Poemas en este tema

Música

Federico García Lorca

Federico García Lorca

Malestar Y Noche (trasmundo)

Abejaruco.
En tus árboles oscuros.
Noche de cielo balbuciente
y aire tartamudo.

Tres borrachos eternizan
sus gestos de vino y luto.
Los astros de plomo giran
sobre un pie.

Abejaruco.
En tus árboles oscuros.

Dolor de sien oprimida
con guirnalda de minutos.
¿Y tu silencio? Los tres
borrachos cantan desnudos.
Pespunte de seda virgen
tu canción.

Abejaruco.
Uco uco uco uco.

Abejaruco.
950
Federico García Lorca

Federico García Lorca

Nocturnos De La Ventana

NOCTURNOS DE LA VENTANA

A LA MEMORIA DE JOSÉ DE CIRIA Y ESCALANTE. POETA


1

Alta va la luna.

Bajo corre el viento.

(Mis largas miradas,

exploran el cielo.)

Luna sobre el agua.

Luna bajo el viento.

(Mis cortas miradas,

exploran el suelo.)

Las voces de dos niñas

venían. Sin esfuerzo,

de la luna del agua,

me fui a la del cielo.


2

Un brazo de la noche

entra por mi ventana.

Un gran brazo moreno

con pulseras de agua.

Sobre un cristal azul

jugaba al río mi alma.

Los instantes heridos

por el reloj... pasaban.
3

Asomo la cabeza

por mi ventana, y veo

cómo quiere cortarla

la cuchilla del viento.

En esta guillotina

invisible, yo he puesto

la cabeza sin ojos

de todos mis deseos.

Y un olor de limón

llenó el instante inmenso,

mientras se convertía

en flor de gasa el viento.
4

Al estanque se le ha muerto

hoy una niña de agua.

Está fuera del estanque,

sobre el suelo amortajada.

De la cabeza a sus muslos

un pez la cruza, llamándola.

El viento le dice "niña",

mas no puede despertarla.

El estanque tiene suelta

su cabellera de algas

y al aire sus grises tetas

estremecidas de ranas.

Dios te salve. Rezaremos

a Nuestra Señora de Agua

por la niña del estanque

muerta bajo las manzanas.

Yo luego pondré a su lado

dos pequeñas calabazas

para que se tenga a flote,

¡ay!, sobre la mar salada.

Residencia de Estudiantes, 1923

2.025
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

A Carcavallo En Su Noche

A CARCAVALLO
En su noche


A Doña Leonor Acevedo de Borges

Porque esta hora todos la vivimos contigo,

y es propicia la noche y el ambiente es cordial,

vaya el trovar, gustado en el rincón amigo,

con un antiguo y vago sabor sentimental.



Por los que todavía creen un poco en la Luna,

por los que riman una canción de juventud,

por las damas que escuchan, suaves como en alguna

primavera de versos, ¡Compañero, salud!



Salud, por esta hora que vivimos contigo,

salud, porque al conjuro del verso que te digo

realicen su serena gloriosa comunión,



la Amistad y la Lira, la gracia femenina,

un puñado de rosas de la tierra argentina

y una copa del rojo vino del corazón.

479
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

La Música Lejana Que Nos Llega

Accede, te lo ruego así Dejemos,
mientras se enfría el té que has preparado,
de leer el capítulo empezado:
amada, cierra el libro y escuchemos

Y calla, por favor Guarda tus finas
burlas: ten la vergüenza, no imposible,
de que tu dulce voz halle insensible,
rebelde el corazón que aún dominas.

¿Ves? Llega como un breve pensamiento
que pone en fuga el arrepentimiento
Bebe toda la onda, hermana mía,

no dejes en la copa nada, nada
Emborráchate, amada:
la música es el vino hecho armonía.
372
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

¿recuerdas?

Las rosas del balcón eran celosas
novias bajo el agravio de la fina
ironía falaz de una vecina
que se ponía a reír de ciertas cosas.

Tu perdón desdeñoso fue a las rosas
y tus labios a mí. La muselina
de la suave penumbra vespertina
te envolvió en no sé qué ansias misteriosas.

