Poemas en este tema

Mar, Ríos y Océanos

Federico García Lorca

Federico García Lorca

Oda A Salvador Dalí

Una rosa en el alto jardín que tú deseas.
Una rueda en la pura sintaxis del acero.
Desnuda la montaña de niebla impresionista.
Los grises oteando sus balaustradas últimas.

Los pintores modernos en sus blancos estudios,
cortan la flor aséptica de la raíz cuadrada.
En las aguas del Sena un ice-berg de mármol
enfría las ventanas y disipa las yedras.

El hombre pisa fuerte las calles enlosadas.
Los cristales esquivan la magia del reflejo.
El Gobierno ha cerrado las tiendas de perfume.
La máquina eterniza sus compases binarios.

Una ausencia de bosques, biombos y entrecejos
yerra por los tejados de las casas antiguas.
El aire pulimenta su prisma sobre el mar
y el horizonte sube como un gran acueducto.

Marineros que ignoran el vino y la penumbra,
decapitan sirenas en los mares de plomo.
La Noche, negra estatua de la prudencia, tiene
el espejo redondo de la luna en su mano.

Un deseo de formas y límites nos gana.
Viene el hombre que mira con el metro amarillo.
Venus es una blanca naturaleza muerta
y los coleccionistas de mariposas huyen.
1.827
Federico García Lorca

Federico García Lorca

Casida De La Mujer Tendida

Verte desnuda es recordar la Tierra.
La Tierra lisa, limpia de caballos.
La Tierra sin un junco, forma pura
cerrada al porvenir: confín de plata.

Verte desnuda es comprender el ansia
de la lluvia que busca débil talle
o la fiebre del mar de inmenso rostro
sin encontrar la luz de su mejilla.

La sangre sonará por las alcobas
y vendrá con espada fulgurante,
pero tú no sabrás dónde se ocultan
el corazón de sapo o la violeta.

Tu vientre es una lucha de raíces,
tus labios son un alba sin contorno,
bajo las rosas tibias de la cama
los muertos gimen esperando turno.
708
Federico García Lorca

Federico García Lorca

Gacela De La Huida (gacelas)

Me he perdido muchas veces por el mar
con el oído lleno de flores recién cortadas.
Con la lengua llena de amor y de agonía
muchas veces me he perdido por el mar,
como me pierdo en el corazón de algunos niños.

No hay nadie que al dar un beso
no sienta la sonrisa de la gente sin rostro,
ni nadie que al tocar un recién nacido
olvide las inmóviles calaveras de caballo.

Porque las rosas buscan en la frente
un duro paisaje de hueso
y las manos del hombre no tienen más sentido
que imitar a las raíces bajo tierra.

Como me pierdo en el corazón de algunos niños,
me he perdido muchas veces por el mar.
Ignorante del agua, voy buscando
una muerte de luz que me consuma.
616
Federico García Lorca

Federico García Lorca

Malagueña (tres Ciudades)

TRES CIUDADES


A PILAR ZUBIAURRE


MALAGUEÑA


La muerte

entra y sale

de la taberna.

Pasan caballos negros

y gente siniestra

por los hondos caminos

de la guitarra.

Y hay un olor a sal

y a sangre de hembra,

en los nardos febriles

de la marina.

La muerte

entra y sale,

y sale y entra

la muerte

de la taberna.

838
Federico García Lorca

Federico García Lorca

Baladilla De Los Tres Ríos

BALADILLA DE LOS TRES RÍOS

A Salvador Quintero

El río Guadalquivir

va entre naranjos y olivos.

Los dos ríos de Granada

bajan de la nieve al trigo.

¡Ay, amor

que se fue y no vino!

El río Guadalquivir

tiene las barbas granates.

Los dos ríos de Granada

uno llanto y otro sangre.

¡Ay, amor

que se fue por el aire!

Para los barcos de vela,

Sevilla tiene un camino;

por el agua de Granada

sólo reman los suspiros.

¡Ay, amor

que se fue y no vino!

Guadalquivir, alta torre

y viento en los naranjales.

Dauro y Genil, torrecillas

muertas sobre los estanques,

¡Ay, amor

que se fue por el aire!

