Muerte y Luto
Carlos Pellicer
Recinto
fueron indiferentes a los míos. Tus manos
no estrecharon mis manos.
Yo te besé y tu rostro era la piedra seca
de las alturas vírgenes. Tus labios encerraron
en su prisión inútil mi primera amargura.
En vano tu cabeza puse en mi hombro y en vano
besé tus ojos. Eras el oasis cruel
que envenenó sus aguas y enloqueció a la sed.
Y se fue levantando del horizonte una
nube. Su tez morena voló a color. De nuevo
fue oscureciendo el tono de los días de antes.
Yo abandoné tu rostro y mis manos
ausentaron las tuyas. Mi voz se hizo silencio.
Era el silencio horrible de los frutos podridos.
Oí que en mi garganta tropezó la derrota
con las piedras fatales.
Yo me cubrí los ojos
para no ver mis lágrimas que huían hacia mí.
Luego tú me besaste, dijiste algo. Yo oía
llorar mis propias lágrimas en el primer silencio
de la primer tristeza. El alma de ese día
llegó de lejos —tu alma— y se quedó en mi pecho.
Carlos Marzal
Decrepitud
en el exilio de su misma sombra,
desde un limbo de hielo,
derritiéndose,
los viejos testimonian, sin enigma,
sobre el enigma viejo de estar vivo.
Gota a gota en presente, son futuro,
evanescencia al fin fuera de tiempo,
que en la fronda del tiempo anda perdida.
Espectros de la carne en su derrota,
se acogen al sagrado de la carne,
que en deserción de sí no los ampara.
pabilos sin fulgor de inteligencia,
arden a fuego extinto en su hendidura,
ascuas de quienes fueron, balbucientes.
Isla del fin del mundo, conmovidos,
vemos flotar en pasmo la vejez,
a la lunar deriva del asombro.
Nos resulta del todo inconcebible
nuestra decrepitud, nuestra mudanza
hasta desconocernos en nosotros
y en nosotros errar entre lo ajeno.
Cómo subsiste ciega la energía
en su impúdico afán de propagarse.
Madre senilidad, nunca te amamos.
Madre senilidad, no te amaremos.
Qué frágil, en su ser, la fortaleza.
Qué sólido el vivir, de sumo frágil.
Claudio Rodríguez
Espuma
que es tan distinta a la de la ceniza.
Como quien mira una sonrisa, aquella
por la que da su vida y le es fatiga
y amparo, miro ahora la modesta
espuma. Es el momento bronco y bello
del uso, el roce, el acto de la entrega
creándola. El dolor encarcelado
del mar, se salva en fibra tan ligera;
bajo la quilla, frente al dique, donde
existe amor surcado, como en tierra
la flor, nace la espuma. Y es en ella
donde rompe la muerte, en su madeja
donde el mar cobra ser, como en la cima
de su pasión el hombre es hombre, fuera
de otros negocios: en su leche viva.
A este pretil, brocal de la materia
que es manantial, no desembocadura,
me asomo ahora, cuando la marea
sube, y allí naufrago, allí me ahogo
muy silenciosamente, con entera
aceptación, ileso, renovado
en las espumas imperecederas.
Carlos Edmundo de Ory
España Mística
y en las perchas de los árboles
las casacas de los ángeles se pudren
Pones puertas al desierto
pantalones al espíritu
Lava un poco tu esqueleto con jabón
De los muertos muertos de hambre
pararrayos de oraciones
el ciprés
Tengo sed de alcantarillas
y de cerveza bendita
Dame prisión de campanas
con tus rosarios mohosos
Con tus capas de torero
hazme un traje funerario
un sudario de primera
Y en mi tumba pon mañana
un cocido de garbanzos con chorizo
Fiesta digna de matracas y cohetes
Oh mi España de peluca y de tomate
Matricúlame de muerto en la alcaldía
y celebra un carnaval de escapularios
ese día noche alba o madrugada
Carmen Conde
Declaro Que Se Ha Muerto Y Que Su Tumba
está dentro de mí; soy su mortaja.
A nadie se enteró porque su tránsito
descanso fue de locas esperanzas.
Rodean el contorno de esta fosa
caliente está la vid que escala muros
los pámpanos más tiernos y jugosos
que arrancan del silencio su tumulto.
