¿No veía una llamativa desproporción entre la insignificancia de la causa y la enormidad del acto? ¿Acaso no sabía que lo que proyectaba hacer era excesivo? Si, pero precisamente lo que le atraía era el exceso. No quería ser razonable. No quería ser comedida. No quería medir, no quería razonar. Admiraba su propia pasión aún sabiendo que la pasión, por definición, es un exceso. Como ebria, no quería salir de esa ebriedad.
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