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Poemas en este tema

Pablo Neruda

Pablo Neruda

La Tierra

La tierra verde se ha entregado
a todo lo amarillo, oro, cosechas,
terrones, hojas, grano,
pero cuando el otoño se levanta
con su estandarte extenso
eres tú la que veo,
es para mí tu cabellera
la que reparte las espigas.

Veo los monumentos
de antigua piedra rota,
pero si toco
la cicatriz de piedra
tu cuerpo me responde,
mis dedos reconocen
de pronto, estremecidos,
tu caliente dulzura.

Entre los héroes paso
recién condecorados
por la tierra y la pólvora
y detrás de ellos, muda,
con tus pequeños pasos,
eres o no eres?

Ayer, cuando sacaron
de raíz, para verlo,
el viejo árbol enano,
te vi salir mirándome
desde las torturadas
y sedientas raíces.

Y cuando viene el sueño
a extenderme y llevarme
a mi propio silencio
hay un gran viento blanco
que derriba mi sueño
y caen de él las hojas,
caen como cuchillos
sobre mí desangrándome.

Y cada herida tiene
la forma de tu boca.
693
Pablo Neruda

Pablo Neruda

El Hijo

Ay hijo, sabes, sabes
de dónde vienes?

De un lago con gaviotas
blancas y hambrientas.

Junto al agua de invierno
ella y yo levantamos
una fogata roja
gastándonos los labios
de besarnos el alma,
echando al fuego todo,
quemándonos la vida.

Así llegaste al mundo.

Pero ella para verme
y para verte un día
atravesó los mares
y yo para abrazar
su pequeña cintura
toda la tierra anduve,
con guerras y montañas,
con arenas y espinas.

Así llegaste al mundo.

De tantos sitios vienes,
del agua y de la tierra,
del fuego y de la nieve,
de tan lejos caminas
hacia nosotros dos,
desde el amor terrible
que nos ha encadenado,
que queremos saber
cómo eres, qué nos dices,
porque tú sabes más
del mundo que te dimos.

Como una gran tormenta
sacudimos nosotros
el árbol de la vida
hasta las más ocultas
fibras de las raíces
y apareces ahora
cantando en el follaje,
en la más alta rama
que contigo alcanzamos.
843
Pablo Neruda

Pablo Neruda

El Joven Monarca

Como continuación de lo leído y precedente de la
página que sigue debo encaminar mi estrella al territorio
amoroso.



Patria limitada por dos largos brazos cálidos, de larga
pasión paralela, y un sitio de oros defendidos por sistema y
matemática ciencia guerrera. Sí, quiero casarme con la
más bella de Mandalay, quiero encomendar mi envoltura terrestre
a ese ruido de la mujer cocinando, a ese aleteo de falda y pie desnudo
que se mueven y mezclan como viento y hojas.


Amor de niña de pie pequeño y gran cigarro, flores de
ámbar en el puro y cilíndrico peinado, y de andar en
peligro, como un lirio de pesada cabeza, de gruesa consistencia.


Y mi esposa a mi orilla, al lado de mi rumor tan venido de lejos, mi
esposa birmana, hija del rey.



Su enrollado cabello negro entonces beso, y su pie dulce y perpetuo: y
acercada ya la noche, desencadenado su molino, escucho a mi tigre y
lloro a mi ausente.
1.085
Pablo Neruda

Pablo Neruda

Siento Tu Ternura Allegarse A Mi Tierra

Siento tu ternura allegarse a mi tierra,
acechar la mirada de mis ojos, huir,
la veo interrumpirse, para seguirme hasta la hora
de mi silencio absorto y de mi afán de ti.
Hela aquí tu ternura de ojos dulces que esperan.
Hela aquí, boca tuya, palabra nunca dicha.
Siento que se me suben los musgos de tu pena
y me crecen a tientas en el alma infinita.

Era esto el abandono, y lo sabías,
era la guerra oscura del corazón y todos,
era la queja rota de angustias conmovidas,
y la ebriedad, y el deseo, y el dejarse ir,
y era eso mi vida,
era eso que el agua de tus ojos llevaba,
era eso que en el hueco de tus manos cabía.

Ah, mariposa mía y arrullo de paloma,
ah vaso, ah estero, ah compañera mía!
Te llegó mi reclamo, dímelo, te llegaba,
en las abiertas noches de estrellas frías
ahora, en el otoño, en el baile amarillo
de los vientos hambrientos y las hojas caídas?

Dímelo, te llegaba,
aullando o cómo, o sollozando,
en la hora de la sangre fermentada
cuando la tierra crece y se cimbra latiendo
bajo el sol que la raya con sus colas de ámbar?

Dímelo, me sentiste
trepar hasta tu forma por todos los silencios,
y todas las palabras?
Yo me sentí crecer. Nunca supe hacia dónde.
Es más allá de ti. Lo comprendes, hermana?
Es que se aleja el fruto cuando llegan mis manos
y ruedan las estrellas antes de mi mirada.

Siento que soy la aguja de una infinita flecha,
y va a clavarse lejos, no va a clavarse nunca,
tren de dolores húmedos en fuga hacia lo eterno,
goteando en cada tierra sollozos y preguntas.

Pero hela aquí, tu forma familiar, lo que es mío,
lo tuyo, lo que es mío, lo que es tuyo y me inunda,
hela aquí que me llena los miembros de abandono,
hela aquí, tu ternura,
amarrándose a las mismas raíces,
madurando en la misma caravana de frutas,
y saliendo de tu alma rota bajo mis dedos
como el licor del vino del centro de la uva.
660
Pablo Neruda

Pablo Neruda

Farewell

Desde el fondo de ti, y arrodillado,
un niño triste, como yo, nos mira.

Por esa vida que arderá en sus venas
tendrían que amarrarse nuestras vidas.

Por esas manos, hijas de tus manos,
tendrían que matar las manos mías.

Por sus ojos abiertos en la tierra
veré en los tuyos lágrimas un día.
1.038
Octavio Paz

Octavio Paz

V Bajo Tu Clara Sombra

Deja que una vez más te nombre, tierra.
Mi tacto se prolonga
en el tuyo sediento,
largo, vibrante río
que no termina nunca,
navegado por hojas digitales,
lentas bajo tu espeso sueño verde.

Tibia mujer de somnolientos ríos,
mi pabellón de pájaros y peces,
mi paloma de tierra,
de leche endurecida,
mi pan, mi sal, mi muerte,
mi almohada de sangre:
en un amor más vasto te sepulto.
674
Olga Orozco

Olga Orozco

El Pródigo

Aquí hay un tibio lecho de perdón y condenas
—injurias del amor—
para la insomne rebeldía del Pródigo.
Sí. Otra vez como antaño alguien se sobrecoge cuando la
soledad asciende con un canto radiante por los muros,
y el aliento remoto de lo desconocido le recorre la piel lo mismo que
la cresta de una ola salvaje.
“Levántate. Es la hora en que serás eterno.”
Y otra vez como antaño alguien corta sin lágrimas unas
ajadas cintas que lo ataban al cuadro familiar,
y sepulta una llave bajo el ácido musgo del olvido.
Detrás queda una casa en donde su memoria será sombra y
relámpago.
Él probará otros frutos más amargos que el llanto
de la madre,
arderá en otras fiebres cuyas cóleras ciegas aniquilen la
maldición del padre,
despertará entre harapos más brillantes que el codicioso
imperio del hermano.
¿Hay algún sitio aún donde la libertad levante
para él su desafío?
Allí está su respuesta: una furiosa ley sin paz y sin
amparo.
Pero noche tras noche,
mientras la sed, el hambre y el deseo dormitan junto al fuego como
errantes mendigos que soñaran una fábula
espléndida,
otras escenas vuelven tras el cristal brumoso de su llanto
y un solo rostro surge desde el fondo de los gastados rostros
lo mismo que el monarca a través de la herrumbre de las viejas
monedas.
Es el antiguo amor.
El elegido ahora cuando el Pródigo torna a rescatar la llave de
la casa.
Ha pagado su precio con el mismo sudario de un gran sueño.
¡Oh redes, duras redes que intentáis contener el viento de
setiembre:
permitidle pasar!
No vino por perdón: no le obliguéis a expiar con el
orgullo.
No vino por condena: no le obliguéis a amar con indulgencia.
Otra vez como antaño sólo vino con un ramo de ofrendas a
cambio de otros dones.
No haya más juez que tú,
Dios implacable y justo.


877
Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

En Cualquier Parte Donde Nos Encontremos

5

En cualquier parte donde nos encontremos, a toda hora del día o
de la noche, ¡miembros de la familia! Parientes más o
menos lejanos, pero con una ascendencia idéntica a la nuestra.

¿Cualquier gato se asoma a la ventana y se lame las nalgas?...
¡Los mismos ojos de tía Carolina! ¿El caballo de un
carro resbala sobre el asfalto?... ¡Los dientes un poco
amarillentos de mi abuelo José María!

¡Lindo programa el de encontrar parientes a cada paso! ¡El
de ser un tío a quien lo toman por primo a cada instante!

Y lo peor, es que los vínculos de consanguinidad no se detienen
en la escala zoológica. La certidumbre del origen común
de las especies fortalece tanto nuestra memoria, que el límite
de los reinos desaparece y nos sentimos tan cerca de los
herbívoros como de los cristalizados o de los farináceos.
Siete, setenta o setecientas generaciones terminan por parecernos lo
mismo, y (aunque las apariencias sean distintas) nos damos cuenta de
que tenemos tanto de camello, como de zanahoria.

Después de galopar nueve leguas de pampa, nos sentamos ante la
humareda del puchero. Tres bocados... y el esófago se nos
anuda. Hará un período geológico; este zapallo,
¿no sería un hijo de nuestro papá? Los garbanzos
tienen un gustito a paraíso, ¡pero si resultara que
estamos devorando a nuestros propios hermanos!

A medida que nuestra existencia se confunde con la existencia de cuanto
nos rodea, se intensifica más el terror de perjudicar a
algún miembro de la familia. Poco a poco, la vida se transforma
en un continuo sobresalto. Los remordimientos que nos corroen la
conciencia, llegan a entorpecer las funciones más impostergables
del cuerpo y del espíritu. Antes de mover un brazo, de estirar
una pierna, pensamos en las consecuencias que ese gesto puede tener,
para toda la parentela. Cada día que pasa nos es más
difícil alimentarnos, nos es más difícil respirar,
hasta que llega un momento en que no hay otra escapatoria que la de
optar, y resignarnos a cometer todos los incestos, todos los
asesinatos, todas las crueldades, o ser, simple y humildemente, una
víctima de la familia.
933
Nimia Vicéns

Nimia Vicéns

Ciales Casi Cielo

Ciales...

casi cielo

Cuenca de tierramante de luceros
entraña y corazón de Puerto Rico
Corazón de la Patria

nido y vuelo

Desde la austera meseta castellana
esta ocre luz en grises tamizando
velo de oro en la otoñal nostalgia


¡altos los cielos!

secas vastedades... ...:

Por campos del olvido va el Quijote

las fablas de las piedras

recaundando... ... ...

Yo te recuerdo Ciales casi cielo...
Sueño tu noche de café y de luna
en lírica nostalgia estremecida
con tu Marzo embriagado de azahares
bajo el prodigio de la florecida.

Sueño tu aroma, tus campos y tus nombres
Frontón, Pozas, Caliche, Montebello
y... ... algún amor cantando en el paisaje
esta dolida copla del olvido:


Camino de la Florida

íbamos los dos un día...

en las altísimas copas

de los robles florecidos

¡el amor se nos perdió

no encontramos más la vida!

quedó la rama llorando

y las ropas desprendidas.

En tajo vertical sobre el Cialitos
majestuosas montañas recortadas
levantan un castillo a tu paisaje
mansión de soledad y de hermosura.
Rubí de Octubre el cafetal se cuaja
bajo el sinfónico silencio de tus noches...
Bajo tu cielo —Ciales... casi cielo—
reposa un corazón... brava semilla
¡el más cialeño de los corazones
germinando los sueños y la vida!

Sí te recuerdo Ciales casi cielo
puedo tocar tus brumas... tus neblinas
tu atmósfera de fronda y de hoja húmeda
tu cielo bajo... tu tristeza amiga
y las estrellas silvestres a la mano.

Sentir la orquesta de La Sonadora
dispersando sonatas en la noche
mientras los ángeles custodios de las guabas
guardianes de tu flor y de tu fruto —
mecen la niebla bajo las estrellas.

Embriagarme en tierras de Castilla
con su trópico y flor, jazmín, gardenias
¡rosas de los jardines de la infancia!

La Voz de Dios en trinidad precisa
¡triple en la yerba—! suelta sus tres notas:
es el Coquí cantando desde Ciales
la unidad de hermosura borinqueña:
frondas de cafetal, aguas de música
luna sobre el castillo en Cordillera.
Monumentos de verde tus montañas,
ungida tierra de rocío y helecho.
Poetas contemplando tu hermosura
entraña y corazón de Puerto Rico.

Y el hombre triste se consuela y sueña
bajo el influjo del noble poderío
que da su tierra... su casa... su montaña.

Jorge Luis madruga en su ventana
y emite al aire de la Cordillera
breve discurso de morivivises:


«La abeja liba la flor

yo libo, Patria, tu amor»

En la Torre de Ciales, Juan Antonio
—varón de la Poesía y de la Patria—
clama en tierno rugido su alabanza:


«Gloria a esas manos que trabajan

esas manos negras, blancas, indias

De entre esas manos nos salió la patria

alabanza alabanza alabanza»

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Yo sólo tengo para ti —mi Ciales—
este verso de amor y de recuerdo
escrito en la nostalgia y la distancia...
¡Te salve Dios —mi isla— Ciales mío!

Yo te recuerdo Ciales desde España
como si dentro del corazón yo te tuviera
dentro del corazón de la Isla mía
¡tantos nombres clavados en tu suelo!
Isla de la Palabra y la Poesía


Puerto Rico


mi Ciales


casi cielo.
774
Nicomedes Santa Cruz

Nicomedes Santa Cruz

Meme Neguito

¡Ay canamas camandonga!
¿qué tiene mi cocotín?
mi neguito chiquitín,
acuricuricandonga...
Epéese a que le ponga
su chupón y su sonaja.
Meme meme, buenalhaja,
pepita de tamarindo.
Duéimase mi nego lindo:
¡meme meme, há-ha há-ha...!

Su mare no vino ayé,
su mama se fue antianoche;
dicen que subió enun coche...
¡pero tiene que volvé!
Su maire é buena mujé,
-a veces medio marraja-.
Yo no sé si nos ultraja
¡pero si resutta cieito...!
(Mejó tú no etés despieito)
¡meme meme, há-ha há-ha...!

¡Mi cocotín, mi coquito!
si hay frío ¿po qué tu quemas?
Con tu ojo abieito no duemas,
¿Po qué tá quieto, neguito?
¡Míame, nego bonito!
¿Po qué tu cabeza baja...?
¿Quele su leche con miaja?
¿Quele jugá con lo michi?
¿Qué le pasa? ¿quele pichi?
¿meme meme? ¿há-ha há-ha...?

¡Ay canamas camandonga!
¿qué tiene mi cocotín?
Mi neguito chiquitín,
acuricuricandonga...
Epéese que le ponga...
que le ponga su motaja.
Meme meme ahí en su caja
Pepita de tamarindo.
Duéimase mi nego lindo:
¡Meme meme, há-ha... há ... ha...
2.075
Nicomedes Santa Cruz

Nicomedes Santa Cruz

América Latina

Mi cuate
Mi socio
Mi
hermano

Aparcero
Camarado
Compañero

Mi pata
M´hijito
Paisano...

He aquí mis vecinos.
He aquí mis hermanos.

Las mismas caras latinoamericanas
de cualquier punto de America Latina:

Indoblanquinegros
Blanquinegrindios
Y negrindoblancos

Rubias bembonas
Indios barbudos
Y negros lacios

Todos se quejan:
—¡Ah, si en mi país
no hubiese tanta política...!
—¡Ah, si en mi país
no hubiera gente paleolítica...!
—¡Ah, si en mi país
no hubiese militarismo,
ni oligarquía
ni chauvinismo
ni burocracia
ni hipocresía
ni clerecía
ni antropofagia...
—¡Ah, si en mi país...

Alguien pregunta de dónde soy
(Yo no respondo lo siguiente):

Nací cerca del Cuzco
admiro a Puebla
me inspira el ron de las Antillas
canto con voz argentina
creo en Santa Rosa de Lima
y en los orishás de Bahía.

Yo no coloreé mi Continente
ni pinté verde a Brasil
amarillo Perú
roja Bolivia.

Yo no tracé líneas territoriales
separando al hermano del hermano.

Poso la frente sobre Río Grande
me afirmo pétreo sobre el Cabo de Hornos
hundo mi brazo izquierdo en el Pacífico
y sumerjo mi diestra en el Atlántico.

Por las costas de oriente y occidente
doscientas millas entro a cada Océano
sumerjo mano y mano
y así me aferro a nuestro Continente
en un abrazo Latinoamericano.
1.385
Nicomedes Santa Cruz

Nicomedes Santa Cruz

El Café

Tengo tu mismo color
Y tu misma procedencia.
Somos aroma y esencia
Y amargo es nuestro sabor.
Tú viajaste a Nueva York
Con visa en Bab-el-Mandeb,
Yo mi Trópico crucé
De Abisinia a las Antillas.
Soy como ustedes semillas.
Son un grano de café.

En los tiempos coloniales
Tú me viste en la espesura
Con mi liana a la cintura
Y mis abóreos timbales.
Compañero de mis males,
Yo mismo te trasplanté.
Surgiste y yo progresé:
En los mejores hoteles
Te dijeron ¡qué bien hueles!
Y yo asentí “¡uí, mesié!”.

Tú: de porcelana fina,
Cigarro puro y cognac.
Yo de smoking, yo de frac,
Yo recibiendo propina.
Tú a la Bolsa, yo a la ruina;
Tú subiste, yo bajé...
En los muelles te encontré,
Vi que te echaban al mar
Y ni lo pude evitar
Ni a las aguas me arrojé.

Y conocimos al Peón
Con su “café carretero”,
Y hablando con el Obrero
Recorrimos la nación.
Se habló de revolución
Entre sorbos de café:
Cogí el machete... dudé,
¡Tú me infundiste valor
Y a sangre y fuego y sudor
Mi libertad conquisté...!

Después vimos al Poeta:
Lejano, meditabundo,
Queriendo arreglar el mundo
Con una sola cuarteta.
Yo, convertido en peseta,
Hasta sus plantas rodé:
¡Qué ojos los que iluminé,
Que trilogía formamos
Los pobres que limosneamos
El Poeta y su café...!

Tengo tu mismo color
Y tu misma procedencia,
Somos aroma y esencia
Y amargo es nuestro sabor...
¡Vamos hermanos, valor,
El café nos pide fe;
Y Changó y Ochún y Agué
Piden un grito que vibre
Por nuestra América Libre,
Libre como su café!
1.463
Nicanor Parra

Nicanor Parra

Hay Un Día Feliz

A recorrer me dediqué esta tarde
Las solitarias calles de mi aldea
Acompañado por el buen crepúsculo
Que es el único amigo que me queda.
Todo está como entonces, el otoño
Y su difusa lámpara de niebla,
Sólo que el tiempo lo ha invadido todo
Con su pálido manto de tristeza.
Nunca pensé, creédmelo, un instante
Volver a ver esta querida tierra,
Pero ahora que he vuelto no comprendo
Cómo pude alejarme de su puerta.
Nada ha cambiado, ni sus casas blancas
Ni sus viejos portones de madera.
Todo está en su lugar; las golondrinas
En la torre más alta de la iglesia;
El caracol en el jardín, y el musgo
En las húmedas manos de las piedras.
No se puede dudar, éste es el reino
Del cielo azul y de las hojas secas
En donde todo y cada cosa tiene
Su singular y plácida leyenda:
Hasta en la propia sombra reconozco
La mirada celeste de mi abuela.
Estos fueron los hechos memorables
Que presenció mi juventud primera,
El correo en la esquina de la plaza
Y la humedad en las murallas viejas.
¡Buena cosa, Dios mío!; nunca sabe
Uno apreciar la dicha verdadera,
Cuando la imaginamos más lejana
Es justamente cuando está más cerca.
Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me dice
Que la vida no es más que una quimera;
Una ilusión, un sueño sin orillas,
Una pequeña nube pasajera.
Vamos por partes, no sé bien qué digo,
La emoción se me sube a la cabeza.
Como ya era la hora del silencio
Cuando emprendí mi singular empresa,
Una tras otra, en oleaje mudo,
Al establo volvían las ovejas.
Las saludé personalmente a todas
Y cuando estuve frente a la arboleda
Que alimenta el oído del viajero
Con su inefable música secreta
Recordé el mar y enumeré las hojas
En homenaje a mis hermanas muertas.
Perfectamente bien. Seguí mi viaje
Como quien de la vida nada espera.
Pasé frente a la rueda del molino,
Me detuve delante de una tienda:
El olor del café siempre es el mismo,
Siempre la misma luna en mi cabeza;
Entre el río de entonces y el de ahora
No distingo ninguna diferencia.
Lo reconozco bien, éste es el árbol
Que mi padre plantó frente a la puerta
(Ilustre padre que en sus buenos tiempos
Fuera mejor que una ventana abierta).
Yo me atrevo a afirmar que su conducta
Era un trasunto fiel de la Edad Media
Cuando el perro dormía dulcemente
Bajo el ángulo recto de una estrella.
A estas alturas siento que me envuelve
El delicado olor de las violetas
Que mi amorosa madre cultivaba
Para curar la tos y la tristeza.
Cuánto tiempo ha pasado desde entonces
No podría decirlo con certeza;
Todo está igual, seguramente,
El vino y el ruiseñor encima de la mesa,
Mis hermanos menores a esta hora
Deben venir de vuelta de la escuela:
¡Sólo que el tiempo lo ha borrado todo
Como una blanca tempestad de arena!
1.083
Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno

De Vuelta A Casa - Al Salir De Bilbao, Lloviendo

DE VUELTA A CASA

Al salir de Bilbao, lloviendo, el 20-IX-10


Desde mi cielo a despedirme llegas

fino orvallo que lentamente bañas

los robledos que visten las montañas

de mi tierra, y los maíces de sus vegas.

Compadeciendo mi secura, riegas

montes y valles, los de mis entrañas,

y con tu bruma el horizonte empañas

de mi sino, y así en la fe me anegas.

Madre Vizcaya, voy desde tus brazos

verdes, jugosos, a Castilla enjuta,

donde fieles me aguardan los abrazos

de costumbre, que el hombre no disfruta

de libertad si no es preso en los lazos

de amor, compañero de la ruta.

855
Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno

Orhoit Gutaz

ORHOIT GUTAZ

En la pequeña iglesia de Biriatu, a orillas
del Bidasoa, hay un mármol

funerario con la lista de los once hijos de Biriatu que murieron
por

Francia en la gran guerra. En la cabecera dice: "A sus hijos
que han

muerto en la guerra, el pueblo de Biriatu". Luego, la lista
de los muertos.

Y debajo: Orhoit Gutaz, esto es, "Acordaos de nosotros"


Pasasteis como pasan por el roble

las hojas que arrebata en primavera

pedrisco intempestivo;

pasasteis, hijos de mi raza noble,

vestida el alma de infantil eusquera,

pasasteis al archivo

de mármol funeral de una iglesiuca

que en el regazo recogido y verde

del Pirineo vasco

al tibio sol del monte se acurruca.

Abajo, el Bidasoa va y se pierde

en la mar; un peñasco

recoge de sus olas el gemido,

que pasan, tal las hojas rumorosas,

tal vosotros, oscuros

hijos sumisos del hogar henchido

de silenciosa tradición. Las fosas

que a vuestros huesos, puros,

blancos, les dan de última cuna lecho,

fosas que abrió el cañón en sorda guerra,

no escucharán el canto

de la materna lluvia que el helecho

deja caer en vuestra patria tierra

como celeste llanto...

No escucharán la esquila de la vaca

que en la ladera, al pie del caserío,

dobla su cuello al suelo,

ni a lo lejos la voz de la resaca

de la mar que amamanta a vuestro río

y es canto de consuelo.

Fuisteis como corderos, en los ojos

guardando la sonrisa dolorida

—lágrimas del ocaso—,

de vuestras madres —el alma de hinojos—,

¡y en la agonía de la paz la vida

rendisteis al acaso!...

¿Por qué? ¿Por qué? Jamás esta pregunta

terrible torturó vuestra inocencia;

nacisteis... nadie sabe

por qué ni para qué... ara la yunta,

y el campo que ara es toda su conciencia,

y canta y vuela el ave...

¡Orhoit Gutaz! Pedís nuestro recuerdo

y una lección nos dais de mansedumbre;

calle el porqué..., vivamos

como habéis muerto, sin porqué, es lo cuerdo...

los ríos a la mar..., es la costumbre

y con ella pasamos...

905
Marilina Rébora

Marilina Rébora

Incomprensión

No comprendes, amor, cuál es mi sentimiento;
en vano lo traduzco y en vano te lo explico.
A veces me parece que ha llegado el momento
de aclarártelo igual que obramos con un chico.

No comprendes, amor, que todo lo que siento
—y en esto, ya lo sabes, ni dudo ni claudico—
es amor, todo amor, el dulce pensamiento
que instante por instante, por siempre te dedico.

Y... ¿comprendes ahora? Te quiero simplemente,
como si mi destino ya lo hubiese dispuesto
que nuestros corazones palpitaran iguales.
Es toda mi alegría el reposar la frente
sobre tu hombro, amor mío, ya que sólo con esto,
feliz, siento el resguardo de peligros y males.
890
Marilina Rébora

Marilina Rébora

Testimonio

¿Y si Dios no existiese? ¿Si todo feneciera
con el postrer aliento de la fatal partida?
¿Sería razonable que la mujer pusiera
sus hijos en un mundo que a la muerte convida?

Si la existencia fuese fugaz, perecedera,
sufriendo siempre en vano, sin encontrar salida
ni alentar en el alma esperanzada espera:
a más hijos y muerte equivaldría la vida.

La que tiene conciencia de un niño en las entrañas
espere en Dios segura, depurada la mente,
sin dudas ni presiones de influencias extrañas,
pues quien confía en El, irresistible, siente
la Presencia Divina como sublime aserto.
Que en Dios sólo se vive para siempre, es lo cierto.
734
Marilina Rébora

Marilina Rébora

Es La Mansión De Ayer

Es la mansión de ayer, la de la infancia mía,
con ternura hogareña y calidez de seno,
que aún levanta la frente, a punto de agonía,
entre tanto derrumbe al que nada es ajeno.

Muéstrase melancólica el ala solariega
del loco enjambre antiguo —hoy con seres distantes—
y a la sombra de madre, amorosa, se agrega
el tono protector, los ojos vigilantes.

Los niños la vivían, encanto de morada;
aromas de su patio, tímida madreselva
con los albos jazmines en la azul enramada.
Y guardamos silencio para que el alma vuelva
a recordar imágenes de los dichosos años,
sintiéndonos ahora como intrusos o extraños.
697
Marilina Rébora

Marilina Rébora

Historias Historias

«En tiempos de las hadas y de la hechicería...
cuando la reina cruel consultaba su espejo...
el duende Trasgolisto su sábana extendía
y los siete enanitos pasaban en cortejo...

»Cuando la Cenicienta perdía su zapato...
cuando Caperucita visitaba a la abuela...
cuando las botas mágicas calzábase el Gato...
y, al par que Jack trepaba, crecía la habichuela...»

La niña, ya impaciente, con la historia termina,
colgándose amorosa del cuello de la madre:
«Pero, Caperucita, ¿no tuvo padre?
¿Por qué la Cenicienta se queda en la cocina?
¿Y cómo a vivir sola no se va Blancanieves?
¡No cuentes, madre mía, historias para bebes!»
719
Marilina Rébora

Marilina Rébora

Los Santos

Quisiera saber, madre, de San Marcos y el león;
de San Roque y su perro, San Francisco y las aves;
San Huberto y el ciervo, San Jorge y el dragón;
de San Pedro y el gallo, con sus signos y claves.

De San Martín de Porres, que barriendo su alcoba
a las graciosas lauchas se prodigaba tierno
para que se durmieran tranquilas en la escoba,
de sí mismo olvidándose, aterido en invierno.

No me digas que no, ni te rías tampoco.
Háblame de los Santos, di por qué se les reza;
quisiera parecérmeles, conocerlos un poco,
tener un corderito para mi compañía,
llevar, lo mismo que ellos, un nimbo en la cabeza
y estar en los altares contigo, madre, un día.
686
Marilina Rébora

Marilina Rébora

A Mi Hijo

Alguien dijo que recuerdas
un niñito de Murillo,
y en verdad que lo pareces
por tu gracia y por tus rizos.
Tienes cabellos castaños,
ensortijados y finos
con algo de oro en las sienes,
como si fuera rocío.
La tez pálida y morena,
negros ojos expresivos
que miran llenos de asombro,
como miran los del niño.
Estabas con tus juguetes,
de pie sobre el ancho piso,
cuando te vi de repente
junto al blanco corderillo;
y al mismo tiempo la imagen
que tuviera en el olvido
apareció viva y fuerte,
tan clara como un prodigio.
Sin perder un solo instante,
entré de un salto al recinto
y trepando como pude
saqué el Cristo de su sitio,
colocándolo a tu lado
según era mi designio.
Y después, en un arranque
de ternura y de cariño,
orgullosa más que nunca
de mi hijo y de mi niño,
exclamé dándote un beso
en ese rostro tan lindo:
«¡Eres el San Juan Bautista
más delicioso que he visto!»
765
Manuel Machado

Manuel Machado

Los Días Sin Sol - Alma

LOS DÍAS SIN SOL

A M. Leo Rouanet

El lobo blanco del invierno,

el lobo blanco viene,

con los feroces ojos inyectados

en sangre helada, fijos y crueles.

¡Maldito lobo invierno, que te llevas

los viejos y los débiles!

¡Reunámonos, que todos

tengan una familia,

un libro y fuego alegre!

Y mientras, fuera, el hacha

el tronco seco hiende,

que será rojo en el hogar, cerremos

la puerta y el balcón... ¡Dios no nos quiere!

¡Tregua! Seamos amigos...

La tibia paz entre nosotros reine

en torno de la lámpara, que esparce

la tranquila poesía del presente.

Y tú, mi amada, cuyos rojos labios

son ya la sola flor, dámelos..., ¡quiéreme!...
................................................................................

¡Que el lobo blanco del invierno

el lobo blanco viene!

754
Miguel Hernández

Miguel Hernández

Nanas De La Cebolla

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
1.102
Miguel Hernández

Miguel Hernández

¿qué Quiere El Viento De Encono

¿Qué quiere el viento de encono
que baja por el barranco
y violenta las ventanas
mientras te visto de abrazos?

Derribarnos, arrastrarnos.

Derribadas, arrastradas,
las dos sangres se alejaron.
¿Qué sigue queriendo el viento
cada vez más enconado?

Separarnos.
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