Dijo el piano motivos pasionales,
al temblar tus magnolias pectorales
con miel de invitaciones al pecado

de tu posible ruego incomprendido
terminó la canción con un gemido
de alondra torturada en el teclado.
486
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

La Guitarra

Porque en las partituras de su garganta
ella orquesta la risa con el lamento,
porque encierra una musa que todo canta,
es la polifonista del sentimiento.

Por la prima aflautada vuelan las aves
de las notas chispeantes y juguetonas,
y, poblando el ambiente de voces graves,
braman las roncas iras en las bordonas.

Arco de mil envíos. Carcajo de amores,
hacen sus flechas raudas líricas presas,
así como, en la pauta de los rencores,
suele rugir el pueblo sus marsellesas.

Ella lauda en su solfa los caballeros
del valor o del arte, y aun hay un gajo
de laurel para todos los cancioneros
de la fértil Provenza del barrio bajo.

Por eso elogia siempre los más sensibles
finos ensueños, como también halaga
los audaces pasiones irresistibles
de los fieros Tenorios de poncho y daga.

La luz de un viejo idilio, como aureola,
Que ciñe su cordaje, quizás le llega
desde el fondo de un rancho: que aunque española
conoció el amor gaucho de Santos Vega.

Bajo el alero en ruinas, contando duras
malas correspondencias a sus deseos,
con la magia vibrante de sus ternuras
cautivan a las mozas criollos Orfeos.

Ella inspira en el baile las alabanzas
de floridos requiebros y relaciones,
o las citas fugaces en las mudanzas
de los tristes cielitos y pericones.

O, a los lentos acordes provocativos,
en su seno se agitan las habaneras,
que, libertando locos besos cautivos,
se desmayan sensuales en las caderas.

Organos y clarines, sus voces finas
suenan, cuando en el rojo de sus vergeles
florece la amargura de las espinas
y sangra la epopeya de los laureles.

A sus cordiales sones apasionados
en las noches alegres de serenatas,
envían los galanes desconsolados
sus doloridas quejas a las ingratas

Por sus historias pasan, como un gemido
que presagiase largos, fatales duelos,
las románticas cuitas del pecho herido,
o las rojas venganzas de los Otelos.

Cuando la pulsan toscas manos brutales,
ella tiene temores de sensitiva,
como bajo opresiones espirituales
insinúa caprichos de novia esquiva.

Melodiosos mensajes de las constancias
se mecen las memorias en sus cadencias,
y desde el infinito de las distancias
vienen los «no me olvides» a las ausencias.

Ofrenda generosa de un dulce instante
que llenase la caja de ritmos ledos,
en las cuerdas sonoras puso una amante
el beso, que, aún borrado, quema los dedos.

Calandrias fugitivas que van pasando,
de tiempos de leyenda vivo trasunto,
por ella todavía cruzan vagando
los derroches de ingenio del contrapunto.

Modulando responsos conmovedores,
en la exaltación honda de su noble estro,
dice las odiseas de payadores
que murieron cantando como el Maestro.

En las manos del majo su gracia encela
el alma de la chulas sangre bravía
y en su carmen de amores, vino y canela,
¡Revientan los claveles de Andalucía!

Castañuelas, jaleos, ricos mantones,
manolas, bizarrías, rosas bordadas
¡Se perfuman las sedas de sus canciones
en el patio de aromas de las Granadas!

Corona los aplausos que lo merecen
las ágiles hazañas de los toreros,
o sobre algún sombrío cuento aparecen
evocadas visiones de bandoleros.

Vive en los Escoriales de los blasones,
o en las Trianas flamencas de las Sevillas
¡Y ya es una marquesa de áureos salones,
ya la pobre muchacha de las bohardillas!

Por eso, luce orgullos de aristocracia
en la altivez de regios rasos triunfales,
como también se llena de humilde gracia
en la coquetería de los percales.

A sus cálidos ritmos, de suaves tonos,
en su hamaca de nervios y fantasía,
mecen provocadoras sus abandonos
las seis líricas damas de la Harmonía.

