Poemas en este tema

Muerte y Luto

Julián del Casal

Julián del Casal

Ante El Retrato De Juana Samary

Nunca te conocí, mas yo te he amado
Y, en mis horas amargas de tristeza,
Tu imagen ideal he contemplado
Extasiándome siempre en su belleza.

Aunque en ella mostrabas la alegría
Que reta a los rigores de la suerte,
Detrás de tus miradas yo advertía
El terror invencible de la muerte.

Y no te amé por la sonrisa vana
Con que allí tu tristeza se reviste;
Te amé, porque en ti hallaba un alma hermana,
Alegre en lo exterior y dentro triste.

Hoy ya no atraes las miradas mías
Ni mi doliente corazón alegras,
En medio del cansancio de mis días
O la tristeza de mis noches negras;

Porque al saber que de tu cuerpo yerto
Oculta ya la tierra tus despojos,
Siento que algo de mí también ha muerto
Y se llenan de lágrimas mis ojos.

¡Feliz tú que emprendiste el raudo vuelo
Hacia el bello país desconocido
Donde esparce su aroma el asfodelo
Y murmura la fuente del olvido!

Igual suerte en el mundo hemos probado,
Mas ya contra ella mi dolor no clama:
Si tú nunca sabrás que yo te he amado
Tal vez yo ignore siempre quién me ama.
416
Julián del Casal

Julián del Casal

Tras Una Enfermedad

Ya la fiebre domada no consume
El ardor de la sangre de mis venas,
Ni el peso de sus cálidas cadenas
Mi cuerpo débil sobre el lecho entume.

Ahora que mi espíritu presume
Hallarse libre de mortales penas,
Y que podrá ascender por las serenas
Regiones de la luz y del perfume,

Haz, ¡oh, Dios!, que no vean ya mis ojos
La horrible Realidad que me contrista
Y que marche en la inmensa caravana,

O que la fiebre, con sus velos rojos,
Oculte para siempre ante mi vista
La desnudez de la miseria humana.
547
Julián del Casal

Julián del Casal

A Un Crítico

Yo sé que nunca llegaré a la cima
Donde abraza el artista a la Quimera
Que dotó de hermosura duradera
En la tela, en el mármol o en la rima;

Yo sé que el soplo extraño que me anima
Es un soplo de fuerza pasajera,
Y que el Olvido, el día que yo muera,
Abrirá para mí su oscura sima.

Mas sin que sienta de vivir antojos
Y sin que nada mi ambición despierte,
Tranquilo iré a dormir con los pequeños,

Si veo fulgurar ante mis ojos,
Hasta el instante mismo de la muerte,
Las visiones doradas de mis sueños.
555
Julián del Casal

Julián del Casal

Paisaje Espiritual

Perdió mi corazón el entusiasmo
Al penetrar en la mundana liza,
Cual la chispa al caer en la ceniza
Pierde el ardor en fugitivo espasmo.

Sumergido en estúpido marasmo
Mi pensamiento atónito agoniza
O, al revivir, mis fuerzas paraliza
Mostrándome en la acción un vil sarcasmo.

Y aunque no endulcen mi infernal tormento
Ni la Pasión, ni el Arte, ni la Ciencia,
Soporto los ultrajes de la suerte,

Porque en mi alma desolada siento,
El hastío glacial de la existencia
Y el horror infinito de la muerte.
700
Julián del Casal

Julián del Casal

A Mi Madre

No fuiste una mujer, sino una santa
Que murió de dar vida a un desdichado,
Pues salí de tu seno delicado
Como sale una espina de una planta.

Hoy que tu dulce imagen se levanta
Del fondo de mi lóbrego pasado,
El llanto está a mis ojos asomado,
Los sollozos comprimen mi garganta

Y aunque yazgas trocada en polvo yerto,
Sin ofrecerme bienhechor arrimo,
Como quiera que estés siempre te adoro,

Porque me dice el corazón que has muerto
Por no oírme gemir, como ahora gimo,
Por no verme llorar, como ahora lloro.
630
Julián del Casal

Julián del Casal

Elena

Luz fosfórica entreabre claras brechas
En la celeste inmensidad, y alumbra
Del foso en la fatídica penumbra
Cuerpos hendidos por doradas flechas;

Cual humo frío de homicidas mechas
En la atmósfera densa se vislumbra
Vapor disuelto que la brisa encumbra
A las torres de Ilión, escombros hechas.