¡Quién dirá que el agua lleva

un fuego fatuo de gritos!

¡Ay, amor

que se fue y no vino!

Lleva azahar, lleva olivas,

Andalucía, a tus mares.

¡Ay, amor

que se fue por el aire!

784
Federico García Lorca

Federico García Lorca

Agua, ¿dónde Vas? (canciones Para Terminar)

Agua, ¿dónde vas?
Riyendo voy por el río
a las orillas del mar.

Mar, ¿adónde vas?

Río arriba voy buscando
fuente donde descansar.

Chopo, y tú ¿qué harás?

No quiero decirte nada.
Yo... ¡temblar!

¡Qué deseo, qué no deseo,
por el río y por la mar!

(Cuatro pájaros sin rumbo
en el alto chopo están).
844
Federico García Lorca

Federico García Lorca

Mi Niña Se Fue A La Mar

Mi niña se fue a la mar,
a contar olas y chinas,
pero se encontró, de pronto,
con el río de Sevilla.

Entre adelfas y campanas
cinco barcos se mecían,
con los remos en el agua
y las velas en la brisa.

¿Quién mira dentro la torre
enjaezada, de Sevilla?
Cinco voces contestaban
redondas como sortijas.

El cielo monta gallardo
al río, de orilla a orilla.
En el aire sonrosado,
cinco anillos se mecían.
940
Emilio Prados

Emilio Prados

Media Noche

MEDIA NOCHE

(Málaga, 6 de enero)

Duerme la calma en el puerto

bajo su colcha de laca,

mientras la luna en el cielo

clava sus anclas doradas.

¡Corazón,

rema!


437
Enrique Lihn

Enrique Lihn

Caleta

En esta aldea blanca de oscuros pescadores
el amor vive a dos pasos del odio
y la ternura, muerta, se refugia en el sueño
que agranda la mirada del loco del villorrio.

Amanecer: el mar se duerme bajo el sol
como un gigante ebrio después de una batalla;
alguien perdió la vida, anoche, entre sus manos
enguantadas de blanco, más crueles que la nieve.
Pero los compañeros del caído volvieron
en sus valvas ahítas de sangrienta semilla
y extienden en la arena sus trofeos agónicos.

Mediodía: a la mesa se sientan los tatuados
y sus mujeres les guardan las espaldas
atentas al peligro de sus gestos que ordenan
otro vaso de vino
más loco cada vez.
Luego, la guerra a vida entre los eexos
y los gañanes bajan a la playa
como a una amante más que escarnecieran
a remar en un sueño furioso de borrachos.
Varadero del sol herido a cielo
en la linea de fuego de las olas.

Es hora de ir al mar a capturar sus pájaros
si una riña de hombres, de perros o de gallos
no retiene en la orilla la jauría de barcas.

La noche trae un poco de alma a la caleta:
un poco de agua dulce que en los ojos del loco
se enturbia en el olvido de sí misma.
Alguien que no he podido olvidar se me agranda
corno la ola a un mar preso de luna
y golpea mi cara por dentro hasta cegarme.
896
Efraín Huerta

Efraín Huerta

El Río

Hoy estuvo paciente y apacible,
digno, sucio y solemne.
Surtidor de canales donde el lirio amanece.
Gigante río, río niño,
donde Louisiana escribe su gris melancolía.
659
Eugenio Florit

Eugenio Florit

El Mar De Siempre

No volver a soñar más que en lo mismo
para tejer el hilo de los tiempos
que tal vez fueron milagrosos.
O acaso no existieron,
sino en la mente de quien los pensó.

Ese arrullo que escuchas
no es el del mar de entonces;
aquel calló con las ausencias,
o bien se hundió lejano
y se perdió en la espuma de otros mares.

No son los mismos, nunca.
Cada uno se acerca a sus orillas,
diversos todos, todos únicos
en el rozar del agua con su tierra;
y cada tierra con su mar se duerme
o al levantar el sol con él se alza.
Pero distintas, diferentes,
las tierras lejos, las de cerca,
tienen su propio mar que las arrulla
y con diverso pálpito respiran.

Como es otra la música
que en su bajar nos llega
del infinito mar de las constelaciones.

