Poemas

Guerra y Paz

Poemas en este tema

Leopoldo Marechal

Leopoldo Marechal

Del Adiós A La Guerra

¡No ya la guerra de brillantes ojos,
La que aventando plumas y corceles
Dejó un escalofrío de broqueles
En los frutales mediodías rojos!

Si el orgullo velaba sus despojos
Y el corazón dormía entre laureles,
¡Mal pude, Amor, llegarme a tus canceles,
Tocar aldabas y abolir cerrojos!

¡Armaduras de sol, carros triunfales,
Otros dirán la guerra y sus metales!
Yo he desertado y cruzo la frontera

Detrás de mi señora pensativa,
Porque, a la sombra de la verde oliva,
Su bandera de amor es mi bandera.
517
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Al Monte Santo De Granada

Este monte de cruces coronado,
Cuya siempre dichosa excelsa cumbre
Espira luz y no vomita lumbre,
Etna glorioso, Mongibel sagrado,

Trofeo es dulcemente levantado,
No ponderosa grave pesadumbre,
Para oprimir sacrílega costumbre
De bando contra el cielo conjurado.

Gigantes miden sus ocultas faldas,
Que a los cielos hicieron fuerza, aquella
Que los cielos padecen fuerza santa.

Sus miembros cubre y sus reliquias sella
La bien pasada tierra. Veneradlas
Con tiernos ojos, con devota planta.
297
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Al Marqués De Velada, Herido De Un Toro Que Mató Luego A Cuchilladas

Con razón, gloria excelsa de Velada.
Te admira Europa, y tanto, que celoso
Su robardor mentido pisa el coso,
Piel este día, forma no alterada.

Buscó tu fresno, y extinguió tu espada
En su sangre su espíritu fogoso:
Si de tus venas ya lo generoso
Poca arena dejó calificada.

Lloró su muerte el Sol, y del segundo
Lunado signo su esplendor vistiendo,
A la satisfacción se disponía;

Cuando el monarca deste y de aquel mundo
Dejar te mandó el circo, previniendo
No acabes dos planetas en un día.
246
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

De Don Francisco De Padilla, Castellano De Milán

A este que admiramos en luciente,
Émulo del diamante, limpio acero,
Igual nos le dio España caballero
Que de la guerra Flandes rayo ardiente.

Laurel ceñido, pues, debidamente,
Las coyundas le fían del severo
Suave yugo, que al lombardo fiero
Le impidió sí, no le oprimió la frente.

¿Qué mucho si frustró su lanza arneses,
Si fulminó escuadrones ya su espada,
Si conculcó estandartes su caballo?

Del Cambresí lo digan los franceses:
Mas no lo digan, no, que en trompa alada
Musa aun no sabrá heroica celebrallo.
263
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Llegué, Señora Tía, A La Mamora

Llegué, señora tía, a la Mamora,
Donde entre nieblas vi la otra mañana,
Desde el seguro de una partesana,
Confusa multitud de gente mora.

Pluma acudiendo va tremoladora
Andaluza, extremeña y castellana,
Pidiendo, si vitela no mongana,
Cualque fresco rumor de cantimplora.

Allanó alguno la enemiga tierra
Echándose a dormir; otro soldado,
Gastador vigilante, con su pico

Biscocho labra. Al fin, en esta guerra
No vi más fuerte, sino el levantado.
De la Mamora. Hoy miércoles. Juanico.
256
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

A La Bajada De Muchos Caballeros De Madrid A Socorrer La Fuerza De La Mamora, Cercada De Moros

—¡A la Mamora, militares cruces!
¡Galanes de la Corte, a la Mamora!
Sed capitanes en latín ahora
Los que en romance ha tanto que sois duces.

¡Arma, arma, ensilla, carga! —¿Qué? ¿Arcabuces?
—No, gofo, sino aquesa cantimplora.
Las plumas riza, las espuelas dora.
—¿Ármase España ya contra avestruces?

—Pica, Bufón. ¡Oh tú, mi dulce dueño!
Partiendo me quedé, y quedando paso
A acumularte en Africa despojos.

