Poemas en este tema

Añoranza y Ausencia

Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Ninguna Más

No. Te digo que no. Sé lo que digo:
nunca más, nunca más tendremos novia,
y pasarán los años pero nunca
más volveremos a querer a otra.
Ya lo ves. Y pensar que nos decías,
afligida quizá de verte sola,
que cuando te murieses
ni te recordaríamos. ¡Qué tonta!
Sí. Pasarán los años, pero siempre
como un recuerdo bueno, a toda hora
estarás con nosotros.
Con nosotros Porque eres cariñosa
como nadie lo fue. Te lo decimos
tarde, ¿No es cierto? Un poco tarde, ahora
que no nos puedes escuchar. Muchachas
como tú ha habido pocas.
No temas nada, te recordaremos,
y te recordaremos a ti sola:
ninguna más, ninguna más. Ya nunca
más volveremos a querer a otra.
424
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

La Vuelta De Caperucita

Entra sin miedo, hermana: no te diremos nada.
¡Qué cambiado está todo, qué cambiado!
¿No es cierto?
¡Si supieras la vida que llevamos pasada!
Mamá ha caído enferma y el pobre viejo ha muerto

Los menores te extrañan todavía, y los otros
verán en ti la hermana perdida que regresa:
puedes quedarte, siempre tendrás entre nosotros,
con el cariño de antes, un lugar en la mesa.

Quédate con nosotros. Sufres y vienes pobre.
Ni un reproche te haremos: ni una palabra sobre
el oculto motivo de tu distanciamiento,

ya demasiado sabes cuánto te hemos querido:
aquel día, ¿Recuerdas? Tuve un presentimiento
¡Si no te hubieras ido!
421
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

¿qué Será De Ti?

¿Qué será de ti? ¡Hace tanto
que te fuiste! Ya ni sé
cuánto tiempo.
¿De nosotros
te acuerdas alguna vez?
¿Verdad que sí? Tu cariño
de lejos nos seguirá
Lejos de nosotros, ¡Pobre,
qué sola te sentirás!
Si se habla de ti, enseguida
pensamos: ¿Será feliz?
Y a veces te recordamos
con un vago asombro: así
como si estuvieras muerta.
¿Después de aquel largo adiós,
ahora que no eres nuestra,
quién escuchará tu voz?
Madrecita, hermana, dulce
hermana que se nos fue,
hermanita buena, ¿Cuándo
te volveremos a ver?
490
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Caperucita Roja Que Se Nos Fue

¡Ah, si volvieras! ¡Cómo te extrañan mis hermanos!
La casa es un desquicio: ya no está la hacendosa
muchacha de otros tiempos. ¡Eras la habilidosa
que todo lo sabías hacer con esas manos!

El menor de los chicos, pobrecito, te llama
recordándote siempre lo que le prometieras,
para que les des algo Y a veces ¡Si lo oyeras!
Para que como entonces le prepares la cama.

¡Como entonces! ¿Entiendes? ¡Ah, desde que te
fuiste,
en la casita nuestra todo el mundo anda triste!,
Y temo que los viejos se enfermen, ¡Pobres viejos!

Mi madre disimula, pero a escondidas llora
con el supersticioso temor de verte lejos
Caperucita roja, ¿Dónde estás ahora?
427
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

La Inquietud

Les tiene preocupados y triste la tardanza
de la hermana. Los niños no juegan con el gato,
ni recuerdan ahora lo de la adivinanza
que propusiera alguno, para pasar el rato.

De vez en cuando, el padre mira el reloj. Parecen
más largos los minutos. Una palabra dura
no acaba. Las muchachas, que cosen, permanecen
calladas, con los ojos fijos en la costura.

Las diez, y aún no vuelve. Ya ninguno desecha,
como al principio, aquella dolorosa sospecha
El padre, que ha olvidado la lectura empezada,

enciende otro cigarro. Cansados de esperar
los niños se levantan, y sin preguntar nada
dicen las buenas noches y se van a acostar.
387
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

¿no Te Veremos Más?

¿Conque estás decidida? ¿No te detiene nada?
¿Ni siquiera el anuncio de este presentimiento?
¡No puedes negar que eres una desamorada:
te vas así, tranquila, sin un remordimiento!

¡Has sido tanto tiempo nuestra hermanita! Mira
si no te desearemos un buen viaje y mejor suerte,
tu decisión de anoche la creíamos mentira:
¡Qué tan acostumbrados estábamos a verte!

