Poemas en este tema

Literatura y Palabras

Luis Alberto de Cuenca

Luis Alberto de Cuenca

Los Dos Marcelos

En abril de este año hablé con Bioy Casares.
Le recordé al maestro que en un prólogo suyo de hace
cincuenta años
llamó pesado a Proust,
y que en una Postdata al mismo prólogo,
escrita veinticinco años después,
cantó la palinodia:
«¿Qué es eso de matar a quienes más queremos?
Bioy me dijo que, de pequeño, aborrecía a Proust,
pero que luego se hizo mayor y aprendió a amarlo.
Yo le dije que Proust me aburría,
que no me interesaba, ni antes ni ahora, en absoluto.
Bioy entonces me dijo que leyera Albertine Disparue
como si fuera una novela policíaca,
que a lo mejor así empezaba a gustarme A la recherche du temps perdu,
como a todo el mundo sensato.
No he seguido el consejo de A.B.C.
Él se había mostrado irreverente con Proust cuando era joven,
que es cuando se dice la verdad.
Yo no quiero dejar de ser joven.
No soporto la idea de que cualquier enciclopedia
dedique siete páginas a Marcel Proust y siete líneas a Marcel Schwob.
No es justo lo que han hecho con los dos Marcelos.
448
Luis Alberto de Cuenca

Luis Alberto de Cuenca

Línea Clara

Dicen que hablamos claro, y que la poesía
no es comunicación, sino conocimiento,
y que sólo conoce quien renuncia a este mundo
y a sus pompas y obras —la amistad, la ternura,
la decepción, el fraude, la alegría, el coraje,
el humor y la fe, la lealtad, la envidia,
la esperanza, el amor, todo lo que no sea
intelectual, abstruso, místico, filosófico
y, desde luego, mínimo, silencioso y profundo—.
Dicen que hablamos claro, y que nos repetimos
de lo claro que hablamos, y que la gente entiende
nuestros versos, incluso la gente que gobierna,
lo que trae consigo que tengamos acceso
al poder y a sus premios y condecoraciones,
ejerciendo un servil e injusto monopolio.

Dicen, y menudean sus fieras embestidas.
Defiéndenos, Tintín, que nos atacan.
495
José Zorrilla

José Zorrilla

A La Memoria Desgraciada Del Joven Literato D Mariano José De Larra

Ese vago clamor que rasga el viento
es la voz funeral de una campana;
vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana.

Acabó su misión sobre la tierra,
y dejó su existencia carcomida,
como una virgen al placer perdida
cuelga el profano velo en el altar.
Miró en el tiempo el porvenir vacío,
vacío ya de ensueños y de gloria,
y se entregó a ese sueño sin memoria,
¡que nos lleva a otro mundo a despertar!

Era una flor que marchitó el estío,
era una fuente que agotó el verano:
ya no se siente su murmullo vano,
ya está quemado el tallo de la flor.
Todavía su aroma se percibe,
y ese verde color de la llanura,
ese manto de yerba y de frescura
hijos son del arroyo creador.

Que el poeta, en su misión
sobre la tierra que habita,
es una planta maldita
con frutos de bendición.

Duerme en paz en la tumba solitaria
donde no llegue a tu cegado oído
más que la triste y funeral plegaria
que otro poeta cantará por ti.
Ésta será una ofrenda de cariño
más grata, sí, que la oración de un hombre,
pura como la lágrima de un niño,
¡memoria del poeta que perdí!

Si existe un remoto cielo
de los poetas mansión,
y sólo le queda al suelo
ese retrato de hielo,
fetidez y corrupción;
¡digno presente por cierto
se deja a la amarga vida!
¡Abandonar un desierto
y darle a la despedida
la fea prenda de un muerto!
1.027
Jaime Torres Bodet

Jaime Torres Bodet

Palimpsesto

A través de las frases
que dices adivino las que callas
como, bajo los versos
de un pergamino antiguo, —mal borradas
por la mano del monje
que para un jefe gótico miniara
en su blancura el trance de un martirio—
aparecen de pronto, reanimadas
por una terca tinta rencorosa,
—a contraluz de un sueño—
las líneas de un colérico epigrama.
577
Jaime Torres Bodet

