La desgracia de los escritores agudos y claros está en que se los toma por superficiales y en consecuencia no se les dedica ningún esfuerzo, y la suerte de los escritores no claros, en que el lector les dedica mucho esfuerzo y atribuye a la bondad de ellos la alegría que a él le produce su propio celo.

Doble desconocimiento

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