Poemas en este tema
Nostalgia
Claudio Rodríguez
El Baile De Águedas
Veo que no queréis bailar conmigo
y hacéis muy bien. ¡Si hasta ahora
no hice más que pisaros, si hasta ahora
no moví al aire vuestro estos pies cojos!
Tú siempre tan bailón, corazón mío.
¡Métete en fiesta; pronto,
antes de que te quedes sin pareja!
¡Hoy no hay escuela! ¡Al río,
a lavarse primero,
que hay que estar limpios cuando llegue la hora!
Ya están ahí, ya vienen
por el raíl con sol de la esperanza
hombres de todo el mundo! Ya se ponen
a dar fe de su empleo de alegría
¿Quién no esperó la fiesta?
¿Quién los días del año
no los pasó guardando bien la ropa,
para el día de hoy? Y ya ha llegado.
Cuánto manteo, cuánta media blanca,
cuánto refajo de lanilla, cuánto
corto calzón. ¡Bien a lo vivo, como
esa moza se pone su pañuelo,
poned el alma así, bien a lo vivo!
Echo de menos ahora
aquellos tiempos en los que a sus fiestas
se unía el hombre como el suero al queso.
Entonces sí que daban
su vida al sol, su aliento al aire, entonces
sí que eran encarnados en la tierra.
Para qué recordar. Estoy en medio
de la fiesta y ya casi
cuaja la noche pronta de febrero.
y aún sin bailar: yo solo.
¡Venid, bailad conmigo, que ya puedo
arrimar la cintura bien, que puedo
mover los pasos a vuestro aire hermoso!
¡Águedas, aguedicas,
decidles que me dejen
bailar con ellos, que yo soy del pueblo,
soy un vecino más, decid a todos
que he esperado este día
toda la vida! Oídlo.
Óyeme tú, que ahora
pasas al lado mío y un momento,
sin darte cuenta, miras a lo alto
y a tu corazón baja
el baile eterno de Águedas del mundo,
óyeme tú, que sabes
que se acaba la fiesta y no la puedes
guardar en casa como un limpio apero,
y se te va, y ya nunca...
tú, que pisas la tierra
y aprietas tu pareja, y bailas, bailas.
y hacéis muy bien. ¡Si hasta ahora
no hice más que pisaros, si hasta ahora
no moví al aire vuestro estos pies cojos!
Tú siempre tan bailón, corazón mío.
¡Métete en fiesta; pronto,
antes de que te quedes sin pareja!
¡Hoy no hay escuela! ¡Al río,
a lavarse primero,
que hay que estar limpios cuando llegue la hora!
Ya están ahí, ya vienen
por el raíl con sol de la esperanza
hombres de todo el mundo! Ya se ponen
a dar fe de su empleo de alegría
¿Quién no esperó la fiesta?
¿Quién los días del año
no los pasó guardando bien la ropa,
para el día de hoy? Y ya ha llegado.
Cuánto manteo, cuánta media blanca,
cuánto refajo de lanilla, cuánto
corto calzón. ¡Bien a lo vivo, como
esa moza se pone su pañuelo,
poned el alma así, bien a lo vivo!
Echo de menos ahora
aquellos tiempos en los que a sus fiestas
se unía el hombre como el suero al queso.
Entonces sí que daban
su vida al sol, su aliento al aire, entonces
sí que eran encarnados en la tierra.
Para qué recordar. Estoy en medio
de la fiesta y ya casi
cuaja la noche pronta de febrero.
y aún sin bailar: yo solo.
¡Venid, bailad conmigo, que ya puedo
arrimar la cintura bien, que puedo
mover los pasos a vuestro aire hermoso!
¡Águedas, aguedicas,
decidles que me dejen
bailar con ellos, que yo soy del pueblo,
soy un vecino más, decid a todos
que he esperado este día
toda la vida! Oídlo.
Óyeme tú, que ahora
pasas al lado mío y un momento,
sin darte cuenta, miras a lo alto
y a tu corazón baja
el baile eterno de Águedas del mundo,
óyeme tú, que sabes
que se acaba la fiesta y no la puedes
guardar en casa como un limpio apero,
y se te va, y ya nunca...
tú, que pisas la tierra
y aprietas tu pareja, y bailas, bailas.
449
Claudio Rodríguez
Al Fuego Del Hogar
Aún no pongáis las manos junto al fuego.
Refresca ya, y las mías
están solas; que se me queden frías.
Entonces qué rescoldo, qué alto leño,
cuánto humo subirá, como si el sueño,
toda la vida se prendiera. ¡Rama
que no dura, sarmiento que un instante
es un pajar y se consume, nunca,
nunca arderá bastante
la lumbre, aunque se haga con estrellas!
Este al menos es fuego
de cepa y me calienta todo el día.
Manos queridas, manos que ahora llego
casi a tocar, aquella, la más mía,
¡pensar que es pronto y el hogar crepita,
y está ya al rojo vivo,
y es fragua eterna, y funde, y resucita
aquel tizón, aquel del que recibo
todo el calor ahora,
el de la infancia! Igual que el aire en torno
de la llama también es llama, en torno
de aquellas ascuas humo fui. La hora
del refranero blanco, de la vieja
cuenta, del gran jornal siempre seguro.
¡Decidme que no es tarde! Afuera deja
su ventisca el invierno y está oscuro.
Hoy o ya nunca más. Lo sé. Creía
poder estar aún con vosotros, pero
vedme, frías las manos todavía
esta noche de enero
junto al hogar de siempre. Cuánto humo
sube. Cuánto calor habré perdido.
Dejadme ver en lo que se convierte,
olerlo al menos, ver dónde ha llegado
antes de que despierte,
antes de que el hogar esté apagado.
Refresca ya, y las mías
están solas; que se me queden frías.
Entonces qué rescoldo, qué alto leño,
cuánto humo subirá, como si el sueño,
toda la vida se prendiera. ¡Rama
que no dura, sarmiento que un instante
es un pajar y se consume, nunca,
nunca arderá bastante
la lumbre, aunque se haga con estrellas!
Este al menos es fuego
de cepa y me calienta todo el día.
Manos queridas, manos que ahora llego
casi a tocar, aquella, la más mía,
¡pensar que es pronto y el hogar crepita,
y está ya al rojo vivo,
y es fragua eterna, y funde, y resucita
aquel tizón, aquel del que recibo
todo el calor ahora,
el de la infancia! Igual que el aire en torno
de la llama también es llama, en torno
de aquellas ascuas humo fui. La hora
del refranero blanco, de la vieja
cuenta, del gran jornal siempre seguro.
¡Decidme que no es tarde! Afuera deja
su ventisca el invierno y está oscuro.
Hoy o ya nunca más. Lo sé. Creía
poder estar aún con vosotros, pero
vedme, frías las manos todavía
esta noche de enero
junto al hogar de siempre. Cuánto humo
sube. Cuánto calor habré perdido.
Dejadme ver en lo que se convierte,
olerlo al menos, ver dónde ha llegado
antes de que despierte,
antes de que el hogar esté apagado.
517
Claudio Rodríguez
A Mi Ropa Tendida (el Alma)
Me la están refregando, alguien la aclara.
¡Yo que desde aquel día
la eché a lo sucio para siempre, para
ya no lavarla más, y me servía!
¡Si hasta me está más justa¡ No la he puesto
pero ahí la veis todos, ahí, tendida,
ropa tendida al sol. ¿Quién es? ¿Qué es
esto?
¿Qué lejía inmortal, y que perdida
jabonadura vuelve, qué blancura?
Como al atardecer el cerro es nuestra ropa
desde la infancia, más y más oscura
y ved la mía ahora. ¡Ved mi ropa,
mi aposento de par en par! ¡Adentro
con todo el aire y todo el cielo encima!
¡Vista la tierra tierra! ¡Más adentro!
¡No tenedla en el patio: ahí en la cima,
ropa pisada por el sol y el gallo,
por el rey siempre!
He dicho así a media alba
porque de nuevo la hallo,
de nuevo el aire libre sana y salva.
Fue en el río, seguro, en aquel río
donde se lava todo, bajo el puente.
Huele a la misma agua, a cuerpo mío.
¡Y ya sin mancha! ¡Si hay algún valiente,
que se la ponga! Sé que le ahogaría.
Bien sé que al pie del corazón no es blanca
pero no importa: un día...
¡Qué un día, hoy, mañana que es la fiesta!
Mañana todo el pueblo por las calles
y la conocerán, y dirán: «Esta
es su camisa, aquella, la que era
sólo un remiendo y ya no le servía.
¿Qué es este amor? ¿Quién es su lavandera?»
¡Yo que desde aquel día
la eché a lo sucio para siempre, para
ya no lavarla más, y me servía!
¡Si hasta me está más justa¡ No la he puesto
pero ahí la veis todos, ahí, tendida,
ropa tendida al sol. ¿Quién es? ¿Qué es
esto?
¿Qué lejía inmortal, y que perdida
jabonadura vuelve, qué blancura?
Como al atardecer el cerro es nuestra ropa
desde la infancia, más y más oscura
y ved la mía ahora. ¡Ved mi ropa,
mi aposento de par en par! ¡Adentro
con todo el aire y todo el cielo encima!
¡Vista la tierra tierra! ¡Más adentro!
¡No tenedla en el patio: ahí en la cima,
ropa pisada por el sol y el gallo,
por el rey siempre!
He dicho así a media alba
porque de nuevo la hallo,
de nuevo el aire libre sana y salva.
Fue en el río, seguro, en aquel río
donde se lava todo, bajo el puente.
Huele a la misma agua, a cuerpo mío.
¡Y ya sin mancha! ¡Si hay algún valiente,
que se la ponga! Sé que le ahogaría.
Bien sé que al pie del corazón no es blanca
pero no importa: un día...
¡Qué un día, hoy, mañana que es la fiesta!
Mañana todo el pueblo por las calles
y la conocerán, y dirán: «Esta
es su camisa, aquella, la que era
sólo un remiendo y ya no le servía.
¿Qué es este amor? ¿Quién es su lavandera?»
451
Carmen Conde
¿qué Fue Lo De Vivir Con Tal Empeño
¿Qué fue lo de vivir con tal empeño
de hallar el cumplimiento más rendido;
qué fue aquel mantener tenaz del sueño
mejor y más veraz que lo vivido?
Renuncio a mi presencia indiferente
en este mundo hostil, y tan ajeno,
que ignora y lo comprendo el accidente
de seres que no son acierto pleno.
Me iré sin que vosotros, los que andáis
costado a mi costado, retengáis
el soplo desigual de mi andadura.
Y aquí se quedará lo que al futuro
dirá que estuve aquí, con un seguro
destino de pobreza y de amargura.
de hallar el cumplimiento más rendido;
qué fue aquel mantener tenaz del sueño
mejor y más veraz que lo vivido?
Renuncio a mi presencia indiferente
en este mundo hostil, y tan ajeno,
que ignora y lo comprendo el accidente
de seres que no son acierto pleno.
Me iré sin que vosotros, los que andáis
costado a mi costado, retengáis
el soplo desigual de mi andadura.
Y aquí se quedará lo que al futuro
dirá que estuve aquí, con un seguro
destino de pobreza y de amargura.
323
Carmen Conde
Ausencia Del Amante
He vuelto por el camino sin yerba.
Voy al río en busca de mi sombra.
Qué soledad sellada de luna fría.
Qué soledad de agua sin sirenas rojas.
Qué soledad de pinos ácidos, errantes...
Voy a recoger mis ojos
abandonados en la orilla.
Voy al río en busca de mi sombra.
Qué soledad sellada de luna fría.
Qué soledad de agua sin sirenas rojas.
Qué soledad de pinos ácidos, errantes...
Voy a recoger mis ojos
abandonados en la orilla.
484
Carlos Bousoño
Mucho Te Quise
Mucho te quise y con dolor te miro
cuando aquí pasas con tu sueño a cuestas.
Mas para siempre, desde lejos, hondos
mis ojos te recuerdan.
Aquí en la tarde te contemplo
pasar hostil y sin clemencia.
Vas dura con tu sueño amargo y triste.
Ingrato sueño que el amor te veda.
cuando aquí pasas con tu sueño a cuestas.
Mas para siempre, desde lejos, hondos
mis ojos te recuerdan.
Aquí en la tarde te contemplo
pasar hostil y sin clemencia.
Vas dura con tu sueño amargo y triste.
Ingrato sueño que el amor te veda.
403
Carolina Coronado
Respuesta A Un Poeta
Cuando exhala de esa suerte
vuestra Lira dormitando
un eco tan dulce y blando
¿a qué queréis que despierte?
Dejadlo siempre soñando.
Ni vos debéis lamentar
que estén sus cuerdas rompidas,
pues que las sabéis pulsar
tan bien que por vos heridas
aun rotas quieren sonar.
Ni digáis que los azares
apagan vuestros destellos,
cantad con vuestros pesares,
porque los tristes cantares
son los cantares más bellos.
Mas no queráis vuestro acento
rendir, cantor a mis pies,
elévese al firmamento
que su camino es el viento
y el cielo su trono es.
vuestra Lira dormitando
un eco tan dulce y blando
¿a qué queréis que despierte?
Dejadlo siempre soñando.
Ni vos debéis lamentar
que estén sus cuerdas rompidas,
pues que las sabéis pulsar
tan bien que por vos heridas
aun rotas quieren sonar.
