Poemas en este tema

Amor Platónico

César Vallejo

César Vallejo

Deshora

Pureza amada, que mis ojos nunca
llegaron a gozar. Pureza absurda!
Yo sé que estabas en la carne un día,
cuando yo hilaba aún mi embrión de vida.
Pureza en falda neutra de colegio;
y leche azul dentro del trigo tierno
a la tarde de lluvia, cuando el alma
ha roto su puñal en retirada,
cuando ha cuajado en no sé qué probeta
sin contenido una insolente piedra.
Cuando hay gente contenta; y cuando lloran
párpados ciegos en purpúreas bordas.
Oh, pureza que nunca ni un recado
me dejaste, al partir del triste barro
ni una migaja de tu voz; ni un nervio
de tu convite heroico de luceros.
Alejáos de mi, buenas maldades,
dulces bocas picantes...
Yo la recuerdo al veros oh, mujeres!
Pues de la vida en la perenne tarde,
nació muy poco pero mucho muere!
636
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Recinto

Tú eres más que mis ojos porque ves
lo que en mis ojos llevo de tu vida.
Y así camino ciego de mí mismo
iluminado por mis ojos que arden
con el fuego de ti.

Tú eres más que mi oído porque escuchas
lo que en mi oído llevo de tu voz.
Y así camino sordo de mí mismo
lleno de las ternuras de tu acento.
¡La sola voz de ti!

Tú eres más que mi olfato porque hueles
lo que mi olfato lleva de tu olor.
Y así voy ignorando el propio aroma,
emanando tus ámbitos perfumes,
pronto huerto de ti.

Tú eres más que mi lengua porque gustas
lo que en mi lengua llevo de ti sólo,
y así voy insensible a mis sabores
saboreando el deleite de los tuyos,
sólo sabor de ti.

Tú eres más que mi tacto porque en mí
tu caricia acaricias y desbordas.
Y así toco en mi cuerpo la delicia
de tus manos quemadas por las mías.

Yo solamente soy el vivo espejo
de tus sentidos. La fidelidad
del lago en la garganta del volcán.
496
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En El Álbum De Una Dama Para La Cual Se Pidan Elogios Sin Conocerla

De tus ojos, bella Flora,
muy bella será la llama,
cuando aquí llega la fama
de su brillo y su beldad,

Y cuando yo desdeñando
de la envidia los enojos,
la hermosura de tus ojos
celebro en mi soledad.

Yo declaro, aunque no he visto
la belleza de tu cara,
que ninguna estrella clara
tiene tanto resplandor,

Y que el mismo sol ardiente
con tener matices rojos,
si se presentan tus ojos
pierde al mirarte el color.

Y yo sin verte declaro,
por solo presentimiento,
que eres de gracias portento,
un tesoro de bondad,

Y que faltando a mi mente
una musa protectora,
invoco en mis versos, Flora,
por numen a tu deidad.

¡Ay! yo quisiera decirte
cuánto tu rostro merece...
pero, Flora, son ya trece
Los Álbumes que hoy firmé;

Y de mi numen escaso
gasté tantos consonantes,
que las perlas y brillantes
de su tesoro agoté.

¡Ojalá que tú primero
me dieras el Álbum, Flora,
y no me encontrara ahora
tan exhausta para ti!;

Mas tú serás la postrera
ya que la suerte lo quiere;
para los Álbumes muere
quien pone su firma aquí.
504
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En Otro El Jilguero Y La Flor Del Agua

Escúchame, poeta
un gracioso jilguero
joven, vivo y ligero
más que brisa coqueta.

Después de haber corrido
del valle a la colina
tras cada peregrina
yerbecilla perdido,

Después de haber cruzado
cien veces la pradera
cada flor hechicera
cantando enamorado.

De larga travesía
fatigado su vuelo
al pie de un arroyuelo
vino a posar un día.

El sol ya se ocultaba,
y su postrer reflejo
en el brillante espejo
del agua reflejaba.

A otras flores asida
y siempre en la corriente
de la linfa latiente
flotando conmovida,

Leve como amarilla
cañilla de centeno
en su cristal sereno
vivía una florecilla.

Sus galas, su belleza
eran no más frescura
que daba el agua pura
a su gentil cabeza.

Era el hermoso brillo
que el sol que se alejaba
melancólico daba
a su cáliz sencillo...

Vio el pájaro gracioso.
La ninfa peregrina
y en el agua argentina
lanzó un trino amoroso.

Oyó la florecilla
al colorín amante
y vaciló un instante
temblando en su barquilla...

—Vente, (el ave cantó)
que otro lecho más rico
transportada en mi pico
he de buscarte yo.