Es la polifonista del sentimiento,
es la de los dolores y los placeres:
¡La que orquesta la risa con el lamento,
la que canta aleluyas y misereres!
483
Eunice Odio

Eunice Odio

Satchmo Liroforo

¿Te acuerdas, Louis Armstrong,
del día en que viajamos por un corredor de sonidos
que amábamos hasta la muerte?
¿Recuerdas la onomatopeya que no salió al paso
y que nos dio un trono de un solo golpe?
Parece mentira, Louis, amor mío,
que hayamos compartido tantas cosas,
tantas ramas
y tan gran número de espumas.
Parece imposible, Louis,
que entre nosotros se deshagan
las formas del azul que nos acompañaban;
que tú, dardo, arma del ángel vivo,
te lances a donde nadie podrá reconocerte sino por tu alegría,
por tu voz de durazno,
por tu manera de prolongarte en la luz
y crecer en el aire.
No creo que haya desaparecido del mundo
la manada de resplandores que nos seguía.
Más bien creo que se ocultan en el tiempo
y que no será consumidos.
Tú, continuación del fuego,
pedestal de la nube,
desinencia de mariposa,
andas hoy al garete entre harinas
y entre otras materias incorruptibles que te guardan
como guardan a todos los justos,
a todos los hermosos
cuya hermosura viene de lejos y no se va nunca,
y se incendia cada día
igual que la altura.
Satchmo, querido hasta la música,
soñado hasta el arpegio,
las arpas de David y sus graves de cobre
te están tocando el alma
y los clavicémbalos el cabello sin fin.
Ricardo Wagner está de pie, aguardándote en una azotea
tetralógica,
lleno de flores que andan y crecen continuamente.
Ricardo Wagner está en sí mismo
viendo que llegas al dominio de los cristales,
armado de la trompeta bastarda y de la baja
tocando un son del viento,
sonando como un trueno
recién nacido, y húmedo y perfecto.
Y yo, sombra sonora del futuro
también estoy allí,
soñada por dos cuerpos transparentes
que se besan y funden y confunden
en la gran azotea tetralógica
donde todo es tan claro como Dios
y el amor
y los árboles.
509
Eunice Odio

Eunice Odio

Sinfonía Pequeña

Cascabel,
cascabelín,
para que duerma el lebrel
la Luna pone un cojín
campanón
campanería,
la noche roba un ropón
para vestirse de día.
violoncín,
violoncelo,
el sol deja su pañuelo
y se lleva su espadín,
campanolín,
campanada,
el pájaro cantarín
se bebe la madrugada.
525
Enrique Lihn

Enrique Lihn

La Infancia

La infancia: el tema de unos juegos florales
relativamente feroces, pero en fin, música
alrededor de una glorieta vacía.
932
Efraín Huerta

Efraín Huerta

éste Es Un Amor

ÉSTE ES UN AMOR

A Rosaura Revueltas



Éste es un amor que tuvo su origen

y en un principio no era sino un poco de miedo

y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto.


Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,

un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,

un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,

un amor que no tiene remedio, ni salvación,

ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía.


Éste es un amor rodeado de jardines y de luces

y de la nieve de una montaña de febrero

y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel

y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe

por qué llega el amor y luego las manos

—esas terribles manos delgadas como el pensamiento—

se entrelazan y un suave sudor de —otra vez— miedo,

brilla como las perlas abandonadas

y sigue brillando aún cuando el beso, los besos,

los miles y millones de besos se parecen al fuego

y se parecen a la derrota y al triunfo

y a todo lo que parece poesía —y es poesía.


Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:

vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos

y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos

y a lo ancho de los países

y las distancias eran como inmensos océanos

y tan breves como una sonrisa sin luz

y sin embargo ella me tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia

y me sumergía en sus ojos en llamas

y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado

y entonces me olvidaba de mi nombre

y del maldito nombre de las cosas y de las flores

y quería gritar y gritarle al lado que la amaba

y que yo ya no tenía corazón para amarla

sino tan sólo una inquietud del tamaño del cielo

y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano.

Y yo veía que todo estaba en sus ojos —otra vez ese mar—,

ese mal, esa peligrosa bondad,

ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe

y que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros,

hasta el alma y hasta los mustios labios.