Y así vamos de mares y de orillas
al límite final que nos espera.
495
Duque de Rivas

Duque de Rivas

El Sombrero Romance Tercero La Mañana

Raya en el remoto Oriente
Una luz parda y siniestra;
A mostrarse en vagas formas
Ya los objetos empiezan.

Espectáculo espantoso
Ofrece Naturaleza,
Las olas como montañas,
Movibles y verdinegras,

Se combaten, crecen, corren
Para tragarse la tierra,
Ya los abismos descubren,
Ya en las nubes se revientan,

Rómpense en las altas rocas
Alzando salobre niebla,
Y la playa arriba suben,
Y luego a su centro ruedan

Con un asordante estruendo:
Silba el huracán, espesa
Lluvia el horizonte borra,
Y lo confunde y lo mezcla.
679
Duque de Rivas

Duque de Rivas

El Sombrero Romance Segundo La Noche

Entró la noche; con ella
Despertándose fué el viento,
Y el mar empezó a moverse
Con un mugidor estruendo,

Las nubes, entapizando
El obscuro y alto cielo,
La débil luz ocultaban
De estrellas y de luceros.

No había luna; densas sombras
En corto rato envolvieron
Tierra y mar. De Rosalía
Ya desfallece el esfuerzo.

Arrepentida, asombrada,
Intenta... No, no hay remedio
Cierra los ojos e inclina
La cabeza sobre el pecho.

La humedad la hiela toda,
Corto abrigo es el pañuelo;
Tiembla de terror su alma,
Tiembla de frío su cuerpo,

Si cualquier rumor la asusta,
Más sus mismos pensamientos;
Pues ni uno solo le ocurre
De esperanza o de consuelo.

Las velas que ha divisado
Cuando el sol ya estaba puesto,
La atormentan, la confunden.
Las ha conocido: ¡cielos!

Son, sí, las del guardacosta,
Jabeque armado y velero,
Terror de los emigrados,
De contrabandistas miedo.
759
Duque de Rivas

Duque de Rivas

El Sombrero Romance Primero La Tarde

Entre Estepona y Marbella,
Una torre fulminada,
Hoy nido de aves marinas,
Y en otro tiempo atalaya,

Corona con sus escombros
Una roca solitaria,
Que se entapiza de espumas,
Cuando las olas la bañan.

A la derecha se extiende
Una humilde y lisa playa,
Cuyas menudas arenas
Humedece la resaca;

Y oculta entre dos ribazos
Forma una escondida cala,
Abrigo de pescadoras
0 contrabandistas barcas.

A este temeroso sitio,
Mientras lento declinaba
A ponerse un sol de otoño
Entre celajes de nácar,

Estando el viento adormido,
La mar blanquecina en calma,
Y sin turbar el silencio
De las voladoras auras,

Sino el grito de un milano
Que los espacios cruzaba,
Y los de dos gaviotas,
Cuyo tálamo era el agua,

La divina Rosalía,
La hermosa de la comarca,
Fugitiva y anhelante
Llegó, sudosa y turbada.
833
Dulce María Loynaz

Dulce María Loynaz

La Fuga Inútil

El agua del río va huyendo de sí misma: Tiene miedo de eternidad.
1.150
Dulce María Loynaz

Dulce María Loynaz

Juegos De Agua

Los juegos de agua brillan a la luz de la luna
como si fueran largos collares de diamantes:
Los juegos de agua ríen en la sombra...Y se enlazan
y cruzan y cintilan dibujando radiantes
garabatos de estrellas...

Hay que apretar el agua
para que suba fina y alta...Un temblor de espumas
la deshace en el aire; la vuelve a unir...desciende
luego, abriéndose en lentos abanicos de plumas...

Pero no irá muy lejos...Esta es agua sonámbula
que baila y que camina por el filo de un sueño,
transida de horizontes en fuga, de paisajes
que no existen...Soplada por un grifo pequeño.

