Poemas en este tema
Deseo
Juan Meléndez Valdés
Letrillas I A Unos Ojos
Tus ojuelos, niña,
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o fíjense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren
contra mi dolor,
tus ojuelos, niña,
me matan de amor.
Si se alzan al cielo
llenos de temores,
si alegran las flores
tornados al suelo,
o abaten el vuelo
de mi ciego error,
siempre, niña hermosa,
me matan de amor.
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay!, tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o fíjense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren
contra mi dolor,
tus ojuelos, niña,
me matan de amor.
Si se alzan al cielo
llenos de temores,
si alegran las flores
tornados al suelo,
o abaten el vuelo
de mi ciego error,
siempre, niña hermosa,
me matan de amor.
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay!, tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
634
Juan Meléndez Valdés
Letrillas Ii A Unos Lindos Ojos
Tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o párense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren,
culpando mi ardor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si al final del día
emulando ardientes,
alientan clementes
la esperanza mía,
y en su halago fía
mi crédulo error,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si evitan arteros
encontrar los míos,
sus falsos desvíos
me son lisonjeros.
Negándome fieros
su dulce favor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Los cierras burlando,
y ya no hay amores,
sus flechas y ardores
tu juego apagando;
Yo entonces temblando
clamo en tanto horror:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Los abres riente,
y el Amor renace
y en gozar se place
de su nuevo oriente,
cantando demente
yo al ver su fulgor:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay! tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o párense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren,
culpando mi ardor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si al final del día
emulando ardientes,
alientan clementes
la esperanza mía,
y en su halago fía
mi crédulo error,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si evitan arteros
encontrar los míos,
sus falsos desvíos
me son lisonjeros.
Negándome fieros
su dulce favor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Los cierras burlando,
y ya no hay amores,
sus flechas y ardores
tu juego apagando;
Yo entonces temblando
clamo en tanto horror:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Los abres riente,
y el Amor renace
y en gozar se place
de su nuevo oriente,
cantando demente
yo al ver su fulgor:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay! tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
560
Juan Meléndez Valdés
Graciosos Ojuelos
Graciosos ojuelos
de dulce mirar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
Si en vos, ojos bellos,
el Amor está
tirando mil flechas
con acierto tal
que a mí todas vienen,
todas, a parar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
Si el mísero pecho
se siente abrasar
en ciegos cuidados,
sin poder hallar
aun por breve alivio
una vez piedad,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
Si aun soy castigado
por querer mirar
las niñas divinas
que causan mi mal,
ni basta a excusarme
mi fino adorar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
Ay, lindos ojuelos,
si en tanto penar
me tenéis, usando
de injusta piedad
con aquel dichoso
que os ha de gozar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
de dulce mirar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
Si en vos, ojos bellos,
el Amor está
tirando mil flechas
con acierto tal
que a mí todas vienen,
todas, a parar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
Si el mísero pecho
se siente abrasar
en ciegos cuidados,
sin poder hallar
aun por breve alivio
una vez piedad,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
Si aun soy castigado
por querer mirar
las niñas divinas
que causan mi mal,
ni basta a excusarme
mi fino adorar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
Ay, lindos ojuelos,
si en tanto penar
me tenéis, usando
de injusta piedad
con aquel dichoso
que os ha de gozar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
535
Juan Meléndez Valdés
La Flor Del Zurguén
Sueltas avecillas
que al amanecer
mil alegres salvas
canoras me hacéis:
si dulces trináis
por ver a mi bien,
callad, que ya sale
la flor del Zurguén.
¿Si cuál es pedís?
¿Si señas queréis?
Callad, parlerillas,
que yo os lo diré,
que impresa en mi pecho
la tengo muy bien,
así a mí me tenga
la flor del Zurguén.
su rostro, la gloria;
la nieve, su tez,
de alhelís sembrada;
su boca, la miel,
y el turgente seno,
de Amor el vergel,
donde con él juega
la flor del Zurguén.
Sobre él, la donosa
prendiera un joyel,
do heridas dos almas
yo mismo pinté;
Amor que las hiere
las une también,
en torno esta letra:
la flor del Zurguén.
Sin que yo la llame
me sale aquí a ver
cual suelta corcilla,
ya blando el desdén;
y cual fiel paloma
que a su pichón ve,
así a mi voz corre
la flor del Zurguén.
Conmigo a este valle
la saco a aprender,
de amor en el arte,
lición de querer;
y ya a todas pasa
en menos de un mes:
tanto ingenio tiene
la flor del Zurguén.
Cuidado, avecitas,
que a nadie contéis
los dulces secretos
que yo la enseñé;
ni vos, fuentecillas,
me lo murmuréis,
que esto y más merece
la flor del Zurguén.
Ni me envidiéis necias
el vivo placer
con que, ¡ay!, en sus labios
cien besos le dé,
y ella me dé fina
en pago otros cien,
así tierna os ame
la flor del Zurguén.
que al amanecer
mil alegres salvas
canoras me hacéis:
si dulces trináis
por ver a mi bien,
callad, que ya sale
la flor del Zurguén.
¿Si cuál es pedís?
¿Si señas queréis?
Callad, parlerillas,
que yo os lo diré,
que impresa en mi pecho
la tengo muy bien,
así a mí me tenga
la flor del Zurguén.
su rostro, la gloria;
la nieve, su tez,
de alhelís sembrada;
su boca, la miel,
y el turgente seno,
de Amor el vergel,
donde con él juega
la flor del Zurguén.
Sobre él, la donosa
prendiera un joyel,
do heridas dos almas
yo mismo pinté;
Amor que las hiere
las une también,
en torno esta letra:
la flor del Zurguén.
Sin que yo la llame
me sale aquí a ver
cual suelta corcilla,
ya blando el desdén;
y cual fiel paloma
que a su pichón ve,
así a mi voz corre
la flor del Zurguén.
Conmigo a este valle
la saco a aprender,
de amor en el arte,
lición de querer;
y ya a todas pasa
en menos de un mes:
tanto ingenio tiene
la flor del Zurguén.
Cuidado, avecitas,
que a nadie contéis
los dulces secretos
que yo la enseñé;
ni vos, fuentecillas,
me lo murmuréis,
que esto y más merece
la flor del Zurguén.
Ni me envidiéis necias
el vivo placer
con que, ¡ay!, en sus labios
cien besos le dé,
y ella me dé fina
en pago otros cien,
así tierna os ame
la flor del Zurguén.
1.208
Juan Meléndez Valdés
De Un Cupido
Al partir y dejarla,
medrosa de mi olvido,
me dio para memoria
Dorila un Cupidillo,
diciéndome: «En mi seno
ya queda, zagal mío,
si tú la imagen llevas,
por señor el dios mismo.
Ten cuenta, pues, que el tuyo
le guarde bien, y fino
por él sin cesar oigas
la voz de mi cariño;
que aunque cruel te alejas,
con mi anhelar te sigo,
y en cuantos pasos dieres
siempre estaré contigo,
cual tú en toda mi alma;
que este donoso niño
sabrá tu fe guardarme,
tornarte mis suspiros».
Y de marfil labrado
diome un Amor tan lindo,
que viéndole aun Citeres
creyera ser su hijo:
vendados los ojuelos,
luengo el cabello y rizo,
las alitas doradas
y en la diestra sus tiros,
la aljaba al hombro bello
y el arco suspendidos,
que escarmentados temen
los dioses del Olimpo;
arterillo el semblante
cuan vivaz y festivo,
y así como temblando
por su nudez de frío.
Yo, solícito, al verle
tan risueño y benigno,
los más dulces requiebros
inocente le digo;
y encantado en sus gracias,
bondadoso y sencillo,
cual un dije precioso
le contemplo y admiro.
Ya le tomo en mis brazos,
ya a mis labios le aplico,
con mi aliento le templo
y en mi pecho le abrigo.
Mas tornando a mirarle,
con él juego y me río,
y en mil besos y halagos
las finezas repito,
tras las cuales le vuelvo
de mi seno al asilo,
do aun más tierno le guardo,
más vivaz le acaricio,
cuando súbito siento
tan ardientes latidos,
como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.
¿Y qué fue? Que en el hondo
se me entró el fementido
del corazón llagado,
para aun más afligirlo.
medrosa de mi olvido,
me dio para memoria
Dorila un Cupidillo,
diciéndome: «En mi seno
ya queda, zagal mío,
si tú la imagen llevas,
por señor el dios mismo.