Ni digáis que los azares
apagan vuestros destellos,
cantad con vuestros pesares,
porque los tristes cantares
son los cantares más bellos.
Mas no queráis vuestro acento
rendir, cantor a mis pies,
elévese al firmamento
que su camino es el viento
y el cielo su trono es.
619
Carolina Coronado
Versos Improvisados Con Varios Motivos La Empresa Del Ferrocarril De Extremadura
Bien llegados a España, caballeros.
Esta joven nación, su tierra pura
os brinda a los amigos extranjeros
que lecciones la ofrecen de cultura:
por el terso carril marchen ligeros
los hijos de la rica Extremadura,
vuestras artes, y ciencias y portentos
a igualar y vencer con sus talentos.
¡O mi pueblo, sencillo patriarca
tan agreste pacífico y tan rudo,
de ferrados-carriles tu comarca
van a ornar, y ya en vez del torpe y mudo
buey que sus pasos por minutos marca
¡rodará gran vapor!... ¿Quién tanto pudo?
¿Qué impulso, qué vigor, qué movimiento
pone a tan bella fábrica el cimiento?
Hay una tierra, en medio el Océano
donde O''Connell nació y a Byron cuenta,
¿qué reino hallar más fuerte y soberano
que la patria feliz que a ambos alienta?
Pues ya del genio y del poder Britano
tanto el raudal inmenso se acrecienta
que sus diques rompiendo a inundar pasa
el virgen suelo que de sed se abrasa.
Ya corren hasta aquí sus manantiales;
ya el campo bebe su copioso riego;
ya florecen brillando a sus cristales
el extremeño prado y el manchego.
¡Ay! los que tal pobreza y tantos males
en la guerrera lucha a sangre y fuego,
soportaron pacientes, ¿cómo ahora,
dicha comprenderán tan seductora?
Agriado el corazón por los azares,
perdida en desengaños la esperanza,
nada aguardamos ya sino pesares,
sólo en el mal tenemos confianza;
por eso hacia la gente de los mares
torva la vista, y suspicaz se lanza
y rechazando el bien porque suspira
responde el español: «Fraude, mentira».
Empero, no a los hijos de Bretaña
que nos tendieron las amigas manos
cuando el Coloso amenazó a la España
deben temer los nobles castellanos;
antes bien recordar la fiel campaña
que hicieron los dos reinos como hermanos
para que aliento infunda a la memoria
de Wellington su lauro y nuestra gloria.
¡Por qué ese recelar eterno y triste!
¡Por qué en el porvenir tal desconsuelo!
¡Por qué así nuestro espíritu reviste
con su negro color el blanco cielo!
Tal vez el hado en el rencor desiste
con que siguió nuestro cefrado suelo,
y su primer sonrisa alegremente
nos muestra en el camino reluciente.
¡Cuánta prosperidad, cuánta grandeza!
¡Cuán fecundos los montes hoy salvajes
pavimentos darán con su corteza,
moradas ornarán con sus ramajes!;
cuántos pueblos, alzando la cabeza
por contestar de Europa a los ultrajes
«venid aquí dirán pueblos hambrientos,
¡que nosotros estamos opulentos!»
Esta joven nación, su tierra pura
os brinda a los amigos extranjeros
que lecciones la ofrecen de cultura:
por el terso carril marchen ligeros
los hijos de la rica Extremadura,
vuestras artes, y ciencias y portentos
a igualar y vencer con sus talentos.
¡O mi pueblo, sencillo patriarca
tan agreste pacífico y tan rudo,
de ferrados-carriles tu comarca
van a ornar, y ya en vez del torpe y mudo
buey que sus pasos por minutos marca
¡rodará gran vapor!... ¿Quién tanto pudo?
¿Qué impulso, qué vigor, qué movimiento
pone a tan bella fábrica el cimiento?
Hay una tierra, en medio el Océano
donde O''Connell nació y a Byron cuenta,
¿qué reino hallar más fuerte y soberano
que la patria feliz que a ambos alienta?
Pues ya del genio y del poder Britano
tanto el raudal inmenso se acrecienta
que sus diques rompiendo a inundar pasa
el virgen suelo que de sed se abrasa.
Ya corren hasta aquí sus manantiales;
ya el campo bebe su copioso riego;
ya florecen brillando a sus cristales
el extremeño prado y el manchego.
¡Ay! los que tal pobreza y tantos males
en la guerrera lucha a sangre y fuego,
soportaron pacientes, ¿cómo ahora,
dicha comprenderán tan seductora?
Agriado el corazón por los azares,
perdida en desengaños la esperanza,
nada aguardamos ya sino pesares,
sólo en el mal tenemos confianza;
por eso hacia la gente de los mares
torva la vista, y suspicaz se lanza
y rechazando el bien porque suspira
responde el español: «Fraude, mentira».
Empero, no a los hijos de Bretaña
que nos tendieron las amigas manos
cuando el Coloso amenazó a la España
deben temer los nobles castellanos;
antes bien recordar la fiel campaña
que hicieron los dos reinos como hermanos
para que aliento infunda a la memoria
de Wellington su lauro y nuestra gloria.
¡Por qué ese recelar eterno y triste!
¡Por qué en el porvenir tal desconsuelo!
¡Por qué así nuestro espíritu reviste
con su negro color el blanco cielo!
Tal vez el hado en el rencor desiste
con que siguió nuestro cefrado suelo,
y su primer sonrisa alegremente
nos muestra en el camino reluciente.
¡Cuánta prosperidad, cuánta grandeza!
¡Cuán fecundos los montes hoy salvajes
pavimentos darán con su corteza,
moradas ornarán con sus ramajes!;
cuántos pueblos, alzando la cabeza
por contestar de Europa a los ultrajes
«venid aquí dirán pueblos hambrientos,
¡que nosotros estamos opulentos!»
526
Carolina Coronado
En El Álbum De Una Amiga Ausente
No, los recuerdos que en el mar se escriben
no los borran el tiempo ni la ausencia;
allá en las olas resonando viven.
¿Qué es olvidar? ¿qué fuera la existencia,
si hasta el recuerdo de amistad querida
nos vedara también la Providencia?
Si triste en mi recinto oscurecido
callo por no turbar, cuando te halles
contenta, tu placer, no es que te olvido,
A ti que ver la yerba por las calles
nacida, te entristece; ¡infortunada!
¡Si vivieras, hermosa, en estos valles!
Crece la yerba al pie de mi morada
libre y fecunda, desde octubre a mayo;
y no perece al fin por ser hollada
Sino del sol canicular al rayo
como mi juventud, como mi vida-
si le llamas vivir a este desmayo,
¡Si le llamas vivir, alma querida,
a levantar del lecho la cabeza
y volver a inclinarla dolorida!
Largo tiempo luché con la tristeza:
la paciencia sostuve y el aliento
y abusé de la humana fortaleza;
Pero llega el cansancio al sufrimiento
y de mi endeble máquina las venas
de la fiebre al dolor estallar siento
Como del barco seco en las arenas
de Cádiz, al ardor del sol estallan
los comprimidos mástiles y antenas.
¡Cádiz!... ¡el mar!... ¡mi amiga! ¿por
qué os hallan
lejos mis ojos, hoy que sin ventura
tanto mis penas contra mí batallan?
Aun pudiera del mar la brisa pura
reanimar el aliento de mi alma
y alegrarme la voz de tu ternura;
Mas no será, y en la abrasada calma
moriré del desierto, consumida
en tanto que tu sombra, humana palma,
En las playas del África esparcida
se retrata en la orilla de los mares
y a respirar al pájaro convida.
¡Que las aves dulcísimos cantares
te regalen en esas extranjeras
tierras, si melancólica te hallares!;
¡Ya que apenas llegar a esas riberas
podrá la voz doliente y extinguida
de estas canciones ¡ay! tal vez postreras!
¿Quién sabe si te di mi despedida
cuando volaba al africano puerto
la rugidora máquina encendida?
El sol tras de las aguas encubierto
en la flotante espuma chispeaba
de nuestro barco, por el sulco abierto;
Y tus hijos al verme que lloraba
cariñosos besaban mis mejillas
y yo a mi corazón los estrechaba.
Aquellas emociones tan sencillas
me dejaron de pena el alma rota,
cuando me vi del mar en las orillas
sola como la pobre gaviota.
no los borran el tiempo ni la ausencia;
allá en las olas resonando viven.
¿Qué es olvidar? ¿qué fuera la existencia,
si hasta el recuerdo de amistad querida
nos vedara también la Providencia?
Si triste en mi recinto oscurecido
callo por no turbar, cuando te halles
contenta, tu placer, no es que te olvido,
A ti que ver la yerba por las calles
nacida, te entristece; ¡infortunada!
¡Si vivieras, hermosa, en estos valles!
Crece la yerba al pie de mi morada
libre y fecunda, desde octubre a mayo;
y no perece al fin por ser hollada
Sino del sol canicular al rayo
como mi juventud, como mi vida-
si le llamas vivir a este desmayo,
¡Si le llamas vivir, alma querida,
a levantar del lecho la cabeza
y volver a inclinarla dolorida!
Largo tiempo luché con la tristeza:
la paciencia sostuve y el aliento
y abusé de la humana fortaleza;
Pero llega el cansancio al sufrimiento
y de mi endeble máquina las venas
de la fiebre al dolor estallar siento
Como del barco seco en las arenas
de Cádiz, al ardor del sol estallan
los comprimidos mástiles y antenas.
¡Cádiz!... ¡el mar!... ¡mi amiga! ¿por
qué os hallan
lejos mis ojos, hoy que sin ventura
tanto mis penas contra mí batallan?
Aun pudiera del mar la brisa pura
reanimar el aliento de mi alma
y alegrarme la voz de tu ternura;
Mas no será, y en la abrasada calma
moriré del desierto, consumida
en tanto que tu sombra, humana palma,
En las playas del África esparcida
se retrata en la orilla de los mares
y a respirar al pájaro convida.
¡Que las aves dulcísimos cantares
te regalen en esas extranjeras
tierras, si melancólica te hallares!;
¡Ya que apenas llegar a esas riberas
podrá la voz doliente y extinguida
de estas canciones ¡ay! tal vez postreras!
¿Quién sabe si te di mi despedida
cuando volaba al africano puerto
la rugidora máquina encendida?
El sol tras de las aguas encubierto
en la flotante espuma chispeaba
de nuestro barco, por el sulco abierto;
Y tus hijos al verme que lloraba
cariñosos besaban mis mejillas
y yo a mi corazón los estrechaba.
Aquellas emociones tan sencillas
me dejaron de pena el alma rota,
cuando me vi del mar en las orillas
sola como la pobre gaviota.
569
Carolina Coronado
En Otro Traducido Del Dante
¡Eh!... peregrino que por esta vía
atraviesas con planta indiferente,
¿Vienes tal vez de tan remota gente
que el duelo ignoras de la patria mía?
¿Cómo no lloras ¡ay! cuando sombría
cruzas por medio su ciudad doliente,
como quien nada sabe, nada siente
del grave luto que oscurece el día?
Si te detienes a escuchar el caso,
yo sé de cierto que llorando, amigo,
no pudieras de aquí mover el paso:
Perdió Italia a Beatriz; y cuanto dijo
a otros hombres hablando de la bella,
tiene virtud de hacer llorar por ella.
atraviesas con planta indiferente,
¿Vienes tal vez de tan remota gente
que el duelo ignoras de la patria mía?
¿Cómo no lloras ¡ay! cuando sombría
cruzas por medio su ciudad doliente,
como quien nada sabe, nada siente
del grave luto que oscurece el día?
Si te detienes a escuchar el caso,
yo sé de cierto que llorando, amigo,
no pudieras de aquí mover el paso:
Perdió Italia a Beatriz; y cuanto dijo
a otros hombres hablando de la bella,
tiene virtud de hacer llorar por ella.
558
Carolina Coronado
En Un Álbum Donde Hallé La Firma De Hartzenbusch
Huéspeda en la risueña Andalucía,
hoy hallo con placer inesperado
tu nombre, buen maestro, aquí grabado
con el sello inmortal de tu poesía:
Y del pájaro igual no es la alegría
si solo, triste, incierto, fatigado,
por las ardientes zonas abrasado
halla una palma en la mitad del día.
Como en mi libro, protector me sea
tu nombre aquí, y en ánimo tranquilo
aguardaré al curioso que me lea:
Pues que podemos escoger asilo
entre estas hojas y a ninguno agravio,
quiero elegir la vecindad de un sabio.
hoy hallo con placer inesperado
tu nombre, buen maestro, aquí grabado
con el sello inmortal de tu poesía:
Y del pájaro igual no es la alegría
si solo, triste, incierto, fatigado,
por las ardientes zonas abrasado
halla una palma en la mitad del día.
Como en mi libro, protector me sea
tu nombre aquí, y en ánimo tranquilo
aguardaré al curioso que me lea:
Pues que podemos escoger asilo
entre estas hojas y a ninguno agravio,
quiero elegir la vecindad de un sabio.
449
Carolina Coronado
A Dónde Estáis, Consuelos De Mi Alma
¿A dónde estáis, consuelos de mi alma,
cantoras de esta edad, hermanas mías,
que os escucho sonar y nunca os veo,
que os llamo y no atendéis mi voz amiga?
¿A dónde estáis, risueñas y lozanas
juveniles imágenes queridas?...
Yo quiero veros, mi tristeza acrece
la soledad mi padecer irrita;
a darme aliento a mitigar mi pena
venid, cantoras, con las sacras liras.
He visto alguna vez que al cuerpo herido
flores que sanan con su jugo aplican,
de mi espíritu triste a la dolencia
yo le aplicara la amistad que alivia.
Flores, que la salud de pobre enferma
pudierais reanimar con vuestra vista,
¿por qué estáis de la tierra en el espacio,
colocadas tan lejos de mi vida?...
Ése es, cantoras, de infortunio el colmo,
ésa en el mundo la mayor desdicha;
sufrir el mal, adivinar remedio
y no lograrlo cuando el bien nos brinda.
No he de lograrlo sola y olvidada,
como el espino en la ribera umbría,
de mi cariño las lozanas flores
lejos de la amistad caerán marchitas.
Nunca os veré; mi estrella indiferente
no marca en mi vivir grandes desdichas,
pero tampoco ¡ay Dios! grandes placeres,
tampoco venturosas alegrías.
¿Qué valen las desgracias si a sus horas
de tormentoso afán sigue la dicha?
Es menos bella la existencia, hermanas,
pálida, melancólica, indecisa;
que no tenga un azar de los que rinden
ni una felicidad de las que animan.
¡A Dios, auras de abril, rosas de mayo,
cantoras bellas de la patria mía!
Yo no puedo estrecharos en mis brazos,
yo no puedo besar vuestras mejillas;
pero al ardiente sol mando un suspiro
y a la luna, al lucero y a la brisa
para que allá, donde en la tierra os hallen,
lo lleven en sus alas fugitivas.
¿Qué dais, hermanas, de mi amor en pago?
Dadme canciones tiernas y sencillas
reflejo puro de las almas vuestras,
consuelo activo de las ansias mías;
y así podré exclamar «¡nunca las veo,
sin verlas moriré, mas logro oírlas!»
cantoras de esta edad, hermanas mías,
que os escucho sonar y nunca os veo,
que os llamo y no atendéis mi voz amiga?
¿A dónde estáis, risueñas y lozanas
juveniles imágenes queridas?...
Yo quiero veros, mi tristeza acrece
la soledad mi padecer irrita;
a darme aliento a mitigar mi pena
venid, cantoras, con las sacras liras.
He visto alguna vez que al cuerpo herido
flores que sanan con su jugo aplican,
de mi espíritu triste a la dolencia
yo le aplicara la amistad que alivia.
Flores, que la salud de pobre enferma
pudierais reanimar con vuestra vista,
¿por qué estáis de la tierra en el espacio,
colocadas tan lejos de mi vida?...
Ése es, cantoras, de infortunio el colmo,
ésa en el mundo la mayor desdicha;
sufrir el mal, adivinar remedio
y no lograrlo cuando el bien nos brinda.
No he de lograrlo sola y olvidada,
como el espino en la ribera umbría,
de mi cariño las lozanas flores
lejos de la amistad caerán marchitas.
Nunca os veré; mi estrella indiferente
no marca en mi vivir grandes desdichas,
pero tampoco ¡ay Dios! grandes placeres,
tampoco venturosas alegrías.
¿Qué valen las desgracias si a sus horas
de tormentoso afán sigue la dicha?
Es menos bella la existencia, hermanas,
pálida, melancólica, indecisa;
que no tenga un azar de los que rinden
ni una felicidad de las que animan.
¡A Dios, auras de abril, rosas de mayo,
cantoras bellas de la patria mía!
Yo no puedo estrecharos en mis brazos,
yo no puedo besar vuestras mejillas;
pero al ardiente sol mando un suspiro
y a la luna, al lucero y a la brisa
para que allá, donde en la tierra os hallen,
lo lleven en sus alas fugitivas.
¿Qué dais, hermanas, de mi amor en pago?
Dadme canciones tiernas y sencillas
reflejo puro de las almas vuestras,
consuelo activo de las ansias mías;
y así podré exclamar «¡nunca las veo,
sin verlas moriré, mas logro oírlas!»
610
Carolina Coronado
A Ángela
Ángela, melancólica mi alma
hacia tus brazos encamina el vuelo
ansiosa de encontrar en ellos calma.
Que, siempre son los ángeles del cielo
ésos que nos arrullan blandamente
y nos prestan reposo y dan consuelo.
Tú tienes una voz que el ruido miente
de las sencillas tórtolas, y el eco
del murmurar tranquilo de la fuente,
Y aunque en el pecho de inocencia seco
no halle lugar tan cándido sonido
halla en el mío dilatado hueco.
Si, yo mi juventud no he consumido,
conservo la ilusión y el sentimiento
y aun puedo al tierno amor prestar oído:
Ora célebre amor tu tierno acento,
ora te duelas dél, siempre te escucha
mi enternecido corazón atento.
Y si en el siglo de ambición y lucha
consuelo mutuamente no nos damos
de nuestras almas a la pena mucha,
Ángela, ¿con el llanto a dónde vamos?
¿Hacia dónde el amor sencillo y bello
de nuestra musa juvenil llevamos?
De rosas y jazmines el cabello
te puedo coronar, sino ambiciosa
por ceñir el laurel doblas el cuello:
Yo quiero consagrar mi edad penosa
a celebrar las cándidas doncellas
que sólo en su amistad mi alma reposa;
Entusiasmo y virtud encuentro en ellas
y en sus arpas dulcísimas y santas
el consuelo y la paz de mis querellas.
Por eso vuelo a ti, que tierna cantas
a Dios ya los amores de mi vida
raudal perpetuo de emociones tantas.
Por eso ya sintiéndome abatida
el alma hacia tus brazos encamino
porque en ellos la des bella acogida.
Más precio yo tu arrullo peregrino
que de las trompas bélicas los sones
donde horribles batallas imagino,
Más precio yo, doncella, tus canciones
que los oscuros libros de la historia
donde jamás hallé sino borrones;
Más precio de amistad la suave gloria,
más de mis compañeros la sonrisa
que del mayor guerrero la victoria.
De dos en dos, las tórtolas, poetisa,
cantan sobre los rudos encinares
mecidas en sus ramas por la brisa:
Así das tú compaña a mis pesares
aliento a un pecho lánguido infundiendo
con el celeste ardor de tus cantares...
Ya no sufro; mis párpados cayendo
a tu benigno influjo, dulce amiga,
poco a poco y mi espíritu adurmiendo
en tus brazos se van... ¡Dios te bendiga!
hacia tus brazos encamina el vuelo
ansiosa de encontrar en ellos calma.
Que, siempre son los ángeles del cielo
ésos que nos arrullan blandamente
y nos prestan reposo y dan consuelo.
Tú tienes una voz que el ruido miente
de las sencillas tórtolas, y el eco
del murmurar tranquilo de la fuente,
Y aunque en el pecho de inocencia seco
no halle lugar tan cándido sonido
halla en el mío dilatado hueco.
Si, yo mi juventud no he consumido,
conservo la ilusión y el sentimiento
y aun puedo al tierno amor prestar oído:
Ora célebre amor tu tierno acento,
ora te duelas dél, siempre te escucha
mi enternecido corazón atento.
Y si en el siglo de ambición y lucha
consuelo mutuamente no nos damos
de nuestras almas a la pena mucha,
Ángela, ¿con el llanto a dónde vamos?
¿Hacia dónde el amor sencillo y bello
de nuestra musa juvenil llevamos?
De rosas y jazmines el cabello
te puedo coronar, sino ambiciosa
por ceñir el laurel doblas el cuello:
Yo quiero consagrar mi edad penosa
a celebrar las cándidas doncellas
que sólo en su amistad mi alma reposa;
Entusiasmo y virtud encuentro en ellas
y en sus arpas dulcísimas y santas
el consuelo y la paz de mis querellas.
Por eso vuelo a ti, que tierna cantas
a Dios ya los amores de mi vida
raudal perpetuo de emociones tantas.
Por eso ya sintiéndome abatida
el alma hacia tus brazos encamino
porque en ellos la des bella acogida.
Más precio yo tu arrullo peregrino
que de las trompas bélicas los sones
donde horribles batallas imagino,
Más precio yo, doncella, tus canciones
que los oscuros libros de la historia
donde jamás hallé sino borrones;
Más precio de amistad la suave gloria,
más de mis compañeros la sonrisa
que del mayor guerrero la victoria.
De dos en dos, las tórtolas, poetisa,
cantan sobre los rudos encinares
mecidas en sus ramas por la brisa:
Así das tú compaña a mis pesares
aliento a un pecho lánguido infundiendo
con el celeste ardor de tus cantares...
Ya no sufro; mis párpados cayendo
a tu benigno influjo, dulce amiga,
poco a poco y mi espíritu adurmiendo
en tus brazos se van... ¡Dios te bendiga!
817
Carolina Coronado
Un Año Más
¡Un año más!... un año, Ángela mía,
y aún no ha mudado mi horizonte triste,
y de tan ancha tierra como existe
no he descubierto un palmo todavía;
¡un año más!... un año día tras día
lentos conté, y enero se reviste
de nuevo sol para ostentar mañana
su cabellera por los hielos cana.
Hija de Italia; tú que los jardines
de la reina del mundo has contemplado,
tú, que en su bello mar te has retratado
al buscar sus sirenas y delfines;
tú, que de España ahora en los confines
ves a ese mar, que yo nunca he mirado,
removiendo en su azul mil pabellones,
no puedes comprender mis ambiciones.
A veces de ese mar las conchas beso,
y si veo por dicha algún marino
la relación de su feliz camino
le escucho con tiernísimo embeleso,
y cuando cesa, doloroso peso
siento en el alma, al comparar mezquino
con tan soberbios gigantescos mares
el arroyo en que gimo mis cantares.
Los barcos de los pobres pescadores
son los buques que cruzan sus riberas,
los lienzos de las pobres lavanderas
los ricos estandartes brilladores;
y tan sólo a estos puertos salvadores
vienen, en vez de flotas extranjeras,
blancos gansos, luchando con la ola
y alguna gallareta errante y sola.
¿Has visto al topo que en la tierra hundido
preso en el hoyo se remueve a oscuras
y con la frente en las paredes duras
da cuando intenta ver el sol lucido?
Entre este viejo murallón roído,
yo soy el topo, que las luces puras
que en los alegres campos se reflejan
nunca estos muros contemplar me dejan.
Contra este muro donde puso escalas
el francés ambicioso y el britano
como sus vivas y rugientes balas
mi ardiente corazón se estrella en vano;
en vano tiendo ¡ay! hacia ti mis alas
desde este torreón, que el africano
dejó, tal vez, en nombre de Mahoma
para nidos del búho y la paloma.
Aquí muere la flor de la poesía
antes que esponje el aura su capullo,
aquí se anega el sol del noble orgullo
antes que logre esclarecer al día,
aquí de la creadora fantasía
el manantial se agota sin murmullo,
aquí sólo el amor gigante crece
y ni se agota, apaga ni envejece,
Aquí frente por frente a las pasiones
en imponente lid nos encontramos,
y aquí, como Petrarca, eternizamos
del cariño ideal las ilusiones;
aquí en la soledad los corazones
en nuestro amor tan sólo concentramos
y aquí de la poetisa el vital giro
se puede reasumir en un suspiro.
¡Un año más! ¡Un año, Ángela mía,
y el doloroso incendio no se apaga,
y esta ansiedad devoradora y vaga
no se extingue en mi pecho todavía!...
Ángela, pues, tu voz sonora y pía
a tus hermanos ángeles halaga,
¡ruégales por que el sol del nuevo enero
ilumine la paz que ansiosa espero!
Yo tengo fe en el porvenir oscuro,
yo de engañarme en los recelos trato,
yo a la esperanza el corazón dilato
y bello siempre el porvenir auguro;
yo ser feliz en la ilusión procuro
contra el torrente del destino ingrato
y al ver del nuevo año, sol que brillas,
cruzo mis manos, doblo mis rodillas.
¡Oh nuevo sol, tus rayos bienhechores
no a mí sola su ardor fecundo extiendan
que a las criaturas todas hoy comprendan
sus vivíficos sacros resplandores!
¡Que alivien la miseria y los dolores
de la España infeliz, que al pobre atiendan
y no pase con nuevos desengaños
un año más, unido a tantos años!
y aún no ha mudado mi horizonte triste,
y de tan ancha tierra como existe
no he descubierto un palmo todavía;
¡un año más!... un año día tras día
lentos conté, y enero se reviste
de nuevo sol para ostentar mañana
su cabellera por los hielos cana.
Hija de Italia; tú que los jardines
de la reina del mundo has contemplado,
tú, que en su bello mar te has retratado
al buscar sus sirenas y delfines;
tú, que de España ahora en los confines
ves a ese mar, que yo nunca he mirado,
removiendo en su azul mil pabellones,
no puedes comprender mis ambiciones.
A veces de ese mar las conchas beso,
y si veo por dicha algún marino
la relación de su feliz camino
le escucho con tiernísimo embeleso,
y cuando cesa, doloroso peso
siento en el alma, al comparar mezquino
con tan soberbios gigantescos mares
el arroyo en que gimo mis cantares.
