Poemas

Guerra y Paz

Poemas en este tema

Ricardo Jaimes Freyre

Ricardo Jaimes Freyre

Æternum Vale - Aeternum Vale

Un Dios misterioso y extraño visita la selva.
Es un Dios silencioso que tiene los brazos abiertos.
Cuando la hija de Thor espoleaba su negro caballo,
le vio erguirse, de pronto, a la sombra de un añoso fresno.
Y sintió que se helaba su sangre
ante el Dios silencioso que tiene los brazos abiertos.

De la fuente de Imer, en los bordes sagrados, más tarde,
la Noche a los Dioses absortos reveló el secreto;
El Águila negra y los Cuervos de Odín escuchaban,
y los Cisnes que esperan la hora del canto postrero;
y a los Dioses mordía el espanto
de ese Dios silencioso que tiene los brazos abiertos.

En la selva agitada se oían extrañas salmodias,
mecía la encina y el sauce quejumbroso viento;
el bisonte y el alce rompían las ramas espesas,
y a través de las ramas espesas huían mugiendo.
En la lengua sagrada de Orga
despertaban del canto divino los divinos versos.

Thor, el rudo, terrible guerrero que blande la maza,
—en sus manos es arma la negra montaña de hierro—,
va a aplastar, en la selva, a la sombra del árbol sagrado,
a ese Dios silencioso que tiene los brazos abiertos.
Y los Dioses contemplan la maza rugiente,
que gira en los aires y nubla la lumbre del cielo.
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Ricardo Jaimes Freyre

Ricardo Jaimes Freyre

Los Héroes

Por sanguinario ardor estremecido,
hundiendo en su corcel el acicate,
lanza el bárbaro en medio del combate
su pavoroso y lúgubre alarido.

Semidesnudo, sudoroso, herido,
de intenso gozo su cerebro late,
y con su escudo al enemigo abate
ya del espanto del dolor vencido.

Surge de pronto claridad extraña,
y el horizonte tenebroso baña
un mar de fuego de purpúreas ondas,

y se destacan entre lampos rojos,
los anchos pechos, los sangrientos ojos
y las hirsutas cabelleras blondas.
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Ricardo Jaimes Freyre

Ricardo Jaimes Freyre

El Canto Del Mal

Canta Lok en la oscura región desolada,
y hay vapores de sangre en el canto de Lok.
El Pastor apacienta su enorme rebaño de hielo,
que obedece, —gigantes que tiemblan—, la voz del Pastor.
Canta Lok a los vientos helados que pasan,
y hay vapores de sangre en el canto de Lok.

Densa bruma se cierne. Las olas se rompen
en las rocas abruptas, con sordo fragor.
En su dorso sombrío se mece la barca salvaje
del guerrero de rojos cabellos, huraño y feroz.
Canta Lok a las olas rugientes que pasan,
y hay vapores de sangre en el canto de Lok.

Cuando el himno del hierro se eleva al espacio
y a sus ecos responde siniestro clamor,
y en el foso, sagrado y profundo, la víctima busca,
con sus rígidos brazos tendidos, la sombra de Dios,
canta Lok a la pálida Muerte que pasa
y hay vapores de sangre en el canto de Lok.
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Ricardo Jaimes Freyre

Ricardo Jaimes Freyre

La Muerte Del Héroe

Aún se estremece y se yergue y amenaza con su espada
cubre el pecho destrozado su rojo y mellado escudo
hunde en la sombra infinita su mirada
y en sus labios expirantes cesa el canto heroico y rudo.

Los dos Cuervos silenciosos ven de lejos su agonía
y al guerrero las sombras alas tienden
y la noche de sus alas, a los ojos del guerrero, resplandece como el
día
y hacia el pálido horizonte reposado vuelo emprenden.
1.245
Ricardo Jaimes Freyre

Ricardo Jaimes Freyre

El Himno

Bebe ¡oh Dios! Entre los bosques, al través de la espesura,
los feroces jabalíes han huido,
y en la mitad de su carrera puso término a su insólita
pavura
rayo ardiente y luminoso, de mi aljaba desprendido.

Bebe ¡oh Dios! Para tu copa dieron mieles las abejas
de los huertos del Palacio blanco y oro;
ya del Lobo y la Serpiente la medrosa vista alejas
y vierte la lengua de Orga su sacro raudal sonoro.

Cuando tu aliento se cierne sobre el campo de batalla,
ríe el guerrero a la Muerte que le acecha;
si en el espacio infinito, con el trueno, tu potente voz estalla
se hunde en el cuello la lanza y en el corazón la flecha.
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Ricardo Jaimes Freyre

Ricardo Jaimes Freyre

Rusia

¡Enorme y santa Rusia, la tempestad te llama!
Ya agita tus nevados cabellos, y en tus venas
la sangre de Rucico, vieja y heroica inflama...
Desde el Neva hasta el Cáucaso con tu rugido llenas

las selvas milenarias, las estepas sombrías...
—Mujik, tu arado hiere; tu hoz, mujik, hiere y mata;
como la negra tierra los pechos abrirías;
tiñéranse en tus manos las hoces de escarlata...

—Padre Zar, ese pueblo te llama padre. Tiene
callosas las rodillas y las manos callosas;
si hasta el umbral de mármol de tu palacio viene
con manos y rodillas se arrrastrará en sus losas.

—Allá lejos, muy lejos, donde el sol nace, luchan,
mujik, mujik, tus hijos, desfalllecen y mueren...
—Padre Zar, los esclavos tu sacra voz no escuchan
aunque las rojas lenguas del knut sus flancos hieren.

—Mujik, en tus entrañas el hambre ruge...

—El cielo,
señor, te dio su vida...

—Mujik, cuando las fieras
sienten el hambre, aguzan sus garras en hielo.
Tú... ¡que el pastor te entregue la cervatilla esperas!

—Padre Zar, los gusanos quieren ser hombres. Miran
de frente al sol. Te miran de frente... ¿Qué malignos
genios sus tentaciones de rebelión inspiran
cuando son de tu misma misericordia indignos?

—Llenas están de sangre las lúgubres prisiones,
llenos están de aullidos los hondos subterráneos...
De la vida y la muerte, tú como Dios, dispones;
¡ya saben el camino las hachas de los cráneos!

—Mujik, las muchedumbres que tu señor domina,
que tiemblan si al mirarlas sus ojos centellean,
van del brumoso Báltico a la apartada China
y las naciones todas a sus pies serpentean.

¡Ay, si de cada pecho brotara un solo grito!
¡Si un solo golpe diera cada afrentada mano,
su empuje arrancaría la mole de granito,
como el de los millones de gotas del oceano!