Ten cuenta, pues, que el tuyo
le guarde bien, y fino
por él sin cesar oigas
la voz de mi cariño;
que aunque cruel te alejas,
con mi anhelar te sigo,
y en cuantos pasos dieres
siempre estaré contigo,
cual tú en toda mi alma;
que este donoso niño
sabrá tu fe guardarme,
tornarte mis suspiros».
Y de marfil labrado
diome un Amor tan lindo,
que viéndole aun Citeres
creyera ser su hijo:
vendados los ojuelos,
luengo el cabello y rizo,
las alitas doradas
y en la diestra sus tiros,
la aljaba al hombro bello
y el arco suspendidos,
que escarmentados temen
los dioses del Olimpo;
arterillo el semblante
cuan vivaz y festivo,
y así como temblando
por su nudez de frío.
Yo, solícito, al verle
tan risueño y benigno,
los más dulces requiebros
inocente le digo;
y encantado en sus gracias,
bondadoso y sencillo,
cual un dije precioso
le contemplo y admiro.
Ya le tomo en mis brazos,
ya a mis labios le aplico,
con mi aliento le templo
y en mi pecho le abrigo.
Mas tornando a mirarle,
con él juego y me río,
y en mil besos y halagos
las finezas repito,
tras las cuales le vuelvo
de mi seno al asilo,
do aun más tierno le guardo,
más vivaz le acaricio,
cuando súbito siento
tan ardientes latidos,
como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.
¿Y qué fue? Que en el hondo
se me entró el fementido
del corazón llagado,
para aun más afligirlo.
546
Juan Meléndez Valdés
De Un Cupido
Al ir a despedirme,
temiéndose mi olvido,
me dio para memoria
Dorila un Cupidillo:
diciéndome: «En mi seno
ya queda, zagal mío,
si tú la imagen llevas,
por señor el dios mismo.
Ten cuenta, pues, que el tuyo
le guarde bien, y fino
por él sin cesar oigas
la voz de mi cariño;
que aunque cruel te alejas,
con mi anhelar te sigo,
y en cuantos pasos dieres
siempre estaré contigo,
cual tú en toda mi alma;
que este donoso niño
sabrá tu fe guardarme,
tornarte mis suspiros».
Rapazuelo de nácar
en todo extremo lindo,
que viéndole aun Citeres
creyera ser su hijo:
con su venda a los ojos,
luengo el cabello y rizo,
las alitas doradas
y en la mano sus tiros,
la aljaba sobre el hombro
y el arco vengativo,
que escarmentados temen
los dioses del Olimpo;
arterillo el semblante
cuan vivaz y festivo,
y así como le pintan
desnudo y aterido.
Yo lastimado al verle
burlándome le abrigo,
y al cuello me lo pongo
con un listón asido;
y encantado en sus gracias,
bondadoso y sencillo,
cual un dije precioso
le contemplo y admiro.
Ya le tomo en mis brazos,
ya a mis labios le aplico,
con mi aliento le templo
y en mi pecho le abrigo.
Mas tornando a mirarle,
con él juego y me río,
y en mil besos y halagos
las finezas repito,
tras las cuales le vuelvo
de mi seno al asilo,
do aun más tierno le guardo,
más vivaz le acaricio,
Estrécholo en el seno
con el fuego y me río
le beso cariñoso
le halago compasivo.
Pero sentí al instante
del pecho mil latidos,
como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.
Y fue que en él se había
entrado el fementido.
del corazón llagado,
para aun más afligirlo.
temiéndose mi olvido,
me dio para memoria
Dorila un Cupidillo:
diciéndome: «En mi seno
ya queda, zagal mío,
si tú la imagen llevas,
por señor el dios mismo.
Ten cuenta, pues, que el tuyo
le guarde bien, y fino
por él sin cesar oigas
la voz de mi cariño;
que aunque cruel te alejas,
con mi anhelar te sigo,
y en cuantos pasos dieres
siempre estaré contigo,
cual tú en toda mi alma;
que este donoso niño
sabrá tu fe guardarme,
tornarte mis suspiros».
Rapazuelo de nácar
en todo extremo lindo,
que viéndole aun Citeres
creyera ser su hijo:
con su venda a los ojos,
luengo el cabello y rizo,
las alitas doradas
y en la mano sus tiros,
la aljaba sobre el hombro
y el arco vengativo,
que escarmentados temen
los dioses del Olimpo;
arterillo el semblante
cuan vivaz y festivo,
y así como le pintan
desnudo y aterido.
Yo lastimado al verle
burlándome le abrigo,
y al cuello me lo pongo
con un listón asido;
y encantado en sus gracias,
bondadoso y sencillo,
cual un dije precioso
le contemplo y admiro.
Ya le tomo en mis brazos,
ya a mis labios le aplico,
con mi aliento le templo
y en mi pecho le abrigo.
Mas tornando a mirarle,
con él juego y me río,
y en mil besos y halagos
las finezas repito,
tras las cuales le vuelvo
de mi seno al asilo,
do aun más tierno le guardo,
más vivaz le acaricio,
Estrécholo en el seno
con el fuego y me río
le beso cariñoso
le halago compasivo.
Pero sentí al instante
del pecho mil latidos,
como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.
Y fue que en él se había
entrado el fementido.
del corazón llagado,
para aun más afligirlo.
575
Juan Meléndez Valdés
El Retrato
¿Si es él, Amor? ¡Qué trémula la mano
rompe el último nema! Me lo anuncia
con zozobra feliz saltando el pecho.
No, no puedo dudarlo: el importuno
velo cayó; tu celestial imagen,
tu suspirado don... Mi amante boca
con mil ardientes besos, mi llagado,
mi triste corazón con mil suspiros,
ambos a par lo adoren y el tributo
primero denle de mi tierno pecho.
Milagro del pincel, amable copia
del más amable objeto, ciego torno
a besarte otra vez; ojos, gozadla;
sáciate, corazón... No estás ausente:
ingenioso su amor buscarte supo,
supo templar de su crüel imperio
el áspero rigor, y fino hallarte.
De tu ternura celestial, oh amada,
oh mitad de mi vida, tal milagro
de cariño esperaba mi deseo.
Llegó; y puedo contigo consolarme,
en mi inmenso penar gemir contigo,
y en tu seno lanzar la ardiente vena
de lágrimas que inunda mis mejillas
en tan mortal insoportable ausencia.
Sí, amada, ya te tengo; ya en mi pecho
fino te estrecharé; mis tristes ojos
te ven, el fuego de los tuyos sienten;
y mis manos te tocan, y mis labios
pueden saciarse de oprimirte finos,
y mis suspiros animarte, y toda
inundarte en mis lágrimas ardientes.
Las sientes, ¿y no lloras? ¿a mis ayes
dolientes, ¡ay!, los tuyos no responden,
y a mis quejas y míseros gemidos?
A ti me vuelvo desolado, te hablo,
¿y muda está tu cariñosa lengua?
Clori, Clori, mi bien... ¡Loco deseo!
¡fantástica ilusión...! A sombras vanas,
a un mentido color prestar quería
la vida, el fuego, la expresión, las sales
que al prototipo celestial animan.
¡Oh, cómo, cómo en este punto siento
de mi suerte el horror, el hondo abismo
do sepultado y sin consuelo lloro!
¡Ausencia! ¡ausencia!, arráncame la vida;
no de ilusión en ilusión me lleves.
Un breve plazo tus dolores templas;
y tornas luego, y más crüel divides
en partes mil mi lastimado pecho.
¡Ay! Un instante en mi ilusión creía,
mirando absorto el celestial trasunto,
que mis ternezas, mis sentidos ayes
halagüeña escuchabas, que tus labios
se desplegaban en amable risa,
que al esplendor del animado fuego
en que tus ojos agraciados lucen,
la llama se alentaba de los míos
y que amor coloraba tus mejillas,
dulce señuelo a mi sedienta boca,
o el elástico seno conturbaba
en grata ondulación... Me precipito
frenético en mi error... Clori, tu imagen
helada me recibe; no, no siente
así cual tú... El encanto lisonjero
se desvanece; y a una sombra abrazo
muda y sin alma, y una sombra oprimo,
y una sombra acaricio, y mil finezas
loco le digo y que responda anhelo.
¡Ay! Eres tú, adorada, ¿y callas tibia?
¿y a mi llanto tus lágrimas no corren?
¿Por qué insensible a mis cariños eres
y eres de nieve al fuego en que me abraso?
¿Por qué en los ojos la inquietud graciosa,
el vivaz sentimiento, la ternura,
el delicioso hechizo hallar no puedo
que en los tuyos de amores me embrïagan?
