Poemas en este tema

Recuerdos y Memorias

Enrique Lihn

Enrique Lihn

Pena De Extrañamiento

No me voy de esta ciudad con la resignación de los visitantes en
tránsito
Me dejo atar, fascinado por ella
a los recuerdos del presente:
cosas que no tuvieron, por definición, un futuro pero que,
ciertamente, llegaron a envejecer, pues las dejo a sabiendas de que
son, talvez, las últimas elaboraciones del deseo, los caprichos
lábiles que preanuncian la vejez.

En una barraca, cerca de Nueva York, el martillero liquidó el
saldo de su negocio —un stock de fotografías antiguas—
ofreciéndolas a gritos en medio de la risotada de todos:
"Antepasados instantáneos", por unos centavos
Esos antepasados eran los míos, pues aunque los adquirí a
vil precio no tardaron, sin duda, en obligarme a la emoción ante
el puente de Brooklyn
como si Manhattan, que se enorgullece de volatilizar el pasado
conservándolo en el modo de la instigación a desafiarlo
fuera mi ciudad natal y yo el hijo de esos antiguos vecinos de los que
la voz gutural hace irrisión, y el martillo.

No me voy de esta ciudad sin haber amado aquí
a la mujer que conocí y no conocí ni haber agotado la
vida conyugal
reflotando en el negocio de plantas o antigüedades.

La isla dispone de fantasmas artificiales con que llenar los huecos de
la contra-historia
Ellos ocupan en la memoria, con la naturalidad que ésta se
perite en relación a la nada
el lugar de los verdaderos ausentes: caras que vi en las bouffoneries
del Soho directement angeliques: esas muchachas caídas de la
luna a la nieve
vestidas de pierrot y sus acompañantes andróginos
fueron y no fueron mis amigos de juventud
Se congelan lágrimas que son de frío
pero que memorizan, asimismo, a John Lennon
Reconozco la nieve de antaño, que cae
sobre Blecker Street en este día acrónico
mientras se hace de noche a la velocidad simultánea del vuelo de
un murciélago
y pasan películas de mi tiempo en mi barrio.

Como si me retuviera algún negocio en la ciudad
veo a Cary Grant e Irene Dunne
que acaban de morir en una vieja comedia
víctimas del capricho de uno de los primeros automóviles
deportivos (la máquina del glamour)
Sigo sus apariciones y desapariciones
—una cita de Meliès en la magia blanca y sonora de Hollywood—
la sorpresa de esta pareja se espejea en ellos- los transparentes- por
gracia del celuloide.

Como mis propios fantasmas, esos figurines inverosímiles
evocan, de manera en sí misma realista, alguna época
acrónica de lo imaginario
Son los antepasados instantáneos de los deseos que provocan
en la inocencia total de sus reencarnaciones o desplazamientos
desde su absoluta lejanía en blanco y negro
El beso final no ocurre en la pantalla
sino entre la pantalla y la media luz de la sala
un corte insubsanable en que se juntan y se besan el presente y el
pasado: labios incompatibles que ninguna comedia puede reunir.

Lo que me ata a la ciudad es todavía más irreal que ese
beso blanco, que connota glamour, escrito en la luz centelleante
(el placer del ojo en el paraíso de la visión artificial)
Haciendo el reconocimiento de cómo es lo que no es hic el nunc,
en el Blecker Cinema
Esta ciudad no existe para mí y yo no existo para ella
allí, en ese punto en que los tiempos convergen bajo la especie
de la Duración
Existe para mí, en cambio, en la medida en que logro
destemporizarla desalojarla
por unos contrasegundos, de la convención que marca el reloj
con sus pasitos de gato en la rutina del living
Trabajo que Hércules no se soñaba en franca competencia
con la Meditación Trascendental
Si yo lo consiguiera, sentiría apoyarse desaprensivamente en mi
brazo (el de Cary Grant) la mano enguantada
pronta a desaparecer, de una muerta: Irene Dunne
—frisson nouveau— y entre la pantalla y la media luz de la sala
(borrado ya del tiempo el día de mi partida: dos de enero de mil
novecientos ochenta y uno)
Se tocarían (no) como para cualesquiera de los espectadores
—gatos descongelados en el invierno de Nueva York—
pasado, presente y futuro
en una unidad de medida que reúna esos tiempos incompatibles
para ellos y para mí, pero no para ellos: los veros vecinos de
Washington Square.
A diferencia mía ellos permanecerán, de hecho, en la
ciudad, con el aval de sus antepasados a quienes, a lo mejor, pusieron
en subasta por unos centavos
y que yo mismo adquirí en una barraca.