Nos quedaremos solos. ¡Y cómo quedaremos!
Demás fuera decirte cuánto te extrañaremos:
y tú, también, ¿Es cierto que nos
extrañarás?

¡Pensar que entre nosotros ya no estarás mañana!
Caperucita roja que fuiste nuestra hermana,
Caperucita roja, ¿No te veremos más?
423
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Pausa Recuerdo De Anne Sten

PAUSA

Recuerdo de Anne Sten


Entre lirios azules y aristas de recuerdos

envueltos en pañuelo de seda,

todo lo que es mi vida. Deshecha

en una raya de la noche,

en ese vidrio que sangra en la ventana,

sobre tus hombros.

Entre la luz y el cadáver de una hora,

mi vida. Sin cantos, sin esquinas.


Lenta y precisa, acostada en los días,

en el nivel de la lluvia y el frío,

vestida de reflejos, esbelta,

distraída, te presentas junto a la novedad

de verme solo. Te sonríes

y el dibujo de tu boca ya lanza

en fuga los silencios y los lirios.

El pañuelo que vuela, abandonado,

sin haber memorizado un camino,

un descanso, una futura ausencia.


—Mi soledad te huye.

Este humo pretende perforar las paredes,

el agua se desbanda por el suelo,

tu retrato se desconoce tuyo.

Mi soledad me pertenece.

Nunca se cansó tanto el vidrio de reloj

como ahora, anotando tus senos,

tus cabellos, tu asombro

enfrente de mi angustia.


Entre ruidos de lirios parece tu recuerdo,

se ahoga tu perfil. Y mi vida camina

inmersa en lo absoluto de las noches,

sin gritarte, sin verte.

776
Ernesto Cardenal

Ernesto Cardenal

Epigrama

Viniste a visitarme
en sueños

pero el vacío
que dejaste cuando
te fuiste

fue realidad
861
Ernesto Cardenal

Ernesto Cardenal

Epigrama

Como canta de noche
la esquirina

al esquirín
que está sobre otra
rama

“esquirín,

si querés que vaya, iré

si querés que vaya, iré;

y a su rama la llama
el esquirín:

Esquirina,

Si querés venir,
vení

Si querés venir,
vení”,

y cuando ella
se va donde él está

el esquirín se va
para otra rama:

así te llamo
yo a ti,

y tú te vas

Así te llamo a ti,

y tú te vas.
704
Dionisio Ridruejo

Dionisio Ridruejo

Memoria

Y resbaló el amor estremecido
por las mudas orillas de tu ausencia.
La noche se hizo cuerpo de tu esencia
y el campo abierto se plegó vencido.

Un ayer de tus labios en mi oído,
una huella sonora, una cadencia,
hizo flor de latidos tu presencia
en el último borde del olvido.

Viniste sobre un aire de amapolas.
Como suspiros estallando rojos,
bajo el ardor de las estrellas plenas,

los labios avanzaron como olas.
Y sumiso en el sueño de tus ojos
murió el dolor en las floridas venas.
455
Dina Posada

Dina Posada

Carta Final

Quiero morir
con tu espuma carnal
envolviendo
mi pulso casi de polvo

pulpa y zumo
del íntimo adiós
trazarán la sonrisa
que en tus labios de luto
habrás de repetir

mientras el reloj
te aparte el recuerdo
605
Dulce María Loynaz

Dulce María Loynaz

Naufragio

¡Ay qué nadar de alma es este mar!
¡Qué bracear de náufrago y qué hundirse
y hacerse a flote y otra vez hundirse!
¡Ay qué mar sin riberas ni horizonte,
ni barco que esperar! Y qué agarrarse
a esta blanda tiniebla, a este vacío
que da vueltas y vueltas... A esta agua
negra que se resbala entre los dedos...
¡Qué tragar sal y muerte en esta ausencia
infinita de ti!
977
David Escobar Galindo

David Escobar Galindo

Lo Ausente No Está Ausente

Lo ausente no está ausente,
sólo apenas distante del instante.
Al poner el oído fantasioso
junto a la laminilla que separa
lo presente y lo ausente,
una vaga corriente se incorpora,
flor que surge del fondo del latido,
y así ya no es posible distinguir
lo que está y lo que estuvo,
y ya la ausencia duerme entre mis sienes
y la presencia es este don distante.
415
César Vallejo

César Vallejo

Se Acabó El Extraño, Con Quien, Tarde

Se acabó el extraño, con quien, tarde
la noche, regresabas parla y parla.
Ya no habrá quien me aguarde,
dispuesto mi lugar, bueno lo malo.