Carmen Conde
I
Es la muerte de los que nacieron conmigo
y cansados de ver morir o de matar,
van muriéndose en cuerpos que se resisten
a dejar de ser vivos.
La muerte va dentro, sin espasmos funerales,
grandiosa a fuerza de copiosidad.
Se fue quedando la risa triste
en su fanales de labios...
El bosque de los que no resistieron morir,
pulula en torno mío.
¡Es un bosque que canta en cien leguas
sus salmos de eternidad!
Me he dormido en el umbral de la luz y no hallo
más sombra que mi adhesión a la Sombra.
¡Nadie puede levantar a los muertos!
¡Con tal velocidad se deshacen!
Un muerto es un charco muy pronto:
un pequeño y odioso charco oscuro,
que no recuerda a nada vivo...
No se comprende, viéndole,
que los pies hayan sido otra cosa
que hueso con líquido miserable escondido,
capaz de llevar a los otros charcos a lugares
donde la oquedad del cráneo se llenara
de lúgubres resonancias.
¿Qué vino reconocería su siembra
en el vino mefítico que es un muerto
hecho este charco de ausencias?
Calderón de la Barca
La Vida Es Sueño - Jornada Iii - Escena Xix
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición,
por si alguna vez soñamos.
Y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña,
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.
Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe
y en cenizas le convierte
la muerte (¡desdicha fuerte!):
¡que hay quien intente reinar
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte!
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí,
destas prisiones cargado;
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Carlos Bousoño
Poeta En Un Abordaje Con El Mar En Calma (siglo Xvi)
(Siglo XVI)
La vida, el mar, tumulto y honda seda inmóvil
CERVANTES
Guerreaste en mar sedoso,
te hiciste, te rehiciste,
te creciste en el acoso,
y, al luchar, te malheriste.
Y luego, ¿qué es lo que queda?
En la memoria cruel
del lector, el verso aquel
que hablaba de aquella seda.
Carlos Bousoño
I - En La Muerte (iv - Primera Elegía En La Muerte De Vicente Aleixandre)
I
EN LA MUERTE
Lo último que dijo fue esto: «La vida es un dolor»
Ojos que vi
tan llenos de dolor
en el último día, cuando faltaba poco
para morir,
y desde el lecho
él recordaba triste,
lejos, muy lejos, y un poquito borroso,
cuando con sus amigos,
allá en su niñez,
divirtiéndose mucho,
inmortal aún la vida,
iban al huerto, o al pinar, o al alto
palpitar de la luz.
Correr luego escondiéndose
tras unos matorrales,
un momento,
por que no los llamasen
desde la casa aún.
«Un poco más, un poco
más tan sólo.
La última vez, y ya.»
Y cuando le pusieron
una corona como rey del mundo
el día en que cumplía
siete años de rey,
siete de dueño
de todo, el universo: el aire, el mar.
Respiraba. Fatiga
e imposibilidad. La vida, la corona,
cartón pintado, alegre,
luego el amor, la compañía
honda, felicidad. Años sin duda, y todo fue
un instante tan sólo:
amarga pesadumbre
real.
Y ahora las lágrimas
que no lloró jamás vinieron a sus ojos,
resbalaban despacio
por sus mejillas pálidas,
humedecían la piel,
la boca,
y seguían bajando
cuando estaba ya muerto.
Las lágrimas duraban
más que sus ojos tristes,
más
que su propio dolor.
Carolina Coronado
Epitafio A Un Niño
en esta cuna escondida,
aunque tu madre llorando
por tu existencia llamando
quiera volverte a la vida.
Porque en la noche sombría
de nuestra vida ilusoria
no has de encontrar, alma mía,
la luz del eterno día
que has encontrado en la gloria.
Carolina Coronado
En Otro
ceda a la ley de su exterminio fija;
No es verdad que es muy triste que se acaben
la juventud y la pasión, la vida
que la beldad perezca y los amores
y que la gloria al fin también se rinda?
¿Qué cosa mirarán los ojos nuestros
que no tenga a su lado la ruina,
siquiera tronos esplendentes sean,
siquiera rocas de eminente cima?
Solamente los Álbumes, señora,
esa calamidad de nuestros días;
los Álbumes tan sólo son eternos
¡y eterna del poeta la desdicha!
Carolina Coronado
En El Álbum Fúnebre A La Memoria De Una Joven
¡Cómo habías de vivir
si amando, pobre mujer,
tenemos que combatir,
y el luchar nunca es vencer,
el luchar siempre es morir!
