Literatura y Palabras
Carlos Bousoño
Salvación En La Palabra (el Poema)
(El poema)
A Jorge Guillén
1
Dejad que la palabra haga su presa lóbrega,
se encarnice en la horrenda miseria
primaveral, hoce del destino, cual negra teología
corrupta.
Súbitas, algunas formas mortales,
dentro del soplo de aire
permanente e invicto.
La palabra del hombre, honradamente
pronunciada, es hermosa, aunque oscura,
es clara, aunque aprisione
el terror venidero.
Hagamos entre todos la palabra
grácil y fugitiva que salve el desconsuelo.
...Como burbuja leve la palabra
se alza en la noche, y permanece
cual una estrella fija entre las sombras
2
Y así fue la palabra
ligero soplo de aire
detenido en el viento,
en el espanto,
entre la movediza realidad y el río
de las sombras. Ahí está detenida
la palabra vivaz, salvado este momento
único
entre las dos historias.
...De pronto el caminar fue duradero
y el hombre inmortal fue,
y las bocas que juntas estuvieron
juntas están por siempre.
Y el árbol se detuvo en su verdor
extraño, y la queja
ardió en una zarza
misteriosa.
3
Allí estamos nosotros.
Allí dentro del hálito.
Tú que me lees estás allí
con un libro en la mano.
Y yo también estoy.
Tú de niño, cual hombre, como anciano,
estás allí.
Tu corazon está con su amargura,
ennoblecido y muerto.
Y vivo estás.
Y hermoso estás.
Y lúcido.
4
Todo se mueve alrededor de ti.
Cruje el armario de nogal, salpica
el surtidor del jardín.
Un niño corre tras una mariposa.
Adolescente, das tu primer beso
a una muchacha que huye.
Y huyendo así, huye nada,
quieto en el soplo tenue.
5
Y así fue la palabra entre los hombres
silenciosa, en el ruido
miserable
y la pena,
arca donde está el viento detenido
y suelto,
acorde suspendido y desatado,
leve son que se escucha
como más que silencio, en el reposo
de la luz, de la sombra.
Así fue la palabra,
así fue y así sea
donde el hombre respira,
porque respire el hombre.
Carolina Coronado
Respuesta A Un Poeta
vuestra Lira dormitando
un eco tan dulce y blando
¿a qué queréis que despierte?
Dejadlo siempre soñando.
Ni vos debéis lamentar
que estén sus cuerdas rompidas,
pues que las sabéis pulsar
tan bien que por vos heridas
aun rotas quieren sonar.
Ni digáis que los azares
apagan vuestros destellos,
cantad con vuestros pesares,
porque los tristes cantares
son los cantares más bellos.
Mas no queráis vuestro acento
rendir, cantor a mis pies,
elévese al firmamento
que su camino es el viento
y el cielo su trono es.
Carolina Coronado
En El Álbum De Una Señora Que Pedía Versos Largos Y Cortos
que tengan del arte las reglas concisas,
señora, aunque sean horribles abortos
decís que queréis en letras precisas;
Vos
Ni
Dios
A
Mi musa ignorante de tales hazañas
inspiran, señora, el grande talento
de hacer en el Álbum, con formas extrañas,
la rara poesía del genio portento
Que
Yo
No
Sé.
Carolina Coronado
En Un Álbum Que Llegó Después De Haber Firmado Otros Cuatro Aquel Día
de Álbumes tan fecundo semillero,
que a formarlos parece que se atreve,
el mismo Satanás hecho librero!
Así cuando al infierno se los lleve
para quemar allá a todo coplero,
luciremos con luces tan brillantes
que chispas brotarán los consonantes.
Carolina Coronado
En El Álbum De Una Que No Quería Más Que La Firma
estampe mi firma aquí;
tomo la pluma, la mojo,
sacúdola y hago así.
Carolina Coronado
En Un Álbum Donde Hartzenbusch Había Escrito
principio y ceso de lo malo poco».