¡Enorme y santa Rusia! De tu dolor sagrado
como de un nuevo Gólgota, fe y esperanza llueve...
La hoguera que consuma los restos del pasado
saldrá de las entrañas del país de la nieve.

El pueblo con la planta del déspota en la nuca,
muerde la tierra esclava con sus rabiosos dientes
¡y tíñese entretanto la sociedad caduca
con el sangriento rojo de todos los ponientes!
635
Roque Dalton García

Roque Dalton García

Credo Del Ché

El Ché Jesucristo
fue hecho prisionero
después de concluir su sermón en la montaña
(con fondo de tableteo de ametralladoras)
por rangers bolivianos y judíos
comandados por jefes yankees-romanos.

Lo condenaron los escribas y fariseos revisionistas
cuyo portavoz fue Caifás Monge
mientras Poncio Barrientos trataba de lavarse las manos
hablando en inglés militar
sobre las espaldas del pueblo que mascaba hojas de coca
sin siquiera tener la alternativa de un Barrabás
(Judas Iscariote fue de los que desertaron de la guerrilla
y enseñaron el camino a los rangers)

Después le colocaron a Cristo Guevara
una corona de espinas y una túnica de loco
y le colgaron un rótulo del pescuezo en son de burla
INRI: Instigador Natural de la Rebelión de los Infelices

Luego lo hicieron cargar su cruz encima de su asma
y lo crucificaron con ráfagas de M-2
y le cortaron la cabeza y las manos
y quemaron todo lo demás para que la ceniza
desapareciera con el viento

En vista de lo cual no le ha quedado al Ché otro camino
que el de resucitar
y quedarse a la izquierda de los hombres
exigiéndoles que apresuren el paso
por los siglos de los siglos
Amén.
520
Rubén Darío

Rubén Darío

Canto A La Argentina

Cantaré la paz sobre todo.
Huya el demonio perverso,
huya el demonio beodo
que incendia en mal el universo;
desaparezcan las furias
que con sangre de los ejércitos
empurpuraron las centurias;
que no más rujan los tigres
marciales sino de alegría,
y que a la paz se alce un templo
como aquel que dando un ejemplo
insigne Augusto romano
ordenara elevar un día.
El industrioso ciudadano
el ramo de olivo venere;
que tenga sus armas listas,
no para inhumanas conquistas,
mas para defender su tierra
donde por la patria se muere.

¡Guerra, pues, tan sólo a la guerra!
Paz, para que el pensamiento
domine el globo, y vaya luego,
cual bíblico carro de fuego,
de firmamento en firmamento.
¡Paz para los creadores,
descubridores, inventores,
rebuscadores de verdad;
paz a los poetas de Dios,
paz a los activos y a los
hombres de buena voluntad!
En paz la hora renaciente,
continua y poliformemente,
el movimiento y no la inercia,
legiones dueñas de sus actos,
gente que osa, que comercia,
multiplica los artefactos,
combate la escasez, la negra
miseria y pasa sus revistas
a las usinas y talleres;
y sus horas áureas alegra
con la invención de los artistas
y la beldad de las mujeres.
¿A qué los crueles filósofos?
¿A qué los falsos crisóstomos
de la inquina y de la blasfemia?
¡Al pueblo que busca ideal
ofrezca una nueva academia
sus enseñanzas contra el mal,
su filosofía de luz;
que no más el odio emponzoñe,
y un ramaje de paz retoñe
del madero de la Cruz!
595
Rubén Darío

Rubén Darío

Canto A La Argentina

Cantaré del primer navío
que velivolante saliera
desde las aguas del Río
de la Plata con la bandera
bicolor al mástil gallardo.
Recordad al nauta que vino
de Saint-Tropez, a Buchardo,
el capitán franco-argentino,
hábil bajo las marejadas,
bajo las tormentas ufano
y a todos sus camaradas
que fueron por el oceano,
denodados predecesores
de los que hoy en acorazadas
naves portan a sol y bruma
los dos simbólicos colores
flameantes sobre la espuma.
Bien vayan torres y palacios
erizados de cañones
suprimiendo tiempo y espacios
a visitar a las naciones,
pero no por guerra voraz,
productora de luto y llanto,
mas diciendo como en el canto
del italiano: ¡Paz! ¡Paz! ¡Paz!
Heroica nación bendecida,
ármate para defenderte;
sé centinela de Vida
y no ayudante de la Muerte.
Que tus máquinas de hierro
y que las bruñidas bocas
cruentas no alegren al perro
negro avernal. Que tu lanza,
cual la libertad que invocas,
garantía a tu pueblo sea;
que tu casco abrigue la Idea,
sabiduría y esperanza,
como el de Palas Atenea.
706
Rubén Darío

Rubén Darío

Canto A La Argentina

Héroes de la guerra gaucha,
lanceros, infantes, soldados
todos, héroes mil consagrados,
centauros de fábula cierta,
sacrificados del terruño,
granaderos el rayo al puño,
locos de gloria, ¡despierta
al sol la mente! La Fama
a todos ilustres proclama,
sus hechos ínclitos nombra,
constela con ellos la sombra
y forma un halo en el azur,
a la dantesca Cruz del Sur.
Así la sideral retórica
de las odas y de las águilas
va en sublimes hipérboles
a ofrendar sus rítmicos dones
al gran Dios de las naciones.
¡Por todo, el himno! La expresión
del colosal corazón
de esa patria palpitante:
la nieve de la cordillera
y el azul forman la bandera
que sostiene un brazo de Atlante.
La Argentina de fuertes pechos
confía en su seno fecundo
y ofrece hogares y derechos
a los ciudadanos del mundo.
670
Rubén Darío

Rubén Darío

Canto A La Argentina

¡Argentina! Tu ser no abriga
la riqueza tentacular
que a Europa finesecular
incubó la furia enemiga.
Y si oyes un día explotar
el trágico odio del iluso,
regando ciega desventura,
es que Ananke la bomba puso
en la mano de la Locura.
¡Demeter, tu magia prolífica
del esfuerzo por la bondad
envíe la hostia pacífica
a la boca de la ciudad!
605
Rubén Darío

Rubén Darío

Marcha Triunfal

¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines,
la espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines.

Ya pasa debajo los arcos ornados de blancas Minervas y Martes,
los arcos triunfales en donde las Famas erigen sus largas trompetas
la gloria solemne de los estandartes,
llevados por manos robustas de heroicos atletas.
Se escucha el ruido que forman las armas de los caballeros,
los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra,
los cascos que hieren la tierra
y los timbaleros,
que el paso acompasan con ritmos marciales.
¡Tal pasan los fieros guerreros
debajo los arcos triunfales!