Cuando entre galas y flores
amor te daba la palma,
le dije a tus amadores:
«No le habléis tanto de amores
que tiene sensible el alma».
Pero el mundo descreído
respondió con su sonrisa:
«Deja que halaguen su oído,
que ya por el bien querido
nadie se muere, poetisa».
Volví más tarde a decir:
Mirad que perdió el color
y no cesa de gemir».
Mas él tornó a repetir,
Nadie se muere de amor.
Puede ser que el mundo ignore
cuanto su dolor la hiere...
Deja, poetisa, que llore,
por mucho que al hombre adore,
ninguna mujer se muere.
Yo volví más consolada
y estabas en la agonía.
¡Se muere! clamé aterrada;
pero el mundo respondía:
Es muerte de enamorada.
Ya tu pecho palpitante
al impulso del dolor,
lanzó un grito penetrante,
y el mundo dijo: ¡Es amante!
¡Nadie se muere de amor!
Yo vi tu mirada incierta
clavarse al fin aterida,
y dije al mundo: ¡Está muerta!
y respondió: Está dormida;
¡ya verás cómo despierta!
Ya oye el mundo la campana
que anuncia con su clamor
de una belleza lozana
¡la muerte horrible y temprana
que le ha alcanzado su amor!
Ya envuelta en el blanco velo
la ve al sepulcro marchar
y la acompaña en el duelo,
y aun aguarda con recelo
que pueda resucitar.
Y al sepultar a la bella
no sabiendo en su rencor
qué decir el mundo de ella,
dice: La mató su estrella...
Nadie se muere de amor.
Carolina Coronado
En Otro Traducido Del Dante
atraviesas con planta indiferente,
¿Vienes tal vez de tan remota gente
que el duelo ignoras de la patria mía?
¿Cómo no lloras ¡ay! cuando sombría
cruzas por medio su ciudad doliente,
como quien nada sabe, nada siente
del grave luto que oscurece el día?
Si te detienes a escuchar el caso,
yo sé de cierto que llorando, amigo,
no pudieras de aquí mover el paso:
Perdió Italia a Beatriz; y cuanto dijo
a otros hombres hablando de la bella,
tiene virtud de hacer llorar por ella.
Carolina Coronado
En La Muerte De Lista
y muerto mi sentido;
empapa el ramo para herir mi frente
en las tranquilas aguas del Olvido.
LISTA
No le lloréis, amigos, ese canto,
himno de gloria al sueño de la muerte,
era la inspiración del alma fuerte
de aquel varón tan apacible y santo;
ya fatigado de enseñaros tanto,
y ya sintiendo su entusiasmo inerte,
quiso muriendo de su yerto labio
la postrera lección daros el sabio.
Todas las ciencias del saber tenía
menos la de la muerte el docto anciano,
y quiso penetrar en ese arcano
por completar su gran sabiduría;
ya el misterio sabrá de la agonía,
el fin conocerá del ser humano,
y si a la gloria remontó su vuelo,
ya habrá medido la extensión del ciclo.
Y ya del sol el punto culminante,
y del planeta dócil a su mando
sabrá cómo en sus órbitas girando
van por el cielo en rotación constante;
y ya desde Poniente hasta Levante
en la extendida tierra meditando,
«¿Cómo, dirá, mientras duró mi sueño
pude estudiar en mundo tan pequeño?»
El eje aquel del globo entre los hielos
que su mente en las noches fatigaba,
ya de cierto sabrá cómo se clava
para que ruede firme por los cielos;
y ya se habrán calmado sus desvelos
cuando su vista perseguir sin traba
pueda en la inmensidad, y por la cumbre
del sol llegar hasta su misma lumbre...
Ya sabrá si la aurora enrojecida
que a visitar su tumba anoche vino,
de otra desgracia al mundo prevenida
es el augurio cierto del destino;
y si es no más la ráfaga lucida
que deja el rayo del mirar divino,
cuando entre sombras, nubes y misterio
traspasa alguna vez nuestro hemisferio.
Y sabrá por qué vienen los cometas
al ignorante mundo a dar espanto,
y si en el cielo por celeste encanto
desterrados están de otros planetas,
o si del orbe son grandes profetas
que se aparecen entre sangre y llanto
por cima de las míseras ciudades
sólo para anunciar calamidades.