De una memoria de la que mi memoria se hace cargo
en la borrada fecha del dos de enero, mi cuerpo tomará el
avión para hacer, en los meros hechos, de algunas calles cuyos
nombres ya no recuerdo
y de ciertos rincones que nadie volverá a ver
recuerdos sin objeto ni sujeto
Eso en lo que concierte a mi cuerpo, mientras el invisible ciudadano de
esos rincones y esas calles
tan innotorio como lo son, al fin y al cabo, entre sí
diez millones de habitantes
seguirá aquí, delegado por la memoria
que llega a la aberración y toma entonces
no sólo la forma de mi sombra:
mi existencia hecha de algo que se le parezca
Ese doble abrirá en mí un hueco que yo mismo no
podría llenar con las anotaciones de mi diarios de viajes
No me proporcionará los estímulos a los que necesite
responder cuando me pregunten en mi pueblo por la Megalópolis
Vivirá en mí de ella, simplemente, como el huésped
del mesonero coadyuvando a que mi vida sea
una versión del discours sur le peu de realité
Porque la realidad estará allí donde ese parásito
del ser se pasee gozando de su inanidad
en tanto miseria sonora de estos versos y más allá del
lenguaje y de la vida que me sustraiga mañana cuando como un
cuerpo sin la mitad de su alma
despojado del terror que fascina, habite
en cualesquiera de esas medio-ciudades, defectuosas copias de Manhattan
y, por lo tanto, ruinas -nuestros nidos- antes, después y
durante su construcción algunos de mis puntos de destino cuando
me vaya y no me vaya de aquí.
777
Enrique Lihn

Enrique Lihn

Álbum

La claridad del día ya no es más
que el parpadeo de un ciego que se orienta por el sol
que el encuentro de la memoria y el álbum de la familia.

Nos orientamos hacia una falsa claridad memoriosa
y el sol de este verano es una cosa de ciegos,
pero el sueño lo sabe: estaríamos allí
si el último día no fuera sólo un día entre
otros.
824
Enrique Lihn

Enrique Lihn

Mayor

El hijo único sería el mayor de sus hermanos
y en su orfandad algo tiene de eso
que se entiende por la palabra mayor. Como si también ellos
hubieran muerto
sus imposibles hermanos menores.
Mucho más riguroso que el luto repartido
es el suyo: la muerte lo cortó a su medida,
lo cosió, lenta, con extrema finura
mientras el padre se iba transfundiendo en el hijo,
lo envejecía a fuerza de crearlo a su imagen
-niño otra vez el hombre, hombre otra vez el niño--
en noches tan oscuras como el luto que llevan.

Y el hijo tiene algo de un hermano mayor
como si lo rodeáramos, nonatos, mientras él nace por
segunda vez
a una vida más grave que la nuestra.
Alguien se mira en él con los ojos cerrados,
gravita su silencio
sobre nuestras palabras sin objeto.
735
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Los Ruidos Del Alba

Te repito que descubrí el silencio
aquella lenta tarde de tu nombre mordido,
carbonizado y vivo
en la gran llama de oro de tus diecinueve años.
Mi amor se desligó de las auroras
para entregarse todo a tu murmullo,
a tu cristal murmullo de madera blanca incendiada.

