Nadie, a buen seguro, preferiría perder, antes que el oído o el olfato, el sentido de la vista. La pérdida del oído sólo trae consigo la pérdida de todas aquellas nociones que se resuelven en palabras; mientras que, la de la visión, lo privaría de la belleza del mundo, la cual consiste en la superficie de los cuerpos, ya sean naturales o producidos por el arte, que se reflejan en el ojo humano.