—¡Oh tú, cualquier que la agua pisas leño!
¡Escuche la vitoria yo, o el fracaso
A la lengua del agua de mis ojos!
254
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Del Túmulo Que Hizo Córdoba En Las Honras De La Señora Reina Doña Margar

A la que España toda humilde estrado
Y su horizonte fue dosel apenas,
El Betis esta urna en sus arenas
Majestuosamente ha levantado.

¡Oh peligroso, oh lisonjero estado
Golfo de escollos, playa de sirenas!
Trofeos son del agua mil entenas,
Que aun rompidas no sé si se han recordado,

La Margarita, pues, luciente gloria
Del sol de Austria y la concha de Baviera,
Más coronas ceñida que vio años,

En polvo ya el clarín final espera:
Siempre sonante a aquel cuya memoria
Antes peinó que canas desengaños.
315
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

De La Toma De Larache

La fuerza que infestando las ajenas
Argentó luna de menguante plata,
Puerto hasta aquí del bélgico pirata,
Puerta ya de las líbicas arenas.

A las señas de España sus almenas
Rindió al fiero león que en escarlata
Altera el mar, y al viento que le trata
Imperioso aun obedece apenas.

Alta haya de hoy más volante lino
Al Euro dé y al seno gaditano
Flacas redes, seguro, humilde pino

De que, ya deste o de aquel mar, tirano
Leño holandés disturbe su camino,
Prenda su libertad bajel pagano.
291
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

En La Muerte De Enrique Iv, Rey De Francia

El Cuarto Enrico yace mal herido
Y peor muerto de plebeya mano;
El que rompió escuadrones y dio al llano
Más sangre que agua Orión humedecido,

Glorïoso francés, esclarecido
Conducidor de ejércitos; que en vano
De lilios de oro el ya cabello cano
Y de guarda real iba ceñido.

Una temeridad astas desprecia,
Una traición cuidados mil engaña,
Que muros rompe en un caballo Grecia.

Archas burló el fatal cuchillo. ¡Oh España,
Belona de dos mundos, fiel te precia,
Y armada tema la nación extraña!
234
Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Soneto La Noche De Montiel

¿Adónde adónde está, dice el Infante,
ese feroz tirano de Castilla?
Pedro al verle, desnuda la cuchilla,
y se presenta a su rival delante.

Cierra con él, y en lucha vacilante
le postra, y pone al pecho la rodilla
Beltrán (aunque sus glorias amancilla)
trueca a los hados el temido instante.

Herido el rey por la fraterna mano,
joven espira con horrenda muerte,
y el trono y los rencores abandona.

No aguarde premios en el mundo vano
la inocente virtud; si da la suerte
por un delito atroz, una corona.


508
Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Elegía A Las Musas

Esta corona, adorno de mi frente,
esta sonante lira y flautas de oro
y máscaras alegres, que algún día
me disteis, sacras Musas, de mis manos
trémulas recibid, y el canto acabe,
que fuera osado intento repetirle.
He visto ya cómo la edad ligera,
apresurando a no volver las horas,
robó con ellas su vigor al numen.
Sé que negáis vuestro favor divino
a la cansada senectud, y en vano
huera implorarle; pero en tanto, bellas
ninfas, del verde Pindo habitadoras,
no me neguéis que os agradezca humilde
los bienes que os debí. Si pude un día,
no indigno sucesor de nombre ilustre,
dilatarle famoso; a vos fue dado
llevar al fin mi atrevimiento. Sólo
pudo bastar vuestro amoroso anhelo
a prestarme constancia en los afanes
que turbaron mi paz, cuando insolente,
vano saber, enconos y venganzas,
codicia y ambición la patria mía
abandonaron a civil discordia.

Yo vi del polvo levantarse audaces
a dominar y perecer tiranos,
atropellarse efímeras las leyes,
y llamarse virtudes los delitos.
Vi las fraternas armas nuestros muros
bañar en sangre nuestra, combatirse,
vencido y vencedor, hijos de España,
y el trono desplomándose al vendido
ímpetu popular. De las arenas
que el mar sacude en la fenicia Gades,
a las que el Tajo lusitano envuelve
en oro y conchas, uno y otro imperio,
iras, desorden esparciendo y luto,
comunicarse el funeral estrago.
Así cuando en Sicilia el Etna ronco
revienta incendios, su bifronte cima
cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
turba el Averno sus calladas ondas;
y allá del Tibre en la ribera etrusca
se estremece la cúpula soberbia,
que da sepulcro al sucesor de Cristo.*

¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
¿Quién dar al verso acordes armonías,
oyendo resonar grito de muerte?
Tronó la tempestad: bramó iracundo
el huracán, y arrebató a los campos
sus frutos, su matiz; la rica pompa
destrozó de los árboles sombríos;
todas huyeron tímidas las aves
del blando nido, en el espanto mudas:
no más trinos de amor. Así agitaron
los tardos años mi existencia, y pudo
solo en región extraña el oprimido
ánimo hallar dulce descanso y vida.

Breve será, que ya la tumba aguarda
y sus mármoles abre a recibirme;
ya los voy a ocupar... Si no es eterno
el rigor de los hados, y reservan
a mi patria infeliz mayor ventura,
dénsela presto, y mi postrer suspiro
será por ella... Prevenid en tanto
flébiles tonos, enlazad coronas
de ciprés funeral, Musas celestes;
y donde a las del mar sus aguas mezcla
el Garona opulento, en silencioso
bosque de lauros y menudos mirtos,
ocultad entre flores mis cenizas.

499
Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Soneto El Rey D Sebastián

Cede al temor el luso fugitivo,
y el Rey cercado de enemiga gente,
desnuda ya la coronada frente,
resiste y lidia con esfuerzo altivo.

Los que le quieren prisionero y vivo
(aunque solo morir matando intente)
discordes en su cólera insolente,
sangre derraman por el gran cautivo.

Amor, que visto el mal partió derecho
con treinta lanzas de Gomeles bravos,
para estorbar el bélicoso trance:

«Qué importa», dijo (y le atraviesa el pecho)
«un hombre más al número de esclavos?
Muera... Toca añadir: siga el alcance
».


493
Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Soneto Rodrigo

Cesa en la octava noche el ronco estruendo
de la sangrienta, militar porfía:
el campo godo destrozado ardía
con llama, que descubre estrago horrendo.

Rodrigo en tanto, su peligro viendo,
por ignorada senda se desvía,
y muerto Orelia, entre la sombra fría,
herido y débil se acelera huyendo.

En vano el Lete con raudal undoso
el paso estorba al príncipe, a quien ciega
de cadena o suplicio el justo espanto.

Surca las aguas. Cede al poderoso
ímpetu, espira el infeliz; y entrega
el cuerpo al fondo, a la corriente el manto.


481
Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Al Excmo Sr Príncipe De La Paz Por Su Matrimonio Con La Hija Del Infante D Luis Coplas De Arte Ma

A vos el apuesto complido garzón
asmándovos grato la péñola mía,
vos faz omildosa la su cortesía
con metros polidos vulgares en son;
ca non era suyo latino sermón
trobar, e con ese decirvos loores
calonges e prestes, que son sabidores,
la parla vos fablen de Tulio e Marón.

Por ende, si tanto la suerte me da,
maguer que vos diga roman paladino,
fiducia me viene que lueñe e vecino
la gen acuciosa mi carta verá
e vuesas faranas que luego dirá
gravedosa estoria por modo sotil
serán de Castiella mil eras e mil
membranza placiente que non finirá.

E tanto meresce falagos de amor
aquel que alegroso nos dio bienandanza
e al común conorte la mucha amistanza
ovo de Don Carlos, el nueso Senor.
Sepades, le dijo, buen alcanzador
que en todo el mi regno vos fago imperante
a tal que del sceptro dorado, pesante,
la grava fadiga semege menor.

Catad que mis fijos demandan de mí
de ser aducidos en sancta equidad
a non acuitallos las mientes parad
en ropas abonden e pan otrosí
e cuando mis tierras (que tal non creí)
mesnadas de allende osaren correr,
faced a los míos punar e vencer,
ca siempre ganosos de liza los vi.

E ved non fallezcan a tal ocasión
lorigas, paveses, e todo lo al,
e mucho trotero ardido e leal
de los más preciados que en Córdoba son,
e naves, con luengo ferrado espolón,
guarnidas de tiros que lancen pelotas
non cuide aviltarnos, mandando sus flotas
la pérfida gente dallá de Albión.

