Poemas en este tema

Celos e Envidia

César Vallejo

César Vallejo

¡de Puro Calor Tengo Frío

¡De puro calor tengo frío,
hermana Envidia!
Lamen mi sombra leones
y el ratón me muerde el nombre,
¡madre alma mía!

¡Al borde del fondo voy,
cuñado Vicio!
La oruga tañe su voz,
y la voz tañe su oruga,
¡padre cuerpo mío!

¡Está de frente mi amor,
nieta Paloma!
De rodillas, mi terror
y de cabeza, mi angustia,
¡madre alma mía!

Hasta que un día sin dos,
esposa Tumba,
mi último hierro dé el son
de una víbora que duerme,
¡padre cuerpo mío!
651
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Canción

Mis ojos, Laura, vertieron
mil veces lloro a raudales,
mas nunca lágrimas fueron
a estas lágrimas iguales.

El tierno y bello cantor
que en dulcísima querella
trova las penas de amor...,
—¿Canta por ti o por Estrella?

—¡Por ella sólo, por ella!

Nunca tan grande aflicción,
tan grande pena he sentido,
¡tengo, Laura, el corazón
mitad por mitad partido!

Aquella luz penetrante
que de sus ojos destella
y aquel hablar palpitante...
—¿Eran tal vez por Estrella?

—¡Por ella sólo, por ella!

Negras sombras, Laura mía,
siempre adonde miro veo,
y como estoy en el día
y ciega o loca me creo:

Aquel ramillete hermoso
con la rica cinta aquella
que a entrambos dio cariñoso...
—¿Era no más para Estrella?

—¡Para ella sólo, para ella!

Ay, Laura, que si mis ojos
el sueño logra cerrar
se acrecientan mis enojos
con lo que acierto a soñar;

Aquella música bella
que a nuestras rejas sonaba
¿No sabes por quién la daba?
—¿Era también por Estrella?

—¡Por ella sólo, por ella!
633
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En El Álbum De La Señorita Armiño

Existe entre ti y mi alma
una dulce inteligencia,
mitad cariño en su esencia
y celos la otra mitad,
Yo no sé, niña graciosa,
cuál de entrambas es más fuerte:
sé que las dos de igual suerte
dominan mi voluntad.

Bástame para quererte
que en una planta nacida
estés por el tallo unida
a una flor que adoro yo;
Mas te envidio, niña bella,
que el Señor, desde la cuna,
te diera la gran fortuna
que a mi existencia negó,

Porque tú ves la sonrisa
de mi adorada cantora,
sus lágrimas cuando llora,
su imagen, todo lo ves,
pero yo nunca la veo
sino allá como entre nubes
soñamos ver los querubes
de los cielos al través.

Y por eso hay entre ambas
una dulce inteligencia,
mitad cariño en su esencia
y celos la otra mitad;
Yo no sé, niña graciosa,
cuál de entrambas es más fuerte,
¡sé que las dos de igual suerte
dominan mi voluntad!
522
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Fantasías La Encina De Bótoa