Los claros clarines de pronto levantan sus sones,
su canto sonoro,
su cálido coro,
que envuelve en su trueno de oro
la augusta soberbia de los pabellones.
Él dice la lucha, la herida venganza,
las ásperas crines,
los rudos penachos, la pica, la lanza,
la sangre que riega de heroicos carmines
la tierra;
de negros mastines
que azuza la muerte, que rige la guerra.

Los áureos sonidos
anuncian el advenimiento
triunfal de la Gloria;
dejando el picacho que guarda sus nidos,
tendiendo sus alas enormes al viento,
los cóndores llegan. ¡Llegó la victoria!

Ya pasa el cortejo.
Señala el abuelo los héroes al niño.
Ved cómo la barba del viejo
los bucles de oro circunda de armiño.
Las bellas mujeres aprestan coronas de flores,
y bajo los pórticos vense sus rostros de rosa;
y la más hermosa
sonríe al más fiero de los vencedores.
¡Honor al que trae cautiva la extraña bandera
honor al herido y honor a los fieles
soldados que muerte encontraron por mano extranjera!

¡Clarines! ¡Laureles!

Los nobles espadas de tiempos gloriosos,
desde sus panoplias saludan las nuevas coronas y lauros
—las viejas espadas de los granaderos, más fuertes que osos,
hermanos de aquellos lanceros que fueron centauros—.
Las trompas guerreras resuenan:
de voces los aires se llenan...

—A aquellas antiguas espadas,
a aquellos ilustres aceros,
que encaman las glorias pasadas...
Y al sol que hoy alumbra las nuevas victorias ganadas,
y al héroe que guía su grupo de jóvenes fieros,
al que ama la insignia del suelo materno,
al que ha desafiado, ceñido el acero y el arma en la mano,
los soles del rojo verano,
las nieves y vientos del gélido invierno,
la noche, la escarcha
y el odio y la muerte, por ser por la patria inmortal,
¡saludan con voces de bronce las trompas de guerra que tocan la marcha triunfal!...
747
Rubén Darío

Rubén Darío

A Colón

¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América,
tu india virgen y hermosa de sangre cálida,
la perla de tus sueños, es una histérica
de convulsivos nervios y frente pálida.

Un desastroso espirítu posee tu tierra:
donde la tribu unida blandió sus mazas,
hoy se enciende entre hermanos perpetua guerra,
se hieren y destrozan las mismas razas.

Al ídolo de piedra reemplaza ahora
el ídolo de carne que se entroniza,
y cada día alumbra la blanca aurora
en los campos fraternos sangre y ceniza.

Desdeñando a los reyes nos dimos leyes
al son de los cañones y los clarines,
y hoy al favor siniestro de negros reyes
fraternizan los Judas con los Caínes.

Bebiendo la esparcida savia francesa
con nuestra boca indígena semiespañola,
día a día cantamos la Marsellesa
para acabar danzando la Carmañola.

Las ambiciones pérfidas no tienen diques,
soñadas libertades yacen deshechas.
¡Eso no hicieron nunca nuestros caciques,
a quienes las montañas daban las flechas! .

Ellos eran soberbios, leales y francos,
ceñidas las cabezas de raras plumas;
¡ojalá hubieran sido los hombres blancos
como los Atahualpas y Moctezumas!

Cuando en vientres de América cayó semilla
de la raza de hierro que fue de España,
mezcló su fuerza heroica la gran Castilla
con la fuerza del indio de la montaña.

¡Pluguiera a Dios las aguas antes intactas
no reflejaran nunca las blancas velas;
ni vieran las estrellas estupefactas
arribar a la orilla tus carabelas!

Libre como las águilas, vieran los montes
pasar los aborígenes por los boscajes,
persiguiendo los pumas y los bisontes
con el dardo certero de sus carcajes.

Que más valiera el jefe rudo y bizarro
que el soldado que en fango sus glorias finca,
que ha hecho gemir al zipa bajo su carro
o temblar las heladas momias del Inca.

La cruz que nos llevaste padece mengua;
y tras encanalladas revoluciones,
la canalla escritora mancha la lengua
que escribieron Cervantes y Calderones.

Cristo va por las calles flaco y enclenque,
Barrabás tiene esclavos y charreteras,
y en las tierras de Chibcha, Cuzco y Palenque
han visto engalonadas a las panteras.

Duelos, espantos, guerras, fiebre constante
en nuestra senda ha puesto la suerte triste:
¡Cristóforo Colombo, pobre Almirante,
ruega a Dios por el mundo que descubriste!
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Rosalía de Castro

Rosalía de Castro

Orillas Del Sar Vi

¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!
Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,
del Sar cabe la orilla,
al acabarme, siento la sed devoradora
y jamás apagada que ahoga el sentimiento,
y el hambre de justicia, que abate y que anonada
cuando nuestros clamores los arrebata el viento
de tempestad airada.

Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora
tras del Miranda
altivo,
valles y cumbres dora con su resplandor vivo;
en vano llega mayo de sol y aromas lleno,
con su frente de niño de rosas coronada,
y con su luz serena:
en mi pecho ve juntos el odio y el cariño,
mezcla de gloria y
pena,
mi sien por la corona del mártir agobiada
y para siempre frío y agotado mi seno.

787
Rafael Alberti

Rafael Alberti

Elegía A Garcilaso (luna, 1501-1536)

Hubierais visto llorar a las yedras cuando el agua más triste
se pasó toda una noche velando a un yelmo ya sin alma,
a un yelmo moribundo sobre una rosa nacida en el vaho que duerme los
espejos de los castillos
a esa hora en que los nardos más secos se acuerdan de su vida
al ver que las violetas difuntas abandonan sus cajas
y los laúdes se ahogan por arrollarse a sí mismos.
Es verdad que los fosos inventaron el sueño y los fantasmas.
Yo no sé lo que mira en las almenas esa inmóvil armarnadura
vacía.
¿Cómo hay luces que decretan tan pronto la agonía
de las espadas
si piensan en que un lirio es vigilado por hojas que duran mucho más
tiempo?
Vivir poco y llorando es el sino de la nieve que equivoca su ruta.
En el sur siempre es cortada casi en flor el ave fría.