Los barcos de los pobres pescadores
son los buques que cruzan sus riberas,
los lienzos de las pobres lavanderas
los ricos estandartes brilladores;
y tan sólo a estos puertos salvadores
vienen, en vez de flotas extranjeras,
blancos gansos, luchando con la ola
y alguna gallareta errante y sola.
¿Has visto al topo que en la tierra hundido
preso en el hoyo se remueve a oscuras
y con la frente en las paredes duras
da cuando intenta ver el sol lucido?
Entre este viejo murallón roído,
yo soy el topo, que las luces puras
que en los alegres campos se reflejan
nunca estos muros contemplar me dejan.
Contra este muro donde puso escalas
el francés ambicioso y el britano
como sus vivas y rugientes balas
mi ardiente corazón se estrella en vano;
en vano tiendo ¡ay! hacia ti mis alas
desde este torreón, que el africano
dejó, tal vez, en nombre de Mahoma
para nidos del búho y la paloma.
Aquí muere la flor de la poesía
antes que esponje el aura su capullo,
aquí se anega el sol del noble orgullo
antes que logre esclarecer al día,
aquí de la creadora fantasía
el manantial se agota sin murmullo,
aquí sólo el amor gigante crece
y ni se agota, apaga ni envejece,
Aquí frente por frente a las pasiones
en imponente lid nos encontramos,
y aquí, como Petrarca, eternizamos
del cariño ideal las ilusiones;
aquí en la soledad los corazones
en nuestro amor tan sólo concentramos
y aquí de la poetisa el vital giro
se puede reasumir en un suspiro.
¡Un año más! ¡Un año, Ángela mía,
y el doloroso incendio no se apaga,
y esta ansiedad devoradora y vaga
no se extingue en mi pecho todavía!...
Ángela, pues, tu voz sonora y pía
a tus hermanos ángeles halaga,
¡ruégales por que el sol del nuevo enero
ilumine la paz que ansiosa espero!
Yo tengo fe en el porvenir oscuro,
yo de engañarme en los recelos trato,
yo a la esperanza el corazón dilato
y bello siempre el porvenir auguro;
yo ser feliz en la ilusión procuro
contra el torrente del destino ingrato
y al ver del nuevo año, sol que brillas,
cruzo mis manos, doblo mis rodillas.
¡Oh nuevo sol, tus rayos bienhechores
no a mí sola su ardor fecundo extiendan
que a las criaturas todas hoy comprendan
sus vivíficos sacros resplandores!
¡Que alivien la miseria y los dolores
de la España infeliz, que al pobre atiendan
y no pase con nuevos desengaños
un año más, unido a tantos años!
755
Carolina Coronado
A Lidia
Error, mísero error, Lidia, si dicen
los hombres que son justos nos mintieron,
no hay leyes que sus yugos autoricen.
¿Es justa esclavitud la que nos dieron,
justo el olvido ingrato en que nos tienen?
¡Cuánto nuestros espíritus sufrieron!
Mal sus hechos tiránicos se avienen
con las altas virtudes, que atrevidos,
en tribunas y púlpitos sostienen.
Pregonan libertad y sometidos
nuestros pobres espíritus por ellos,
no son dueños de alzar ni sus gemidos.
Pregonan igualdad; y esos tan bellos
amores que les da nuestra pureza
nos pagan con sus pálidos destellos;
Pregonan caridad; y esta tristeza
en que ven nuestras almas abismadas
no mueven su piedad ni su terneza.
¡Ay Lidia! en la niñez siempre olvidadas,
en juventud por la beldad queridas
somos en la vejez muy desgraciadas.
Paréceme que miran nuestras vidas
como a plantas de inútiles follajes
que valen sólo cuando están floridas.
«No han menester jardín, crezcan salvajes,
rindan como tributo su hermosura.»
¿Qué más osan decir?... ¡Cuántos
ultrajes!
¡Cuántos ultrajes! Lidia a la criatura
que tiene un alma pura enamorada
y un corazón tan lleno de ternura.
¿Verdad que el alma noble está enojada
de que tantas bondades como encierra
porque nazca mujer sea desdeñada?
¿Verdad que estamos, Lidia, aquí en la tierra,
murmurando las hembras sordamente
contra la injusta ley que nos destierra?
No bulle la ambición en nuestra mente
de gobernar los pueblos revoltosos,
que es tan grande saber para otra gente.
Ni sentimos arranques belicosos
de disputar el lauro a los varones
en sus hechos, de guerra, victoriosos.
Lejos de la tribuna y los cañones
y de la adusta ciencia, nuestras vidas,
gloria podemos ser de las naciones.
Pero no en la ignorancia, no oprimidas,
no por hermosas siempre contempladas
sino por buenas ¡ah! siempre queridas.
¡Oh madres de otra edad afortunadas
cuán dichosos haréis a vuestros hijos
si en escuela mejor sois enseñadas!
No sufrirán por males tan prolijos
como aquellos que ya desde la cuna
tienen en el error los ojos fijos...
Mas, Lidia, cuando el mundo por fortuna
tras de su largo llanto y dura guerra,
esa feliz prosperidad reúna
ya estaremos tú y yo bajo la tierra.
los hombres que son justos nos mintieron,
no hay leyes que sus yugos autoricen.
¿Es justa esclavitud la que nos dieron,
justo el olvido ingrato en que nos tienen?
¡Cuánto nuestros espíritus sufrieron!
Mal sus hechos tiránicos se avienen
con las altas virtudes, que atrevidos,
en tribunas y púlpitos sostienen.
Pregonan libertad y sometidos
nuestros pobres espíritus por ellos,
no son dueños de alzar ni sus gemidos.
Pregonan igualdad; y esos tan bellos
amores que les da nuestra pureza
nos pagan con sus pálidos destellos;
Pregonan caridad; y esta tristeza
en que ven nuestras almas abismadas
no mueven su piedad ni su terneza.
¡Ay Lidia! en la niñez siempre olvidadas,
en juventud por la beldad queridas
somos en la vejez muy desgraciadas.
Paréceme que miran nuestras vidas
como a plantas de inútiles follajes
que valen sólo cuando están floridas.
«No han menester jardín, crezcan salvajes,
rindan como tributo su hermosura.»
¿Qué más osan decir?... ¡Cuántos
ultrajes!
¡Cuántos ultrajes! Lidia a la criatura
que tiene un alma pura enamorada
y un corazón tan lleno de ternura.
¿Verdad que el alma noble está enojada
de que tantas bondades como encierra
porque nazca mujer sea desdeñada?
¿Verdad que estamos, Lidia, aquí en la tierra,
murmurando las hembras sordamente
contra la injusta ley que nos destierra?
No bulle la ambición en nuestra mente
de gobernar los pueblos revoltosos,
que es tan grande saber para otra gente.
Ni sentimos arranques belicosos
de disputar el lauro a los varones
en sus hechos, de guerra, victoriosos.
Lejos de la tribuna y los cañones
y de la adusta ciencia, nuestras vidas,
gloria podemos ser de las naciones.
Pero no en la ignorancia, no oprimidas,
no por hermosas siempre contempladas
sino por buenas ¡ah! siempre queridas.
¡Oh madres de otra edad afortunadas
cuán dichosos haréis a vuestros hijos
si en escuela mejor sois enseñadas!
No sufrirán por males tan prolijos
como aquellos que ya desde la cuna
tienen en el error los ojos fijos...
Mas, Lidia, cuando el mundo por fortuna
tras de su largo llanto y dura guerra,
esa feliz prosperidad reúna
ya estaremos tú y yo bajo la tierra.
795
Carolina Coronado
La Flor Del Agua
¿Por qué tiembla? No lo sabe.
¿Qué aguarda en el lago? Nada.
De las aguas enlazada
a los hilos su raíz,
el movimiento suave
de la linfa va siguiendo,
la cabeza sumergiendo
del agua, al menor desliz.
Así la halló la alborada,
así la encuentra el lucero,
siempre el esfuerzo postrero
haciendo para bogar;
y en las olas la encallada,
vaga y frágil navecilla
sin poder la florecilla
impeler ni abandonar.
Movimiento que no cesa,
ansiedad que se dilata,
ni el agua que sus pies ata
sostiene a la débil flor,
ni deja, en sus olas presa,
que vaya libre flotando,
quiere que viva luchando
siempre en continuo temblor.
¡Ya se inunda!... ¡Ya se eleva!...
¡Ya la corriente la traga!...
¡Ya navega... ya naufraga!
¡Ya se salva... ya venció!
¡Ya el agua otra vez la lleva
en sus urnas sepultada!...
¡Ya de nuevo sobre-nada
en el agua que la hundió!...
Flor del agua, ¡cuántas flores
viven en paz en la tierra!
Sola tú vives en guerra
en tu acuático jardín:
te da la lluvia temores,
el manso pez te estremece
y tu belleza parece
sin gozar descanso, al fin.
Tú, poetisa, flor del lago,
por amante, por cantora,
has venido en mala hora
con tu lira y tu pasión;
que en el siglo extraño y vago
a quien vida y arpa debes
dondequiera que le lleves
fluctuará tu corazón.
Que las cantoras primeras
que a nuestra España venimos
por sólo cantar sufrimos,
penamos por sólo amar;
porque en la mente quimeras
de un bello siglo traemos
y cuando este siglo vemos
no sabemos do hogar.
Las primeras mariposas
que a la estación se adelantan
y su capullo quebrantan
sin aguardar al abril,
nunca saben temblorosas
adonde fijar las alas,
siempre temen que sus galas
destroce el aire sutil.
Las ráfagas las combaten,
las extrañan los insectos
y de giros imperfectos
si cansado el vuelo ya,
sobre las plantas lo abaten
buscando el capullo amigo
hallan que néctar ni abrigo
la flor en botón les da.
Las orugas que encerradas
aún están en sus clausuras
mañana al campo seguras
podrán sus alas tender;
mas, aquellas desdichadas
que antes cruzan la pradera
¡morirán, la primavera
risueña, sin conocer!...
¿Cuál es tu barca? Una lira.
¿Qué traes en ella? Sonidos.
¿Vuélvete, que no hay oídos
para tus sones aquí;
vuélvete joven, y mira
si en tu barca, más sonoro,
puedes trasportarnos oro
u otro cargamento así.
¿Quién te llama? ¿A qué nos vienes
con peregrinas canciones
El trueno de los cañones
del siglo el concierto es,
y en vano sus anchas sienes
pretenden ceñir de flores,
¡ay! sus pies destrozadores
hollarán cuantas te des.
¿Vienes de nuevo, alma mía,
qué traes en la barca? Amores.
Torna a otras tierras mejores,
torna el camino a emprender;
si es oro nuestra poesía
nuestros amores son... nada.
Ve si la nave cargada
de cetros puedes traer,
Que, si no de amor, tenemos
tan elevadas pasiones
que sentimos ambiciones
de un cetro cada garzón;
y cada garzón podemos
con nuestros genios profundos
media docena de mundos
fundir en una nación.
¿Otra vez? ¿Qué traes ahora?...
Siempre en el mismo camino
sobre el cauce cristalino
en su barquilla la flor:
así la dejó la aurora,
así la encuentra el lucero
siempre en el afán primero,
siempre en el mismo temblor.
Tú, poetisa, flor del lago,
por amante, por cantora
has venido en mala hora
con tu amor y tu cantar:
que en el siglo extraño y vago,
a quien vida y arpa debes,
dondequiera que la lleves
puede el alma naufragar.
Mas, escucha no estás sola,
flor del agua, en el riachuelo;
contigo en igual desvelo
hay florecillas también:
que reluchan contra el ola,
que vacilan, que se anegan,
que nunca libres navegan
ni en salvo su barca ven;
Pero, enlazan sus raíces
a la planta compañera
y viven en la ribera
sosteniéndose entre sí:
y cual ella más felices
desde hoy serán nuestras vidas
si con las almas unidas,
vivimos, las dos así.
¿Qué aguarda en el lago? Nada.
De las aguas enlazada
a los hilos su raíz,
el movimiento suave
de la linfa va siguiendo,
la cabeza sumergiendo
del agua, al menor desliz.
Así la halló la alborada,
así la encuentra el lucero,
siempre el esfuerzo postrero
haciendo para bogar;
y en las olas la encallada,
vaga y frágil navecilla
sin poder la florecilla
impeler ni abandonar.
Movimiento que no cesa,
ansiedad que se dilata,
ni el agua que sus pies ata
sostiene a la débil flor,
ni deja, en sus olas presa,
que vaya libre flotando,
quiere que viva luchando
siempre en continuo temblor.
¡Ya se inunda!... ¡Ya se eleva!...
¡Ya la corriente la traga!...
¡Ya navega... ya naufraga!
¡Ya se salva... ya venció!
¡Ya el agua otra vez la lleva
en sus urnas sepultada!...
¡Ya de nuevo sobre-nada
en el agua que la hundió!...
Flor del agua, ¡cuántas flores
viven en paz en la tierra!
Sola tú vives en guerra
en tu acuático jardín:
te da la lluvia temores,
el manso pez te estremece
y tu belleza parece
sin gozar descanso, al fin.
Tú, poetisa, flor del lago,
por amante, por cantora,
has venido en mala hora
con tu lira y tu pasión;
que en el siglo extraño y vago
a quien vida y arpa debes
dondequiera que le lleves
fluctuará tu corazón.