En la raya que divide
el Portugal de la España,
al lado de un regatillo
a unas encinas pegada,
como a un cardo un caracol
tiene D. Diego una casa
a donde a veces le lleva
más que su amor a la caza
el deseo de tener
a su mujer más aislada.
Porque en el pueblo no vive,
ronda, mira, cela, indaga
y le enojan y le inquietan
hasta las sombras que pasan
al través de las espesas
celosías de sus ventanas.
En el campo más tranquilo,
respira, duerme, descansa,
mas, no con tal abandono
y tan ciega confianza
que deje de examinar
si algún caminante pasa,
si para algún cazador
bajo la encina cercana,
si viene alguno a pescar
a la ribera inmediata.
Y hace días que redobla
D. Diego su vigilancia,
pues anda la portuguesa
intranquila y abismada
en ocultos pensamientos
que sus cuidados alarman.
Ya la ha hallado por dos veces,
al tornarse de la caza,
discurriendo entre las sombras
de unas encinas lejanas
que van formando una gruta
con sus copas enlazadas,
y ha observado por dos veces
que al acercarse a llamarla
temerosa entre los árboles
el cuerpo le recataba,
por lo cual ha decidido,
lleno de celosa rabia,
oculto hacia aquellos sitios,
aquella tarde, acecharla.
Es D. Diego Mercader
un hidalgo catalán,
que si no lo testarudo
y celoso por demás,
de los esposos, hoy día,
fuera modelo cabal.
Otro defecto le añaden
los que no le quieren mal,
el de ser irreligioso
pues afirman, además,
que a su consorte reprende
por su continuo rezar;
a tal extremo llevando
su impía temeridad
que derriba las imágenes
que en un figurado altar
la devota portuguesa
tiene con grande piedad...
mas éstos son tan ligeros
lunares que por hablar
la gente los escudriña
entremetida y mordaz.
Es lo cierto que a su esposa
Doña María de Albar
ama, considera y mima:
aunque también es verdad
que debe a Doña María
fortuna y felicidad.
Porque perdió Mercader
su riqueza en el azar
del juego, y recordando
que tenía en Portugal
cercanos parientes ricos
y una primita además
de famosísimo dote
y acreditada beldad.
Marchóse al pueblo extranjero,
vio a la prima, se hizo amar,
casóse, murió su tío
con que le vino a heredar.
Ya la noche por Oriente
va llegando acelerada,
cruza el monte diligente
algún pastor impaciente
tras la res descaminada.
No hay en los aires un ave
de las que alegran el día
con su tierna melodía;
los bueyes el paso grave
mueven en pos de su guía;
Cuando al valle se encamina
de sable armado D. Diego
y el valle todo examina
y toma, de celos ciego,
por su esposa a cada encina.
Párase de trecho en trecho
tras cada bulto perdido
y al ver su engaño deshecho
el corazón en el pecho
se le salta enfurecido.
Detiénese fatigado
y recogiendo el aliento,
otra vez escucha atento
porque sin duda a su lado
ha resonado un acento
«¡Señora —la voz decía,
entre ronca y temblorosa—
señora, señora mía,
oye mis ruegos piadosa
oye mis ruegos, María!...»
¡Aquí! gritó Mercader,
desnudando la ancha espada
que hace a sus plantas caer
la figura recatada
que llamaba a su mujer.
Luego en la noche sombría
quedó el valle sepultado
y sólo se distinguía
un bulto en tierra postrado
y otro bulto que se huía
por el monte apresurado.
Y las puertas de la Granja
se abren al golpe tremendo,
que sobre ellas impaciente
descarga el furioso dueño.
Por delante de su esposa
pasa sin verla D. Diego
y asiendo una lamparilla,
se retira a su aposento.
Cierra la puerta y después
saca un misterioso objeto,
prenda del muerto, y sin duda,
la que contiene el secreto
de su culpable mujer
que en amorosos conceptos
mil billetes habrá escrito...
Pasmado quedó D. Diego
al ver en vez de cartera
una bolsilla de cuero
con dos groseras correas
atada por un extremo.
Ábrela, saca un papel
y... haciendo un terrible gesto,
pálido como la cera,
el catalán en el suelo
grito arrojando la espada
¡voto al diablo, es mi vaquero!
Ya han pasado muchos días
sin que vuelva a suceder
que trate el buen catalán
de acechar a su mujer
oculto entre las encinas.
¿Si habrá curado, tal vez,
sus celos aquella muerte
del pastor? —Yo no lo sé—
Tétrico, meditabundo
de su granja en el dintel
pasa las horas enteras
en tanto que su mujer
también silenciosa y triste,
con afanoso interés,
discurre sobre el origen
de aquel extraño desdén.
Por fin se acercó a su esposo,
venciendo la timidez,
y se atrevió a preguntarle
¿por qué no sales? —Saldré,
respondió él a esta pregunta
que como un rayo a caer
fue en el alma del celoso
para inflamarla otra vez.
Voy a cazar, dijo luego,
y hoy muy tarde volveré.
Son ya las últimas horas
de una tarde sosegada
en que no aguarda la luna
para salir de su estancia
a que el Señor de los astros
por occidente se vaya;
sino, que robando al sol
el resplandor de su llama,
sale a mostrar en el día
por el cielo su luz vaga
y no deja distinguir,
la vista absorta en entrambas,
la clara noche que empieza
de la tarde que se acaba.
Callada como la luna
tan bella y más recatada
una mujer aguardando
en el valle está con ansia
a que se aleje una sombra
que allá por el monte avanza,
y cuando ya nada ve
echa a andar apresurada
hacia un sitio en donde están
cuatro encinas agrupadas.
Son una llama los celos
que ni se apaga ni entibia
hasta que no ha reducido
el corazón a cenizas.
Y, dicen, que hace su llama
cuando sutil se desliza
por las venas, como el sol
por las aguas cristalinas,
hervir la sangre abrasada
en las sienes comprimidas
y ver extraños fantasmas
que la razón debilitan.
Por eso lleva D. Diego
las negras cejas fruncidas,
los ojos desencajados
y la faz descolorida;
Por eso aferran sus dedos
aquella espada que brilla
como el agua de un arroyo
al través de las encinas.
Por eso en aquel pastor
que del valle se retira
ve a lo lejos al incógnito
galán de Doña María;
Porque son llama los celos
que ni se apaga ni entibia,
hasta que no ha reducido
el corazón a cenizas.
Dio el hidalgo una estocada,
dio un grito Doña María
y con la vista clavada
en una encina elevada
cayó de rodillas, fría.
Alzó la suya medrosa
siguiendo la de su esposa
D. Diego hacia aquella encina
que una ráfaga dudosa
del crepúsculo ilumina;
Y vio la santa figura
de una Virgen de madera
que la blanca vestidura,
a medias, por la hendidura,
del tronco mostraba fuera;
Y vio el misterioso altar
que su esposa ha hecho adornar
de las más hermosas flores,
a donde vienen a orar
por la tarde los pastores.
Y allí cayó de rodillas.—
La luna que alumbra en tanto
sus facciones amarillas
dejó ver en sus mejillas
dos tristes gotas de llanto.
La encina desde aquel día
muestra en su copa sombría
cada bellota sagrada
con la imagen de María
en su corteza grabada.
769
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Celos A La Princesa De S

Dejad que despacio os vea
esa belleza tan rara,
pesadilla de mis sueños,
enemiga de mi alma.
¡Por Jesús, que ansiosa vengo
de miraros esa cara
blanca aurora para alguno,
para mí, noche nublada!
¿Cómo tenéis la melena,
muy oscura, muy dorada?
De vuestra faz las colores
¿son morenas o son albas?
¿Tanto valen vuestros ojos?
¿Sois de cuerpo tan gallardo?
¿Cuáles son, decid, en suma
vuestros dones, vuestras gracias,
para que pueda, señora,
admirarlos y envidiarlas?...
Yo no fío en sortilegios,
burléme siempre de magias,
pero al hallar vuestra imagen
con la luz de la mañana,
con las sombras de la noche,
sobre mis libros clavada,
junto a mi lecho perenne
y en todas partes, mi alma,
por espíritu os conjura
y por visión os rechaza.
Señora, ¿pensáis que pueda
un corazón de cristiana
sin ofender a los cielos
hacerme tan desdichada?
Señora, ¿pensáis que somos
vos la reina, yo la esclava,
para que a vos así tenga
mi libertad subyugada
que a donde está vuestra imagen
allí mis ojos se paran
y allí escuchan mis oídos
do suenan vuestras palabras?
¡Si supierais cuando os oigo
cuál las sienes se me inflaman
y cuánto mis venas hierven
que parece que se saltan!
¡Si supierais cuáles sombras
ven mis ojos, qué fantasmas,
tal vez las brillantes flores
que os embellecen la cara,
por no parecer tan bella,
os arrancaréis de lástima!
Mas ¿para qué? no señora,
ceñid la frente lozana
de riquísimos encajes
y primorosas guirnaldas
para dar mayor contento
a los ojos del que os ama;
que para llorar las penas
que vuestras glorias me causan
tengo noches que me sobran
y lágrimas que me bastan.
Ved si al hermoso conjunto
de vuestras divinas gracias,
señora, algún atributo,
que daros pudiera, os falta;
pues queréis todas las dichas
con mi desdicha lograrlas,
venid, si os faltara el genio,
¡venid... y os daré mi arpa!
465
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Cesarina

¡Que teniendo, Cesarina,
en tu hermosísimo rostro
ojos tan claros y bellos
me mires con malos ojos!
¡Que siendo risueño y blando
tu semblante para todos,
doncella, para mí sólo
haya de ser duro y hosco!...
—¿Celos de mí? ¡Virgen Santa!
¿Pues qué amador hay tan loco
que dude que con tu busto
competir no puede otro?
Bajo melena dorada,
sobre cuello delicioso,
con su cutis de azucena,
con su matiz de pimpollo
¿cómo hallar teme rivales
entre mujeres tu rostro
si juzgo que entre los ángeles
no los hallará tampoco?
¿No es por mi faz?... ¿por mi lira?
¡Oh demencia! ¿Te da enojos
un pedazo de madera
con unos bordones toscos
donde canto unos romances
que desoye el mundo todo,
porque una mitad no atiende
y la otra mitad es sordo?
¡Cómo el amor enajena!
¡Cómo los celos son topos
cuando ignoras que esa lira
vale entre los hombres poco!
Siquiera fuese mi canto
dulce, apacible, sonoro;
siquiera tierno y vibrante
alzara sublime tono,
entre escuchar sus conciertos
y mirar tus lindos ojos
no vacilara, alma mía,
el galancete más docto.
Brillante luz es el genio
mas si no tiene un contorno
lucido el fanal que encierra
ese vivo meteoro,
Cesarina, de sus rayos
teme las heridas poco
que aman los hombres al genio...
si el genio tiene tu rostro.
640
Bartolomé Leonardo de Argensola

Bartolomé Leonardo de Argensola

Aunque Ovidio Te Dé Más Documentos

Aunque Ovidio te dé más documentos
para reírte, Cloe, no te rías,
que de pez y de boj en tus encías
tiemblan tus huesos flojos y sangrientos;

y a pocos de esos soplos tan violentos,
que con la demasiada risa envías,
las dejarás desiertas y vacías,
escupiendo sus últimos fragmentos.

Huye, pues, de teatros, y a congojas
de los lamentos trágicos te inclina,
entre huérfanas madres lastimadas.

Mas paréceme, Cloe, que te enojas;
mi celo es pío; si esto te amohína,
ríete hasta que escupas las quijadas.
335
Amado Nervo

Amado Nervo

Un Padrenuestro Por El Alma Del Rey Luis De Baviera

Aquí fue donde el rey Luis Segundo
de Baviera, sintiendo el profundo
malestar de invencibles anhelos,
puso fin a su imperio en el mundo.

Padre nuestro que estás en los cielos...