Y sabrá do se forma la corriente
que por las noches en el cielo vago
parécenos de fuego extenso lago
o de luceros río transparente;
y de la luz la primitiva fuente,
la del diluvio, de espantoso estrago
y el origen, la historia y la fortuna
¡¡de la estrella polar hasta la luna!!
¡Ah! ¡si pudiera el inmortal maestro
discípulos queridos y mimados,
tantos nuevos problemas aclarados
desde su mundo transmitir al nuestro!
¡Ah! ¡si la nueva ciencia, el nuevo estro
y los nuevos misterios de los hados,
ocultos al saber de la criatura,
pudiera revelar desde su altura!
Atentos en el valle los oídos
a sus doctas palabras, siempre amigas,
como al viento flexibles las espigas,
doblarais vuestras frentes conmovidos;
y él, mostrando los frutos escondidos
que arrancaron del arte sus fatigas,
nutriera vuestros jóvenes talentos
de sabrosos y dulces pensamientos.
Yo nunca le escuché; nunca la sombra
de mi ignorancia disipó su ciencia;
¡nunca yo, solitaria en mi existencia
hallé a ese sabio que la fama nombra!
Mientras os daba en la campestre alfombra
sus lecciones sonoras de cadencia,
yo, sola por mi valle, no escuchaba
más que a la pobre alondra que trinaba.
Yo nunca le escuché, nunca mi mente
esclareció su antorcha luminosa...
mas recibí la bendición piadosa
que por última vez dio a nuestra frente.
El templo de los hijos del Oriente,
donde el cadáver de Colón reposa,
fue el templo en que nos dio su despedida
dejando nuestra frente bendecida.
Luego en la cuna del glorioso Herrera
dicen que reposar quiso el anciano
blando arrullo le presta esa ribera
para adormirlo en el florido llano;
¡no le lloréis, amigos! ¡yo quisiera
tan tranquila dormir! ¡tener cercano
así mi lecho del hermoso río
que arrullara también el sueño mío!
Yo quisiera también cerrar mis ojos,
cerrar mis ojos a la tierra oscura,
abrirlos a la luz del cielo pura,
al sol brillante, a los luceros rojos;
cerrarlos de la vida a los enojos,
abrirlos de la gloria a la ventura,
¡dormir cuando nos dicen que vivimos,
despertar cuando dicen que morimos!
Yo no derramo lágrimas piadosas
por el que asciende a la feliz morada,
que allí quisiera verme regalada
por su ambiente purísimo de rosas;
las lágrirnas que vierto dolorosas
son ¡ay! porque me quedo desterrada
a sufrir cual vosotros el castigo
de padecer aquí sin nuestro amigo.
Badajoz, 1849
Carolina Coronado
Despedida A Mi Hermano Ángel El Dolor De Los Dolores
que da el rocío de la edad temprana,
es dudar la desdicha de mañana,
es ser dichosos, Ángel, todavía;
es la fe, la esperanza, la alegría,
la fortuna, el valor, la gloria humana...
es, siendo niño, como tú lo eres,
vivir con el placer de los placeres.
Pero ser joven ¡ay! mirar tu vida,
sondar tu porvenir, temer abismos,
no hallar consuelos en nosotros mismos,
ni poderte seguir en la partida;
quedarnos en la triste despedida
suspensos entre vagos fanatismos,
luchando entre problemas y temores,
es, Ángel, el dolor de los dolores.
Como planta de insectos castigada
que no puede brotar ramo florido,
así con los pesares ha crecido,
hermano, una familia desgraciada;
no vi rama en su tronco levantada,
que al golpe del pesar no haya caído,
y temer del azar nuevos rencores
es, Ángel, el dolor de los dolores.
Pobre doncel, que al ídolo guerrero
llevas la flor del corazón primera,
tememos por tu flor, no te la hiera
de nuestra suerte el golpe siempre fiero;
es gozo el entusiasmo lisonjero
del que laureles en la vida espera;
pero temer por tus hermosas flores
es, Ángel, el dolor de los dolores.
¡Veré pasar gallardos compañeros
los de tu infancia para ti queridos...
y oiré de nuestra madre los gemidos
al mirar a los jóvenes guerreros!
¡Veré pasar los alazanes fieros
menos que por tu voz bien dirigidos,
y el ver sin dueño ai tuyo en sus furores,
Ángel, será el dolor de los dolores.
Y cuando de tu asiento en el vacío
los de la mesa en torno reparemos,
desabrido el manjar que gustaremos,
desabrido sin ti será, hijo mío;
Emilio en su inocente desvarío
te nombrará, y entonces lloraremos...
porque este padecer, que ojalá ignores,
es, Ángel, el dolor de los dolores,
¡Ah! ¡que no pueda nuestra pobre vida,
dispersada por vientos tan insanos,
partir con nuestros jóvenes hermanos
el mismo pan, beber igual bebida!
¡que no podamos encontrar manida
en un árbol los pájaros humanos,
y a unos del sol fatiguen los ardores,
es, Ángel, el dolor de los dolores!
Ve si tus alas su atrevido vuelo
por cima de la mar firme llevando,
puedes ir esos mares navegando
hasta arribar al árbol de tu anhelo:
ve si logras calmar el desconsuelo
de tantos ojos que te están llorando;
porque verte en los mares bramadores
es, Ángel, el dolor de los dolores...
¡Ay! que jamás cobarde hundas la frente
por las revueltas olas alcanzado,
ni tampoco en los mares levantado
te quieras remontar al sol ardiente;
caminar por la vía rectamente,
como los buenos siempre han caminado,
pues verte entre ambiciosos o traidores
ése fuera el dolor de los dolores.
Contra ese mundo, cuya risa loca
tu fe combatirá con su sarcasmo,
opón la noble fe del entusiasmo,
que, si es, del corazón, no se sofoca:
ante esa multitud cierra tu boca,
y, aunque se burle de tu altivo pasmo,
no sigas la maldad de sus errores,
que ése fuera el dolor de los dolores.
Yo contra el mal de la virtud me valgo,
contra el dolor a la paciencia acudo,
y aunque es mi triunfo solitario y mudo,
en graves luchas victoriosas salgo,
no tienes gran blasón, pero es hidalgo,
limpio de mancha tu modesto escudo,
y venderlo al poder y a los honores
ése fuera el dolor de los dolores...
Mas ¿dónde vas? aguarda un solo instante...
oye no más el último conjuro...
el ídolo mejor es el más puro,
su siervo más glorioso el más constante;
no te acerques al mal, porque es brillante;
no te flejes del bien, porque es oscuro...
¡Sé bueno, y que jamás con deshonores
añadas más dolor a estos dolores!
Carolina Coronado
En La Muerte De Una Amiga
en dónde está la hermosa compañera
de tanta lozanía
y tanta gallardía
que daba envidia a la gentil palmera?
¿Adónde te hallaremos
si en esta soledad no te encontramos
por más que te busquemos,
por más que te llamemos,
por más que sin consuelo te lloramos...?
¡Ay! Cuando más sufría,
al alejarse la criatura bella,
nos dijo que volvía,
y tristes todavía
estamos aguardando aquí por ella.
Mas ya de su tardanza
son causa los celestes serafines,
que en dulce bienandanza
nos quitan la esperanza
de que vuelva jamás a estos festines.
Ya más no la veremos
del gran salón arrebatada pluma,
girar por sus extremos,
con su belleza suma,
envuelta en el cendal de blanca espuma.
Ni dirán los galanes
al contemplar su luz de pura estrella,
con suspiros y afanes,
«Entre tanta doncella
la del blanco cendal es la más bella».
Faltóle a su pie vago
para cruzar la vida, tierra y calma,
y en el humano estrago,
como la flor del lago
toda en perfume se exhaló su alma.
¿Mas no es verdad, flor mía,
que vives más contenta en la morada
de la Virgen María,
tan santa y regalada,
que en esta pobre tierra desgraciada?
¡Ay celestes jardines
sobre las nubes húmedas, plantados
por bellos serafines,
con ámbares regados
y de castas doncellas habitados!
¡Ay deliciosas palmas
en cuya sombra reposada giran
las venturosas almas
de los que allá respiran
y oyen a Dios y su semblante miran!
¿No es verdad que en el cielo,
paloma de estos valles inocente,
alzas tranquila el vuelo
con perfumado ambiente
por las serenas bóvedas de Oriente?
¿No es verdad que a la vida
no quisieras volver, de los mortales,
desde que estás unida
con lazos eternales
a las dichosas almas celestiales?
¿Que ahora en el cielo puro
y en medio de luceros tan brillantes,
te parece ya oscuro
el festín donde antes
se alegraban tus ojos anhelantes?
¿Que las galas y flores,
la música y la danza tan querida,
y los tiernos amores
de tu alma florida,
te parecen ya sueños de la vida?
Y ¿no es verdad que miras
con lástima de amor, aprisionadas
del mundo a las mentiras
nuestras almas cansadas,
que quisieras llevar a tus moradas?
Responde, amiga mía,
que ya te escucha el corazón atento;
haz que descienda pía
a la tierra sombría
en las nocturnas brisas un acento.
Mas ¡ay! de mí te escondes...
no quieres responder a quien te canta...
¡Pero cómo respondes,
con humana garganta,
si ya no eres mujer, si eres ya santa!
Carolina Coronado
Y Llévame Contigo A Tu Morada
cuando no te consagro ni un acento!
¡Qué hundido debe estar mi pensamiento
cuando así te abandona, así te olvida!
Preséntasme la tierra florecida,
resplandeciente en lumbre el firmamento,
y en vez de bendecirte y celebrarte
bajo los ojos para no mirarte.
Gran pesar no sufrí, padre divino;
ningún dolor agudo el alma llora;
pero más me entristezco, hora por hora
conforme voy andando mi camino:
ni sé si es bueno o malo mi destino,
ni advierto si se agrava o se mejora;
sólo sé que el vivir menos agrada
cuanto más adelanto en la jornada.
No he perdido la fe, que mucho creo;
no me hirieron, Señor, los desengaños,
ni presa fui de pérfidos amaños,
ni juguete de loco devaneo;
yo no tengo ambición, nada deseo,
es mi existencia juveniles años,
pero triste; Señor, muy triste estoy,
puesto que ni mi canto ya te doy.
¡Ay! Cuando siento del fecundo mayo
el vaporoso y caldeado ambiente
jugar con mis melenas blandamente,
te quisiera cantar, pero en desmayo
melancólico abísmase la mente,
y como herida por amante rayo
las lágrimas se agrupan a mis ojos
y hasta la luz del sol me causa enojos.
Luego las plantas pienso que suspiran,
paréceme que el río se lamenta,
y la vida a mis ojos se presenta
llena de sombras que dolientes giran...
y yo no sé por qué, miedo me inspiran,
y no sé que aflicción me desalienta,
pero tiendo los brazos y te digo
señor, señor, ¡ay! llévame contigo.
Tal vez, Señor, el porvenir me inquieta
porque nací mujer y soy cobarde,
y tal vez en las brisas de la tarde
me anuncia el porvenir mi ángel profeta.
Triste será el de la mujer poeta,
mas ora el bien, ora el dolor me aguarde,
mejor quisiera que con brazo amigo
me quisieras llevar, Señor, contigo.
Aquí la turbación, aquí el gemido,
aquí la guerra, aquí los hondos males
tienen reinado eterno, y siempre iguales
los tiempos han de ser a los que han sido;
señor, y allá el descanso apetecido,
allá la paz, los goces celestiales
me convidan, si quieres santo amigo
para siempre llevarme allá contigo.
Allá en la noche hay sol, no acaba el día,
siempre es abril para los ricos prados,
y por aquellos huertos regalados
sólo la flor de la virtud se cría:
el odio, la ambición, la tiranía
no existe en tus dominios dilatados;
los hombres a los hombres no asesinan,
la virtud y el amor allí germinan.
Allá en la fuente de la fija ciencia
beberé hasta saciar mi gran deseo,
conoceré el error de Ptolomeo,
me reiré de la humana suficiencia;
sabré quién escribió la alta sentencia
que hundió al egipcio y destruyó al hebreo,
qué ilumina las cumbres de Sodoma,
derriba a Grecia y aniquila a Roma.
Sabré mejor que el sabio más profundo
de la historia del orbe tantos hechos,
porque en los pobres libros contrahechos
mientras estudio más, más me confundo;
penetraré las leyes de este mundo,
la esencia de los seres, sus derechos,
lo que son, lo que fueron, lo que esperan
nacidos, por nacer, y cuando mueran.
Sabré por qué tu espíritu se esconde,
por qué rodar nos haces en la esfera,
qué pretendes hacer con tal carrera,
y cómo nos impulsas y hacia dónde:
por qué girar al sol nos corresponde,
por qué su luz la luna reverbera,
por qué tienes volcanes encendidos,
por qué tienes los mares extendidos.
Por qué al par de Jesús nace Mahoma,
por qué alientas entrambas religiones,
por qué arde entre diversas oraciones
y en diferente altar distinto aroma:
qué das al que la cruz sagrada toma,
del de la media luna qué dispones,
quiénes te desconocen o te entienden
quiénes los que te adoran o te ofenden.
Allá sabré también por qué nacimos
débiles y sencillas las mujeres,
y si el premio de tantos padeceres
habremos de lograr cuando morimos.
Allá sabré si destinadas fuimos
al duro yugo de los otros seres,
y si has dispuesto tú las leyes graves
que no puedo decir y que tú sabes.
Allá sabré también por qué deliro,
y la oculta razón de mi tristeza;
por qué abrasada siento mi cabeza,
por qué lloro, Señor, por qué suspiro,
por qué cuando tu hermoso cielo miro
ansiosa de tu gloria y tu grandeza,
olvido de la tierra cuanto amo
y llévame contigo, Señor, clamo.
Si comparando el mundo, éste de penas,
su injusticia, su error, nuestras pasiones
con el bello existir de esas regiones
pacíficas, hermosas y serenas,
anhelamos romper nuestras cadenas,
elevamos a ti los corazones,
y de tus brazos al paterno abrigo
me quiero refugiar yendo contigo.
Si quiero descansar, hallar consuelo,
quiero verte, Señor, yo no vacilo;
¿dónde hallaré más dulce y más
tranquilo
amor, y más placeres que en el cielo?
o si te place mi virgíneo velo,
si digna soy de tu celeste asilo,
no me dejes aquí desconsolada
y llévame contigo a tu morada.
Carolina Coronado
Nada Resta De Ti
te tragaron los monstruos de los mares.-
No quedan en los fúnebres lugares
ni los huesos siquiera de ti mismo.
Fácil de comprender, amante Alberto,
es que perdieras en el mar la vida,
mas no comprende el alma dolorida
como yo vivo cuando tú ya has muerto.
¡¡Darnos la vida a mí y a ti la muerte;
darnos a ti la paz y a mí la guerra,
dejarte a ti en el mar y a mí en la tierra
es la maldad más grande de la suerte!!...
Carolina Coronado
¡no Hay Nada Más Triste Que El Último Adiós!
y al fin se separan en vida los dos.
¿Sabéis que es tan grande la pena sentida
que nada hay más triste que el último adiós!
En esa palabra que breve murmuran,
en ese gemido que exhalan los dos,
ni verse prometen, ni amarse se juran,
que en esa palabra se dicen ¡adiós!
No hay queja más honda, suspiro más largo
que aquella palabra que dicen los dos:
el alma se entrega a horrible letargo;
la vida se acaba diciéndose ¡adiós!
Al fin ha llegado la muerte en la vida,
y al fin para entrambos morimos los dos;
al fin ha llegado la hora cumplida,
la hora más triste... el último ¡adiós!
Ya nunca en la vida, gentil compañero,
ya nunca volvemos a vernos los dos;
por eso es tan triste mi acento postrero,
que nada hay más triste que el último ¡adiós!
Carolina Coronado
Adiós, España, Adiós
al suelo americano
que para siempre, hermano,
nos separa a los dos,
a orilla de los mares
detente ¡ay!, un momento
y di con triste acento
¡adiós, España, adiós!
Cuando tus claros ojos
fijes de nuestra España
en la postrer montaña
que el buque deje en pos,
tendiendo entrambos brazos
allá desde el navío,
exclama, hermano mío,
¡adiós, España, adiós!
Cuando sola una sombra
divises de este suelo
donde ha querido el cielo
nos viésemos los dos,
dando postrer mirada
a mi rincón lejano,
aunque llores, hermano,
di «¡Carolina, adiós!»
Carolina Coronado
Siempre Tú
del sol los melancólicos fulgores
cuando en mi corazón de tus amores
el acento primero resonaba.
El segundo diciembre se acercaba
trayendo para mí nieblas mayores
que a merced de los vientos bramadores
tu nave en el Atlántico bogaba.
Y el diciembre tercero aparecía
templado, alegre como el mayo hermoso
y eras tú mi suspiro todavía.