Envuelta en veste de opalina gasa,
Recamada de oro, desde el monte
De ruinas hacinadas en el llano,

Indiferente a lo que en torno pasa,
Mira Elena hacia el lívido horizonte
Irguiendo un lirio en la rosada mano.
525
Julián del Casal

Julián del Casal

Prometeo

Bajo el dosel de gigantesca roca
Yace el Titán, cual Cristo en el Calvario,
Marmóreo, indiferente y solitario,
Sin que brote el gemido de su boca.

Su pie desnudo en el peñasco toca
Donde agoniza un buitre sanguinario
Que ni atrae su ojo visionario
Ni compasión en su ánimo provoca.

Escuchando el hervor de las espumas
Que se deshacen en las altas peñas,
Ve de su redención luces extrañas,

Junto a otro buitre de nevadas plumas,
Negras pupilas y uñas marfileñas
Que ha extinguido la sed en sus entrañas.
630
Julián del Casal

Julián del Casal

La Aparición

Nube fragante y cálida tamiza
El fulgor del palacio de granito,
Ónix, pórfido y nácar. Infinito
Deleite invade a Herodes. La rojiza

Espada fulgurante inmoviliza
Hierático el verdugo, y hondo grito
Arroja Salomé frente al maldito
Espectro que sus miembros paraliza.

Despójase del traje de brocado
Y, quedando vestida en un momento,
De oro y perlas, zafiros y rubíes,

Huye del Precursor decapitado
Que esparce en el marmóreo pavimento
Lluvia de sangre en gotas carmesíes.
646
Julián del Casal

Julián del Casal

La Agonía De Petronio

LA AGONÍA DE PETRONIO


A Francisco A. de Icaza



Tendido en la bañera de alabastro

Donde serpea el purpurino rastro

De la sangre que corre de sus venas,

Yace Petronio, el bardo decadente,

Mostrando coronada la ancha frente

De rosas, terebintos y azucenas.


Mientras los magistrados le interrogan,

Sus jóvenes discípulos dialogan

O recitan sus dáctilos de oro,

Y al ver que aquéllos en tropel se alejan

Ante el maestro ensangrentado dejan

Caer las gotas de su amargo lloro.


Envueltas en sus peplos vaporosos

Y tendidos los cuerpos voluptuosos

En la muelle extensión de los triclinios,

Alrededor, sombrías y livianas,

Agrúpanse las bellas cortesanas

Que habitan del imperio en los dominios.


Desde el baño fragante en que aún respira,

El bardo pensativo las admira,

Fija en la más hermosa la mirada

Y le demanda, con arrullo tierno,

La postrimera copa de falerno

Por sus marmóreas manos escanciada.


Apurando el licor hasta las heces,

Enciende las mortales palideces

Que oscurecían su viril semblante,

Y volviendo los ojos inflamados

A sus fieles discípulos amados

Háblales triste en el postrer instante,


Hasta que heló su voz mortal gemido,

Amarilleó su rostro consumido,

Frío sudor humedeció su frente,

Amoratáronse sus labios rojos,

Densa nube empañó sus claros ojos,

El pensamiento abandonó su mente.


Y como se doblega el mustio nardo,

Dobló su cuello el moribundo bardo,

Libre por siempre de mortales penas,

Aspirando en su lánguida postura

Del agua perfumada la frescura

Y el olor de la sangre de sus venas.

648
Julián del Casal

Julián del Casal

A Los Estudiantes

Víctimas de cruenta alevosía,
Doblasteis en la tierra vuestras frentes,
Como en los campos llenos de simientes
Palmas que troncha tempestad bravía.

Aún vagan en la atmósfera sombría
Vuestros últimos gritos inocentes,
Mezclados a los golpes estridentes
Del látigo que suena todavía.

¡Dormid en paz los sueños postrimeros
En el seno profundo de la nada,
Que nadie ha de venir a perturbaros;

Los que ayer no supieron defenderos
Sólo pueden, con alma resignada,
Soportar la vergüenza de lloraros!
588
Julián del Casal

Julián del Casal

Post Umbra

Cuando yo duerma, solo y olvidado,
Dentro de oscura fosa,
Por haber en tu lecho malgastado
Mi vida vigorosa;

Cuando en mi corazón, que tuyo ha sido,
Se muevan los gusanos
Lo mismo que en un tiempo se han movido
Los afectos humanos;

Cuando sienta filtrarse por mis huesos
Gotas de lluvia helada,
Y no me puedan reanimar tus besos
Ni tu ardiente mirada;

Una noche, cansada de estar sola
En tu alcoba elegante,
Saldrás, con tu belleza de española,
A buscar otro amante.

Al verte mis amigos licenciosos
Tan bella todavía,
Te aclamarán, con himnos estruendosos,
La diosa de la orgía.

Quizá alguno, ¡oh, bella pecadora!,
Mirando tus encantos,
Te repita, con voz arrulladora
Mis armoniosos cantos;

Aquellos en que yo celebré un día
Tus amores livianos,
Tu dulce voz, tu femenil falsía,
Tus ojos africanos.

Otro tal vez, dolido de mi suerte
Y con mortal pavura,
Recuerde que causaste tú mi muerte,
Mi muerte prematura.

Recordará mi vida siempre inquieta,
Mis ansias eternales,
Mis sueños imposibles de poeta,
Mis pasiones brutales.

Y, en nuevo amor tu corazón ardiendo,
Caerás en otros brazos,
Mientras se esté mi cuerpo deshaciendo
En hediondos pedazos.
778
Julián del Casal

Julián del Casal

El Anhelo De Una Rosa

EL ANHELO DE UNA ROSA

A Manuel de la Cruz


Yo era la rosa que, en el prado ameno,

Abrí mi cáliz de encendida grana,

Donde vertió sus perlas la mañana,

Como en un cofre de perfumes lleno.


Del lago azul en el cristal sereno

Vi mi corola retratarse ufana,

Como ante fina luna veneciana

Ve una hermosura su marmóreo seno.


Teniendo que morir, porque el destino

Hizo que breve mi existencia fuera,

Arrojándome al polvo del camino;


Anhelo estar en mi hora postrimera,

Prendida en algún seno alabastrino

O en los rizos de oscura cabellera.

575
Julián del Casal

Julián del Casal

El Eco

Yo en la soledad he dicho:
—¿Cuándo cesará el dolor
Que me oprime noche y día?
—¡Nunca!—el eco respondió.

—¿Cómo viviré más tiempo,
En tan cruel opresión,
Cual un muerto en su sudario?
—¡Solo!—el eco respondió.

—¡Gracias, oh suerte severa!
¿Cómo de mi corazón
Acallaré los gemidos?
—¡Muere!—el eco respondió.
878
Julián del Casal

Julián del Casal

La Nube

En la fuente cristalina
De su jardín solitario,
Se baña la fiel sultana
De hermoso cuerpo rosáceo.

Ya no ocultan finas telas
De su seno los encantos,
Ni la red de hilos de oro
Sus cabellos destrenzados.

El sultán que la contempla,
Tras los vidrios del serrallo,
Dice: —«El eunuco vigila,
Yo solo la veo en el baño».

—«Yo también, —dice una nube
Que cruza el azul espacio—,
Veo su cuerpo desnudo
De mil perlas inundado».

Pálido Achmed, cual la Luna,
Toma el puñal en su mano
Y mata a la favorita...
Cuando la nube ha volado.
700
Julián del Casal

Julián del Casal

Amor En El Claustro

Al resplandor incierto de los cirios

Que, en el altar del templo solitario,

Arden, vertiendo en las oscuras naves

Pálida luz que, con fulgor escaso,

Brilla y se extingue entre la densa sombra;

En medio de esa paz y de ese santo

Recogimiento que hasta el alma llega;

Allí, do acude el corazón llagado

A sanar sus heridas; do renace

La muerta fe de los primeros años;

Allí, do un Cristo con amor extiende

Desde la cruz al pecador sus brazos;

De fervorosa devoción henchida,

El níveo rostro en lágrimas bañado,

La vi postrada ante el altar, de hinojos,

Clemencia a Dios y olvido demandando.


De sus mórbidas formas, el ropaje

Adivinar dejaba los encantos,

Como las sombras de ondulante nube

De blanca luna el ambarino rayo.

Sus ebúrneas mejillas transparentes

Conservaban aún el sonrosado

Tinte que ostentan las camelias blancas,

Al florecer en la estación de Mayo.

Brotaba de sus labios el aroma

De las fragantes flores del naranjo,

Y, en actitud angélica, elevaba

Hacia el Señor las suplicantes manos.


Cuando el reloj que asoma por la parda

Torre del gigantesco campanario,

Puebla el aire de acordes vibraciones,

Hiriendo el duro bronce, acompasado,

Para anunciar la misteriosa hora

De medianoche a los mortales; cuando

Las castas hijas del Señor reposan

En apacible sueño; y, solitario,

Pavor infunde al ánimo atrevido,

Con su imponente gravedad el claustro;

Ella entonces las naves atraviesa

Envuelta en negro, vaporoso manto,

Y se prosterna, con fervor ardiente,

Ante el altar del Dios crucificado.