¡Agua de siete velos desnudándote y nunca
desnuda! ¡Cuándo un chorro tendrás que rompa el
broche
de mármol que te ciñe, y al fin por un instante
alcance a traspasar como espada, la Noche!
908
David Escobar Galindo

David Escobar Galindo

Devocionario (poema 148)

Estoy sentado frente a un vaso de agua.
Es igual que sentarse ante un océano.
La eternidad se ahoga en una gota,
pero el tiempo es un pálido velero.
Sentado en popa miro el sol que nace.
Sentado en proa miro el sol que muere.
463
David Escobar Galindo

David Escobar Galindo

Hacia La Perspectiva De Las Dunas

Hacia la perspectiva de las dunas,
esa ilusión comienza a dibujarse.
Una mancha de lluvia en movimiento.
Un volumen de insólitos cristales.
Una escultura onírica de sal.
Y un soplo de repente, humana ráfaga.
376
Dámaso Alonso

Dámaso Alonso

Cancioncilla

Otros querrán mausoleos
donde cuelguen los trofeos,
donde nadie ha de llorar,

y yo no los quiero, no
(que lo digo en un cantar)
porque yo

morir quisiera en el viento,
como la gente de mar
en el mar.

Me podrían enterrar
en la ancha fosa del viento.

Oh, qué dulce
descansar
ir sepultado en el viento
como un capitán del
viento
como un capitán del
mar,
muerto en medio de la mar.
832
César Vallejo

César Vallejo

Qué Nos Buscas, Oh Mar, Con Tus Volúmenes

Qué nos buscas, oh mar, con tus volúmenes
docentes! Qué inconsolable, qué atroz
estás en la febril solana.

Con tus azadones saltas,
con tus hojas saltas,
hachando, hachando en loco sésamo,
mientras tornan llorando las olas, después
de descalcar los cuatro vientos
y todos los recuerdos, en labiados plateles
de tungsteno, contractos de colmillos
y estáticas eles quelonias.

Filosofía de alas negras que vibran
al medroso temblor de los hombros del día.

El mar, y una edición en pie,
en su única hoja el anverso
de cara al reverso.
624
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

El Canto Del Usumacinta

De aquel hondo tumulto de rocas primitivas,

abriéndose paso entre sombras incendiadas,

arrancándose harapos de los gritos de nadie,

huyendo de los altos desórdenes de abajo,

con el cuchillo de la luz entre los dientes,

y así sonriente y límpida,

brotó el agua.


Y era la desnudez corriendo sola

surgida de su clara multitud,

que aflojó las amarras de sus piernas brillantes

y en el primer remanso puso la cara azul.


El agua, con el agua a la cintura,

dejaba a sus adioses nuevas piedras de olvido,

y era como el rumor de una escultura

que tapó con las manos sus aéreos oídos.


Agua de las primeras aguas, tan remota,

que al recordarla tiemblan los helechos

cuando la mano de la orilla frota

la soledad de los antiguos trechos.


Y el agua crece y habla y participa.

Sácala del torrente animador,

tiempo que la tormenta fertiliza;

el agua pide espacio agricultor.


Pudrió el tiempo los años que en las selvas pululan.

Yo era un gran árbol tropical.

En mi cabeza tuve pájaros,

sobre mis piernas un jaguar.


Junto a mí tramaba la noche

el complot de la soledad.

Por mi estatura derrumbaba el cielo

la casa grande de la tempestad.

En mí se han amado las fuerzas de origen:

el fuego y el aire, la tierra y el mar.


Y éste es el canto del Usumacinta

que viene de muy allá

y al que acompañan, desde hace siglos, dando la vida,

el Lakantún y el Lakanjá.

Ay, las hermosas palabras,

que sí se van,

que no se irán!


¿En dónde está mi corazón

atravesado por una flecha?

La garza blanca vuela, vuela como una fecha

sobre un campo de concentración.


Porque el árbol de la vida,

sangra.

Y la noche herida,

sangra.

Y el camino de la partida,

sangra.

Y el águila de la caída,

sangra.

Y la ventaja del amanecer, cedida,

sangra.


¿De quién es este cuello ahorcado?

Oíd la gritería a media noche.

Todo lo que en mí ya solamente palpo

es la sombra que me esconde.


Empieza a llover

en el tablado de la tempestad

y la anchura del agua abandonada

disminuye la nave de su seguridad.


Es la gran noche errónea. Nada y nadie la ocupan.

Tropiezan los relámpagos los escombros del cielo.