El cuarto arrebatado, tempestuoso,
vino a robarme la ventura mía
¡ay! mas no a dar a mi pasión reposo.
Carolina Coronado
Al Mismo Asunto
llora su bello y muerto compañero,
y ensordece la muda
selva, con su gemido lastimero.
Gime sobre la encina
donde arrulló su amigo antes con ella,
la luna peregrina
pasó, y oyó tres veces su querella.
El cierzo se levanta
y sacude los árboles del monte,
y ni el cierzo la espanta
ni la lluvia que anega el horizonte.
Primero que olvidada
su pena, ha de asordar la selva muda;
que es fiel enamorada
la tierna melancólica viuda.
Y era su compañero
como ella amante, hermoso como el día,
y su volar ligero
por el valle a la tórtola seguía.
Solitarias amadas,
vagasteis con la luz por los collados,
y en la sombra, apartadas
os vi, sobre los troncos elevados,
Y tú el cuello escondías
entre las plumas de sus alas bellas,
y a su arrullo dormías
amoroso, al venir de las estrellas
¡Ay tortolilla viuda!
¡Llora tu bello y tierno compañero,
y ensordece la muda
selva con tu gemido lastimero!
Que el fiero azor en tanto
su vuelo sesgo sobre ti avecina,
y ya escucho tu canto
ahogado en la garganta peregrina
El seno que golpeas,
a tu esposo llamando tiernamente,
entre sus garras feas
será regalo de su pico hendiente.
Mas ¡ay triste y viuda
tórtola! si murió tu bello amante,
¿qué importa que a ti acuda
y rompa azor tu seno palpitante?
Carolina Coronado
Mérida
sin fuerzas yace, quebrantada llora
y sola y olvidada
en su tristeza ahora,
la que opulenta fue, grande y señora!
¡Cómo yace abatida
Emérita infeliz, ya su cabeza
en polvo confundida,
perdida su belleza,
perdido el esplendor y la grandeza!
La que fue celebrada
en los cantos sin fin de sus guerreros,
sólo escucha humillada
de búhos agoreros
los clamorosos ecos lastimeros.
¡Ay Dios, que en torno de ella
los tristes ojos con dolor vagaron,
y sólo amarga huella
de los siglos hallaron,
que su brillo y beldad en pos llevaron!
Allí el pasado brío
restos de gloria en soledad revelan,
que en ademán sombrío
entre el escombro velan
sombras livianas, que a su pie revuelan.
Y el arco majestoso
de Trajano, en los siglos venerado,
allí, inmoble coloso,
el cuerpo descarnado
y la atezada faz levanta airado.
Mas ¡ay! que ni las huellas
de los soberbios templos se salvaron,
ni ceniza de aquellas
torres que se ostentaron,
y a la matrona bella coronaron.
Allá bajo la puente,
de otra edad más feliz reliquia anciana,
camina lentamente
por la vereda llana
el perezoso y lánguido Guadiana.
«¡Emérita!» murmura
el onda gemidora lamentando
su triste desventura,
y el polvo recalando,
y los cimientos lúgubres bañando.
Anciano compañero,
testigo fue de sus pasadas glorias,
arrulló lisonjero
sus triunfos y victorias,
y ora lamenta el fin de sus historias.
A su orilla callada
venid vosotros, que pulsáis divinos
la cítara sagrada,
y los campos vecinos
llenad de vuestros cantos peregrinos.
De Emérita olvidada
cantad, poetas, con sentido acento
la suerte desdichada,
y el fúnebre lamento
hiera las aguas y lastime el viento.
Belén Reyes
Gloria Fuertes Que Estás En Los Cielos
Con el Dios del anciano del parque,
con el Dios que tejiste en tus versos...
Con el dios que te hizo payaso
Gloria Fuertes que estás en los cielos...
Gloria Fuertes que estás en los niños
En los hombres y mujeres del pueblo.
Gloria Fuertes que un mes de noviembre
Te escapaste sin boli y cuaderno.
Gloria Fuertes que estás donde Philips
Donde Chelo, Asunción y otros muertos
Gloria Fuertes que ya sabes todo
Lo que pasa después del silencio
Gloria Fuertes que estás en mi vida
Te has llevado un buen trozo del pecho.
Gloria Fuertes que estás donde sea..
No me basta la voz del recuerdo...
Yo te quiero en tu casa y tus cosas
Con un wiskhy un pitillo y un verso.