849
Pablo de Rokha

Pablo de Rokha

Grano De Pólvora A Una Cigarra

Empuña el sol tocando y desparramando su cuerno de fuego, y en los
surcos maduros el pan estalla entre gaviotas y vasijas...
Todo está hecho así, Luisita: vihuelas y cadenas, y somos
materia que habla, materia que llora, materia que canta y enormes categorías
de espanto; cae el hombre y se levanta la sociedad huracanada, rompiendo
esclavitud adentro y congojas grandes como espigas o como estruendos de
eternidades que batallan arrojándose montañas a la cara;
amor, aquí estoy cuidando tu sueño como un tigre rojo o un
soldado de basalto de centinela en las avanzadas del mundo.
Sobre el hambre del régimen levantan los imperios económicos
la bandera negra de la piratería internacional, enarbolada por los
Caínes y traidores, y el águila de los infiernos desgarra
y aplasta vientres de mujeres de miel y niños atroces con la pata
macabra de la guerra y la inflación rugiente de cadáveres.
Monologando, arañándome el corazón con la cuchara
rota de la pena, me arranco el pedazo del alma que representa a cada semana
y te contemplo a ti adentro, solita y enorme como un nomeolvides en un
abismo; viejo, furioso, tierno, el rescoldo del remoto querer levanta llamas
tronchadas y multitudinarias, rajando el hígado anciano del quemado
roble, y una perdiz feroz toma y emigra; soy espectáculo y audiencia
de un drama eterno, copretérito, en el cual mis entrañas
son el personaje latente, el rugiente fusil o caballo desaforado que busca
abismos, y un hijo del pueblo, cruzando los pueblos hambrientos con su
atado de volcanes gritando en la soledad de los navíos; no volveré
a besar nunca jamás tu boca de tierra y mundos; y a la orilla de
mí las hienas lluviosas y envenenadas de "Dios" rajan la sábana
de luto del tiempo con las ganas quebradas y ensangrentadas.
Llorando como el retrato de Balmaceda en la decadencia de la clase-media
provincial de hoy, penoso y telarañoso te escribo, circunscrita
de amapolas, versos de fuego con hierro rugiendo y tórtolas, para
el Correo del Otro Mundo, como un roto infeliz que se lavase solo la puñalada
total con el jabón de olor de los recuerdos, encima de la patria
caída.
Tremendamente poblado de lisiados y ladrones, asesinos y limosneros,
peronistas, poetastros, sodomitas, demagogos y literatos-tiburones-cogoteros
profesionales, el país de Chile parece un poncho de piojos y lágrimas,
y a la opinión pública le llora un muerto en la garganta;
inviernos sin braseros ni comida gotearon las últimas habitaciones,
y tu ausencia, Winétt, socava la patria que cantaste; floreció
el peral un tarro de llanto y las palomas se cubrieron de suicidio y lluvia
en las mediaguas abandonadas de antaño, en las que denantes sentí
el calofrío del infinito bajando como helado y amargo fantasma,
o como obrero sin trabajo o como pasado de antigua familia caída
en la prostitución y la miseria.
Como un buho en el crepúsculo se derrumban los aterrados demagogos
literarios y es horrenda la existencia entre podridas gentes, entre mentiras
que roen como ratones rojos la reputación democrática y el
don creador, entre Obispos de Mar de la literatura que han hedionda hasta
el alma, entre la cháchara radialbestial del compadrón justicialista,
que en un aletazo de imbecilidad tenebroso, entre las abejas muertas de
tu recuerdo que se manchan las pestañas de oro azul en el pantano
de la vida.
Comprendo lo serio y tremendo que es ver llorar a un hombre; lo soy
entero, definitivamente, rotundo; tu orgullo fui de hombría lleno,
y lloro con vergüenza y con grandeza, lloro tal como un rotito chileno
botado en las cunetas del camino, por el cual avanza como grande barco
el automóvil del latifundista; o como si todo mi llanto fuera el
llanto general del mundo; volveré a ser el huaso litoral, el huaso
de montura de potro y cuchilla, cacho y lazo de siete corriones, espuelas
con rodaja de campana de luto y manta a rayas color bandera y fuego, y
el roto completamente solo y entristecido para siempre nunca, o el hacendado
menor sublimado en bodeguero-despachero-carnicero de provincia o barrio
de antaño y moriré apuñalado en una gran barranca.
vociferando de alegría horrible; mi desesperación fusilera
se desafía con mi cinturón de balas y he de caer entonces,
recordándote a ti que estás presente con todos los pueblos
adentro de la canción eterna, oh! dulce calandria de oro...
Entre el ilustre mar y tú, la relación de profundidad
es enorme; es por aquello que no es tu recuerdo quien va adentro de mí,
sino yo mismo íntegro adentro de tu recuerdo porque yo soy tu recuerdo;
desde mi congoja llueve tu nombre, y voy como Galvarino con los brazos
cortados a la altura del coraz6n.
Llora la ojota nacional, y el país hambriento y desesperado
aguanta la patada del gran imperio del dó1ar tallada en la bota
del patrón, y el peón apenas se puede la miseria; tranco
a tranco, empujo mi alma como un carretón viejo; y estos renglones
echan humo y pena de gran incendio, como si se quemasen todas las montañas
del mundo; sobre las ruinas tremendas alto y retumba el trueno; aguarda
un momento Winétt: ¡voy a golpear la Eternidad con la cacha
de mi revólver...!
556
Pablo de Rokha