E guay non aduzga mintrosa la paz
al valor nativo dañinos placeres
nin seyan sofridos los vanos saberes
que mucho del orbe turbaron la faz
allí do pregonan holganza e solaz,
allí rudo vulgo e sandio se inclina,
divaga sañoso, virtud abomina;
que tanto en él puede logüela sagaz.

Empero non yaga de error circuido
la sciencia le amuestre su puro claror
non cure atristado ventura mayor
en buen regimiento guardado e punido:
ansi el caballero ruando lucido
acucia o detiene la alfana que monta,
e parte, al agudo estímulo pronta,
o dócil se para el freno sentido.

A tal platicaba la su señoría,
e cedo el Magnate respuso a Don Rey:
non fuera nascido de alcuña de ley
se al vueso talante non obedescia.
Solene omenaje falto e pleitesía,
(e dijol tomando la cruz del espada)
que finque la vuesa merced acatada,
e España recabde su prez e valía.

De entonce colmalla de bienes cuidó
la paz se posara a su lado yocunda,
la cuita fenesce, de frutos abunda
el suelo que en sangre la guerra alagó,
la su dulcedumbre temores quitó
del ome entorpido que yaz en tristura,
e quisto de buenos la su derechura
le fiz, é al inico sañoso aterró.

E vímosle a guisa de diestro adalid,
faciendo reseña la hueste real,
mandar sus hileras, e a son de atabal
poner a los ojos la marcha e la lid:
ansi de los muros miró de Madrid
la plebe agarena venir a cercalla,
desnuda tizona en tren de batalla
al fiero cabdillo que digeron Cid.

¡Oh, fuérale dado seguir el pendón
que bordan castillos, barras e leones
romper animoso por los escuadrones
bárbaros de sangre teñido el trotón!
Tímidos fuyeran jinete y peón
en llama apurando sus tiendas caídas
e al estrago horrendo matanzas e feridas,
cuidaran que fuese Jacobo el patrón.

Devédalo empero la pro comunal,
e del alto alcázar do tiene su silla;
segundo en potencia le acata Castilla;
sotil palaciano, sirviente leal:
largosa por ende la mano real
quisiera abastalle de dones subidos;
cual nunca de alguno non fueron habidos,
siquier home bueno, siquier principal.

E ved de cual arte ser quito pensó
el Rey, que sesudo catara sus fechos:
ayúntale dende con nudos estrechos
al mesmo avolorio de donde nasció;
e luego e si voceros mandó
que cedo a la rica Toledo se vayan,
e aquesa manceba garrida le trayan,
fija del Infante que Dios perdonó.

La flor de lindeza, donaire y mesura,
en ella se adunan, la bien paresciente:
de rojos corales su boca riente,
sobrando a la nieve su tez en albura,
la luz de sus ojos espléndida y pura,
la voz falagosa, gentil su ademán;
Florinda, la causa del nueso desmán,
non ovo tal gesto, nin tal apostura.

¡Oh!, vivan entrarnos en plácida unión,
jamás empescida de fado siniestro
seyendo en el siglo criminoso nuestro
de virtud ecelsa dechado e blasón
la fama do quiera con alto pregón
su prole ventura perínclita cante
e aquisten ilustre memoria durante
su nome, sus fechos, su clara nación.

372
Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Soneto A La Muerte De Joaquín Murat

Ese que yace en la sangrienta arena
espantoso cadáver destrozado
fue siervo obscuro intrépido sold[ado]
caudillo de las águilas del Sena.

Por él la gran Madrid de horrores [llena]
su celo y su valor vio castigado
cuando ministro de un feroz malvado
los nudos de amistad trocó en cadena.

Rey se llamó en Parténope, su intento
fue del Apóstol trastornar la silla
y alcanzar de los Césares victoria.

Vedle añadir al mundo un escarmiento,
ved como el cielo su soberbia humilla
y confunde en oprobio su memoria.


407
León Felipe

León Felipe

Elegía

A la memoria de Héctor Marqués, capitán de la Marina
mercante española, que murió en alta mar y lo enterraron
en Nueva York.


Marineros,

¿por qué le dais a la tierra lo que no es suyo

y se lo quitáis al mar?

¿Por qué le habéis enterrado, marineros,

si era un soldado del mar?

Su frente encendida, un faro;

ojos azules, carne de iodo y de sal.

Murió allá arriba, en el puente,

en su trinchera, como un soldado del mar;

con la rosa de los vientos en la mano

deshojando la estrella de navegar.


¿Por qué le habéis enterrado, marineros?

¡Y en una tierra sin conchas! ¡¡En la playa negra!!
... Allá,

en la ribera siniestra

del otro mar;

¡Nueva York!

—piedra, cemento y hierro en tempestad—.

Donde el ojo ciclópeo del gran faro

que busca a los ahogados no puede llegar;

donde se acaban las torres y los puentes;

donde no se ve ya

la espuma altiva de los rascacielos;

en los escombros de las calles sórdidas

que rompen en el último arrabal;

donde se vuelve la culebra sombría de los elevados

a meterse otra vez en la ciudad...

Allí, la arcilla opaca de los cementerios, marineros,

allí habéis enterrado al capitán.

¿Por qué le habéis enterrado, marineros,

por qué le habéis enterrado,

si murió como el mejor capitán,

y su alma —viento, espuma y cabrilleo—

está ahí, entre la noche y el mar...?

479
Luis Alberto de Cuenca

Luis Alberto de Cuenca

Marooned

Silencio de barreras coralinas en el Fort du Rocher
Escasea el bucán en los depósitos de la Cofradía.

Venías de los Mabinogion.
You lov'd me like a mist junto a los pumas de la noche.

Entre el estruendo de las baterías españolas.
El látigo del ron en la garganta.

La vergonzosa fuga del enemigo.
El fin de un gobernador cobarde.

Feliz balance en Puerto Bello.
Consumar con el sol una jornada victoriosa.

Enarbolaste la bandera negra de Némesis.
Me sentía orgulloso de tu valor.

Y en la choza besar tus labios
y sentirme otra vez marooned.
423
Julián del Casal

Julián del Casal

A Un Héroe

Como galeón de izadas banderolas
Que arrastra de la mar por los eriales
Su vientre hinchado de oro y de corales,
Con rumbo hacia las playas españolas,

Y, al arrojar el áncora en las olas
Del puerto ansiado, ve plagas mortales
Despoblar los vetustos arrabales
Vacío el muelle y las orillas solas;

Así al tornar de costas extranjeras,
Cargado de magnánimas quimeras,
A enardecer tus compañeros bravos,

Hallas sólo que luchan sin decoro
Espíritus famélicos de oro
Imperando entre míseros esclavos.
937
Julián del Casal

Julián del Casal

A Un Dictador

Noble y altivo, generoso y bueno
Apareciste en tu nativa tierra,
Como sobre la nieve de alta sierra
De claro día el resplandor sereno.

Torpe ambición emponzoñó tu seno
Y, en el bridón siniestro de la guerra,
Trocaste el suelo que tu polvo encierra
En abismo de llanto, sangre y cieno.

Mas si hoy execra tu memoria el hombre,
No del futuro en la extensión remota
Tus manes han de ser escarnecidos;

Porque tuviste, paladín sin nombre,
En la hora cruel de la derrota,
El supremo valor de los vencidos.
605
Julián del Casal

Julián del Casal

La Aparición

Nube fragante y cálida tamiza
El fulgor del palacio de granito,
Ónix, pórfido y nácar. Infinito
Deleite invade a Herodes. La rojiza

Espada fulgurante inmoviliza
Hierático el verdugo, y hondo grito
Arroja Salomé frente al maldito
Espectro que sus miembros paraliza.

Despójase del traje de brocado
Y, quedando vestida en un momento,
De oro y perlas, zafiros y rubíes,

Huye del Precursor decapitado
Que esparce en el marmóreo pavimento
Lluvia de sangre en gotas carmesíes.
645
Julián del Casal

Julián del Casal

Bajo-relieve

Bajo-relieve


A Vivino Govantes y Govantes



El joven gladiador yace en la arena

Manchada por la sangre purpurina

Que arroja sin cesar la rota vena

De su robusto brazo. Entre neblina

Azafranada luce su armadura

Como si el Sol, dejando sus regiones,

Bajado hubiera al redondel. Oscura

La fosa está en que rugen los leones

Olfateando la carne. Aglomerada

Bulle en torno impaciente muchedumbre

Que tiende hacia el mancebo la mirada,

Y, de las gradas en la erguida cumbre,

Abierto el abanico entre las manos,

Ostentan su hermosura las patricias

A los ojos de amantes cortesanos

Ávidos de gozar de sus caricias.

