Poemas en este tema

Nostalgia

José Asunción Silva

José Asunción Silva

Midnight Dreams

Anoche, estando solo y ya medio dormido,
mis sueños de otras épocas se me han aparecido.

Los sueños de esperanzas, de glorias, de alegrías
y de felicidades que nunca han sido mías,

se fueron acercando en lentas procesiones
y de la alcoba oscura poblaron los rincones

hubo un silencio grave en todo el aposento
y en el reloj la péndola detúvose al momento.

La fragancia indecisa de un olor olvidado,
llegó como un fantasma y me habló del pasado.

Vi caras que la tumba desde hace tiempo esconde,
y oí voces oídas ya no recuerdo dónde.
755
José Asunción Silva

José Asunción Silva

Vejeces

Las cosas viejas, tristes, desteñidas,
sin voz y sin color, saben secretos
de las épocas muertas, de las vidas
que ya nadie conserva en la memoria,
y a veces a los hombres, cuando inquietos
las miran y las palpan, con extrañas
voces de agonizante dicen, paso,
casi al oído, alguna rara historia
que tiene oscuridad de telarañas,
són de laúd, y suavidad de raso.

¡Colores de anticuada miniatura,
hoy, de algún mueble en el cajón, dormida;
cincelado puñal; carta borrosa,
tabla en que se deshace la pintura
por el tiempo y el polvo ennegrecida;
histórico blasón, donde se pierde
la divisa latina, presuntuosa,
medio borrada por el liquen verde;
misales de las viejas sacristías;
de otros siglos fantásticos espejos
que en el azogue de las lunas frías
guardáis de lo pasado los reflejos;
arca, en un tiempo de ducados llena,
crucifijo que tanto moribundo,
humedeció con lágrimas de pena
y besó con amor grave y profundo;
negro sillón de Córdoba; alacena
que guardaba un tesoro peregrino
y donde anida la polilla sola;
sortija que adornaste el dedo fino
de algún hidalgo de espadín y gola;
mayúsculas del viejo pergamino;
batista tenue que a vainilla hueles;
seda que te deshaces en la trama
confusa de los ricos brocateles;
arpa olvidada que al sonar, te quejas;
barrotes que formáis un monograma
incomprensible en las antiguas rejas,
el vulgo os huye, el soñador os ama
y en vuestra muda sociedad reclama
las confidencias de las cosas viejas!
El pasado perfuma los ensueños
con esencias fantásticas y añejas
y nos lleva a lugares halagüeños
en épocas distantes y mejores,
por eso a los poetas soñadores,
les son dulces, gratísimas y caras,
las crónicas, historias y consejas,
las formas, los estilos, los colores
las sugestiones místicas y raras
y los perfumes de las cosas viejas!
796
José Asunción Silva

José Asunción Silva

La Voz De Las Cosas

¡Si os encerrara yo en mis estrofas,
frágiles cosas que sonreís
pálido lirio que te deshojas
rayo de luna sobre el tapiz
de húmedas flores, y verdes hojas
que al tibio soplo de mayo abrís,
si os encerrara yo en mis estrofas,
pálidas cosas que sonreís!

¡Si aprisionaros pudiera el verso
fantasmas grises, cuando pasáis,
móviles formas del Universo,
sueños confusos, seres que os vais,
ósculo triste, suave y perverso
que entre las sombras al alma dais,
si aprisionaros pudiera el verso
fantasmas grises cuando pasáis!
811
José Asunción Silva

José Asunción Silva

Poeta, Di Paso


¡Poeta!, ¡di paso

los furtivos besos!...

¡La sombra! ¡Los recuerdos! La luna no vertía
allí ni un solo rayo... Temblabas y eras mía
Temblabas y eras mía bajo el follaje espeso,
una errante luciérnaga alumbró nuestro beso,
el contacto furtivo de tus labios de seda...
La selva negra y mística fue la alcoba sombría...
En aquel sitio el musgo tiene olor de reseda...
Filtró luz por las ramas cual si llegara el día,
entre las nieblas pálidas la luna aparecía...


¡Poeta, di paso

los íntimos besos!

¡Ah, de las noches dulces me acuerdo todavía!
En señorial alcoba, do la tapicería
amortiguaba el ruido con sus hilos espesos
desnuda tú en mis brazos fueron míos tus besos;
tu cuerpo de veinte años entre la roja seda,
tus cabellos dorados y tu melancolía
tus frescuras de virgen y tu olor de reseda...
Apenas alumbraba la lámpara sombría
los desteñidos hilos de la tapicería.


¡Poeta, di paso

el último beso!

¡Ah, de la noche trágica me acuerdo todavía!
El ataúd heráldico en el salón yacía,
mi oído fatigado por vigilias y excesos,
sintió como a distancia los monótonos rezos!
Tú, mustia, yerta y pálida entre la negra seda,
la llama de los cirios temblaba y se movía,
perfumaba la atmósfera un olor de reseda,
un crucifijo pálido los brazos extendía
y estaba helada y cárdena tu boca que fue mía!
826
José Asunción Silva

José Asunción Silva

Una Noche - Nocturno Iii

Una noche
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de älas,
Una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,
muda y pálida
como si un presentimiento de amarguras infinitas,
hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida
caminabas,
y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
y tu sombra
fina y lángida
y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban.
Y eran una
y eran una
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!

Esta noche
solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
por el infinito negro,
donde nuestra voz no alcanza,
solo y mudo
por la senda caminaba,
y se oían los ladridos de los perros a la luna,
a la luna pálida
y el chillido
de las ranas,
sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
¡entre las blancuras níveas
de las mortüorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
Era el frío de la nada...

Y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
iba sola,
iba sola
¡iba sola por la estepa solitaria!
Y tu sombra esbelta y ágil
fina y lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!...
1.112
José Asunción Silva

José Asunción Silva

Los Maderos De San Juan

¡Aserrín!
¡Aserrán!

Los maderos de San Juan,
piden queso, piden pan,
los de Roque
alfandoque,
los de Rique
alfeñique
¡Los de triqui,
triqui, tran!

Y en las rodillas duras y firmes de la Abuela,
con movimiento rítmico se balancea el niño
y ambos agitados y trémulos están;
la abuela le sonríe con maternal cariño
mas cruza por su espíritu como un temor extraño
por lo que en lo futuro, de angustia y desengaño
los días ignorados del nieto guardarán.

Los maderos de San Juan
piden queso, piden pan.
¡Triqui, triqui,
triqui, tran!

Esas arrugas hondas recuerdan una historia
de sufrimientos largos y silenciosa angustia
y sus cabellos, blancos, como la nieve, están.
De un gran dolor el sello marcó la frente mustia
y son sus ojos turbios espejos que empañaron
los años, y que ha tiempos, las formas reflejaron
de cosas y seres que nunca volverán.

Los de Roque, alfandoque
¡Triqui, triqui, triqui, tran!

Mañana cuando duerma la Anciana, yerta y muda,
lejos del mundo vivo, bajo la oscura tierra,
donde otros, en la sombra, desde hace tiempo están,
del nieto a la memoria, con grave son que encierra
todo el poema triste de la remota infancia
cruzando por las sombras del tiempo y la distancia,
¡de aquella voz querida las notas vibrarán!

Los de Rique, alfeñique
¡Triqui, triqui, triqui, tran!

Y en tanto en las rodillas cansadas de la Abuela
con movimiento rítmico se balancea el niño
y ambos conmovidos y trémulos están,
la Abuela se sonríe con maternal cariño
mas cruza por su espíritu como un temor extraño
por lo que en lo futuro, de angustia y desengaño
los días ignorados del nieto guardarán.

¡Aserrín!
¡Aserrán!
Los maderos de San Juan
piden queso, piden pan,
los de Roque
alfandoque
los de Rique
alfeñique
¡triqui, triqui, triqui, tran!
¡triqui, triqui, triqui, tran!
1.185
José Asunción Silva

José Asunción Silva

Notas Perdidas

Es media noche. —Duerme el mundo ahora
bajo el ala de niebla del silencio
vagos rayos de luna
y el fulgor incierto
de lámpara velada
alumbran su aposento.
En las teclas del piano
vagan aún sus marfilinos dedos,
errante la mirada
dice algo que no alcanza el pensamiento.
¡Cómo perfuma el aire el blanco ramo
marchito en el florero,
cuán suave es el suspiro
que vaga entre sus labios entreabiertos!
881
José Asunción Silva

José Asunción Silva

La Ventana

LA VENTANA


Oh temps évanouis! O splendeur éclipsées,

Oh soleils descendus derrière l'horizon!
VICTOR HUGO

Al frente de un balcón, blanco y dorado,

obra de nuestro siglo diez y nueve

hay en la estrecha calle una muy vieja

ventana colonial. Bendita rama

adorna la gran reja,

de barrotes de hierro colosales,

que tiene en lo más alto un monograma

hecho de incomprensibles iniciales.

A la lumbre postrera

del sol en occidente, ¿quién no espera,

mirar allí, sombría,

medio perdida en la rizada gola,

la cabeza severa

de algún oidor, o los oscuros ojos

de una dama española

de nacarada tez y labios rojos,

que al venir de la hermosa Andalucía

a la colonia nueva

el germen de letal melancolía

por el recuerdo de la patria lleva?

¡Pero no, ni las sombras le han quedado

de los que vio perderse en el pasado;

loca turba infantil la invade ahora,

uno ríe, otro llora;

a la palma bendita

la niña arranca retejida rama,

y mientras uno al compañero llama

con incansable afán el otro grita.

No guarda su memoria

de la ventana la vetusta historia

y sólo en ella fija

la atención el poeta,

para quien tienen una voz secreta

los líquenes grisosos

que al nacer en la estatua alabastrina,

del beso de los siglos son señales,

y a quien narran poemas misteriosos

las sombras de las viejas catedrales!

Hoy hace más de un siglo, ha muchos años,

ella escuchó la cántiga española

que tristes desengaños,

o desventuras amorosas narra

de la alta noche en la quietud serena,

acompañada en la gentil guitarra,

por noble caballero

a quien tornara con la estrofa grata

el recuerdo de alegre serenata

dada en la aristocrática Sevilla,

cabe el Guadalquivir, do en claras noches

la calada Giralda se retrata

y la luz de la luna limpia brilla.

La brisa, dulce y leve,

como las vagas formas del deseo,

llevó al pasar por los barrotes duros,

aroma de azahares y de lirios,

en las risueñas fiestas de himeneo,

juramentos de amor, santos y puros,

de mortuörios cirios

el triste olor, las plácidas historias,

conque la noble abuela

al rubio nieto adormeció en la cuna

y la oración que hacia los cielos vuela

suave como los rayos de la luna.

Inútil, allí, a solas,

ella miró pasar generaciones,

como pasan, con raudo movimiento,

sobre la playa las marinas olas

en la sombra los coros de visiones

y las aristas leves en el viento;

y ora mira la turba de los niños

de risueñas mejillas sonrosadas,

que al asomar tras de la fuerte reja

sonriente semeja

un ramo de camelias encarnadas!

¡Ay! todo pasará, —niñez risueña,

juventud sonrïente,

edad viril que en el futuro sueña,

vejez llena de afán...

...Tal vez mañana,

cuando de aquellos niños queden sólo

las ignotas y viejas sepulturas

aún tenga el mismo sitio la ventana.


Agosto 1º de 1883

844
José Asunción Silva

José Asunción Silva

Melancolía

De todo lo velado,
tenue, lejana y misteriosa surge
vaga melancolía
que del ideal al cielo nos conduce.

He mirado reflejos de ese cielo
en la brillante lumbre
con que ahuyenta las sombras, la mirada
de sus ojos azules.

Leve cadena de oro
que una alma a otra alma con sus hilos une
oculta simpatía,
que en lo profundo de lo ignoto bulle,

y que en las realidades de la vida
se pierde y se consume
cual se pierde una gota de rocío
sobre las yerbas que el sepulcro cubren.
1.100 1
José Asunción Silva

José Asunción Silva

A Adriana

Mientras que acaso piensa tu tristeza
en la patria distante y sientes frío
al mirar donde estás, y el desvarío
de la fiebre conmueve tu cabeza,

yo soñando en tu amor y en tu belleza,
amor jamás por mi desgracia mío
de la profundidad de mi alma, envío
a la pena un saludo de terneza.

Si cuando va mi pensamiento errante
a buscarte en parejas de otro mundo
con la nostalgia se encontrara a solas

sobre las aguas de la mar gigante
entre el cielo purísimo y profundo
y el vaivén infinito de las olas.
829
José Asunción Silva

José Asunción Silva

Humo

HUMO


(De Th. Gautier.)