Que las cantoras primeras
que a nuestra España venimos
por sólo cantar sufrimos,
penamos por sólo amar;
porque en la mente quimeras
de un bello siglo traemos
y cuando este siglo vemos
no sabemos do hogar.
Las primeras mariposas
que a la estación se adelantan
y su capullo quebrantan
sin aguardar al abril,
nunca saben temblorosas
adonde fijar las alas,
siempre temen que sus galas
destroce el aire sutil.
Las ráfagas las combaten,
las extrañan los insectos
y de giros imperfectos
si cansado el vuelo ya,
sobre las plantas lo abaten
buscando el capullo amigo
hallan que néctar ni abrigo
la flor en botón les da.
Las orugas que encerradas
aún están en sus clausuras
mañana al campo seguras
podrán sus alas tender;
mas, aquellas desdichadas
que antes cruzan la pradera
¡morirán, la primavera
risueña, sin conocer!...
¿Cuál es tu barca? Una lira.
¿Qué traes en ella? Sonidos.
¿Vuélvete, que no hay oídos
para tus sones aquí;
vuélvete joven, y mira
si en tu barca, más sonoro,
puedes trasportarnos oro
u otro cargamento así.
¿Quién te llama? ¿A qué nos vienes
con peregrinas canciones
El trueno de los cañones
del siglo el concierto es,
y en vano sus anchas sienes
pretenden ceñir de flores,
¡ay! sus pies destrozadores
hollarán cuantas te des.
¿Vienes de nuevo, alma mía,
qué traes en la barca? Amores.
Torna a otras tierras mejores,
torna el camino a emprender;
si es oro nuestra poesía
nuestros amores son... nada.
Ve si la nave cargada
de cetros puedes traer,
Que, si no de amor, tenemos
tan elevadas pasiones
que sentimos ambiciones
de un cetro cada garzón;
y cada garzón podemos
con nuestros genios profundos
media docena de mundos
fundir en una nación.
¿Otra vez? ¿Qué traes ahora?...
Siempre en el mismo camino
sobre el cauce cristalino
en su barquilla la flor:
así la dejó la aurora,
así la encuentra el lucero
siempre en el afán primero,
siempre en el mismo temblor.
Tú, poetisa, flor del lago,
por amante, por cantora
has venido en mala hora
con tu amor y tu cantar:
que en el siglo extraño y vago,
a quien vida y arpa debes,
dondequiera que la lleves
puede el alma naufragar.
Mas, escucha no estás sola,
flor del agua, en el riachuelo;
contigo en igual desvelo
hay florecillas también:
que reluchan contra el ola,
que vacilan, que se anegan,
que nunca libres navegan
ni en salvo su barca ven;
Pero, enlazan sus raíces
a la planta compañera
y viven en la ribera
sosteniéndose entre sí:
y cual ella más felices
desde hoy serán nuestras vidas
si con las almas unidas,
vivimos, las dos así.
865
Carolina Coronado
Cantad, Hermosas
Las que sintáis, por dicha, algún destello
del numen sacro y bello,
que anima la dulcísima poesía,
oíd: no injustamente
su inspiración naciente
sofoquéis en la joven fantasía.
Si en el pasado siglo intimidadas
las hembras desdichadas,
ahogaron entre lágrimas su acento,
no es en el nuestro mengua,
que en alta voz la lengua
revele el inocente pensamiento.
Do entre el escombro de la edad caída,
aun la voz atrevida,
suena, tal vez, de intolerante anciano,
que en áspera querella
rechaza de la bella
el claro ingenio, cual delirio insano.
Mas ¿qué mucho que sienta la mudanza
quien el recuerdo alcanza
de la edad en que al alma femenina
se negaba el acento,
que puede, por el viento,
libre exhalar la humilde golondrina?
Aquellas mudas turbas de mujeres,
que penas y placeres
en silencioso tedio consumían,
ahogando en su existencia
su viva inteligencia,
su ardiente genio, ¡cuánto sufrirían!
¡Cuál de su pensamiento la corriente,
cortada estrechamente
por el dique de bárbaros errores,
en pantano reunida,
quedara corrompida
en vez de fecundar campos de flores!
¡Cuánto lozano y rico entendimiento,
postrado sin aliento,
en esos bellos cuerpos juveniles,
feneció, tristemente,
miserable y doliente-,
desecado en la flor de los abriles!
¡Gloria a los hombres de alma generosa,
que la prisión odiosa
rompen del pensamiento femenino!
gloria a la estirpe clara
que nos guía y ampara
por nuevo anchurosísimo camino!
Lágrimas de entusiasmo agradecidas,
en sus manos queridas,
viertan los ojos en ofrenda pura:
pues, sólo con dejarnos,
cantando consolarnos
nos quitan la mitad de la tristura.
¡Oh cuánto es más dichosa el alma mía,
desde que al arpa fía
sus hondos concentrados sentimientos!
¡Oh cuánto alivio alcanzo,
desde que al aire lanzo,
con expansión cumplida, mis acentos!
Yo de niña en mi espíritu sentía
vaga melancolía
de secreta ansiedad, que me agitaba;
mas, al romper mi canto,
cien veces, con espanto,
en la mente infantil lo sofocaba.
Que entonces, en mi tierra, parecía
la sencilla poesía
maléfica serpiente cuyo aliento
dicen, que marchitaba
a la joven que osaba
su influjo percibir sólo un momento.
¿Cómo a la musa ingenua y apacible,
bajo el disfraz terrible,
con que falsa nos muestra antigua gente
su cándida hermosura,
pudiera sin pavura
conocer y adorar antes la mente?
¡Qué rara maravilla y que alegría
sintió mi fantasía
cuando mudada vio la sierpe fiera
en niña mansa y pura,
tan llena de ternura,
que no hay otra más dulce compañera!
¡Cuál mi embeleso fije, cuando a su lado
mi espíritu mimado
y en su inocente halago suspendido,
suavísimas las horas
tras de voces sonoras,
pasó vagando en venturoso olvido!
Decid a los que el odio en ella ensañan,
que viles os engañan
esa deidad al calumniar osados;
decidles, que no es ella
la que infunde a la bella
afectos en el alma depravados.
Si brota en malos troncos injertada
será porque arrancada
del primitivo suelo con violencia
de la rarna en que vive,
a su pesar recibe
el venenoso jugo su existencia.
Empero, no esa flor alba y hermosa
aroma perniciosa
de la doncella ofrece a los sentidos,
a los que tal dijeron,
decidles que mintieron
como necios y torpes y atrevidos.
Y aquéllas que sintáis algún destello
del numen sacro y bello,
que anima la dulcísima poesía,
llegad tranquilamente,
y en su altar inocente
rendid vuestro homenaje de armonía.
Hallen los pensamientos oprimidos,
que ulceran los sentidos,
giro en la voz y en nuestras almas, ecos,
si con silencio tanto
de ese mudo quebranto
los corazones ya no tenéis secos.
Cántenos su infortunio cada bella,
que si la pena de ella
penetra con su ciencia, acaso, el mundo,
mejor que los doctores
explica sus dolores
con agudo gemir, el moribundo.
Dichas, amores, penas, alegrías,
lloros, melancolías,
trovad, al son de plácidos laúdes,
mas ¡ay de la cantora
que a esa región sonora
suba sin inocencia y sin virtudes!
Pues, en vez de quedar su vida impura
bajo de losa oscura
en silencioso olvido sepultada,
con su genio y su gloria,
de su perversa historia
eterno hará el baldón, la desdichada.
Cante la que mostrar la erguida frente
pueda serenamente
sin mancilla a la luz clara del cielo;
cante la cine a este mundo
de maldades fecundo
venga con su bondad a dar consuelo.
Cante, la que en su pecho fortaleza
para alzar con pureza
su espíritu al excelso templo, halle:
pero, la indigna dama
huya la eterna fama,
devore su ambición, se oculte y calle.
del numen sacro y bello,
que anima la dulcísima poesía,
oíd: no injustamente
su inspiración naciente
sofoquéis en la joven fantasía.
Si en el pasado siglo intimidadas
las hembras desdichadas,
ahogaron entre lágrimas su acento,
no es en el nuestro mengua,
que en alta voz la lengua
revele el inocente pensamiento.
Do entre el escombro de la edad caída,
aun la voz atrevida,
suena, tal vez, de intolerante anciano,
que en áspera querella
rechaza de la bella
el claro ingenio, cual delirio insano.
Mas ¿qué mucho que sienta la mudanza
quien el recuerdo alcanza
de la edad en que al alma femenina
se negaba el acento,
que puede, por el viento,
libre exhalar la humilde golondrina?
Aquellas mudas turbas de mujeres,
que penas y placeres
en silencioso tedio consumían,
ahogando en su existencia
su viva inteligencia,
su ardiente genio, ¡cuánto sufrirían!
¡Cuál de su pensamiento la corriente,
cortada estrechamente
por el dique de bárbaros errores,
en pantano reunida,
quedara corrompida
en vez de fecundar campos de flores!
¡Cuánto lozano y rico entendimiento,
postrado sin aliento,
en esos bellos cuerpos juveniles,
feneció, tristemente,
miserable y doliente-,
desecado en la flor de los abriles!
¡Gloria a los hombres de alma generosa,
que la prisión odiosa
rompen del pensamiento femenino!
gloria a la estirpe clara
que nos guía y ampara
por nuevo anchurosísimo camino!
Lágrimas de entusiasmo agradecidas,
en sus manos queridas,
viertan los ojos en ofrenda pura:
pues, sólo con dejarnos,
cantando consolarnos
nos quitan la mitad de la tristura.
¡Oh cuánto es más dichosa el alma mía,
desde que al arpa fía
sus hondos concentrados sentimientos!
¡Oh cuánto alivio alcanzo,
desde que al aire lanzo,
con expansión cumplida, mis acentos!
Yo de niña en mi espíritu sentía
vaga melancolía
de secreta ansiedad, que me agitaba;
mas, al romper mi canto,
cien veces, con espanto,
en la mente infantil lo sofocaba.
Que entonces, en mi tierra, parecía
la sencilla poesía
maléfica serpiente cuyo aliento
dicen, que marchitaba
a la joven que osaba
su influjo percibir sólo un momento.
¿Cómo a la musa ingenua y apacible,
bajo el disfraz terrible,
con que falsa nos muestra antigua gente
su cándida hermosura,
pudiera sin pavura
conocer y adorar antes la mente?
¡Qué rara maravilla y que alegría
sintió mi fantasía
cuando mudada vio la sierpe fiera
en niña mansa y pura,
tan llena de ternura,
que no hay otra más dulce compañera!
¡Cuál mi embeleso fije, cuando a su lado
mi espíritu mimado
y en su inocente halago suspendido,
suavísimas las horas
tras de voces sonoras,
pasó vagando en venturoso olvido!
Decid a los que el odio en ella ensañan,
que viles os engañan
esa deidad al calumniar osados;
decidles, que no es ella
la que infunde a la bella
afectos en el alma depravados.
Si brota en malos troncos injertada
será porque arrancada
del primitivo suelo con violencia
de la rarna en que vive,
a su pesar recibe
el venenoso jugo su existencia.
Empero, no esa flor alba y hermosa
aroma perniciosa
de la doncella ofrece a los sentidos,
a los que tal dijeron,
decidles que mintieron
como necios y torpes y atrevidos.
Y aquéllas que sintáis algún destello
del numen sacro y bello,
que anima la dulcísima poesía,
llegad tranquilamente,
y en su altar inocente
rendid vuestro homenaje de armonía.
Hallen los pensamientos oprimidos,
que ulceran los sentidos,
giro en la voz y en nuestras almas, ecos,
si con silencio tanto
de ese mudo quebranto
los corazones ya no tenéis secos.
Cántenos su infortunio cada bella,
que si la pena de ella
penetra con su ciencia, acaso, el mundo,
mejor que los doctores
explica sus dolores
con agudo gemir, el moribundo.
Dichas, amores, penas, alegrías,
lloros, melancolías,
trovad, al son de plácidos laúdes,
mas ¡ay de la cantora
que a esa región sonora
suba sin inocencia y sin virtudes!
Pues, en vez de quedar su vida impura
bajo de losa oscura
en silencioso olvido sepultada,
con su genio y su gloria,
de su perversa historia
eterno hará el baldón, la desdichada.
Cante la que mostrar la erguida frente
pueda serenamente
sin mancilla a la luz clara del cielo;
cante la cine a este mundo
de maldades fecundo
venga con su bondad a dar consuelo.
Cante, la que en su pecho fortaleza
para alzar con pureza
su espíritu al excelso templo, halle:
pero, la indigna dama
huya la eterna fama,
devore su ambición, se oculte y calle.
651
Carolina Coronado
A Rioja
Rioja vive en ellas,
Rioja en esas flores
que brillan a mis ojos aún más bellas
porque son de Rioja los amores.
Esos albos jazmines
de su pecho llagado,
por enemigos fieros y ruines
fueron el lenitivo regalado.
Esos claveles rojos,
esas rosas lozanas,
honor tuvieron se alegrar sus ojos
y de ceñir sus sienes soberanas.
El bardo agradecido
alzó a sus compañeras
un canto, que en los siglos repetido,
vino a llenar también estas riberas.
Y así cual las historias
y los célebres nombres
de abuelos que obtuvieron altas glorias
repiten a los nietos, otros hombres.
