Poemas en este tema

Fe, Espiritualidad y Religión

Federico García Lorca

Federico García Lorca

San Miguel (granada)

SAN MIGUEL

(GRANADA)

A Diego Buigas de Dalmáu

Se ven desde las barandas,

por el monte, monte, monte,

mulos y sombras de mulos

cargados de girasoles.


Sus ojos en las umbrías

se empañan de inmensa noche.

En los recodos del aire,

cruje la aurora salobre.


Un cielo de mulos blancos

cierra sus ojos de azogue

dando a la quieta penumbra

un final de corazones.

Y el agua se pone fría

para que nadie la toque.

Agua loca y descubierta

por el monte, monte, monte.


*


San Miguel lleno de encajes

en la alcoba de su torre,

enseña sus bellos muslos,

ceñidos por los faroles.


Arcángel domesticado

en el gesto de las doce,

finge una cólera dulce

de plumas y ruiseñores.

San Miguel canta en los vidrios;

efebo de tres mil noches,

fragante de agua colonia

y lejano de las flores.


*


El mar baila por la playa,

un poema de balcones.

Las orillas de la luna

pierden juncos, ganan voces.

Vienen manolas comiendo

semillas de girasoles,

los culos grandes y ocultos

como planetas de cobre.

Vienen altos caballeros

y damas de triste porte,

morenas por la nostalgia

de un ayer de ruiseñores.

Y el obispo de Manila,

ciego de azafrán y pobre,

dice misa con dos filos

para mujeres y hombres.


*


San Miguel se estaba quieto

en la alcoba de su torre,

con las enaguas cuajadas

de espejitos y entredoses.


San Miguel, rey de los globos

y de los números nones,

en el primor berberisco

de gritos y miradores.

1.032
Federico García Lorca

Federico García Lorca

La Monja Gitana

LA MONJA GITANA

A José Moreno Villa


Silencio de cal y mirto.

Malvas en las hierbas finas.

La monja borda alhelíes

sobre una tela pajiza.

Vuelan en la araña gris,

siete pájaros del prisma.

La iglesia gruñe a lo lejos

como un oso panza arriba.

¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia!

Sobre la tela pajiza,

ella quisiera bordar

flores de su fantasía.

¡Qué girasol! ¡Qué magnolia

de lentejuelas y cintas!

¡Qué azafranes y qué lunas,

en el mantel de la misa!

Cinco toronjas se endulzan

en la cercana cocina.

Las cinco llagas de Cristo

cortadas en Almería.

Por los ojos de la monja

galopan dos caballistas.

Un rumor último y sordo

le despega la camisa,

y al mirar nubes y montes

en las yertas lejanías,

se quiebra su corazón

de azúcar y yerbaluisa.

¡Oh!, qué llanura empinada

con veinte soles arriba.

¡Qué ríos puestos de pie

vislumbra su fantasía!

Pero sigue con sus flores,

mientras que de pie, en la brisa,

la luz juega el ajedrez

alto de la celosía.

658
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Al Nacimiento De Cristo Nuestro Señor

Caído se le ha un Clavel
Hoy a la Aurora del seno:
¡Qué glorioso que está el heno,
Porque ha caído sobre él!

Cuando el silencio tenía
Todas las cosas del suelo,
Y, coronada del yelo,
Reinaba la noche fría,
En medio la monarquía
De tiniebla tan cruel,

Caído se le ha un Clavel
Hoy a la Aurora del seno:
¡Qué glorioso que está el heno,
Porque ha caído sobre él!


De un solo Clavel ceñida,
La Virgen, Aurora bella,
Al mundo se lo dio, y ella
Quedó cual antes florida;
A la púrpura caída
Solo fue el heno fïel.

Caído se le ha un Clavel
Hoy a la Aurora del seno:
¡Qué glorioso que está el heno,
Porque ha caído sobre él!


El heno, pues, que fue dino,
A pesar de tantas nieves,
De ver en sus brazos leves
Este rosicler divino
Para su lecho fue lino,
Oro para su dosel.