Un fanal con un cristo, en un claro
del gran parque, al recuerdo da amparo,
y al caer sobre el lago los velos
de la noche, el recuerdo es un faro.

Padre nuestro que estás en los cielos...

En el lago tiritan las ondas,
en el parque se mueren las frondas
y ya muertas abaten sus vuelos:
Que tristezas tan hondas... tan hondas...

Padre nuestro que estás en los cielos...

¡Pobre rey de los raros amores!
Como nadie sintió sus dolores,
como nadie sufrió sus desvelos.
Le inventaron un mal los doctores.

Padre nuestro que estás en los cielos...

Su cerebro de luz era un foco;
mas un nimbo surgió poco a poco
de esa luz, y la turba, con celos
murmuró: «Wittelsbach está loco».

Padre nuestro que estás en los cielos...

Sólo Wagner le amó como hermano,
sólo Wagner, cuya alma-oceano
su conciencia inundó de consuelos,
y su vida fue un lied wagneriano.

Padre nuestro que estás en los cielos...
santificado sea el tu nombre,
venga a nos el tu reino...
517
Amado Nervo

Amado Nervo

Celoso

Bien sé, devota mujer,
cuando te contemplo en tus
fervores y celo arder,
que no me puedes querer
como quieres a Jesús.

Bien sé que es vano soñar
con el edén entrevisto
de tu boca, sin cesar,
y tengo celos de Cristo
cuando vas a comulgar.

Pero sé también que son,
por mi mal y por tu daño,
piedades y devoción,
caretas con que el engaño
te disfraza el corazón.

Y comprendo, no te asombre,
que hay en tu espíritu dos
cultos con un solo nombre,
que rezas al hombre-Dios
y sueñas con el Dios-hombre;

y el ardor de que me llenas
acabará por quemar
todo el jugo de mis venas;
y, por no quererme amar,
tú te vas a condenar
y a mí también me condenas.
893
Antonio Machado

Antonio Machado

Proverbios Y Cantares - X

La envidia de la virtud
hizo a Caín criminal.
¡Gloria a Caín! Hoy el vicio
es lo que se envidia más.

Ramón López Velarde
562
Antonio Machado

Antonio Machado

Proverbios Y Cantares - Vi

De lo que llaman los hombres
virtud, justicia y bondad,
una mitad es envidia,
y la otra no es caridad.

Ramón López Velarde
570
Antonio Machado

Antonio Machado

La Tierra De Alvargonzález

Al poeta Juan Ramón Jiménez
I

Siendo mozo Alvargonzález,

dueño de mediana hacienda,

que en otras tierras se dice

bienestar y aquí, opulencia,

en la feria de Berlanga

prendóse de una doncella,

y la tomó por mujer

al año de conocerla.


Muy ricas las bodas fueron

y quien las vio las recuerda;

sonadas las tornabodas

que hizo Alvar en su aldea;

hubo gaitas, tamboriles,

flauta, bandurria y vihuela,

fuegos a la valenciana

y danza a la aragonesa.


II

Feliz vivió Alvargonzález

en el amor de su tierra.

Naciéronle tres varones,

que en el campo son riqueza,

y, ya crecidos, los puso,

uno a cultivar la huerta,

otro a cuidar los merinos,

y dio el menor a la Iglesia.


III

Mucha sangre de Caín

tiene la gente labriega,

y en el hogar campesino

armó la envidia pelea.


Casáronse los mayores;

tuvo Alvargonzález nueras,

que le trajeron cizaña,

antes que nietos le dieran.


La codicia de los campos

ve tras la muerte la herencia;

no goza de lo que tiene

por ansia de lo que espera.


El menor, que a los latines

prefería las doncellas

hermosas y no gustaba

de vestir por la cabeza,

colgó la sotana un día

y partió a lejanas tierras.


La madre lloró, y el padre

diole bendición y herencia.


IV

Alvargonzález ya tiene

la adusta frente arrugada,

por la barba le platea

la sombra azul de la cara.


Una mañana de otoño

salió solo de su casa;

no llevaba sus lebreles,

agudos canes de caza;


iba triste y pensativo

por la alameda dorada;

anduvo largo camino

y llegó a una fuente clara.


Echóse en la tierra; puso

sobre una piedra la manta,

y a la vera de la fuente

durmió al arrullo del agua.


EL SUEÑO
I


Y Alvargonzález veía,

como Jacob, una escala

que iba de la tierra al cielo,

y oyó una voz que le hablaba.


Mas las hadas hilanderas,

entre las vedijas blancas

y vellones de oro, han puesto

un mechón de negra lana.


II

Tres niños están jugando

a la puerta de su casa;

entre los mayores brinca

un cuervo de negras alas.


La mujer vigila, cose

y, a ratos, sonríe y canta.


—Hijos, ¿qué hacéis? —les pregunta.


Ellos se miran y callan.


—Subid al monte, hijos míos,

y antes que la noche caiga,

con un brazado de estepas

hacedme una buena llama.


III

Sobre el lar de Alvargonzález

está la leña apilada;

el mayor quiere encenderla,

pero no brota la llama.


