Suponiendo que queramos alabar, constituye un sutil y a la vez aristocrático dominio de nosotros mismos el alabar únicamente cuando no estamos de acuerdo; de lo contrario, nos alabaríamos, en efecto, a nosotros mismos, lo cual va contra el buen gusto. Desde luego es ése un autodominio que ofrece una ocasión y un motivo magníficos para que se nos malentienda constantemente.