Ya lo saben sus ojos y ya lo sabe el espléndido metal de sus muslos,

ya lo saben las fotografías y las calles

y ya lo saben las palabras —y las palabras y las calles y las fotografías

ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos

y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma

y no llorar de amor.

958
Ernesto Cardenal

Ernesto Cardenal

Epigrama

Pero en la noche
ves tu arroz
y tus frijoles fritos,

con la cuajada
fresca,
y una tortilla caliente,

o un plátano asado,
lo comes sin guardaespaldas

y tu Jícara
de triste
no la prueba
primero un ayudante.

Y después tocas
si quieres en
tu guitarra
una canción
ranchera,

Y no dormís
rodeado de reflectores
y alambradas
y torreones.
639
César Vallejo

César Vallejo

Este Piano Viaja Para Adentro,

Este piano viaja para adentro,
viaja a saltos alegres.
Luego medita en ferrado reposo,
clavado con diez horizontes.

Adelanta. Arrástrase bajo túneles,
más allá, bajo túneles de dolor,
bajo vértebras que fugan naturalmente.

Otras veces van sus trompas,
lentas asias amarillas de vivir,
van de eclipse,
y se espulgan pesadillas insectiles,
ya muertas para el trueno, heraldo de los génesis.

Piano oscuro ¿a quién atisbas
con tu sordera que me oye,
con tu madurez que me asorda?

Oh pulso misterioso.
419
César Vallejo

César Vallejo

Terceto Autóctono

El puño labrador se aterciopela,
y en cruz en cada labio se aperfila.
Es fiesta! El ritmo del arado vuela;
y es un chantre de bronce cada esquila.
Afílase lo rudo. Habla escarcela...
En las venas indígenas rutila
un yaraví de sangre que se cuela
en nostalgias de sol por la pupila.
Las pallas, aquenando hondos suspiros,
como en raras estampas seculares,
enrosarian un símbolo en sus giros.
Luce él Apóstol en su trono, luego;
y es, entre inciensos, cirios y cantares,
el moderno dios-sol para el labriego.
1.013
Carmen Conde

Carmen Conde

Hombre Con Violín

Esos hombres del violín llevan su voz en el brazo
como la vena firme de una canción muchacha.
Van celándola dulces, con los ojos cerrados,
todos brasa y suspiro del ensueño que llueve
diminuto rocío de aprisionadas flores
en los cuerpos fragrantes de sus violines músicos,
aun con hojas y aromas del encendido bosque.

Un violín es la voz de una fuente con viento
a la que brizan ásperos y dulcísimos soplos.
Lo sabe quien lo pulsa, y flotan sus cabellos
como yerba que sube por el tronco de un árbol,
mientras la mano empuja hacia el cielo las cuerdas
y la otra recorre con el arco un zodíaco.

En rubio; huele a nardo en la noche con luna,
y de jazmines siembra la abandonada tarde.
Tan delgado y ligero como fueron las ninfas,
sinuoso y con algas, como verde sirena.
Es la voz que prefiere la Primavera fría.
Y al Otoño le cuenta que se fueron las aves.
Los cipreses la exhalan. El calor de los vuelos
en los violines junta con las plumas los nidos.
520
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Alegría Del Poeta Escribiendo En Un Álbum

Levanta lira caída;
ven, que el dolor te convida
con mil tonos acordados
tengan también en la vida
su fiesta los desdichados.

No temas ¡oh!que en tu acento
vaya el mundo a sorprender
vuestro ignorado tormento...
lo mismo ha de comprender
tu canción que mi lamento.

¿Qué sabe si son gemidos,
canto risa, imprecaciones
lo que en mis trovas he oído?
La turba escucha el sonido
sin sentir sus vibraciones.

Y si al fin para ella iguales
son mis dichas y mis males,
alégrala con gemidos,
y broten en cien raudales
mis pesares comprimidos.

El mundo, arpa mía, en tanto
torpe nos envidiará
el ignorado quebranto:
¡Y en cambio de nuestro canto
sus aplausos nos dará!