La gran boa del viento se estranguló en la ceiba

que defiende energúmena, su cantidad de tiempo.


Se canta el canto del Usumacinta,

que viene de tan allá,

y al que acompañan, dando la vida

el Lakantún y el Lakanjá.


En una jornada de millones de años

partió el gran río la serranía en dos.

Y en remolinos de sombrío júbilo

creó el festival de su frutal furor.


Los manteles de su mesa son más anchos que el horizonte.

Pedid, y no acabaréis.

En el cielo de toda su noche,

una alegría planetaria nos hace languidecer.


Ésta es la parte del mundo

en que el piso se sigue construyendo.

Los que allí nacimos tenemos una idea propia

de lo que es el alma y de lo que es el cuerpo.


Se me vuelven tiendas de campo los pulmones,

cuando pienso en este río tropical,

y así en mi sangre se pudre la vida

de tanto ser energía

en soledad antigua o en presente caudal.


Cuando me llega el ruido de hachazos

de la palabra Izankanak,

me abunda el alma hasta salirme a los ojos

y oigo el plumaje golpe de un águila herida por el
huracán.

Un mundo vegetal que trabaja cien horas diarias,

me ha visto pasar en pos de la noche y del alba.


Reconoció en mis ojos el poderoso espejo;

reconoció en mi boca fidelidad madura.

Vio en mis manos la caña que aflautó el aire húmedo

y le mostré mi pecho en que se oye la lluvia.


Mirando el río de aquellos días que el sol engríe,

al verde fuego de las orillas robé volumen

y entre las luces de lo que ríe, lo que sonríe,

es un jacinto que boga al sueño de otro perfume.


El pájaro turquesa

se engarzó en la penumbra de un retoño

y entre verdes azules canta y brilla

mientras la hembra gris calla de gozo.


Mirando el río de aquellas tardes

junté las manos para beberlo.

Por mi garganta pasaba un ave,

pasaba el cielo.


Mirando el río

di poca sombra:

todo era mío.


Todas pintadas, jamás extintas,

son estas aguas, río de monos, Usumacinta.

En tu grandeza

con esplendores reconfortaste savia y tristeza.


Te descubrí,

y en ese instante

tras un diamante

solté un rubí:

de asombro existo,

preclara cosa

sangre dichosa

de haberte visto.


Robé a tu geografía

su riqueza continua de solemne alegría.

El que tumbe así el árbol de que estoy hecho

va a encontrar tus rumores entre mi pecho.

Y es un cantar a cántaros,

y es la nube de pájaros

y es tu lodo botánico.


En las sombras históricas de tu destino

cien ciudades murieron en tu camino.

Atadas de pies y manos

están esas ciudades.

Entre una jauría de árboles desmanes

se moduló la sílaba final de esas edades.


Los hombres de un tiempo del río

la frente se hacían en talud;

y el resplandor terrestre de sus avíos

les dio una honda gracia de juventud.

Sonreían con las manos

como alguien que ha podido tocar la luz.

¡Ay, las hermosas palabras,

que sí se irán,

que no se irán!

Lo que acontece ya en mi memoria cunde en mis labios,

con Uaxaktún,

con Yaxchilán.


Después fueron los paisajes sumergidos

y el sagrado maíz se pudrió.

Y en las ciudades desalojadas,

el reinado de las orquídeas se inició.

Así, cuando llueve socavando sobre el Usumacinta,

aun en la corteza de los viejos árboles

se encoge el terror.

El hombre abandonado que ahora lo puebla

fulgurará otra vez poderoso entre la muerte y el amor.


Eres el agua grande de mi tierra.

La tremenda dinámica del ocio tropical.

El hombre en ti es ahora la piedra que habla

entre el reino animal y el reino vegetal.

Por el hueco de un árbol podrido

pasa el verde silencio del quetzal.

Es una rama póstuma.

Es la inocencia deslumbrante que nada tiene que declarar.


La sapientísima serpiente,

lo llevó un día sobre su frente cenital.

¿En dónde está mi corazón

partido en dos por una flecha?

La garza blanca vuela, vuela como una fecha

sobre un campo de concentración.