Bajo los árboles viejos

cuya sombra el suelo baña

miro perdida a lo lejos

una pequeña cabaña.

Todo en quietud allí vese,

la ventana no está abierta

y el musgo grisoso crece

sobre el umbral de la puerta.

Cual tibio aliento aromado

que el frío condensa en nube

humo tenue y azulado

en espiral de ella sube.

Del alma que allí reposa

noticias a Dios le lleva

el humo que de la choza

en espirales se eleva.

Abril 20 [de] 1883

881
José Asunción Silva

José Asunción Silva

Realidad

En el dulce reposo de la tarde

cuando al ponerse el sol en occidente

su luz dorada, de la vida fuente,

como una hoguera en los espacios arde,

o de la noche en el silencio umbrío

cuando la luna con fulgor de plata

alumbra a trechos el sonante río

y en sus límpidas ondas se retrata,

entre las sombras de la vida hay horas

en que la realidad que nos circuye

a detener el ímpetu no alcanza

de nuestra alma que a lo lejos huye

y a la región de lo ideal se lanza...

Y entonces cuando pienso en tus amores

nuestras dos vidas deslizarse veo

no cual la realidad que aja sus flores

sino cual la ilusión de tu deseo.

No por las conveniencias separados,

soñando tú conmigo, yo en tus sueños,

sino juntos los dos en los collados

&nbps; de la Arcadia risueños;

asidos por las manos a lo lejos

buscando el fin de la campiña amena

a los pálidos rayos de la luna.

O del ardiente sol a los reflejos,

dejando transcurrir una por una

las no contadas horas venturosas

que no mancha la sombra de una pena

libando amor... y deshojando rosas...

Del verdor y del musgo en lo sombrío

ocultos en lo ignoto del boscaje

radiante aún de gotas de rocío

de virgen fuerza y de vigor salvaje;

sentados a la orilla del torrente

tú escuchando los ecos del follaje

yo acariciando —trémula la mano—

tus rizos al caer sobre tu frente...

Otras veces trayendo a la memoria

los fantasmas de un tiempo ya pasado

junto con ellos cual sencilla historia

los ideales de tu amor soñado.

Y es entonces un gótico castillo

de altivas torres de musgosas piedras

en cuyo muro gris crecen las hiedras

teatro de nuestro amor santificado.

Y en reducida y perfumada estancia

cuyos tapices abrillanta y dora

el fuego de la antigua chimenea,

juntos los dos oímos a distancia

diciéndonos protestas de ternura

la voz del agua que al perderse llora

y el viento que en los árboles cimbrea

entre el silencio de la noche oscura.

O en frágil barca en plácida mañana

de lago azul flotando en los cristales

con la mirada errantes contemplamos

el cielo, la ribera, los juncales,

y las nieblas que inciertas, vaporosas,

van a perderse en la región lejana

como se pierda la esperanza humana

o el postrimer aroma de las rosas.

Mas cuando el alma en sus ensueños flota,

la realidad asoma de improviso

no más resuena la encantada nota...

Brotan espinas do la rosa brota,

y en crüel se torna el paraíso.

Vuelvo a mirar... y pienso que nacimos

para vivir por siempre separados,

que no es una la senda que seguimos

y que la lumbre que cercana vimos

fue visión de tu amor y tus cuidados.

Y al comparar la realidad penosa

con los paisajes de ideal que miro

en el fondo del alma lastimosa

para tu dulce amor —niña piadosa—

para tu dulce amor surge un suspiro.

924
José Asunción Silva

José Asunción Silva

Suspiro

SUSPIRO


a A. de W.

Si en tus recuerdos ves algún día

entre la niebla de lo pasado

surgir la triste memoria mía

medio borrada ya por los años,

piensa que fuiste siempre mi anhelo

y si el recuerdo de amor tan santo

mueve tu pecho; nubla tu cielo,

llena de lágrimas tus ojos garzos;

¡ah! ¡no me busques aquí en la tierra

donde he vivido, donde he luchado,

sino en el reino de los sepulcros

donde se encuentran paz y descanso!