Sacudiendo el cansancio del vencido

—¡Arriba, gladiador, una voz grita,

Que para ornar tus sienes han crecido

Los laureles del Arno! —¡Necesita

El pueblo, otra voz clama, que al combate

Tornes de nuevo y venzas al contrario!

—¡Lidia y triunfa que, a más de tu rescate,

Dice el edil, cual don extraordinario,

Pondremos en tus manos un tesoro

De sextercios! —Si vences todavía,

En mi litera azul, bordada de oro,

Juntos iremos por la Sacra Vía,

Murmura una hetaira. —¡Y en mi lecho

Perfumado de mirra, al punto exclama

Otra más bella, encima de tu pecho

Extinguiré de mi pasión la llama

Que en lo interior del alma siento ahora,

Y, aprisionado por ardientes lazos,

Cuando aparezca la rosada aurora

Ebrio de amor te encontrará en mis brazos!


Al escuchar las voces agitadas,

Levanta el gladiador la mustia frente,

Fija en la muchedumbre sus miradas,

Muéstrale una sonrisa indiferente

Y, desdeñando los placeres vanos

Que ofrecen a su alma entristecida,

Sepulta la cabeza entre las manos

Viendo correr la sangre de su herida.

670
Julián del Casal

Julián del Casal

A Los Estudiantes

Víctimas de cruenta alevosía,
Doblasteis en la tierra vuestras frentes,
Como en los campos llenos de simientes
Palmas que troncha tempestad bravía.

Aún vagan en la atmósfera sombría
Vuestros últimos gritos inocentes,
Mezclados a los golpes estridentes
Del látigo que suena todavía.

¡Dormid en paz los sueños postrimeros
En el seno profundo de la nada,
Que nadie ha de venir a perturbaros;

Los que ayer no supieron defenderos
Sólo pueden, con alma resignada,
Soportar la vergüenza de lloraros!
587
Julián del Casal

Julián del Casal

El Adiós Del Polaco

Al pie de la blanca reja
De una entreabierta ventana,
Donde la luz se refleja
De la naciente mañana,

Está un polaco guerrero
Henchido de patrio ardor,
Dando así su adiós postrero
A la virgen de su amor.

—¿No escuchas el sonido
Del clarín estruendoso de batalla
Y el hórrido estampido
Del tronante cañón y la metralla?

¿No ves alzarse al cielo
Rojo vapor de sangre que aún humea,
Mezclándose en su vuelo
Al humo negro de incendiaria tea?

¿No ves las numerosas
Huestes bajar desde la cumbre al llano,
Hollando las hermosas
Flores que esparce pródigo el verano?

¿No ves a los tiranos
Desgarrar de la patria inmaculada,
Con infamantes manos,
La veste azul de perlas recamada?

Polonia, enardecida
Por el rigor de sus constantes penas,
Álzase decidida
A romper para siempre sus cadenas.

Al grito de venganza
Sus esforzados hijos valerosos,
Empuñando la lanza,
Se arrojan al combate presurosos.

Tu amor abandonando,
Audaz me lanzo a la feroz pelea,
Pobre paria buscando
Muerte a la luz de redentora idea.

Ni el tiempo ni la ausencia
Harán que olvide tu cariño tierno.
¡En la humana existencia
Sólo el primer amor es el eterno!

Adiós. Si de la gloria
A merecer no alcanzo los favores
Conserva en tu memoria
El recuerdo feliz de mis amores.

Dame el último beso
Con el postrer adiós de la partida,
Para llevarlo impreso
Hasta el postrer instante de la vida.

Dijo. La joven lo estrecha
En sus brazos, con pasión,
En llanto amargo deshecha,
Oprimido el corazón.

Veloz como el raudo viento,
Él al combate voló.
¡Siempre al patriótico acento
El amor enmudeció!
539
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre