Poemas en este tema

Viajes y Horizontes

José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Fantasía De La Estación Adversa

FANTASÍA DE LA ESTACIÓN ADVERSA


El desfile de los días morosos, enlutados por
el invierno, visitados por la pesadumbre. Los pájaros del cielo,
emisarios de la tormenta, desbandados por la ventolera. La niebla
suspendida, de pies alados, esquivos del contacto de la tierra.

El palacio de los escombros fulminados sobresale en
la comarca ignota, orillas del mar de las aguas pesadas, y una selva le
cubre las espaldas.

El cortejo de los jóvenes alegres, venidos de
más allá del horizonte, profana cierto día las
salas y aposentos de la ruina feudal. Motejan las armas de la panoplia
antigua y su retozo descomunal despierta los ecos indignados.

Visitan la selva, donde cortan a raíz los
árboles macizos, reproduciendo a cada paso el derrumbe
estrepitoso de una torre, y componen esquife liviano, seguros de
continuar, por nuevos caminos, su peregrinación bulliciosa.

Partieron entre canciones volanderas, señal
de su humor desprevenido, a la exploración del mar
enigmático, y perecieron náufragos en sus aguas pesadas,
antes de comunicar el descubrimiento del palacio fatal.


453
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Avenimiento De Sagitario

EL AVENIMIENTO DE SAGITARIO


Yo había escapado a la saña de mi
enemigos, retirándome dentro del país, al pie de las
montañas, de donde bajan, en son de guerra, las tribus
homicidas. Había dejado la ciudad nativa y su alegre ensenada al
arbitrio de una facción vehemente.

Me había seguido la cautiva meditabunda, a
quien rescaté de los piratas, seducido por su belleza grave.
Sólo se animaba al recordar el suelo de su nacimiento, donde las
selvas de ébano prosperan cerca del océano infecundo.

Mis huéspedes temían haber ofendido a
su dios aborigen, arquero vengativo. Lo creían deseoso de
continuar entre los hiperbóreos, moradores, en casas de madera,
de un clima propicio, donde una luz vaga reposa los sentidos.

Autoritarios sacerdotes, negados al regalo, buscaban
reconciliarlo por medio de una ceremonia decisiva. Me impusieron la
separación de mi compañera y el sacrificio de su vida.

Partió de mí con adiós
interminable, despertador de la compasión.

Un galope solitario y el aire trémulo de
saetas invisibles anunciaban, al mediar la noche, el retorno del numen.


435
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Cuento Desvariado

CUENTO DESVARIADO


El infante de los reyes proscritos fue abandonado en
un esquife, después de vencidos en la contienda desesperada.

Bogaba en medio del cántico de las olas
salvajes, hacia la isla de los naufragios, visitada por las aves.
Aportó derechamente donde lo esperaba el adepto de una ciencia
aborrecida, árbitro de los elementos, adornado con una guirnalda
de roble. Había dejado su retiro, entre las ruinas de fortalezas
inmemoriales, al sospechar el arribo del predestinado.

Debía transmitirle las enseñanzas
fiadas a la memoria de una secta formal, temerosa de escribirlas.

El niño creció con sólo
respirar un aire vital. Mandaba sobre la milicia de las aves, celosas
de contentar su voluntad inocente y de contarles mensajes de un origen superior.

Su vida apacible conserva el dejo de un solo pesar,
desde la evasión inopinada del maestro. La isla alargaba en ese
momento de la tarde su sombra triangular sobre el mar violáceo.

La luna, anegada en la borrasca, inspira al
solitario la imagen de una mujer distante, de alma simpática.

La busca en un bajel insumergible, de estela argentina.

Ella vive, abrazada a una esperanza, en el aposento
más alto de una torre.

El proscrito descubre su única hermana en la mujer vigilante.

Conoce el principio de su separación y
recupera, por sus avisos y con los medios aprendidos en la isla
tormentosa, los bravos súbditos de sus progenitores.


