Poemas en este tema

Tristeza y Melancolía

Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Tórtola Errante Canción De Emilio

LA TÓRTOLA ERRANTE
Solita

Como a triste totolita

que va po e monte peririta.


CANCIÓN DE EMILIO


Deja a la tórtola andar

por la mañana perdida

y ensáyame otro cantar

que yo no puedo escuchar

esa canción tan sentida.


Por más que anime el contento

tu linda boca graciosa,

Emilio, mi pensamiento

halla muy triste ese cuento

de la tórtola amorosa.


Tengo el alma dolorida

y me arranca tal memoria

esa tórtola afligida,

que pienso que de mi vida

me estás contando la historia.


Sólo que en mi soledad

no tengo como tu amiga

alas, aire y libertad

para calmar la ansiedad

que el corazón me fatiga...


Pero dejémosla ir

por la montaña perdida;

no me tornes a afligir,

Emilio, con repetir

esa canción tan sentida.


El girasol más enano

se alza más que tu cabeza;

pues, me quieres con terneza

¡No vengas tú tan temprano

a aumentar, ¡ay! mi tristeza!

Ermita de Bótoa, 1844

971
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Canción

Con el otoño perdidas
son las claras y lucidas
alboradas,
y las flores del estío
yacen en el valle umbrío,
deshojadas.

De los árboles desnudos
la vestidura luciente
primorosa,
ya de aquilones sañudos
arrebata la corriente
presurosa.

Al melancólico suelo
ya la lumbre del sol bella
no aparece:
lleno de sombras el cielo,
en las noches ni una estrella
resplandece.

Ya la lluvia se derrama
entre la amarilla grama
y acrecienta,
la desolada tristura
que en la desierta llanura
se presenta.

El campo tristeza ofrece
y la ciudad enfadosa
tedio inspira:
tú mis horas embellece,
compañera deliciosa,
blanda lira.

Otros busquen en buen hora
la dicha de sus amores
ponderada:
¡Tú con risa encantadora
me darás dichas mayores y
retirada!

Otros oigan extasiados
acentos enamorados,
¡lira mía!
sólo a mí tu canto grave
o tu murmurio suave
me extasía.
539
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Las Dos Palmeras

Allá entre las tinieblas
de la noche perdido,
¿no oís algunas veces
vago, triste rumor,

Como el eco lejano
del pájaro oprimido,
que estrecha entre sus garras
sacre devorador?

Es la voz de la virgen
palmera enamorada,
que su gemido ardiente
alza en la soledad;

Y a las auras en torno
llama desconsolada,
y sus brazos agita
con amante ansiedad.

En las noches lamenta
sus perdidos amores:
las auras conmovidas
gimen en derredor;

Y por oír su historia
los sauces tembladores,
sus lánguidas cabezas
levantan con dolor.

Cuenta que ya a lo lejos
de su palmera amante
no ve alzarse la frente
con desvelo galán;

Que ya nunca hacia ella
los brazos anhelante
tiende sobre los vientos
con amoroso afán.

Que antes la brisa dulces
halagos la llevaba,
y a su amante en las noches
oía suspirar;

Y de alegría entonces
su seno palpitaba
y dejaba al ambiente
su frente acariciar.

Mas del invierno crudo
el vendaval airado
sus brisas mensajeras
tiernas arrebató;

Y de los rudos golpes
su amante fatigado
hacia el suelo agitada
la cabeza inclinó.

¡Y desde entonces nunca
ve ya la amada frente,
ni sus brazos ansiosos
sobre los aires ve!

¡Ni escucha su murmullo
que halaga solamente
las bellas florecillas
que brotan a su pie!

Así en la noche cuenta
la palma sus amores;
las auras conmovidas
gimen en derredor;

Y al escuchar su historia
los sauces tembladores,
sus lánguidas cabezas
inclinan con dolor.
628
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Rosablanca

La luz del día se apaga;
rosa blanca, sola y muda
entre los álamos vaga
de la arboleda desnuda,

Y se desliza tan leve,
que el pájaro adormecido
toma su andar por ruido
de hoja que la brisa mueve,

Ni para ver en su ocaso
al sol hermoso un instante
ha detenido su paso
indiferente y errante.

Ni de la noche llegada
a las tinieblas atiende,
ni objeto alguno suspende
su turbia incierta mirada.

