que era un individuo, y el epitafio justo es un suspiro tardío.