469
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Aventurero

EL AVENTURERO


Estaba inerme por efecto de la porfía secular
con el burgués y el villano. Había perdido sucesivamente
mis privilegios.

Un afecto legítimo reposó los
días iniciales de mi juventud.

La doncella rústica, peregrina del mundo de
los sueños, portaba una hoz de plata en la ocasión de la
primera vista.

Enviudé en el curso de hostilidades activas.
La algazara de los rebeldes abrevió los últimos instantes
de mi compañera.

Pasaba las noches, solo y vestido de hierro, al pie
del lecho de su última dolencia. Amigos y criados me
habían abandonado en el peligro.

Escrutaba, asomado al ventanal, el cielo manchado de
luz tímida.

La muchedumbre se revolvía al pie de los
muros, apercibiendo armas y vociferando amenazas.

Aproveché la celebración de un
armisticio y escapé, en demanda de la fortuna, sobre un caballo
nervioso. Buscaba peligros más importantes.

Dormía con las riendas en la mano sobre el
suelo rudo. La noche letárgica borraba las siluetas.

Monté en una barcaza del comercio levantino y
hallé el ejército de los cristianos en donde corrieron,
bajo la sanción divina, los días primeros de la humanidad.

Los azores y los corceles habían muerto de
sed en los desiertos de arena. Los paladines jadeaban a pie o
cabalgaban el asno modesto y el buey palurdo.

Un intrigante, fugitivo de mazmorra bizantina, se
propuso desviarme de la hueste lacerada. Me insinuaba la conquista del
mando en reinos indefensos, al alcance de la mano, y me prometía
la cohorte desigual de sus adeptos.

Ejecuté el proyecto después del
escarmiento de los nuestros. Los infieles salieron por escuadras, de
los senos y de las cuevas de una serranía.

Fuimos acorralados y vencidos por la multitud de sus
jinetes. Usaban caballos habilitados para combatir simulando la fuga.
Sus armas, de un metal claro, encarnaban tenazmente.

Las mujeres, guardadas en el medio del campamento,
prefirieron la servidumbre al sacrificio. Vistieron galas y preseas
para aumentar su belleza a los ojos del vencedor.

Mi consejero quedó entre los muertos. Yo
salí a salvo, con el séquito de sus parciales, siguiendo
una despedazada vía romana.

Atravesé los escombros de una
civilización historiada por los gentiles.

Llegué donde me aclamaron pueblos
desconocidos, segregados.

He cimentado la fortuna de mi reino por medio de mi
casamiento con la sobrina de un príncipe armenio.


816
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Viaje De Himilcón

EL VIAJE DE HIMILCÓN

El almirante de la escuadra pisó el templo.
Estaba ajado por las tribulaciones del viaje. Venía a cumplir
los votos enunciados, debajo del peligro, en un mar desconocido.
Portaba en la diestra el volumen donde había consignado los
portentos de la navegación. Lo puso en manos del sacerdote, a
quien abordó modesta y dignamente, previniéndolo con una
reverencia. Aquel relato debía inscribirse, a punta de cincel,
al pie del ídolo gentilicio, en honor de la ciudad
marítima.

Las naves aportaban rotas y deshabitadas. Los
marineros escasearon en medio de un mar continuo, cerca del abismo,
cabo del mundo.

Algunos recibieron sepultura nefanda en el seno de
las aguas. Muchos perdieron la vida bajo los efluvios de un cielo
morboso, y sus almas lamentan el suelo patrio desde una costa ignorada.

Los supervivientes divisaron, camino del ocaso, el
reino de la tarde, islas cercadas de prodigios; y descubrieron el
refugio del sol, labrador fatigado.

Unos bárbaros capturados en el continente,
prácticos de naves desarboladas, contaban maravillas de su
visita a un país cálido, más allá del
miraje vespertino; y aquellos hombres de semblante feroz y ojos grises,
criados bajo un sol furtivo, motivaron con sus fábulas
insidiosas el comienzo del retorno.


456
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Peregrina De La Selva Profética

LA PEREGRINA DE LA SELVA PROFÉTICA


La castellana recorre el bosque. Su canción
despierta la espesura. Los árboles vuelven del sopor de la noche
y de sus nieblas.