Háblame, idolatrada, o no me burles
cual si a abrir fueras cariñosa el labio;
o en su mirar donoso tus pupilas
se animen, o falaces no remeden
otras, do Amor su trono soberano
sentó y se gozan las sencillas Gracias.
No tu nevado torneado cuello
inmóvil yazca; vuélvase y recline
en mi seno amoroso esa cabeza
que enhiesto apoya, y góceme dichoso,
cual veces tantas, en su dulce peso.
Sienta tu pecho, a la ternura se abra,
ábrase al blando amor, y arda y palpite,
y en plácida efusión al pecho mío
haga correr el celestial encanto
de su angélica llama, de los puros
afectos más que humanos que en sí abriga;
o el lácteo pecho de mi bien no mienta,
do todo es suave amor, dulzura todo,
sencillez tierna y cariñosas ansias,
placer, transportos, éxtasis, delicias.
No la alba mano el abanico agite
en juego inútil; o mi dócil cuello
en torno ciña en lazo venturoso,
indisoluble lazo en que anudara
nuestras almas el cielo para siempre,
o cual un tiempo cariñosa oprima
mi palpitante corazón y sienta
el fuego asolador que le consume.
¡Ah, mano!, ¡hermosa mano! El pincel rudo
trasladar quiso en vano tus contornos,
tu gracia, tu candor... De mármol era,
si viéndola, el artista... No, profano:
mis labios sólo tributarla deben,
en su delirio idólatras, el culto
que le ha votado amor; tu nieve y rosa
la manchan, no la tocan. ¡Ay! ¡qué digo!
¿la menor de sus partes puede acaso
remedar el pincel? ¿débil el arte
no cede a empresa tanta y se confunde?
¿Esas cejas sin alma, es esa frente
la tuya, Clori mía?, ¿son tus labios
festivos, purpurantes, halagüeños,
estos labios helados? ¿las mejillas
son la leche y carmín en deliciosa
mezcla deshechos, como tú los llevas
en tus llenas mejillas sonrosadas?
¿Y tu seno y tu tez, y el suave agrado
de tu semblante, y la donosa gracia
de tus razones...? ¡Qué violenta hoguera
circula por mis venas...! ¡Qué suspiros
se exhalan sin sentirlo de mi pecho!
¡Cómo agitado el corazón palpita!
Con frenética sed me precipito
sobre tu imagen muda...; irresistible
la mágica virtud de tu presencia
me arrastra... Desfallecen mis rodillas...
cubren mil sombras mis llorosos ojos...
un ardor..., un ardor... Mi bien, mi gloria,
Clori, amor, vida, esposa, ¡oh si pudiese
llegar a ti la conmoción que siento
y este torrente de delicias puras
en que sin seso en mi ilusión me inundo!
¡Si a ti alcanzasen mis dolientes ansias,
mis sollozos, mis aves, los furores
de mi delirio infausto! ¡si escuchases
la inmensa copia de ternezas que hablo
a tu divina imagen...! Tus mejillas
y tu frente y tus ojos y tu boca,
y cuello y pecho, y toda tú abrasada
al fuego de mis ayes encendidos
y en mi llanto inundada te hallarías...
¿Por qué estos cultos a una imagen muda
se habrán de tributar? Ven, ven, amada,
a recibirlos; ven en los transportos
del más violento amor; no se profanen
en una helada inanimada sombra.
Ven luego, ven, y unámonos por siempre;
o a mí me deja en tus amantes brazos
fino volar, y colma mi ventura.
Una palabra, una palabra sola...
Dila, y feliz recibirás los cultos
que idólatra tributo a tu retrato.
Él, entre tanto sobre el pecho mío
será alivio a mis penas, compañero
de mi destierro, inapreciable joya
de tu firmeza, y suplirá ¡ay! En vano
de su divino original la ausencia.
rompe el último nema! Me lo anuncia
con zozobra feliz saltando el pecho.
No, no puedo dudarlo: el importuno
velo cayó; tu celestial imagen,
tu suspirado don... Mi amante boca
con mil ardientes besos, mi llagado,
mi triste corazón con mil suspiros,
ambos a par lo adoren y el tributo
primero denle de mi tierno pecho.
Milagro del pincel, amable copia
del más amable objeto, ciego torno
a besarte otra vez; ojos, gozadla;
sáciate, corazón... No estás ausente:
ingenioso su amor buscarte supo,
supo templar de su crüel imperio
el áspero rigor, y fino hallarte.
De tu ternura celestial, oh amada,
oh mitad de mi vida, tal milagro
de cariño esperaba mi deseo.
Llegó; y puedo contigo consolarme,
en mi inmenso penar gemir contigo,
y en tu seno lanzar la ardiente vena
de lágrimas que inunda mis mejillas
en tan mortal insoportable ausencia.
Sí, amada, ya te tengo; ya en mi pecho
fino te estrecharé; mis tristes ojos
te ven, el fuego de los tuyos sienten;
y mis manos te tocan, y mis labios
pueden saciarse de oprimirte finos,
y mis suspiros animarte, y toda
inundarte en mis lágrimas ardientes.
Las sientes, ¿y no lloras? ¿a mis ayes
dolientes, ¡ay!, los tuyos no responden,
y a mis quejas y míseros gemidos?
A ti me vuelvo desolado, te hablo,
¿y muda está tu cariñosa lengua?
Clori, Clori, mi bien... ¡Loco deseo!
¡fantástica ilusión...! A sombras vanas,
a un mentido color prestar quería
la vida, el fuego, la expresión, las sales
que al prototipo celestial animan.
¡Oh, cómo, cómo en este punto siento
de mi suerte el horror, el hondo abismo
do sepultado y sin consuelo lloro!
¡Ausencia! ¡ausencia!, arráncame la vida;
no de ilusión en ilusión me lleves.
Un breve plazo tus dolores templas;
y tornas luego, y más crüel divides
en partes mil mi lastimado pecho.
¡Ay! Un instante en mi ilusión creía,
mirando absorto el celestial trasunto,
que mis ternezas, mis sentidos ayes
halagüeña escuchabas, que tus labios
se desplegaban en amable risa,
que al esplendor del animado fuego
en que tus ojos agraciados lucen,
la llama se alentaba de los míos
y que amor coloraba tus mejillas,
dulce señuelo a mi sedienta boca,
o el elástico seno conturbaba
en grata ondulación... Me precipito
frenético en mi error... Clori, tu imagen
helada me recibe; no, no siente
así cual tú... El encanto lisonjero
se desvanece; y a una sombra abrazo
muda y sin alma, y una sombra oprimo,
y una sombra acaricio, y mil finezas
loco le digo y que responda anhelo.
¡Ay! Eres tú, adorada, ¿y callas tibia?
¿y a mi llanto tus lágrimas no corren?
¿Por qué insensible a mis cariños eres
y eres de nieve al fuego en que me abraso?
¿Por qué en los ojos la inquietud graciosa,
el vivaz sentimiento, la ternura,
el delicioso hechizo hallar no puedo
que en los tuyos de amores me embrïagan?
Háblame, idolatrada, o no me burles
cual si a abrir fueras cariñosa el labio;
o en su mirar donoso tus pupilas
se animen, o falaces no remeden
otras, do Amor su trono soberano
sentó y se gozan las sencillas Gracias.
No tu nevado torneado cuello
inmóvil yazca; vuélvase y recline
en mi seno amoroso esa cabeza
que enhiesto apoya, y góceme dichoso,
cual veces tantas, en su dulce peso.
Sienta tu pecho, a la ternura se abra,
ábrase al blando amor, y arda y palpite,
y en plácida efusión al pecho mío
haga correr el celestial encanto
de su angélica llama, de los puros
afectos más que humanos que en sí abriga;
o el lácteo pecho de mi bien no mienta,
do todo es suave amor, dulzura todo,
sencillez tierna y cariñosas ansias,
placer, transportos, éxtasis, delicias.
No la alba mano el abanico agite
en juego inútil; o mi dócil cuello
en torno ciña en lazo venturoso,
indisoluble lazo en que anudara
nuestras almas el cielo para siempre,
o cual un tiempo cariñosa oprima
mi palpitante corazón y sienta
el fuego asolador que le consume.
¡Ah, mano!, ¡hermosa mano! El pincel rudo
trasladar quiso en vano tus contornos,
tu gracia, tu candor... De mármol era,
si viéndola, el artista... No, profano:
mis labios sólo tributarla deben,
en su delirio idólatras, el culto
que le ha votado amor; tu nieve y rosa
la manchan, no la tocan. ¡Ay! ¡qué digo!
