Poemas en este tema

Añoranza y Ausencia

Amado Nervo

Amado Nervo

Por Esta Selva

Por esta selva tan espesa,
donde nunca el sol penetró,
buscando voy una princesa
que se me perdió.

Entre los árboles copudos,
entre las lianas verdinegras
que trepan por los desnudos
troncos, como culebras;

entre las rocas de hosquedad
hostil y provocativa
y la pavorosa soledad
y la penumbra esquiva,

buscando voy una princesa
rubia como la madrugada
que no ha partido y que no regresa
desta espesura malhadada.

Dicen que al fin de aquella ruta,
que bordan el ciprés y el enebro,
hay una reina muy enjuta
que mora en un castillo muy negro;

que guarda en fieros torreones
otras princesas como la mía,
y que es sorda a las rogaciones
del desamparo y la agonía.

Mas, acaso si yo pudiese
ver a la reina, y su huella
seguir astuto, al cabo diese
con el castillo negro... ¡y con Ella!

Pero el más seguro instinto
no se sentiría capaz
de guiarse por el laberinto
desta penumbra pertinaz.

Es que el espíritu presiente
algo fatal que se avecina,
y es que acaso es más imponente
que lo que vemos claramente
lo que tan sólo se adivina.

Heme aquí, pues, con la alma opresa
en medio de obscuridad,
enamorado de una princesa
que se perdió en la selva espesa
tal vez por una eternidad...
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Amado Nervo

Amado Nervo

Los Muertos Mandan

Los muertos mandan. ¡Sí, tú mandas, vida mía!
Si ejecuto una acción, digo: "¿Le gustaría?"
Hago tal o cual cosa pensando: "¡Ella lo hacía!"

Busco lo que buscabas, lo que dejabas dejo,
amo lo que tú amabas, copio como un espejo
tus costumbres, tus hábitos... ¡Soy no más tu reflejo!
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Amado Nervo

Amado Nervo

Pobrecita Mía

Bien sé que no puedes,
pobrecita mía,
venir a buscarme.
¡si pudieras, vendrías!

Acaso te causan
dolor mis fatigas,
mis ansias de verte,
mis quejas baldías,
mi tedio implacable,
mi horror por la vida.
¡No puedes traerme consuelo!

¡Si pudieras, vendrías!

¿Qué honda, qué honda
debe ser la sima
donde caen los muertos,
pobrecita mía!

¡Qué mares sin playas
qué noche infinita
qué pozos danaideos,
qué fieras estigias
deben separarnos de los que se mueren
desgajando en dos
almas una misma,
para que no puedas venir a buscarme!

Si pudieras, vendrías...
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Amado Nervo

Amado Nervo

Cuando Dios Lo Quiera

Santa florecita, celestial renuevo,
que hiciste mi alma una primavera,
y cuyo perfume para siempre llevo:
¿Cuándo en mi camino te hallaré de nuevo?
—¡Cuándo Dios lo quiera, cuando Dios lo quiera!

—¡Qué abismo tan hondo! ¡Qué brazo tan fuerte
desunirnos pudo de tan cruel manera!
Mas ¡qué importa! Todo lo salva la muerte
y en otra ribera volveré yo a verte...
¡En otra ribera..., sí! ¡Cuando Dios quiera!

Corazón herido, corazón doliente,
mutilada entraña: si tan tuya era
(carne de tu carne, mente de tu mente,
hueso de tus huesos), necesariamente
has de recobrarla... —¡Sí, cuando Dios quiera!
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Amado Nervo

Amado Nervo

Tres Meses

Mi amada se fue a la Muerte,
partió al Misterio mi amada;
se fue una tarde de invierno;
iba pálida, muy pálida.


Ella que, por su color,
gloriosamente rosada,
parecía un ser translúcido
iluminado por llama
interna...

¡Qué
lividez
aquella, la de mi Ana,
y qué frialdad! ¡Si tenía
hasta las trenzas heladas!

¡Se fue a la Muerte, que es
nuestra Madre, nuestra Patria
y nuestra sola heredad
tras este valle de lágrimas!

Hoy hace tres meses justos
que se la llevaron trágicamente
inmóvil, y recuerdo
con qué expresión desolada
se plañía entre los árboles
el viento del Guadarrama.

¡Tres meses de viaje! ¡Nunca
fue nuestra ausencia tan larga!
Noventa días sin verla,
y sin una sola carta...