—Padre, la hoguera no prende,

está la estepa mojada.


Su hermano viene a ayudarle

y arroja astillas y ramas

sobre los troncos de roble;

pero el rescoldo se apaga.


Acude el menor, y enciende,

bajo la negra campana

de la cocina, una hoguera

que alumbra toda la casa.


IV


Alvargonzález levanta

en brazos al más pequeño

y en sus rodillas lo sienta;


—Tus manos hacen el fuego;

aunque el último naciste

tú eres en mi amor primero.


Los dos mayores se alejan

por los rincones del sueño.

Entre los dos fugitivos

reluce un hacha de hierro.


AQUELLA TARDE...

I


Sobre los campos desnudos,

la luna llena manchada

de un arrebol purpurino,

enorme globo, asomaba.


Los hijos de Alvargonzález

silenciosos caminaban,

y han visto al padre dormido

junto de la fuente clara.


II


Tiene el padre entre las cejas

un ceño que le aborrasca

el rostro, un tachón sombrío

como la huella de un hacha.


Soñando está con sus hijos,

que sus hijos lo apuñalan;

y cuando despierta mira

que es cierto lo que soñaba.


III


A la vera de la fuente

quedó Alvargonzález muerto.


Tiene cuatro puñaladas

entre el costado y el pecho,

por donde la sangre brota,

más un hachazo en el cuello.


Cuenta la hazaña del campo

el agua clara corriendo,

mientras los dos asesinos

huyen hacia los hayedos.


Hasta la Laguna Negra,

bajo las fuentes del Duero,

llevan el muerto, dejando

detrás un rastro sangriento,

y en la laguna sin fondo,

que guarda bien los secretos,

con una piedra amarrada

a los pies, tumba le dieron.


IV


Se encontró junto a la fuente

la manta de Alvargonzález,

y, camino del hayedo,

se vio un reguero de sangre.


Nadie de la aldea ha osado

a la laguna acercarse,

y el sondarla inútil fuera,

que es la laguna insondable.


Un buhonero, que cruzaba

aquellas tierras errante,

fue en Dauria acusado, preso

y muerto en garrote infame.


V


Pasados algunos meses,

la madre murió de pena.


Los que muerta la encontraron

dicen que las manos yertas

sobre su rostro tenía,

oculto el rostro con ellas.


VI


Los hijos de Alvargonzález

ya tienen majada y huerta,

campos de trigo y centeno

y prados de fina hierba;

en el olmo viejo, hendido

por el rayo, la colmena,

dos yuntas para el arado,

un mastín y mil ovejas.


OTROS DÍAS

I

Ya están las zarzas floridas

y los ciruelos blanquean;

ya las abejas doradas

liban para sus colmenas,

y en los nidos, que coronan

las torres de las iglesias,

asoman los garabatos

ganchudos de las cigüeñas.


Ya los olmos del camino

y chopos de las riberas

de los arroyos, que buscan

al padre Duero, verdean.


El cielo está azul, los montes

sin nieve son de violeta.


La tierra de Alvargonzález

se colmará de riqueza;

muerto está quien la ha labrado,

mas no le cubre la tierra.


II

La hermosa tierra de España

adusta, fina y guerrera

Castilla, de largos ríos,

tiene un puñado de sierras

entre Soria y Burgos como

reductos de fortaleza,

como yelmos crestonados,

y Urbión es una cimera.


III

Los hijos de Alvargonzález,

por una empinada senda,

para tomar el camino

de Salduero a Covaleda,

cabalgan en pardas mulas,

bajo el pinar de Vinuesa.


Van en busca de ganado

con que volver a su aldea,

y por tierra de pinares

larga jornada comienzan.


Van Duero arriba, dejando

atrás los arcos de piedra

del puente y el caserío

de la ociosa y opulenta

villa de indianos. El río.

al fondo del valle, suena,

y de las cabalgaduras

los cascos baten las piedras.


A la otra orilla del Duero

canta una voz lastimera:


«La tierra de Alvargonzález

se colmará de riqueza,

y el que la tierra ha labrado

no duerme bajo la tierra.»


IV

Llegados son a un paraje

en donde el pinar se espesa,

y el mayor, que abre la marcha,

su parda mula espolea,

diciendo: —Démonos prisa;

porque son más de dos leguas

de pinar y hay que apurarlas

antes que la noche venga.


Dos hijos del campo, hechos

a quebradas y asperezas,

porque recuerdan un día

la tarde en el monte tiemblan.


Allá en lo espeso del bosque

otra vez la copla suena:


«La tierra de Alvargonzález

se colmará de riqueza,

y el que la tierra ha labrado

no duerme bajo la tierra».


V

Desde Salduero el camino

va al hilo de la ribera;

a ambas márgenes del río

el pinar crece y se eleva,

y las rocas se aborrascan,

al par que el valle se estrecha.