Y yo que no sé hacer dos versos buenos
aún debo escribir menos.
Carolina Coronado
En El Álbum De Un Pedante
Qui tá haütes soun.
Doundines,
Qui tá haütes soun,
Doundoun,
M'empechen de béde
Mas amours oüin soun,
Doundene
Mas amours oün soun,
Doundoun.
Buen lector, si eso es francés
o griego, tú lo sabrás,
a mí me basta no más,
saber que epígrafe es.
Yo sé que presta grandeza
a toda composición
un extranjero renglón
colocado a la cabeza,
Y de un libro que no entiendo
ese pedazo copié
para que esplendor le dé
a lo que estoy escribiendo.
Si ésos son versos de Homero,
con que cite su poesía,
dirán que tiene la mía
mucho espíritu guerrero.
Si versos hebreos son
ese dundun y dundene
¡qué sabor bíblico tiene,
dirán, la composición!
Si de Virgilio ¡Oh ventura!
¡Qué armonía imitativa!
tendrán los versos que escriba!
¡Qué suavidad, qué dulzura!
No trace usted, D. Fermín,
por la Virgen, ni un renglón
sin tener a prevención
alguna cosa en latín.
Aunque ignore el castellano
ponga usted algo de griego,
buen amigo y deje luego
correr sin miedo la mano.
Si a un trozo de la Iliada
arrima sus garabatos,
no faltarán literatos
que le den una palmada.
¡Cómo si brotando, al fin,
bajo una hermosa palmera
menos miserable fuera
el espinillo ruin!
Mas pues así lo han dispuesto
los hombres de nuestros días,
ahí cuatro galimatías
escribo, y cumplo con esto.
Así de mi erudición
ninguno podrá dudar
cuando me vea citar
ese dundun o dondon,
Que no me importa que esté
en francés, árabe o chino:
yo en un viejo pergamino
lo vi escrito y lo copié.
Carolina Coronado
En Otro
flores de abril, la vida perfumada,
entre tantos que flores os ofrecen
pude daros a vos la más preciada;
pero, señora, ya no canto nada,
sino las propias penas que entristecen;
y en vez de canto, regalaros tedio
ni a vos diera placer, ni a mí remedio.
No es la poetisa ese jardín florido
donde siempre un jazmín, una violeta
nace para que adorne su prendido
la hermosa como vos es el poeta
no siempre la mujer doliente inquieta
puede cantar como lo habéis querido;
y en vez de canto regalaros tedio
ni a vos diera placer, ni a mí remedio.
Sabed que al consagraros estas hojas
del íntimo del alma hoy arrancadas,
siento de pena las mejillas rojas
porque lleguen a vos tan destrozadas.
Pero no tengo más están heladas,
y os pido por favor en mis congojas
que me dejéis callar, pues no es remedio
daros, señora, con mis cantos tedio.
Carolina Coronado
En Otro Fábula La Poetisa Y La Araña
a la luz que agitaba recio el viento
trasladaba al papel su pensamiento
una mujer, con mano presurosa.
A veces dél la blanca pluma alzaba,
y en alta voz lo escrito repetía,
y sus propios conceptos se aplaudía
y con su misma voz se enajenaba.
Canta a Napoleón, y la cantora
mira la tierra con desdén profundo
que entre sus manos, del Señor del mundo,
tiene la fuerte espada vencedora.
Una araña, que en viejo pergamino
ha tiempo que la escena ve curiosa,
discurre con idea maliciosa
tomar entre los versos su camino.
En tanto que su cuerpo columpiado
en las endebles cañas mueve aprisa,
oye el canto de guerra a la poetisa,
al héroe de la Francia consagrado;
Y cuando ve que en su entusiasmo toca
las nubes y hasta el cielo se levanta
las dos velludas patas adelanta
y en el papel osada las coloca...
Miró junto a sus manos espantada
la niña el negro insecto al pliego asido
y lanzando agudísimo gemido,
cayó de un golpe en tierra acobardada.