La voz lánguida declara afectos y memorias de
la ausencia. Mienta al único hermano, fascinado, al empezar la
juventud, por el ejemplo de recios adalides en reinos ultramarinos.
Partió sobre un caballo rápido, vencedor de los dragones,
y un águila seguía la carrera del héroe.

Algún viajero aporta con breve noticia,
recordada laboriosamente después de la zozobra de un mar
intransitable.

El héroe se ha perdido en medio de un
laberinto de montañas, donde se cruzan caminos indiferentes y
nace el manantial de un río sin nombre, alimentado por las
lluvias.

El bosque entero exhala voces compasivas, y un
álamo, el más bello de todos, plantado por el ausente, se
ha desplomado sobre la fuente cándida.


477
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Renacentista

RENACENTISTA


La veneciana altiva de tez nevada, escucha las
barcarolas desde la azotea de su mansión bizantina. Mira la
tarde fantástica, de celajes dispersos, semejanza de tesoros
volcados sobre el piso de un palacio roto a la fuerza. Un soplo del mar
desata los cabellos de luz sobre la veste azul y le besa el rostro
mortificado.

Defiende a veces con la diestra los ojos
deslumbrados, adornándose con el atributo de una ceguedad
temprana y divinatoria, y la breve sombra de la mano aumenta la
dignidad de la faz muda.

La mujer nota el arribo de las galeras alegres,
ostentosas de blasones dominantes, animadas con el atavío de las
banderolas triangulares y volubles. Vienen de visitar naciones
índicas, de alma sinuosa, de prosperidad inficionada, sujetas a
la voluntad de reyes disipados.

Reconoce a los vencedores del mar fluctuoso,
deshecho en montes, marinos prendados de constelaciones hechiceras,
rescatados y salvados por algún vuelo de aves de vida
continental; y desadvierte la hazaña de la juventud aguerrida,
de fuerza probada en el océano patente.

La virgen refractaria condena las mercedes de la
fama, siguiendo la voz de un orgullo terminante. Conoce las ideas de su
tiempo, recreo de un ideal soberbio, enemigo de la fe tradicional.
Resume el infortunio de su casta, de porte senatorial, extinguida bajo
la saña de una facción victoriosa, y oculta su vida y su
nombre en la morada bizantina, arruinada secretamente por el mar,
celador previsto de su lápida.


385
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Resipisencia De Fausto

LA RESIPISENCIA DE FAUSTO


Fausto quiere pacificar su curiosidad, encontrar
razones con que explicar de una vez por todas el espejismo del
universo. Ha solicitado la inspiración de la soledad y domina
abrupta cima, teniendo debajo de sí un apretado cerco de nubes.
Huella con ligereza de ave una mole de aristas resaltadas. La borrasca
embiste sin tregua el paraje sublime, adecuado para la
meditación del problema fundamental.

Fausto ha abandonado el estudio parsimonioso y el
amor suave de Margarita, desde que trata con cierto personaje
recién aportado al pueblo: un hombre de sospechosa parla, que
desordena el vecindario con prestigios de invención
diabólica, señalados por más de un detalle
arlequinesco.

Él propone a Fausto las interrogaciones
últimas, inspirándole una curiosidad descontenta y
soberbia, habilitándolo con máximas feroces, enemigas de
contemplaciones y respetos. Fausto lo rechaza de su trato y amistad con
términos violentos, proferidos en la abrupta cima, redoblados
por los ecos temerosos del precipicio; y el seductor se retira
gesticulando grandiosamente y sin compás, obstinado en visajes y
maniobras de truhán. Parte confiado en la germinación de
su influjo malsano.

Fausto prueba a aliviar con el viaje distante,
dividido en peligros y orgías, la enfermedad de aquel ideal
orgulloso, infundida por la ciencia; pero encuentra la desesperanza al
cabo de las nuevas emociones. Solicita las vivaces comarcas
meridionales; atraviesa, menos que fugitivo, un reino tenebroso, obseso
de la matanza y de la hoguera, de alma sacerdotal con vistas a la
muerte, y renegado del esfuerzo y de la vida.

