Nuestras relaciones con las mujeres están fundadas en la sensualidad, en el gusto de amarlas y de ser amados y en el deseo de agradarles, porque ellas son los mejores jueces en algunas cosas que constituyen el mérito personal. Este deseo general de agradar produce la galantería, que no es el amor, sino la delicada, la ligera, la perpetua ilusión del amor