Soltó la risa la insolente araña
y exclamó con gozosa altanería:
«¡Que se rinda ante mí la que traía
al gran Napoleón a la campaña!»
Carolina Coronado
Réplica A Una Impugnación Al Nada Creo
que movéis a mis canciones
me maravilla y me aterra.
¿No salen en nuestra tierra
por las damas campeones
y salen por los garzones?
Vaya en gracia, caballero,
de perseguidos donceles
paladín; sois el primero
que por sostener infieles
a las damas guante fiero
arroja en el suelo ibero.
Aunque enemigos los dos
que andante vayáis alabo
de malas causas en pos,
pues vos pensaréis «al cabo
al bueno le ayuda Dios»
y ayudáis al malo vos.
Es generoso el deseo
de amparar al no creído,
mas, Señor, a lo que veo
en esta querella creo,
que puede ya el descreído
creer que seréis vencido.
Empeño tan sin razón
os puede costar muy caro
que es mucha mi condición,
y si la guerra os declaro
quedaréis con el garzón
malparado en mi canción.
Mas, pues así lo pretende
vuestra musa respondona,
mire bien cual se defiende,
porque mi numen no ofende,
pero al que «guerra» le entona
vence, sigue, y no perdona.
¿Conque decís que la llama
del dulcísimo deseo,
que el pecho rendido inflama
del garzón que tierno ama,
se muda en rencor tan feo
al soplo del no te creo?
¡Válgaos Dios, buen caballero
de que mala condición
será el amante garzón
que trueque en odio fiero,
por un desdén la pasión
que inflamó su corazón!
Ya vuestra causa es perdida;
¿pues no veis por vuestra vida,
que autorizáis el desvío
de la dama descreída,
tan egoísta amorío
describiendo, Señor mío?
No pensáis que con razón
al conocer esa llama,
de tan innoble pasión,
debe responder la dama
a vuestro amante garzón
con semejante canción.
«Quien odia por un desvío
muestra que no supo amar.
Y pues fingisteis impío,
harto bien el pecho mío,
mal garzón hizo en dudar
de vuestro falso llorar.
»Quien así muda el halago
en baja reconvención
muestra indigno corazón,
y os he dado justo pago
rechazando mal garzón,
vuestra mentida pasión.
»Llamáis a mi amor ateo
porque del vuestro dudé,
mas garzón a lo que veo
si os hubiera dicho os creo,
vos respondierais a fe,
porque os creí, la engañé.
»Y pues pretende engañar
el uno aquí de los dos,
el otro debe dudar;
que vale más no adorar
que adorar a un falso Dios,
no amar, que amaros vos».
Ya veis Señor las razones
que a los hombres engreídos
da la dama en sus canciones.
¡Cómo han de ser los garzones,
por votos de amor creídos,
si sus votos son fingidos!
Carolina Coronado
La Página En Blanco
página en blanco para mí guardada;
y en dejar a mi musa limitada
la intención de los hados adivino.
Dice el sabio Hartzenbusch, a quien invoco
siempre que de consejos necesito,
en cierto verso por su mano escrito,
principio y ceso de lo malo poco.
Menos modesta que Hartzenbusch, acaso,
supliendo a su talento mi osadía,
seis páginas del Álbum llenaría
si no atajaran a mi musa el paso.
Basta con ésta; y aun a ser borrada
yo la condeno, por mi orgullo loco,
pues, si debe Hartzenhusch escribir poco,
yo no debo en conciencia escribir nada.
Carolina Coronado
Poniendo Al Revés Un Álbum Que Principiaba Con Unos Malos Versos
capricho inútil de los hombres es,
pues ha de ser del Álbum la postrera.
Si se toman los libros al revés.
El primero que el Álbum haya abierto
puede en verdad decir que lo empezó;
pero nadie dirá, con dicho cierto,
que pone fin en donde empiezo yo.