Junio 2 de 1881

843
José Angel Buesa

José Angel Buesa

Acuérdate De Mí

Cuando vengan las sombras del olvido
a borrar de mi alma el sentimiento,
no dejes, por Dios, borrar el nido
donde siempre durmió mi pensamiento.

Si sabes que mi amor jamás olvida
que no puedo vivir lejos de ti
dime que en el sendero de la vida
alguna vez te acordarás de mí.

Cuando al pasar inclines la cabeza
y yo no pueda recoger tu llanto,
en esa soledad de la tristeza
te acordarás de aquel que te amó tanto.

No podrás olvidar que te he adorado
con ciego y delirante frenesí
y en las confusas sombras del pasado,
luz de mis ojos, te acordarás de mí.

El tiempo corre con denso vuelo
ya se va adelantando entre los dos
no me olvides jamás. ¡Dame un recuerdo!
y no me digas para siempre adiós.
859
José Angel Buesa

José Angel Buesa

La Fuga Infinita

Se fue mi niñez...
Batiendo sus alas de rosa partió...
Le rogué, llorando: «¡Vuelve a mí otra vez!»
—Volveré— me dijo... Pero no volvió...

Después, mi inocencia, cual mística flor,
se mustió entre las
llamaradas locas del pagano amor,
y a mi alma su aroma no tornó jamás...

Y, al llegar mis dudas, se marchó mi fe...
—«¿Volverás?»— le dije... No sé si me oyó:
Hizo un gesto vago me miró y se fue.

Luego, acurrucada, sufrió mi ilusión
de los desengaños el flagelo cruel:
Me miró con húmedos ojos de lebrel
y se fue en silencio de mi corazón...

Y yo sé que un día también tú te irás,
sin que mis caricias puedan retenerte,
pues ya hacia otros brazos, o ya hacia la muerte,
no te detendrás...

Porque sé que un día llegará el olvido,
y sé que ese día te me irás, mujer,
como tantas cosas que ya se me han ido:
¡Para no volver!...
760
José Angel Buesa

José Angel Buesa

El Nombre Olvidado

Voy andando en el tiempo de otro día,
alma sin nombre, nombre en el olvido;
te vi en un sueño y te he reconocido,
quizá porque en tu frente amanecía.

Y hoy es ayer en este parque viejo
donde está esperando, sombra leve,
como un olor de lluvia que no llueve,
como una niña ciega ante el espejo.

Pero eres tú, tan mía y tan ajena,
de un modo tan confuso y tan sencillo,
como el brillo redondo de un anillo
que no se sabe quién perdió en la arena.

Y yo soy la ternura de aquel hombre
que tú quisiste, ya no importa cuando,
y el tiempo se detiene, y sigo andando.
813
José Angel Buesa

José Angel Buesa

Poema Nocturno

Muchacha de una noche de viento y hojas secas,
que una sonrisa tuya pobló de mariposas,
como si aún recordaras tus últimas muñecas
junto a un hombre lejano que olvidó tantas cosas...

Muchacha de una noche de cigarrillos lentos,
cuando quedó en la mesa la flor de tu corpiño:
Tú eras la pastorcita de los libros de cuentos,
y yo fui el niño triste que no supo ser niño.

Muchacha de una noche par ael amor errante,
cuando crece el otoño con su vaho profundo,
y el alma es el navío de un solo tripulante
que despliega sus lonas al viento de otro mundo.

Muchacha de un noche: yo pienso todavía
que hubiera sido hermoso que nunca amaneciera,
ahora que, fatalmente, comienza un nuevo dia,
que ha de ser, para tantos, otro dia cualquiera...
959
José Angel Buesa

José Angel Buesa

Poemas En La Arena

Las olas vienen.
Las olas van.
Como las olas,
tu recuerdo viene y se va.

Las olas vienen.
Las olas se van.
Mi silencio —un silencio de cien puertas cerradas—,
se encrespa de rumores, como el mar.

¡El mar, el mar, amor!
¡Amor, el mar!
Mi corazón es una playa triste,
y tú eres una ola que viene y que se va...
1.280
José Angel Buesa

José Angel Buesa

Poema Para Olvidarte

Amar —nadie lo ignora— viene a ser como un juego:
el juego de dos almas y el juego de dos vidas.
Y hay quien gana y quien pierde. Tal vez lo sabrás luego,
si yo logro olvidarte pero tú no me olvidas.