—No, la flor respondía,
si dejo la frescura
del agua mansa y pura
no viviré ni un día.

—Rompe el tallo hechicero,
no estés en la ola hundida.
—Estoy al agua unida
si me arrancas me muero.

—¡Ah! vente a otros lugares
—¡Quédate al lado mío!
—¡Verás los anchos mares!
—Me basta con mi río.

¡Adiós! ¡gritó impaciente
el pájaro ofendido!
La flor con un gemido
respondió tristemente.

«Nunca me amaste, si mi endeble frente
sabes que con un soplo se marchita
¿cómo del ronco viento que te agita
pudiera resistir el gran torrente?

»Por buscar otra tierra más lejana
arrancarme del agua que me alienta
es pretender con ansiedad violenta
sacrificarme a tu ambición insana.

»Si no son estas ondas transparentes
que repiten tus trinos amorosos
y te halagan con besos cariñosos
espejos atu orgullo suficientes,

»Adiós, adiós, vuela a buscar ventura
de aquilón en el fiero torbellino
y déjame en mi arroyo cristalino
sobre mi cuna hallar mi sepultura.

»El cierzo romperá tus alas bellas
y cuando tornes y a mi amor te acojas,
de mi triste barquilla y de mis hojas
¡no hallarás en las olas ni las huellas!»
572
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En El Álbum De La Señorita Armiño

Existe entre ti y mi alma
una dulce inteligencia,
mitad cariño en su esencia
y celos la otra mitad,
Yo no sé, niña graciosa,
cuál de entrambas es más fuerte:
sé que las dos de igual suerte
dominan mi voluntad.

Bástame para quererte
que en una planta nacida
estés por el tallo unida
a una flor que adoro yo;
Mas te envidio, niña bella,
que el Señor, desde la cuna,
te diera la gran fortuna
que a mi existencia negó,

Porque tú ves la sonrisa
de mi adorada cantora,
sus lágrimas cuando llora,
su imagen, todo lo ves,
pero yo nunca la veo
sino allá como entre nubes
soñamos ver los querubes
de los cielos al través.

Y por eso hay entre ambas
una dulce inteligencia,
mitad cariño en su esencia
y celos la otra mitad;
Yo no sé, niña graciosa,
cuál de entrambas es más fuerte,
¡sé que las dos de igual suerte
dominan mi voluntad!
523
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En El Álbum De Una Señora Muy Simpática

Tiene a veces el alma un sentimiento
que sabe comprender, mas no explicar,
no es amor, no es pasión y es este afecto
más que interés y menos que amistad;

Es vaga inclinación que nos inspira
entre otros mil determinado ser,
es dulce, indefinible simpatía
que nace y muere sin razón, tal vez.

Es lo que siento yo por vos señora,
más que interés y menos que amistad
falta para amistad vuestro cariño,
sobra para interés que os quiero ya.
552
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Un Otro Con Igual Asunto

Abrid los ojos, célica María,
más que la luna del enero, claros,
abrid los ojos y mirad cuán raros
son los dones que Dios tierno os envía:
el serafín más bello que tenía
entre sus dulces serafines caros
coronado de rayos celestiales
coloca en vuestros brazos virginales.

¡Mirad quién se os estrecha a la garganta,
mirad qué labio os busca con anhelo,
mirad, que por el santo rey del cielo
qué gozosa estaréis con dicha tanta!
Al ser que a vuestro pecho se amamanta
velad; señora, con ardiente celo,
¡que ya desesperado y moribundo
dél solo espera salvación el mundo!
543
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Porque Es Tu Amor Amor De Los Amores

No es posible, Señor, que a quien te ama
no vuelvas la mirada enternecido;
pasión ninguna el corazón inflama
que tu aliento, Señor, no haya encendido:
no es posible, Señor, que quien me llama
me consienta partir como he venido,
melancólica, pobre, avergonzada
de no lograr de ti ni una mirada.

Yo no te vi jamás; pero en mi anhelo
tu espíritu ideal figura toma;
y en la luna te veo, cuando asoma
tan blanca y tan suave por el ciclo:
dame (pues hora luce) algún consuelo
en tu palabra dulce como aroma;
que harto breve, Señor, para tu acento
es la inmensa extensión del firmamento.

La virtud del milagro exhausta ahora
dicen que está, Señor, mas no lo creo:
¡es ¡ay! que de la gloria del hebreo
no somos esta grey merecedora!...
¿Qué es para ti la magia aterradora,
si basta de tu ceja el leve arqueo
no para hacer brotar apariciones,
para hundir en los mares las naciones?