¡Ay, las hermosas palabras,

que sí se van...,

que no se irán

deste canto del Usumacinta,

que brotó de tan acá,

y al que acompañan, dando la vida, desde hace siglos,

el Lakantún y el Lakanjá.


Porque de el fondo del río

he sacado mi mano y la he puesto a cantar.

9 de mayo de 1947.

661
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Cuatro Cantos En Mi Tierra

I


Tabasco en sangre madura

y en mi su poder sangró.

Agua y tierra el sol se jura;

y en nubarrón de espesura

la joven tierra surgió.


Tus hidrógenos caminos

a toda voz transité

y en tu oxígeno silbé

mis pulmones campesinos.


A puños sembré mi vida

de tu fuerza vendaval

que azúcar cañaveral

espolvorea en la huida.


El tiempo total verdea

y el espacio quema y brilla.

El agua mete la quilla

y de monte a mar sondea.


Pedacería de espejo.

La selva, encerrada, ulula.

Casi por cada reflejo

pájaro que se modula.


Más agua que tierra. Aguaje

para prolongar la sed.

La tierra vive a merced

del agua que suba o baje.


Cuando la selva repasa

su abecedario animal

relámpago vertebral

de caoba a cedro pasa.


Flota de isletas fluviales

varó en flor la soledad.

Son de todo eternidad

y de nada temporales.


El mediodía tajado

de algún fruto tropical

tiene un sabor de cristal

sonoramente mojado.


Hay en la noche un instante

de vida, que si durara,

húmeda la muerte alzara

cual un terrible diamante.


Y a veces en la ribera

es tan fina la mañana

que la sonrisa primera

todo el día nos hermana.


Tiempo de Tabasco; en hondo

suspiro te gozo así.

Contigo, cerca de mí

tiempo de morir escondo.


Arde en Tabasco la vida

de tal suerte, que la muerte

vive por morir hendida,

de un gran hachazo de vida

que da, sin querer, la suerte.
II


La ceiba es un árbol gris

de gigantesca figura.

Se ve su musculatura

medio manchada de gis.


Es el árbol que hace todo;

yo lo he visto trabajar

y en la tarde modelar

sus pajaritos de lodo.


Ceiba desnuda y campal

cuya fuerza liberó

bosque y cielo y estrenó

su claro de matorral.


En desnudo pugilato

parece que así despejas

el campo y que le aconsejas

a todo árbol buen recato.


Navegando por el río,

súbitamente apareces.

Te he visto así, tantas veces,

y el asombro es siempre mío.


Cuando en el atardecer

todo Tabasco decrece

y el aire en los cielos mece

lo que ya no pudo ser,

con qué bárbara grandeza

das la razón al paisaje

que con oscura certeza

se adueñó de algún celaje

con que así la noche empieza.


Ceiba te dije y te digo:

colgaré mí corazón

de un retoño de tu abrigo;

tendrá su sangre contigo

altura y vegetación.
III


Una laguna que llega

y una laguna que va.

Si la luz de frente anega

o la luz de lado da

el jacintal que congrega

su poesía despliega

que en mi voz cintilará.


Hay más laguna que luna

en la noche que es tan clara.

Semeja que el cielo usara

luz modal de la laguna.

Hay más laguna que luna.


Tiempo lagunar que cabe

para siempre en nuestra vida.

Que no se cierre la herida

que por su boca se sabe

la llegada y la partida.


Estábamos la laguna

y yo.

Como esa noche...

Con más laguna que luna

la noche se desnudó.

Sudor de intemperie humana

que el aire sutil saló

y en su humedad levantó

flor lujuria rusticana.


Tu adolescencia suspira

junto a mi pecho velludo.

El tiempo es tiempo desnudo

y su largo cuerpo estira.


Si por besarte viví

con más laguna que luna,

fue más luna que bebí

que el agua de la laguna

que a raya en cielos tendí.


Como esa noche...
IV


El agua es laguna o río.

Un espejo se quebró.

Por todos lados miró

la desnudez del estío.


Con el agua a la rodilla

vive Tabasco. Así dama

de abril a octubre la flama

que hace callar toda arcilla.


Si por boca de la selva

largó la verdad su grito,

miente el silencio infinito

del agua que el agua envuelva.