Pero llega finalmente a un país elíseo
donde los mirtos y los laureles, criados bajo un cielo primaveral,
tremolan al paso del aire melodioso y montan guardia al lado y en torno
de los mármoles ejemplares y de las ruinas sempiternas. Descansa
en una ciudad quimérica, de lagunas y palacios, visitada por las
aves; y deja entonces la investigación desconsolada.
Crédulo en la mayor veracidad de los símbolos del arte,
espera dar con una explicación musical y sintética del
universo.


416
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Rezagado

EL REZAGADO


La tempestad invade la noche. El viento imita los
resoplidos de un cetáceo y bate las puertas y ventanas. El agua
barre los canales del tejado.

He dejado mi lecho, y me he asomado, por mirar la
calle, a la ventana de la sala en ruinas. Los meteoros alumbran un
panorama blanco.

Estoy a solas en la oscuridad restablecida, velando
el sueño de la tierra.

Mis compañeros, avezados al trajín de
estepas y desiertos, me abandonaron pérfidamente en esta aldea,
etapa de jornada arriesgada. Rehusaron admitirme al aprovechamiento de
sus riquezas, guardando para sí solos el secreto de sus metales
y piedras. Mentaban un lago verde y salobre, escondido en una selva de
pinos, amenazada por la brumazón.

La aldea es el campamento de una banda feroz.
Hombres de tez amarillenta circulan inquietos, la espada en el
puño, calado el sombrero cónico.

Aliento la esperanza de volver a mi suelo
meridional, ceca del mar bruñido por el sol.

He tratado mi fuga con un hombre menesteroso, de la
aviltada raza aborigen.

Ofrece conducirme por caminos desusados, a espaldas
de salteadores homicidas.

Él y yo escaparemos definitivamente de este
lugar, donde las víctimas escarpiadas invitan las aves de
rapiña, criadas entre las nubes torvas.


449
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Tesoro De La Fuente Cegada

EL TESORO DE LA FUENTE CEGADA


Yo vivía en un país intransitable,
desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos
olvidados, se dividía en precipicios y montañas,
eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos
moradores, nación desalmada y cruda.

Un sol amarillo iluminaba aquel país de
bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.

Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la
maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de
cíclopes, ignaros del hierro.

La fuga de los alces huraños alarmaba las
selvas sin aves.

Tú sucumbías a la memoria del mar
nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la
fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de
consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria
atribulada.

El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una
figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus
ojos de violeta.

El pesar apagó tu voz, sumiéndote en
un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente
cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo
expiatorio.

Pude salvar entonces la frontera del país
maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel
desierto, orientado por una luz incólume.


520
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Rapto

EL RAPTO

El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.

Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.

Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.

Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.

La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.

Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.


461
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Retorno

EL RETORNO


Para entrar en el reino de la muerte avancé
por el pórtico de bronce que interrumpía las murallas
siniestras. Sobre ellas descansaba perpetuamente la sombra como un
monstruo vigilante. Extendíase dentro del recinto un espacio
temeroso y oscuro, e imperaba un frío glacial que venía
de muy lejos. Era el suelo bajo mis pies como una torpe alfombra, y
sobre él avanzaba levemente suspendido por alas invisibles. El
pasmo de la eternidad se revelaba en augusto silencio, comparable a la
calma que rodea el concierto de los astros distantes. Con él
crecía el misterio en aquella región indefinida, donde
ningún contorno rompía la opaca vaguedad. El
espectáculo igual de la sombra invariable perpetuaba en
mí el estupor del sueño de la muerte.