Los fuertes pinos del bosque

con sus copas gigantescas

y sus desnudas raíces

amarradas a las piedras;

los de troncos plateados

cuyas frondas azulean,

pinos jóvenes; los viejos,

cubiertos de blanca lepra,

musgos y líquenes canos

que el grueso tronco rodean,

colman el valle y se pierden

rebasando ambas laderas


Juan, el mayor, dice: —Hermano,

si Blas Antonio apacienta

cerca de Urbión su vacada,

largo camino nos queda.


—Cuando hacia Urbión alarguemos

se puede acortar de vuelta,

tomando por el atajo,

hacia la Laguna Negra

y bajando por el puerto

de Santa Inés a Vinuesa.


—Mala tierra y peor camino.

Te juro que no quisiera

verlos otra vez. Cerremos

los tratos en Covaleda;

hagamos noche y, al alba,

volvámonos a la aldea

por este valle, que, a veces,

quien piensa atajar rodea.


Cerca del río cabalgan

los hermanos, y contemplan

cómo el bosque centenario,

al par que avanzan, aumenta,

y la roqueda del monte

el horizonte les cierra.


El agua, que va saltando,

parece que canta o cuenta:


«La tierra de Alvargonzález

se colmará de riqueza,

y el que la tierra ha labrado

no duerme bajo la tierra».


CASTIGO
I

Aunque la codicia tiene

redil que encierre la oveja,

trojes que guarden el trigo,

bolsas para la moneda,

y garras, no tiene manos

que sepan labrar la tierra.


Así, a un año de abundancia

siguió un año de pobreza.


II

En los sembrados crecieron

las amapolas sangrientas;

pudrió el tizón las espigas

de trigales y de avenas;

hielos tardíos mataron

en flor la fruta en la huerta,

y una mala hechicería

hizo enfermar las ovejas.


A los dos Alvargonzález

maldijo Dios en sus tierras,

y al año pobre siguieron

largos años de miseria.


III

Es una noche de invierno.

Cae la nieve en remolinos.

Los Alvargonzález velan

un fuego casi extinguido.


El pensamiento amarrado

tienen a un recuerdo mismo,

y en las ascuas mortecinas

del hogar los ojos fijos.


No tienen leña ni sueño.


Larga es la noche y el frío

arrecia. Un candil humea

en el muro ennegrecido.


El aire agita la llama,

que pone un fulgor rojizo

sobre las dos pensativas

testas de los asesinos.


El mayor de Alvargonzález,

lanzando un ronco suspiro,

rompe el silencio, exclamando:


—Hermano, ¡qué mal hicimos!


El viento la puerta bate

hace temblar el postigo,

y suena en la chimenea

con hueco y largo bramido.


Después, el silencio vuelve,

y a intervalos el pabilo

del candil chisporrotea

en el aire aterecido.


El segundo dijo: —Hermano,

¡demos lo viejo al olvido!


EL VIAJERO

I


Es una noche de invierno.

Azota el viento las ramas

de los álamos. La nieve

ha puesto la tierra blanca.


Bajo la nevada, un hombre

por el camino cabalga;

va cubierto hasta los ojos,

embozado en negra capa.


Entrado en la aldea, busca

de Alvargonzález la casa,

y ante su puerta llegado,

sin echar pie a tierra, llama.


II

Los dos hermanos oyeron

una aldabada a la puerta,

y de una cabalgadura

los cascos sobre las piedras.


Ambos los ojos alzaron

llenos de espanto y sorpresa.


—¿Quién es? Responda —gritaron.


—Miguel —respondieron fuera.


Era la voz del viajero

que partió a lejanas tierras.


III

Abierto el portón, entróse

a caballo el caballero

y echó pie a tierra. Venía

todo de nieve cubierto.


En brazos de sus hermanos

lloró algún rato en silencio.


Después dio el caballo al uno,

al otro, capa y sombrero,

y en la estancia campesina

buscó el arrimo del fuego.


IV

El menor de los hermanos,

que niño y aventurero

fue más allá de los mares

y hoy torna indiano opulento,

vestía con negro traje

de peludo terciopelo,

ajustado a la cintura

por ancho cinto de cuero.


Gruesa cadena formaba

un bucle de oro en su pecho.


Era un hombre alto y robusto,

con ojos grandes y negros

llenos de melancolía;

la tez de color moreno,

y sobre la frente comba

enmarañados cabellos;

el hijo que saca porte

señor de padre labriego,

a quien fortuna le debe

amor, poder y dinero.

De los tres Alvargonzález

era Miguel el más bello;

porque al mayor afeaba

el muy poblado entrecejo

bajo la frente mezquina,

y al segundo, los inquietos

ojos que mirar no saben

de frente, torvos y fieros.


V

Los tres hermanos contemplan

el triste hogar en silencio;

y con la noche cerrada

arrecia el frío y el viento.


—Hermanos, ¿no tenéis leña?


—dice Miguel.



—No tenemos

—responde el mayor.



Un hombre,

milagrosamente, ha abierto

la gruesa puerta cerrada

con doble barra de hierro.


El hombre que ha entrado tiene

el rostro del padre muerto.


Un halo de luz dorada

orla sus blancos cabellos.