Así a las de mi huerto
repito las canciones
que otro pueblo de flores, que ya es muerto,
logró inspirar en béticas regiones.
Y es mucha maravilla
el mirar cómo ellas
doloridas oyen, por mi voz sencilla,
de su sentido vate las querellas.
Paréceme que gimen,
paréceme que llanto
brota de entre sus hojas, que se oprimen
de sentimiento al escuchar el canto.
¡Oh Rioja, oh poeta!,
¡y cuán poco su alma
tiene del mundo a la ambición sujeta
quien en vergel humilde halla la calma!
Un libro y un amigo
en tu modesta vida
¡oh sabio angelical! bastan contigo
para lograr la dicha apetecida.
No te cuidas de honores,
desdeñas la riqueza
y ensalzas la belleza de las flores
al par que otros del oro la grandeza.
Fenómeno del mundo,
que no comprende ahora
el siglo en ambiciones tan fecundo,
la edad en avaricias tan creadora.
¿Quién hoy ya se contenta
con la sencilla vida?
¿Quién no va tras de vida turbulenta?
¿A quién la paz del alma es hoy querida?
Los niños envejecen
de ambición prematura;
los bosques de laureles no abastecen
el ansia de laurel de una criatura.
El atrevido mozo
por el mando se afana,
cuando el albor de su naciente bozo
anuncia apenas su primer mañana.
¡Y dichoso si fuera
orgullo solamente!
¡Dichosos si esta raza no sintiera
de la codicia el aguijón hiriente!...:
Mas no, dulce Rioja
turbe nuestro reposo
esa amarga verdad que el alma enoja
y el corazón rechaza generoso.
Pensemos que esa tierra
la habitan serafines,
pero huyendo su gloria que me aterra,
tomemos a tu reina de jazmines.
Yo en las flores te veo,
tu cuerpo ha fenecido,
mas las alas del tiempo a mi deseo
de tu espíritu un átomo han traído.
Y fecunda mi alma,
así tu pensamiento
cual de su amiga a la distante palma
fecunda el germen que transmite el viento.
Por eso amo a las flores,
porque vives en ellas;
porque fueron, Rioja, tus amores,
son esas flores a mis ojos bellas.
Si su color admiro,
si percibo su esencia,
escucho un melancólico suspiro,
oigo de su arpa dulce la cadencia.
Y llevo reverente
a mis labios su hoja,
diciendo al huerto en mi entusiasmo ardiente
béselas yo pues las cantó Rioja.
Rioja en esas flores
que brillan a mis ojos aún más bellas
porque son de Rioja los amores.
Esos albos jazmines
de su pecho llagado,
por enemigos fieros y ruines
fueron el lenitivo regalado.
Esos claveles rojos,
esas rosas lozanas,
honor tuvieron se alegrar sus ojos
y de ceñir sus sienes soberanas.
El bardo agradecido
alzó a sus compañeras
un canto, que en los siglos repetido,
vino a llenar también estas riberas.
Y así cual las historias
y los célebres nombres
de abuelos que obtuvieron altas glorias
repiten a los nietos, otros hombres.
Así a las de mi huerto
repito las canciones
que otro pueblo de flores, que ya es muerto,
logró inspirar en béticas regiones.
Y es mucha maravilla
el mirar cómo ellas
doloridas oyen, por mi voz sencilla,
de su sentido vate las querellas.
Paréceme que gimen,
paréceme que llanto
brota de entre sus hojas, que se oprimen
de sentimiento al escuchar el canto.
¡Oh Rioja, oh poeta!,
¡y cuán poco su alma
tiene del mundo a la ambición sujeta
quien en vergel humilde halla la calma!
Un libro y un amigo
en tu modesta vida
¡oh sabio angelical! bastan contigo
para lograr la dicha apetecida.
No te cuidas de honores,
desdeñas la riqueza
y ensalzas la belleza de las flores
al par que otros del oro la grandeza.
Fenómeno del mundo,
que no comprende ahora
el siglo en ambiciones tan fecundo,
la edad en avaricias tan creadora.
¿Quién hoy ya se contenta
con la sencilla vida?
¿Quién no va tras de vida turbulenta?
¿A quién la paz del alma es hoy querida?
Los niños envejecen
de ambición prematura;
los bosques de laureles no abastecen
el ansia de laurel de una criatura.
El atrevido mozo
por el mando se afana,
cuando el albor de su naciente bozo
anuncia apenas su primer mañana.
¡Y dichoso si fuera
orgullo solamente!
¡Dichosos si esta raza no sintiera
de la codicia el aguijón hiriente!...:
Mas no, dulce Rioja
turbe nuestro reposo
esa amarga verdad que el alma enoja
y el corazón rechaza generoso.
Pensemos que esa tierra
la habitan serafines,
pero huyendo su gloria que me aterra,
tomemos a tu reina de jazmines.
Yo en las flores te veo,
tu cuerpo ha fenecido,
mas las alas del tiempo a mi deseo
de tu espíritu un átomo han traído.
Y fecunda mi alma,
así tu pensamiento
cual de su amiga a la distante palma
fecunda el germen que transmite el viento.
Por eso amo a las flores,
porque vives en ellas;
porque fueron, Rioja, tus amores,
son esas flores a mis ojos bellas.
Si su color admiro,
si percibo su esencia,
escucho un melancólico suspiro,
oigo de su arpa dulce la cadencia.
Y llevo reverente
a mis labios su hoja,
diciendo al huerto en mi entusiasmo ardiente
béselas yo pues las cantó Rioja.
635
Carolina Coronado
Recuerdos Del Liceo De Madrid
Me acuerdo bien del venturoso instante
cuando vi yo la luz en vuestro oriente.
¡Cuánta luz, cuántas llores, cuánta gente
y qué mundo tan bello y tan brillante!
¿Por qué no estaba alegre tu semblante
tú que lleno de luz eternamente
en ese mundo que feliz te nombra
tienes el alma donde esta tu sombra?
Gran pájaro de América atrevido,
que, trasponiendo los opuestos mares,
entre los recios vientos has venido
a dar al viejo mundo tus cantares;
tú que en tantos torrentes has bebido,
y hoy vienes a beber al Manzanares,
¡para que el ansia de tu sed ardiente
no perdone del mundo una corriente!
Tú que en el nuevo mundo te has mecido
entre el viento de arenas abrasado,
al son del Orinoco adormecido,
al pie de las palmeras arrullado;
y más tarde en el norte has despertado,
y con la luna a Grecia has recorrido,
y de Sión por la cadena santa
¡abriste paso a tu incansable planta!
¿Por qué estás triste tú? ¿Por
qué te quejas?
¿Por qué me llamas la feliz cantora,
y ni llorar ni suspirar me dejas,
envidiando mi vida de pastora?
¿Dónde están mi cayado y mis ovejas,
dónde la choza está que te enamora?
¿En dónde están mis dichas y mi calma
si aquí soy sombra a quien le falta el alma?
¡Ah! ¿qué se ha hecho de la pobre sombra
que huyó de esa mansión bella y querida?
El Gévora lo sabe que rendida
la ve muriendo en la campestre alfombra,
¿piensas tú que del alma desprendida
el verme en estos valles no me asombra,
y que puedo tener contento y calma
cuando la sombra está lejos del alma?
Mi alma en las ciudades tiene asiento,
y yo sufro también vuestro quebranto,
porque del vago ser que envidiáis tanto,
aquí está el corazón, allí el aliento;
aquí sus ojos, pero allí su llanto;
aquí su boca, pero allí su acento;
aquí está el mártir, pero allí su palma;
aquí soy sombra, pero allí soy alma.
Las ráfagas del aire trasparente
me pueden ocultar al que me mira;
pero yo siempre vivo en el ambiente
que vuestro labio sin cesar aspira;
es verdad que mi sombra vagamente
por los collados silenciosa gira,
y allí parece que reposa en calma,
pero no soy la sombra, soy el alma.
¡Sí! soy el alma siempre agradecida,
que a vuestro lado está, dulces amigos,
vosotros de mis lágrimas testigos
la noche de mi triste despedida,
nunca a la sombra me veréis unida;
y ¡ojalá que los hados enemigos
presto a mi sombra den eterna calma
y del cielo la luz den a mi alma!
cuando vi yo la luz en vuestro oriente.
¡Cuánta luz, cuántas llores, cuánta gente
y qué mundo tan bello y tan brillante!
¿Por qué no estaba alegre tu semblante
tú que lleno de luz eternamente
en ese mundo que feliz te nombra
tienes el alma donde esta tu sombra?
Gran pájaro de América atrevido,
que, trasponiendo los opuestos mares,
entre los recios vientos has venido
a dar al viejo mundo tus cantares;
tú que en tantos torrentes has bebido,
y hoy vienes a beber al Manzanares,
¡para que el ansia de tu sed ardiente
no perdone del mundo una corriente!
Tú que en el nuevo mundo te has mecido
entre el viento de arenas abrasado,
al son del Orinoco adormecido,
al pie de las palmeras arrullado;
y más tarde en el norte has despertado,
y con la luna a Grecia has recorrido,
y de Sión por la cadena santa
¡abriste paso a tu incansable planta!
¿Por qué estás triste tú? ¿Por
qué te quejas?
¿Por qué me llamas la feliz cantora,
y ni llorar ni suspirar me dejas,
envidiando mi vida de pastora?
¿Dónde están mi cayado y mis ovejas,
dónde la choza está que te enamora?
¿En dónde están mis dichas y mi calma
si aquí soy sombra a quien le falta el alma?
¡Ah! ¿qué se ha hecho de la pobre sombra
que huyó de esa mansión bella y querida?
El Gévora lo sabe que rendida
la ve muriendo en la campestre alfombra,
¿piensas tú que del alma desprendida
el verme en estos valles no me asombra,
y que puedo tener contento y calma
cuando la sombra está lejos del alma?
Mi alma en las ciudades tiene asiento,
y yo sufro también vuestro quebranto,
porque del vago ser que envidiáis tanto,
aquí está el corazón, allí el aliento;
aquí sus ojos, pero allí su llanto;
aquí su boca, pero allí su acento;
aquí está el mártir, pero allí su palma;
aquí soy sombra, pero allí soy alma.
Las ráfagas del aire trasparente
me pueden ocultar al que me mira;
pero yo siempre vivo en el ambiente
que vuestro labio sin cesar aspira;
es verdad que mi sombra vagamente
por los collados silenciosa gira,
y allí parece que reposa en calma,
pero no soy la sombra, soy el alma.
¡Sí! soy el alma siempre agradecida,
que a vuestro lado está, dulces amigos,
vosotros de mis lágrimas testigos
la noche de mi triste despedida,
nunca a la sombra me veréis unida;
y ¡ojalá que los hados enemigos
presto a mi sombra den eterna calma
y del cielo la luz den a mi alma!
511
Carolina Coronado
Al Liceo De La Habana
Aquí ha vivido al pie de la corriente
conmigo nada más la golondrina;
¿quién pudo en ese vasto continente
el nombre repetir de Carolina?
¿quién os dijo que canto tristemente
sino fuera del valle esa vecina,
que os va a contar al cielo americano
lo que pasa en mi tierra en el verano?
¿Es esa negra quien mi voz sorprende
cuando gimo en el valle descuidada,
y allá más lejos mi secreto vende
cuando yo de su amor no cuento nada?
No ha podido ella ser... ella no entiende
ni mi suspiro ni mi voz ahogada,
y aunque a mi lado viva en el estío
nada os pudo llevar del canto mío...
¿Cómo, tampoco el viento que a las olas
del olvidado Gévora murmura,
en las últimas tierras españolas,
os pudo transmitir mi voz oscura?
¿cuál, pues, de las marinas banderolas
que flotan de la mar por la llanura
agitando en sus olas la poesía,
americanos, trasportó la mía?
Porque sabéis de mí... sabéis mi nombre...
sabéis que canto y repetís mi acento...
y en alabanza, por que más me asombre,
respondéis a mi oculto pensamiento;
y no adivina el corazón del hombre
lo que pude sentir ni lo que siente,
como en mi propio canto repetido
mi eterna gratitud no hayáis oído.
Sabréis que ha sido mi ventura tanta,
que yo he nacido en la inmortal colina
donde nació aquel hombre a cuya planta
el pabellón de América se inclina;
aquél por quien se eleva la cruz santa
y la luz evangélica ilumina
en ese mundo hermoso y opulento,
a donde fue a exhalar su último aliento.
Y sabréis que me siento en una peña
a ver al toro derribar la cuna
de aquel grande Cortés que nuestra enseña
clavó sobre las torres de la luna;
que en la cóncava piedra berroqueña
de su blasón echar de la laguna,
he visto el agua... y dar a nuestros bueyes
la copa digna de beber los reyes.
Y que levanto la mirada al cielo
a darle gracias por el gran caudillo
no tiene su sepulcro en este suelo
que empaña de su cuna el claro brillo;
y que dirijo con gozoso anhelo
al Occidente el corazón sencillo,
para decir «salud» a los hermanos
que guardan los sepulcros castellanos.
Hijos de aquella isla hospitalaria
donde brindan las palmas en reposo,
sabréis cómo en mi tierra solitaria
agradecemos vuestro asilo honroso;
y apenas escucháis nuestra plegaria,
cuando tendiendo el brazo generoso,
atravesáis el mar con digno ejemplo
para hacernos entrar en vuestro templo.