Así el ciego musiquillo
discorde violín pulsando,
con monótono estribillo,
marcha su infantil corrillo
por las calles alegrando.

Canta, y su voz tembladora
el pecho anciano quebranta;
el niño que aplaude, ignora
que es más grande que el que llora
¡El infortunio que canta!
506
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Las Poetisas Invitación

¿Queréis formar un coro,
hermosas las del canto peregrino,
más dulce, más sonoro
que el rumor argentino
del agua y de los pájaros el trino?

¿No veis cómo las aves
cantan en amigable compañía
a unos acentos graves
los otros de alegría,
uniendo en perfectísima armonía?

Nunca entre sí celosas,
porque la voz del ruiseñor descuella,
se alejan rencorosas
de la enramada bella,
dejando triste al ruiseñor en ella.

No, que con tiernos píos
la bulliciosa turba Rey le aclama
y en los valles sombríos,
donde a su coro inflama,
sólo el odioso búho le desama...

Yo ya tengo escogida
corona de bellísimos laureles
y de rosas ceñida,
que estimo en los vergeles
mejor que a los brillantes oropeles.

Riquísimo prendido
que bañará de aromas los cabellos
y en el rostro encendido
hará a los ojos bellos
orgullosos lucir con sus destellos.

¡Mil veces venturosa
la compañera que en su tierna frente,
esa fresca y airosa
guirnalda trasparente
entre nosotras alze alegremente!

Orne prenda tan bella
a la que eleve más el claro acento:
el ruiseñor aquella
será del coro atento,
y el búho la que envidie su talento.
694
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Un Poeta Clásico

Pulidísimo poeta,
que siempre os andáis buscando
cefirillos en diciembre
y florecillas en marzo.
Ved que es malogrado tiempo
el que gastáis en cantarnos
esas romanzas melosas
que a vos embelesan tanto.
Porque ninguno os escucha,
ni posible es escucharos,
ni debe ¡salvo los sordos!
nadie escuchar vuestro canto.
Vos engalanáis de yerba
fuera de sazón los campos
y a deshora de sus nidos
hacéis levantar los pájaros;
vos asida del cabello
sin compasión a su llanto,
a cada instante a la aurora
arrastráis de su palacio,
y ni deja miel segura
en el panal vuestro labio
ni brisilla sosegada,
ni libre arroyucio manso.
Y lo que más impacienta,
ingeniosísimo bardo,
es que, cuando estamos todos
con vuestra musa trinando,
sobre la blanda verbena,
muellemente recostado,
tan complacido y risueño
vos dispongáis coronaros.
¿A dónde vais por el mirto?
¿de dónde arrancáis el lauro?
¿y qué lográis con poneros
en la frente esos enjalmos?
¿Un mancebo como un roble
no os causa grima pasaros
unas tras otras las horas
entre los juncos holgando?
¿No tenéis en vuestra tierra
otro más útil cuidado
que atisbar la rubia aurora
y espantar los tiernos pájaros?
Amigo, trocad, de vida
de cantinelas dejaos,
¡sacudid el cuerpo inerme
y haced valer vuestros brazos!
610
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Canción

Con el otoño perdidas
son las claras y lucidas
alboradas,
y las flores del estío
yacen en el valle umbrío,
deshojadas.

De los árboles desnudos
la vestidura luciente
primorosa,
ya de aquilones sañudos
arrebata la corriente
presurosa.

Al melancólico suelo
ya la lumbre del sol bella
no aparece:
lleno de sombras el cielo,
en las noches ni una estrella
resplandece.

Ya la lluvia se derrama
entre la amarilla grama
y acrecienta,
la desolada tristura
que en la desierta llanura
se presenta.

El campo tristeza ofrece
y la ciudad enfadosa
tedio inspira:
tú mis horas embellece,
compañera deliciosa,
blanda lira.

Otros busquen en buen hora
la dicha de sus amores
ponderada:
¡Tú con risa encantadora
me darás dichas mayores y
retirada!

Otros oigan extasiados
acentos enamorados,
¡lira mía!
sólo a mí tu canto grave
o tu murmurio suave
me extasía.
538
Blas de Otero

Blas de Otero

Música Tuya

¿Es verdad que te gusta verte hundida
en el mar de la música; dejarte
llevar por esas alas, abismarte
en esa luz tan honda y escondida?

