Poemas en este tema

Felicidad y Alegría

Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Soneto

A un amigo incomparable, regalándole un reloj


El tiempo que nos une y nos divide
—frutal nocturno y floreciente día—
hoy junto a ti, mañana lejanía,
devora lo que olvida y lo que pide.

Cuidar en él lo que al volar descuide
será internarse en su relojería;
y minuto a minuto y día a día,
sin quererlo, aunque poco, nos olvide.

Olvidados del tiempo, esos instantes,
serán de eternidad; los deslumbrantes
momentos del instante de lo eterno.

Junio en tus manos su belleza afina;
el otoño es su dócil subalterno.
Tiempo y eternidad tu alma combina.
651
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Recinto

Yo leía poemas y tú estabas
tan cerca de mi voz que poesía
era nuestra unidad y el verso apenas
la pulsación remota de la carne.
Yo leía poemas de tu amor
y la belleza de los infinitos
instantes, la imperante sutileza
del tiempo coronado, las imágenes
cogidas de camino con el aire
de tu voz junto a mí,
nos fueron envolviendo en la espiral
de una indecible y alta y flor ternura
en cuyas ondas últimas —primera—,
tembló tu llanto humilde y silencioso
y la pausa fue así. —¡Con qué dulzura
besé tu rostro y te junté a mi pecho!
Nunca mis labios fueron tan sumisos,
nunca mi corazón fue más eterno,
nunca mi vida fue más justa y clara.
Y estuvimos así, sin una sola
palabra que apedreara aquel silencio.
Escuchando los dos la propia música
cuya embriaguez domina
sin un solo ademán que algo destruya,
en una piedra excelsa de quietud
cuya espaciosa solidez afirma
el luminoso vuelo, las inmóviles
quietudes que en las pausas del amor
una lágrima sola cambia el cielo
de los ojos del valle y una nube
pone sordina al coro del paisaje
y el alma va cayendo en el abismo
del deleite sin fin.

Cuando vuelva a leerte esos poemas
¿me eclipsarás de nuevo con tu lágrima?
568
Claudio Rodríguez

Claudio Rodríguez

The Nest Of Lovers

Y llegó la alegría
muy lejos del recuerdo cuando las gaviotas
con vuelo olvidadizo traspasado de alba
entre el viento y la lluvia y el granito y la arena,
la soledad de los acantilados
y los manzanos en pleno concierto
de prematura floración, la savia
del adiós de las olas ya sin mar
y el establo con nubes
y la taberna de los peregrinos,
vieja en madera de nogal negruzco
y de cobre con sol, y el contrabando,
la suerte y servidumbre, pan de ángeles,
quemadura de azúcar, de alcohol reseco y bello,
cuando subía la ladera me iban
acompañando y orientando hacia...

Y yo te veo porque yo te quiero.
No era la juventud, era el amor
cuando entonces viví sin darme cuenta
con tu manera de mirar al viento,
al fruto verdadero. Viste arañas
donde siempre hubo música
lejos de tantos sueños que iluminan
esa manera de mirar las puertas
con la sorpresa de su certidumbre,
pálida el alma donde nunca hubo
oscuridad sino agua
y danza.

Alza tu cara más porque no es una imagen
y no hay recuerdo ni remordimiento,
cicatriz en racimo, ni esperanza,
ni desnudo secreto, libre ya de tu carne,
lejos de la mentira solitaria,
sino inocencia nunca pasajera,
sino el silencio del enamorado,
el silencio que dura, está durando.

Y yo te veo porque yo te quiero.
Es el amor que no tiene sentido.
El polvo de la espuma de la alta marea
llega a la cima, al nido de esta casa,
a la armonía de la teja abierta
y entra en la acacia ya recién llovida
en las alas en himno de las gaviotas,
hasta en el pulso de la luz, en la alta
mano del viejo Terry en su taberna mientras,
toca con alegría y con pureza
el vaso aquel que es suyo. Y llega ahora
la niña Carol con su lucerío,
y la beso, y me limpia
cuando menos se espera.

Y yo te veo porque yo te quiero.
Es el amor que no tiene sentido.
Alza tu cara ahora a medio viento
con transparencia y sin destino en torno
a la promesa de la primavera,
los manzanos con júbilo en tu cuerpo
que es armonía y es felicidad,
con la tersura de la timidez
cuando se hace de noche y crece el cielo
y el mar se va y no vuelve
cuando ahora vivo la alegría nueva,
muy lejos del recuerdo, el dolor solo,
la verdad del amor que es tuyo y mío.
398
Claudio Rodríguez

Claudio Rodríguez

El Baile De Águedas

Veo que no queréis bailar conmigo
y hacéis muy bien. ¡Si hasta ahora
no hice más que pisaros, si hasta ahora
no moví al aire vuestro estos pies cojos!
Tú siempre tan bailón, corazón mío.

¡Métete en fiesta; pronto,
antes de que te quedes sin pareja!

¡Hoy no hay escuela! ¡Al río,
a lavarse primero,
que hay que estar limpios cuando llegue la hora!

Ya están ahí, ya vienen
por el raíl con sol de la esperanza
hombres de todo el mundo! Ya se ponen
a dar fe de su empleo de alegría
¿Quién no esperó la fiesta?
¿Quién los días del año
no los pasó guardando bien la ropa,
para el día de hoy? Y ya ha llegado.

Cuánto manteo, cuánta media blanca,
cuánto refajo de lanilla, cuánto
corto calzón. ¡Bien a lo vivo, como
esa moza se pone su pañuelo,
poned el alma así, bien a lo vivo!

Echo de menos ahora
aquellos tiempos en los que a sus fiestas
se unía el hombre como el suero al queso.

Entonces sí que daban
su vida al sol, su aliento al aire, entonces
sí que eran encarnados en la tierra.

Para qué recordar. Estoy en medio
de la fiesta y ya casi
cuaja la noche pronta de febrero.
y aún sin bailar: yo solo.

¡Venid, bailad conmigo, que ya puedo
arrimar la cintura bien, que puedo
mover los pasos a vuestro aire hermoso!

¡Águedas, aguedicas,
decidles que me dejen
bailar con ellos, que yo soy del pueblo,
soy un vecino más, decid a todos
que he esperado este día
toda la vida! Oídlo.

Óyeme tú, que ahora
pasas al lado mío y un momento,
sin darte cuenta, miras a lo alto
y a tu corazón baja
el baile eterno de Águedas del mundo,
óyeme tú, que sabes
que se acaba la fiesta y no la puedes
guardar en casa como un limpio apero,
y se te va, y ya nunca...
tú, que pisas la tierra
y aprietas tu pareja, y bailas, bailas.
447
Claudio Rodríguez

Claudio Rodríguez

A Mi Ropa Tendida (el Alma)

Me la están refregando, alguien la aclara.
¡Yo que desde aquel día
la eché a lo sucio para siempre, para
ya no lavarla más, y me servía!
¡Si hasta me está más justa¡ No la he puesto
pero ahí la veis todos, ahí, tendida,
ropa tendida al sol. ¿Quién es? ¿Qué es
esto?
¿Qué lejía inmortal, y que perdida
jabonadura vuelve, qué blancura?
Como al atardecer el cerro es nuestra ropa
desde la infancia, más y más oscura
y ved la mía ahora. ¡Ved mi ropa,
mi aposento de par en par! ¡Adentro
con todo el aire y todo el cielo encima!
¡Vista la tierra tierra! ¡Más adentro!
¡No tenedla en el patio: ahí en la cima,
ropa pisada por el sol y el gallo,
por el rey siempre!



He dicho así a media alba
porque de nuevo la hallo,
de nuevo el aire libre sana y salva.
Fue en el río, seguro, en aquel río
donde se lava todo, bajo el puente.
Huele a la misma agua, a cuerpo mío.
¡Y ya sin mancha! ¡Si hay algún valiente,
que se la ponga! Sé que le ahogaría.
Bien sé que al pie del corazón no es blanca
pero no importa: un día...
¡Qué un día, hoy, mañana que es la fiesta!
Mañana todo el pueblo por las calles
y la conocerán, y dirán: «Esta
es su camisa, aquella, la que era
sólo un remiendo y ya no le servía.
¿Qué es este amor? ¿Quién es su lavandera?»
449
Claudio Rodríguez

Claudio Rodríguez

Alto Jornal

Dichoso el que un buen día sale humilde
y se va por la calle, como tantos
días más de su vida, y no lo espera
y, de pronto, ¿qué es esto?, mira a lo alto
y ve, pone el oído al mundo y oye,
anda, y siente subirle entre los pasos
el amor de la tierra, y sigue, y abre
su taller verdadero, y en sus manos
brilla limpio su oficio, y nos lo entrega
de corazón porque ama, y va al trabajo
temblando como un niño que comulga
mas sin caber en el pellejo, y cuando
se ha dado cuenta al fin de lo sencillo
que ha sido todo, ya el jornal ganado,
vuelve a su casa alegre y siente que alguien
empuña su aldabón, y no es en vano.
483
Claudio Rodríguez

Claudio Rodríguez

Don De La Ebriedad Vi

Las imágenes, una que las centra
en planetaria rotación, se borran
y suben a un lugar por sus impulsos
donde al surgir de nuevo toman forma.
Por eso yo no sé cuáles son éstas.

Yo pregunto qué sol, qué brote de hoja
o qué seguridad de la caída
llegan a la verdad, si está más próxima
la rama del nogal que la del olmo,
más la nube azulada que la roja.

Quizá pueblo de llamas, las imágenes
encienden doble cuerpo en doble sombra.
Quizá algún día se hagan una y baste.

¡Oh, regio corazón como una tolva,
siempre clasificando y triturando
los granos, las semillas de mi corta
felicidad! Podrían reemplazarme
desde allí, desde el cielo a la redonda,
hasta dejarme muerto a fuerza de almas,
a fuerza de mayores vidas que otras
con la preponderancia de su fuego
extinguiéndolas: tal a la paloma
lo retráctil del águila. Misterio.

Hay demasiadas cosas infinitas.
Para culparme hay demasiadas cosas.
Aunque el alcohol eléctrico del rayo,
aunque el mes que hace nido y no se posa,
aunque el otoño, sí, aunque los relentes
de humedad blanca...Vienes por tu sola
calle de imagen, a pesar de ir sobre
no sé qué Creador, qué paz remota...
426
Claudio Rodríguez

Claudio Rodríguez

Sin Adiós

Qué distinto el amor es junto al mar
que en mi tierra nativa, cautiva, a la que siempre
cantaré,
a la orilla del temple de sus ríos,
con su inocencia y su clarividencia,
con esa compañía que estremece,
viendo caer la verdadera lágrima
del cielo
cuando la noche es larga
y el alba es clara.

Nunca sé por qué siento
compañero a mi cuerpo, que es augurio y refugio.
Y ahora, frente al mar,
qué urdimbre la del trigo,
la del oleaje,
qué hilatura, qué plena cosecha
encajan, sueldan, curvan
mi amor.

El movimiento curvo de las olas,
por la mañana,
tan distinto al nocturno,
tan semejante al de los sembrados,
se va entrando en
el rumor misterioso de tu cuerpo,
hoy que hay mareas vivas
y el amor está gris perla, casi mate,
como el color del álamo en octubre.

El soñar es sencillo, pero no el contemplar.
Y ahora, al amanecer, cuando conviene
saber y obrar,
cómo suena contigo esta desnuda costa.

Cuando el amor y el mar
son una sola marejada, sin que el viento nordeste
pueda romper este recogimiento,
esta semilla sobrecogedora,
esta tierra, este agua
aquí, en el puerto,
donde ya no hay adiós, sino ancla pura.
366
Carlos Bousoño

Carlos Bousoño

Yo Iba Contigo

Yo iba contigo. Tú con tristes ojos
parecías la tarde en la mañana.
Mi amor, al verte triste, atardecía.
Atardecía, pero alboreaba.

Pues yo te quise más. Para alegrarte,
la luz del mundo celebré más ancha.
Y mi alma entonces exhaló el perfume
agreste y fresco que madruga y canta.

Como el jilguero su garganta oprime
en donde suena una experiencia humana,
se escuchaban arrullos, liras, voces,
atambores, venturas, violas, arpas.

Y el mundo era el sonido no vivido
que en mi interior vivía y resonaba.
400
Carlos Bousoño

Carlos Bousoño

El Amor

Íbamos de camino.
Mi cariño en sus brisas te oreaba.
Tu cabello llevado entre los céfiros
era también como brisa del alma.

Eras también como brisa en la brisa.
¡Qué claridad rumorosa mis ansias!
¡Oh transparencia vital que encendía
toda mi vida cual fuego en luz blanca!

De mi alma entonces salía silvestre
el aire fresco de la madrugada.
Allá dentro, por dentro, ¡qué pura
la caricia amorosa del alba!

¡Qué delicadas nubes se encendían
y qué irisadas aguas!
El mundo era el sonido
y en mi interior sonaba.
384
Carlos Bousoño

Carlos Bousoño

Eres Feliz

Eres feliz. Saber no quieras
lo que brilla en los ojos humanos.
Sonríe tú como mañana fresca,
como tarde colmada en su ocaso.

Porque eres eso, sí: la tarde pura
en que a veces yo mojo mis manos,
en que a veces yo hundo mi rostro.
¡La tarde pura en su placer dorado!

La savia dulce de la primavera,
toda la luz de la tarde en un cántico,
sube entonces feliz y presurosa
desde tu corazón hasta mis labios.
459
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Alegría Del Poeta Escribiendo En Un Álbum

Levanta lira caída;
ven, que el dolor te convida
con mil tonos acordados
tengan también en la vida
su fiesta los desdichados.

No temas ¡oh!que en tu acento
vaya el mundo a sorprender
vuestro ignorado tormento...
lo mismo ha de comprender
tu canción que mi lamento.

¿Qué sabe si son gemidos,
canto risa, imprecaciones
lo que en mis trovas he oído?
La turba escucha el sonido
sin sentir sus vibraciones.

Y si al fin para ella iguales
son mis dichas y mis males,
alégrala con gemidos,
y broten en cien raudales
mis pesares comprimidos.

El mundo, arpa mía, en tanto
torpe nos envidiará
el ignorado quebranto:
¡Y en cambio de nuestro canto
sus aplausos nos dará!

Así el ciego musiquillo
discorde violín pulsando,
con monótono estribillo,
marcha su infantil corrillo
por las calles alegrando.

Canta, y su voz tembladora
el pecho anciano quebranta;
el niño que aplaude, ignora
que es más grande que el que llora
¡El infortunio que canta!
507
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En El Álbum De Un Clásico Moderno

¡Gracias, señor, gracias mil!
¡Ah siglo... dichosa suerte!
Ya nuestra edad se convierte
en bella edad infantil.

Ya en vez de los lagrimones
de romántico dolor,
los ojos del trovador
brotan risa a borbotones,

Ya a la sombra del ciprés
vagos, errantes, inquietos,
no nos traen los esqueletos
arrastrando por los pies.

Ni frenéticos en pos
de la muerte anhelan ir,
que a todos hacen vivir
el santo temor de Dios.

Murió la fatalidad,
los venenos se agotaron;
y los espectros cruzaron
huyendo la inmensidad.

Ya todo es risa, placer;
y pronto los pastorcillos
con sus tiernos caramillos
y el rebaño, han de volver.

¡Qué risa ver convertido
en un alegre zagal,
en la pradera dormido
a aquél que tanto ha gemido
sobre el arpa funeral!

¡Qué risa será escuchar
al son del tosco rabel
suave, amoroso cantar
a aquella boca de hiel
que ayer nos hizo temblar!

¡Qué risa ver sus amadas
ayer mustias y amarillas,
mañana frescas, sencillas
tejiendo en las enramadas
guirnaldas de florecillas!

¡Qué risa será mirar
en el verde prado, ameno
el arroyuelo saltar
y en su espejo contemplar
el propio rostro sereno!

¡Qué risa hurtarle sus nidos
al mirlo y al ruiseñor,
y verlos como aturdidos
con sus trinos doloridos
nos vuelan en derredor!...

Gracias señor, gracias mil;
¡Ah siglo! dichosa suerte,
si nuestra edad se convierte
en bella edad pastoril;

Si en pos de las maldiciones,
del romántico furor,
viene el alegre pastor
con su flauta y sus canciones.
611
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En La Última Hoja Del Álbum

El fin de todo busca el alma mía
porque en esta existencia pasajera
del más hermoso y regalado día
siempre viene a turbarnos la alegría
el miedo del dolor que nos espera.

Si fe tenéis en la amistad lozana
del joven que en la infancia habéis querido,
desvanecida como sombra vana
por otra nueva dejaréis mañana
esa tierna amistad en el olvido.

Si fe tenéis en que el amor primero
es el amor más cierto de la vida
sabed ¡ay! que ese amor es pasajero
que sólo, amigos, el amor postrero
es el único amor que no se olvida.

Así no es mucho que en libro escoja,
teniendo de la fama igual idea,
con tanto nombre como en él se aloja
no la primera, la postrera hoja
para dejar memoria al que me lea.
692
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En Un Álbum Poético Para Una Niña Que Se Ahogó En El Mar

Tú pensaste que el mar era tu cuna
y te adormiste en él tranquilamente,
no ha sido para ti poca fortuna
despertar en la gloria de repente.

¡Hija del alma! no hay vida ninguna
que no arrostre el furor de una corriente
y si nos ha de ahogar ¡ay! la del llanto,
la del mar es mejor... ¡no amarga tanto!
533
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Fe Perdida

¡Permitidme reír!... brotan mis labios
manantiales de risa bullidora,
que romper no me deja por ahora
en el llanto hacia vos, jóvenes sabios.
Perdonad a la Musa que no llora,
si tal vez en reír os hace agravios,
un momento no más, y ya serena
entonaros podré mi cantilena.

Sed indulgentes... ruda, campesina,
no estuve en vuestra escuela cortesana:
y cuando el hecho a sonreír me inclina,
mi voluntad para gemir es vana;
y, por Dios, que esta causa peregrina
que me incita a reír con tanta gana,
jovial hiciera al mismo Jeremías,
si alzara la cabeza en nuestros días.

Mas no: la indignación me preste acento:
que no hasta la risa del sarcasmo
para explicaros el pavor que siento,
la maravilla y el enojo y pasmo
al veros en cobarde desaliento
renunciar con desdén al entusiasmo,
lanzar vuestras creencias de la vida,
¡y cantar a una voz la fe perdida!

La fe perdida en el amor que os ama;
la fe perdida en la amistad que os guía;
la fe perdida en el honor que os llama;
la fe perdida hasta en el Dios que os cría;
Quimera es el saber sueño la fama;
la Religión —decís— hipocresía;
sombra la dicha, la virtud escoria,
polvo las almas, ilusión la gloria.

¡Me dais espanto! vuestras almas frías
parécenme a las noches tempestuosas
que prestan con sus bóvedas sombrías
resguardo a las acciones vergonzosas
a la sombra falaz de esas teorías,
que anublan las creencias más hermosas,
¿qué os proponéis con vuestra fe perdida,
sino ocultar errores de la vida?

¿Será que el mundo se tornó malvado
desde que hayáis vosotros a él venido?
Tierra que el bien y el mal siempre ha brotado
¿la semilla del bien hoy ha perdido?
¿Ni una planta siquiera le ha quedado?
¿Ni un retoño siquiera ha florecido?
¿Sabéis que el mundo tan horrible sea;
o es vuestra mala fe la que lo afea?

¡Ay! perdonadme: indignación tampoco
debe el alma sentir: sino tristeza,
porque tenéis vuestro cerebro loco,
y merecéis blandura, no dureza;
es menester llevaros poco a poco
remedios que os serenen la cabeza,
hasta que el juicio claro se os presente,
y el sol veáis y conozcáis la gente.

Permitid que os conduzca por la mano
a la morada de la casta esposa,
que de su dueño incrédulo y tirano
sufre el áspero trato silenciosa.—
Os mostraré también al recto anciano,
que en el humilde hogar pobre reposa,
porque acertó a elegir en su conciencia
entre indigencia y hurto, la indigencia.

Y os mostraré a la joven pura y bella,
que sufre la miseria resignada,
aunque el mundo también se mofe de ella,
y muera en soledad abandonada...
yo sé que lloraréis, si la querella
escucháis que os dirige lastimada
aquella sociedad desconocida,
donde cantasteis vuestra fe perdida.

¿Tal himno le entonáis al fiel soldado,
que por su patria muere en la pelea?
¿Muere sin que os merezca el desdichado
siquiera el premio de que en él se crea?
La madre que en su pecho extenuado
lleva amorosa al niño a quien recrea,
dándole el jugo de su propia vida
¿también ha de escuchar la fe perdida?

Tal vez, cuando el hermano generoso
cede su propio pan al tierno hermano
cantáis el egoísmo vergonzoso
y blasfemáis del corazón humano;
tal vez, en vuestro canto rencoroso
os quejáis del espíritu liviano,
cuando ahogando en el pecho sus pasiones,
la mujer de virtud os da lecciones.

Y en tanto que en el bello gabinete
contra la humana ingratitud declama,
el literato escéptico, y derrama
hiel sobre el mundo que a su ley somete;
digna de que por ella se respete
la humanidad, que el literato infama,
llorando insomne con la vista fija
sobre la anciana enferma vela su hija.

Y se arrodilla, y con su ardiente boca
los yertos pies de la doliente abriga:
su calva frente con blandura toca,
y la enjuga el sudor que la fatiga,
Teme, se desconsuela, a Dios invoca.
Y levanta dulcísima y amiga
su oración por la vida de la anciana,
cuando injuriando estáis la raza humana.

¡Almas ingratas sois a las bondades,
ingratas a los nobles sacrificios;
que sólo abrís los ojos a los vicios
y veis tan sólo el mundo de maldades;
y nos pintáis después esas ciudades
como espantosos, inciertos precipios,
que hundieron vuestras dulces ilusiones
y gastaron los tiernos corazones!

¿Qué aliento dais al generoso instinto,
que en el niño gentil brilla naciente,
si le arrojáis ese anatema hiriente,
su entusiasmo infantil dejando extinto?
Si de dudas el vago laberinto
señaláis por camino al inocente,
¿qué virtud aguardáis, qué heroica
hazaña
de esta generación virgen de España?

¿No sabéis dibujar, rudos pintores,
sino de informes copias los trasuntos?
¿No podéis con finísimos colores
lo bello y lo real mostrarnos juntos?
¿No sabéis, infelices trovadores,
más que cantar las tumbas y difuntos,
o lanzarnos sarcasmos que os inspiran
la furia que se esconde en vuestra lira?...

En vano es ese canto lastimero,
que a la sensible humanidad ultraja
y que rechaza el corazón sincero,
como una ofensa calumniosa y baja;
el mundo es ora como fue primero,
de virtudes y vicios gran baraja,
cuyos signos diversos y figuras
confundís de este siglo las criaturas.

Y de este siglo, que decís malvado,
han de alzarse animosos corazones,
que reanimen la fe que habéis ahogado
con vuestras falsas míseras lecciones.
No juzguéis porque el pueblo os ha escuchado
llorar vuestras amargas decepciones,
que también para siempre descreído
la fe como vosotros ha perdido.

El germen de virtud que en él se encierra,
brotará, como planta que en invierno
descansa en las entrañas de la tierra
y alza en verano su capullo tierno;
por más que vuestro orgullo les aferra
con descripciones del mundano infierno,
los buenos os dirán que habéis mentido,
porque llamáis al siglo corrompido.

Vosotros que pugnáis con odio loco
por degradaros en la raza humana,
malos como decís no sois tampoco,
sino esclavos de moda bien tirana;
¡Triste Espronceda, que avivaste el foco
de la maligna Musa Castellana!
¿Oyes cómo tu Trova repetida
suena en el Canto de la fe perdida?

¡Compasión a vosotros, pobres gentes,
que no tenéis ni en Dios ya confianza!
Son cual hondas cavernas vuestras mentes
donde jamás del sol el rayo alcanza:
puedan de Dios las voces elocuentes
devolveros de nuevo la esperanza;
y veréis cuán hermosa que es la vida
con esa fe que lamentáis perdida.

Hay siempre un ser benéfico y sensible
a quien volver los ojos en la pena:
hay siempre un alma cariñosa y buena,
que su tierna amistad nos dé apacible;
y si en el mundo todo aborrecible
no hubiese más amor que el de la hiena,
¡un manantial fecundo de consuelo
nos queda siempre en el amor del cielo!
588
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Yo No Puedo Seguirte Con Mi Vuelo

Tú, huéspeda de villa populosa,
yo de valle pacífico vecina,
tú por allá viajera golondrina,
yo por aquí tortuga perezosa:
tú del jardín acacia deliciosa,
yo del arroyo zarza campesina,
¿qué indefinible, rara inteligencia
enlaza seres de tan varia esencia?

El entusiasmo que hacia ti me impele,
la dulce fe que hacia mi amor te guía,
disponen que en amiga compañía,
mi canto unido a tus acentos vuele;
mas yo no sé, paloma, si recele
que, al fin, he de quedar sola en la vía,
pues tal vas ascendiendo por el cielo,
que no puedo seguirte con mi vuelo.

Tú desde el centro de la regia villa
domeñas con la voz los corazones,
yo sólo alcanzo a modular canciones
en honor de la simple florecilla;
ve si el ala podrá, corta y sencilla,
de la alondra, ganar esas regiones
que traspasas, de sola una carrera,
dejando un cielo atrás la compañera.

Si mi ardoroso empeño a ti me envía,
de ti me aparta el genio que te eleva
y sola a conquistar la prez te lleva
que no osara tocar mi fantasía:
pero no temas, no, que el alma mía
de su destino a murmurar se atreva,
pues que suyo será el bello destino
de alfombrarte de flores el camino.

Mas, al fijar la perspicaz mirada
en esa sociedad, cuya existencia
ha menester de intérprete a la ciencia
para ser comprendida y revelada;
afligida sintiendo y fatigada,
acaso tu sencilla inteligencia,
rechazarás el mundo con enojos
y hacia mi valle tornarás los ojos.

¿Y qué hallarás?... La garza en la ribera
del fresno cuelga su morada umbría
y allí anhelante a sus polluelos cría
al par de la amorosa compañera.
Guardan los canes la familia entera
que a su lealtad valiente se confía,
y fiel a su república la abeja
hijos y fruto a la colmena deja.

¿Todas las madres son tan cariñosas
entre esa gente de la raza humana?
¿Custodias tiene la nación hispana
de sus honras y haciendas tan celosas?
¿Las vidas de los hombres generosas
conságranse a la patria soberana?
¿O entre brutos a súbditos y reyes
su instinto vale más que nuestras leyes?

Donde el arte no está, donde alterada
no hallamos la creación en sus hechuras,
no ha menester que tengan las criaturas
muy alta comprensión ciencia elevada;
para cantar del campo embelesada
las risueñas perfectas hermosuras,
basta de mi garganta el leve acento,
y sobra tu magnífico talento.

¿Qué bien hiciera aquí?... ¿dar a estos
seres
de paz y dicha y libertad lecciones?
¿Inspirar a las tórtolas pasiones
o a las hormigas enseñar deberes?...
Ve con tan noble empresa a las mujeres
que muestran los llagados corazones,
y de ese ardiente celo el bello fruto
dale a la humanidad, por buen tributo.

Deja que mis estériles canciones
mueran sobre este arroyo cristalino,
y sigue tú, paloma, ese camino
el vuelo remontando a otras regiones;
deja entre los agrestes pabellones
de la alondra perderse el vago trino:
y allá del grande pueblo en el altura,
difundan tus arrullos su dulzura.

Déjame a mí la gloria campesina,
brille en la sociedad tu bella ciencia
que allí a gloria mayor la providencia
tu corazón y tu saber destinas:
¡palpitante lección, viva doctrina
a la ignorancia y femenil demencia!
Serás, entre su especie degradada,
tipo de la mujer regenerada.
579
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Luisita

Pues eres tú forastera
recién llegada a la vida,
te contaré, mi querida,
lo que tienes que sufrir;
te gané la delantera
de la vida en el camino,
y merced a este destino
he aprendido ya a sentir.

Yo sé ya cómo se llora
de una pena lloro ardiente,
y si quieres que te cuente
cuál se disfraza también,
mostraré, por que lo veas,
la sonrisa en mi semblante
cuando el raudal abundante
mis ojos brotando estén.

A este saber doloroso
discreción el mundo llama,
y no es discreta la dama
si no es en el mundo así;
por eso en risa mi llanto
suelo mudar tan aprisa,
que al asomar la sonrisa
trago el llanto para mí.

Pero el mundo no se engaña,
y al mirar nuestro contento
grita airado «¡Fingimiento,
falsedad de la mujer!»
¡Oh graciosa tiranía
que a las que fingen condena
cuando fingir nos ordena
como preciso saber!

Esto, niña, es solamente
lo que, de ciencia nos toca;
después te dirá mi boca
lo que hay de felicidad:
y en fe de que no te engaño
en lo propio que te digo,
todo un sexo por testigo
te pondré de esta verdad.

Yo te diré nuestra historia
y aunque otra de hombres cuenten,
por Dios, que los hombres mienten
o ignoran este saber:
ellos beben Cicerones,
con Sénecas se alimentan,
pero esos libros no cuentan
las penas de la mujer.

Y ¡más valiera que doctos,
sapientísimos varones
perdieran en las naciones
su tiempo en tratar de nos!;
¡harto hicieron si aseguran
como un hecho averiguado
que de Adán y Eva el pecado
por ella sufren los dos!

¿Qué importa que su existencia,
la leche con que medraron,
los brazos en que apoyaron
su cuerpo desde el nacer;
y los besos maternales,
y el solícito cariño,
y sus placeres de niño
se los diera la mujer?

¿Qué importa que le dé ella
la amorosa compañía
al que triste viviría
sin ella en la soledad;
y el consuelo al desgraciado,
y la asistencia al doliente,
qué importa a esa ingrata gente
que se los dé la beldad?

De madres, esposas, hijas,
los tiernos, los dulces nombres,
¿no merecen a esos hombres
una página, un borrón?
¿no merecen que una hora
en nuestra suerte mediten
aunque algo al estudio quiten
de Séneca y Cicerón?...

¿Mas no escuchas? ¿Interrumpes,
niña, con risa mi canto?
Haces bien, porque iba el llanto
brotando a mis ojos ya;
conviértase en risas el lloro,
que en la mudanza precisa
pronta siempre la sonrisa
tras mis lágrimas está.

Pero, guarda, por tu vida,
el papel de estas canciones,
y en la edad de las pasiones
fija los ojos en él:
«¡Ay, dirás, verdad decía
la que estas cosas cantaba;
bien me acuerdo que lloraba
cuando escribió este papel!»
785
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Gloria Del Sentimiento

¡Qué hermoso es Dios, qué hermosa su cabeza!
¡Qué gallardo su andar, su voz qué suave!
Rasgos los cielos son de su belleza,
pasos los siglos de su marcha grave;
la voz de la inmortal naturaleza
de sus conciertos la sonora clave,
su acento arroba, su mirar abrasa,
tiembla el mundo a sus huellas cuando pasa.

Yo me enamoro dél: pobre doncella
a la ardiente pasión esclavizada,
la sangre a mi cerebro se atropella
a su paso, a su canto, a su mirada;
medito y me consumo con la estrella,
por el trueno me siento subyugada,
y al ver al tiempo transcurrir ligero
sufro, lo lloro, clamo, desespero.

Seres tranquilos vi sobre la tierra
que esta ansiedad febril nunca padecen,
ni están con los espíritus en guerra,
ni en éxtasis de amor se desvanecen:
cuatro páginas ¡ay!, su libro encierra;
nacen, medran, se nutren, envejecen,
y como nada amaron ni sintieron,
nunca se mueren porque no vivieron.

Repose en paz el corazón helado,
yo quiero ver lucir tu sol ardiente,
vagar tras de tu voz por el collado,
beber tu aspiración en el ambiente:
¡quiero mirar tu ceño en el nublado,
tu sonrisa en la luna transparente,
en las corrientes aguas tu armonía
y tus halagos en el alma mía!

Ése es el solo bien del sentimiento,
la sola dicha de la triste alma,
la sola gloria del mayor talento,
del martirio mayor la sola palma;
llevar por adorarte el sufrimiento,
por comprenderte renunciar la calma,
de la pasión en el delirio ciego
ser desgraciada por sentir su fuego.

Sé que al cantarte en mi ilusión suspensa
la trova que mi boca te improvisa,
de los pueblos tendrá por recompensa
desdeñosa y sarcástica sonrisa:
su atmósfera pesada, oscura y densa
no dejará volar tan dulce brisa,
pero en el valle puro en que la exhalo
sirve a las soledades de regalo.
516
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Gloria De Las Glorias

A ALBERTO

Las siguientes composiciones están dedicadas a una persona que
no existe ya. Por eso me atrevo a publicarlas. Una mujer puede, sin
sonrojo, decir a un muerto ternezas que no quisiera que la oyesen decir
a un vivo.
GLORIA DE LAS GLORIAS


Es dulce recordar sueños de niño,

el vago acento de la edad primera

que en nuestro oído resonar hiciera

el ángel que anunció nuestro cariño;

cuando figuro que tu cuello ciño

en esa edad tranquila y placentera,

embriagada mi alma en sus memorias

digo que amor es gloria de las glorias.


Y es más dulce los sueños juveniles

recordar de esta vida enamorada

que siempre de ilusiones sustentada

consagra a los amores sus abriles;

yo te sabré cantar recuerdos miles

de esta pasión divina y encantada

que forma en sus combates y victorias

de nuestro amor la gloria de las glorias.


De una tarde serena de reflejos

sobre tu bello rostro apasionado,

la sombra de aquel valle sosegado

donde encontramos a los pobres viejos,

el canto de la tórtola a lo lejos

y el beso de las auras regalado

me inspiraran poéticas historias

para tu amor que es gloria de mis glorias.


Te cantaré la llama indefinible

del entusiasmo que en mi ser palpita,

la sed ardiente que mi sangre irrita,

la fe de mi pasión indestructible;

la fuerza de tu encanto irresistible

que mi vida en insomnios debilita,

y pálido y temblando a estas memorias

dirás que amor es gloria de las glorias.


No pienses que al ceñir prendas de orgullo

coronas que los genios conquistaron

esas frentes dichosas palpitaron

cual yo de tus acentos al murmullo;

no hay eco en la creación, no hay canto, arrullo,

aplausos que los hombres inventaron,

que no parezcan dichas transitorias

ante ese amor que es gloria de mis glorias.


En vano la ambición arde y se agita

abrasando a los débiles mortales,

y conquista laureles eternales

cuando la flor del alma está marchita;

de otra deidad más alta y más bendita

invoquemos placeres celestiales.

Porque entre tantas dichas transitorias

tan sólo amor es gloria de las glorias.


Sé que la sombra del dolor me sigue,

se que la vida perderé en el llanto,

sé que este amor tan inocente y santo

no ha de lograr la paz que lo mitigue;

pero bendigo el mal que me persigue,

las lágrimas, las penas, el quebranto,

y bendigo mis dichas ilusorias

porque es tu amor la gloria de mis glorias.

Elvas, 1845

609
Carolina Coronado

Carolina Coronado

El Mundo Codicioso

Las nuevas de este mundo tormentoso
ven a escuchar sentado en mis rodillas,
y cuenta, Emilio, tú las maravillas
de tu país tranquilo y delicioso;
yo te diré cómo el dolor penoso
hace saltar el llanto a mis mejillas,
y tú me explicarás cómo el contento
siempre en tus claros ojos tiene asiento.

En tus coloquios con las dulces aves,
en tus alegres juegos con la fuente,
¿qué pasa, Emilio, que tan tiernamente
amas el campo y sus misterios sabes?
¿por qué escondido entre las yerbas suaves
te place contemplar atentamente
más los insectos y saber sus nombres
que escuchar las historias de los hombres?

¿Qué piensas de esas piedras hacinadas
a que llaman ciudad que, con enojos,
apartas de ella los lucientes ojos
y hacia los campos tornas tus miradas?
¿Tienen de las abejas las moradas
más perfección que esos perfiles rojos
tan altos en los aires elevados
y con fatigas tantas dibujados?

¿Qué piensas, rubio Emilio, de esas gentes
revestidas de insignias de grandeza
que no acatas el brillo y la riqueza
que los pueblos adoran reverentes?
¿Cómo de esas monedas relucientes,
que van de mano en mano, la belleza,
cándido Emilio, tienes en tan poco
que con las chinas las confundes loco?

Entre los hombres alto vocerío
por ese metal bello se levanta;
ésa es, Emilio, la reliquia santa
que de su religión queda al gentío;
para alabar su inmenso poderío
no hay en el mundo más que una garganta:
¡Gloria! cantan los ángeles en coro;
¡Oro! cantan los hombres, ¡oro! ¡oro!

¿Y qué mucho que tenga esa vistosa
dorada tierra fama tan crecida,
si de la raza entera envilecida
es la sola virtud maravillosa?
La turba de otros días religiosa
deja al divino Dios arrepentido,
y está pronta a adorar humildemente
becerros de oro, cual la antigua gente.

Si oyes el trueno de espantosa guerra
no es que el cristiano pueblo se levanta
para ir a rescatar la tumba santa
del grande mártir a lejana tierra;
si la historia en sus páginas encierra
de nuestros nobles padres gloria tanta,
nosotros que su lauro no anhelamos
no ya por Dios, ¡por vil oro luchamos!...

Mas, dejemos al mundo codicioso
que hace saltar el llanto a las mejillas,
y muestra, Emilio, tú las maravillas
de tu país tranquilo y delicioso;
llévame a ver cómo en tropel gracioso
a comer en tus manos las semillas
entre las yerbas verdes y suaves
vienen trinando las amigas aves.

Contigo iré, los dos caminaremos
juntos al valle, al bosque, a la ribera,
y con el lirio azul de la pradera
los juncos de las aguas trenzaremos:
tal vez en dulce soledad hallemos
aquella imagen grande y verdadera
que desde el cielo hermoso, a ti alegría
y a mí paz y esperanza nos envía.
589
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Al Hado

La estrella, el signo... ¡Ideal!
el Hado infausto... locura;
que para todo mortal
propicia, fácil, igual
en el mundo es la ventura.

Para el monarca opulento,
para el mendigo indigente
tiene la vida igualmente
un oportuno momento
de sonrisa complaciente.

No es la fortuna obtener
ese atributo del ser
que jamás faltó a ninguno:
la buena estrella es saber
asegurar cada uno
su fugitivo placer.

Fruto es la felicidad
para gustarle en sazón;
quien malogra la ocasión,
culpa la casualidad,
y llama a su imprevisión
destino, fatalidad.

Unos su influjo sintieron
porque su influjo estimaron,
otros de cerca la vieron,
y su favor desdeñaron
porque no la conocieron.

Y aunque en el mundo tú así
alumbras, felicidad,
sol de muchos, yo ¡ay de mí!
los rayos no percibí
de tu hermosa claridad.

Tal vez a mi lado estabas
cuando de tu lado huía;
tal vez tierna me buscabas
y amorosa me llamabas
cuando tu voz no entendía.

¡Cuán costoso es el saber,
cuán costoso el aprender
lo que debemos buscar,
y cuán fácil olvidar
lo que debemos temer!

¡Y cuán tarde el desengaño
de nuestros errores vemos!
Error que al fin conocemos
para sentir más el daño
que reparar no podemos.

Mas daños al más novicio
corazón han de tocar;
pero es risible artificio
a nuestras culpas llamar
hado adverso ni propicio.
550
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Voz De Una Hija

Imagen pura, deliciosa y tierna,
constante amiga de mi blando sueño:
tú la que ofreces a la vida mía
paz y ventura;

Imagen bella de la dulce madre,
que un Dios me diera, de mi bien celoso:
nunca del alma tu inefable hechizo
viera lejano.

Siempre el amante corazón te abriga;
siempre bendice tu apacible encanto,
y de ternura tu memoria siempre
viva le inunda.

¡Oh! ¡cuánto el cielo sus preciosos dones,
mi cara madre, y su bondad revela!
Su inmensa gloria en tu sagrada imagen
luce divina.

Que es una madre la perfecta hechura
con que el Eterno coronó sus obras;
solemne ofrenda a la natura haciendo,
digno presente.

Que es una madre de la tierra amparo,
supremo alivio de angustiosas penas;
bálsamo santo del pesar amargo,
tierna delicia.

¡Ay del que huyera el maternal regazo!
¡Ay del que ingrato su amoroso abrigo
desdeña injusto, y la orfandad anhela!
¡Ser infelice!

Suerte funesta su vivir preside;
su prez esquiva el indignado cielo;
nunca a sus ojos la benigna aurora
plácida brilla.

Mas yo dichosa, que a tu lado miro
beber el tiempo mis tranquilas horas,
si lloro, madre, si mi vida empaña
nube sombría,

Deja en tu seno protector, amigo,
deja que ardiente la mejilla esconda,
que hundir mis penas y enjugar mi llanto
sabes tú sola.—
682
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Melancolía

Emilio, ¡cómo apuras
loco de risa el tiempo en la alegría!
no hay tregua a tus venturas,
como en la pena mía
no hay tregua a la infeliz melancolía.

Anima tu contento
la primavera, y mi tristeza acrece:
paréceme que el viento
que aspiro se enrarece,
y la lumbre del cielo se oscurece.

Los campos tan hermosos
a tus brillantes ojos, a los míos
turbios, son enfadosos
anchos espacios fríos,
de objetos, de color, de luz vacíos.

Bastan del arroyuelo
a tu juego infantil las blancas chinas:
la fortuna tu anhelo
cumple, si en las vecinas
mieses con la escondida alondra atinas.

¡Cuánto es el alborozo
que tu impaciente corazón regala!
el temblor de su gozo
la agitación iguala
de la avecilla sacudiendo el ala...—

De niña, el riachuelo
y las aves también me divertían,
y cuantas por el suelo
lindas flores se abrían,
a mi regazo fáciles venían.

Mas ya ¿dónde el hechizo
de esas llanuras para mí se encierra?
si de verde o pajizo
se engalana la tierra,
si brota el árbol, si la flor se cierra.

Un alma alborozada
tantos encantos y mudanzas vea:
la mía desolada
de cuanto la rodea,
sólo con el silencio se recrea.
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