¿Qué es un fantasma, que los aires hienda?
¿qué es un acento que en el aire suene
para el que tiene voz que el orbe atruene,
manga de fuego que la tierra encienda?
¡Exhausta tu virtud!... ¿Por qué estupenda
peregrina visión no sobreviene,
cuando aquel que te niega en su locura
de tu máquina es mísera figura?

¿Qué más visión que nuestra misma sombra
con que a nosotros mismos espantamos?...
¿De dónde hemos venido? ¿A dónde vamos?...
¿Quién nuestro guía es? ¿Cómo se
nombra?...
¡Exhausta tu virtud!... ¡Y aún nos asombra
esta propia vereda que cruzamos,
movidos por tal mano, de tal suerte
que amo la vida y corro hacia la muerte!

Daniel te vio; nosotros no te vemos;
te oyó Moisés; nosotros no te oímos.-
pero el mismo serás cuando existimos
cual las almas de siglos tan extremos.
Y ¿exhausta tu virtud, Señor, creemos,
visión maravillosa te pedimos,
cuando a la tierra muestras por visiones
una tras otra mil generaciones?

¡¡Visión, visión!!... La luna que me mira
no hablara si quisieras darle acento,
¿cuando lanzarla puedes de su asiento
y arruinar este mundo que delira?...
Si no me habla, Señor, si no suspira
respondiendo a mi ardiente sentimiento,
no es que le faltan ecos seductores,
es que falta ventura a mis amores.

Oigo el plañir del solitario río,
oigo el trinar de las nocturnas aves;
él me enternece con sus tonos graves,
y ellas me afligen con su amante pío,
y entonces es cuando hacia ti, Dios mío,
que de todo comprendes, todo sabes,
mis acentos dirijo invocadores,
cantándote el amor de los amores.

¡Oh cuán pálido es todo y cuán mezquino
lo que de hermoso y grande el suelo ostenta,
cuando el alma, Señor, se representa
tu sonreír y tu mirar divino!...
todo querer parece desatino
donde tu afecto incomparable alienta;
toda sabrosa dicha sinsabores
en donde está el amor de los amores.

Llueven las nubes; crécense los ríos;
nuestras eras de ayer son hoy laguna;
hinchase el mar; se pierden los navíos.-
¡Ay del que tiene amor a la fortuna!
Derríbanse los altos señoríos,
bajan al fango los de ilustre cuna.-
¡Ay del que tiene amor a los honores,
y desdeña el amor de los amores!

Mira, Señor, en tierra al encumbrado:
mira ya al opulento empobrecido.-
Si tan alto subió, ¿por qué ha bajado?
si tesoros ganó, ¿por qué ha perdido?
y su orgullo, Señor, ¿en qué ha parado?
y su altivo desdén ¿a dónde ha ido?
¡Olvidaron que todos son dolores,
si nos falta el amor de los amores!

¿Y yo te olvidaré, constante dama,
yo que en el corazón tu voz he oído?
No es posible, Señor, que quien me llama
me consienta partir como he venido:
no es posible, Señor, que a quien te ama
no vuelvas la mirada enternecido,
ni me pagues, Dios mío, con rigores,
cuando aspiro al amor de los amores.

No se parece su ternura santa
a las vagas pasiones turbulentas
que dan como de estío las tormentas
rayos por lluvia a la marchita planta
No llora celos quien de ti se encanta...
Vírgenes puras a tu lado asientas:
y a tu cariño aspiran las mejores,
¡porque es tu amor amor de los amores!
941
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Porque Quiero Vivir Siempre Contigo

Sí, yo te creo; viva mi fortuna
y viva el canto de mi humilde boca
si abrasada en tu amor mi alma no invoca
para cantar la fe musa ninguna:
de las musas el arte importuna
cuando tu amor me abrasa y me sofoca,
y me place exhalar a mi albedrío
tonos amantes para ti, Dios mío...

Sí, yo te he visto clara y transparente
como la luz que me ilumina veo,
arrebatada, he visto en mi deseo
tu mirada, Señor, resplandeciente;
una vez nada más tu hermosa frente
he contemplado y me turbó el marco,
y esa vez nada más que te he mirado
me dejaste el espíritu arrobado.

Yo no sé cómo fue, si allá en el sueño
o si despierta he visto tu semblante,
sólo sé que te vi cruzar flotante
y que en tu imagen conocí a mi dueño,
y que es de entonces mi irritado empeño
ver otra vez tu aparición brillante,
contemplar otra vez tu imagen cierta
en delirios, en sueños, o despierta.