Y ni lágrimas ni acentos,
ni un suspiro mal ahogado
revelan los sufrimientos
de su espíritu apenado.

¡Tal vez de tantos gemidos
tiene el corazón postrado!
¡Tal vez sus ojos rendidos
están, de mal tan llorado!

Tal vez no hay un pensamiento
en su cabeza marchita,
y en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.—

El poeta «suave rosa»
llamóla, muerto de amores
¡El poeta es mariposa
que adula todas las flores!

Bella es la azucena pura,
dulce la aroma olorosa
y la postrera hermosura
es siempre la más hermosa.

En sus amantes desvelos
la envidiaron las doncellas;
mas ¡ay! son para los celos
todas las rivales bellas.

Viose en transparente espejo
linda la joven cabeza;
mas tal vez dio en su reflejo
su vanidad la belleza.

¿Y qué importa si es hermosa?
sola, muda y abismada
sólo busca la apartada
arboleda silenciosa.

Y allí cuando debilita
su espíritu el sufrimiento,
en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.
602
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Al Mismo Asunto

¡Ay! la tórtola viuda
llora su bello y muerto compañero,
y ensordece la muda
selva, con su gemido lastimero.

Gime sobre la encina
donde arrulló su amigo antes con ella,
la luna peregrina
pasó, y oyó tres veces su querella.

El cierzo se levanta
y sacude los árboles del monte,
y ni el cierzo la espanta
ni la lluvia que anega el horizonte.

Primero que olvidada
su pena, ha de asordar la selva muda;
que es fiel enamorada
la tierna melancólica viuda.

Y era su compañero
como ella amante, hermoso como el día,
y su volar ligero
por el valle a la tórtola seguía.

Solitarias amadas,
vagasteis con la luz por los collados,
y en la sombra, apartadas
os vi, sobre los troncos elevados,

Y tú el cuello escondías
entre las plumas de sus alas bellas,
y a su arrullo dormías
amoroso, al venir de las estrellas

¡Ay tortolilla viuda!
¡Llora tu bello y tierno compañero,
y ensordece la muda
selva con tu gemido lastimero!

Que el fiero azor en tanto
su vuelo sesgo sobre ti avecina,
y ya escucho tu canto
ahogado en la garganta peregrina

El seno que golpeas,
a tu esposo llamando tiernamente,
entre sus garras feas
será regalo de su pico hendiente.

Mas ¡ay triste y viuda
tórtola! si murió tu bello amante,
¿qué importa que a ti acuda
y rompa azor tu seno palpitante?
551
Carolina Coronado

Carolina Coronado

El Salto De Léucades

El sol a la mitad de su carrera
rueda entre rojas nubes escondido;
contra las rocas la oleada fiera
rompe el Leucadio mar embravecido.

Safo aparece en la escarpada orilla,
triste corona funeral ciñendo:
fuego en sus ojos sobrehumano brilla,
el asombroso espacio audaz midiendo.

Los brazos tiende, en lúgubre gemido
misteriosas palabras murmurando;
y el cuerpo de las rocas desprendido
«Faón» dice, a los aires entregando.

Giró un punto en el éter vacilante;
luego en las aguas se desploma y hunde:
el eco entre las olas fluctuante
el sonido tristísimo difunde.
718
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Primavera Anticipada

Oigo voces en torno alborozadas
que saludan la nueva primavera:
yo no sé si su hielo a la ribera
le faltó, y a las sierras elevadas;

yo no he visto si están ya disipadas
las nieblas del invierno por la esfera;
sólo sé que mi espíritu caído
sus nieblas de tristeza no ha perdido.

No es alegre ya el sol, no muestra el cielo
el esmalte celeste de otros días;
tienen colores lánguidas y frías
las nuevas galas que desplega el suelo.

¿Qué ha sido ¡oh Flora! del risueño velo
que sobre nuestros ojos suspendías,
que prestaba a las aves el contento
encantos a la flor, perfume al viento?

¡No eres la que anunciaba la alegría
y el amor a la tierra, Primavera!
¡no eres tú ya la hermosa mensajera
que acentos de entusiasmo, me traía:

más tu aureola cándida lucía,
más dulce entonces tu sonrisa era,
más tierno el ruiseñor que te cantaba,
más venturosa yo que lo escuchaba!

¡Más venturosa yo, no tú más bella!
tus galas no, ¡mis ojos se han turbado!
sobre el ambiente puro y azulado
con brillo igual tu frente se destella.

Ahora lo mismo tu ligera huella
anima el blanco lirio perfumado,
y el ruiseñor, que tu belleza adora
con la ternura misma te enamora,

Es que no escucho su amoroso trino;
es que no admiro tu beldad gozosa;
que nunca tras las flores voy ansiosa,
de tus huellas errante en el camino;

que del viajero arroyo cristalino
ya no contemplo el agua rumorosa
Es ¡ay!¡que en mis sentidos conturbados
aún hay silencio, hay hielos, hay nublados!
666
Carolina Coronado

Carolina Coronado

El Pájaro Perdido

¡Huyó con vuelo incierto,
y de mis ojos ha desparecido!
¡Mirad si a vuestro huerto
mi pájaro querido,
niñas hermosas, por acaso ha huido!

Sus ojos relucientes
son como los del águila orgullosa;
plumas resplandecientes
en la cabeza airosa
lleva, y su voz es tierna y armoniosa.

Mirad si cuidadoso
junto a las flores se escondió en la grama:
ese laurel frondoso
mirad rama por rama,
que él los laureles y las flores ama.

Si le halláis por ventura,
no os enamore su amoroso acento;
no os prende su hermosura:
volvédmele al momento,
o dejadle, si no, libre en el viento.

Porque su pico de oro
sólo en mi mano toma la semilla,
y no enjugaré el lloro
que veis en mi mejilla
hasta encontrar mi prófuga avecilla.

Mi vista se oscurece
si sus ojos no ve, que son mi día;
mi ánima desfallece
con la melancolía
de no escucharle ya su melodía.
846
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Una Gota De Rocío

Lágrima viva de la fresca aurora,
a quien la mustia flor la vida debe,
y el prado ansioso entre el follaje embebe;
gota que el sol con sus reflejos dora;

Que en la tez de las flores seductora
mecida por el céfiro más leve,
mezclas de grana tu color de nieve
y de nieve su grana encantadora:

Ven a mezclarte con mi triste lloro,
y a consumirte en mi mejilla ardiente;
que acaso correrán más dulcemente

las lágrimas amargas que devoro
mas ¡qué fuera una gota de rocío
perdida entre el raudal del llanto mío...!
927
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Una Despedida

Escuchad mis querellas,
recinto y flores del placer abrigo,
imágenes tan bellas
como ese cielo que os protege amigo.

Asilo de inocencia,
consuelo del dolor, bosque sombrío,
ir quiero a tu presencia,
y tu césped regar con llanto mío.

Y el agua de tu fuente
beber acaso por la vez postrera,
y respirar tu ambiente,
besar tus flores, la gentil palmera.

Que tu dintel guarnece
de lejos saludar entre congojas,
y a la que en torno crece
modesta acacia de menudas hojas.

Y a los álamos graves
el postrimer adiós dar afligida,
y cantar con las aves
tristísima canción de despedida.

Y en tu graciosa alfombra
reposar halagada de ilusiones
bajo la fresca sombra
de tus frondosos sauces y llorones...

Sus hojas se estremecen
y errantes sombras a mi planta evocan,
que en el viento se mecen,
y mis cabellos con blandura tocan.

Desde aquí la pintura
es más bello admirar de ese tu cielo,
los visos y frescura
de las nubes cercanas a tu suelo;

Y al través de las ramas
mirar el sol que su lumbrera humilla,
y cual de rojas llamas
el Occidente retocado brilla.

¿Ni qué música iguala
al sordo vago suspirar del viento
con que armonioso exhala
un bello día su postrer aliento?

¡Ah! ¡si mi vida entera,
mi cara soledad, recinto amado,
consagrarte pudiera
el mundo huyendo y su falaz cuidado!

Mas ¡ay! que la alegría
de contemplaros con la luz perece
del presuroso día
que a mis ansiosos ojos desparece.

Esas aves cantoras
que de gozar la tarde fatigadas,
en tropas voladoras
retornan gorjeando a sus moradas;

Cuando una sola estrella
con apagada luz brille en el cielo;
cuando la aurora bella
ciña el espacio con purpúreo velo,

Y el nuevo y claro día
con sus tintas anime la pradera;
ellas con alegría
volverán a girar por tu ribera.

En turba bulliciosa
los bosques poblarán... y yo entretanto
lejana y silenciosa
las horas contaré de mi quebranto.

¡Ay! ¡ellas tu hermosura
gozarán y tu paz y sus amores!
yo gusté harta ventura
bebí en tus fuentes y besé tus flores.
730
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Mérida

¡Cómo en tierra postrada
sin fuerzas yace, quebrantada llora
y sola y olvidada
en su tristeza ahora,
la que opulenta fue, grande y señora!

¡Cómo yace abatida
Emérita infeliz, ya su cabeza
en polvo confundida,
perdida su belleza,
perdido el esplendor y la grandeza!

La que fue celebrada
en los cantos sin fin de sus guerreros,
sólo escucha humillada
de búhos agoreros
los clamorosos ecos lastimeros.

¡Ay Dios, que en torno de ella
los tristes ojos con dolor vagaron,
y sólo amarga huella
de los siglos hallaron,
que su brillo y beldad en pos llevaron!

Allí el pasado brío
restos de gloria en soledad revelan,
que en ademán sombrío
entre el escombro velan
sombras livianas, que a su pie revuelan.

Y el arco majestoso
de Trajano, en los siglos venerado,
allí, inmoble coloso,
el cuerpo descarnado
y la atezada faz levanta airado.

Mas ¡ay! que ni las huellas
de los soberbios templos se salvaron,
ni ceniza de aquellas
torres que se ostentaron,
y a la matrona bella coronaron.

Allá bajo la puente,
de otra edad más feliz reliquia anciana,
camina lentamente
por la vereda llana
el perezoso y lánguido Guadiana.

«¡Emérita!» murmura
el onda gemidora lamentando
su triste desventura,
y el polvo recalando,
y los cimientos lúgubres bañando.

Anciano compañero,
testigo fue de sus pasadas glorias,
arrulló lisonjero
sus triunfos y victorias,
y ora lamenta el fin de sus historias.

A su orilla callada
venid vosotros, que pulsáis divinos
la cítara sagrada,
y los campos vecinos
llenad de vuestros cantos peregrinos.

De Emérita olvidada
cantad, poetas, con sentido acento
la suerte desdichada,
y el fúnebre lamento
hiera las aguas y lastime el viento.
1.442
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Las Nubes

¡Cuán bellas sois las que sin fin vagando
en la espaciosa altura,
inmensas nubes, pabellón formando
al aire suspendido,
inundáis de tristura
y de placer a un tiempo mi sentido!

¡Cuán bellas sois, bajo el azul brillante
las zonas recorriendo,
ya desmayando leves un instante
entre la luz perdidas,
ya el sol oscureciendo
y con su llama ardiente enrojecidas!

Y ya brilláis como la blanca espuma
en las olas del viento,
y ya fugaces como leve pluma,
y de sombras ceñidas,
cruzáis el firmamento
las pardas frentes de vapor henchidas.

¡Cuán dulce brilla en su mortal desmayo
rompido en vuestro seno
del sol ardiente el amarillo rayo!
¡Y cuán dulce y templado
el resplandor sereno
del astro de la noche sosegado!

Y ¡cuánto, oh nubes, vuestro errante giro
place a mi fantasía!
triste y callada y solitaria os miro
flotar allá en el viento,
y por celeste vía
melancólico vaga el pensamiento.

Y yo os adoro si con tibio anhelo
adormís las centellas
el vivo sol en el tendido cielo;
si en delicioso manto
veláis de las estrellas
y la pálida luna el triste encanto.

¡Oh!, ¡yo os adoro, del espacio inmenso
deidades vagarosas!
no cuando hirvientes desde el seno denso
en ronco torbellino
arrojáis espantosas
vívidas llamas del furor divino.

¡Ay! ¡que medrosa entonces se ahuyentara
la inspiración sublime!
ni medrosa la cítara ensalzara
del cielo la belleza,
cuando mi sien oprime
nubloso manto de mortal tristeza.