Abismo de los abismos,
distancias de las distancias,
hondura de las honduras,
muralla de las murallas,
¿donde tienes a mi muerta?
¡Dámela! ¡Dámela! ¡Dámela!

¡En vano en la noche lóbrega
suena y resuena la aldaba
con que llamo a la gran puerta
del castillo que se alza
en la cima misteriosa
de la fúnebre montaña!

Cierto, detrás de esa hostil
fortaleza, alguien se halla...
Se adivina no sé qué,
un confuso rumor de almas...

De fijo nos oyen, pero
nadie nos responde nada,
y resuena solamente,
con vibraciones metálicas,
en los ámbitos inmensos
el golpazo de la aldaba.

Hoy hace tres meses justos
que se la llevaron, tragicamente
inmóvil, y recuerdo
con qué expresión desolada
se plañía entre los arboles
el viento del Guadarrama;

y recuerdo también que
al cruzar por las barriadas
de Madrid me sollozó
una tétrica gitana:
"Señorito, una limosna
por la difunta de su arma!"
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Amado Nervo

Amado Nervo

¡puella Mea!

Muchachita mía,
gloria y ufanía
de mi atardecer,
yo sólo tenía
la santa alegría
de mi poesía
y de tu querer.

¿Por qué te partiste?
¿Por qué te me fuiste?
Mira que estoy triste,
triste, triste, triste,
con tristeza tal
que mi cara mustia
deja ver mi angustia
como si fuera de cristal.

Muchachita mía,
¡qué sola, qué fría
te fuiste aquel día!
¿En qué estrella estás?
¿En qué espacio vuelas?
¿En qué mar rielas?
¿Cuándo volverás?
—¡Nunca, nunca más!
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Amado Nervo

Amado Nervo

La Puerta

Por esa puerta huyó, diciendo: «¡Nunca!»
Por esa puerta ha de volver un día...
Al cerrar esa puerta, dejó trunca
la hebra de oro de la esperanza mía.
Por esa puerta ha de volver un día.

Cada vez que el impulso de la brisa,
como una mano débil, indecisa,
levemente sacude la vidriera
palpita más aprisa, más aprisa
mi corazón cobarde que la espera.

Desde mi mesa de trabajo veo
la puerta con que sueñan mis antojos,
y acecha agazapado mi deseo
en el trémulo fondo de sus ojos.

¿Por cuánto tiempo, solitario, esquivo
he de aguardar con la mirada incierta
a que Dios me devuelva compasivo
a la mujer que huyó por esa puerta?

¿Cuándo habrán de temblar esos cristales
empujados por sus manos ducales
y, con su beso ha de llegarme ella,
cual me llega en las noches invernales
el ósculo piadoso de una estrella?

¡Oh, Señor!, ya la pálida está alerta:
¡oh, Señor, cae la tarde ya en mi vía
y se congela mi esperanza yerta!

¡Oh, Señor, haz que se abra al fin la puerta
y entre por ella la adorada mía!

...¡Por esa puerta ha de volver un día!
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Amado Nervo

Amado Nervo

El Hielo

Para cubrir los peces del fondo, que agonizan
de frío, mis piadosas ondas se cristalizan,
y yo, la inquietuela, cuyo perenne móvil
es variar, enmudezco, me aduermo, quedo inmóvil.
¡Ah! Tú no sabes como padezco nostalgia
de sol bajo esa sábana siempre fría.
Tú no sabes la angustia de la ola que inmola
Sus ritmos ondulantes de mujer —su sonrisa—
al frío, y que se vuelve —mujer de Loth— banquisa:
ser banquisa es ser como la estatua de la ola.

Tú ignoras esa angustia: mas yo no me rebelo,
y ansiosa de que todo en mi Dios sea loado,
desprendo radiaciones al bloque de mi hielo,
y en vez de azul oleaje soy témpano azulado.

Mis crestas en la noche del polo con fanales,
reflejo el rosa de las auroras boreales,
la luz convaleciente del sol, y con deleites
de Seraphita, yergo mi cristalina roca
por donde trepan lentas las morsas y la foca,
seguidas de lapones hambrientos de su aceite...

¿Ya ves como se acata la voluntad del cielo?
Y yo recé: —¡Loemos a Dios, hermano hielo!
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Antonio Machado

Antonio Machado

Señor, Ya Me Arrancaste Lo Que Yo Más Quería

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

Ramón López Velarde
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Manuel Altolaguirre

Manuel Altolaguirre

Tus Palabras

Apoyada en mi hombro
eres mi ala derecha.
Como si desplegaras
tus suaves plumas negras,
tus palabras a un cielo
blanquísimo me elevan.

Exaltación. Silencio.
Sentado estoy a mi mesa,
sangrándome la espalda,
doliéndome tu ausencia.
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Angel González

Angel González

Mientras Tú Existas

Mientras tú existas,
mientras mi mirada
te busque más allá de las colinas,
mientras nada
me llene el corazón,
si no es tu imagen, y haya
una remota posibilidad de que estés viva
en algún sitio, iluminada
por una luz—cualquiera...

Mientras
yo presienta que eres y te llamas
así, con ese nombre tuyo
tan pequeño,
seguiré como ahora, amada
mía,
transido de distancia,
bajo ese amor que crece y no se muere,
bajo ese amor que sigue y nunca acaba.
1.312
Manuel Acuña

Manuel Acuña

La Ausencia Del Olvido

LA AUSENCIA DEL OLVIDO
DOLORA

A Lola


Iba llorando la Ausencia

con el semblante abatido

cuando se encontró en presencia

del Olvido,

que al ver su faz marchitada,

le dijo con voz turbada:

sin colores,

—«Ya no llores niña bella,

ya no llores,

que si tu contraria estrella

te oprime incansable y ruda,

yo te prometo mi ayuda

contra tu mal y contra ella».

Oyó la Ausencia llorando

la propuesta cariñosa,

y los ojos enjugando

ruborosa,

—«Admito desde el momento,

buen anciano»

—le dijo con dulce acento—

«admito lo que me ofreces

y que en vano

he buscado tantas veces,

yo que triste y sin ventura,

la copa de la amargura

he apurado hasta las heces».

Desde entonces, Lola bella,

cariñosa y anhelante

vive el Olvido con ella,

siempre amante;

y la Ausencia ya ni gime,

ni doliente

recuerda el mal que la oprime;

que un amor ha concebido

tan ardiente

por el anciano querido,

que si sus penas resiste,

suspira y llora muy triste

cuando la deja el Olvido.

1.606
Manuel Acuña

Manuel Acuña

Adiós

ADIÓS

A...


Después de que el destino

me ha hundido en las congojas

del árbol que se muere

crujiendo de dolor,

truncando una por una

las flores y las hojas

que al beso de los cielos

brotaron de mi amor.

Después de que mis ramas

se han roto bajo el peso

de tanta y tanta nieve

cayendo sin cesar,

y que mi ardiente savia

se ha helado con el beso

que el ángel del invierno

me dio al atravesar.

Después... es necesario

que tú tambien te alejes

en pos de otras florestas

y de otro cielo en pos;

que te alces de tu nido,

que te alces y me dejes

sin escuchar mis ruegos

y sin decirme adiós.

Yo estaba solo y triste

cuando la noche te hizo

plegar las blancas alas

para acogerte a mí,

entonces mi ramaje

doliente y enfermizo

brotó sus flores todas

tan solo para ti.

En ellas te hice el nido

risueño en que dormías

de amor y de ventura

temblando en su vaivén,

y en él te hallaban siempre

las noches y los días

feliz con mi cariño

y amándote también...

¡Ah! nunca en mis delirios

creí que fuera eterno

el sol de aquellas horas

de encanto y frenesí;

pero jamás tampoco

que el soplo del invierno

llegara entre tus cantos,

y hallándote tú aquí...

Es fuerza que te alejes...

rompiéndome en astillas;

ya siento entre mis ramas

crujir el huracán,

y heladas y temblando

mis hojas amarillas

se arrancan y vacilan

y vuelan y se van...

Adiós, paloma blanca

que huyendo de la nieve

te vas a otras regiones

y dejas tu árbol fiel;

mañana que termine

mi vida oscura y breve

ya solo tus recuerdos

palpitarán sobre él.

Es fuerza que te alejes

del cántico y del nido

tu sabes bien la historia

paloma que te vas...

El nido es el recuerdo

y el cántico el olvido,

el árbol es el siempre

y el ave es el jamás.

Adiós mientras que puedes

oír bajo este cielo

el último ¡ay! del himno

cantado por los dos...

Te vas y ya levantas

el ímpetu y el vuelo,

te vas y ya me dejas,

¡paloma, adiós, adiós!

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