Es una herida de alfiler sobre los labios tu recuerdo,
y hoy escribí leyendas de tu vida
sobre la superficie tierna de una manzana.

Y mientras todo eso,
mis impulsos permanecen inquietos,
esperando que se abra una ventana para seguirte
o estrellarse en el cemento doloroso de las banquetas.
Pero de las montañas viene un ruido tan frío
que recordar es muerte y es agonía el sueño.

Y el silencio se aparta, temeroso
del cielo sin estrellas,
de la prisa de nuestras bocas
y de las camelias y claveles desfallecidos.
1.181
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Elegía

ELEGÍA


Ahora te soñé, así como eras: sin deslices en la voz,

con inmóviles sombras en los brazos

y tus genitales segundos de estatua.

Así como eres todavía: copiándote a ti misma,

cuando no eres ya sino la espuma de tu propia vida.


Bien te sentí en mi sueño como verso divinizado.

Mi tristeza no cabía en el fondo de mi dolor

y fue a manchar la noche de violeta.


El propio ruido de tus piernas habría despertado

los estanques, los recuerdos que a veces olvidamos en los huecos de los
jardines,

las horas que nunca fueron más allá

de donde hoy se desangran segundo por segundo,

el silencio de muchas ventanas,

antiguos y pulidos razonamientos, montañas de destinos.


De un seno tuyo al otro sollozaba un poco de ternura.


Anoche te soñé y no puedo decirte mañana mi secreto

-porque el amor es un magnífico manzano

con frutos de metal envueltos en piel de inteligencia,

con hojas que recuerdan gravemente el futuro

y raíces como brazos sumidos en una nieve de santidad-

la misma ruta de mis dedos no podría encontrarte

ahí donde te guardas tan perfecta.

Yo no sabría elegir sino violentamente mi presencia:

te llenaría de asombro; acaso tu memoria no me crea.

Mi fatiga te gritaría un absoluto amor.

Por el cristal de aumento de la luna

la sonrisa de Dios estallaría.


Y mi cuerpo se deshace en gotas de mañana.

743
Ernesto Cardenal

Ernesto Cardenal

Epigrama

La persona
más proxima
a mí

eres tú
a la que
sin embargo

no veo
hace tanto tiempo

más que en sueños.
846
Ernesto Cardenal

Ernesto Cardenal

Epigrama

Viniste a visitarme
en sueños

pero el vacío
que dejaste cuando
te fuiste

fue realidad
861
Ernesto Cardenal

Ernesto Cardenal

Epigrama

Cuando los dorados
corteses florecieron

nosotros dos
estábamos enamorados

todavía
tienen flores
los corteses

y nosotros
ya somos
dos extraños
689
Ernesto Cardenal

Ernesto Cardenal

Epigrama

Hay un lugar junto
a la laguna de Tiscapa

—un barco debajo
de un árbol de quelite—

que tu conoces
(aquella a quien escribo

estos versos, sabrá
que son para ella)

Y tu recuerdas
aquel banco y
aquel quelite;

La luna reflejada
en la laguna de Tiscapa,

Las luces del palacio
del dictador

las ranas cantando
abajo en la laguna

Todavía está aquel
árbol de Quelite

Todavía brillan
las mismas luces;

En la laguna de Tiscapa
se refleja la luna;

Pero aquel banco
esta noche estará vacío

O con otra pareja
que no somos nosotros.
671
Ernesto Cardenal

Ernesto Cardenal

Epigrama

Todavía recuerdo
aquella calle
de faroles amarillos,
con aquella luna
llena entre los alambres
eléctricos

Y aquella estrella
en la esquina,
una radio lejana,
la torre de la merced
que daba aquellas
once:

Y la luz de oro
de tu puerta
abierta, en esa calle.
829
Duque de Rivas

Duque de Rivas

Una Antigualla De Sevilla Romance Primero El Candil

UNA ANTIGUALLA DE SEVILLA

ROMANCE PRIMERO

EL CANDIL


Al Excmo. Sr. D. Mauel Cepero.



Más ha de quinientos años,

en una torcida calle,

Que de Sevilla en el centro,

Da paso a otras principales,


Cerca de la media noche,

Cuando la ciudad más grande

Es de un grande cementerio

En silencio y paz imagen,


De dos desnudas espadas

Que trababan un combate,

Turbó el repentino encuentro

Las tinieblas impalpables.


El crujir de los aceros

Sonó por breves instantes,

Lanzando azules centellas,

Meteoro de desastres.


Y al gemido: ¡Dios me valga!

¡Muerto soy! Y al golpe grave

De un cuerpo que a tierra, vino,

El silencio y paz renacen.
* * *


Al punto una ventanilla

De un pobre casuco abren,

Y de tendones y huesos,

Sin jugo, como sin carne,


Una mano y brazo asoman,

Que sostienen por el aire

Un candil, cuyas destellos

Dan luz súbita a la calle.


En pos un rostro aparece

De gomia o bruja espantable,

A que otra marchita mano

O cubre o da sombra en parte.


Ser dijérase la muerte

Que salía a apoderarse

De aquella víctima humana

Que acababan de inmolarle,


O de la, eterna justicia,

De cuyas miradas nadie

Consigue ocultar un crimen,

El testigo formidable,


Pues a la llama mezquina,

Con el ambiente ondeante,

Que dando luz roja al muro

Dibujaba desiguales


Los tejados y azoteas

Sobre el obscuro celaje,

Dando fantásticas formas

A esquinas y bocacalles,


Se vió en medio del arroyo,

Cubierto de lodo y sangre,

El negro bulto tendido

De un traspasado cadáver.


Y de pie a su frente un hombre,

Vestido negro ropaje,

Con una espada en la mano,

Roja hasta los gavilanes.


El cual en el mismo punto,

Sorprendido de encontrarse

Bañada de luz, esconde

La faz en su embozo, y parte,


Aunque no como el culpado

Que se fuga por salvarse,

Sino como el que inocente

Mueve tranquilo el pie y grave.
* * *


Al andar, sus choquezuelas

Formaban ruido notable,

Como el que forman los dados

Al confundirse y mezclarse.


Rumor de poca importancia

En la escena lamentable,

Mas de tan mágico efecto,

Y de un influjo tan grande


En la vieja, que asomaba

El rostro y luz a la calle,

Que, cual si oyera el silbido

De venenosa ceraste,


O crujir las negras alas

Del precipitado Arcángel,

Grita en espantoso aullido,

¡Virgen de los reyes, valme!


Suelta el candil, que en las piedras

Se apaga y aceite esparce,

Y cerrando la ventana

De un golpe, que la deshace,


Bajo su mísero lecho

Corre a tientas a ocultarse,

Tan acongojada y yerta,

Que apenas sus pulsos laten,


Por sorda y ciega haber sido

Aquellos breves instantes,

La mitad diera gustosa

De sus días miserables,


Y hubiera dado los días

De amor y dulces afanes

De su juventud, y dado

Las caricias de sus padres,


Los encantos de la cuna,

Y... en fin, hasta lo que nadie

Enajena, la esperanza,

Bien solo de los mortales:


Pues lo que ha visto la abruma,

Y la aterra lo que sabe,

Que hay vistas que son peligros

Y aciertos que muerte valen.

781
Duque de Rivas

Duque de Rivas

La Vuelta Deseada Romance Primero

Entre aquellos olivares
que Torreblanca domina,
Y ciñen de un lado y otro
El camino de Sevilla,

Por un atajo atraviesa,
Para llegar más de prisa,
Una carretela verde
Con una gran baca encima;

Toda cubierta de barro,
Tableros, muelles y viga,
De barro seco y reciente
Y de tierras muy distintas.