Jaime Torres Bodet

Mujer

¿Qué palabras dormidas
en páginas de líricos compendios
—o al contrario, veloces,
de noche —azules, blancas— recorriendo
los tubos de qué eléctricos letreros—
debo resucitar para expresarte,
cielo de un corazón que a nadie aloja,
anuncio incomprensible,
mujer: adivinanza sin secreto?
619
Jaime Torres Bodet

Jaime Torres Bodet

La Colmena

Colmena de la tarde, diálogo en el vergel:
la palabra es abeja, pero el silencio es miel.
1.107
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Marginal

MARGINAL


Una crónica inicia el episodio de un
aventurero desengañado de sus correrías y lastimado por
la pobreza. No había alcanzado ninguna presea en medio de los
sobresaltos del campamento. Supo acaso la destitución de un rey
y su cautiverio de casi tres decenios sin otra compañía
sino la de su enano.

El aventurero interrumpe la crítica de las
rapsodias homéricas en el original griego, único solaz de
su decadencia, para abrazar en vano la empresa de soltarlo. El cautivo
había sido un déspota soberbio y se le acusaba de haber
lanzado su jauría al encuentro de un obispo solícito.

El aventurero volvía de una guerra con los
infieles en las praderas del Danubio. Sentado sobre un tambor de piel
de asno, ocuparía el desvelo de las noches de alarma en recoger
de un bizantino prófugo las noticias del idioma vibrante.
Debió de recrear el carácter desabrido en las vicisitudes
de la Ilíada y de esa misma escena puede escogerse el
símbolo del buitre, enemigo de los moribundos, con el objeto de
significar el estrago de su voluntad empedernida.


442
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Antífona

ANTÍFONA


Yo visitaba la selva acústica, asilo de la
inocencia, y me divertía con la vislumbre fugitiva, con el
desvarío de la luz.

Una doncella cándida, libre de los recuerdos
de una vida mustia, sujetaba a su albedrío los pájaros
turbulentos. El caracol servía de lazarillo al topo.

Yo frisaba apenas con la adolescencia y salía
a mi voluntad de los límites del mundo real. La doncella
clemente se presentó delante de mis pasos a referirme las
venturas de una vida señoril, los gracejos y desvíos de
las princesas en un reino ideal. Yo los he leído en un drama de
Shakespeare.

La memoria de mis errores en la selva diáfana
embelesó mi juventud ferviente. Larvas y quimeras de mi numen
triste, una ronda aérea seducía mis ojos bajo el cielo de
ámbar y una corona de espinas, la de Cordelia, mortificaba las
sienes de la doncella fiel.


423
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Suspirante

LA SUSPIRANTE


La hermosa ha regresado de muy lejos. Se encierra
nuevamente en su cámara inaccesible, satisfaciéndose con
el mueble esbelto y la baratija exótica. Impone el recuerdo de
una era señorial, rodeándose de las escenas sucesivas de
un tapiz.

La hermosa se pierde en la lectura de sucesos
extravagantes, acontecidos en reinos imaginarios, y narrados con
semblante de parodia. Vuelve sobre un pasaje burlesco, en donde alterna
un pastor con el bufón expulsado de la corte.

La dama displicente se engolfa en las peripecias de
un relato incomparable y suspende el entretenimiento cuando empieza una
batalla entre caballeros de sobrenombres ínclitos.

La dama renuente, aficionada a las quimeras de la
imaginación, sueña con huir de este mundo a otro ilusorio.

Nadie podría averiguar el derrotero de su
fuga.

La hermosa vuela sobre los caminos cegados por la
nieve y un búho solitario da el alarma en la noche fascinada por
el plenilunio.


447
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Mar Latino

MAR LATINO


Estoy glosando el paisaje de la Ilíada en
donde los ancianos de Troya confiesan la belleza de Helena. Me escucha
una mujer floreciente del mismo nombre. Los dos sentimos la solemnidad
de ese momento de la epopeya y esperamos el fragor del desastre
suspendido sobre la ciudad.

Agamenón, el rey de las mil naves, puede
apresurar, apellidándolas, el desenlace de la contienda.

La sucesión de los visos del mar, presentes
en la memoria de Homero, desaparece bajo el único tinte de la
sangre.

La mujer me invita a dejar el recuento de las
calamidades fabulosas y a seguir el derrotero de una fantasía
más serena, en demanda de unas islas situadas en el occidente.
Horacio las recordaba cuando quería descansar de los males
contemporáneos.

Yo comprendo la excursión irreal
sirviéndome de los residuos lapidarios de una leyenda perdida.
Nuestro bajel solicita, a vela y remo, los jardines quiméricos
del ocaso. Nos hemos fiado a un piloto de la Eneida. Su nombre designa
actualmente un promontorio del Tirreno.

La voz mágica de mi compañera fuga las
sirenas ufanas de sus cabellos, en donde se enredan las algas y los
corales, y se muda en un canto flébil. Invita a comparecer, bajo
el cielo de lumbre desvanecida, la hueste de larvas
subterráneas, mensajeras de un mundo espectral.


464
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Castigo

EL CASTIGO


El visionario me enseñaba la
numeración valiéndose de un árbol de hojas
incalculables. Pasó a iniciarme en las figuras y
volúmenes señalándome el ejemplo del cristal y la
proporción guardada entre las piezas de una flor.
Descubría en el cuerpo más oscuro un átomo de la
luz insinuante.

El visionario desaparecía al caer la tarde en
un esquife de cabida superficial. Creaba la ilusión de zozobrar
en una lejanía ambigua, en medio de un tumulto de olas. Yo
miraba flotar las reliquias de su veste y de su corona de ciprés.

Volvía el día siguiente a escondidas
de mí, usando el mismo vestido solemne de un sacerdote hebreo,
conforme el ritual de Moisés.

Comentaba en ese momento el pasaje de un rollo de
pergamino, escrito sin vocales. La portada mostraba la imagen del
licaón, el lobo del África. Terminaba citando el nombre
de los profetas vengativos y soltaba a la faz de la mañana un
himno grandioso donde se agotaba el torrente de su voz.

Dejé de verlo cuando se puso al habla
temerariamente, a través del espacio libre, con un astro
magnético.

La rotonda, en donde se había acogido, vino
súbitamente al suelo, rodeada de llamas soberbias.


514
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Cancioncillas Intelectuales - Acción Final - (34 Años Y Goethe)

No sé con qué decirlo,
porque aún no está hecha
mi callada palabra.
554
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Cancioncillas Espirituales Grácil

¿Te cojí? Yo no sé
si te cojí, pluma suavísima,
o si cojí tu sombra.
452
Jorge Riechmann

Jorge Riechmann

6

Las raíces de la referencia
según excelsos filósofos y poetas sublimes
cercenadas:

socorro.


*

La poesía
prolonga la realidad
cuando ésta cesa justo antes de lo mejorcito
por pura cabezonería.

La poesía
despliega haces de realidad paralela
cuando la realidad se niega a ver más allá de sus narices
de modo injustificable.

La poesía y la realidad
intersecan continuamente
en puntos líneas planos espacios de muchas dimensiones.
Son las geometrías de la risa incoercible
y las del sufrimiento.

446
Jorge Riechmann

Jorge Riechmann

5

¿De qué estábamos hablando?

(Pese a su título, estas páginas
nada tienen que ver con un curso de defensa personal:
son acaso una conversación
desgarrada entre los dientes y el tiempo
y vuelta a comenzar. Cosa que ya sabías.)

En realidad lo que quería decirte
lo tiene escrito ya Nicanor Parra:

"todo lo que se dice es poesía
todo lo que se escribe es prosa

todo lo que se mueve es poesía

lo que no cambia de lugar es prosa."

Lo más urgente, poesía con valor de uso.
Lo más nefasto, poesía sin valor para el cambio.
563
Jorge Riechmann

Jorge Riechmann

1

He vivido en la superficie de las cosas.

Mas viví también por fortuna
en las palabras. Ellas iban
incorporándome a la lentitud
penetrando las estaciones de mi piel
dilatando la malla amarga de los días
rastreando el frío y el calor en los seres
zambulléndose en el amor hasta salir al tedio
en el tedio hasta dar en la esperanza
en la esperanza hasta emerger en el asombro
sin yo quererlo o porque lo quería.
Las palabras
maravillosamente
incapaces de compromiso.

No soy un juglar de la descomposición. Acaso
amo sobre todas las cosas
el lugar del canto del pinzón
la aérea ebriedad de las mimosas
y el minuto con memoria del beso de los amantes.
Pero hay que ir hasta el fondo
correr el riesgo
de abrasarse en la resistencia de las cosas
—para sacar acaso la cabeza
al otro lado del espejo
o en el frescor de un nuevo meridiano.
433
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda Xl De Mi Vida En La Aldea

Cuando a mi pobre aldea
feliz escapar puedo,
las penas y el bullicio
de la ciudad huyendo,

alegre me parece
que soy un hombre nuevo,
y entonces sólo vivo,
y entonces sólo pienso.

Las horas que insufribles
allí me vuelve el tedio,
aquí sobre mí vagan
con perezoso vuelo.

Las noches que allá ocupan
la ociosidad y el juego,
acá los dulces libros
y el descuidado sueño.

Despierto con el alba,
trocando el muelle lecho
por su vital ambiente,
que me dilata el seno.

Me agrada de arreboles
tocado ver el cielo
cuando a ostentar empieza
su clara lumbre Febo.

Me agrada, cuando brillan
sobre el cénit sus fuegos,
perderme entre las sombras
del bosque más espeso;

si lánguido se esconde,
sus últimos reflejos
ir del monte en la cima
solícito siguiendo;

o si la noche tiende
su manto de luceros,
medir sus direcciones
con ojos más atentos,

volviéndome a mis libros,
do atónito contemplo
la ley que portentosa
gobierna el universo.

Desde ellos y la cumbre
de tantos pensamientos
desciendo de mis gentes
al rústico comercio;

y con ellas tomando
en sus chanzas empeños
la parte que me dejan,
gozoso devaneo.

El uno de las mieses,
el otro del viñedo
me informan, y me añaden
las fábulas del pueblo.

Pondero sus consejas,
recojo sus proverbios,
sus dudas y disputas
cual árbitro sentencio.

Mis votos se celebran,
todos hablan a un tiempo,
la igualdad inocente
ríe en todos los pechos.

Llega luego el criado
con el cántaro lleno,
y la alegre muchacha
con castañas y queso,

y todo lo coronan
en fraternal contento
las tazas que se cruzan
del vino más añejo.

Así mis faustos días,
de paz y dicha llenos,
al gusto que los mide
semejan un momento.
698
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda Xxxv De Mis Deseos

¿Qué te pide el poeta?
di, Apolo, ¿qué te pide
cuando derrama el vaso,
cuando el himno repite?

No que le des riquezas
que avaros le codicien,
ni puestos encumbrados
que mil cuidados siguen:

no grandes heredades,
que abracen con sus lindes
las fértiles dehesas
que el Guadiana ciñe;

ni menos de las Indias
el oro y los marfiles,
preciosas esmeraldas,
lumbrosos amatistes.

Goce, goce en buen hora,
sin que yo se lo envidie,
el rico sus tesoros,
aplausos el felice.

Y el mercader avaro,
que entre escollos y sirtes
sediento de oro vaga,
cuando la playa pise;

con generosos vinos
a sus amigos brine
en la dorada copa
que su opulencia indique.

Que yo en mi pobre estado,
y en mi estrechez humilde
con poco me contento,
pues con poco se vive.

Así te pido sólo
que en bailes y convites
mis dulces años corran
de amor en blandas lides:


Sin que a ninguno tema,
sin que a ninguno envidie,
ni la vejez cansada
de mi lira me prive.
555
Juan de Mena

Juan de Mena

Invocación

Tú, Calïope, me sey favorable,
dándome alas de don virtuoso,
y por que discurra por donde non oso,
conbida mi lengua con algo que fable.
Levante la Fama su boz inefable,
por que los fechos que son al presente
vayan de gente sabidos en gente;
olvido non prive lo que es memorable.
377
José Martí

José Martí

A Adelaida Baralt

De una novela sin arte
La comisión ahí le envío:
¡Bien haya el pecado mío
Ya que a Vd. le deja parte!

Cincuenta y cinco fue el precio:
La quinta es de Vd., la quinta
De cincuenta y cinco, pinta
Once, si yo no soy necio.

Para alivio de desgracias
¡Sea! : de lo que yo no quiero
Aliviarme es del sincero
Deber de darle las gracias.
700
José Martí

José Martí

Como Fiera Enjaulada

Como fiera enjaulada
Mi asiento dejo—empujo la entornada
Puerta, vuelvo a mi libro,
Los anchos ojos en sus letras clavo,
Como cuerdas heridas, tiemblo y vibro,—
Y ruge, y muerde el alma atormentada,
Como en cuerpo de mármol encerrada.—
809
José Martí

José Martí

Siempre Que Hundo La Mente

Siempre que hundo la mente en libros graves
La saco con un haz de luz de aurora:
Yo percibo los hilos, la juntura,
La flor del Universo: yo pronuncio
Pronta a nacer una inmortal poesía.
No de dioses de altar ni libros viejos
No de flores de Grecia, repintadas
Con menjurjes de moda, no con rastros
De rastros, no con lívidos despojos
Se amansará de las edades muertas:
Sino de las entrañas exploradas
Del Universo, surgirá radiante
Con la luz y las gracias de la vida.
Para vencer, combatirá primero:
E inundará de luz, como la aurora.—
934
José Martí

José Martí

Tienes El Don

Tienes el don, tienes el verso, tienes
Todo el valor de ti, tienes la altiva
Resolución que arrostra y que cautiva
Y llama las coronas a las sienes.

Tienes la fuga, el verbo, los desdenes
Divinos de quien es, y el habla viva
De quien cruza la tierra cielo arriba
Y ni adula al feliz, ni aguarda bienes.

—¡Pero no tengo el impudor odioso
De enseñar mis entrañas derretidas
En estuche de verso recamado!

Viva mi nombre oscuro y en reposo
Si he de comprar las palmas perseguidas
Sacando al viento mi dolor sagrado.
1.054
José Martí

José Martí

Estas Que Ofrezco, No Son Composiciones Acabadas

Estas que ofrezco, no son composiciones acabadas: son, ¡ay de
mí! notas de imágenes tomadas al vuelo, y como para que
no se escapasen, entre la muchedumbre antiática de las calles,
entre el rodar estruendoso y arrebatado de los ferrocarriles, o en los
quehaceres apremiantes e inflexibles de un escritorio de comercio
—refugio cariñoso del proscripto.

Por qué las publico, no sé: tengo un miedo pueril de no
publicarlas ahora. Yo desdeño todo lo mío: y a estos
versos, atormentados y rebeldes, sombríos y querellosos, los
mimo, y los amo.

Otras cosas podría hacer: acaso no las hago, no las intento
acaso, robando horas al sueño, únicas horas mías,
porque me parece la expresión la hembra del acto, y mientras hay
qué hacer, me parece la mera expresión indigno empleo de
fuerzas del hombre. Cada día, de tanta imagen que viene a
azotarme las sienes, y a pasearse, como buscando forma, ante mis ojos,
pudiera hacer un tomo como éste, ¡pero el buey ara
con el arpa de David, que haría sonora la tierra, sino con el
arado, que no es lira! ¡Y se van las imágenes, llorosas y
torvas, desvanecidas corno el humo: y yo me quedo, congojoso y triste,
como quien ha faltado a su deber o no ha hecho bien los honores de la
visita a una dama benévola y hermosa: y a mis solas, y donde
nadie lo sospeche, y sin lágrimas, lloro.

De estos tormentos nace, y con ellos se excusa, este libro de versos.

¡Pudiera surgir de él, como debiera surgir de toda vida,
rumbo a la muerte consoladora, un águila blanca!

Ya sé que están escritos en ritmo desusado, que por esto,
o por serlo de veras, va a parecer a muchos duro. ¿Mas, con
qué derecho puede quebrar la mera voluntad artística, la
vulgar sujeción a tradiciones extrañas e infecundas, la
forma natural y sagrada, en que, como la carne de la idea, envía
el alma los versos a los labios? Ciertos versos pueden hacerse en toda
forma: otros, no. A cada estado de alma, un metro nuevo. Da el amor
versos claros y sonoros, y no sé por qué, en esas horas
de florescencia, vertimiento, grata congoja, vigor pujante y generoso
reboso del espíritu, recuerdo esas gallardas velas blancas que
en el mar sereno cruzan por frente a playas limpias bajo un cielo
bruñido. Del dolor, saltan los versos, como las espadas de la
vaina, cuando las sacude en ellas la ira, como las negras olas de
turbia y alta cresta que azotan los ijares fatigados de un buque
formidable en horas de tormenta.

Se encabritan los versos, como las olas: se rompen con fragor o se
mueven pesadamente, como fieras en jaula y con indómito y
trágico desorden, como las aguas contra el barco. Y parece como
que se escapa de Los versos, escondiendo sus heridas, un alma
sombría, que asciende velozmente por el lúgubre espacio,
envuelta en ropas negras. ¡Cuán extraño que se
abrieran las negras vestiduras y cayera de ellas un ramo de rosas!

¡Flores del destierro!

698