Lleva un haz de leña al hombro

y empuña un hacha de hierro.


EL INDIANO


I

De aquellos campos malditos,

Miguel a sus dos hermanos

compró una parte, que mucho

caudal de América trajo,

y aun en tierra mala, el oro

luce mejor que enterrado,

y más en mano de pobres

que oculto en orza de barro.


Diose a trabajar la tierra

con fe y tesón el indiano,

y a laborar los mayores

sus pegujales tornaron.


Ya con macizas espigas,

preñadas de rubios granos,

a los campos de Miguel

tornó el fecundo verano;

y ya de aldea en aldea

se cuenta como un milagro,

que los asesinos tienen

la maldición en sus campos.


Ya el pueblo canta una copla

que narra el crimen pasado:


«A la orilla de la fuente

lo asesinaron.


¡qué mala muerte le dieron

los hijos malos!


En la laguna sin fondo

al padre muerto arrojaron.


No duerme bajo la tierra

el que la tierra ha labrado».


II

Miguel, con sus dos lebreles

y armado de su escopeta,

hacia el azul de los montes,

en una tarde serena,

caminaba entre los verdes

chopos de la carretera,

y oyó una voz que cantaba:


«No tiene tumba en la tierra.

Entre los pinos del valle

del Revinuesa,

al padre muerto llevaron

hasta la Laguna Negra».


LA CASA
I


La casa de Alvargonzález

era una casona vieja,

con cuatro estrechas ventanas,

separada de la aldea

cien pasos y entre dos olmos

que, gigantes centinelas,

sombra le dan en verano,

y en el otoño hojas secas.


Es casa de labradores,

gente aunque rica plebeya,

donde el hogar humeante

con sus escaños de piedra

se ve sin entrar, si tiene

abierta al campo la puerta.


Al arrimo del rescoldo

del hogar borbollonean

dos pucherillos de barro,

que a dos familias sustentan.


A diestra mano, la cuadra

y el corral; a la siniestra,

huerto y abejar, y, al fondo,

una gastada escalera,

que va a las habitaciones

partidas en dos viviendas.


Los Alvargonzález moran

con sus mujeres en ellas.

A ambas parejas que hubieron,

sin que lograrse pudieran,

dos hijos, sobrado espacio

les da la casa paterna.


En una estancia que tiene

luz al huerto, hay una mesa

con gruesa tabla de roble,

dos sillones de vaqueta,

colgado en el muro, un negro

ábaco de enormes cuentas,

y unas espuelas mohosas

sobre un arcón de madera.


Era una estancia olvidada

donde hoy Miguel se aposenta.

Y era allí donde los padres

veían en primavera

el huerto en flor, y en el cielo

de mayo, azul, la cigüeña

—cuando las rosas se abren

y los zarzales blanquean—

que enseñaba a sus hijuelos

a usar de las alas lentas.


Y en las noches del verano,

cuando la calor desvela,

desde la ventana al dulce

ruiseñor cantar oyeran.


Fue allí donde Alvargonzález,

del orgullo de su huerta

y del amor a los suyos,

sacó sueños de grandeza.


Cuando en brazos de la madre

vio la figura risueña

del primer hijo, bruñida

de rubio sol la cabeza,

del niño que levantaba

las codiciosas, pequeñas

manos a las rojas guindas

y a las moradas ciruelas,

o aquella tarde de otoño,

dorada, plácida y buena,

él pensó que ser podría

feliz el hombre en la tierra.


Hoy canta el pueblo una copla

que va de aldea en aldea:


«¡Oh casa de Alvargonzález,

qué malos días te esperan;

casa de los asesinos,

que nadie llame a tu puerta!»


II


Es una tarde de otoño.

En la alameda dorada

no quedan ya ruiseñores;

enmudeció la cigarra.


Las últimas golondrinas,

que no emprendieron la marcha,

morirán, y las cigüeñas

de sus nidos de retamas,

en torres y campanarios,

huyeron.


Sobre la casa

de Alvargonzález, los olmos

sus hojas que el viento arranca

van dejando. Todavía

las tres redondas acacias,

en el atrio de la iglesia,

conservan verdes sus ramas,

y las castañas de Indias

a intervalos se desgajan

cubiertas de sus erizos;

tiene el rosal rosas grana

otra vez, y en las praderas

brilla la alegre otoñada.


En laderas y en alcores,

en ribazos y en cañadas,

el verde nuevo y la hierba,

aún del estío quemada,

alternan; los serrijones

pelados, las lomas calvas,

se coronan de plomizas

nubes apelotonadas;

y bajo el pinar gigante,

entre las marchitas zarzas

y amarillentos helechos,

corren las crecidas aguas

a engrosar el padre río

por canchales y barrancas.


Abunda en la tierra un gris

de plomo y azul de plata,

con manchas de roja herrumbre,

todo envuelto en luz violada.


¡Oh tierras de Alvargonzález,

en el corazón de España,

tierras pobres, tierras tristes,

tan tristes que tienen alma!