Yo me sueño contigo muchas veces,
con la ilusión de mi placer me inflamo,
y te busco después y no pareces,
y no respondes aunque más te llamo;
¿En dónde estás? ¿En dónde
resplandeces?
¿Dónde te iré a decir cómo te amo?
¿Cuándo a mis ecos prestarás oído?
¿Cuándo podré llevarte mi gemido?

Yo tengo para ti nuevos acentos
que nada más mi corazón los sabe,
que no los sabe el hombre, el mar, ni el ave,
ni lo saben las brisas ni los vientos.
Y sólo a tus oídos más atentos
les es dado escuchar la voz suave
que por mi seno con aliento gira,
y antes que llegue a mi garganta, expira.

Es voz que al aire pierde su sonido
como flor que a la luz su aroma pierde,
y no puede expresarlo aunque recuerde
su misterioso y virginal sentido:
lágrimas muchas veces he vertido
allá del campo en la llanura verde,
cuando al morir el sol me consumía
sin poderte decir lo que sentía.

¡Ay! lo que siento yo, lo que me inquieta,
Señor, quién lo comprende, quién lo canta;
¡pobre santa Teresa, pobre santa,
que a tal agitación vivió sujeta!
Y más pobre mujer, alma incompleta
esta, que no teniendo gracia tanta,
con la misma pasión que la devora
sin poderte mirar, Señor, te adora.

¿Dónde te iré a buscar, dónde amor
mío,
escondida tu faz en el espacio
hallaré para verte más despacio
y calmar mi agitado desvarío?
¿Hacia dónde, Señor, mis pasos guío
para llegar por senda a tu palacio,
y sin genio, sin numen y sin arte
la fe que siento en mi pasión cantarte?

No te encuentro en el mar que antes ansiaba
cuando tan mal, Señor, te comprendía,
que en el recio furor con que bramaba
escuchar tus acentos presumía;
monstruo rabioso que espumante baba
verde como la bilis escupía
¡cómo sonar en su amargado seno
puede tu canto de dulzura lleno!

No te encuentro en las olas vacilantes
donde pensé que tu mirar lucía
antes de que tus ojos más radiantes
a iluminar vinieran mi poesía;
soles y estrellas encendidos antes
ya me parecen luz pálida y fría,
y si sus rayos por acaso miro
cierro los ojos y por ti suspiro.

Por ti ya dejo las queridas flores,
los pájaros, el río, los pinares,
para ti nada más tengo cantares;
para mí nada más tienen colores
de tus ojos los bellos luminares,
para mí nada más tiene armonía
tu voz que sueño en la locura mía.

¡Oh! tú no estás aquí; tu forma bella
no es la del mar sombrío que batalla:
tu lumbre no es la lumbre de la estrella
ni por los valles mi ansiedad te halla;
tú más hondo que él, más alto que ella
opones a mi amor eterna valla,
y cuanto más en tu existencia creo
más sufro y lloro porque no te veo.

Pero yo tengo fe; yo he de encontrarte;
yo para siempre he de vivir contigo;
yo protegida por tu brazo amigo
el espacio hendiré para alcanzarte:
si en la tierra no es, en otra parte
seré dichosa, pues con fe te sigo,
y no me importa la envidiosa nube
que a interponerse entre nosotros sube.

Presto acaban los años en su giro
y de terna pasión la vida esclava;
presto, Señor, la juventud acaba
exhalada de amor en un suspiro;
no tengo sino a ti cuando deliro,
y este silencio y soledad me agrava
con las horas que pasan y no cuento
absorta en mi constante pensamiento.

¿Serán las pesadumbres de la vida,
de tan vario dolor tanta punzada,
de ingratitudes tantas, tanta herida
las que alarguen aquí nuestra parada?
¿tanto podré tardar en la partida
que el ánima no puede fatigada
con la esperanza, con la fe de hallarte
resignarse, sufrir, callar y amarte?

¡Cuánto esa nube durará en el cielo
si es la tormenta del vivir tan breve
que descendemos como nieve al suelo
y en él nos deshacemos como nieve!
¡Cuánto podré aguardar en este anhelo
si hasta el cierzo helado el soplo leve
hiere mi seno y hacia el triste ocaso
hasta, Señor, a acelerar mi paso!

Ya vi pasada la estación serena
y escucho de las lluvias el ruido,
y el caracol del labrador resuena
en el silencio con medroso aullido;
sola estoy con mi sombra y con mi pena,
mas pienso en ti, Señor, y del sentido
quiero, lanzando el miedo y la tristeza,
al término llegar con fortaleza.

También el joven árbol cuando llueve
desbaratado al agua da sus hojas
que el agosto abrasó tornando rojas
y en vago con el vientecillo mueve;
tal vez el aire sobre mí las lleve
mañana si me rinden mis congojas,
y me inunde la lluvia que ahora cubre
los pálidos narcisos del octubre...