¿la menor de sus partes puede acaso
remedar el pincel? ¿débil el arte
no cede a empresa tanta y se confunde?
¿Esas cejas sin alma, es esa frente
la tuya, Clori mía?, ¿son tus labios
festivos, purpurantes, halagüeños,
estos labios helados? ¿las mejillas
son la leche y carmín en deliciosa
mezcla deshechos, como tú los llevas
en tus llenas mejillas sonrosadas?
¿Y tu seno y tu tez, y el suave agrado
de tu semblante, y la donosa gracia
de tus razones...? ¡Qué violenta hoguera
circula por mis venas...! ¡Qué suspiros
se exhalan sin sentirlo de mi pecho!
¡Cómo agitado el corazón palpita!
Con frenética sed me precipito
sobre tu imagen muda...; irresistible
la mágica virtud de tu presencia
me arrastra... Desfallecen mis rodillas...
cubren mil sombras mis llorosos ojos...
un ardor..., un ardor... Mi bien, mi gloria,
Clori, amor, vida, esposa, ¡oh si pudiese
llegar a ti la conmoción que siento
y este torrente de delicias puras
en que sin seso en mi ilusión me inundo!
¡Si a ti alcanzasen mis dolientes ansias,
mis sollozos, mis aves, los furores
de mi delirio infausto! ¡si escuchases
la inmensa copia de ternezas que hablo
a tu divina imagen...! Tus mejillas
y tu frente y tus ojos y tu boca,
y cuello y pecho, y toda tú abrasada
al fuego de mis ayes encendidos
y en mi llanto inundada te hallarías...
¿Por qué estos cultos a una imagen muda
se habrán de tributar? Ven, ven, amada,
a recibirlos; ven en los transportos
del más violento amor; no se profanen
en una helada inanimada sombra.
Ven luego, ven, y unámonos por siempre;
o a mí me deja en tus amantes brazos
fino volar, y colma mi ventura.
Una palabra, una palabra sola...
Dila, y feliz recibirás los cultos
que idólatra tributo a tu retrato.
Él, entre tanto sobre el pecho mío
será alivio a mis penas, compañero
de mi destierro, inapreciable joya
de tu firmeza, y suplirá ¡ay! En vano
de su divino original la ausencia.
801
Juan Meléndez Valdés
Soneto Al Sr D Gaspar De Jovellanos, Del Consejo De S M , Oidor En La Real Audiencia De Sevilla
Las blandas quejas de mi dulce lira,
mil lágrimas, suspiros y dolores
me agrada renovar, pues sus rigores
piadoso el cielo por mi bien retira.
El dichoso zagal que tierno admira
su linda zagaleja entre las flores
y de su llama goza y sus favores,
alegre cante lo que Amor le inspira.
Yo llore solo de mi Fili airada
el altivo desdén con triste canto,
que el eco lleve al mayoral Jovino,
alternando con cítara dorada,
ya en blando verso, o dolorido llanto,
las dulces ansias de un amor divino.
mil lágrimas, suspiros y dolores
me agrada renovar, pues sus rigores
piadoso el cielo por mi bien retira.
El dichoso zagal que tierno admira
su linda zagaleja entre las flores
y de su llama goza y sus favores,
alegre cante lo que Amor le inspira.
Yo llore solo de mi Fili airada
el altivo desdén con triste canto,
que el eco lleve al mayoral Jovino,
alternando con cítara dorada,
ya en blando verso, o dolorido llanto,
las dulces ansias de un amor divino.
487
Juan Meléndez Valdés
Letrilla El Lunarcito
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
¿De dónde, donosa,
el lindo lunar
que sobre tu seno
se vino a posar?
¿Cómo, di, la nieve
lleva mancha tal?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
¿Qué tienen las sombras
con la claridad,
ni un oscuro punto
con la alba canal
que un val de azucenas
hiende por mitad?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
Premiando sus hojas,
el ciego rapaz
por juego un granate
fue entre ellas a echar;
mirolo y riose,
y dijo vivaz:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
En él sus saetas
se puso a probar,
mas nunca lo hallara
su punta fatal.
Y diz que picado,
se le oyó gritar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Entonces su madre
la parda señal
por término puso
de gracia y beldad,
do clama el deseo
al verse estrellar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Estréllase, y mira,
y torna a mirar,
mientra el pensamiento
mil vueltas le da,
iluso, perdido,
ansiando encontrar,
la noche y el día
¿qué tienen de igual?
Cuando tú lo cubres
de un albo cendal,
por sus leves hilos
se pugna escapar.
¡Señuelo del gusto!
¡dulcísimo imán!
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
Turgente tu seno
se ve palpitar,
y a su blando impulso
él viene y él va;
diciéndome mudo
con cada compás:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Semeja una rosa
que en medio el cristal
de un limpio arroyuelo
meciéndose está,
clamando yo al verle
subir y bajar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
¡Mi bien!, si alcanzases
la llaga mortal
que tu lunarcito
me pudo causar,
no así preguntaras,
burlando mi mal:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
¿qué tienen de igual?
¿De dónde, donosa,
el lindo lunar
que sobre tu seno
se vino a posar?
¿Cómo, di, la nieve
lleva mancha tal?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
¿Qué tienen las sombras
con la claridad,
ni un oscuro punto
con la alba canal
que un val de azucenas
hiende por mitad?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
Premiando sus hojas,
el ciego rapaz
por juego un granate
fue entre ellas a echar;
mirolo y riose,
y dijo vivaz:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
En él sus saetas
se puso a probar,
mas nunca lo hallara
su punta fatal.
Y diz que picado,
se le oyó gritar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Entonces su madre
la parda señal
por término puso
de gracia y beldad,
do clama el deseo
al verse estrellar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Estréllase, y mira,
y torna a mirar,
mientra el pensamiento
mil vueltas le da,
iluso, perdido,
ansiando encontrar,
la noche y el día
¿qué tienen de igual?
Cuando tú lo cubres
de un albo cendal,
por sus leves hilos
se pugna escapar.
¡Señuelo del gusto!
¡dulcísimo imán!
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
Turgente tu seno
se ve palpitar,
y a su blando impulso
él viene y él va;
diciéndome mudo
con cada compás:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Semeja una rosa
que en medio el cristal
de un limpio arroyuelo
meciéndose está,
clamando yo al verle
subir y bajar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
¡Mi bien!, si alcanzases
la llaga mortal
que tu lunarcito
me pudo causar,
no así preguntaras,
burlando mi mal:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
790
Juan Meléndez Valdés
Letrilla La Flor Del Zurguén
Parad, airecillos,
y el ala encoged,
que en plácido sueño
reposa mi bien.
Parad y de rosas
tejedme un dosel,
do del sol se guarde
la flor del Zurguén.
Parad, airecillos,
parad, y veréis
a aquella que ciego
de amor os canté,
a aquella que aflige
mi pecho crüel,
la gloria del Tormes,
la flor del Zurguén.
Sus ojos luceros,
su boca un clavel,
rosa las mejillas;
y atónitos ved
do artero Amor sabe
mil armas prender,
si al viento las tiene
la flor del Zurguén.
Volad a los valles;
veloces traed
la esencia más pura
que sus flores den.
Veréis, cefirillos,
con cuánto placer
respira su aroma
la flor del Zurguén.
Soplad ese velo,
sopladlo, y veré
cuál late y se agita
su seno con él:
el seno turgente
do tanta esquivez
abriga en mi daño
la flor del Zurguén.
¡Ay cándido seno!
¡quién sola una vez
dolido te hallase
de su padecer!
Mas ¡oh! ¡cuán en vano
mi súplica es!,
que es cruda cual bella
la flor del Zurguén.
La ruego, y mis ansias
altiva no cree;
suspiro, y desdeña
mi voz atender.
Decidme, airecillos,
decidme: ¿qué haré,
para que me escuche
la flor del Zurguén.
Vosotros felices
con vuelo cortés
llegad, y besadle
por mí el albo pie.
Llegad, y al oído
decidle mi fe;
quizá os oiga afable
la flor del Zurguén.
Con blando susurro
llegad sin temer,
pues leda reposa,
su altivo desdén.
Llegad y piadosos,
de un triste os doled,
así os dé su seno
la flor del Zurguén.
y el ala encoged,
que en plácido sueño
reposa mi bien.
Parad y de rosas
tejedme un dosel,
do del sol se guarde
la flor del Zurguén.
Parad, airecillos,
parad, y veréis
a aquella que ciego
de amor os canté,
a aquella que aflige
mi pecho crüel,
la gloria del Tormes,
la flor del Zurguén.
Sus ojos luceros,
su boca un clavel,
rosa las mejillas;
y atónitos ved
do artero Amor sabe
mil armas prender,
si al viento las tiene
la flor del Zurguén.
Volad a los valles;
veloces traed
la esencia más pura
que sus flores den.
Veréis, cefirillos,
con cuánto placer
respira su aroma
la flor del Zurguén.
Soplad ese velo,
sopladlo, y veré
cuál late y se agita
su seno con él:
el seno turgente
do tanta esquivez
abriga en mi daño
la flor del Zurguén.
¡Ay cándido seno!
¡quién sola una vez
dolido te hallase
de su padecer!
Mas ¡oh! ¡cuán en vano
mi súplica es!,
que es cruda cual bella
la flor del Zurguén.
La ruego, y mis ansias
altiva no cree;
suspiro, y desdeña
mi voz atender.
Decidme, airecillos,
decidme: ¿qué haré,
para que me escuche
la flor del Zurguén.
Vosotros felices
con vuelo cortés
llegad, y besadle
por mí el albo pie.
Llegad, y al oído
decidle mi fe;
quizá os oiga afable
la flor del Zurguén.
Con blando susurro
llegad sin temer,
pues leda reposa,
su altivo desdén.
Llegad y piadosos,
de un triste os doled,
así os dé su seno
la flor del Zurguén.
950
José María Hinojosa
Cuando Nos Miramos
Mi cabeza inclinada sobre el aire
miraba su cabeza hecha amor por mis ojos
cuando de sus cabellos
saltaban las abejas para dejar su miel
en los labios resecos y sin esperanzas
en los labios hundidos bajo las palabras
llenas de amor y sangre.
Nuestras cabezas acaban por perderse
envueltas en las nubes
la mía inclinada sobre el aire
la suya hecha amor por mis ojos.
miraba su cabeza hecha amor por mis ojos
cuando de sus cabellos
saltaban las abejas para dejar su miel
en los labios resecos y sin esperanzas
en los labios hundidos bajo las palabras
llenas de amor y sangre.
Nuestras cabezas acaban por perderse
envueltas en las nubes
la mía inclinada sobre el aire
la suya hecha amor por mis ojos.
436
José María Hinojosa
Nuestro Amor En El Arco Iris
Nuestros cabellos flotan en la curva del aire
y en la curva del agua flota un barco pirata
que lleva en su cubierta entre cercos de brea
tus miradas de ámbar y el ámbar de tus manos.
Nuestros cabellos flotan en aire enrojecido
mientras su cuerpo pende hecha color su carne
de los siete colores tendidos en un arco
sobre el cielo de hule herido por sus ojos.
¿Por qué siempre rehúyes el encerrar tu carne
en mi carne cuajada de flores y de heridas
abiertas con puñales en madrugadas blancas
llegadas del desierto entre nubes de polvo?
Nuestros cabellos flotan en la curva del aire
envueltos entre ráfagas de crímenes violentos
y manos inocentes quieren lavar la sangre
derramada en la tierra por el primer amor.
y en la curva del agua flota un barco pirata
que lleva en su cubierta entre cercos de brea
tus miradas de ámbar y el ámbar de tus manos.
Nuestros cabellos flotan en aire enrojecido
mientras su cuerpo pende hecha color su carne
de los siete colores tendidos en un arco
sobre el cielo de hule herido por sus ojos.
¿Por qué siempre rehúyes el encerrar tu carne
en mi carne cuajada de flores y de heridas
abiertas con puñales en madrugadas blancas
llegadas del desierto entre nubes de polvo?
Nuestros cabellos flotan en la curva del aire
envueltos entre ráfagas de crímenes violentos
y manos inocentes quieren lavar la sangre
derramada en la tierra por el primer amor.
426
José María Hinojosa
Mi Corazón Perdido
En su cuerpo de espuma nacían las espigas
que en ráfagas de viento llenan con sus rumores
mi corazón perdido en el mar de su lengua
mi corazón hallado en medio del desierto
por cadenas de voces en oasis de sangre.
Mi corazón perdido busca entre sus encajes
la llama que devore las ansias de su sombra
y las nieves que bajen de las altas montañas.
que en ráfagas de viento llenan con sus rumores
mi corazón perdido en el mar de su lengua
mi corazón hallado en medio del desierto
por cadenas de voces en oasis de sangre.
Mi corazón perdido busca entre sus encajes
la llama que devore las ansias de su sombra
y las nieves que bajen de las altas montañas.
415
José María Hinojosa
El Fuego Calcina Nuestras Carnes
Este brazo de fuego
quemaba mi costado
recubierto de brotes
plenos de savia verde
cuando tu cabellera
fue de piedra en el viento
y mis sueños se abrían
en pétalos de carne.
Estos aires de fuego
derretirán la nieve
lejana de los polos
al cuajar en el árbol
nuestros dos corazones.
quemaba mi costado
recubierto de brotes
plenos de savia verde
cuando tu cabellera
fue de piedra en el viento
y mis sueños se abrían
en pétalos de carne.
Estos aires de fuego
derretirán la nieve
lejana de los polos
al cuajar en el árbol
nuestros dos corazones.
405
José María Hinojosa
Erótica Imprevista
Hundido entre juncales,
eludí la pasión
de la mujer sin carne.
Eludí la pasión,
dentro de mi ramaje
y sin quererlo yo.
Perdida entre arenales
la mujer, ya voló
mi carne con su carne.
eludí la pasión
de la mujer sin carne.
Eludí la pasión,
dentro de mi ramaje
y sin quererlo yo.
Perdida entre arenales
la mujer, ya voló
mi carne con su carne.
407
Juan de Mena
Comparación
»E bien como quando algund malfechor,
al tempo que fazen de otro justicia,
temor de la pena le pone cobdicia
de allí adelante bivir ya mejor,
mas desque passado por él el temor,
vuelve a sus vicios como de primero,
así me bolvieron a do desespero
desseos que quieren que muera amador.»
al tempo que fazen de otro justicia,
temor de la pena le pone cobdicia
de allí adelante bivir ya mejor,
mas desque passado por él el temor,
vuelve a sus vicios como de primero,
así me bolvieron a do desespero
desseos que quieren que muera amador.»
355
José Martí
Yo Ni De Dioses
Yo ni de dioses ni de filtro tengo
Fuerzas maravillosas: he vivido,
¡Y la divinidad está en la vida! :
¡Mira si no la frente de los viejos!
Estréchame la mano: no, no esperes
A que yo te la tienda: ¡yo sabía
Antes tenderla, de mi hermoso modo
Que envolvía en sombra de amor el Universo!
Hoy, ya no puedo alzarla de la piedra,
Donde me siento: aunque el corazón en
Plumas nuevas se viste y tiende el ala.
¡No acaba el alma humana en este mundo!
Ya cual bucles de piedra, en mi mondado
Cráneo cuelgan mis últimos cabellos;
¡Pero debajo no! ¡debajo vibra
Todo el fuego magnifico y sonoro
Que mantiene la tierra!
¡Ven y toma
Esta mano que ha visto mucha pena!
Dicen que así verás lo que yo he visto.
¡Aprieta bien, aprieta bien mi mano!
¡Es bueno ir de la mano de los jóvenes!
¡Ahí, de sombra a luz, crece la vida!
¡Déjame divagar: la mente vaga
Como las nubes, madres de la tierra!
Mozo, ven, pues: ase mi mano y mira:
Aquí están, a tus ojos, en hilera,
Frías y dormidas como estatuas, todas
Las que de amor el pecho te han movido:
¡Las llaves falsas, Jóveno, del cielo!
Una no más sencillamente lo abre
Como nuestro dominio: pero nota
Como estas barbas a la tierra llegan
Blancas y ensangrentadas, y aún no topo
Con la que me pudiera abrir el cielo.
En cambio, mira a mi redor: la tierra
Está amasada con las llaves rotas
Con que he probado a abrirlo: ¡y que éste es todo
El mundo dicen los bellacos luego!
¡Viene después un cierto olor de rosa,
Un trono en una nube, un vuelo vago,
Y un aire y una sangre hecha a besos!
¡Pompa de claridad la muerte miro!
¡Palpa cual, de pensarla, están calientes,
Finos, como si fuesen a una boda,
Ágiles como alas, y sedosos
Como la mocedad después del baño,
Estos bucles de piedra! Gruñes, gruñes
De estas cosas de viejo...
Ahí están todas
Las mujeres que amaste; llaves falsas
Con que en vano echa el hombre a abrir el cielo.
Por la magia sutil de mi experiencia
Las miro como son: cáscaras todas.
Esta de nácar, cual la Aurora brinda,
Humo como la Aurora: ésta de bronce:
Marfil ésta; ésa ébano; y aquélla,
¡De esos diestros barrillos italianos
De diversos colores...! ¡cuenta! Es fijo...
¿Cuántos años cumpliste? ¿Treinta? Es fijo
Que has amado, y es poco, a más de ciento:
¡Se hacen muy fácilmente y duran poco,
Las estatuas de cieno! Gruñes, gruñes
De estas cosas de viejo...
...¡A ver qué tienen
Las cáscaras por dentro! ¡Abajo, abajo
Esa hermosa de nácar! ¡qué riqueza
Viene al suelo de espalda y hombros finos!
¡Parece una onda de ópalo cuajada!
¡Sube un aroma que perfuma el viento,
Que me enciende la carne, que me anubla
El juicio, a tanta costa trabajado!
Pero vuélvela a diestra y siniestra,
A la luna y el sol: ¡no hay nada adentro!
¿Y en la de bronce? ¿qué hallas? ¡con
qué modo
Loco y ardiente buscas! aún humea
Esa de bronce en restos: ¿qué has hallado
Que con espanto tal la echas en tierra?
¡Ah, lo que corre el duende negro: un cerdo!
Y ¿esa? ¡una uña! Y ¿ésa? ¡ay!
una piedra
Mas dura que mis bucles: ¡la más terrible
Es esa de la piedra! Y ¿esta moza
Toda de colorines? ¡saca! ¡saca!
¡Esta por corazón tiene un vasillo
Hueco, forrado en láminas de modas!
¿Esa? ¡nada! ¿Esa? ¡nada! ¿Esa? Una
doble
Dentadura, y manchado cada diente
De una sangre distinta: ¡mata, mata!
¡Mata con el talón a esa culebra!
Y ¿ésa? ¡Una hamaca! Y ¿ésa, pues, la
última,
La postrer de las cien, qué le has hallado
Que le besas los pies, que la rehaces
De prisa con tus manos, que la cubres
Con sus mismos cabellos, que la amparas
Con tu cuerpo, que te echas de rodillas?
¿,Qué tienes? ¿,qué levantas en las manos
Lentamente como una ofrenda al cielo?
¿,Entrañas de mujer? No en vano el cielo
Con una luz tan suave se ilumina.
¡Eso es arpa: eso es sol...!
¿De cien mujeres, una con entrañas?
¡Abrázala! ¡arrebátala! con ella
Vive, que serás rey, doquier que vivas:
Cruza los bosques, que los lobos mismos
Su presa te darán, y acatamiento:
Cruza los mares, y las olas lomo
Blando te prestarán; los hombres cruza
Que no te morderán, aunque te juro
Que lo que ven lo muerden, y si es bello
Lo muerden más; y dondequier que muerden
Lo despedazan todo y envenenan.
¡ Ya no eres hombre, Jóveno, si hallaste
Una mujer amante! : o no ¡ya lo eres!
Fuerzas maravillosas: he vivido,
¡Y la divinidad está en la vida! :
¡Mira si no la frente de los viejos!
Estréchame la mano: no, no esperes
A que yo te la tienda: ¡yo sabía
Antes tenderla, de mi hermoso modo
Que envolvía en sombra de amor el Universo!
Hoy, ya no puedo alzarla de la piedra,
Donde me siento: aunque el corazón en
Plumas nuevas se viste y tiende el ala.
¡No acaba el alma humana en este mundo!
Ya cual bucles de piedra, en mi mondado
Cráneo cuelgan mis últimos cabellos;
¡Pero debajo no! ¡debajo vibra
Todo el fuego magnifico y sonoro
Que mantiene la tierra!
¡Ven y toma
Esta mano que ha visto mucha pena!
Dicen que así verás lo que yo he visto.
¡Aprieta bien, aprieta bien mi mano!
¡Es bueno ir de la mano de los jóvenes!
¡Ahí, de sombra a luz, crece la vida!
¡Déjame divagar: la mente vaga
Como las nubes, madres de la tierra!
Mozo, ven, pues: ase mi mano y mira:
Aquí están, a tus ojos, en hilera,
Frías y dormidas como estatuas, todas
Las que de amor el pecho te han movido:
¡Las llaves falsas, Jóveno, del cielo!
Una no más sencillamente lo abre
Como nuestro dominio: pero nota
Como estas barbas a la tierra llegan
Blancas y ensangrentadas, y aún no topo
Con la que me pudiera abrir el cielo.
En cambio, mira a mi redor: la tierra
Está amasada con las llaves rotas
Con que he probado a abrirlo: ¡y que éste es todo
El mundo dicen los bellacos luego!
¡Viene después un cierto olor de rosa,
Un trono en una nube, un vuelo vago,
Y un aire y una sangre hecha a besos!
¡Pompa de claridad la muerte miro!
¡Palpa cual, de pensarla, están calientes,
Finos, como si fuesen a una boda,
Ágiles como alas, y sedosos
Como la mocedad después del baño,
Estos bucles de piedra! Gruñes, gruñes
De estas cosas de viejo...
Ahí están todas
Las mujeres que amaste; llaves falsas
Con que en vano echa el hombre a abrir el cielo.
Por la magia sutil de mi experiencia
Las miro como son: cáscaras todas.
Esta de nácar, cual la Aurora brinda,
Humo como la Aurora: ésta de bronce:
Marfil ésta; ésa ébano; y aquélla,
¡De esos diestros barrillos italianos
De diversos colores...! ¡cuenta! Es fijo...
¿Cuántos años cumpliste? ¿Treinta? Es fijo
Que has amado, y es poco, a más de ciento:
¡Se hacen muy fácilmente y duran poco,
Las estatuas de cieno! Gruñes, gruñes
De estas cosas de viejo...
...¡A ver qué tienen
Las cáscaras por dentro! ¡Abajo, abajo
Esa hermosa de nácar! ¡qué riqueza
Viene al suelo de espalda y hombros finos!
¡Parece una onda de ópalo cuajada!
¡Sube un aroma que perfuma el viento,
Que me enciende la carne, que me anubla
El juicio, a tanta costa trabajado!
Pero vuélvela a diestra y siniestra,
A la luna y el sol: ¡no hay nada adentro!
¿Y en la de bronce? ¿qué hallas? ¡con
qué modo
Loco y ardiente buscas! aún humea
Esa de bronce en restos: ¿qué has hallado
Que con espanto tal la echas en tierra?
¡Ah, lo que corre el duende negro: un cerdo!
Y ¿esa? ¡una uña! Y ¿ésa? ¡ay!
una piedra
Mas dura que mis bucles: ¡la más terrible
Es esa de la piedra! Y ¿esta moza
Toda de colorines? ¡saca! ¡saca!
¡Esta por corazón tiene un vasillo
Hueco, forrado en láminas de modas!
¿Esa? ¡nada! ¿Esa? ¡nada! ¿Esa? Una
doble
Dentadura, y manchado cada diente
De una sangre distinta: ¡mata, mata!
¡Mata con el talón a esa culebra!
Y ¿ésa? ¡Una hamaca! Y ¿ésa, pues, la
última,
La postrer de las cien, qué le has hallado
Que le besas los pies, que la rehaces
De prisa con tus manos, que la cubres
Con sus mismos cabellos, que la amparas
Con tu cuerpo, que te echas de rodillas?
¿,Qué tienes? ¿,qué levantas en las manos
Lentamente como una ofrenda al cielo?
¿,Entrañas de mujer? No en vano el cielo
Con una luz tan suave se ilumina.
¡Eso es arpa: eso es sol...!
¿De cien mujeres, una con entrañas?
¡Abrázala! ¡arrebátala! con ella
Vive, que serás rey, doquier que vivas:
Cruza los bosques, que los lobos mismos
Su presa te darán, y acatamiento:
Cruza los mares, y las olas lomo
Blando te prestarán; los hombres cruza
Que no te morderán, aunque te juro
Que lo que ven lo muerden, y si es bello
Lo muerden más; y dondequier que muerden
Lo despedazan todo y envenenan.
¡ Ya no eres hombre, Jóveno, si hallaste
Una mujer amante! : o no ¡ya lo eres!
1.047
José Martí
Todo Soy Canas Ya
Todo soy canas ya, y aún no he sabido
Colmar mi corazón: como una copa
Sin vino, o cráneo [ ..........Verso inacabado.............. ] rechazo
La beldad insensata: y el sentido
¡Ay! ¡no lo es sin la beldad! EI sumo
Sentido es la beldad: ¿en qué soñadas
Cárceles, nubes, rosas, joyas vive
La que me rinda el corazón y dome
Con doble encanto mi ansia de hermosura?
Con su bondad me obliga la que en vano
Quiere mi mente acompañar: la astuta
Que con ágil belleza y luces de oro
Llega volando, y en mis labios secos
Bebe la última miel, y en mis entrañas
Con el ala triunfante se abre un nido,
Antes que el sol que me la trajo abroche
Su cinto rojo al mundo, antes que muera
El insecto que vive sólo un día,
Ya me enseñó la máscara, y la horrenda
Desnudez y flacura de los huesos.
Como vapor, como visión, como humo,
Ya la beldad de las mujeres miro.
Velos de carne que el tablado esconden
Donde siega cabezas el verdugo
O al más alto postor, cual bestia en cueros,
Vende el rematador la mercancía.
Feria es el mundo: aquélla en blando encaje
Como un cesto de perlas recogida;
Aquélla en sus cojines reclinada
Como un zafiro entre ópalos; aquélla
Donde el genio sublime resplandece
En el alma inmortal, cual vaga el fuego
Fatuo entre las hediondas sepulturas,
Ni fuego son, ni encaje, ni zafiro
Sino piara de cerdos.
¡Flor oscura,
A ti, para morir, el alma ansiosa
Tras sus jornadas negras se encamina!
Tú no te pintas, flor del campo, el rostro
Ni el corazón: no sepas, ay, no sepas
Que no aplacas mi sed, pero tu seno
Honrado es sólo de ampararme digno.
Mancha el vicio al poeta, o la locura
De amar lo vil: con la coraza entera
Ha de morir el hombre: ¡me lastima
Ya la coraza!: endulza, novia, endulza
El dolor de dejarte: luego, luego
Será el festín: ¿no ves que donde muere
El hueso nace el ala?: ¡tú de estrellas
Sabes y de la muerte: tú en las ruinas
Reinas, flor de bondad, dulce señora
Del páramo candente, o el fragoso
Campo de lava en que el jardín expira!
En las luchas de amor las palmas rindo
A la virtud constante y silenciosa.
Colmar mi corazón: como una copa
Sin vino, o cráneo [ ..........Verso inacabado.............. ] rechazo
La beldad insensata: y el sentido
¡Ay! ¡no lo es sin la beldad! EI sumo
Sentido es la beldad: ¿en qué soñadas
Cárceles, nubes, rosas, joyas vive
La que me rinda el corazón y dome
Con doble encanto mi ansia de hermosura?
Con su bondad me obliga la que en vano
Quiere mi mente acompañar: la astuta
Que con ágil belleza y luces de oro
Llega volando, y en mis labios secos
Bebe la última miel, y en mis entrañas
Con el ala triunfante se abre un nido,
Antes que el sol que me la trajo abroche
Su cinto rojo al mundo, antes que muera
El insecto que vive sólo un día,
Ya me enseñó la máscara, y la horrenda
Desnudez y flacura de los huesos.
Como vapor, como visión, como humo,
Ya la beldad de las mujeres miro.
Velos de carne que el tablado esconden
Donde siega cabezas el verdugo
O al más alto postor, cual bestia en cueros,
Vende el rematador la mercancía.
Feria es el mundo: aquélla en blando encaje
Como un cesto de perlas recogida;
Aquélla en sus cojines reclinada
Como un zafiro entre ópalos; aquélla
Donde el genio sublime resplandece
En el alma inmortal, cual vaga el fuego
Fatuo entre las hediondas sepulturas,
Ni fuego son, ni encaje, ni zafiro
Sino piara de cerdos.
¡Flor oscura,
A ti, para morir, el alma ansiosa
Tras sus jornadas negras se encamina!
Tú no te pintas, flor del campo, el rostro
Ni el corazón: no sepas, ay, no sepas
Que no aplacas mi sed, pero tu seno
Honrado es sólo de ampararme digno.
Mancha el vicio al poeta, o la locura
De amar lo vil: con la coraza entera
Ha de morir el hombre: ¡me lastima
Ya la coraza!: endulza, novia, endulza
El dolor de dejarte: luego, luego
Será el festín: ¿no ves que donde muere
El hueso nace el ala?: ¡tú de estrellas
Sabes y de la muerte: tú en las ruinas
Reinas, flor de bondad, dulce señora
Del páramo candente, o el fragoso
Campo de lava en que el jardín expira!
En las luchas de amor las palmas rindo
A la virtud constante y silenciosa.
850
José Martí
Dormida
Más que en los libros amargos
El estudio de la vida,
Pláceme, en dulces letargos,
Verla dormida:
De sus pestañas al peso
El ancho párpado entorna,
Lirio que, al sol que se torna,
Se cierra pidiendo un beso.
Y luego como fragante
Magnolia que desenvuelve
Sus blancas hojas, revuelve
El tenue encaje flotante:
De mi capricho al vagar
Imagínala mi Amor,
¡Una Venus del pudor
Surgiendo de un nuevo mar!
Cuando la lámpara vaga
En este templo de amores,
Con sus blandos resplandores
Más que la alumbra, la halaga;
Cuando la ropa ligera
Sobre su cutis rosado,
Ondula como el alado
Pabellón de Primavera;
Cuando su seno desnudo,
Indefenso, a mi respeto
Pone más valla que el peto
De bravo guerrero rudo;
Siento que puede el amor,
Dormida y desnuda al verla,
Dejar perla a la que es perla,
Dejar flor a la que es flor;
Sobre sus labios podría
Los labios míos posar,
Y en su seno reclinar
La pobre cabeza mía,
Y con mi aliento volver
Mariposa a la crisálida;
Y a la clara rosa pálida
Animar y enrojecer,
Pero aquí, desde la sombra
Donde amante la contemplo,
Manchar no quiero del templo
Con paso impuro la alfombra.
Al acercarme, en ligera
Procesión avergonzado,
¿No volaría el alado
Pabellón de primavera?
¡Al reflejarme, el espejo,
Que la copia entre albas hojas,
Negras las tornara y rojas
De la lámpara al reflejo!
Dicen que suele volar
Por los espacios perdida
El alma, y en otra vida
Sus alas puras bañar;
Dicen que vuelve a venir
A su cuerpo con la Aurora,
Para volver ¡la traidora!
Con cada noche a partir,
Y si su espíritu en leda
Beatitud los cielos hiende,
De esa mujer que se extiende
Bella ante mí ¿qué me queda?
Blanco cuerpo, línea fría.
Molde hueco, vaso roto,
¡Y viajera por lo ignoto
La luz que los encendía!
Y ¿a mí que tanto te quiero,
Delicada peregrina,
Turbar la marcha divina
De tu espíritu viajero?
¡Duerme entre tus blancas galas!
¡Duerme, mariposa mía!
Vuela bien:¡mi mano impía
No irá a cortarte las alas!
El estudio de la vida,
Pláceme, en dulces letargos,
Verla dormida:
De sus pestañas al peso
El ancho párpado entorna,
Lirio que, al sol que se torna,
Se cierra pidiendo un beso.
Y luego como fragante
Magnolia que desenvuelve
Sus blancas hojas, revuelve
El tenue encaje flotante:
De mi capricho al vagar
Imagínala mi Amor,
¡Una Venus del pudor
Surgiendo de un nuevo mar!
Cuando la lámpara vaga
En este templo de amores,
Con sus blandos resplandores
Más que la alumbra, la halaga;
Cuando la ropa ligera
Sobre su cutis rosado,
Ondula como el alado
Pabellón de Primavera;
Cuando su seno desnudo,
Indefenso, a mi respeto
Pone más valla que el peto
De bravo guerrero rudo;
Siento que puede el amor,
Dormida y desnuda al verla,
Dejar perla a la que es perla,
Dejar flor a la que es flor;
Sobre sus labios podría
Los labios míos posar,
Y en su seno reclinar
La pobre cabeza mía,
Y con mi aliento volver
Mariposa a la crisálida;
Y a la clara rosa pálida
Animar y enrojecer,
Pero aquí, desde la sombra
Donde amante la contemplo,
Manchar no quiero del templo
Con paso impuro la alfombra.
Al acercarme, en ligera
Procesión avergonzado,
¿No volaría el alado
Pabellón de primavera?
¡Al reflejarme, el espejo,
Que la copia entre albas hojas,
Negras las tornara y rojas
De la lámpara al reflejo!
Dicen que suele volar
Por los espacios perdida
El alma, y en otra vida
Sus alas puras bañar;
Dicen que vuelve a venir
A su cuerpo con la Aurora,
Para volver ¡la traidora!
Con cada noche a partir,
Y si su espíritu en leda
Beatitud los cielos hiende,
De esa mujer que se extiende
Bella ante mí ¿qué me queda?
Blanco cuerpo, línea fría.
Molde hueco, vaso roto,
¡Y viajera por lo ignoto
La luz que los encendía!
Y ¿a mí que tanto te quiero,
Delicada peregrina,
Turbar la marcha divina
De tu espíritu viajero?
¡Duerme entre tus blancas galas!
¡Duerme, mariposa mía!
Vuela bien:¡mi mano impía
No irá a cortarte las alas!
980
José Martí
En Un Dulce Estupor
En un dulce estupor soñando estaba
Con las bellezas de la tierra mía:
Fuera, el invierno lívido gemía,
Y en mi cuarto sin luz el sol brillaba.
La sombra sobre mí centelleaba
Como un diamante negro, y yo sentía
Que la frente soberbia me crecía,
Y que un águila al cielo me encumbraba.
Iba hinchando este gozo el alma oscura,
Cuando me vi de súbito estrechado
Contra el seno fatal de una hermosura:
Y al sentirme en sus brazos apretado,
Me pareció rodar desde una altura
Y rodar por la tierra despeñado.
Con las bellezas de la tierra mía:
Fuera, el invierno lívido gemía,
Y en mi cuarto sin luz el sol brillaba.
La sombra sobre mí centelleaba
Como un diamante negro, y yo sentía
Que la frente soberbia me crecía,
Y que un águila al cielo me encumbraba.
Iba hinchando este gozo el alma oscura,
Cuando me vi de súbito estrechado
Contra el seno fatal de una hermosura:
Y al sentirme en sus brazos apretado,
Me pareció rodar desde una altura
Y rodar por la tierra despeñado.
723
José Martí
Noche De Baile
¡Magníficos espejos
Que vieron mozos los que copian viejos!
¡Espléndidos tapices
Hechos de antaño a proteger deslices!
¡Doradas cornucopias
Del salón secular al tapar propias!
¡Severos sitiales
Sustento y marco ayer de épocas reales!
Solos los dos:
Él viene
Escucha
¡Luego!
¡Quema tu beso!
¡Vuélveme mi fuego!
¡Y se lo vuelve! Y el espejo sabio
No del marido reflejó el agravio
Que de otra dama aspira ser cortejo
En cercano salón: ¡ley del espejo!
* * *
En tanto, cual de espumas
Hijo de Venus, el Amor alado
Surgiera en concha de azuladas brumas
Por invisible geniecillo alzado,
Y moviendo los pálidos corales
Clamara por los senos maternales,
Un niño se despierta
En la alcoba magnífica desierta.
¡Niño que sufre, me parece mío!
¡Labio sin leche, rosa sin rocío!
Como espuma agitada
Revuelve el lecho aquella rosa alada;
En la cortina azul, en urna añeja
Su última luz la lámpara refleja:
Allí vieron los ojos
Lúgubres sombras entre tonos rojos,
Y el niño, al fin, desesperado
llora,
Y allá, junto al espejo, se oye: «¡Ahora!»
Que vieron mozos los que copian viejos!
¡Espléndidos tapices
Hechos de antaño a proteger deslices!
¡Doradas cornucopias
Del salón secular al tapar propias!
¡Severos sitiales
Sustento y marco ayer de épocas reales!
Solos los dos:
Él viene
Escucha
¡Luego!
¡Quema tu beso!
¡Vuélveme mi fuego!
¡Y se lo vuelve! Y el espejo sabio
No del marido reflejó el agravio
Que de otra dama aspira ser cortejo
En cercano salón: ¡ley del espejo!
* * *
En tanto, cual de espumas
Hijo de Venus, el Amor alado
Surgiera en concha de azuladas brumas
Por invisible geniecillo alzado,
Y moviendo los pálidos corales
Clamara por los senos maternales,
Un niño se despierta
En la alcoba magnífica desierta.
¡Niño que sufre, me parece mío!
¡Labio sin leche, rosa sin rocío!
Como espuma agitada
Revuelve el lecho aquella rosa alada;
En la cortina azul, en urna añeja
Su última luz la lámpara refleja:
Allí vieron los ojos
Lúgubres sombras entre tonos rojos,
Y el niño, al fin, desesperado
llora,
Y allá, junto al espejo, se oye: «¡Ahora!»
706
José Martí
Baile
Yo miro con un triste
Placer, como en la fiesta
Del noble Jerez pálido
La copa llena guían
Las blancas manos trémulas
Al seco labio rojo:
Y yo muevo mi mano tristemente
Al corazón vacío, y a la frente.
Yo veo como un sueño
De gasa blanca y oro,
En que la llama se abre
Camino en tanto alado
Traje que ha de ser luego
Ceniza, húmeda en lágrimas,
Cruzar la alegre corte de oro y gasa,
Y en llanto amargo el rostro se me abrasa.
¡Alma! cuando de vuelta
Dentro del cuerpo laxo,
Del frac innoble libres
O la prisión dichosa
De níveo tul,- la férvida
Fiesta recuerdes,- ¡mira
Que debes embridar el cuerpo loco,
O que te absorbe con su sed a poco!
705
José Martí
Una Virgen Espléndida
Una virgen espléndida morada
De un sol de amor que por sus negros ojos
Brota, pregunta, abraza y acaricia
Versos me pide, versos de mujeres.
¡Arrullos de paloma,
Murmullos de sunsunes,1
Suspiros de tojosas!
Yo podré, en noche ardiente,
Trovando amor al pie de su ventana,
En tal aura envolverla,
Con tal fuego besarla,
Que al nuevo amanecer, nadie vería
En su cutis la flor que lo teñía.
¡Calla, mi amigo amor! que nadie sepa
Que yo llevo en los labios la flor roja
Que su mejilla cándida lucía,
Y el candor, y la flor, y el frágil vaso,
Mío es todo, puesto que ella es mía.
Y la madre amorosa,
De sagrado temor y amor movida,
Dijérale a la pálida ¿y la rosa
De tu mejilla fresca dónde es ida?
De un sol de amor que por sus negros ojos
Brota, pregunta, abraza y acaricia
Versos me pide, versos de mujeres.
¡Arrullos de paloma,
Murmullos de sunsunes,1
Suspiros de tojosas!
Yo podré, en noche ardiente,
Trovando amor al pie de su ventana,
En tal aura envolverla,
Con tal fuego besarla,
Que al nuevo amanecer, nadie vería
En su cutis la flor que lo teñía.
¡Calla, mi amigo amor! que nadie sepa
Que yo llevo en los labios la flor roja
Que su mejilla cándida lucía,
Y el candor, y la flor, y el frágil vaso,
Mío es todo, puesto que ella es mía.
Y la madre amorosa,
De sagrado temor y amor movida,
Dijérale a la pálida ¿y la rosa
De tu mejilla fresca dónde es ida?
689
José Martí
Rosario
Rosario,
En ti pensaba, en tus cabellos
Que el mundo de la sombra envidiaría,
Y puse un punto de mi vida en ellos
Y quise yo soñar que tú eras mía.
Ando yo por la tierra con los ojos,
Alzados ¡oh mi afán! a tanta altura
Que en ira altiva o míseros sonrojos
Encendiólos la humana criatura.
Vivir: Saber morir; así me aqueja
Este infausto buscar, este bien fiero,
Y todo el Ser en mi alma se refleja,
¡Y buscando sin fe, de fe me muero!
En ti pensaba, en tus cabellos
Que el mundo de la sombra envidiaría,
Y puse un punto de mi vida en ellos
Y quise yo soñar que tú eras mía.
Ando yo por la tierra con los ojos,
Alzados ¡oh mi afán! a tanta altura
Que en ira altiva o míseros sonrojos
Encendiólos la humana criatura.
Vivir: Saber morir; así me aqueja
Este infausto buscar, este bien fiero,
Y todo el Ser en mi alma se refleja,
¡Y buscando sin fe, de fe me muero!
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