Muda contemplo de pavor cercada
la turba misteriosa
que en pos del huracán revuela osada,
así errante la vida
se arrastra lastimosa
a la senda fatal do el mal se anida.—

Allá en la inmensidad os mueven guerra
furiosos aquilones:
así de desventuras en la tierra
nos cerca turba insana;
así de las pasiones
es juguete infeliz la vida humana.

Ella varía también la faz ostenta,
y brilla y se oscurece,
y cual vosotras rápida se ahuyenta;
y es nube que exhalada
el aire desvanece
en la corriente de la triste nada.

Mas ¡ay! vosotras revagad en tanto
que la cítara mía
os pueda consagrar su débil canto.
Del sol al rayo bello
tended el ala umbría,
y apacible volvedme su destello.

Y dadme inspiración; yo mis cantares
daré a vuestra hermosura.
las que sorbéis el agua de los mares,
¡vagad tranquilamente
con nevada blancura
en la encendida cumbre del Oriente!—
797
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Melancolía

Emilio, ¡cómo apuras
loco de risa el tiempo en la alegría!
no hay tregua a tus venturas,
como en la pena mía
no hay tregua a la infeliz melancolía.

Anima tu contento
la primavera, y mi tristeza acrece:
paréceme que el viento
que aspiro se enrarece,
y la lumbre del cielo se oscurece.

Los campos tan hermosos
a tus brillantes ojos, a los míos
turbios, son enfadosos
anchos espacios fríos,
de objetos, de color, de luz vacíos.

Bastan del arroyuelo
a tu juego infantil las blancas chinas:
la fortuna tu anhelo
cumple, si en las vecinas
mieses con la escondida alondra atinas.

¡Cuánto es el alborozo
que tu impaciente corazón regala!
el temblor de su gozo
la agitación iguala
de la avecilla sacudiendo el ala...—

De niña, el riachuelo
y las aves también me divertían,
y cuantas por el suelo
lindas flores se abrían,
a mi regazo fáciles venían.

Mas ya ¿dónde el hechizo
de esas llanuras para mí se encierra?
si de verde o pajizo
se engalana la tierra,
si brota el árbol, si la flor se cierra.

Un alma alborozada
tantos encantos y mudanzas vea:
la mía desolada
de cuanto la rodea,
sólo con el silencio se recrea.
862
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A La Soledad

Al fin hallo en tu calma
si no el que ya perdí contento mío,
si no entero del alma
el noble señorío,
blando reposo a mi penar tardío.

Al fin en tu sosiego,
amiga soledad, tan suspirado,
el encendido fuego
de un pecho enamorado
resplandece más dulce y más templado.

Y al fin si con mi llanto
quiero aplacar ¡ay triste! los enojos
del íntimo quebranto,
no me dará sonrojos
el continuo mirar de tantos ojos.

Danme, sí, tierno alivio
la soledad del campo y su belleza,
y va el dolor más tibio
su ardiente fortaleza
convirtiendo en pacífica tristeza.

Plácenme los colores
que al bosque dan las luces matutinas:
alégranme las flores,
las risueñas colinas
y las fuentes que bullen cristalinas.

Y pláceme del monte
la grave majestad que en las llanadas
como pardo horizonte
de nubes agolpadas,
deja ver sus encinas agrupadas.

Allí con triste ruido
de las sonoras tórtolas, en tanto
que posan en el nido
bajo calado manto,
de una a otra encina se responde el canto.—

—Tal vez mis pasos guío
por los sombrosos valles, escuchando
al caminante río,
que con acento blando
se va por los juncares lamentando.

Ya entonces descendiendo
de su altura va el sol, cansada y fría
claridad esparciendo,
y a poco entre armonía
cierra sus ojos el señor del día.

Y los míos acaso
alguna vez, del sueño sorprendidos,
dejaron que en su ocaso
pararan confundidos
afanes del espíritu y sentidos.

Si sola y retirada,
aún me entristece más noche sombría,
la luna con rosada
faz, por oculta vía
sale a hacerme amorosa compañía.

Y al fin hallo en tu calma,
¡Oh soledad! si no el contento mío,
si no entero del alma
el dulce señorío,
blando reposo a mi penar tardío.
859
Blas de Otero

Blas de Otero

A La Inmensa Mayoría Pido La Paz Y La Palabra (1955)

Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre
aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos su versos.