Cuatro andaluces caballos
Que en torno lodo salpican,
En humo y sudor envueltos,
De ella presurosos tiran;

Y del postillón las voces
Con que los nombra y anima,
Del látigo los chasquidos
Que los acosan y hostigan,

El son de los cascabeles,
Y el de las ruedas que giran
Rápidas, tras sí dejando
Dos huellas no interrumpidas,

Forman estruendo confuso,
Y que viene posta avisan
A los carros y arrieros,
Que hacia un lado se desvían.

Dentro de la carretela
Un hombre aun joven, camina,
Que revuelve a todos lados
La desencajada vista.

Es Vargas: alegre torna
De su patria a las delicias,
Después de vagar seis años
Emigrado en otros climas.

Antiguos amigos halla
En cuantos objetos mira,
y en árboles, tapias, lindes,
Dulces memorias antiguas:

Lo pasado y lo presente
Anudando va, y delira
Entre esperanzas risueñas
Y entre ya pasadas dichas.
751
Dulce María Loynaz

Dulce María Loynaz

El Espejo

Este espejo colgado a la pared,
donde a veces me miro de pasada...
es un estanque muerto que han traído
a la casa.
Cadáver de un estanque es el espejo:
Agua inmóvil y rígida que guarda
dentro de ella colores todavía,
remembranzas
de sol, de sombra... —filos de horizontes
movibles, de la vida que arde y pasa
en derredor y vuelve y no se quema
nunca... —Vaga
reminiscencia que cuajó en el vidrio
y no puede volverse a la lejana
tierra donde arrancaron el estanque,
aún blancas
de luna y de jazmín, aún temblorosas
de lluvias y de pájaros, sus aguas...
Esta es agua amansada por la muerte:
Es fantasma
de un agua viva que brillara un día,
libre en el mundo, tibia, soleada...
¡Abierta al viento alegre que la hacía
bailar...! No baila
más el agua; no copiará los soles
de cada día. Apenas si la alcanza
el rayo mustio que se filtra por
la ventana.
¿En qué frío te helaron tanto tiempo
estanque vertical, que no derramas
tu chorro por la alfombra, que no vuelcas
en la sala
tus paisajes remotos y tu luz
espectral? Agua gris cristalizada,
espejo mío donde algunas veces
tan lejana
me vi, que tuve miedo de quedarme
allí dentro por siempre...Despegada
de mí misma, perdida en ese légamo
de ceniza de estrellas apagadas...
984
David Escobar Galindo

David Escobar Galindo

La Brumosa Casa

No hay para qué llamar, porque está franca
la puerta principal, de anciano cedro.
Hace un leve chirrido
al entreabrirse, a modo del lamento
de la seda graciosa que se rasga
por el imperio de las manos diestras.
Y de manos a boca está el vestíbulo
donde se alza un oscuro paragüero
de madera pulida,
frente al que un gran espejo veneciano
va guardando la historia
del día —cada día—,
que en oblicuo lenguaje de reflejos
le cuenta el tragaluz.
Una hermosísima
sala de muebles blancos, impecables,
parece estar dispuesta
para la fiel visita de la tarde,
de seguro apacible y numerosa,
aunque al ver ese espacio tan armónico
uno presiente que alguien
vendrá con la inquietud a flor del ánima,
y acaso en algún gesto sin mesura
peligren las esbeltas porcelanas,
que están por eso en sitios resguardados,
como al amparo de los imprudentes.

En contraste sutil
con el temor del hielo quebradizo,
se reparten los búcaros repletos,
sobre todo los nidos de jazmines,
de los que sube el vuelo del aroma
con timidez de pájaro extasiado.

Adentro tiemblan ruidos
de premura doméstica,
algún roce instantáneo de cristales,
una curiosa animación de lozas,
como si dedos finos aprestaran
los ofertorios del café o del vino,
según el temple de los allegados
y la tranquila veleidad del tiempo.
La luz es tenue, huraña,
repetida en cornisas y rincones,
para que se diluya entre los rostros
una gasa foliar, discreta y mágica.
Al fondo, tras la puerta transparente,
puede verse la pérgola arreglada
con un esmero de jardín nostálgico,
y más allá, la nitidez del campo
bordeado de cipreses,
altos como los negros campaniles
de una ciudad perdida en la memoria.