Carolina Coronado
En Un Álbum Donde Hallé La Firma De Hartzenbusch
hoy hallo con placer inesperado
tu nombre, buen maestro, aquí grabado
con el sello inmortal de tu poesía:
Y del pájaro igual no es la alegría
si solo, triste, incierto, fatigado,
por las ardientes zonas abrasado
halla una palma en la mitad del día.
Como en mi libro, protector me sea
tu nombre aquí, y en ánimo tranquilo
aguardaré al curioso que me lea:
Pues que podemos escoger asilo
entre estas hojas y a ninguno agravio,
quiero elegir la vecindad de un sabio.
Carolina Coronado
A Rioja
Rioja en esas flores
que brillan a mis ojos aún más bellas
porque son de Rioja los amores.
Esos albos jazmines
de su pecho llagado,
por enemigos fieros y ruines
fueron el lenitivo regalado.
Esos claveles rojos,
esas rosas lozanas,
honor tuvieron se alegrar sus ojos
y de ceñir sus sienes soberanas.
El bardo agradecido
alzó a sus compañeras
un canto, que en los siglos repetido,
vino a llenar también estas riberas.
Y así cual las historias
y los célebres nombres
de abuelos que obtuvieron altas glorias
repiten a los nietos, otros hombres.
Así a las de mi huerto
repito las canciones
que otro pueblo de flores, que ya es muerto,
logró inspirar en béticas regiones.
Y es mucha maravilla
el mirar cómo ellas
doloridas oyen, por mi voz sencilla,
de su sentido vate las querellas.
Paréceme que gimen,
paréceme que llanto
brota de entre sus hojas, que se oprimen
de sentimiento al escuchar el canto.
¡Oh Rioja, oh poeta!,
¡y cuán poco su alma
tiene del mundo a la ambición sujeta
quien en vergel humilde halla la calma!
Un libro y un amigo
en tu modesta vida
¡oh sabio angelical! bastan contigo
para lograr la dicha apetecida.
No te cuidas de honores,
desdeñas la riqueza
y ensalzas la belleza de las flores
al par que otros del oro la grandeza.
Fenómeno del mundo,
que no comprende ahora
el siglo en ambiciones tan fecundo,
la edad en avaricias tan creadora.
¿Quién hoy ya se contenta
con la sencilla vida?
¿Quién no va tras de vida turbulenta?
¿A quién la paz del alma es hoy querida?
Los niños envejecen
de ambición prematura;
los bosques de laureles no abastecen
el ansia de laurel de una criatura.
El atrevido mozo
por el mando se afana,
cuando el albor de su naciente bozo
anuncia apenas su primer mañana.
¡Y dichoso si fuera
orgullo solamente!
¡Dichosos si esta raza no sintiera
de la codicia el aguijón hiriente!...:
Mas no, dulce Rioja
turbe nuestro reposo
esa amarga verdad que el alma enoja
y el corazón rechaza generoso.
Pensemos que esa tierra
la habitan serafines,
pero huyendo su gloria que me aterra,
tomemos a tu reina de jazmines.
Yo en las flores te veo,
tu cuerpo ha fenecido,
mas las alas del tiempo a mi deseo
de tu espíritu un átomo han traído.
Y fecunda mi alma,
así tu pensamiento
cual de su amiga a la distante palma
fecunda el germen que transmite el viento.
Por eso amo a las flores,
porque vives en ellas;
porque fueron, Rioja, tus amores,
son esas flores a mis ojos bellas.
Si su color admiro,
si percibo su esencia,
escucho un melancólico suspiro,
oigo de su arpa dulce la cadencia.
Y llevo reverente
a mis labios su hoja,
diciendo al huerto en mi entusiasmo ardiente
béselas yo pues las cantó Rioja.
Carolina Coronado
Cienfuegos
de más están las musas y la lira,
sobra la indignación que en mí respira
para cantar al vate castellano;
tendí mis ojos, y busqué en el llano
su tumba ilustre, y me encendió la ira,
cuando al decir su nombre, lengua extraña
«yace aquí, replicó, no está en
España».
Pueblo ¿es verdad? los huesos venerados
del noble y generoso caballero
¿los cubre por merced polvo extranjero?