Si no es así, no ames más; dame tu vida,
que ella es la esencia y el clamor del arte;
herida estás de Dios de parte a parte,
y yo quiero escuchar solo esa herida.

Mares, alas, intensas luces libres,
sonarán en mi alma cuando vibres,
ciega de amor, tañida entre mis brazos.

Y yo sabré la música ardorosa
de unas alas de Dios, de una luz rosa,
de un mar total con olas como abrazos.
917
Blanca Andreu

Blanca Andreu

Nada Escucha Elphistone Je Suis De Mon Coeur Le Vampiro

Nada escucha Elphistone —Je suis de mon coeur le vampiro
cuando evalúa significados, precios de viejos libros, de
otros navíos,
vendavales o la repentina conciencia que elimina
una firme navegación. Húmeda luna que recuerdas
el frío norte de la sangre, quién está haciendo la
cuenta,
quién dirige las reputaciones más podridas que las tablas
del barco, calafateadas
con muerte, quién —bajo los ángeles rapaces y
herméticos—
ordena la inmortalidad, examina las pérdidas, rescata
los prejuicios y aseveraciones
que nunca, en ningún lugar, por más que o a pesar de.
Y los apremios y las victorias —cinco presas— y la elegancia
en la piratería, oscuro capitán Elphistone, cuando la luna
mira tu dignidad
ardiendo sobre la avaricia del cielo.
466
Blanca Andreu

Blanca Andreu

Así, En Pretérito Pluscuamperfecto Y Futuro Absoluto

Así, en pretérito pluscuamperfecto y futuro absoluto
voy hablando del trozo de universo que yo era,
de subcutáneas estrellas de sangre
cazadas por el ángel de la anemia
en el cielo arterial,
diciendo leucocitos del alba y río de linfa,
o bien de lo que quise:

el ligero Mediterráneo,
la prohibición de envejecer,

la gavilla del sueño barbitúrico,
y sobre todo, sobre todas las cosas,
Mozart anfetamínico preámbulo de pájaros,
Mozart en ala y aeropuerto,
arco de violín príncipe o piloto: Mozart el Músico.
538
Alfonso Reyes

Alfonso Reyes

A Eugenio Florit

Florit, la primavera se desborda
y vuelca Flora el azafate henchido,
y la naturaleza en cada nido
lanza un temblor y hace la vista gorda,

¿Qué pasa entonces, cuando el viento asorda
y el campo es todo asombro y todo ruido,
y aun el más recatado y retraído
toma el alma y la echa por la borda?

¿Qué arcaico rito o gresca dionisíaca,
que endiablada, o mejor, paradisiaca
celebración de las celebraciones?

Es que el poeta cumple el mandamiento:
hacer razones con el sentimiento
y dar en sentimiento las razones.
486
Antonio Plaza Llamas

Antonio Plaza Llamas

A Inés Nataly

Quiso mostrarte la clemencia santa
y te infundió su soberano aliento,
puso en tus ojos luz de firmamento
y del ángel el trino en tu garganta.

Y admirándose al ver belleza tanta,
Baja —te dijo— al valle del tormento,
y cuando el hombre en negro desaliento
clame: ¡NO EXISTE DIOS! mírale y ¡canta!


Y tú, cisne del cielo, la armonía
nos revelas del cielo al escucharte;
yo, que olvidando al cielo ya tenía,

enviada del Señor, quiero cantarte,
que aunque la fe del alma apagó el llanto,
donde Dios se revela, allí le canto.
609
Amado Nervo

Amado Nervo

Madrigal

Por tus ojos verdes yo me perdería,
sirena de aquellas que Ulises, sagaz,
amaba y temía.
Por tus ojos verdes yo me perdería.

Por tus ojos verdes en lo que, fugaz,
brillar suele, a veces, la melancolía;
por tus ojos verdes tan llenos de paz,
misteriosos como la esperanza mía;
por tus ojos verdes, conjuro eficaz,
yo me salvaría.
735