Caído se le ha un Clavel
Hoy a la Aurora del seno:
¡Qué glorioso que está el heno,
Porque ha caído sobre él!
380
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Del Casamiento Que Pretendió El Príncipe De Gales Con La Serenísima Infanta Mar

Undosa tumba da al farol del día
Quien ya cuna le dio a la hermosura,
Al Sol que admirará la edad futura,
Al esplendor augusto de María.

Real, pues, ave, que la región fría
De Arcturo corona, esta luz pura
Solicita no sólo, más segura
A tanta lumbre vista y pluma fía.

Bebiendo rayos en tan dulce esfera,
Querrá el Amor, querrá el cielo, que cuando
El luminoso objeto sea consorte,

Entre castos afectos verdadera
Divina luz su ánimo inflamado,
Fénix renazca a Dios, si águila al Norte.
220
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

De La Jornada Que Su Majestad Hizo A Andalucía

Los días de Noé bien recelara
Si no hubiera, Señor, jurado el cielo
En su arco tu piedad, o hubiera el hielo
Dejado al arca ondas que surcara.

Denso es mármol la que era fuente clara
A ninfa que peinaba undoso pelo;
Montes coronan de cristal el suelo;
Atado el Betis a su margen para.

A inclemencias, pues, tantas no perdona
El Fénix de Austria, al mar fiando, al viento,
No aromáticos leños, sino alados.

Aun a tu Iglesia más que a su corona
Importan sus progresos acertados:
Serena aquel, aplaca este elemento.
251
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Determinado A Dejar Sus Pretensiones Y Volverse A Córdoba

De la Merced, Señores, despedido,
Pues lo ha querido así la suerte mía,
De mis deudos iré a la Compañía,
No poco de mis deudas oprimido.

Si haber sido del Carmen culpa ha sido,
Sobra el que se me dio hábito un día:
Huélgome que es templada Andalucía,
Ya que vuelvo descalzo al patrio nido.

Mínimo, pues, si capellán indino
Del mayor Rey, Monarca al fin de cuanto
Pisa el sol, lamen ambos oceanos,

La fuerza obedeciendo del destino,
El cuadragesimal voto en tus manos,
Desengaño haré, corrector santo.
221
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Al Padre Juan De Pineda, De La Compañía De Jesús, Por Haber Antepuesto Un Sonet

¿Yo en justa injusta expuesto a la sentencia
De un positivo padre azafranado?
Paciencia, Job, si alguna os han dejado
Prolijos los escritos de su Encia.

Consuelo me daréis, si no paciencia,
Porque en suertes entré, y fui desgraciado,
En el mes que perdió el apostolado
Un Justo por divina providencia.

¿Quién justa do la tela es pinavete,
Y no muy de Segura, aunque sea pino,
Que ayer fue pino, y hoy podrá ser vete?

No más judicatura de teatino,
Cofre, digo, overo con bonete,
Que tiene más de tea que de tino.
270
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

En La Partida Del Conde De Lemus Y Del Duque De Feria A Nápoles Y A Francia

El Conde mi señor se fue a Napoles;
El Duque mi señor se fue a Francía:
Príncipes, buen viaje, que este día
Pesadumbre daré a unos caracoles.

Como sobran tan doctos españoles,
A ninguno ofrecí la Musa mía;
A un pobre albergue sí, de Andalucía,
Que ha resistido a grandes, digo soles.

Con pocos libros libres (libres digo
De expurgaciones) paso y me paseo,
Ya que el tiempo me pasa como higo.

No espero en mi verdad lo que no creo:
Espero en mi conciencia lo que sigo:
Mi salvación, que es lo que más deseo.
262
Ignacio de Luzán

Ignacio de Luzán

Idilio Leandro Y Hero

Musa, tú que conoces
los yerros, los delirios
los bienes y los males
de los amantes finos

Dime quién fue Leandro
qué Dios o qué maligno
astro en las fieras ondas
cortó a su vida el hilo

Leandro a quién mil veces
los duros ejercicios
del estadio ciñeron
de rosas y de mirtos

Ya en la robusta lucha
ya con el fuerte disco
ya corriendo o nadando
diestro gallardo invicto

Amaba a Hero divina
bellísimo prodigio
sobre cuantas bellezas
Sesto admiró y Abido

Negro el cabello ufano
con naturales rizos
realzaba del cuello
los cándidos armiños


En proporción y gala
de rostro talle y brío
quiso ostentar el cielo
esmeros peregrinos.