¿No están en nuestras tierras sepultados?
¡Pueblo de fuertes hombres degradados!
¡Antípoda de gloria, pueblo ibero!
¡Que hayas de darnos siempre estos sonrojos
cuando a tus genios buscan nuestros ojos!
Como largo camino de hormiguero
de nuestra patria a Francia es el camino,
y yo al mirar a tanto peregrino
que recorre sin tregua aquel sendero,
van, dije, su adorado compañero
a rescatar del panteón vecino:
¿Traéis su polvo? pregunté impaciente,
«pondré de vose,» respondió la gente.
Duerme, poeta, que tu noble sombra
no ha menester que nuestro pueblo mire,
mientras contento en los salones gire
francés danzando en la francesa alfombra;
duerme, que al pueblo tu virtud asombra,
y es harto indigno de que el genio admire
dándole a tu sepulcro reverencia,
queden tus huesos del francés herencia.
Carolina Coronado
A Larra
de mofa, de sarcasmo de amargura,
al que le ofrezco humano
recuerdo de ternura,
darás riendo en tu morada oscura?
Si la mujer que llora
fue blanco del rigor de tu garganta,
¿qué pensarás ahora
de la mujer que canta
¡ay! ¿qué dijeras de la nueva planta?
Al ver a la poetisa
tú contemplaras su cabeza atento,
y entre cruel sonrisa
prorrumpiera tu acento:
«Aquí yacen el juicio y el talento».
Porque estás muerto canto:
vivo, Mariano, de tu pluma el vuelo
diérame tal espanto,
que no osara del suelo
mi lira levantarse de recelo.
¿Qué digo? En este instante
juzgo escuchar desde el profundo hueco
tu voz agria y punzante,
que aun en tu labio seco
para rasgar las almas tiene un eco.
«Mujer ¿a qué has venido?
Al romántico yugo sujetada.
¿Ensayas tu gemido
en mi tumba olvidada
por ser luego del mundo celebrada?
»El nombre de Mariano
¿es que presta sonoro consonante
a tu numen profano,
o vienes insultante
a escarnecer aun mi sombra errante?»
¡Ateo desgraciado!
¡Víbora de las bellas ilusiones!
¡Genio desesperado!
¡Que al mundo no perdones
ni aun las que eleva a ti santas canciones!
Vengo piadosa y triste
no a escarnecer tu nombre, respetado
aun luego que moriste
vengo, escritor amado,
el libro a agradecer que nos has dado.
Si fue como tu vida
horrible tu morir, de Dios es cuenta,
tu historia dolorida
dos páginas presenta,
una que el mundo aplauda, otra que sienta.
Lástima para el hombre,
corona para el genio esclarecido,
yo al invocar tu nombre
al criminal olvido
para cantar al escritor querido.
Mira si el mundo es bueno,
que en tu risueña pluma a las criaturas
nos da hiel y veneno,
y nuestras bocas puras
gracias te dan por tales amarguras.
La risa convulsiva
en que a tu hablar rompemos, nos quebranta,
¡oh guadaña festiva!
y en pago a pena tanta
mira si el mundo es bueno, que aún te canta.
Pero de nuevo suena
a interrumpir mi voz tu voz burlona.
«Engañosa sirena,
guárdate esa corona
que ofrece el mundo necio a mi persona.
»Sírvate de prendido,
que más le cuadra a tu cabeza lisa
que a mi cráneo partido,
coronas que mi risa
excitan como tú, ¡¡vana poetisa!!»
¡Oh! basta, adiós, poeta,
pues desdeñas mi ofrenda de armonía;
hasta en la tumba quieta
tu genio desconfía,
¡hielas la pobre flor de mi poesía!
¡Que en los ángeles crea
quien duda así de los humanos seres;
que del cielo te sea
la gloria que tuvieres
mas grata que del mundo los placeres!
Carolina Coronado
Espronceda
A la Excma. señora marquesa de Monsalud y vizcondesa de San Salvador.