En el clima interior todo reposa,
como si el aire apenas recordara
que es fluido respetable;
pero al sentir la paz del hondo aliento
que adormece los pulsos de la sangre,
casi se escucha un giro de vilanos
en torno a la agonía del silencio.

Se puede entrar, entonces,
sin que se oigan los pasos.
Está abierta
la puerta, suave y sólida.
Algo impulsa hacia adentro, aunque algo frene
ese impulso sensible y poderoso.
Y es natural que haya un pavor inerme
al trasponer la línea del umbral.
Porque es antigua casa es el Olvido.
495
David Escobar Galindo

David Escobar Galindo

Devocionario (poema 226)

Despertar en lo oscuro es siempre un juego.
Se descubre el milagro de las manos.
El corazón sorprende, por lo exacto.
La sangre salta cuerda entre las sienes.
Y la memoria juega a ser delfín
en la burbuja azul de la placenta.
485
David Escobar Galindo

David Escobar Galindo

Lo Ausente No Está Ausente

Lo ausente no está ausente,
sólo apenas distante del instante.
Al poner el oído fantasioso
junto a la laminilla que separa
lo presente y lo ausente,
una vaga corriente se incorpora,
flor que surge del fondo del latido,
y así ya no es posible distinguir
lo que está y lo que estuvo,
y ya la ausencia duerme entre mis sienes
y la presencia es este don distante.
416
David Escobar Galindo

David Escobar Galindo

Guijarros De Humedad (haikús)

Cuadro impecable:
naturaleza muerta,
memoria viva.
441
David Escobar Galindo

David Escobar Galindo

Nada Es Memoria: Todo Es Invención

Nada es memoria: todo es invención.
Lo que recuerdo es lo que más invento,
porque es obra interior inesperada,
que no admite proyecto. Soy el último
retoque de mí mismo sin cesar.
Y eso me lo ha enseñado la memoria.
421
David Escobar Galindo

David Escobar Galindo

Te Pregunté: recuerdas Qué Palabras

Te pregunté: —¿Recuerdas qué palabras
te dije anoche, mientras reposábamos
después de la jornada de visitas?
Y tú me respondiste: —Era un idioma
desconocido en medio de la lluvia.
¿Recuerdas qué palabras dije yo?
419
César Vallejo

César Vallejo

Miré El Cadáver, Su Raudo Orden Visible

Miré el cadáver, su raudo orden visible
y el desorden lentísimo de su alma;
le vi sobrevivir; hubo en su boca
la edad entrecortada de dos bocas.
Le gritaron su número: pedazos.
Le gritaron su amor: ¡más le valiera!
Le gritaron su bala: ¡también muerta!

Y su orden digestivo sosteníase
y el desorden de su alma, atrás, en balde.
Le dejaron y oyeron, y es entonces
que el cadáver
casi vivió en secreto, en un instante;
mas le auscultaron mentalmente, ¡y fechas!
lloráronle al oído, ¡y también fechas!
1.358
César Vallejo

César Vallejo

Hoy Me Gusta La Vida Mucho Menos

Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.
Casi toqué la parte de mi todo y me contuve
con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.

Hoy me palpo el mentón en retirada
y en estos momentáneos pantalones yo me digo:
¡Tánta vida y jamás!
¡Tántos años y siempre mis semanas!...
Mis padres enterrados con su piedra
y su triste estirón que no ha acabado;
de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,
y, en fin, mi ser parado y en chaleco.

Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café
y viendo los castaños frondosos de París
y diciendo:
Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla...
Y repitiendo:
¡Tánta vida y jamás me falla la tonada!
¡Tántos años y siempre, siempre, siempre!

Dije chaleco, dije
todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar.
Que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al lado
y está bien y está mal haber mirado
de abajo para arriba mi organismo.

Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga,
porque, como iba diciendo y lo repito,
¡tánta vida y jamás! ¡Y tántos años,
y siempre, mucho siempre, siempre, siempre!
1.040
César Vallejo

César Vallejo

Aniversario

¡Cuánto catorce ha habido en la existencia!
¡Qué créditos con bruma, en una esquina!
¡Qué diamante sintético, el del casco!
¡Cuánta más dulcedumbre
a lo largo, más honda superficie:
¡cuánto catorce ha habido en tan poco uno!

¡Qué deber,
qué cortar y qué tajo,
de memoria a memoria, en la pestaña!
¡Cuanto más amarillo, más granate!
¡Cuánto catorce en un solo catorce!

Acordeón de la tarde, en esa esquina,
piano de la mañana, aquella tarde;
clarín de carne,
tambor de un solo palo,
guitarra sin cuarta ¡cuánta quinta,
y cuánta reunión de amigos tontos
y qué nido de tigres el tabaco!
¡Cuánto catorce ha habido en la existencia!

¿Qué te diré ahora,
quince feliz, ajeno, quince de otros?
Nada más que no crece ya el cabello,
que han venido por las cartas,
que me brillan los seres que he parido,
que no hay nadie en mi tumba
y que me han confundido con mi llanto.

¡Cuánto catorce ha habido en la existencia!
1.280
César Vallejo

César Vallejo

Quedeme A Calentar La Tinta En Que Me Ahogo

Quedeme a calentar la tinta en que me ahogo
y a escuchar mi caverna alternativa,
noches de tacto, días de abstracción.

Se estremeció la incógnita en mi amígdala
y crují de una anual melancolía,
noches de sol, días de luna, ocasos de París.

Y todavía, hoy mismo, al atardecer,
digiero sacratísimas constancias,
noches de madre, días de biznieta
bicolor, voluptuosa, urgente, linda.

Y aún
alcanzo, llego hasta mí en avión de dos asientos,
bajo la mañana doméstica y la bruma
que emergió eternamente de un instante.

Y todavía,
aun ahora,
al cabo del cometa en que he ganado
mi bacilo feliz y doctoral,
he aquí que caliente, oyente, tierro, sol y luno,
incógnito atravieso el cementerio,
tomo a la izquierda, hiendo
la yerba con un par de endecasílabos,
años de tumba, litros de infinito,
tinta, pluma, ladrillos y perdones.
490
César Vallejo

César Vallejo

No Vive Ya Nadie En La Casa

—No vive ya nadie en la casa —me dices—; todos se han ido. La sala, el
dormitorio, el patio, yacen despoblados. Nadie ya queda, pues que todos
han partido.


Y yo te digo: Cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde
pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente
está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún
hombre ha pasado. Las casas nuevas están más muertas que
las viejas, por que sus muros son de piedra o de acero, pero no de
hombres. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino
cuando empiezan a habitarla. Una casa vive únicamente de
hombres, como una tumba. De aquí esa irresistible semejanza que
hay entre una casa y una tumba. Sólo que la casa se nutre de la
vida del hombre, mientras que la tumba se nutre de la muerte del
hombre. Por eso la primera está de pie, mientras que la segunda
está tendida.


Todos han partido de la casa, en realidad, pero todos se han quedado en
verdad. Y no es el recuerdo de ellos lo que queda, sino ellos mismos. Y
no es tampoco que ellos queden en la casa, sino que continúan
por la casa. Las funciones y los actos se van de la casa en tren o en
avión o a caballo, a pie o arrastrándose. Lo que
continúa en la casa es el órgano, el agente en gerundio y
en circulo. Los pasos se han ido, los besos, los perdones, los
crímenes. Lo que continúa en la casa es el pie, los
labios, los ojos, el corazón. Las negaciones y las afirmaciones,
el bien y el mal, se han dispersado. Lo que continua en la casa, es el
sujeto del acto.

1.228