Había invadido voluntariamente el mundo que
comienza en el sepulcro, para ahogar en su seno, como en un mar de
olvido, mi lastimado espíritu. Allí detenía el
tiempo su reloj y sucumbía la forma en el color funeral.
Surgía de oculto abismo la oscuridad, con el sigilo de una marea
tarda y sin rumo, y me arrastraba y tenía a su merced como una
voluptuosa deidad. Cautivo de su hechizo letal, erré gran
espacio a la ventura, obstinado en la peregrinación
extraña y lúgubre. Pero al sentir tras de mí el
clamor de la vida, como el de una novia abandonada y amante,
volví sobre mis pasos.


575
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Episodio Del Nostálgico

EL EPISODIO DEL NOSTÁLGICO


Siento, asomado a la ventana, la imagen asidua de la patria.

La nieve esmalta la ciudad extranjera.

La luna prende un fanal en el tope de cada torre.

Las aves procelarias descansan del océano, vestidas de edredón.

Protejo, desde ayer, a la huérfana del caballero taciturno, de origen ignorado.

Refiere sobresaltos y peligros, fugas improvisas sobre caballos asustados y en barcos náufragos. Añade observaciones
singulares, indicio de una inteligencia acelerada por la calamidad.

Duda si era su padre el caballero difunto.

Nunca lo vio sonreír.

Sacaba, a veces, un medallón vacío.

Miraba ansiosamente el reloj de hechura antigua, de campanada puntual.

Nadie consigue entender el mecanismo.

He espantado, de su seno, las mariposas negras del presagio.


426
José María Hinojosa

José María Hinojosa

29º 27'6 Lat N - 5º 48'3 Long E

De todos los horizontes
brotaron poemas nuevos,
que vinieron a juntarse
en la Rosa de los Vientos,
y cada poema trajo
el recuerdo de su cielo.
353
José María Hinojosa

José María Hinojosa

Elegía Posible

Yo solo me embarqué,
adónde llegaré?

Si el globo se perdiera,
caería, en qué tierra?

Si el barco naufragara,
me hundiría, en qué agua?

Yo solo me embarqué,
nadie sabe porqué.

¡Pero yo sí lo sé!
470
José Martí

José Martí

Yo Sé De Egipto Y Nigricia

Yo sé de Egipto y Nigricia,
Y de Persia y Xenophonte,
Y prefiero la caricia
Del aire fresco del monte.

Yo sé las historias viejas
Del hombre y de sus rencillas;
Y prefiero las abejas
Volando en las campanillas.

Yo sé del canto del viento
En las ramas vocingleras:
Nadie me diga que miento,
Que lo prefiero de veras.

Yo sé de un grano aterrado
Que vuelve al redil y expira,—
Y de un corazón cansado
Que muere oscuro y sin ira.
1.116
José Martí

José Martí

A Mi Alma

¡Ea, jamelgo! ¡De los montes de oro
Baja, y de andar en prados bien olientes
Y de aventar con los ligeros cascos
Mures y viboreznos, y al sol rubio
Mecer gentil las brilladoras crines!

¡Ea, jamelgo! Del camino oscuro
Que va do no se sabe, ésta es posada,
¡Y de pagar se tiene al hostelero!
Luego será la gorja, luego el llano,
Luego el prado oloroso, el alto monte:
Hoy bájese el jamelgo, que le aguarda
Cabe el duro ronzal la gruesa albarda.
842
José Martí

José Martí

Amor Errante

Hijo, en tu busca
Cruzo los mares:
La olas buenas
A ti me traen:
Los aires frescos
Limpian mis carnes
De los gusanos
De las ciudades;
Pero voy triste
Porque en los mares
Por nadie puedo
Verter mi sangre.
¿Qué a mí las ondas
Mansas e iguales?
¿Qué a mí las nubes,
Joyas volantes?
¿Qué a mí los blandos
Juegos del aire?
¿Qué la iracunda
Voz de huracanes?
A éstos —¡la frente
Hecha a domarles!
¡A los lascivos
Besos fugaces
De las menudas
Brisas amables,—
Mis dos mejillas
Secas y exangües,
De un beso inmenso
Siempre voraces!
Y ¿a quién, el blanco
Pálido ángel
Que aquí en mi pecho
Las alas abre
Y a los cansados
Que de él se amparen
Y en él se nutran
Busca anhelante?
¿A quién envuelve
Con sus suaves
Alas nubosas
Mi amor errante?
Libres de esclavos
Cielos y mares,
¡Por nadie puedo
Verter mi sangre!

Y llora el blanco
Pálido ángel:
¡Celos del cielo
Llorar le hacen,
Que a todos cubre
Con sus celajes!
Las alas níveas
Cierra, y ampárase
De ellas el rostro
Inconsolable:—
Y en el confuso
Mundo fragante
Que en la profunda
Sombra se abre,
Donde en solemne
Silencio nacen
Flores eternas
Y colosales,
Y sobre el dorso
De aves gigantes
Despiertan besos
Inacabables,—
Risueño y vivo
Surge otro ángel!
1.061
Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

In Memoriam

El vago azar o las precisas leyes
Que rigen este sueño, el universo,
Me permitieron compartir un terso

Trecho del curso con Alfonso Reyes.
Supo bien aquel arte que ninguno
Supo del todo, ni Simbad ni Ulises,

Que es pasar de un país a otros países
Y estar íntegramente en cada uno.
Si la memoria le clavó su flecha

Alguna vez, labró con el violento
Metal del arma el numeroso y lento
Alejandrino o la afligida endecha.

En los trabajos lo asistió la humana
Esperanza y fue lumbre de su vida
Dar con el verso que ya no se olvida

Y renovar la prosa castellana.
Más allá del Myo Cid de paso tardo
Y de la grey que aspira a ser oscura,

Rastreaba la fugaz literatura
Hasta los arrabales del lunfardo.
En los cinco jardines del Marino

Se demoró, pero algo en él había
Inmortal y esencial que prefería
El arduo estudio y el deber divino.

Prefirió, mejor dicho, los jardines
De la meditación, donde Porfirio
Erigió ante las sombras y el delirio

El Árbol del Principio y de los Fines.
Reyes, la indescifrable providencia
Que administra lo pródigo y lo parco

Nos dio a los unos el sector o el arco,
Pero a ti la total circunferencia.
Lo dichoso buscabas o lo triste

Que ocultan frontispicios y renombres:
Como el Dios del Erígena, quisiste
Ser nadie para ser todos los hombres.

Vastos y delicados esplendores
Logró tu estilo, esa precisa rosa,
Y a las guerras de Dios tornó gozosa

La sangre militar de tus mayores.
¿Dónde estará (pregunto) el mexicano?
¿Contemplará con el horror de Edipo

Ante la extraña Esfinge, el Arquetipo
Inmóvil de la Cara o de la Mano?
¿O errará, como Swedenborg quería,

Por un orbe más vívido y complejo
Que el terrenal, que apenas es reflejo
De aquella alta y celeste algarabía?

Si (como los imperios de la laca
Y del ébano enseñan) la memoria
Labra su íntimo Edén, ya hay en la gloria

Otro México y otra Cuernavaca.
Sabe Dios los colores que la suerte
Propone al hombre más allá del día;

Yo ando por estas calles. Todavía
Muy poco se me alcanza de la muerte.
Sólo una cosa sé. Que Alfonso Reyes

(Dondequiera que el mar lo haya arrojado)
Se aplicará dichoso y desvelado
Al otro enigma y a las otras leyes.

Al impar tributemos, al diverso
Las palmas y el clamor de la victoria:
No profane mi lágrima este verso
Que nuestro amor inscribe a su memoria.
723
Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

Último Poema

Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría
de cometer más errores. No intentaría ser tan perfecto, me
relajaría más. Sería más tonto de lo que he
sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. Sería
menos higiénico.

Correría más riesgos, haría más viajes,
contemplaría más atardeceres, Subiría más montañas,
nadaría más ríos. Iría a más lugares
a los que nunca he ido, comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios.

Yo fui de esas personas que vivió sensata y prolíficamente
cada momento de su vida, claro que tuve momentos de alegría. Pero
si pudiera volver atrás trataría solamente de tener buenos
momentos. Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, solo de
momentos, no te pierdas el ahora.