Se acabó la calurosa tarde;
tu gran bahía y tu clamor; la charla
con tu madre acabada
que nos brindaba un té lleno de tarde.

Se acabó todo al fin: las vacaciones,
tu obediencia de pechos, tu manera
de pedirme que no me vaya fuera.

Y se acabó el diminutivo, para
mi mayoría en el dolor sin fin,
y nuestro haber nacido así sin causa.
530
César Vallejo

César Vallejo

Vusco Volvvver De Golpe El Golpe

Vusco volvvver de golpe el golpe.
Sus dos hojas anchas, su válvula
que se abre en suculenta recepción
de multiplicando a multiplicador,
su condición excelente para el placer,
todo avía verdad.

Busco volver de golpe el golpe.
A su halago, enveto bolivarianas fragosidades
a treintidós cables y sus múltiples,
se arrequintan pelo por pelo
soberanos belfos, los dos tomos de la Obra,
y no vivo entonces ausencia,

ni al tacto.

Fallo bolver de golpe el golpe.
No ensillaremos jamás el toroso Vaveo
de egoísmo y de aquel ludir mortal
de sábana,
desque la mujer esta

¡cuánto pesa de general!

Y hembra es el alma de la ausente.
Y hembra es el alma mía.
834
César Vallejo

César Vallejo

Idilio Muerto

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita de junco
y capulí;
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita
la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita
planchaban en las tardes blancuras por venir;
ahora, en esta lluvia que me quita
las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus
afanes; de su andar;
de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,
y al fin dirá temblando: «Qué frío hay...
Jesús!»
y llorará en las tejas un pájaro salvaje.
1.296
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Recinto

Hoy que has vuelto, los dos hemos callado,
y sólo nuestros ojos pensamientos
alumbraron la dulce oscuridad
de estar juntos y no decirse nada.

Sólo las manos se estrecharon tanto
como rompiendo el hierro de la ausencia.
¡Si una nube eclipsara nuestras vidas!

Deja en mi corazón las voces nuevas,
el asalto clarísimo, presente,
de tu persona sobre los paisajes
que hay en mí para el aire de tu vida.
463
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Recinto

¿Dónde pondré el oído que no escuche
mi propia voz llamarte?
¿Y dónde no escuchar este silencio
que te aleja espaciosamente triste?

Yo camino las horas presenciadas
por los dos, en nosotros.
Sé del fruto maduro de las voces
en campos de spetiembre.

Sé de la noche esbelta y tan desnuda
que nuestros cuerpos eran uno solo.
Sé del silencio ante la gente oscura,
de callar este amor que es de otro modo.

Mientras llueve la ausencia yo liberto
la esclavitud de carne y sola el alma
cuelga en los aires su águila amorosa
que las nubes pacificas igualan.
452
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Recinto

Tu amor es el erario inagotable
que costea el país de los poemas.
Viajes a la garganta de los pájaros,
claridad, y castillos en el aire.

Fiel a jurarse en sí, la ausencia espía
mi pena de horizonte y de ventana.
Regresan por los montes de mañana
las voces claras de tu lejanía.

Hoy te mando mi voz. El mudo espacio
escultóricamente se arrincona.
Sólo en los ojos queda sangre. Ciñe
la casa una cadena de palomas.

Ya no sé caminar sino hacia ti.
Tu ausencia da a mi pie pausas veloces.
Y el pie de nube extiende la extensión
toda oído de piedra y toda voces.
475
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Recinto

En el silencio de la casa, tú,
y en mi voz la presencia de tu nombre
besado entre la nube de la ausencia
manzana aérea de las soledades.

Todo a puertas cerradas, la quietud
de esperarte es vanguardia de heroísmo,
vigilando el ejército de abrazos
y el gran plan de la dicha.

Ya no sé caminar sino hacia ti,
por el camino suave de mirarte
poner los labios junto a mis preguntas
—sencilla, eterna flor de preguntarte—
y escucharte así en mí ¡y a sangre y fuego
rechazar, luminoso, las penumbras...!

Manzana aérea de las soledades,
bocado silencioso de la ausencia,
palabra en viaje, ropa del invierno
que hará la desnudez de las praderas.