Así es, así fue. Salió una noche
echando espuma por los ojos, ebrio
de amor, huyendo sin saber adónde:
a donde el aire no apestase a muerto.

Tiendas de paz, brizados pabellones,
eran sus brazos, como llama al viento;
olas de sangre contra el pecho, enormes
olas de odio, ved, por todo el cuerpo.

¡Aquí! ¡Llegad! ¡Ay! Ángeles atroces
en vuelo horizontal cruzan el cielo;
horribles peces de metal recorren
las espaldas del mar, de puerto a puerto.

Yo doy todos mis versos por un hombre
en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso,
mi última voluntad. Bilbao, a once
de abril, cincuenta y uno.


Blas de Otero
1.082
Blanca Andreu

Blanca Andreu

Se Despiden Mil Veces Y Mil Veces Ciñen El Viento

Se despiden mil veces y mil veces ciñen el viento,
botan a estribor.
Advertencias, consejos, noticias que en la memoria
se asientan con indiferencia, desmedidos sueños
que ya son nada.
Qué tiempo de exactitud han las edades traído,
qué nocturno, insolente aire de invierno.
525
Blanca Andreu

Blanca Andreu

La Partida

Como un rey de este mundo perdido en las leyendas,
solo, con calculado silencio, señor de la nada
a quien despierta un alcatraz
al amanecer
—entre la sal dormida un ala ardiente, un mensaje
deja caer una pluma caudal
y se hace la luz del otoño.
Pero, antaño, creedme, toda la mar lo sabe.
Estaba escrito sobre las olas tormentosas,
sobre los días de valor
está ya escrito,
con maderos y sombras verdes
—en hexámetros el ímpetu y la perfidia—
con despojos de grandes navíos.
La historia no se ocupa y, sin embargo, aún
falta agregar la arrogante, mortífera obediencia
de la flota, cohorte de aves, bandada
o el espíritu sombrío y de tan alta condición
bramando entre los escollos
entre indicios de peste y malos augurios.
592
Blanca Andreu

Blanca Andreu

Y Corría La Sangre Como Una Estatua Rota Por Las Habitaciones

I


…Pues la encina, ¿qué sabría

de la muerte sin mí?
CLAUDIO RODRÍGUEZ



Y corría la sangre como una estatua rota por las habitaciones

mientras aullaban los príncipes sapos y los armiños se escondían entre el trigo

y corría la sangre como una estatua rota en el oro del musgo y de la nieve

y potros como pajes delgadísimos se quemaban sobre la tierra espesa

y el unicornio joven hablaba de arte y prefería a Tiépolo y todo era pálido y cortés

y corría la sangre más niña sobre cabalgaduras encendidas

y los dulces lebreles inventaban el fuego pulsando caza calcinada, ardor y soledad.

Se tiñeron los muros de cárdeno cruel, las murallas del mundo de un rojo que no existe,

y caían mis manos como presas y víctimas,

sollozaban por ellas los topos en mística ceguera y los lagartos.

Y fue la sangre pureza potencial,

dolor, ciencia y heráldica violenta

mientras las águilas dormían la primavera lejana.

382
Blanca Andreu

Blanca Andreu

Niña De Greyes Delicadamente Doradas

Niña de greyes delicadamente doradas,
niña obsesión de la cigüeña virgen
con mechones de pluma de damasco
que salpicaban muerte,
de la cigüeña loca con alones
de estricnina dorada
que viajaba dejándote un corpóreo perfume,
un pulcro olor a lilas, y a dorados y rudos sueños.
Niña que obedeció al autillo apóstol
y a la mirada turbia de los ojos reales,
con pueriles dibujos de Selene y demás.
Niña de inexistente concierto,
niña de crueles sonatinas y malévolos libros de Tom Wolfe,
o de encajes de brujas para vendar las llagas de los corzos heridos,
de ciervos vulnerados asomados en los oteros místicos,
en los sitios así.
Niña pluscuamperfecto, niña que nunca fuimos,
dilo ahora,
dilo ahora tú, ahora que es tan tarde,
pronuncia el torvo adagio,
pronúnciame la lágrima,
la silueta morada de la yegua,
la del potro que se tendió a tus pies despertando la espuma.
Declama abandonada las palabras de antaño,
sombra de Juan Ramón: Soledad,
te soy fiel
.
Declama desdeñosa las palabras de antaño,
pero no aquella estrofa cortesana,
no hables de reinas blancas como un lirio,
nieves, y Juana ardiendo,
y la melancolía entretejida
del querido Villon,
sino los verbos claros donde poder beber el líquido más triste,
jarros de mar y alivio, ahora que ya es tarde,
alza párvula voz y eco albacea y canta:
Dile a la vida que la recuerdo,
que la recuerdo.


Definitivamente se extravía en un bosque naciente esta muerte pequeña,
el brote del cometa detenido,
esto que nadie salva,
joven volcán de huesos y ráfaga novicia
hecha de pájaro y de párpado y de ola pensante
que ningún libro estofado de oro solar de Italia,
ningún libro de lava
viene a sellar por mí.

Y así la muerte tantas veces escrita
se me vuelve radiante,
y puedo hablar
del deseo y del lacre rubio y ciego en los faros,
del cadáver quimera de la tripulación.

Y así la muerte
se convierte en historia
de aquella niña muda que se ahorcó
con las cuerdas boreales del arpa
porque tenía en la lengua un veneno nupcial.

Definitivamente me extravío acunando camadas de raros epitafios,
niña de grey dorada,
diré a la vida que la recuerdas,
que recuerdas sus líneas conjurando tu sombra,
que recuerdas sus hábitos y su carácter solo,
su laurel ácido, su profunda zarza, su descarado error y sus hordas dolidas,
mientras gatos efesios van llorando a mis pies,
mientras gatas perdidas plateadas
van cuajando su alcurnia en ciprés genealógico y en
álamo,
diré a la vida que te recuerde,
que me recuerde,
ahora,
cuando me alzo con cuerdas capilares y bucles
hasta el desastre de mi cabeza,
hasta el desastre de mis veinte años,
hasta el desastre, luz quebrantahuesos.
460
Blanca Andreu

Blanca Andreu

Me Queda La Mar Media En El Triunfo Del Agua

Me queda la mar media en el triunfo del agua,
en el advenimiento de los espejos y de las aleaciones,
me queda la mar media y sus ahogados, cantiga y quemadura,
ebrios de agua profunda y profundo dolor.

Pero había un mar de la sangre más blanca
y del dolor apagado,
mar de la caza y muerte en montería, vino metal dormido
baja luna.
Mar de los ventanales empapados para el amor más duro
con quien la soledad se atreve y canta, con crines antorchadas
y dibujada hoguera,
mar del amor más duro que decae como decae tu nombre:
el nombre que en mí tiembla y tu nombre primero.
388
Blanca Andreu

Blanca Andreu

Septiembre Es Esta Muerte Inacentuada

Septiembre es esta muerte inacentuada,
es la urraca suicida bebiendo vino con vago veronal
en la encina de Gracilazo,
y el tordo intelectual asesinado
por el rubio imperdible de la falda,
o acaso la hoja azul de tu pañuelo
que ahorcó y cubrió la noche y me la dejó inédita,
y degolló sus casas y sus islas,
que desgarró la noche con seda y guillotina,
su turbante alunado con versos de Rimbaud,
su corazón sintáctico y sus bestias.

Pero no, no fue así,
fueron cuchillos tuyos,
fueron alas delgadas y alfileres y horquillas de una niña de nácar que te besa los pies y los guarda en vitrinas,
fue brillo, espejo roto por rocío lunático,
fue filo y dádiva amarga del vuelo.

No fue de otra manera:
sufrieron los pájaros de tu colonia verdes como un vino imbebible,
y perdí devoción
por tu altura que fue arbotante del día,
que sujetó la agónica catedral de los días,
y todo aborrecí.

No fue de otra manera:
la brea de suavidad y el dardo caliente en la rúbrica,
y la red para el haz de suma claridad que era el amor,
cuando encontré un cadáver de albatros con la mirada azul, y la niña suicida
de la elegía lírica en un daguerrotipo
traspasado en veneno de colores.

No fue de otra manera y todo aborrecí,
la hoja lejana y digna que no sabe
de las líneas livianas de las sombras,
de la piel de las sombras y de su arquitectura,
de su soledad regia y su historia de plata.
También aborrecí lo que ignoraba
al movimiento de los pentagramas, al estudioso sol,
al tímido poema del gramático,
al ángel que conduce al jabalí,
al lánguido sonido que utiliza medias cristal de otoño en primavera,
y al barón solo de plata damasquina.