Llueve lejos, por la sierra.

Llueve a tambor y clarín.

Toro del agua, festín

corre por toda la tierra.


Joven terrón cuaternario,

por tu cuerpo de aluvión

sangra el verde corazón

de tu enorme pecho agrario.


Lo que muere y lo que vive

junto al agua vive y muere.

Si en lluvia el cielo así quiere

moje su noche en aljibe.


Más agua que tierra. Aguaje

para prolongar la sed.

La tierra vive a merced

del agua que suba o baje.


Brillan los laguneríos;

en la tarde tropical

actitud de garza real

torna el aire de los ríos.


La noche en lluvia y batracio

retiñe el nocturno verde

y al otro día se muerde

verde el verde del espacio.


Agua de Tabasco vengo

y agua de Tabasco voy.

De agua hermosa es mi abolengo;

y es por eso que aquí estoy

dichoso con lo que tengo.

Villahermosa, Tabasco, 1943.

906
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Nocturno Del Mar Amor

Volver a decir: ¡el mar!
Volver a decir
lo que no puedo cantar
sin el corazón partir.

Lo que con sólo pensar
la dulce lengua salé
y al callar
cárcel de espumas sellé.

Noche de naves ancló
y en mi corazón caí.
Lo que desapareció,
ya está aquí.

Vivía un reflejo verde
que enrollaba el agua oscura.
Yo sé que el amor se pierde
junto a la noche más pura.

¡Ay de mi vida!
Puesta a lo largo del mar
sólo le queda mirar
un paisaje con herida.

Media noche fue en el cielo
que una nube fue a traer.
Pérdida de todo vuelo,
tiempo sangrado al correr.

En sombrías sonajeras
el agua su aire mojó
y oleajes desenrolló
ronca de angustias postreras.

Toda la noche a los cielos
mi corazón fui a llevar
por destruir un estelar
horario de desconsuelos.

Entre los dos viva muerte
secamente retoñó
y la luna la enyesó
con calmas de mala suerte.

¡Voces inútiles siempre!
Cuanto en el alma tajé
pudrió la noche septiembre
como quien rompe un quinqué.

Tu perfil en el espacio
pájaros sonidos daba
y el dolor de lo que acaba
puso el mar en tiempo lacio.

Toda la noche la cita
fue munendo de amargura.
Llorar era una llanura
desde una tarde infinita.

Casi un año, y el puñal
intocable y solitario
gotea el aniversario
con silencioso caudal.

Bella columna sonora,
tu caída partió en dos
la gloria de un semidiós
retocada por la aurora.

Volver a decir: ¡el mar!
Volver a decir
lo que no puedo cantar
sin el corazón partir.

Junio trajo tu recuerdo,
sin querer.
Así gano lo que pierdo
moviendo mi oscurecer.

Junio y el mar tropical
descendido a oscuridades,
soledad de soledades
todo el olvido naval.

Abro el cielo y cuelgo estrellas.
Y aguas con luces remotas
esclarecen mis derrotas
moradas sobre sus huellas.

Puse en sus manos el mar
y del azul rebosante
todo un día declinante
quisiste desembarcar.

Pensar en ti será siempre
la dicha de haber vivido
cerca de ti, tan herido
una noche de septiembre.

Dije al mar: tu sangre es mía.
¡Cuánta amargura en el canto!
(Si fuera por lo que canto,
todo el mar me ceñiría).

Surge una nube, y la nave
sobrenada; silenciosa,
se distribuye la rosa
de los vientos en que cabe.

¡Ay de mí, ay de la mar
que saló en el horizonte
la esperanza de algún monte
donde lo azul encontrar!

Porque lo azul de la mar
es la distancia del cielo,
la entonación de un pañuelo
que se ha dejado llorar.

Y lo azul en lejanía
monte montaña será
soledad de poesía,
donde la noche vendría
sin sombra de lo que está.

Digo —y aquí me despido—
con sonoridad ligera,
que esta voz que nunca cuido
—nomeolvides, no me olvido—
cruce cada primavera
siempre fiel a lo que ha sido.

Con sonoridad ligera,
siempre fiel a lo que ha sido.
672
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer