Una sentencia es un eslabón de una cadena de pensamientos. Requiere que el lector rehaga con sus propios medios la cadena, eso es pedir mucho. Una sentencia es una petulancia. O una cautela, como bien supo Heraclito. Para poder saborear una sentencia es preciso agitarla antes y mezclarla con otros ingredientes (ejemplos, experiencias, historias). Muy pocos saben hacerlo, y por ello es lícito expresar tranquilamente en sentencias cosas inquietantes.