Si miras las estrellas libres de toda irradiación (lo que puede conseguirse observándolas a través de un pequeño agujero hecho con la punta de una aguja delgada y colocado casi tocando el ojo), comprobarás que ellas son de tan mínimas dimensiones que nada menor puede concebirse. La gran distancia que nos separa de las mismas es realmente la causa de su proporcional disminución, por más que muchas de esas estrellas sean de magnitud infinitamente superior a nuestra Tierra.