Alabemos, pues, al que satisface al oído con palabras; y al que con sus pinturas satisface al gusto de los ojos; pero menos al primero que al segundo, porque las palabras son creaciones accidentales del hombre y no obras de la naturaleza, como las que el pintor imita, y que se le presentan en forma de figuras definidas por las superficies que las determinan.
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