Páramo que cruza el lobo

aullando a la luna clara

de bosque a bosque, baldíos

llenos de peñas rodadas,

donde roída de buitres

brilla una osamenta blanca;

pobres campos solitarios

sin caminos ni posadas,


¡oh pobres campos malditos,

pobres campos de mi patria!


LA TIERRA

I


Una mañana de otoño,

cuando la tierra se labra,

Juan y el indiano aparejan

las dos yuntas de la casa.

Martín se quedó en el huerto

arrancando hierbas malas.


II


Una mañana de otoño,

cuando los campos se aran,

sobre un otero, que tiene

el cielo de la mañana

por fondo, la parda yunta

de Juan lentamente avanza.


Cardos, lampazos y abrojos,

avena loca y cizaña,

llenan la tierra maldita,

tenaz a pico y a escarda.


Del corvo arado de roble

la hundida reja trabaja

con vano esfuerzo; parece,

que al par que hiende la entraña

del campo y hace camino

se cierra otra vez la zanja.


«Cuando el asesino labre

será su labor pesada;

antes que un surco en la tierra,

tendrá una arruga en su cara».


III


Martín, que estaba en la huerta

cavando, sobre su azada

quedó apoyado un momento;

frío sudor le bañaba

el rostro.


Por el Oriente,

la luna llena, manchada

de un arrebol purpurino,

lucía tras de la tapia

del huerto.


Martín
tenía

la sangre de horror helada.

La azada que hundió en la tierra

teñida de sangre estaba.


IV


En la tierra en que ha nacido

supo afincar el indiano;

por mujer a una doncella

rica y hermosa ha tomado.


La hacienda de Alvargonzález

ya es suya, que sus hermanos

todo le vendieron: casa,

huerto, colmenar y campo.


LOS ASESINOS

I


Juan y Martín, los mayores

de Alvargonzález, un día

pesada marcha emprendieron

con el alba, Duero arriba.


La estrella de la mañana

en el alto azul ardía.

Se iba tiñendo de rosa

la espesa y blanca neblina

de los valles y barrancos,

y algunas nubes plomizas

a Urbión, donde el Duero nace,

como un turbante ponían.


Se acercaban a la fuente.

El agua clara corría,

sonando cual si contara

una vieja historia, dicha

mil veces y que tuviera

mil veces que repetirla.


Agua que corre en el campo

dice en su monotonía:

Yo sé el crimen, ¿no es un crimen,

cerca del agua, la vida?


Al pasar los dos hermanos

relataba el agua limpia:


«A la vera de la fuente

Alvargonzález dormía».


II


—Anoche, cuando volvía

a casa— Juan a su hermano

dijo—, a la luz de la luna

era la huerta un milagro.


Lejos, entre los rosales,

divisé un hombre inclinado

hacia la tierra; brillaba

una hoz de plata en su mano


Después irguióse y, volviendo

el rostro, dio algunos pasos

por el huerto, sin mirarme,

y a poco lo vi encorvado

otra vez sobre la tierra.


Tenía el cabello blanco.

La luz llena brillaba,

y era la huerta un milagro.


III


Pasado habían el puerto

de Santa Inés, ya mediada

la tarde, una tarde triste

de noviembre, fría y parda.

Hacia la Laguna Negra

silenciosos caminaban.


IV


Cuando la tarde caía,

entre las vetustas hayas,

y los pinos centenarios,

un rojo sol se filtraba.


Era un paraje de bosque

y peñas aborrascadas;

aquí bocas que bostezan

o monstruos de tierras garras;

allí una informe joroba,

allá una grotesca panza,

torvos hocicos de fieras

y dentaduras melladas,

rocas y rocas, y troncos

y troncos, ramas y ramas.

En el hondón del barranco

la noche, el miedo y el agua.


V


Un lobo surgió, sus ojos

lucían como dos ascuas.

Era la noche, una noche

húmeda, oscura y cerrada.


Los dos hermanos quisieron

volver. La selva ululaba.

Cien ojos fieros ardían

en la selva, a sus espaldas.


VI


Llegaron los asesinos

hasta la Laguna Negra,

agua transparente y muda

que enorme muro de piedra,

donde los buitres anidan

y el eco duerme, rodea;

agua clara donde beben

las águilas de la sierra,

donde el jabalí del monte

y el ciervo y el corzo abrevan;

agua pura y silenciosa

que copia cosas eternas;

agua impasible que guarda

en su seno las estrellas.


¡Padre!, gritaron; al fondo

de la laguna serena

cayeron, y el eco ¡padre!

repitió de peña en peña.

549
Manuel Altolaguirre

Manuel Altolaguirre

Mis Prisiones

Sentirse solo en medio de la vida
casi es reinar, pero sentirse solo
en medio del olvido, en el oscuro
campo de un corazón, es estar preso,
sin que siquiera una avecilla trine
para darme noticias de la aurora.

Y el estar preso en varios corazones,
sin alcanzar conciencia de cuál sea
la verdadera cárcel de mi alma,
ser el centro de opuestas voluntades,
si no es morir, es envidiar la muerte.
844
Anterior Página 6