Poemas en este tema

Deseo

Efraín Huerta

Efraín Huerta

Tótem

TÓTEM

Siempre

Amé

Con la

Furia

Silenciosa

De un

Cocodrilo

Aletargado

30 de junio de 1969

942
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Afrodita Morris (ceremonial De Las 13 30)

AFRODITA MORRIS

(Ceremonial de las 13.30)


On ne mesure pas le désordre

Pourtant

C’est par la femme que l’homme durePAUL ÉLUARD

Causadora de secretos yerros

Enemiga de honestad


Ligera emerges de la malvada espuma

Y zahareña pasas bajo arcos triunfales

Traspasada de luces meridianas

Pirules, marquesinas, prósperas azaleas,

Sublimada como la gran cosa grandes muslos

Sintiéndote brutalmente soñada

Cual si fueras lo exclusivo y único mineral y eléctrico


Pero así eres pues

Y algo de tu mítica presencia

Explicaré en seguida

Con licencia de castos ojos castos oídos:


A los 200 metros advertimos olemos la chamusquina

Tu breve cabellera república de abejas

Dorado vellocino

Te acercas luego luego

Deseada y amada a todo vapor

Con tus brillantes incisivos de ardilla

El busto de amazona levemente anémica

Y todo lo animal y exuberante que te circunda

Laboriosa potranca gigante brizna

Abrasadora corza purpureante blasfemia

Amazona domadora del potrillo segundo

Del minutero potro

Fulminadora de una vez por todas

Espejo espejito espejazo

De los hirientes azúcares del día

¿Quién más bella que tú?


Pasas rapiditamente por el abismo de mis tristezas

Irradiando cardillo suscitando guirnaldas

Malditamente becqueriana

Salvajemente nerudiana

Abruptamente rubendariana

Dueña y señora de las implacables exultaciones

Vegetal marmórea canela pura

Piel de adivinaciones

Pies tejedores de aullidos

Cuando un fregabundal de albañiles te miran

Y los andamios son ya castillos en ruinas

Los pasajeros de autobuses fallecen de escalofrío

Y los decesos (desexos) se suceden como un tropel de alfajores

Imposible sería, erectamente hablando,

Decir tu nombre porque nadie lo sabe y

Porque pocos conocen tu eminencia hipotenar

El aductor medio el definitivo sartorio

Los nombrados internos y externos

El crucial peroneo lateral largo

Y los delicados crural anterior, ah, y el sóleo


Después la asfáltica nube que discurre desde Morris Hnos.

(todo lo diagnosticas tú, todito, toditito,

doctora en almas herrumbrosas automóviles desbielados)

Hasta Masaryk, Horacio y Homero

Territorio de los rugidos las aromáticas mentadas de madre

Las sirenas de la Cruz Verde y la Cruz Roja

El claxon rencoroso de las damas liverpúlicas

Las solamente lindas propietarias de boutiques

(una shutique me hace merecedor de la locura)

Los vendedores de billetes de lotería

Los boleros sin ranita con mandolina,

Los vagos, los imbéciles gerentes de banco

Y sus medianamente guapotas secretarias

Las carrozas de Gayosso y Tangassi

(Cuando estrene mi pijama de madera estaré más triste)

Los camiones 60, 77, 85, 91, etcétera,

Que van y vienen como cangrejos locos

Y vas y vienes, Afrodita de tezontle,

Y entonces la avenida Mariano Escobedo
(¡Ríndete,Maximiliano!)

Es el canal donde la sangre estalla y se desparrama

Y los cínicos sicofantes la recogen con cucharitas de plata


Pero cuando ayayay no pasas

Vario coraje nos enferma y

Por absoluta mayoría se resuelve

Que simplemente seas Afroda

Afroda Pérez López González o Martínez

Y no como te llamen en tu oficina en tu alcoba

O como se llamen tu espalda y tus riñones

Tus músculos ya escritos y descritos

La dulce miniatura de tus machupechos

Nuestros ojos muertos de pena

Nuestra boca muerta de sed

Nuestra poesía tan pobremente reiterativa


Todo viene a ser atrocísimo

Ominoso guillotinesco

Oh tú arrogante y bien plantada

Epicúreo y frutal teorema

Avara y generosa

Plácidamente paladeable

Para con “los llamados etceteristas

Y también los del así sucesivamente”


Y así

Así susexyvamente

Hasta la dulce muerte por enumeración

Y la despiadada caída

Del violáceo telón de la Impudicia

Enero de 1971

629
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Juárez-loreto

JUÁREZ-LORETO


Alabados sean los ladrones...H.M.E


La del piernón bruto me rebasó por la derecha:

rozóme las regiones sagradas, me vio de arriba abajo

y se detuvo en el aire viciado: cielo sucio

de la Ruta 85, donde los ladrones

me conocen porque me roban, me pisotean

y me humillan: seguramente saben

que escribo versos: ¿Pero ella? ¿Por qué

me faulea, madruga, tumba, habita, bebe?

Tiene el pelo dorado de la madrugada

que empuña su arma y dispara sus violines.

Tiene un extraño follaje azul-morado

en unos ojos como faroles y aguardiente.

Es un jazmín angelical, maligno,

arrancado del zarzal en ruinas.

A los rateros los detesto con todo el corazón,

pero a ella, que debe llamarse Ría, Napoleona,

Bárbara o Letra Muerta o Cosa Quemada,

empiezo a amarla en la diagonal de Euler

y en la parada de Petrarca ya soy un horno

pálido de codicia, de sueños de poder,

porque como amante siempre he sido pan comido,

migaja llorona (Ay de mí, Llorona), y si ayer pasadas las diez
de la noche

fui el vivo retrato de la Novena Maravilla,

ahora sólo soy la sombra de una séptima colina desyerbada.


Alabados sean los ladrones, dice Hans Magnus.

Pues que lo sean: los veo hurtar carteras, relojes, orejas,

pies, nalgas iridiscentes, bolígrafos, anteojos,

y ella, que debe llamarse Escaldada, ni se inmuta.

Vuelve al roce, al foul, al descaro,

se alisa la dorada cabellera

(¡Coño, carajo, caballero, qué cabellera de oro!),

se marea, se hegeliza, se newtoniza,

y pasamos por donde Maimónides y Hesíodo

y pone todavía más cara de estúpida

cuando Alejandro Dumas, Poe y Molière y los cines cercanos!

Malditilla, malditita, putilla camionera,

vergüenza seas para las anchas avenidas

que son Horacio, Homero y, caray (aguas, aguas), Ejército Nacional.

Rozadora, pescadora en el río revuelto

de las horas febriles; ladrona de mi mala suerte,

abyecta cómplice del «dos de bastos», hembra de los flancos

como agua endemoniada;

cachondísima hasta la parada en seco

del autobús de la Muerte.

Alabada seas, bandida de mi lerda conmiseración.

Escorpiona te llamas, Cancerita, Cangreja,

amada hasta la terminal, hasta el infinito trasero

que me despertó imbecilizado en el boulevard

¡Miguel de Cervantes Saavedra y demás clásicos!

Porque luego de tus acuciosos frotamientos

y que cada quien llegó a donde quiso llegar

(para eso estamos y vivimos en un país libre)

hube de regresar al lugar del crimen

(así llamo a mi arruinado departamento de Lope de Vega),

y pues me vine, sí, me vine lo más pronto posible

en medio de una estruendosa rechifla celestial.


Adoro tu nalga derecha, tu pantorilla izquierda,

tus muslos enteritos, lo adivinable y calientito, tus pechitos pachones

y tu indigno, antideportivo comportamiento.

Que te asalten, te roben, burlen, violen,

Nariz de Colibrí, Doncella Serpentina,

Suripantita de Oro, Cabellitos de Elote,

porque te amo y alabo desde lo alto de mi aguda marchitez.


Hoy debo dormir como un bendito

y despertar clamando en el desierto de la ciudad

donde el Juárez-Loreto que algún día compraré

me espera, como un palacio espera, adormilado,

a su viejo-príncipe-poeta


soberbiamente idiota.

22 de octubre de 1970

655
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Estuario

ESTUARIO


Opresora. Todo lo aprisionas

con tu lengua y pasos de giganta,

oh desconocida oh luminosa

hija de ríos hecha de jade y miel.

Cárcel doy a tu pálida

presencia, gacela ojos de tigre,

cárcel me doy de amor,

mordedura, paciente fuego, ala

y marea, faro en la mar abierta.

Desciendes y derribas

la muralla del ansia. Das tregua

a la cosecha secreta del alba,

cuando los ojos cierra el puerto

al verano y la espuma.

Todo aprisionas con fría garra

deleitosa y madura,

opresora, dientes y lengua de giganta,

dormido espectro, oleaje

de apasionada mansedumbre

muerto de miedo y libertad.

Mayo de 1963

629
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Canción De La Doncella Del Alba

CANCIÓN DE LA DONCELLA DEL ALBA


Para Thelma

Se mete piel adentro

como paloma ciega,

como ciega paloma

cielo adentro.


Mar adentro en la sangre,

adentro de la piel.

Perfumada marea,

veneno y sangre.


Aguja de cristal

en la boca salada.

Marea de piel y sangre,

marea de sal.


Vaso de amarga miel:

sueño dorado,

sueño adentro

de la cegada piel.


Entra a paso despacio,

dormida danza;

entra debajo un ala,

danza despacio.


Domina mi silencio

la voz del alba.

Domíname, doncella,

con tu silencio.


Tómame de la mano,

llévame adentro

de tu callada espuma,

ola en la mano.


Silencio adentro sueño

con lentas pieles,

con labios tan heridos

como mi sueño.


Voy vengo en la ola,

coral y ola,

canto canción de arena

sobre la ola.


Oh doncella de paz,

estatua de mi piel,

llévame de la mano

hacia tu paz.


Búscame piel adentro

anidado en tu axila,

búscame allí,

amor adentro.


Pues entras, fiel paloma,

pisando plumas

como desnuda nube,

nube o paloma.


Debo estar vivo, amor,

para saberte toda,

para beberte toda

en un vaso de amor.


Alerta estoy, doncella

del alba; alerta

al sonoro cristal

de tu origen, doncella.

2 de octubre de 1963

609
Efraín Huerta

Efraín Huerta

órdenes De Amor

ÓRDENES DE AMOR


¡Ten piedad de nuestro amor

y cuídalo, oh Vida!
Carlos Pellicer


1


Amor mío, embellécete.

Perfecto, bajo el cielo, lámpara

de mil sueños, ilumíname.

Orquídea de mil nubes,

desnúdate, vuelve a tu origen,

agua de mis vigilias,

lluvia mía, amor mío.

Hermoso seas por siempre

en el eterno sueño

de nuestro cielo,

amor.
2


Amor mío, ampárame.

Una piedad sin sombra

de piedad es la vida. Sombra

de mi deseo, rosa de fuego.

Voy a tu lado, amor,

como un desconocido.

Y tú me das la dicha

y tú me das el pan,

la claridad del alba

y el frutal alimento,

dulce amor.
3


Amor mío, obedéceme:

ven despacio, así, lento,

sereno y persuasivo:

Sé dueño de mi alma,

cuando en todo momento

mi alma vive en tu piel.

Vive despacio, amor,

y déjame beber,

muerto de ansia,

dolorido y ardiente,

el dulce vino, el vino

de tu joven imperio,

dueño mío.
4


Amor mío, justifícame,

lléname de razón y de dolor.

Río de nardos, lléname

con tus aguas: ardor de ola,

mátame...


Amor mío.

Ahora sí, bendíceme

con tus dedos ligeros,

con tus labios de ala,

con tus ojos de aire,

con tu cuerpo invisible,

oh tú, dulce recinto

de cristal y de espuma,

verso mío tembloroso,

amor definitivo.
5


Amor mío, encuéntrame.

Aislado estoy, sediento

de tu virgen presencia,

de tus dientes de hielo.

Hállame, dócil fiera,

bajo la breve sombra de tu pecho,

y mírame morir,

contémplame desnudo

acechando tu danza,

el vuelo de tu pie,

y vuélveme a decir

las sílabas antiguas del alba:

Amor, amor-ternura,

amor-infierno,

desesperado amor.
6


Amor, despiértame

a la hora bendita, alucinada,

en que un hombre solloza

víctima de sí mismo y ábreme

las puertas de la vida.

Yo entraré silencioso

hasta tu corazón, manzana de oro,

en busca de la paz

para mi duelo. Entonces

amor mío, joven mía,

en ráfagas la dicha placentera

será nuestro universo.

Despiértame y espérame,

amoroso amor mío.

1958

952
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Para Gozar De Tu Paz

PARA GOZAR DE TU PAZ


Como el viento agita las altas hierbas

así mis dedos vuelan sobre tu cabellera de diamantes,

y la noche de alcohol y los árboles de oro

encierran para siempre un sollozo de triunfo,

el ay de la alegría, el ah definitivo.

Como el aire de junio en la colina

mueve la dulce sombra de la nube,

así mi corazón se sacrifica

en el húmedo templo de tu pelo.


Nave sin dueño, sombra de ardorosa

violencia, ésta mi mano canta

bajo el murmullo alado de tu gloria.

Porque tienes la luz y la belleza

en el sereno estanque de tu rostro,

así el negro laurel es tu corona

y es mi fatiga y es

la sangre del insomnio.


Sólo cuando el pecado es la guirnalda

y la atadura, la cadena infinita

y el profundo latido; sólo cuando

la hora ha llegado, y tú,

joven de rosas y jazmines,

miras al horizonte del deseo

y dejas que el tesoro de seda y maravilla

sea la noche en mis manos,

sólo entonces, dorada,

todo me pertenece;

las hierbas agitadas y el viento

corriendo como el agua entre mis dedos:

agua de mi delirio, eterna fiebre,

espejismo y violencia, dura espina,

pedernal de la muerte, lento mármol,

millón de espigas negras.


Donde nace la idea,

donde tus pensamientos

—aves en dulce selva sometidas—,

donde mis labios buscan el milagro,

ahí estará mi fuerza.

Ahí estará el dolor de mi presencia:

al pie de tu dominio y tu pureza,

sin más aroma que el júbilo

y una medalla de aire,

palpitante, como el fuego

de una lágrima viva.


Crece la hierba, el río,

y el ala de la garza

es la mano de Dios que se despide.

Crece el amor en invisible grito

(quemante, activa espada),

y el corazón despierta

como herido de muerte.

Doblo la lenta hoja del silencio

y te apareces tú, página y perla,

con el cabello al viento

y una cierta sonrisa de alta luna.


Suave y veloz, como el aire de junio,

beso tu cabellera de diamantes,

el tesoro escondido de tu sueño,

y digo adión a la violencia

para gozar tu paz,

tu dulce, tu gloriosa geografía,

por siempre detenido,

por siempre enamorado.

1957

633
Efraín Huerta

Efraín Huerta

éste Es Un Amor

ÉSTE ES UN AMOR

A Rosaura Revueltas



Éste es un amor que tuvo su origen

y en un principio no era sino un poco de miedo

y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto.


Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,

un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,

un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,

un amor que no tiene remedio, ni salvación,

ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía.


Éste es un amor rodeado de jardines y de luces

y de la nieve de una montaña de febrero

y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel

y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe

por qué llega el amor y luego las manos

—esas terribles manos delgadas como el pensamiento—

se entrelazan y un suave sudor de —otra vez— miedo,

brilla como las perlas abandonadas

y sigue brillando aún cuando el beso, los besos,

los miles y millones de besos se parecen al fuego

y se parecen a la derrota y al triunfo

y a todo lo que parece poesía —y es poesía.


Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:

vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos

y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos

y a lo ancho de los países

y las distancias eran como inmensos océanos

y tan breves como una sonrisa sin luz

y sin embargo ella me tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia

y me sumergía en sus ojos en llamas

y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado

y entonces me olvidaba de mi nombre

y del maldito nombre de las cosas y de las flores

y quería gritar y gritarle al lado que la amaba

y que yo ya no tenía corazón para amarla

sino tan sólo una inquietud del tamaño del cielo

y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano.

Y yo veía que todo estaba en sus ojos —otra vez ese mar—,

ese mal, esa peligrosa bondad,

ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe

y que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros,

hasta el alma y hasta los mustios labios.

Ya lo saben sus ojos y ya lo sabe el espléndido metal de sus muslos,

ya lo saben las fotografías y las calles

y ya lo saben las palabras —y las palabras y las calles y las fotografías

ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos

y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma

y no llorar de amor.

959
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Buenos Días A Diana Cazadora

BUENOS DÍAS A DIANA CAZADORA

Muy buenos días, laurel, muy buenos días, metal, bruma y silencio.

Desde el alba te veo, grandiosa espiga, persiguiendo a la niebla,

y eres, en mi memoria, esencia de horizonte, frágil sueño.

Olaguíbel te dio la perfección del vuelo y el inefable encanto de estar quieta,

serena, rodilla al aire y senos hacia siempre, como pétalos

que se hubiesen caído, mansamente, de la espléndida rosa de toda adolescencia.


Muy buenos días, oh selva, laguna de lujuria, helénica y ansiosa.

Buenos días en tu bronce de violetas broncíneas, y buenos días, amiga,

para tu vientre o playa donde nacen deseos de espinosa violencia.

¡Buenos días, cazadora, flechadora del alba, diosa de los crepúsculos!

Dejo a tus pies un poco de anhelo juvenil y en tus hombros, apenas,

abandono las alas rotas de este poema.

862
Efraín Huerta

Efraín Huerta

La Amante

LA AMANTE

Y, desdichada, hallarte vibrante de violetas,

celeste, submarina, subterránea,

ahijada de las nubes,

sobrina del oleaje,

madre de minerales

y vegetales de oro,

universal, florida,

jugosa como caña

y ligera de brisas

y cánticos de seda.


Desdichada penumbra al encontrarte

negándose tu cuerpo a mi deseo,

dándose al día siguiente,

circulando en el aire que respiro,

diseñando mi vida,

mi agonía

y mi muerte sencilla,

y mi futura muerte

entre los muertos.


Ah tu cordial miseria de caricias,

el gesto amargo de tus manos

y la rebelde fuga de tu piel,

cómo me decepcionan,

me castigan y ahogan,

hembra de plata líquida,

insobornable y mía.


Y tu noche de gritos y gemidos,

alimentando vida, creando luz,

provocando sudor, melancolía,

amor y más amor desfallecido,

tumultos de palabras,

mi desdichada niña,

olvidándote, sí, casi perdiéndote

en el ruido de torsos y sollozos.


Pero siendo destino, siendo gloria

tus cabellos castaños, tus miradas

y tus feas rodillas de suave juventud.

749
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Las Nubes

Mansas, blancas ovejas, luminosos mensajes.
La fugitiva sombra despierta a las palomas
y crea un aire de asombro a la mitad del Hudson.
Claras y decisivas, solemnes esculturas,
en mil palomas mueren las nubes avanzando.
Las nubes, las hermanas mayores de los sueños.
Mármol que ya no es mármol, sino frágil espuma.
La espuma es la paloma que no supo ser ángel.
La nube es el demonio de los ojos del cielo.
Nubes de Nueva York, vertiginosa llama.
La llamarada blanca del deseo inalcanzado.
En Nueva York las nubes frutales de Manhattan
padecen un hermoso delirio de grandeza.
709
Efraín Huerta

Efraín Huerta

La Rosa Primitiva

Escribo bajo el ala del ángel más perverso:
la sombra de la lluvia y el sonreír de cobre de la niebla
me conducen, oh estatuas, hacia un aire maduro,
hacia donde se encierra la gran severidad de la belleza.
Escribo las palabras y el penetrante nombre del poema,
y no encuentro razón, flor que no sea
la rosa primitiva de la ciudad que habito.
Nunca el poema fue tan serio como hoy, y nunca el verso
tuvo la estatura de bronce de lo que no se oculta.
Hacia el amor, las manos, y en las manos, gimiendo,
hojas de yerba amarga del pensamiento gris,
secas raíces de una melancolía sin huesos,
la danza del deseo muerto a vuelta de esquina
y un sollozo frustrado gracias a la ternura.
Hacia el amor, sonrisas, y en ellas, como almas,
el malogrado espíritu de un mensaje que un día
cobró cierta estructura, y que hoy, entorpecido,
circula por las venas.

Nunca digas a nadie que tienes la verdad en un puño,
o que a tus plantas, quieta, perdura la virtud.
Ama con sencillez, como si nada.
Sé dueño de tu infierno, propietario absoluto
de tu deseo y tus ansias, de tu salud y tus odios.
Fabrícate, en secreto, una ciudad sagrada,
y equilibra en su centro la rosa primitiva.
Al pueblo y a la hembra que enciendan cuanto hay en ti de hermoso,
y murmuren mensajes en tus oídos frágiles,
debes verlos con santa melancolía y un aire desdeñoso,
mandarlos hacia nunca, hacia siempre,
hacia ninguna parte...

Quédate con la rosa del calosfrío,
la rosa del espanto estatuario,
la inmaculada rosa de la calle,
la rosa de los pétalos hirientes,
la rosa-herrumbre del fiero desencanto,
la primitiva rosa de carne y desaliento,
la rosa fiel, la rosa que no miente,
la rosa que en tu pecho debe ser la paloma
del latido fecundo y el vivir con un pulso
de gran deseo hirviendo a flor de labio.

La rosa, en fin, de las espinas de oro
que nuestra piel desgarran y la elevan
hacia el sereno cielo de donde la poesía
nos llega mutilada, como ruinas del alba.
882
Efraín Huerta

Efraín Huerta

La Noche De La Perversión

El caracol del ansia, ansiosamente
se adhirió a las pupilas, y una especie de muerte
a latigazos creó lo inesperado.
A pausas de veneno, la desdichada flor de la miseria
nos penetró en el alma, dulcemente,
con esa lenta furia de quien sabe lo que hace.

Flor de la perversión, noche perfecta,
tantas veces deseable maravilla y tormenta.
Noche de una piedad que helaba nuestros labios.
Noche de a ciencia cierta saber por qué se ama.
Noche de ahogarme siempre en tu ola de miedo.
Noche de ahogarte siempre en mi sordo desvelo.

Noche de una lujuria de torpes niños locos.
Noche de asesinatos y sólo suave sangre.
Noche de uñas y dientes, mentes de calosfrío.
Noches de no oír nada y ser todo, imperfectos.
Hermosa y santa noche de crueles bestezuelas.

Y el caracol del ansia, obsesionante,
mataba las pupilas, y mil odiosas muertes
a golpes de milagro crearon lo más sagrado.
Fue una noche de espanto, la noche de los diablos.
Noche de corazones pobres y enloquecidos,
de espinas en los dedos y agua hirviendo en los labios.
Noche de fango y miel, de alcohol y de belleza,
de sudor como llanto y llanto como espejos.
Noche de ser dos frutos en su plena amargura:
frutos que, estremecidos, se exprimían a sí mismos.

Yo no recuerdo, amada, en qué instante de fuego
la noche fue muriendo en tus brazos de oro.
La tibia sombra huyó de tu aplastado pecho,
y eras una guitarra bellamente marchita.
Los cuchillos de frío segaron las penumbras
y en tu vientre de plata se hizo la luz del alba.
587
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Esa Sonrisa

ESA SONRISA

Si de un vuelo la esencia iluminase

esta celda que a tientas desconozco,

si de un frágil destello, de una brisa

juvenil o poema, en breves pétalos,

descendiese tu vida; si a mi vida


una virtud le diera buena suerte,

expresaría el poema, la bondad

de tu sereno gesto al apoyarse

tus alas, tu sonrisa y tu belleza

en el clavel de fiebre de mi alma.


Pues tu sonrisa leve manifiesta

una resuelta forma de animar,

de dar ágiles signos, no al sollozo

en que todo se pierde, sino al beso

de impecable factura, de dominio.


Si la sonrisa es nido, el beso es sueño

de virginal angustia y melodía.

Si un día tus pies besé desesperado,

fue tan solo por darme la delicia

de alzar los ojos y mirar al cielo.


Al cielo de tus ojos y tu frente,

al inquietante cielo donde vuelos

de pensamientos gimen, donde una

y otra vez me dedico a descubrir

la desolada nube de mi amor.


Es mejor hablar claro y no decir

que se siente la angustia por sistema.

Es mejor que te diga: No me olvides,

y si me olvidas dame, de tu boca

la fría miseria del final, la muerte.



Pero nada dirás, lo estoy sabiendo,

cuando en dulces instantes como flores,

vienes de nuevo a mí, y en tu sonrisa

aprendo la lección definitiva:

el alba temblorosa de tu boca.

15 de junio de 1943

948
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Línea Del Alba

LÍNEA DEL ALBA
III


Tienes la frente al alba:

ella cuenta los poros de tu cuerpo,

en laderas del sueño,

con los hombros quemados.


En el alba se vierte la costumbre del alma,

se agita el pulso del deseo

como si fuera un ciervo

duramente alanceado

con agujas de bronce

o pestañas de vírgenes.


Tienes la frente al alba

y pedazos de niebla

volando de tus senos

a mis manos.

1.116
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Continuidad

CONTINUIDAD

Continuidad niebla prohibida

gota
violeta declive de mi sueño

rúbrica fiel de una misma palabra

aurora torbellino desnudo

reflejo en ruinas de tu aniversario

preguntas adheridas

a la evasión solemne de tus muslos.


Insistes en compacta sucesión de movimientos

como metales en abismo sin tregua

en la piadosa geometría de tus labios

y tanto de ternura destilada en mis venas

el grito de mis dientes

en la hiedra morena

que resucita tu cabello delgado.


Dominio y sombra en el escorzo

debujo de tu beso

continuidad dorada de tu cuerpo.

773
Efraín Huerta

Efraín Huerta

La Estrella Poema De Niebla

LA ESTRELLA

poema de niebla


Para Anne Sten


Labios como el sabor del viento en el invierno,

dientes jóvenes de luna consentida en la llama del abrazo.

Se endurecía la noche en tu garganta.

Espacio duro de tus senos. Amarilla y quemada,

la inesperada sombra de tus piernas en la alas de los
pájaros

cuando tus dedos en un juego de látigos

hendían prisas de frío.

Que nos perdonen las sábanas lunares de los árboles

y el sueño arrebatado a las estatuas,

y el agua estremecida con la caída

del deseo. Tenías los ojos limpios, Andrea.

La estrella de tu frente como herida de vino,

enferma, detenida en mi boca.

Había un mundo de silencio en tu cuerpo,

como si la muerte se hubiese mirado en un espejo

o varias rosas en agonía hubieran imaginado

un paraíso de nieve o de cristales.


(Ahí perdura solamente lo desconocido

que nuestros labios apagaron.

El recuerdo es materia de belleza poseída y escrita

en páginas en las que un poco de amor pasó rozando.

Como el recuerdo gritarían las cabelleras

mojadas en acuarelas de angustia.

Así serían las voces de os aires helados
fundiéndose

en las aristas de una montaña de bronce).


Te corría por la espalda una gota de sangre

de mis venas. La noche, con la niebla

y el silencio en medio de los senos, nos veía y procuraba

cambiar su propia ruta.

Que nos perdonen las mismas pinceladas de la aurora.


Exprimidas las horas como cerezas en nuestros labios,

apenas un instante de tus hombros

se deslizó en mi sueño.

832
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Estrella En Alto

En el taller del alma maduran los deseos,
crece, fresca y lozana, la ternura,
imitando tu sombra,
inventando tu ausencia
tan honda y sostenida.

Hoy te sueño,
amante:
estrella en alto, huella
de una violeta lenta.

Oscuramente bella la soledad germina en torno de mi cuerpo.
Hoy te sueño, amante:
jugamos a la brisa y al frío.
Tu nombre suena
como tibia pureza inimitable.

Y del cielo a la tierra,
de aquella estrella en alto al dulce ruido de tu pecho,
bajan con inefable rapidez
y como espuma roja
apresurados besos,
recios besos,
crueles besos de hielo en mi memoria.

Un grito de agonía, una blasfemia
vuelve grises tus senos,
y mi sueño,
y esa noble fragancia de tu sexo.
¿Qué esperamos, hermana,
de esta reciente aurora
que nos fatiga tanto?
Mira la estrella,
es blanca, no es azul.
Mírala, y que tus ojos perduren como rosas perfectas.
699
Eugenio Florit

Eugenio Florit

Soneto

Habréis de conocer que estuve vivo
por una sombra que tendrá mi frente.
Sólo en mi frente la inquietud presente
que hoy guardo en mí, de mi dolor cautivo.

Blanca la faz, sin el ardor lascivo,
sin el sueño prendiéndose a la mente.
Ya sobre mí, callado eternamente,
la rosa de papel y el verde olivo.

Qué sueño sin ensueños torcedores,
abierta el alma a trémulas caricias
y sobre el corazón fijas las manos.

Qué lejana la voz de los amores.
Con qué sabor la boca a las delicias
de todos los serenos oceanos.
482
Ernesto Cardenal

Ernesto Cardenal

Epigrama

Ni con joyas
de la joyería Morlock

ni con perfumes
de Dreyfus

ni con orqídeas
dentro de su
caja de música

ni con cadillac

sino solamente
con mis poemas
la conquisté

Y ella me prefiere,
aunque soy pobre,
a todos los

millones de Somoza
1.124
Ernesto Cardenal

Ernesto Cardenal

Epigrama

Otros podrán
ganar mucho dinero

Pero yo he sacrificado
ese dinero

para escribir
estos cantos a ti

o a otra que cantaré
en vez de ti

o a nadie.
880
Ernesto Cardenal

Ernesto Cardenal

Tomarse Con Los Brazos El Uno Al Otro

Tomarse con los brazos el uno al otro,
dándose cada uno a los brazos del otro.
Qué diferente sentirte dentro de uno
que sentirse uno solo dentro de uno
es decir, vacío.

¿Será que es soledad tu abrazo

y tus besos sólo sed?
Me parece oírte que de mí no te sacias nunca.
Yo que fui antes buen catador de amarguras.
735
Diego de Torres y Villarroel

Diego de Torres y Villarroel

A Clori

Clori solicitar con un presente,
inclinar la belleza que enamora,
el triste amante que padece y llora
fugitivo desdén, ira inclemente,

No es quererla comprar groseramente
la piedad y el amor a su señora
sino agradar a la beldad que adora
haciéndola un obsequio reverente

No es esto poner precio a las beldades
supremas si prudente lo reparas
no es desaire ni así llamarlo oses

Dobla el don las sagrades majestades
no es agravio la ofrenda de las aras
las dádivas aplacan a los Dioses.


547
Duque de Rivas

Duque de Rivas

El Conde De Villamediana Romance Cuarto Final

En aquella galería,
Adornada de arabescos
Y follajes primorosos,
Con oro y esmaltes hechos,

Y cuya baranda rica
Daba hacia el jardín pequeño,
En que el caballo de bronce
Estuvo por largo tiempo,

Sin más luz que la, que esparce
La luna en mitad del cielo,
Esperando a alguien la Reina
Está turbada, y con miedo.

Del concurso de la danza
Y de la orquesta el estruendo ¡
Que los salones ocupa,
Oye resonar de lejos;

Y aunque sabe que notada
Ha de ser su ausencia presto,
Por dar al Conde un aviso
Atropella todo riesgo.

Siglos los instantes juzga
Con mortal desasosiego,
Y en el barandal dorado
Palpitante apoya el pecho.

Mira, al ecuestre coloso,
Inmóvil, obscuro, enhiesto,
Entre laureles y murtas,
Y tiembla ¡ infelice! al verlo.

Alza a la pálida luna
Los ojos de llanto llenos,
Y se extravía su mente,
Por precipicios horrendos.

Sin rumor y de puntillas,
Como fantasma o espectro,
En el corredor entróse
La parte obscura siguiendo,

Un hombre embozado: llega
Por detrás en gran silencio
A la Reina, que, de espaldas
Estando, no pudo verlo,

Y le tapa el noble rostro
Con dos manos como hielo;
pero delicadas manos
Que agita un temblor ligero.

Quién pudiera aproximarse
A dama de tal respeto,
Sino el amante dichoso
Con tan inocente juego?

Así lo pensó ella misma,
Pues aunque al primer momento
De sorpresa, lanzó un grito,
Pronto sobre sí volviendo:

«Déjame Conde —prorrumpe
Con dulces lánguidos ecos—;
No es esta ocasión de burlas,
Pues es de infortunios tiempo.

Déjame y escucha, Conde».
Libre la dejan en esto
Las manos que la cegaban,
Y se encuentra sola ¡cielos!

Con su marido, que arroja
Por los ojos rabia y fuego.
Queda la infeliz difunta;
Mas tienen el privilegio

Las hembras del disimulo,
Y en los críticos encuentros
Mucha mayor agudeza
Que el hombre de más ingenio.

Al oír que el Rey pregunta
Con voz como voz de infierno,
«Yo Conde?... ¿Yo?» En sí tornando
La Reina, responde presto:

«Sí, señor, de Barcelona...
Y se complace mi pecho
Con tal título, afirmado
Con vuestro poder y esfuerzo,

Después que habéis reprimido
La rebelión de aquel pueblo».
Quedó pasmado el Monarca.
«Discreta sois por extremo

Repuso, y tras pausa leve—,
Mas qué infortunio tenemos?
«Ya alentada la señora,
Pues siempre el paso primero

Es el trabajoso, dijo:
«No faltan, señor, por cierto;
Dígalo Flandes perdida,
Y de Nápoles los reinos,

«Donde un ambicioso intenta
Arrebatarnos el cetro;
Milán, donde la peste
Está tanto estrago haciendo,

«Y Portugal vacilante,
Do traidores encubiertos...»
Aquí atajóla Filipo
Con voz de lejano trueno.

«Basta, pues, basta, señora;
Sois francesa, bien lo veo;
Tenéis interés muy grande
En mi honor y en el del reino.

«Veréis que uno y otro al punto
Para aquietaros sostengo,
Y que lavaré con sangre
La mancha que advierta en ellos».

Calló, y una atroz mirada
Con el rostro descompuesto,
Que pareció más terrible
De la luna a los reflejos,

Clavó en la Reina; mirada
Que destrozó aguda el seno
De la infeliz, pues, temblando,
Cayó sin sentido al suelo.
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