Encontró el mono un nido de pequeños pájaros y, muy contento, se arrojó sobre ellos, pero como ellos sabían ya volar, sólo consiguió apresar uno. Lleno de alegría, volvió con él en mano a su albergue y empezó a contemplarlo y a besarlo con entrañable amor; y tanto al fin lo besó, acarició y apretó, que acabó por sofocarlo. Decimos esto por aquellos cuyos hijos se pierden por no haber sido castigados a tiempo.