Allí contrita reza: ¡reza y llora!

Mas ¿por quién vierte tan copioso llanto?

¿Es porque mira de la cruz pendiente

Tu cuerpo moribundo, ensangrentado,

Salvador inmortal? ¿Es que te pide

Perdón para sus culpas? ¿Será acaso

Que, en pugna lo divino y lo terreno

En su alma virginal, triunfa, del santo

Amor a que la ardiente fe la inclina,

El terrenal amor nunca olvidado?


¿Quién lo puede saber? Y ¿quién penetra

Del corazón el insondable arcano?

¿Quién puede descender hasta ese abismo

Donde se mezclan el placer y el llanto?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .


Mas... ¡escuchad! Con voz dulce y sentida

Deja escapar de sus divinos labios

Esta plegaria que a los cielos sube

Bajo las formas de armonioso canto:


—«Cuando el aura de amor embalsamaba

De mi vida las quince primaveras

Y, en mi mente febril, revoloteaba

Áureo enjambre de fúlgidas quimeras;


»Cuando la juventud y la ventura

Me prodigaban sus mejores dones,

Y al poder de mi angélica hermosura

Vi doblegarse altivos corazones;


»Cuando del mundo en el sendero, hollaba

Blandas alfombras de fragantes flores,

Y mi virgínea frente coronaba

La diadema inmortal de los amores;


»La muerte arrebató con saña impía

Aquel que, de la vida en los vergeles,

Al conquistar mi corazón un día

Conquistaba del arte los laureles.


»Yo, dando mi postrer adiós al mundo,

Te consagré la flor de mi inocencia,

Y abismada en tu amor santo y profundo

En ti busqué la paz de la existencia.


»Mas como alterna con la noche el día

Y con las tempestades la bonanza,

¡Oh Dios! alterna así en el alma mía

Con tu amor otro amor sin esperanza.


»En el día, en la noche, a cada hora

La imagen de ese amor se me presenta,

Como brillante resplandor de aurora

En mi sombría noche de tormenta.


»Es tan bella ¡Señor! de tal encanto

Revestida a mis ojos aparece,

Que anubla mis pupilas triste llanto

Si alguna vez en sombras desparece.


»Haz que ese ardiente amor que me cautiva

Muera en mi corazón ¡Dios soberano!

Y que sólo en mi alma tu amor viva

Sin el consorcio del amor mundano».



Así dijo; dos lágrimas ardientes

Por sus blancas mejillas resbalaron,

Cual resbalan las gotas de rocío

Por el cáliz del lirio perfumado.

En el fondo del alma, los recuerdos

Las sombras del olvido disipando,

Hacen surgir, esplendorosa y bella,

La imagen inmortal de su adorado.

Pugna por desecharla ¡anhelo inútil!

Vuelve otra vez a orar ¡esfuerzo vano!

Que al dirigir sus encendidos ojos

Al altar que sostiene al Cristo santo,

Aun a través del mismo crucifijo

Aparece la imagen de su amado.

695
Jaime Torres Bodet

Jaime Torres Bodet

Continuidad Ix

¿Ni cuándo?... Sí, lo sé. Cuando recoja
de la ceniza que en tu hogar remuevo
esa indulgencia inmune a la congoja
que, al fuego del dolor, pongo y atrevo.

Cuando, de la materia que me aloja
y cuyo fardo en las tinieblas llevo,
como del fruto que la edad despoja,
anuncie la semilla el fruto nuevo;

cuando de ver y de sentir cansado
vuelva hacia mí los ojos y el sentido
y en mí me encuentre gracias a tu ausencia,

entonces naceré de tu pasado
y, por segunda vez, te habré debido
—en una muerte pura— la existencia.
692
Jaime Torres Bodet

Jaime Torres Bodet

Continuidad Vii

Y sin embargo, entre la noche inmensa
con que me ciñe el luto en que te imploro,
aflora ya una luz en cuyo azoro
una ilusión de aurora se condensa.

No es el olvido. Es una paz más tensa,
una fe de acertar en lo que ignoro;
algo -tal vez- como una voz que piensa
y que se aísla en la unidad de un coro.

Y esa voz es mi voz. No la que oíste,
viva, cuando te hablé, ni la que al fino
metal del eco ajustará en su engaste,

sino la voz de un ser que aún no existe
y al que habré de llegar por el camino
que con morir tan sólo me enseñaste.
884
Jaime Torres Bodet

Jaime Torres Bodet

Continuidad V

Porque no es la muerte orilla clara,
margen visible de invisible río;
lo que en estos momentos nos separa
es otro litoral, aun más sombrío.