Y ¿a quién hoy sino a mí, pobre criatura;
cigarra de estos sucios labradores,
del áspero rincón de Extremadura
se tornan vuestros ojos protectores?
Mi canto agreste por mi tierra dura
el oído desgarra a los pastores,
y yo propia cansada de mi tono
al silencio del campo me abandono.
Pero a vosotros mi insonoro eco
dulce parece por sonar lejano,
y ya del sulco en el ingrato hueco
vuelvo a cantar en mi eternal verano;
no importa que mi son rústico y seco
aleje a los pastores de este llano,
si atravesando los lejanos mares
llegan a vuestro cielo mis cantares.
¡Gracias! el llanto que al oíros brota
refresca mi semblante y me consuela,
el alma a bordo de mi arpa rota
ya por los mares a encontraros vuela;
al pie de vuestra palma gota a gota
caerá ese llanto que mi fe revela,
¡y a la sombra feliz de vuestra palma
entre las vuestras vivirá mi alma!
conmigo nada más la golondrina;
¿quién pudo en ese vasto continente
el nombre repetir de Carolina?
¿quién os dijo que canto tristemente
sino fuera del valle esa vecina,
que os va a contar al cielo americano
lo que pasa en mi tierra en el verano?
¿Es esa negra quien mi voz sorprende
cuando gimo en el valle descuidada,
y allá más lejos mi secreto vende
cuando yo de su amor no cuento nada?
No ha podido ella ser... ella no entiende
ni mi suspiro ni mi voz ahogada,
y aunque a mi lado viva en el estío
nada os pudo llevar del canto mío...
¿Cómo, tampoco el viento que a las olas
del olvidado Gévora murmura,
en las últimas tierras españolas,
os pudo transmitir mi voz oscura?
¿cuál, pues, de las marinas banderolas
que flotan de la mar por la llanura
agitando en sus olas la poesía,
americanos, trasportó la mía?
Porque sabéis de mí... sabéis mi nombre...
sabéis que canto y repetís mi acento...
y en alabanza, por que más me asombre,
respondéis a mi oculto pensamiento;
y no adivina el corazón del hombre
lo que pude sentir ni lo que siente,
como en mi propio canto repetido
mi eterna gratitud no hayáis oído.
Sabréis que ha sido mi ventura tanta,
que yo he nacido en la inmortal colina
donde nació aquel hombre a cuya planta
el pabellón de América se inclina;
aquél por quien se eleva la cruz santa
y la luz evangélica ilumina
en ese mundo hermoso y opulento,
a donde fue a exhalar su último aliento.
Y sabréis que me siento en una peña
a ver al toro derribar la cuna
de aquel grande Cortés que nuestra enseña
clavó sobre las torres de la luna;
que en la cóncava piedra berroqueña
de su blasón echar de la laguna,
he visto el agua... y dar a nuestros bueyes
la copa digna de beber los reyes.
Y que levanto la mirada al cielo
a darle gracias por el gran caudillo
no tiene su sepulcro en este suelo
que empaña de su cuna el claro brillo;
y que dirijo con gozoso anhelo
al Occidente el corazón sencillo,
para decir «salud» a los hermanos
que guardan los sepulcros castellanos.
Hijos de aquella isla hospitalaria
donde brindan las palmas en reposo,
sabréis cómo en mi tierra solitaria
agradecemos vuestro asilo honroso;
y apenas escucháis nuestra plegaria,
cuando tendiendo el brazo generoso,
atravesáis el mar con digno ejemplo
para hacernos entrar en vuestro templo.
Y ¿a quién hoy sino a mí, pobre criatura;
cigarra de estos sucios labradores,
del áspero rincón de Extremadura
se tornan vuestros ojos protectores?
Mi canto agreste por mi tierra dura
el oído desgarra a los pastores,
y yo propia cansada de mi tono
al silencio del campo me abandono.
Pero a vosotros mi insonoro eco
dulce parece por sonar lejano,
y ya del sulco en el ingrato hueco
vuelvo a cantar en mi eternal verano;
no importa que mi son rústico y seco
aleje a los pastores de este llano,
si atravesando los lejanos mares
llegan a vuestro cielo mis cantares.
¡Gracias! el llanto que al oíros brota
refresca mi semblante y me consuela,
el alma a bordo de mi arpa rota
ya por los mares a encontraros vuela;
al pie de vuestra palma gota a gota
caerá ese llanto que mi fe revela,
¡y a la sombra feliz de vuestra palma
entre las vuestras vivirá mi alma!
473
Carolina Coronado
A La Juventud Española Del Siglo Xix
¡Salud prole gallarda!, salud hijos
en quienes tiene fijos
sus ojos la nación que en vos confía;
las madres orgullosas
sus frases cariñosas
que os trove ordenan en el arpa mía.
«Doncella, -me dijeron-; tú que sabes
de las voces suaves
el sonoro compás, blanda caída;
escoge las más bellas
y fórmanos con ellas
una dulce canción, tierna y florida;
»Hoy regalar queremos los oídos
de los hijos queridos
que alfombran nuestro suelo de laureles».
Yo respondí: «Matronas,
tejed vos las coronas
y yo las llevaré a vuestros donceles».
¿Por qué de aquellas madres la dulzura
y amorosa ternura
de los acentos que por vos elevan,
con la misma armonía
de su ardiente poesía
mis vagos tonos, juventud, no os llevan?
Cantan y lloran, ríen y deliran,
cuando pasar os miran,
sabios mancebos, en lucida tropa;
y ¿no es su orgullo justo?
¿de España el nombre augusto
no defendéis vosotros ante Europa?
¿Quiénes, sino vosotros, han sacado
al pueblo extraviado
en la ignorancia estúpida, al camino?
¿a quiénes hoy debemos
lo que el siglo sabemos
sino al ingenio vuestro peregrino?
Esa ruda corteza que tenía
nunca arrancar podía
de los viejos el pueblo moribundo;
no en sus hombros inertes
en los del mozo, fuertes
un paso más logra avanzar el mundo.
¿No podrá del saber la rica vena
bajo negra melena
juvenil palpitar, que necesita
que las frentes lozanas
se coronen de canas
para ostentarla en la vejez marchita?
¡Si puede, responded, turba gloriosa
a la voz envidiosa
que en el antiguo pueblo se levanta
en boca del que espera
tener en su carrera
al genio que a su ciencia se adelanta.
Dejad al cuervo atrás cansado y ronco
graznar sobre ese tronco
por antiguo en el bosque mutilado,
y, garzas placenteras,
volad siempre ligeras
hacia el árbol que veis recién brotado.
Puedan sus altas ramas algún día,
con verle lozanía
dar sombra a multitud de vuestros nidos
que en sus hojas colgados
los hijos regalados
os guarden de los vientos defendidos.
Flores, aromas, frutos, hermosura,
pompa, galas, frescura
el árbol fecundísimo esparciendo,
¡cuán abundante y puro
para el siglo futuro
su frondoso ramaje está nutriendo!
Hasta el pastor en su gentil corteza
podrá grabar «riqueza»,
hasta las hembras «libertad, ventura»,
hasta los bardos «gloria»,
y hasta «paz», por memoria,
el guerrero esculpir con su armadura.
Para nosotros ¡ay! no bien brotados
sus ramos deseados,
ni sombra prestan, ni nos dan verdores;
y en su blanda corteza
hoy grabamos, «pobreza,
infortunio, baldón, llanto y dolores».
¿No asoma la tristeza a nuestra frente
al ver que solamente
en la vana ilusión de la poesía
tenemos los primores
de esos frutos y flores,
galas, aromas, pompa y lozanía?
¿No sentís vuestra sangre, hijos de España,
hervir con fuerza extraña,
correr desesperada por las venas
al mirar que logramos
en vez de lo que ansiamos
miseria, oscuridad, guerra y cadenas...?
En vosotros no más, gallardos hijos,
tiene sus ojos fijos
la española nación, que en vos confía;
las madres orgullosas
en frases cariñosas
ruegos os mandan por la trova mía.
Yo quisiera saber, como las aves,
de las voces suaves
el sonoro compás, blanda caída,
para daros con ellas
unas canciones bellas
dignas de vuestra mente esclarecida.
Pero está en cabeza el pensamiento
falto de atrevimiento
y en los labios la voz de la poetisa,
de la propia manera
que en la nación ibera
la nueva sociedad, torpe, indecisa.
en quienes tiene fijos
sus ojos la nación que en vos confía;
las madres orgullosas
sus frases cariñosas
que os trove ordenan en el arpa mía.
«Doncella, -me dijeron-; tú que sabes
de las voces suaves
el sonoro compás, blanda caída;
escoge las más bellas
y fórmanos con ellas
una dulce canción, tierna y florida;
»Hoy regalar queremos los oídos
de los hijos queridos
que alfombran nuestro suelo de laureles».
Yo respondí: «Matronas,
tejed vos las coronas
y yo las llevaré a vuestros donceles».
¿Por qué de aquellas madres la dulzura
y amorosa ternura
de los acentos que por vos elevan,
con la misma armonía
de su ardiente poesía
mis vagos tonos, juventud, no os llevan?
Cantan y lloran, ríen y deliran,
cuando pasar os miran,
sabios mancebos, en lucida tropa;
y ¿no es su orgullo justo?
¿de España el nombre augusto
no defendéis vosotros ante Europa?
¿Quiénes, sino vosotros, han sacado
al pueblo extraviado
en la ignorancia estúpida, al camino?
¿a quiénes hoy debemos
lo que el siglo sabemos
sino al ingenio vuestro peregrino?
Esa ruda corteza que tenía
nunca arrancar podía
de los viejos el pueblo moribundo;
no en sus hombros inertes
en los del mozo, fuertes
un paso más logra avanzar el mundo.
¿No podrá del saber la rica vena
bajo negra melena
juvenil palpitar, que necesita
que las frentes lozanas
se coronen de canas
para ostentarla en la vejez marchita?
¡Si puede, responded, turba gloriosa
a la voz envidiosa
que en el antiguo pueblo se levanta
en boca del que espera
tener en su carrera
al genio que a su ciencia se adelanta.
Dejad al cuervo atrás cansado y ronco
graznar sobre ese tronco
por antiguo en el bosque mutilado,
y, garzas placenteras,
volad siempre ligeras
hacia el árbol que veis recién brotado.
Puedan sus altas ramas algún día,
con verle lozanía
dar sombra a multitud de vuestros nidos
que en sus hojas colgados
los hijos regalados
os guarden de los vientos defendidos.
Flores, aromas, frutos, hermosura,
pompa, galas, frescura
el árbol fecundísimo esparciendo,
¡cuán abundante y puro
para el siglo futuro
su frondoso ramaje está nutriendo!
Hasta el pastor en su gentil corteza
podrá grabar «riqueza»,
hasta las hembras «libertad, ventura»,
hasta los bardos «gloria»,
y hasta «paz», por memoria,
el guerrero esculpir con su armadura.
Para nosotros ¡ay! no bien brotados
sus ramos deseados,
ni sombra prestan, ni nos dan verdores;
y en su blanda corteza
hoy grabamos, «pobreza,
infortunio, baldón, llanto y dolores».
¿No asoma la tristeza a nuestra frente
al ver que solamente
en la vana ilusión de la poesía
tenemos los primores
de esos frutos y flores,
galas, aromas, pompa y lozanía?
¿No sentís vuestra sangre, hijos de España,
hervir con fuerza extraña,
correr desesperada por las venas
al mirar que logramos
en vez de lo que ansiamos
miseria, oscuridad, guerra y cadenas...?
En vosotros no más, gallardos hijos,
tiene sus ojos fijos
la española nación, que en vos confía;
las madres orgullosas
en frases cariñosas
ruegos os mandan por la trova mía.
Yo quisiera saber, como las aves,
de las voces suaves
el sonoro compás, blanda caída,
para daros con ellas
unas canciones bellas
dignas de vuestra mente esclarecida.
Pero está en cabeza el pensamiento
falto de atrevimiento
y en los labios la voz de la poetisa,
de la propia manera
que en la nación ibera
la nueva sociedad, torpe, indecisa.
573
Carolina Coronado
El Amor Constante
¡Ay abuela! este cariño
a que osáis vos llamar sueño,
ha nacido con mi lira,
ha crecido con mi cuerpo...
seis veces del sol en torno
fue girando el globo nuestro:
pasan soles, mueren lunas,
vienen Mayos, van inviernos
y tan fijo y tan constante
mi amor vive que sospecho
que ha de morir con mi vida,
si no es como el alma eterno.
Y ¿aún juzgáis que sueño? ¡ay triste!
Pues decid ¿cuándo despierto,
a la vejez o en la muerte
en la tumba o en el ciclo?
Sabed, vos, que para siempre
enamorado mi pecho
aunque dijera que olvido
es que me engaño o que miento.
Ardiente, hermoso, inmutable
sólo un sol nos muestra el ciclo,
si en él otros astros lucen
es con pálidos reflejos.
Señora, mi amor se eclipsa,
se oculta, mas no le pierdo
y su rayo más me abrasa
cuando le juzgo más lejos.
Bien hicierais en prestarme
vuestros helados inviernos
que mejor me aprovecharan
los años que los consejos;
trocara mis negros rizos
por vuestros albos cabellos,
por vuestro rostro surcado
mi cutis rosado y terso.