Quién sabe... ¡ah! del Asia allá el gigante
oigo, Señor, que llamaba a nuestras puertas,
y ya de Europa veo en un instante
las tierras de cadáveres cubiertas;
cuando blande su hierro fulminante
siempre las tumbas ¡ay! están abiertas
y ya su brazo siéntese iracundo
y de espanto, Señor, ya tiembla el mundo.

Terrible incendio, que talando pasa
los pueblos de Siam hasta el Bassora,
y crece en Siria, al África devora,
sofoca a Rusia y a la Europa abrasa;
¡ay pobre Irlanda, que tu tierra escasa
es para los sepulcros! reza y llora,
que van los buitres en tu negro ciclo
sobre tus gentes a cubrir su vuelo.

Y ¡ay de nosotros! si el azote rudo
también, Señor, se vuelve contra España,
si entre sus dones fúnebres, Bretaña
también nos manda ese dolor agudo;
¡quién a sus recios golpes halla escudo!
¡qué asilo, si el palacio y la cabaña
convertidos en tristes hospitales
serán para sus víctimas iguales!

¡Quién podrá soportar esa agonía,
gritos de destrucción, ayes humanos;
los niños, las mujeres, los ancianos
pegando el rostro con la tierra fría!
¡Quién podrá soportar esa sombría
noche, sino los ánimos cristianos,
que absorbidos, Señor, en tus amores,
con tu memoria templan sus dolores.

¿En qué boca riquísima de aroma
aspiraremos el divino aliento,
cuando falta al pecho el sufrimiento
y el mismo corazón se nos desploma?
Cuando el dolor horrible nos carcoma
la sangre, con febril entendimiento,
¡qué mano ha de venir sino tu mano
a suavizar el padecer insano!

Tú a trasportarnos en tus brazos vienes
como las madres en la cuna al niño,
lecho nos pones de oloroso armiño,
fresca bebida de placer nos tienes:
con tus besos regalas nuestras sienes,
alegras nuestro ser con tu cariño
y olvidando a tu lado nuestra historia
¡oh! contigo vivir; ésa es la gloria.

Yo comprendo esa dicha santa y pura,
ese tu aliento embriagador recibo,
de tu mirada gozo el atractivo,
de tus ecos penetro la ternura;
vivificante ardor, suave frescura
en tu morada celestial percibo,
tonos, perfumes, delicioso ambiente
que el alma sólo del amante siente.

Por eso ardiente sed tiene mi boca
y en tus labios, Señor, templarla quiero,
y por eso en tus brazos sólo espero
la fiebre mitigar que me sofoca;
y por eso te busco ciega, loca,
porque te adoro y por tu amor me muero,
y por eso con fe; Señor, te sigo
porque quiero vivir siempre contigo.
624
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Clavellina

Entre el musgo de mi huerto
germina una hermosa planta
coronada de flor tanta
que su tronco no se ve;
muestra el capullo entreabierto
ya su primer florecilla
y la octava maravilla
son cáliz, hojas y pie.

Venid, hermosas doncellas,
vosotras que amáis las flores,
si los vivos resplandores
no os deslumbran de esa flor;
venid a mirar cuán bellas
brillan sus hojas carmines,
en la suavidad jazmines,
ambares en el olor.

La flor del verde granado,
la roja nocturna estrella
son mas pálidas que ellas
en matiz y en claridad;
porque el estío abrasado
de fuego su cerco pinta;
fuego es su cáliz, su tinta,
su espíritu y su beldad.

¡Mirad, mirad, si parece
que el tallo que la sustenta
con sangre pura alimenta
ese rojizo botón!
¡Si cuando el viento la mece
y su ardiente seno agita,
parece que le palpita
en el centro un corazón!

Escuchad -si acaso ciertas
fueran las transmigraciones
que antiguos sabios varones
creyeron en cada ser;
esa beldad de las huertas
con sus hojas palpitantes,
¿no juzgáis que debió antes
ser una amante mujer?

¡Del griego pueblo locuras
son las que nos han contado!;
tal vez el ser de un malvado
se trasmita a un alacrán;
pero las ánimas puras
de las amantes mujeres
no transmigran a otros seres,
que rectas al cielo van.

Hija de un átomo seco
de una planta mortecina,
siempre, siempre clavellina
ha sido esta flor carmín;
cayó aquel grano entre el hueco
de una china y dos terrones;
llovieron los nubarrones
y germinó en el jardín.

Pero mirad ¡oh cuán bella!
¡Si cuando el viento la agita
parece que le palpita
en el centro un corazón!
¿Y quién sabe, quién si ella
tiene también sentimiento?
¿Quién sabe, quién, si es el viento
el galán de su pasión?

No turbemos sus amores;
dejémosla libremente
ante el dulcísimo ambiente
sus rojas galas lucir;
dejémosla que las llores
tienen también sentimiento,
pero no tienen acento
y padecen sin gemir.

Reluciente clavellina,
gargantilla del estío,
no ornaré el cabello mío
con tu aromoso coral,
si a vanidad femenina
consagrada tu belleza
ha de ajarte mi cabeza
la frescura matinal.

Vive libre, libre crece
sobre el tallo que alimenta
la vena que te sustenta
ese precioso botón,
en cuyo centro se mece
un corazón que no veo;
pero que de cierto creo
que ha de ser un corazón.

Y las brisas te festejen,
y mimen las mariposas
las mejillas temblorosas
de tu rostro de carmín;
y las hormigas se alejen
de tus contornos suaves,
y te saluden las aves
por la reina del jardín.
871
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Aniversario

Bendita sea la amorosa luna
que derramó en tu cuna
antes que el sol, sus lánguidos fulgores,
y te suspiró, alma pura,
la suave ternura
de sus nocturnos, célicos amores.

¡Bendito el astro cándido y luciente
que prestó dulcemente
su brillo melancólico y hermoso
a tu amante mirada!
¡Yo adoro arrodillada
de tu existencia al astro venturoso!

¿Es por eso el encanto indefinible
que de amor indecible
llena mi corazón? ¿Eres tan bello,
tan dulce, tan amante
porque el primer instante
de tu vida alumbró con su destello?

¿Es al influjo de la luna triste
al que, tal vez, debiste
esa sombra que vela tu semblante,
y a medias oscurece
la luz que resplandece
en tu mirar de fuego centellante?

¡Ay! no lo sé; pero en mi frente siento
palpitante ardimiento
al contemplar tu faz tierna y sombría,
donde al par se difunden,
se mezclan y confunden
pasión, dolor, placer, melancolía.

¡Oh! Si mi voz al firmamento sube,
Dios hará que la nube
que tus divinos ojos entristece
agobie el alma mía,
y a ti dé la alegría
que tu adorado corazón merece.

¡Oh! quiera el cielo que al volver la luna
feliz como ninguna,
¡ángel querido! tu existencia vea;
y aunque yo desdichada
gima y desconsolada
al verla exclamaré: «¡Bendita sea!»
650
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Bendito Seas, Alberto

Aunque serena y callada
a tus suspiros me veas,
no indiferente me creas;
es que el alma enamorada
diciendo está embelesada
Alberto, bendito seas.

Si a responderte no acierto
cuando me vienes hablando,
¿piensas que tu voz no advierto?
pues es que estoy murmurando
con un acento muy blando
bendito seas, Alberto.

Alberto, ¿qué más deseas
de quien tanto vive amando?
yo te ruego que me creas,
que aunque callada me veas
estoy entre mí cantando
Alberto, bendito seas.

Muda estoy, fáltame vida;
queda el espíritu muerto,
la mente desvanecida;
pero esta voz repetida
forma en el alma concierto:
¡Bendito seas, Alberto!
672
Carolina Coronado

Carolina Coronado

El Espino

Yo no quiero de los campos
los árboles ni las parras
ni la multitud vistosa
de sus bellísimas plantas;

Pero un espino florido
que hay, Emilio, entre las zarzas,
es la envidia de mis ojos
la codicia de mi alma.

Viste su tronco ramaje
de verdes hojas lozanas.
Y entre sus brazos airosos
flores como espumas alza.

Más ansiosa que la abeja
es su perfume embriagada
vago errante, sin aliento
en torno de sus guirnaldas.

Mas, tiendo en vano los brazos
que antes que llegue a alcanzarlas
las punzadoras espinas
de sus ramos me desgarran.

Huye la flor de mis manos;
crece de mi pecho el ansia;
la flor queda en el espino
y en el espino mis lágrimas.
602
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Una Coqueta

Como aquellas lucecillas
vaporosas y ligeras,
que sin calor a millares
se levantan de la tierra,

Los amores en tu pecho,
fragilísima belleza,
sin que su fuego te abrase
alzan mil llamas diversas:

Brotan, lucen, se disipan,
otras nacen tras aquéllas:
la inconstancia las apaga,
la liviandad las renueva.
617
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Rosablanca

La luz del día se apaga;
rosa blanca, sola y muda
entre los álamos vaga
de la arboleda desnuda,

Y se desliza tan leve,
que el pájaro adormecido
toma su andar por ruido
de hoja que la brisa mueve,

Ni para ver en su ocaso
al sol hermoso un instante
ha detenido su paso
indiferente y errante.

Ni de la noche llegada
a las tinieblas atiende,
ni objeto alguno suspende
su turbia incierta mirada.

Y ni lágrimas ni acentos,
ni un suspiro mal ahogado
revelan los sufrimientos
de su espíritu apenado.

¡Tal vez de tantos gemidos
tiene el corazón postrado!
¡Tal vez sus ojos rendidos
están, de mal tan llorado!

Tal vez no hay un pensamiento
en su cabeza marchita,
y en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.—

El poeta «suave rosa»
llamóla, muerto de amores
¡El poeta es mariposa
que adula todas las flores!

Bella es la azucena pura,
dulce la aroma olorosa
y la postrera hermosura
es siempre la más hermosa.

En sus amantes desvelos
la envidiaron las doncellas;
mas ¡ay! son para los celos
todas las rivales bellas.

Viose en transparente espejo
linda la joven cabeza;
mas tal vez dio en su reflejo
su vanidad la belleza.

¿Y qué importa si es hermosa?
sola, muda y abismada
sólo busca la apartada
arboleda silenciosa.

Y allí cuando debilita
su espíritu el sufrimiento,
en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.
602
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Rosa Blanca

¿Cuál de las hijas del verano ardiente,
cándida rosa, iguala a tu hermosura,
la suavísima tez y la frescura
que brotan de tu faz resplandeciente?

La sonrosada luz de alba naciente
no muestra al desplegarse más dulzura,
ni el ala de los cisnes la blancura
que el peregrino cerco de tu frente.

Así, gloria del huerto, en el pomposo
ramo descuellas desde verde asiento;
cuando llevado sobre el manso viento

a tu argentino cáliz oloroso
roba su aroma insecto licencioso,
y el puro esmalte empaña con su aliento.
715
Bartolomé Leonardo de Argensola

Bartolomé Leonardo de Argensola

Gala, No Alegues A Platón O Alega

Gala, no alegues a Platón o alega
algo más corporal lo que alegares,
que esos cómplices tuyos son vulgares
y escuchan mal la sutileza griega.

Desnudo al sol y al látigo navega
más de un amante tuyo en ambos mares
que te sabe los íntimos lunares
y quizá es tan honrado que lo niega.

Y tú, en la metafísica elevada,
dices que unir las almas es tu intento,
ruda y sencilla en inferiores cosas;

pues yo sé que Apuleyo más te agrada
cuando rebuzna en forma de jumento
que en la que se quedó comiendo rosas.
346
Alfonsina Storni

Alfonsina Storni

La Caricia Perdida

Se me va de los dedos la caricia sin causa,
se me va de los dedos... En el viento, al pasar,
la caricia que vaga sin destino ni objeto,
la caricia perdida ¿quién la recogerá?

Pude amar esta noche con piedad infinita,
pude amar al primero que acertara a llegar.
Nadie llega. Están solos los floridos senderos.
La caricia perdida, rodará... rodará...

Si en los ojos te besan esta noche, viajero,
si estremece las ramas un dulce suspirar,
si te oprime los dedos una mano pequeña
que te toma y te deja, que te logra y se va.

Si no ves esa mano, ni esa boca que besa,
si es el aire quien teje la ilusión de besar,
oh, viajero, que tienes como el cielo los ojos,
en el viento fundida, ¿me reconocerás?
1.443
Ana Rossetti

Ana Rossetti

Where Is My Man

Nunca te tengo tanto como cuando te busco
sabiendo de antemano que no puedo encontrarte.
Sólo entonces consiento estar enamorada.
Sólo entonces me pierdo en la esmaltada jungla
de coches o tiovivos, cafés abarrotados,
lunas de escaparates, laberintos de parques
o de espejos, pues corro tras de todo
lo que se te parece.
De continuo te acecho.
El alquitrán derrite su azabache,
es la calle movible taracea
de camisas y niquis, sus colores comparo
con el azul celeste o el verde malaquita
que por tu pecho yo desabrochaba.
Deliciosa congoja si creo reconocerte
me hace desfallecer: toda mi piel nombrándote,
toda mi piel alerta, pendiente de mis ojos.
Indaga mi pupila, todo atisbo comprueba,
todo indicio que me conduzca a ti,
que te introduzca al ámbito donde sólo tu imagen
prevalece y te coincida y funda,
te acerque, te inaugure y para siempre estés.
476
Amado Nervo

Amado Nervo

A Leonor

Tu cabellera es negra como el ala
del misterio; tan negra como un lóbrego
jamás, como un adiós, como un «¡quién
sabe!»
Pero hay algo más negro aún: ¡tus ojos!

Tus ojos son dos magos pensativos,
dos esfinges que duermen en la sombra,
dos enigmas muy bellos... Pero hay algo,
pero hay algo más bello aún: tu boca.

Tu boca, ¡oh sí!; tu boca, hecha divinamente
para el amor, para la cálida
comunión del amor, tu boca joven;
pero hay algo mejor aún: ¡tu alma!

Tu alma recogida, silenciosa,
de piedades tan hondas como el piélago,
de ternuras tan hondas...

Pero hay algo,
pero hay algo más hondo aún: ¡tu ensueño!
694
Amado Nervo

Amado Nervo

Cobardía

Pasó con su madre. ¡Qué rara belleza!
¡Qué rubios cabellos de trigo garzul!
¡Qué ritmo en el paso! ¡Qué innata realeza
de porte! ¡Qué formas bajo el fino tul...!

Pasó con su madre. Volvió la cabeza:
¡me clavó muy hondo su mirada azul!

Quedé como en éxtasis...
Con febril premura,
«¡Síguela!», gritaron cuerpo y alma al par.

...Pero tuve miedo de amar con locura,
de abrir mis heridas, que suelen sangrar,
¡y no obstante toda mi sed de ternura,
cerrando los ojos, la dejé pasar!
733
Amado Nervo

Amado Nervo

Perlas Negras (1898)

¿Quién es? —No sé: a veces cruza
por mi senda, como el Hada
del Ensueño: siempre sola...
siempre muda... siempre pálida...
¿Su nombre? No lo conozco.
¿De dónde viene? ¿Dó marcha?
¡Lo ignoro! Nos encontramos,
me mira un momento y pasa:
¡Siempre sola...! ¡Siempre triste...!
¡Siempre muda...! ¡Siempre pálida!

Mujer: ha mucho que llevo
tu imagen dentro del alma.
Si las sombras que te cercan,
si los misterios que guardas
deben ser impenetrables
para todos, ¡calla, calla!
¡Yo sólo demando amores:
yo no te pregunto nada!

¿Buscas reposo y olvido?
Yo también. El mundo cansa.
Partiremos lejos, lejos
de la gente, a tierra extraña;
y cual las aves que anidan
en las torres solitarias,
confiaremos a la sombra
nuestro amor y nuestras ansias...
651
Amado Nervo

Amado Nervo

«venite, Adoremus»

Adoremos las carnes de marfiles,
doremos los rostros de perfiles
arcaicos: aristócrata presea;
las frentes de oro pálido bañadas,
las manos de falanges prolongadas,
donde la sangre prócer azulea.


Venid, adoremos
el arcano Ideal,
compañeros.

Adoremos los ojos dilatados,
cual piélago de sombras, impregnados
de claridades diáfanas y astrales,
los ojos que abrillanta el histerismo,
los ojos que en el día son abismo
los ojos que en la noche son fanales.


Venid, adoremos
el arcano Ideal,
compañeros.

Adoremos las almas siempre hurañas,
las más silenciosas, las extrañas
que jamás en amores se difunden:
almas-urnas de inmensos desconsuelos,
que intactas se remontan a los cielos,
o intactas en el cócito se hunden.


Venid, adoremos
el arcano Ideal,
compañeros.

¡Oh poetas, excelsos amadores
del arcano Ideal, dominadores
de la forma rebelde: laboremos
por reconstruir los góticos altares,
y luego a sus penumbras tutelares

venid adoremos!
576
Amado Nervo

Amado Nervo

Esquiva

¡No te amaré! Muriera de sonrojos
antes bien, yo que fui cantar maldito
de blancas hostias y de nimbos rojos;
yo que sólo he alentado los antojos
de un connubio inmortal con lo infinito.

¡No te amaré! Mi espíritu atesora
el perfume sutil de otras edades
de realeza y de fe consoladora,
y ese noble perfume se evapora
al beso de mezquinas liviandades.

Mi mundo no eres tú: fueron los priores
militantes, caudillos de sus greyes;
el mundo en que, magníficos señores,
fulminaron los Papas triunfadores
su anatema fatal contra los reyes.

Fue la etapa viril en que se cruza,
con Bayardo que esgrime su tizona,
Escot que sus dialécticas aguza:
la edad en que la negra caperuza
forjaba el silogismo en la Sorbona.

Y no sé de pasión, y me contrista
vibrar la lira del amor precario.
¡Sólo brotan mis versos de amatista
al beso de Daniel, el simbolista,
y al ósculo de Juan, el visionario!
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