Pablo de Rokha

Gran Marcha Heróica

Arriba, un atrevimiento de águilas, abajo, el pecho del pueblo
y en la línea definitiva, entre los altos y anchos candelabros de
la Humanidad, y las trompetas que braman como vacas, entre naranjos y duraznos
y manzanos que, como caballos, relinchan, entre barcos y espadas, rifles
y banderas en flor, al paso de parada negro y fundamental de los héroes,
tú y tu ataúd de acero.
La multitud descomunal y subterránea, abate en oleaje su ímpetu
de serpiente y ataca su fantasma y su palabra, como un toro la estrella
ensangrentada.
Caemos de rodillas en el gran crepúsculo universal, y lloran
las sirenas de todos los barcos del mundo, como perritas sin alojamiento;
se acabó la comida en los establos contemporáneos y el último
buey se destapa los sesos, gritando; el bofetón del huracán,
partiendo los terciopelos del Oriente, araña el ocaso y le desgarra
el corazón a puñaladas, cuando el fusil imperial de la burguesía
pare un lirio de pólvora y se suicida.
Al quillay litoral le desgarran la pana los relámpagos de las
montañas, y tremendamente da quejidos de potrillo recién
nacido en el estercolero, porque su conciencia vegetal naufraga en el aroma
a sangre.
Canto de estatuas, grito de coronas, llanto de corazas y bahías,
y el discurso funeral de los cipreses que persiguen eternamente lo amarillo,
te rodean; nosotros, entre lenguas de perro y lágrimas elementales,
no somos sino sólo fantasmas en vigencia; lo heroico, lo definitivo,
la ley oscura de la materia en la cual todas las cosas se levantan y se
derrumban con el único fin de engendrar padecimiento, emerge de
ti, porque de ti, porque tú eres la realidad categórica;
y cuando los pollitos nuevos del mar a cuya orilla enorme te criaste, pían
al asesinato general del ocaso, los huesos de Tamerlán echan grandes
llamas; escucho el funeral de Beethoven ejecutado por setecientos maestros
de orquesta, frenar la tempestad, sujetándola, como el desnudo adolescente
los caballos rojos de Fidias y el cielo está negro lo mismo que
mi corazón; las espadas anchas, las anchas espadas que abrieron
los surcos profundos que no cavaron los arados, las espadas embanderadas
de historia, se te someten y te lamen como el perro del mendigo; cuadrigas
y centurias, haciendo estallar el sol sonoro, al golpear la tierra hinchada
con el eslabón de la herradura, levantan polvaredas de migración
y el bramido de las lanzas es acusatorio y terrible debajo de la lluvia
oscura como la mala intención o un cobarde; adentro de las campanas
choca la luciérnaga rota con su farol a la espalda, llorando; huyendo
del incendio general, leones y chacales se arrojan a la mar ignota y las
serpientes repletas de furor se rompen los colmillos en las antiguas lanzas;
un gran caballo azul se suicida; borrachos de sol y parición en
generaciones del Dios pánico y dionysíaco, los sacerdos-escarabajos
están gritando la maternidad aterradora en miel de pinares y resinas
de gran potencial alcohólico, que debaten entre ramajes la violencia
tremenda de la naturaleza; el Clarín del Señor de los Ejércitos
empuña la espuela de oro de la gran alarma y los soldados.
Cargado por nosotros, marcha el féretro como una rosa negra o
un pabellón caído, con espanto aterrador de fusilamiento;
rajados a hachazos los pellines encadenados al huracán aúllan;
tú eres lo único definitivo, hundida en tu belleza de pretéritos
y de crepúsculos totales, caída en todo lo solo, herida por
el resplandor de la eternidad deslumbradora, mientras errados, nos arrinconamos
adentro de nuestras viejas negras chaquetas de perros.
Por el camino real que va a la nada marcharé (caballo de invierno),
en las milenarias edades; hoy, mi espada está quebrada, como el
mascarón de proa del barco que se estrelló contra lo infinito
y soy el animal abandonado en la soledad del bramadero; perteneces al granero
humano, tétrico de matanza en matanza, y te robaron de mis besos
terribles; braman las campanas pateando la atmósfera histórica
en la cual se degüellan hasta las dulces violetas que son como copitas
de vino inmortal; la tinaja de las provincias echa un ancho llanto de parrones
descomunales, gritando desde el origen.
Arde tu alma grande y deslumbradora como un fusil en botón y
a la persona muerta la secunda la ciudadanía universal otorgándole
la vida épica como a una guitarra el sonido; como un solo animal,
acumular la eternidad, triste y furioso a tus orillas, es mi ocupación
de suicida; como ola de sombra, el comercio-puñal de la literatura
nos ladra al alma cansada y los cuatreros, los cuchilleros, los aventureros
y el gran escorpión de la bohemia nos destinan su sonrisa de degolladores,
echada en sus ojos de cerdo.
Sobre el instante, la polvareda familiar gravita y empuña el
pabellón de los antiguos clanes; tu eres el escudo popular de los
de Rokha: tronchados, desorientados, conmigo a la cabeza de la carreta
grande, tirada por dos inmensos toros muertos, hijos e hijas, nietos y
nietas, yernos y nueras dan la batalla contra la mixtificación tenebrosa
y estupenda de los viejos payasos convertidos en asesinos; a miel envenenada
hiede el ambiente o a calumnia y perro; los chacales se ríen furiosamente
y tremendamente arañan la casa sola como sombra en el arrabal del
mundo, allá en donde remuelen el pelele y la maldición, tierra
de escupos y demagogia, llena de lenguas quemadas; porque mi desesperación
se retuerce las manos como un reo que enfrenta los inquisidores, a cuya
espalda chilla, furiosa la Reacción, como negra perra vieja en celo;
andando por abajo, los degenerados nos aceitan y nos embarran el camino,
a fin de que el cegado por las lágrimas dé el resbalón
mortal y definitivo del que se desploma en el mar rabioso que solloza echando
espuma y se derrumbe horriblemente.
Juramos pelear hasta derrotar al enemigo enmascarado en el enemigo del
pueblo, al calumniador y al difamador con ojo pequeño de ofidio
y las setenta lenguas ajenas de los testigos falsos, a la rana-pulpo-sapo
del sabotaje; juramos solemnemente cortarnos y comernos la lengua antes
de lanzarle al olvido; juramos los látigos de la venganza, porque
es mentira la misericordia y no tememos atacar la eternidad frente a frente,
ensangrentados como pabellones.
Tranco a tranco en el pantano del horror, vi destruir a la naturaleza
en ti el esquema total de lo bello y lo bueno; como un niño loco,
el espanto se ensañó en tu figura incomparable, que no volverá
a lograr nunca jamás la línea de la Humanidad, y caíste
asesinada y pisoteada por lo infinito, tú, que representabas lo
infinito en la vida humana, y el sol de "Dios" en la gran tiniebla del
hombre; caías, pero caía contigo el significado de lo humano,
y en este instante todas las cosas están sin sentido, gritando,
boca abajo, solas, y es fea la tierra; como a aquel infeliz cualquiera
a quien le revuelven la puñalada en el corazón, el perro
idiota de la literatura, vestido de obispo o caracol, levanta la pata y
orina mi tragedia de macho, porque como todo lo hermoso, todo lo vertical,
todo lo heroico se hundió contigo en el abismo, yo soy el viudo
terrible, y acaso la bestia arcaica sublimándose en el intelectual
acusatorio que da lenguaje a las tinieblas; como la naturaleza es descomunal
y sólo lo monstruoso le incumbe íntegramente, su injusticia
fue tenebrosa con tu régimen floral de copa y el destino te cavó
de horror como a una montaña de fuego; sin embargo, como soy humano,
no acepto tu muerte, no creo en tu muerte, no entiendo tu muerte y el andrajo
de mi corazón se retuerce salvajemente y se avalanza contra la muralla
inmortal, contra la muralla desesperada, contra la muralla ensangrentada,
contra la muralla despedazada, que se incendia entre las montañas
y sudando y bramando y sangrando, me revuelco como un toro con tu nombre
sagrado entre los dientes, mordido como el puñal rojo del pirata;
a la espalda aúllan las desorbitadas máscaras gruñendo
entre complejos de buitre aventurero y trajes vacíos, en los que
respiran las épocas demagógicas.
Entre los grandes peñascos apuñalados por el sol, sudando
como soldados de antaño, roídos por inmenso musgo crepuscular
y lágrimas de antiguas botellas, tú y la paloma torcaz de
los desiertos lloran; mar afuera, en el corazón de flor de las mojadas
islas oceánicas, en las que la eternidad se agarra como entraña
de animal vacuno a la soledad de la materia y el gemido de los orígenes
gravita en la gran placenta del agua, tú das la majestad al huracán
por cuyos látigos ruge la muerte su secreto total, tremendo; encima
de los carros de topacio del crepúsculo, tirados por siete caballos
amarillos, cruzados de llamas como Jehová, tú eres el balido
azul de los corderos; aquí, a la orilla de tu sepulcro que ruge,
terrible, en su condición de miel de abejas y de pólvora,
haciendo estallar el huracán sobre los viejos túmulos que
tu vencidad obliga a relampaguear, tú empuñas una gran trompeta
de oro, tal como se empuña una gran bandera de fuego y convocas
a asamblea general de muertos, a fin de arrojar la eternidad contra la
eternidad, como dos peñascos; emerges de entre toneles, como la
voz de las vasijas, y la gran humedad del pretérito, que huele a
fruta madura y a caoba matrimonial, enarbola su pabellón en el corazón
de las bodegas, cuando yo recuerdo tu virginidad resplandeciente...
Condiciona sus muchedumbres la mar-océano del Sur y tu multitud
le responde terriblemente; yo estoy sentado a la orilla del que tanto amabas
mar, y la oceanidad da la tónica al gigante dolor que requiere inmensidades
para manifestarse y el lenguaje de la masa humana o la montaña incendiándose;
remece sus instintos la inmensa bestia oceánica y el crepúsculo
ensangrienta la bandera de los navíos y el cañón funeral
del puerto; el mar y yo bramamos, el mar, el mar, y crujen los huesos tremendos
de Chile, cuando con mi caballo nos bañamos solos en la gran soledad
del mar y el mar prolonga mi relincho con su bramido por todas las costas,
desde las tierras protervas de Babilonia al Mediterráneo celestial
de las tuyas glicinas y a los sangrientos mares vikingos, o arrastra mi
voz tronchada y sangrienta como un capitel roto y mi lenguaje de campanario
que se derrumba en la gran campana del mar, con tu recuerdo gimiendo adentro;
rememoro nuestro matrimonio provincial-marino y la carrera desenfrenada,
desnudos, sobre la arena y el sol; es la mar soberbia, la mar oscura, la
mar grandiosa en la cual gravita el estupor horizontal de humanidad que
azota los vientres de las madres y relumbran las panoplias huracanadas
de los viejos guerreros de hierro, que ascienden y descienden por las arboladuras
como un tigre a una antigua catedral caída; lagrimones de acordeones,
de leones y fantasmas dan al pirata el relumbrón de los atardeceres
y el tajo del rostro atrae el sable crepuscular hacia la figura agigantada;
el ron furioso da gritazos y mordiscos de alcohol degollado a la tiniebla
aventurera y la pólvora roja es rosa de llamas rugiendo con perros
y espadas entre la matanza histórica, adentro de la cual nosotros
dos rajamos el cuaderno de bitácora sobre el acero acerbo del pecho,
que es pluma y rifle, Luisita; asomándome a la descomunal profundidad
heroica, veo lo eterno y tu cara en todo lo hondo; naufragios y guitarras
y el lamento del destierro en los archipiélagos sociales del Tirreno
y el Egeo, se revuelve a la bencina cosmopolita de los grandes Imperios
de hoy, con sus navíos y sus aviones sembrando la sangre en los
mares: pero el tam-tam de los tambores ensangrentados me desgarra el cerebro;
sin embargo, hay dulzuras maravillosas, y te vuelvo a encontrar en esta
gran agua salada por el origen y el olor animal del mundo, con tu melena
de sirena clásica y tu pie marino de conchaperla y aventura.
Braman las águilas del amor eterno en nosotros...
El huracán del amor nos arrasó antaño, y ahora
tu belleza de plenilunio con duraznos, como llorando en la grandeza aterradora,
contiene todo el pasado del ser humano; truenan las grandes vacas tristes
del amanecer y tú rajas la mañana con tu actitud, que es
un puñal quebrado; fuiste "mi dulce tormento" y ahora, Winétt,
como el Arca de la Alianza o como Dionysos, medio a medio de los estuarios
mediterráneos y el de los sargazos mar, entre el régimen
del laurel y el dolorido asfodelo diluído en la colina acumulada
de los héroes, hacia la cual apunta el océano su fusilería
y desde la que emergen los pinos solarios, tú, lo mismo exacto que
a una gran diosa antigua de Asia, la eternidad bravía te circunda;
galopan los cuatro caballos del Apocalipsis, se derrumban las murallas
de Jericó al son de las trompetas que ladran como alas en la degollación
y el Sinaí embiste como el toro egipcio, cuando tu paso de tórtola
hiende los asfaltos ensangrentados de la poesía, gran poetisa-Continente;
y las generaciones de todos los pobres, entre todos los pobres del mundo,
te levantan bajo los palios llagados del sudor popular en el instante en
que tu voz se distiende, creciendo y multiplicándose como el oleaje
de los grandes mares desconocidos, a cuya ribera los hombres crearon los
dioses barbudos del agro y los sentaron y los clavaron en las regiones
acuarias, que eran el llanto de fuego de los volcanes; como fuiste tremendamente
dulce, graciosamente fuerte, pequeñamente grande con lo oscuro y
descomunal del genio en un régimen de corolas, el hijo del pueblo
te entiende; tenías la divina atracción del átomo,
que, al estallar, incendia la tierra, por eso, adentro del silencio mundial,
yo escucho exactamente a la multitud romana o babilónica, arreada
y gobernada a latigazos, a las muchedumbres grecolatinas que poblaron Marsella
de gentes que huelen a ajo, a prostitución, a guitarra, a conspiración,
a sardina y a cuchilla, a tabaco y a sol mojado y caliente como sobaco,
a presidio, a miseria, a heroicidad, a flojera o a tristeza, al vikingo
ladrón, guerrero, viril y sublime en gran hombría y a los
beduinos enfurecidos por el hambre y los desiertos del simoum, áspero
y trágico, y te adoro como a una antigua y oscura diosa en la cual
los pueblos guerreros practicaban la idolatría de lo femenino definitivo
y terrible; forrado en cueros de fuego, montado un caballo de asfalto,
yo voy adentro de la multitud, como una maldición en el cañón
del revólver.
Románico de cúpulas y óperas el atardecer de los
amantes desventurados me encubre, y cae una paloma negra, Luisita-azúcar.
Soplan las ráfagas del dolor su chicotazo vagabundo y la angustia
se clava rugiendo, en fijación tremenda, como un ojo enorme que
quemase, como una gran araña, como un trueno con el reflejo hacia
adentro y la quijada de Caín en el hocico; es entonces cuando arde
el colchón con sudor oscuro de légamo, cuando la noche afila
su cuchilla sin resplandor, cuando el volcán destripa a la montaña
y se parte el vientre terrible, que arroja un caldo de llamas horrendo
y definitivo, cuando lloran todas las cosas un llanto demencial y lluvioso,
cuando el paisaje, que es la corbata de la naturaleza, se raja el corazón
de avena y pan y se repleta de leones; sin embargo, medio a medio de la
catástrofe, se me reconstituye el ser a objeto de que el padecimiento
se encarne más adentro y la llaga, quemada por el horror, se agrande;
con tu ataúd al hombro, resuenan mis trancos en la soledad del siglo,
en la cual gravita el cadáver de Stalin, que es enorme y cubre el
Oriente en mil leguas reales a la redonda, encima de un carro gigante que
arrastran doscientos millones de obreros; semejante a una inmensa cosechadora
de granjeros, la máquina viuda de los panteones degüella las
cabezas negras y la Humanidad brama como vaca en el matadero; yo arrastro
la porquería maldita de la vida como la pierna tronchada un idiota
y espero el veneno del envenenador, la solitaria puñalada literaria
por la espalda, en el minuto crucial de los crepúsculos, el balazo
del hermano en la literatura, como quien aguarda que le llegue un cheque
en blanco desde la otra vida; me da vergüenza ser un ser humano desde
que te vi agonizar defendiéndote, perseguida y acosada por la Eternidad
como una dulce garza por una gran perra sarnosa; como con asco de existir,
duermo como perro solo encima de una gran piedra tremenda, que bramara
en el desierto, hablo con espanto de cortarme la lengua con la cuchilla
de la palabra y quisiera que un dolor físico enorme me situase a
tu altura, medio a medio de este gigante y negro desfile de horror del
cual estalla mi cabeza incendiándose como antigua famosa posada
de vagabundos; no deseo el sol sino llorando y la noche maldita con la
tempestad en el vientre; por degüellos y asesinatos camino, y ando
en campos de batalla, estoy mordido por buitres de negrura, y es de pólvora
y de lágrimas, Luisita-Amor, el gran canasto de violetas, con el
cual me allego a tu sepulcro humildemente; a mi desesperación se
le divisa la cacha del arma de fuego, Luisita-Amor, cuyos grandes frutos
caen...
Éramos Filemón y Baltis de Frigia y el grito conyugal
del mundo, pero se desgarró una gran cadena en la historia y yo
cruzo gritando a la siga del mí mismo que se fue contigo para siempre
nunca, esta gran sonata fúnebre de héroes caídos...
631
Pablo de Rokha

Pablo de Rokha

Estilo Del Fantasma

Ya por añejos vinos,
corre sangre, corren caballos negros, corren sollozos, corre muerte,
y el sol relumbra en materias extrañas.
Sobre el fluir fluyente, abandonado, entre banderas fuertes,
sujeto tu ilusión, como un pájaro rojo,
a la orilla de los dramáticos océanos de números;
y, cuando las viejas águilas,
atardecen tus pupilas de otoño, llenas de pasado guerrero,
y el escorpión del suceder nos troncha la espada,
mi furiosa pasión,
mi soberbia,
mi quemada pasión,
contra "la muerte inmortal", levantándose, frente a frente,
enarbola sus ámbitos,
la marcha contra la nada, a la vanguardia de aquellos ejércitos
tremendos,
en donde relucen las calaveras de los héroes.
Si, el incendio en las últimas cumbres;
guarda las lágrimas en su tinaja el vendimiador de dolores,
y sopla un hálito como trágico,
de tal manera ardido y helado, simultáneamente;
suena el miedo, de ser, entonces.
Encaramados a todos los símbolos,
feas bestias, negras bestias nos arrojan fruta podrida, cocos de tontos
y obscuras imágenes hediondas,
y los degeneras de verula,
vestidos de perras,
largan amarga baba de lacayos sobre nosotros;
es, amiga, la familia del mundo,
no, es la flor del estiércol, es la flor, es la flor morada
y rabiosa de la burguesía;
pero a la medida que nos empequeñecemos de años y de
llantos, para bajar hacia la montaña de abajo,
y la figura de la verdad nos marca la cara,
avanzan hijos e hijas, retozando la historia, derrochando, derramando
grandes copas dulces, y el vino y la miel rosada de la juventud, se
les caen
como la risa a la Rusia soviética;
tú y yo nos miramos y envejecemos, porque nos miramos,
y porque el arte patina las cosas,
levantando su ataúd entre individuo e infinito.
Ahora, si nosotros nos derrumbamos,
con todo aquello que nos amamos y nos besamos, mutuamente, cargados
de vida,
y en lo cual radicó el honor de la existencia,
va a ser ceniza la figura del sexo y de la lengua y del pecho y del
corazón, que ya alumbra,
y en los pies estará todo el peso del mundo,
y ya nos vamos llegando, aproximando a la órbita, llenando de
dispersión, colmando sombra,
y tu belleza batalla contra tu belleza...
Emigran las golondrinas desde tu pelo de pueblos;
el tiempo de las cosechas del trigo y el vino
flamea en tu corazón cubierto de huevos de tiempo y manzanas,
Emigran las golondrinas desde tu pelo de pueblos;
el tiempo de las cosechas del trigo y el vino
flamea en tu corazón cubierto de huevos de tiempo y manzanas,
es decir, como tarde, cuando la tarde arrea sus rebaños;
nosotros dos, nosotros, cómo nos morimos, y cómo,
en ti la niña marchita, tan linda,
entristece de dignidad feliz a la mujer hermosa y profunda, como un
carro de fuego,
en mí, el adolescente agresivo y estusiasta,
yace en este animal desesperado, con pecho tremendo, que agita la dialéctica;
país de soledad, adentro del cual golpea y revienta el océano,
y es una enorme isla, tan pequeña, que da espanto, y gira rugiendo,
porque dos criaturas están abrazadas;
huele a agua mojada, a paloma amarilla, a novela, a laguna, a vasija
de otoño,
y un horizonte de suspiros y sollozos
suspende una gran tormenta sobre las nuestras cabezas;
el pájaro pálido de las hojas cedas
aletea a la ribera de los recuerdos, entre los braseros arrodillados,
y retornan las viejas lámparas del pretérito,
la angustia resplandece, como una virtud, en nosotros,
y el terror de los proletarios abandonados
nos raja el pecho, desde adentro como con fuego tremendo.
Imponente como la popa de un gran barco,
amarillo y espantoso de presencia,
el sol inicia la caída definitiva, tranco a tranco, como el
buey de la tarde eterna;
besos de piedra,
todas las máscaras de dios se despluman,
y caen destrozados los penachos;
un ataúd de fuego grita desde el oriente.
509
Pablo Neruda

Pablo Neruda

O Le Acuestan Para Dormir

O le acuestan para dormir
sobre sus alambres de púas?

O le están tatuando la piel
para lámparas del infierno?

O lo muerden sin compasión
los negros mastines del fuego?

O debe de noche y de día
viajar sin tregua con sus presos?

O debe morir sin morir
eternamente bajo el gas?
953
Pablo Neruda

Pablo Neruda

Cuál Es El Trabajo Forzado

Cuál es el trabajo forzado
de Hitler en el infierno?

Pinta paredes o cadáveres?
Olfatea el gas de sus muertos?

Le dan a comer las cenizas
de tantos niños calcinados?

O le han dado desde su muerte
de beber sangre en un embudo?

O le martillan en la boca
los arrancados dientes de oro?
912
Pablo Neruda

Pablo Neruda

Quién Devoró Frente A Mis Ojos

Quién devoró frente a mis ojos
un tiburón lleno de pústulas?

Tenía la culpa el escualo
o los peces ensangrentados?

Es el orden o la batalla
este quebranto sucesivo?
817
Pablo Neruda

Pablo Neruda

Es Paz La Paz De La Paloma?

Es paz la paz de la paloma?
El leopardo hace la guerra?

Por qué enseña el profesor
la geografía de la muerte?

Qué pasa con las golondrinas
que llegan tarde al colegio?

Es verdad que reparten cartas
transparentes, por todo el cielo?
718
Pablo Neruda

Pablo Neruda

A Callarse

Ahora contaremos doce
y nos quedamos todos quietos.

Por una vez sobre la tierra
no hablemos en ningún idioma,
por un segundo detengámonos,
no movamos tanto los brazos.

Sería un minuto fragante,
sin prisa, sin locomotoras,
todos estaríamos juntos
en un inquietud instantánea.

Los pescadores del mar frío
no harían daño a las ballenas
y el trabajador de la sal
miraría sus manos rotas.

Los que preparan guerras verdes,
guerras de gas, guerras de fuego,
victorias sin sobrevivientes,
se pondrían un traje puro
y andarían con sus hermanos
por la sombra, sin hacer nada.

No se confunda lo que quiero
con la inacción definitiva:
la vida es sólo lo que se hace,
no quiero nada con la muerte.

Si no pudimos ser unánimes
moviendo tanto nuestras vidas,
tal vez no hacer nada una vez,
tal vez un gran silencio pueda
interrumpir esta tristeza,
este no entendernos jamás
y amenazarnos con la muerte,
tal vez la tierra nos enseñe
cuando todo parece muerto
y luego todo estaba vivo.

Ahora contaré hasta doce
y tú te callas y me voy.
896
Pablo Neruda

Pablo Neruda

Oda A La Araucaria Araucana

Alta sobre la tierra
te pusieron,
dura, hermosa araucaria
de los australes
montes,
torre de Chile, punta
del territorio verde,
pabellón del invierno,
nave
de la fragancia.

Ahora, sin embargo,
no por bella
te canto,
sino por el racimo de tu especie,
por tu fruta cerrada,
por tu piñón abierto.

Antaño,
antaño fue
cuando
sobre los indios
se abrió
como una rosa de madera
el colosal puñado
de tu puño,
y dejó
sobre
la mojada tierra
los piñones:
harina, pan silvestre
del indomable
Arauco.

Ved la guerra:
armados
los guerreros
de Castilla
y sus caballos
de galvánicas
crines
y frente
a ellos
el grito
de los
desnudos
héroes,
voz del fuego, cuchillo
de dura piedra parda,
lanzas enloquecidas
en el bosque,
tambor,
tambor
sagrado,
y adentro
de la selva
el silencio,
la muerte
replegándose,
la guerra.

Entonces, en el último
bastión verde,
dispersas
por la fuga,
las lanzas
de la selva
se reunieron
bajo las araucarias
espinosas.

La cruz,
la espada,
el hambre
iban diezmando
la familia salvaje.
Terror,
terror de un golpe
de herraduras,
latido de una hoja,
viento,
dolor
y lluvia.
De pronto
se estremeció allá arriba
la araucaria
araucana,
sus ilustres
raíces,
las espinas
hirsutas
del poderoso
pabellón
tuvieron
un movimiento
negro
de batalla:
rugió como una ola
de leones
todo el follaje
de la selva
dura
y entonces
cayó
una marejada
de piñones:
los anchos
estuches
se rompieron
contra la tierra, contra
la piedra defendida
y desgranaron
su fruta, el pan postrero
de la patria.

Así la Araucanía
recompuso
sus lanzas de agua y oro,
zozobraron los bosques
bajo el silbido
del valor
resurrecto
y avanzaron
las cinturas
violentas como rachas,
las
plumas
incendiarias del Cacique:
piedra quemada
y flecha voladora
atajaron
al invasor de hierro
en el camino.

Araucaria,
follaje
de bronce con espinas,
gracias
te dio
la ensangrentada estirpe,
gracias
te dio
la tierra defendida,
gracias,
pan de valientes,
alimento
escondido
en la mojada aurora
de la patria:
corona verde,
pura
madre de los espacios,
lámpara
del frío
territorio,
hoy
dame
tu
luz sombría,
la imponente
seguridad
enarbolada
sobre tus raíces
y abandona en mi canto
la herencia
y el silbido
del viento que te toca,
del antiguo
y huracanado viento
de mi patria.

Deja caer
en mi alma
tus granadas
para que las legiones
se alimenten
de tu especie en mi canto.
Árbol nutricio, entrégame
la terrenal argolla que te amarra
a la entraña lluviosa
de la tierra,
entrégame
tu resistencia, el rostro
y las raíces
firmes
contra la envidia,
la invasión, la codicia,
el desacato.
Tus armas deja y vela
sobre mi corazón,
sobre los míos,
sobre los hombros
de los valerosos,
porque a la misma luz de hojas y aurora,
arenas y follajes,
yo voy con las banderas
al llamado
profundo de mi pueblo!
Araucaria araucana,
aquí me tienes!
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