ESPRONCEDA
Rompió el divino sol por Oriente,
engalanado en nuevos resplandores,
hervía el prado en olorosas flores,
rebosaba en perfumes el ambiente,
trinaba el ruiseñor más dulcemente,
acrecentaba el agua sus rumores,
de nuestro pueblo humilde el pavimento
retemblaba aguardando algún portento.
De tu palacio antiguo, solo, oscuro,
en el rincón de la olvidada villa
surgió voz melancólica y sencilla,
como de niño tierno acento puro;
así el lloro dulcísimo figuro
del infante Ossián cabe la orilla
de la ruda Albión cuando nacía
como el bello Espronceda a luz del día.
Aquí al genio brillante de la España
plugo elegir su refulgente cuna,
por hacernos rivales en fortuna
con el Morven feliz de la Bretaña.
¿Quién la villa estrechísima que baña
por todo mar y arroyo una laguna,
y por muro y jardín cerca un sembrado
sin Espronceda hubiera recordado?
Ese cantor del sol tal vez al cielo,
Espíritu sin cuerpo, le pedía
ver la primera luz del claro día
del gran Cortés en el fecundo suelo;
y Dios tal vez al prematuro anhelo
del alma de Espronceda concedía
en raudal de talento transformado
el valor de Cortés nunca igualado.
Así brotó, cundió como los ríos,
como los mares se ensanchó en la tierra;
tempestad en amor, trueno en la guerra
fueron sus cantos bravos y sombríos;
¡Oh! si elevara sus acentos píos
a Dios loando el que blasfema aterra,
profeta de este siglo desgraciado
le volviera la fe que le han robado.
Destemplaron las cuerdas de su lira
los duros vicios, al rozar con ellos,
y en sus cantares, cuanto amargos bellos,
toda verdad apellido mentira;
loco de padecer, llorando de ira,
ve la nieve asomar a sus cabellos;
y ¡ay! ¡cómo entonces se lastima y canta,
y el corazón con su gemir quebranta!
Dichosa muerte que aplacó tal vida;
dichosa vida por tan presta muerte;
¿debe sino yacer en polvo inerte
el que su fe en el mundo ve perdida?
Por todo el corazón ya carcomida
palma gallarda fue que al noto fuerte
no pudo resistir con su corteza,
y a la tierra inclinó la gran cabeza.
¡Oh! ¡cuán diverso fue el risueño día
en que brotó en la tierra ese capullo
mimado de las brisas al arrullo,
festejado del ave a la armonía!
¡Oh quién su primitiva lozanía
sin su infortunio, su impiedad, su orgullo,
pudiera devolver al genio muerto
primer cantor del español concierto!
Madrid, Bretaña, su amargado canto
su juventud penosa han obtenido;
mas del pueblo extremeño sólo han sido
sus puros ayes, su inocente llanto.
¡Salve por esa cuna y honor tanto
y tanta gloria, pueblo esclarecido;
campana que sonaste alegremente
cuando el agua de Dios bañó su frente!
¡Salve campiña floreciente y leda,
que diste aromas al solemne día,
raza de aves que en la patria mía
cantaron la venida de Espronceda!
¡Salve morada que tapiz de seda
prestaste al niño huésped que nacía!
¡Salve dueña feliz de la morada
donde tan gran memoria está guardada!
Almendralejo, 1846
Carolina Coronado
Se Va Mi Sombra Pero Yo Me Quedo A Mis Amigos De Madrid
del pensamiento que buscaba el mío,
siempre confuso y ciego en el sombrío
y solitario claustro de mi mente!
¡Oh luz amada, luz resplandeciente,
en cuyos rayos mi esperanza fío,
luz de mi alma, luz de mi deseo,
que iluminas al fin, que al fin te veo!
Luz de gloria inmortal, que en ígnea rueda
brillas sobre la estatua de Cervantes,
brillas sobre los huesos palpitantes
del desgraciado Larra y de Espronceda;
no importa que la suerte me conceda
para verla no más breves instantes,
pues siempre verla y adorarla puedo,
porque se va mi sombra y yo me quedo.