Tú en el silencio de la casa. Yo
en tus labios de ausencia, aquí tan cerca
que entre los dos la ronda de palabras
se funde en la mejor que da el poema.
564
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Recinto

Si junto a ti las horas se apresuran
a quedarse en nosotros para siempre,
hoy que tu dulce ausencia me encarcela,
la dispersión del tiempo en mis talones
y en mis oídos y en mis ojos siento.
Ya no sé caminar sino hacia ti,
ni escuchar otra voz que aquella noble
voz que del vaho borde de la dicha
vuela para decirme las palabras
que azogaron el agua del poema.

¡Decir tu nombre entre palabras vivas
sin que nadie lo escuche!
Y escucharlo yo solo desde el fino
silencio del papel, en la penumbra
que va dejando el lápiz, en las últimas
presencias silenciosas del poema.
478
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Elegía Nocturna

Ay de mi corazón que nadie quiso
tomar entre mis manos desoladas.
Tú viniste a mirar sus llamaradas
y le miraste arder claro y sumiso.

(El pie profundo sobre el negro piso
sangró de luces todas las jornadas.
Ante los pies geográficos, calladas,
tus puertas invisibles, Paraíso.)

Tú que echaste a las brasas otro leño
recoge las cenizas y al pequeño
corazón que te mueve junta y deja.

Alguna vez suspirarás, alguna
noche de soledad oirás mi queja
tuya hasta el corazón como ninguna.
532
Carlos Bousoño

Carlos Bousoño

Algo En Mi Sangre Espera Todavía

Algo en mi sangre espera todavía.
Algo en mi sangre en que tu voz aún suena.
Pero no. Inútilmente yo te llamo.
Aquella voz que te llamaba es ésta.

Ven hacia mí. Mis brazos crecen, huyen
donde los tuyos la mañana aquella.
Ven hacia mí. La tierra toda oscila,
se mueve, cruje. Vístete. Despierta.

Oh, qué encendida el alma
en su secreto puro, si vinieras.
Sin esperanza, entre la luz del día,
mi voz te llama.

El eco. La respuesta.
420
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En El Álbum De Una Amiga Ausente

No, los recuerdos que en el mar se escriben
no los borran el tiempo ni la ausencia;
allá en las olas resonando viven.

¿Qué es olvidar? ¿qué fuera la existencia,
si hasta el recuerdo de amistad querida
nos vedara también la Providencia?

Si triste en mi recinto oscurecido
callo por no turbar, cuando te halles
contenta, tu placer, no es que te olvido,

A ti que ver la yerba por las calles
nacida, te entristece; ¡infortunada!
¡Si vivieras, hermosa, en estos valles!

Crece la yerba al pie de mi morada
libre y fecunda, desde octubre a mayo;
y no perece al fin por ser hollada

Sino del sol canicular al rayo
como mi juventud, como mi vida-
si le llamas vivir a este desmayo,

¡Si le llamas vivir, alma querida,
a levantar del lecho la cabeza
y volver a inclinarla dolorida!

Largo tiempo luché con la tristeza:
la paciencia sostuve y el aliento
y abusé de la humana fortaleza;

Pero llega el cansancio al sufrimiento
y de mi endeble máquina las venas
de la fiebre al dolor estallar siento

Como del barco seco en las arenas
de Cádiz, al ardor del sol estallan
los comprimidos mástiles y antenas.

¡Cádiz!... ¡el mar!... ¡mi amiga! ¿por
qué os hallan
lejos mis ojos, hoy que sin ventura
tanto mis penas contra mí batallan?

Aun pudiera del mar la brisa pura
reanimar el aliento de mi alma
y alegrarme la voz de tu ternura;

Mas no será, y en la abrasada calma
moriré del desierto, consumida
en tanto que tu sombra, humana palma,

En las playas del África esparcida
se retrata en la orilla de los mares
y a respirar al pájaro convida.

¡Que las aves dulcísimos cantares
te regalen en esas extranjeras
tierras, si melancólica te hallares!;

¡Ya que apenas llegar a esas riberas
podrá la voz doliente y extinguida
de estas canciones ¡ay! tal vez postreras!

¿Quién sabe si te di mi despedida
cuando volaba al africano puerto
la rugidora máquina encendida?

El sol tras de las aguas encubierto
en la flotante espuma chispeaba
de nuestro barco, por el sulco abierto;

Y tus hijos al verme que lloraba
cariñosos besaban mis mejillas
y yo a mi corazón los estrechaba.

Aquellas emociones tan sencillas
me dejaron de pena el alma rota,
cuando me vi del mar en las orillas
sola como la pobre gaviota.
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