Yo sé por qué lo digo. La vida tiene un modo
sutil de detenerse mientras sigue adelante,
y una mujer bonita puede olvidarlo todo
menos su última cita con su primer amante.

Por eso, allá... tan lejos... en tus tardes de hastío,
puede ser que comprendas que el hombre a quien quisiste
llenó de mariposas tu corazón vacío
y de fechas alegres tu calendario triste.

Y como tu pasado no pasó todavía
tendrás que recordarme viendo en tu tocador
aquellos espejuelos oscuros con que un día
disimulaste un poco tus tijeras de amor.

Y yo sé que otro día, de rezos y conjuros,
te dirán que me he muerto —yo sé que será así —
y te pondrás los mismos espejuelos oscuros
para que nadie sepa que lloraste por mí.
1.017
José Angel Buesa

José Angel Buesa

El Árbol Viejo

Buen árbol que perdiste bruscamente los dones
de la flor y del fruto, bajo la racha fría:
tu pesadumbre austera se parece a la mía,
y así, como tus hojas, volarán mis canciones.

Pero, tarde o temprano, vendrá la primavera,
y, al rejuvenecerse tu tronco envejecido,
tendrás la flor y el fruto, y el follaje, y el nido...
Y yo, en cambio, no tengo tu esperanza siquiera.

Cien veces me ofreciste tu sombra en el verano;
cien veces tu perfume fue a visitar mi casa,
buen árbol que floreces mientras la vida pasa,
acaso porque ignoras que nunca pasa en vano.

Mi niñez te recuerda casi como un amigo,
aunque ya se agrietaba tu ancianidad de abuelo.
Y hoy, al ver cómo creces todavía hacia el cielo,
ni aun me queda el consuelo de envejecer contigo.

Pues, aunque nos agobian idénticos otoños,
sobre tus hojas secas crecen hojas lozanas,
y así, algún día, el viento despeinará mis
canas,
trayéndome el perfume de tus nuevos retoños...

741
José Angel Buesa

José Angel Buesa

Símil De Árbol

Árbol ya largamente florecido,
con el tronco tatuado de iniciales,
lo dejaron en pie los vendavales,
sin una hoja, ni una flor, ni un nido,

igual que un corazón envejecido
que aún palpita, sin bienes y sin males,
lleno de sal, como los litorales,
con fatiga de amor y sed de olvido.

Pero en el árbol se detuvo un día,
para cantar, un pájaro viajero,
y el tronco aquel sintió que florecía...

como florece un corazón huraño,
para después sentir que le hace daño
la flor tardía de su amor postrero.
719
José Angel Buesa

José Angel Buesa

Madrigal Triste

¡Qué clara la mañana! ¡qué fresco y delicioso
el viento! ¡Cuánta luz! ¡Cuánta leve
armonía!...
—Busqué a mi alrededor algo maravilloso...
Y ella, a mi lado, sonreía...

¡Cuánta muda tristeza en el cielo nublado!
¡Qué silencio en las frondas donde el ave cantaba!
—Busqué a mi alrededor algo desconsolado...
Y ella, a mi lado, suspiraba...

¡Qué soledad! ¡Qué angustia crispada en la
doliente
neblina! ¡Qué vacío en todo!...— Desolado
Busqué a mi alrededor... Y busqué inútilmente:
Ella no estaba ya a mi lado...

601
José Angel Buesa

José Angel Buesa

Madrigal De La Lluvia De Abril

Ya no sé bien el sitio ni la hora,
ni por qué fuiste mía, ni por qué te perdí.
Sé que llovía como llueve ahora,
aunque ahora es más triste porque llueve sin ti.

Y sé que, de repente, cayeron dos diamantes
sobre tus zapaticos de charol...
Y era dulce aquel llanto de tus ojos radiantes,
como esos mediodías en que llueve con sol.
605
José Angel Buesa

José Angel Buesa

Pequeña Canción

Aún alegran tu calle los viejos mediodías
y la sombra del álamo refresca tu portal,
todo está como entonces, cuando tú me querías,
pero ya no me quieres, y todo sigue igual.

Sin embargo, no importa, yo sé que me quisiste
más allá de aquel beso, de aquel que no te di,
y sé que alguna noche te
irás quedando triste
al ponerte un vestido que me gustaba a mí.

505