Litoral de la vida. Tierra avara
en cuyo negro polvo ávido y frío,
del naufragio que en ti me desampara
inútilmente busco un resto mío.

Es tu presencia en mí la que me impide
recuperar la realidad que tuve
sólo en tu corazón, cuando latía.

Por eso la existencia nos divide
tanto más cuanto más tiempo en mi alma sube
la vida en que tu muerte se confía.
694
Jaime Torres Bodet

Jaime Torres Bodet

Continuidad Vi

Sí, cuanto más te imito, más advierto
que soy la tenue sombra proyectada
por un cuerpo en que está mi ser más muerto
que el tuyo en la ficción que lo anonada.

Sombra de tu cadáver inexperto,
sombra de tu alma aún poco habituada
a esa luz ulterior a la que he abierto
otra ventana en mí, sobre otra nada...

Con gestos, con palabras, con acciones,
creía perpetuarte y lo que hago
es lentamente, en todo, deshacerte.

Pues para la verdad que me propones
el único lenguaje sin estrago
es el silencio intacto de la muerte.
705
Jaime Torres Bodet

Jaime Torres Bodet

Continuidad Iv

Aunque si nada en mi interior te altera,
todo —fuera de mí— te transfigura
y, en ese tiempo que a ninguno espera,
vas más de prisa que mi desventura.

Del árbol que cubrió tu sepultura
quisiera ser raíz, para que fuera
abrazándote a cada primavera
con una vuelta más, lenta y segura.

Pero en la soledad que nos circunda
ella te enlaza, te defiende, te ama,
mientras que yo tan sólo te recuerdo.

Y, al comparar su terquedad fecunda
con la impaciencia en que mi amor te llama,
siento por vez primera que te pierdo.
625
Jaime Torres Bodet

Jaime Torres Bodet

Continuidad Ii

Me toco... Y eres tú. Palpo en mi frente
la forma de tu cráneo. Y, en mi boca,
es tu palabra aún la que consiente
y es tu voz, en mi voz, la que te invoca.

Me toco... Y eres tú la que me toca.
Es tu memoria en mí la que te siente;
ella quien, con mis lágrimas, te evoca;
tú la que sobrevives; yo, el ausente.

Me toco... Y eres tú. Es tu esqueleto
que yergue todavía el tiempo vano
de una presencia que parece mía.

Y nada queda en mí sino el secreto
de este inmóvil crepúsculo inhumano
que al par augura y desintegra el día.
737
Jaime Torres Bodet

Jaime Torres Bodet

Nocturno Iv

Hecho de nada soy, por nada aliento;
nada es mi ser y nada mi sentido
y, muerto, no seré más que —al oído—
un roce de hojas muertas en el viento...

A nada me negué. De nada exento
—pasión, fiebre o virtud— he persistido,
y de esa misma nada envejecido
sombra de sombras es mi pensamiento.

Pero si nada di, nada he pedido
y, si de nada soy, a nada intento:
espectador no más de lo que he sido.

Como inventé el nacer, la muerte invento
y, sin otro epitafio que el olvido,
a la nada me erijo en monumento.
852
Jaime Torres Bodet

Jaime Torres Bodet

Regreso Iv

Por esa fina herida silenciosa
que siquiera da paso a la agonía,
¡ay! entra, muerte, en mí, como la guía
de la hiedra que el sol prende en la losa.

Abre —¡aunque sea así!— la última rosa
en que tu fuerza adulta se extasía,
ansia de ya no ser, llama tan fría
que a su lado la luz parece umbrosa.

Rompe la plenitud, la simetría,
el basalto en que acaba toda cosa
que dura más de lo que tarda el día;

y, arrancándome al tedio que me acosa,
envuélveme en tu vértigo, alegría,
¡afirmación total, muerte dichosa!
568
Jaime Torres Bodet

Jaime Torres Bodet

Regreso Iii

¡Espejo, calla! Y tú, que en el furtivo
recuerdo el filo de la voz bisela,
eco, responde sin palabra. Y vela
porque en tu ausencia al menos esté vivo...

Del mármol con que el ocio me encarcela
quiero en vano extraer un brazo esquivo
hacia ese blando mundo infinitivo
en que todo está aún y todo vuela.

Estatua soy donde caí torrente,
donde canto pasé, silencio duro
y, donde llama ardí, ceniza esparzo.

Nada me afirma y nada me desmiente.
Sólo tu golpe, corazón oscuro,
a fuerza de latir agrieta el cuarzo.
616