Pero aun más que otras gracias
brillaba el atractivo
de una modestia humilde
de un natural sencillo

Tal entre los celajes
de nubes escondidos
vibran del sol los rayos
ardores mas activos

Y tal entre las flores
a gustos exquisitos
más que una rosa agrada
un cárdeno jacinto.


Viola Leandro un día
en los cultos festivos
que a Venus tributaban
de Sesto los vecinos.

Era sacerdotisa
del templo y sacrificio,
y aún emulaba en todo
al sacro numen ciprio.

Viola en el gran concurso
de los solemnes ritos
brillar único asombro
viola y quedó perdido

Y a la deidad del templo,
con el nuevo excesivo
ardor que le abrasaba
frenético la dijo:


«Gran diosa de Citeres
de Pafos y de Gnido
esta mortal belleza
es tu traslado vivo

»Perdona, pues si a ella
tus mismos cultos rindo
y si un traslado adoro
equívoco contigo
»

Oyó Venus sus voces
oyolas el dios niño
y decretaron ambos
venganzas y castigos

Tanto el enojo puede
en ánimos divinos
un lenguaje del alma
ha de ser un delito


Dígame el que conozca
a Venus y a Cupido
si es más cruel la madre
o es más cruel el hijo.

Qué sé yo: cruel la madre,
crüel y vengativo
es el hijo, que ejerce
tiránicos caprichos.


Miró tierno Leandro,
habló amante, instó fino,
ya mudo, ya elocuente,
con ojos y suspiros.

Oyole Hero con pecho
ya tímido, ya esquivo,
mas poco a poco un fuego
la entró por los sentidos

un fuego que es veneno
un fuego que es martirio
si es martirio y veneno
¿cómo es apetecido?

De una torre en la playa
el murado recinto
de esta sacerdotisa
era albergue y retiro.

Allí, cautos, sus padres
del concurso y bullicio
este bello tesoro
guardaban escondido

Mas contra amor ¿qué muro
será seguro asilo
si todo lo penetran
sus vencedores tiros?

Leandro, enamorado
resuelto y atrevido
los reparos allana
desprecia los peligros.

Pasar nadando ofrece
del uno al otro sitio
prometiendo himeneos
nocturnos y furtivos.


Mas sobre las almenas
del la torre encendido
quiere que un farol arda
de sus bodas testigo

Cuya luz para el nueso
peligroso camino
sirva de norte y guía
en rumbos no sabidos

Arde farol no ceses
astro de amor benigno
que astro serás de muerte
si se apaga tu brillo

Lleno ya de esperanzas
vuelve Leandro a Abido
y cuenta los instantes
como si fueran siglos

Llegó en fin de las sombras
el lóbrego dominio
obscureciendo objetos
remotos y vecinos


El joven en la playa
arrojando el vestido
a las ondas se entrega
con intrépido brío

y alternando de brazos
y pies el ejercicio,
ágil y diestro rompe
el ímpetu marino


Mas ya había gran trecho
del piélago vencido
y ya el cansado brazo
rehusaba su oficio.

Clara brillante luna
con rayos reflexivos
de Anfitrite a los campos
daba argentados visos

Leandro ya al extremo
terminó reducido
a su favor acude
en el fatal conflicto

Diosa triforme dice
con ánimo sumiso
protectora de amantes
propensa siempre a oírlos

Si los casos de Latmos
no has puesto aun en olvido
y sabes lo que puede
un amor como el mío

Seame aquí tu numen
favorable y propicio
y en la playa de Sesto
dame el puerto que pido


Fuese el favor del numen
o fuese el norte fijo
del farol, que ya cerca
vio arder con grato auspicio,

o fuese amor, que suele
con prósperos principios
atraer los amantes
a infaustos precipicios,


Cobrando nuevo aliento
a esfuerzos repetidos,
afierra de la arena
el suelo movedizo.