Frentes marchitas, de estudiar cansadas,
ánimos nobles, de luchar rendidos,
poéticos espíritus caídos,
generosas ideas desmayadas;
yo, que del campo allá en las retiradas
soledades, guardé de mis sentidos
el entusiasmo, consolaros puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo.
Aquí para cantar y aquí mi oído
para escuchar, amigos, vuestro canto,
y aquí estará mi ser, aunque entretanto
os diga la ilusión que ya he partido;
¡loca ilusión! Engaño del sentido
pensar que os dejo y que derramo llanto,
pensar que sufro y que dejaros puedo
cuando se va mi sombra y yo me quedo.
Aquí para labrar de la poesía
la dura tierra donde el lauro crece,
mi corazón, que nunca desfallece,
os seguirá constante en la porfía;
para dar mi tributo de armonía,
para animar al triste que padece,
para sufrir, si consolar no puedo,
aunque vuele mi sombra yo me quedo.
De las amigas manos las palmadas
aún escucho el dulcísimo ruido
bien sabéis que por cada una he vertido
dos lágrimas profundas y abrasadas;
no me diréis jamás que mal pagadas
por este corazón ardiente han sido,
cuando jurar por vuestra gloria puedo,
que huye mi sombra, pero yo me quedo.
¿No es verdad que es muy triste en la morada
del solitario valle hundir la vida,
y no ver en el agua adormecida
sino la propia imagen retratada?
Por eso vine enferma y lastimada,
y no quiero tornar más abatida,
y por eso, no más, Dios me concede
que se vaya mi sombra y yo me quede.
¡Ay! aunque os digo «adiós» yo no me alejo,
es mi sombra no más la que mañana
volverá a retratarse en el espejo
del insalubre y muerto Guadiana;
aunque soñéis en la ilusión que os dejo,
mirad que es sólo una, quimera vana,
un sueño ingrato a cuyo error no cedo,
que si se va mi sombra yo me quedo.
Nada importa el adiós, si es de tal suerte
que os digo «adiós» y es falsa la partida;
ni ha de rendirse débil y afligida
por un sueño no más el alma fuerte.
¿Qué os importa mi sombra vaga, inerte,
para sufrir en esta despedida,
si he dicho, amigos, que escucharos puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo?
«¡Adiós!» mil veces os diré cantando
y estos adioses ni escuchéis siquiera,
ni penséis que mi voz es lastimera,
ni digáis que de pena estoy llorando;
es un adiós tranquilo, un adiós blando,
es una despedida placentera,
pues ni llorar ni enternecerme puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo.
¡Oh! ya veréis cómo al acento amigo
mañana y siempre con mi voz respondo,
aunque este adiós tan quebrantado y hondo
aun, otra vez, por postrera os digo;
veréis cómo en los triunfos os bendigo,
aunque os parezca, amigos, que me escondo,
porque es engaño, sí... ¡Nunca!... ¡No
puedo!...
Se irá mi sombra, pero yo me quedo.
Belén Reyes
La Poesía Es Un Arma Cargada De Mercurio
entre estas venas rotas y cansadas.
No hay célula que tienda a resistirse.
No quiero ser inmune a nadie, a nada.
Yo sé, porque me duele cuando escribo,
que Amparitxu se acuerda de Celaya.
La poesía es un arma cargada de mercurio,
a casi todo el mundo se le escapa.
Y no sé por qué insisto en estos tiempos,
se nos van los poetas en silencio,
y luego el homenaje-navajada.
Hago trenzas de versos, me despeino.
Cuando se hace un milagro hay que dar caña.
Yo sé que es vida esto que se mueve
entre estas venas rotas y cansadas.
La poesía es un arma cargada de mercurio,
hay una minoría que la atrapa.
Los demás que se apañen con la nómina,
con el vídeo, la coca, o la esperanza.