Quise una hoja de cal para el tránsito blanco,
para la obra que ociosamente cubro con estuco solar y con espuma,
y sentir que mis pies como extraños topos amamantan camadas de flores:
sentir el jazmín clínico y las yerbas vigías,
el romero en pobreza del sur,
las pasionarias de algún metal en llamas.
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Blanca Andreu

Blanca Andreu

Agosto, Agosto, La Vaga Reverencia Del Tintero Demiurgo

Agosto, agosto, la vaga reverencia del tintero demiurgo,
el claustro manuelino de la palabra gótica,
la luna y la hojarasca del tintero empañado,
el lenguaje escultor que nos ha herido pronunciando el idioma de la piedra.

No te hablé, nunca te hablé
del acento emboscado del mármol,
del granito del sueño,
del alma hecha de verbos de la estatua,
de todo lo que fue causa de vida, bronce adjetivo, oscuro,
la luna y la hojarasca que besa el amaranto
y la luna que muerde mi cinta color vino.
No te hablé, nunca hablé
de la piedra de mica que irradia angustia, espejos.

Y fue el escalofrío
y fue la sangre del papel maduro,
y fue vena de sangre poblada por los náufragos de aristocracia azul,
pájaros caballeros,
monstruoso Lancelot hecho corneja buscando la cintura de Virginia Dormida,
terrible Percival en mis manos tendido,
y fue el escalofrío, y fue la esquividad y fue la ausencia
de los andantes nidos nobiliarios.

Ya ves que desvarío, amor, agosto,
agosto, amor, agosto con su anillo
de apagada maldad,
agosto con sortija de lluvia desdeñosa,
con corona de duelos y de arbustos,
agosto atardeciendo gregoriano y atroz,
mientras muere el arnés de aquella yegua Gilda
que galopaba guantes de tojo y zarzamora,
mientras queda sellada para siempre
la mercromina blanca de mis hojas amadas,
todo lo que escribí como un órgano al sol,
como una escarcha virtuosa,
mientras no resplandece el teatro solitario de metáforas última,
la oda del pétreo barco,
el soneto sumiso de las olas.
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Blanca Andreu

Blanca Andreu

Duermo, Espíritu Del Pupitre

Duermo, espíritu del pupitre,
alma de la avispa párvula,
pómulo de la niña rusa que intrépida habitaba
entre pingüinos vivos y
animales de luto,
que irónica bebía arañas boreales
en la cuartilla lirio de la estepa.

Duermo, así, la acuárea infancia, así el perfil
niño y los brocales,
mármol nocturno de los pozos,
así el cierzo infantil.

Pero duermo también las brechas en la frente,
duermo el ahoga y el liquen malo,
duermo la sábana de arsénico que envenena las camas de los colegios feos,
que es tóxica a los peces que volaban
en los mares de almohada.

Duermo en la misma sábana de arsénico,
la misma tela de hilo de cicuta
bordada con la trenza de una agujita antigua,
la misma tela que impidió los sueños
del alto incienso blanco,

la eternidad de tiza.
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Blanca Andreu

Blanca Andreu

El Día Tiene El Don De La Alta Seda

El día tiene el don de la alta seda,
pétalos desandados por el pie de la noche,
monedas en corolas, eso dije.
Pero se izó la nube de magnolia hasta llegar al núcleo
ahogado,
estambre eléctrico y pistilo triturado de amor,
monedas deshojadas por el terrible cheque templario,
o bien las brujas vírgenes prudentes
y la plomiza nada milenaria.

El día tuvo el don de la alta seda,
amor mío, amor mío, y por eso aún escúchame,
por eso te repito el perdido poema,
amor mío, amor mío, tu voz que amé y que cruza
las pupilas moradas de los puentes.
y tu olor habitado, azul, y todo
lo que ahora abandono y abandonas
no sé con qué propósito,
ni sé de qué manera clandestina,
ahora, mientras yo rompo
la idea de tu rostro
y continúo ignorando
qué invierno,
qué arteria barroca del diciembre aquél,
qué orden despierto es el tuyo
mientras yo vivo sola, y duermo, y te detesto.
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