Allí a aguardarle sola
su fina esposa vino
y al verle tiembla toda
de susto y regocijo

«Ven, esposo» —le dice—,
«llega a los brazos míos;
para exponerte tanto,
¿cómo ha de haber motivo?

»Amor venció tan duro
insólito camino.
¿Cómo vienes? ¿Qué numen
tu conductor ha sido?»

Así diciendo, enjuga
los restos del rocío
salobre que de cuerpo
corrían hilo a hilo,

Y a la torre le guía
aliviando el prolijo
afán con oficiosos
brazos entretejidos.

Entretanto Himeneo,
volando en torno el vivo
sagrado fuego enciende
de sus nupciales pinos

Pero antes que saliese
el astro matutino
ya volvía Leandro
a su confín nativo.

Así todas las noches
por el silencio amigo
iba nadando a Sesto
centro de sus cariños


Tal ruiseñor amante
vuela y revuela el nido
donde de su consorte
le llama el tierno pico

Pero en amor que halago
se vio jamás continuo,
movibles son sus dichas
sus escarmientos fijos

Siete días pasaron
sin mostrarse de Cintio
la luz siete noches
sin luceros ni signos


En fin salió una aurora
con ceño y desaliño
siguiose triste día
en tenebroso Olimpo.

La noche añadió horrores
y para más cumplirlos
dio licencia a los vientos
Eolo , su caudillo.


Leandro en tanto triste
anhela ver tranquilo
el mar y ya calmados
los vientos enemigos

Pero al fin impaciente
cediendo a su destino
fuese a la playa y de esta
manera habló consigo

«Corazón, ¿qué te espanta?
¿Qué importará que tibios
huyamos de una muerte
si de otra nos morimos?»

Dijo, y de su arrestado
amante desvarío
impelido se arroja
al mar embravecido.


Y a pesar de su furia
contra los torbellinos
lucha con fuerte brazo
por no poco distrito.

Pero ya se redoblan
del Aquilón los silbos
levanta el mar sus olas
aumenta sus bramidos.


¡Ay, mísero Leandro,
ya con dolor te miro
contiguo a las estrellas
y al Tártaro contiguo!

Apuradas las fuerzas
sin aliento, sin tino,
y del farol amado
el claro norte extinto

Viendo por todas partes
presente a los sentidos
de la pálida muerte
el bárbaro cuchillo

A las ondas se vuelve
trémulo y semivivo
hallar piedad pensando
donde nunca la ha habido

«Ondas, si darme muerte
es decreto preciso,
no a la ida, a la vuelta
matadme a vuestro arbitrio».

Las crueles ondas niegan
al ruego los oídos
y le sepultan dentro
de su profundo abismo

Entonces exhalando
el último suspiro
tres veces a Hero llama
con lamentable grito


Viole el Alba otro día
cuando dejaba al Indo
y tuvo horror del triste
espectáculo indigno

Al pie de la alta torre
del mismo mar traído
yacía el infelice
yerto cadáver frío

Cual suele quedar mustio
cárdeno hermoso lirio
si le arrancó el arado
o deshojó el granizo

Viole Hero y de la torre
se arroja sobre el mismo
cadáver y allí logra
en la muerte el alivio

Así tuvieron ambos
igual fin indiviso
viéndose en vida y muerte
Hero y Leandro unidos

Es fama que lloraron
de Sesto los sombríos
bosques y que se oían
mil veces los gemidos

Y al huésped extranjero
llorando compasivo
cantaba el triste caso
el morador de Abido

Y hasta en lejanos climas
con flebil tierno estilo
el trágico suceso
cantaba el peregrino.
1.582
Garcilaso de la Vega

Garcilaso de la Vega

Soneto V

Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

En esto estoy y estaré siempre puesto;
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.

Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma mismo os quiero.

Cuando tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero.
648
Gil Vicente

Gil Vicente

Villancico

Cuando la virgen bendita
lo parió,
todo el mundo lo sintió.

Los coros angelicales
todos cantan nueva gloria;
los tres reyes, la vitoria
de las almas humanales.

En las tierras principales
se sonó
cuando nuestro Dios nasció.
661
Gonzalo Rojas

Gonzalo Rojas

Darío Y Más Darío

Estrella Ogden acompáñame
como ella a él, enjámbrame
como a Darío las estrellas, piénsame
órfica, acostúmbrame a
ser de aire alrededor de
esos aviones ciegos que van rápido en
lo esdrújulo de New York
a Philadelphia, adivíname
en un Tarot al revés con
Nephertitis sangrando bajo
la hermosura de
la nube de habrá sido la piel
de oírte, la
peligrosa piel
de hoy lunes de Berlín con ángeles,
estés
donde estés, concuérdame
con otra cítara altísima de certeza
cuya hipotenusa sea Dios.
805
Gonzalo Rojas

Gonzalo Rojas

¿qué Se Ama Cuando Se Ama?

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.
816
Gustavo Pereira

Gustavo Pereira

Somaris

Tenía razón Buda

La carne es carne
671
Gaspar María de la Nava Álvarez

Gaspar María de la Nava Álvarez

Retrato De La Tristeza Del Doctor Young

Sobre la negra tumba recostado
está el anciano Young; contempla atento
bajo la losa todo su contento,
porque nada la Muerte le ha dejado;

Con lágrimas su rostro está bañado,
y temblando su cuerpo macilento;
sólo consta de un ay su triste acento,
que resuena en el techo embovedado.

¡Supremo Ser —exclama—, que, subido
sobre el cerco de las estrellas prodigioso,
ves con tedio al que gusta de esta vida!,

¿cuándo será mi espíritu impelido
de tu potente diestra, y con reposo
hará junto a tu trono su manida?
484
Gabriela Mistral

Gabriela Mistral

Dos ángeles

No tengo sólo un Ángel
con ala estremecida:
me mecen como al mar
mecen las dos orillas
el Ángel que da el gozo
y el que da la agonía,
el de alas tremolantes
y el de las alas fijas.

Yo sé, cuando amanece,
cuál va a regirme el día,
si el de color de llama
o el color de ceniza,
y me les doy como alga
a la ola, contrita.

Sólo una vez volaron
con las alas unidas:
el día del amor,
el de la Epifanía.

¡Se juntaron en una
sus alas enemigas
y anudaron el nudo
de la muerte y la vida!
992
Gabriela Mistral

Gabriela Mistral

El ángel Guardián

Es verdad, no es un cuento;
hay un Ángel Guardián
que te toma y te lleva como el viento
y con los niños va por donde van.

Tiene cabellos suaves
que van en la venteada,
ojos dulces y graves
que te sosiegan con una mirada
y matan miedos dando claridad.
(No es un cuento, es verdad.)

Él tiene cuerpo, manos y pies de alas
y las seis alas vuelan o resbalan,
las seis te llevan de su aire batido
y lo mismo te llevan de dormido.

Hace más dulce la pulpa madura
que entre tus labios golosos estrujas;
rompe a la nuez su taimada envoltura
y es quien te libra de gnomos y brujas.

Es quien te ayuda a que cortes las rosas,
que están sentadas en trampas de espinas,
el que te pasa las aguas mañosas
y el que te sube las cuestas más pinas.

Y aunque camine contigo apareado,
como la guinda y la guinda bermeja,
cuando su seña te pone el pecado
recoge tu alma y el cuerpo te deja.

Es verdad, no es un cuento:
hay un Ángel Guardián
que te toma y te lleva como el viento
y con los niños va por donde van.
1.089
Gabriela Mistral

Gabriela Mistral

Promesa A Las Estrellas

Ojitos de las estrellas
abiertos en un oscuro
terciopelo: de lo alto,
¿me veis puro?

Ojitos de las estrellas,
prendidos en el sereno
cielo, decid: desde arriba,
¿me veis bueno?

Ojitos de las estrellas,
de pestañitas inquietas,
¿por qué sois azules, rojos
y violetas?

Ojitos de la pupila
curiosa y trasnochadora,
¿por qué os borra con sus rosas
la aurora?

Ojitos, salpicaduras
de lágrimas o rocío,
cuando tembláis allá arriba,
¿es de frío?

Ojitos de las estrellas,
fijo en una y otra os juro
que me habéis de mirar siempre,
siempre puro.
882
Gabriela Mistral

Gabriela Mistral

Mientras Baja La Nieve

Ha bajado la nieve, divina criatura,
el valle a conocer.
Ha bajado la nieve, mejor que las estrellas.
¡Mirémosla
caer!

Viene calla-callando, cae y cae a las puertas
y llama sin llamar.
Así llega la Virgen, y así llegan los sueños.
¡Mirémosla
llegar!

Ella deshace el nido grande que está en los cielos
y ella lo hace volar.
Plumas caen al valle, plumas a la llanada,
plumas al olivar.

Tal vez rompió, cayendo y cayendo, el mensaje
de Dios Nuestro Señor.
Tal vez era su manto, tal vez era su imagen,
tal vez no más
su amor.
702
Gabriela Mistral

Gabriela Mistral

Me Tuviste

Duérmete, mi niño,
duérmete sonriendo,
que es la ronda de astros
quien te va meciendo.

Gozaste la luz
y fuiste feliz.
Todo bien tuviste
al tenerme a mí.

Duérmete, mi niño,
duérmete sonriendo,
que es la Tierra amante
quien te va meciendo.

Miraste la ardiente
rosa carmesí.
Estrechaste al mundo:
me estrechaste a mí.

Duérmete, mi niño,
duérmete sonriendo,
que es Dios en la sombra
el que va meciendo.
1.055
Gabriela Mistral

Gabriela Mistral

Meciendo

El mar sus millares de olas
mece, divino.
Oyendo a los mares amantes,
mezo a mi niño.
El viento errabundo en la noche
mece los trigos.
Oyendo a los vientos amantes,
mezo a mi niño.
Dios Padre sus miles de mundos
mece sin ruido.
Sintiendo su mano en la sombra
mezo a mi niño.
1.424
Gabriela Mistral

Gabriela Mistral

Decálogo Del Artista

I.

Amarás la belleza, que es la sombra de Dios sobre el Universo.


II.

No hay arte ateo. Aunque no ames al Creador, lo afirmarás creando
a su semejanza.


III.

No darás la belleza como cebo para los sentidos, sino como el
natural alimento del alma.


IV.

No te será pretexto para la lujuria ni para la vanidad, sino
ejercicio divino.


V.

No la buscarás en las ferias ni llevarás tu obra a ellas,
porque la Belleza es virgen, y la que está en las ferias no es Ella.


VI.

Subirá de tu corazón a tu canto y te habrá purificado
a ti el primero.


VII.

Tu belleza se llamará también misericordia, y consolará
el corazón de los hombres.


VIII.

Darás tu obra como se da un hijo: restando sangre de tu corazón.


IX.

No te será la belleza opio adormecedor, sino vino generoso que
te encienda para la acción, pues si dejas de ser hombre o mujer,
dejarás de ser artista.


X.

De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue
inferior a tu sueño, e inferior a ese sueño maravilloso de
Dios, que es la Naturaleza.
725
Gabriela Mistral

Gabriela Mistral

La Oración De La Maestra

¡Señor! Tú que enseñaste, perdona
que yo enseñe; que lleve el nombre de maestra, que Tú llevaste
por la Tierra.

Dame el amor único de mi escuela; que ni la quemadura
de la belleza sea capaz de robarle mi ternura de todos los instantes.

Maestro, hazme perdurable el fervor y pasajero el desencanto.
Arranca de mí este impuro deseo de justicia que aún me turba,
la mezquina insinuación de protesta que sube de mí cuando
me hieren. No me duela la incomprensión ni me entristezca el olvido
de las que enseñé.

Dame el ser más madre que las madres, para poder
amar y defender como ellas lo que no es carne de mis carnes. Dame
que alcance a hacer de una de mis niñas mi verso perfecto y a dejarte
en ella clavada mi más penetrante melodía, para cuando mis
labios no canten más.

Muéstrame posible tu Evangelio en mi tiempo, para
que no renuncie a la batalla de cada día y de cada hora por él.

Pon en mi escuela democrática el resplandor que
se cernía sobre tu corro de niños descalzos.

Hazme fuerte, aun en mi desvalimiento de mujer, y de mujer
pobre; hazme despreciadora de todo poder que no sea puro, de toda presión
que no sea la de tu voluntad ardiente sobre mi vida.

¡Amigo, acompáñame! ¡Sostenme!
Muchas veces no tendré sino a Ti a mi lado. Cuando mi doctrina sea
más casta y más quemante mi verdad, me quedaré sin
los mundanos; pero Tú me oprimirás entonces contra tu corazón,
el que supo harto de soledad y desamparo. Yo no buscaré sino en
tu mirada la dulzura de las aprobaciones.

Dame sencillez y dame profundidad; líbrame de ser
complicada o banal en mi lección cotidiana.

Dame el levantar los ojos de mi pecho con heridas, al entrar
cada mañana a mi escuela. Que no lleve a mi mesa de trabajo mis
pequeños afanes materiales, mis mezquinos dolores de cada hora.

Aligérame la mano en el castigo y suavízamela
más en la caricia. ¡Reprenda con dolor, para saber que he
corregido amando!

Haz que haga de espíritu mi escuela de ladrillos.
Le envuelva la llamarada de mi entusiasmo su atrio pobre, su sala desnuda.
Mi corazón le sea más columna y mi buena voluntad más
horas que las columnas y el oro de las escuelas ricas.

Y, por fin, recuérdame desde la palidez del lienzo
de Velázquez, que enseñar y amar intensamente sobre la Tierra
es llegar al último día con el lanzazo de Longinos en el
costado ardiente de amor.

1.440
Gabriela Mistral

Gabriela Mistral

Interrogaciones

¿Cómo quedan, Señor, durmiendo los suicidas?
¿Un cuajo entre la boca, las dos sienes vaciadas,
las lunas de los ojos albas y engrandecidas,
hacia un ancla invisible las manos orientadas?

¿O Tú llegas después que los hombres se han ido,
y les bajas el párpado sobre el ojo cegado,
acomodas las vísceras sin dolor y sin ruido
y entrecruzas las manos sobre el pecho callado?

El rosal que los vivos riegan sobre su huesa
¿no le pinta a sus rosas unas formas de heridas?
¿No tiene acre el olor, sombría la belleza
y las frondas menguadas de serpientes tejidas?

Y responde, Señor: Cuando se fuga el alma
por la mojada puerta de las largas heridas,
¿entra en la zona tuya hendiendo el aire en calma
o se oye un crepitar de alas enloquecidas?

¿Angosto cerco lívido se aprieta en torno suyo?
¿El éter es un campo de monstruos florecido?
¿En el pavor no aciertan ni con el nombre tuyo?
¿O van gritando sobre tu corazón dormido?

¿No hay un rayo de sol que los alcance un día?
¿No hay agua que los lave de sus estigmas rojos?
¿Para ellos solamente queda tu entraña fría,
sordo tu oído fino y apretados tus ojos?

Tal el hombre asegura, por error o malicia;
mas yo, que te he gustado, como un vino, Señor,
mientras los otros siguen llamándote Justicia,
¡no te llamaré nunca otra cosa que Amor!

Yo sé que como el hombre fue siempre zarpa dura;
la catarata, vértigo; aspereza, la sierra.
¡Tú eres el vaso donde se esponjan de dulzura
los nectarios de todos los huertos de la Tierra!
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