Habiendo así convertido los intersticios por donde introducía su aliento en alegres ventanas para su uso, iluminaba, con el brillo de las rutilantes chispas que iluminaba, con el brillo de las rutilantes chispas que despedía el espacio de la cerrada cocina, disipando la oscuridad que la entenebrecía. Las llamas, desbordando al fin, se mezclaban con el aire circundante y mostraban su regocijo cantando con dulces murmullos de suaves sonidos…