Blanca Andreu
Tú Eras Columna De Babilonia O Casi
capítulo del beso de Babel cuando eras mano labios dedos torres,
historia alta de ti,
el libro de la voz deshojándose con paso de danza,
y la colonia que se despierta y escribe estrofas verdes,
y el viento era cascabel para tus pies
en la luna bermeja del salón.
O cuando fuiste dioses, dioses para la adolescencia que se vende,
o antes, sí, antes de esperar casas
del lenguaje arquitecto,
templos para bisoledad y rastro lejano de ti,
mirando el ligero Mediterráneo,
aguardando una iluminación del nervioso mar,
un haz de días,
una camada lírica.
Blanca Andreu
Escucha, Escúchame, Nada De Vidrios Verdes O Doscientos Días
abiertos como heridas abiertas, o de lunas de Jonia y cosas así,
sino sólo beber yedra mala, y zarzas, y erizadas anémonas parecidas a flores.
Escucha, dime, siempre fue de este modo,
algo falta y hay que ponerle un nombre,
creer en la poesía, y en la intolerancia de la poesía, y decir niña
o decir nube, adelfa,
sufrimiento,
decir desesperada vena sola, cosas así, casi reliquias, casi lejos.
Y no es únicamente por el órgano tiempo que cesa y no cesa, por lo crecido, para la sonriente,
para mi soledad hecha esquina, hecha torre, hecha leve notario, hecha párvula muerta,
sino porque no hay forma más violenta de alejarse.
Blanca Andreu
Amor Mío, Mira Mi Boca De Vitriolo
y mi garganta de cicuta jónica,
mira la perdiz de ala rota que carece de casa y muere
por los desiertos de tomillo de Rimbaud,
mira los árboles como nervios crispados del día
llorando agua de guadaña.
Esto es lo que yo veo en la hora lisa de abril,
también en la capilla del espejo esto veo,
y no puedo pensar en las palomas que habitan la palabra Alejandría,
ni escribir cartas para Rilke el poeta.
Alfonso Reyes
Mariano, Así Nació La Poesía
humo de sangre que la vida exhala
y luego se depura todavía
y asume voz al retomar el ala.
Sus raudos hijos la palabra cría,
risas y llantos en el trino iguala,
siendo victoría, vive de agonía
y se agota de austera siendo gala.
Dureza blanda, eternidad, ansiosa,
tesoro esquivo pero nunca vano,
fugitivo cristal, perenne rosa.
Tú lo sabes de sobra; tú, Mariano,
que suele suspender la mariposa
con el encantamiento de su mano.
Amado Nervo
Homenaje (1916)
Darío,
¡el de las
piedras preciosas!
Hermano, ¡cuántas noches tu espíritu y el mío,
unidos para el vuelo, cual dos alas ansiosas,
sondar quisieron ávidas el Enigma sombrío,
más allá de los astros y de las nebulosas!
Ha muerto
Rubén Darío,
¡el
de las piedras preciosas!
¡Cuántos años intensos junto al Sena vivimos,
engarzando en el oro de un común ideal
los versos juveniles que, a veces, brotar vimos
como brotan dos rosas a un tiempo de un rosal!
Hoy tu vida, inquieta cual torrente bravío,
en el Mar de las Causas desembocó; ya posas
las plantas errabundas en el islote frío
que pintó Böckin... ¡ya sabes todas las cosas!
Ha muerto
Rubén Darío,
¡el
de las piedras preciosas!
Mis ondas rezagadas van de las tuyas; pero
pronto en el insondable y eterno mar del todo
se saciara mi espíritu de lo que saber quiero:
del Cómo y del Porqué, de la Esencia y del Modo.
Y tú, como en Lutecia las tardes misteriosas
en que pensamos juntos a la orilla del Río
lírico, habrás de guiarme... Yo iré donde tu osas,
para robar entrambos al musical vacío
y al coro de los orbes sus claves portentosas...
Ha muerto
Rubén Darío
¡el
de las piedras preciosas!