Mas; pues esto no es posible
ni logramos entendernos,
gozad vuestra paz despierta
mientras sufro yo en mis sueños.
a que osáis vos llamar sueño,
ha nacido con mi lira,
ha crecido con mi cuerpo...
seis veces del sol en torno
fue girando el globo nuestro:
pasan soles, mueren lunas,
vienen Mayos, van inviernos
y tan fijo y tan constante
mi amor vive que sospecho
que ha de morir con mi vida,
si no es como el alma eterno.
Y ¿aún juzgáis que sueño? ¡ay triste!
Pues decid ¿cuándo despierto,
a la vejez o en la muerte
en la tumba o en el ciclo?
Sabed, vos, que para siempre
enamorado mi pecho
aunque dijera que olvido
es que me engaño o que miento.
Ardiente, hermoso, inmutable
sólo un sol nos muestra el ciclo,
si en él otros astros lucen
es con pálidos reflejos.
Señora, mi amor se eclipsa,
se oculta, mas no le pierdo
y su rayo más me abrasa
cuando le juzgo más lejos.
Bien hicierais en prestarme
vuestros helados inviernos
que mejor me aprovecharan
los años que los consejos;
trocara mis negros rizos
por vuestros albos cabellos,
por vuestro rostro surcado
mi cutis rosado y terso.
Mas; pues esto no es posible
ni logramos entendernos,
gozad vuestra paz despierta
mientras sufro yo en mis sueños.
596
Carolina Coronado
El Amor De Los Amores
¿Cómo te llamaré para que entiendas
que me dirijo a ti ¡dulce amor mío!
cuando lleguen al mundo las ofrendas
que desde oculta soledad te envío?...
A ti, sin nombre para mí en la tierra
¿cómo te llamaré con aquel nombre,
tan claro, que no pueda ningún hombre
confundirlo, al cruzar por esta sierra?
¿Cómo sabrás que enamorada vivo
siempre de ti, que me lamento sola
del Gévora que pasa fugitivo
mirando relucir ola tras ola?
Aquí estoy aguardando en una peña
a que venga el que adora el alma mía;
¿por qué no ha de venir, si es tan risueña
la gruta que formé por si venía?
¿Qué tristeza ha de haber donde hay zarzales
todos en flor, y acacias olorosas,
y cayendo en el agua blancas rosas,
y entre la espuma lirios virginales?
Y ¿por qué de mi vista has de esconderte;
por qué no has de venir si yo te llamo?
¡Porque quiero mirarte, quiero verte
y tengo que decirte que te amo!
¿Quién nos ha de mirar por estas vegas
como vengas al pie de las encinas,
si no hay más que palomas campesinas
que están también con sus amores ciegas?
Pero si quieres esperar la luna,
escondida estaré en la zarza-rosa,
y si vienes con planta cautelosa
no nos podrá sentir paloma alguna.
Y no temas si alguna se despierta,
que si te logro ver, de gozo muero,
y aunque después lo cante al mundo entero,
¿qué han de decir los vivos de una muerta?
que me dirijo a ti ¡dulce amor mío!
cuando lleguen al mundo las ofrendas
que desde oculta soledad te envío?...
A ti, sin nombre para mí en la tierra
¿cómo te llamaré con aquel nombre,
tan claro, que no pueda ningún hombre
confundirlo, al cruzar por esta sierra?
¿Cómo sabrás que enamorada vivo
siempre de ti, que me lamento sola
del Gévora que pasa fugitivo
mirando relucir ola tras ola?
Aquí estoy aguardando en una peña
a que venga el que adora el alma mía;
¿por qué no ha de venir, si es tan risueña
la gruta que formé por si venía?
¿Qué tristeza ha de haber donde hay zarzales
todos en flor, y acacias olorosas,
y cayendo en el agua blancas rosas,
y entre la espuma lirios virginales?
Y ¿por qué de mi vista has de esconderte;
por qué no has de venir si yo te llamo?
¡Porque quiero mirarte, quiero verte
y tengo que decirte que te amo!
¿Quién nos ha de mirar por estas vegas
como vengas al pie de las encinas,
si no hay más que palomas campesinas
que están también con sus amores ciegas?
Pero si quieres esperar la luna,
escondida estaré en la zarza-rosa,
y si vienes con planta cautelosa
no nos podrá sentir paloma alguna.
Y no temas si alguna se despierta,
que si te logro ver, de gozo muero,
y aunque después lo cante al mundo entero,
¿qué han de decir los vivos de una muerta?
960
Carolina Coronado
Porque Es Tu Amor Amor De Los Amores
No es posible, Señor, que a quien te ama
no vuelvas la mirada enternecido;
pasión ninguna el corazón inflama
que tu aliento, Señor, no haya encendido:
no es posible, Señor, que quien me llama
me consienta partir como he venido,
melancólica, pobre, avergonzada
de no lograr de ti ni una mirada.
Yo no te vi jamás; pero en mi anhelo
tu espíritu ideal figura toma;
y en la luna te veo, cuando asoma
tan blanca y tan suave por el ciclo:
dame (pues hora luce) algún consuelo
en tu palabra dulce como aroma;
que harto breve, Señor, para tu acento
es la inmensa extensión del firmamento.
La virtud del milagro exhausta ahora
dicen que está, Señor, mas no lo creo:
¡es ¡ay! que de la gloria del hebreo
no somos esta grey merecedora!...
¿Qué es para ti la magia aterradora,
si basta de tu ceja el leve arqueo
no para hacer brotar apariciones,
para hundir en los mares las naciones?
¿Qué es un fantasma, que los aires hienda?
¿qué es un acento que en el aire suene
para el que tiene voz que el orbe atruene,
manga de fuego que la tierra encienda?
¡Exhausta tu virtud!... ¿Por qué estupenda
peregrina visión no sobreviene,
cuando aquel que te niega en su locura
de tu máquina es mísera figura?
¿Qué más visión que nuestra misma sombra
con que a nosotros mismos espantamos?...
¿De dónde hemos venido? ¿A dónde vamos?...
¿Quién nuestro guía es? ¿Cómo se
nombra?...
¡Exhausta tu virtud!... ¡Y aún nos asombra
esta propia vereda que cruzamos,
movidos por tal mano, de tal suerte
que amo la vida y corro hacia la muerte!
Daniel te vio; nosotros no te vemos;
te oyó Moisés; nosotros no te oímos.-
pero el mismo serás cuando existimos
cual las almas de siglos tan extremos.
Y ¿exhausta tu virtud, Señor, creemos,
visión maravillosa te pedimos,
cuando a la tierra muestras por visiones
una tras otra mil generaciones?
¡¡Visión, visión!!... La luna que me mira
no hablara si quisieras darle acento,
¿cuando lanzarla puedes de su asiento
y arruinar este mundo que delira?...
Si no me habla, Señor, si no suspira
respondiendo a mi ardiente sentimiento,
no es que le faltan ecos seductores,
es que falta ventura a mis amores.
Oigo el plañir del solitario río,
oigo el trinar de las nocturnas aves;
él me enternece con sus tonos graves,
y ellas me afligen con su amante pío,
y entonces es cuando hacia ti, Dios mío,
que de todo comprendes, todo sabes,
mis acentos dirijo invocadores,
cantándote el amor de los amores.
¡Oh cuán pálido es todo y cuán mezquino
lo que de hermoso y grande el suelo ostenta,
cuando el alma, Señor, se representa
tu sonreír y tu mirar divino!...
todo querer parece desatino
donde tu afecto incomparable alienta;
toda sabrosa dicha sinsabores
en donde está el amor de los amores.
Llueven las nubes; crécense los ríos;
nuestras eras de ayer son hoy laguna;
hinchase el mar; se pierden los navíos.-
¡Ay del que tiene amor a la fortuna!
Derríbanse los altos señoríos,
bajan al fango los de ilustre cuna.-
¡Ay del que tiene amor a los honores,
y desdeña el amor de los amores!
Mira, Señor, en tierra al encumbrado:
mira ya al opulento empobrecido.-
Si tan alto subió, ¿por qué ha bajado?
si tesoros ganó, ¿por qué ha perdido?
y su orgullo, Señor, ¿en qué ha parado?
y su altivo desdén ¿a dónde ha ido?
¡Olvidaron que todos son dolores,
si nos falta el amor de los amores!
¿Y yo te olvidaré, constante dama,
yo que en el corazón tu voz he oído?
No es posible, Señor, que quien me llama
me consienta partir como he venido:
no es posible, Señor, que a quien te ama
no vuelvas la mirada enternecido,
ni me pagues, Dios mío, con rigores,
cuando aspiro al amor de los amores.
No se parece su ternura santa
a las vagas pasiones turbulentas
que dan como de estío las tormentas
rayos por lluvia a la marchita planta
No llora celos quien de ti se encanta...
Vírgenes puras a tu lado asientas:
y a tu cariño aspiran las mejores,
¡porque es tu amor amor de los amores!
no vuelvas la mirada enternecido;
pasión ninguna el corazón inflama
que tu aliento, Señor, no haya encendido:
no es posible, Señor, que quien me llama
me consienta partir como he venido,
melancólica, pobre, avergonzada
de no lograr de ti ni una mirada.
Yo no te vi jamás; pero en mi anhelo
tu espíritu ideal figura toma;
y en la luna te veo, cuando asoma
tan blanca y tan suave por el ciclo:
dame (pues hora luce) algún consuelo
en tu palabra dulce como aroma;
que harto breve, Señor, para tu acento
es la inmensa extensión del firmamento.
La virtud del milagro exhausta ahora
dicen que está, Señor, mas no lo creo:
¡es ¡ay! que de la gloria del hebreo
no somos esta grey merecedora!...
¿Qué es para ti la magia aterradora,
si basta de tu ceja el leve arqueo
no para hacer brotar apariciones,
para hundir en los mares las naciones?
¿Qué es un fantasma, que los aires hienda?
¿qué es un acento que en el aire suene
para el que tiene voz que el orbe atruene,
manga de fuego que la tierra encienda?
¡Exhausta tu virtud!... ¿Por qué estupenda
peregrina visión no sobreviene,
cuando aquel que te niega en su locura
de tu máquina es mísera figura?
¿Qué más visión que nuestra misma sombra
con que a nosotros mismos espantamos?...
¿De dónde hemos venido? ¿A dónde vamos?...
¿Quién nuestro guía es? ¿Cómo se
nombra?...
¡Exhausta tu virtud!... ¡Y aún nos asombra
esta propia vereda que cruzamos,
movidos por tal mano, de tal suerte
que amo la vida y corro hacia la muerte!
Daniel te vio; nosotros no te vemos;
te oyó Moisés; nosotros no te oímos.-
pero el mismo serás cuando existimos
cual las almas de siglos tan extremos.
Y ¿exhausta tu virtud, Señor, creemos,
visión maravillosa te pedimos,
cuando a la tierra muestras por visiones
una tras otra mil generaciones?
¡¡Visión, visión!!... La luna que me mira
no hablara si quisieras darle acento,
¿cuando lanzarla puedes de su asiento
y arruinar este mundo que delira?...
Si no me habla, Señor, si no suspira
respondiendo a mi ardiente sentimiento,
no es que le faltan ecos seductores,
es que falta ventura a mis amores.
Oigo el plañir del solitario río,
oigo el trinar de las nocturnas aves;
él me enternece con sus tonos graves,
y ellas me afligen con su amante pío,
y entonces es cuando hacia ti, Dios mío,
que de todo comprendes, todo sabes,
mis acentos dirijo invocadores,
cantándote el amor de los amores.
¡Oh cuán pálido es todo y cuán mezquino
lo que de hermoso y grande el suelo ostenta,
cuando el alma, Señor, se representa
tu sonreír y tu mirar divino!...
todo querer parece desatino
donde tu afecto incomparable alienta;
toda sabrosa dicha sinsabores
en donde está el amor de los amores.
Llueven las nubes; crécense los ríos;
nuestras eras de ayer son hoy laguna;
hinchase el mar; se pierden los navíos.-
¡Ay del que tiene amor a la fortuna!
Derríbanse los altos señoríos,
bajan al fango los de ilustre cuna.-
¡Ay del que tiene amor a los honores,
y desdeña el amor de los amores!
Mira, Señor, en tierra al encumbrado:
mira ya al opulento empobrecido.-
Si tan alto subió, ¿por qué ha bajado?
si tesoros ganó, ¿por qué ha perdido?
y su orgullo, Señor, ¿en qué ha parado?
y su altivo desdén ¿a dónde ha ido?
¡Olvidaron que todos son dolores,
si nos falta el amor de los amores!
¿Y yo te olvidaré, constante dama,
yo que en el corazón tu voz he oído?
No es posible, Señor, que quien me llama
me consienta partir como he venido:
no es posible, Señor, que a quien te ama
no vuelvas la mirada enternecido,
ni me pagues, Dios mío, con rigores,
cuando aspiro al amor de los amores.
No se parece su ternura santa
a las vagas pasiones turbulentas
que dan como de estío las tormentas
rayos por lluvia a la marchita planta
No llora celos quien de ti se encanta...
Vírgenes puras a tu lado asientas:
y a tu cariño aspiran las mejores,
¡porque es tu amor amor de los amores!
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