Yo era uno de esos que nunca iba a ninguna parte sin un termómetro,
una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas.

Si pudiera volver a vivir, comenzaría así hasta concluir
el otoño, daría más vueltas en calesita, contemplaría
más amaneceres y jugaría con más niños si tuviera
otra vez la vida por delante...

Pero ya ven, tengo 85 años y sé que me estoy muriendo...
816
Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

El Perú

De la suma de cosas del orbe ilimitado
vislumbramos apenas una que otra. El olvido
y el azar nos despojan. Para el niño que he sido,
el Perú fue la historia que Prescott ha salvado.

Fue también esa clara palangana de plata
que pendió del arzón de una silla y el mate
de plata con serpientes arqueadas y el embate
de las lanzas que tejen la batalla escarlata.

Fue después una playa que el crepúsculo empaña
y un sigilo de patio, de enrejado y de fuente,
y unas líneas de Eguren que pasan levemente

y una vasta reliquia de piedra en la montaña.
Vivo, soy una sombra que la Sombra amenaza;
moriré y no habré visto mi interminable casa.
701
Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

La Cierva Blanca

¿De qué agreste balada de la verde Inglaterra,
de qué lámina persa, de qué región arcana
de las noches y días que nuestro ayer encierra,
vino la cierva blanca que soñé esta mañana?

Duraría un segundo. La vi cruzar el prado
y perderse en el oro de una tarde ilusoria,
leve criatura hecha de un poco de memoria
y de un poco de olvido, cierva de un solo lado.

Los númenes que rigen este curioso mundo
me dejaron soñarte pero no ser tu dueño;
tal vez en un recodo del porvenir profundo

te encontraré de nuevo, cierva blanca de un sueño.
Yo también soy un sueño fugitivo que dura
unos días más que el sueño del prado y la blancura.


633
Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

El Oriente

La mano de Virgilio se demora
sobre una tela con frescura de agua
y entretejidas formas y colores
que han traído a su Roma las remotas
caravanas del tiempo y de la arena.
Perdurará en un verso de las Geórgicas.
No la había visto nunca. Hoy es la seda.
En un atardecer muere un judío
crucificado por los negros clavos
que el pretor ordenó, pero las gentes
de las generaciones de la tierra
no olvidarán la sangre y la plegaria
y en la colina los tres hombres últimos.
Sé de un mágico libro de hexagramas
que marca los sesenta y cuatro rumbos
de nuestra suerte de vigilia y sueño.
¡Cuánta invención para poblar el ocio!
Sé de ríos de arena y peces de oro
que rige el Preste Juan en las regiones
ulteriores al Ganges y a la Aurora
y del hai ku que fija en unas
pocas
sílabas un instante, un eco, un éxtasis;
sé de aquel genio de humo encarcelado
en la vasija de amarillo cobre
y de lo prometido en la tiniebla.
¡Oh mente que atesoras lo increíble!
Caldea que primero vio los astros.
Las altas naves lusitanas; Goa.
Las victorias de Clive, ayer suicida;
Kim y su lama rojo que prosiguen
para siempre el camino que los salva.
El fino olor del té, el olor del sándalo.
Las mezquitas de Córdoba y del Aksa
y el tigre, delicado como el nardo.

Tal es mi Oriente. Es el jardín que tengo
para que tu memoria no me ahogue.

673
Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

El Desterrado (1977)

Alguien recorre los senderos de Ítaca
y no se acuerda de su rey, que fue a Troya
hace ya tantos años;
alguien piensa en las tierras heredadas
y en el arado nuevo y el hijo
y es acaso feliz.
En el confín del orbe yo, Ulises,
descendí a la Casa de Hades
y vi la sombra del tebano Tiresias
que desligó el amor de las serpientes,
Y la sombra de Heracles
que mata sombras de leones en la pradera
y así mismo está en el Olimpo.
Alguien hoy anda por Bolívar y Chile
y puede ser feliz o no serlo.
Quién me diera ser él.
637