Amistad
Poemas en este tema
Mario Benedetti
Lovers Go Home
volviendo a tu mirada
y me encontraste bien
y te encontré más linda
ahora que por fin
está bastante claro
dónde estás y dónde
estoy
sé por primera vez
que tendré fuerzas
para construir contigo
una amistad tan piola
que del vecino
territorio del amor
ese desesperado
empezarán a mirarnos
con envidia
y acabaran organizando
excursiones
para venir a preguntarnos
cómo hicimos.
Mario Benedetti
Vaya Uno A Saber
la calle de sol tempranero
se transforma de pronto
en atajo bordeado de
muros vegetales
el rascacielos da la visión despiadada
de un acantilado de poder
los colectivos pasan raudos
como benignos rinocerontes
y en un remoto bastidor de cielo
las nubes son sencillamente nubes
la muchacha cargada de paquetes
es una hormiga
demasiado obvia
y en consecuencia la descarto
pero el lisiado de noble rostro
ése sí avanza como un cangrejo
la monjita joven de mejillas ardientes
crece como un hongo sin permiso
el hollín va siendo lentamente rocío
y el olor a petróleo se convierte en jazmín
y todo eso por qué
sencillamente porque
en la primera línea
pensé en vos
amiga
Mario Benedetti
Buenos Días, Gabriel
Las olas son las olas.Gabriel Celaya
Tres poetas en uno / semillero
de tantos más / tu ánima insumisa
se topó con la muerte y su pesquisa
y la puso a cuidar tu invernadero
especialista en empezar de cero
detonaste la bomba de la risa
sin dios sin espejismos y sin prisa
perro viejo / filósofo / ingeniero
fiel a tu gente / a amparo / ya ti mismo
a pesar de tus ráfagas de triste
te encaraste jovial con el abismo
hombre en medio del mundo y hombre a solas
junto al mar fuiste humilde y escribiste
simplemente / las olas son las olas
Lope de Vega
Beatus Quí Invenít Amicum Verum
Eccl., cap.35
Yo dije siempre, y lo diré, y lo digo,
que es la amistad el bien mayor humano;
mas ¿qué español, qué griego, qué romano
nos ha de dar este perfeto amigo?
Alabo, reverencio, amo, bendigo
aquel a quien el cielo soberano
dio un amigo perfeto, y no es en vano;
que fue, confieso, liberal conmigo.
Tener un grande amigo y obligalle
es el último bien, y por querelle,
el alma, el bien y el mal comunicalle;
mas yo quiero vivir sin conocelle;
que no quiero la gloria de ganalle
por no tener el miedo de perdelle.
Lope de Vega
Rota Barquilla Mía, Que Arrojada
de tanta envidia y amistad fingida,
de mi paciencia por el mar regida
con remos de mi pluma y de mi espada,
una sin corte y otra mal cortada,
conservaste las fuerzas de la vida,
entre los puertos del favor rompida,
y entre las esperanzas quebrantada;
sigue tu estrella en tantos desengaños,
que quien no los creyó sin duda es loco,
ni hay enemigo vil ni amigo cierto.
Pues has pasado los mejores años,
ya para lo que queda, pues es poco,
ni tema a la mar, ni esperes puerto.
Lope de Vega
El Tronco De Ovas Vestido
de un álamo verde y blanco,
que entre espadañas y juncos
bañaba el agua de Tajo,
y las puntas de su altura
del ardiente sol los rayos,
y en todo el árbol dos vides
entretejían mil lazos;
y al son del agua y las ramas
hería el céfiro manso
en las plateadas hojas,
tronco, punta, vides, árbol.
Éste con llorosos ojos
mirando estaba Belardo
por qué fue un tiempo su gloria
como agora es su cuidado.
Vio de dos tórtolas bellas
tejido un nido en lo alto,
y que con arrullo ronco
los picos se están besando.
Tomó una piedra el pastor
y esparció en el aire claro
ramas, tórtolas y nido,
diciendo alegre y ufano:
«-Dejad la dulce acogida,
que la que el amor me dio,
envidia me la quitó,
y envidia os quita la vida.
Piérdase vuestra amistad,
pues que se perdió la mía
que no ha de haber compañía
donde está mi soledad.
Tan sólo pena me da,
tórtola, el esposo tuyo,
que tú presto hallarás cuyo,
pues Filis le tiene ya-».
Esto diciendo el pastor,
desde el tronco está mirando
adónde irán a parar
los amantes desdichados.
Y vio que en un verde pino
otra vez se están besando;
admiróse y prosiguió
olvidado de su llanto:
«Voluntades que avasallas,
Amor, con tu fuerza y arte,
¿quién habrá que las aparte,
que apartallas es juntallas?
»Pues que del nido os eché
y ya tenéis compañía,
quiero esperar que algún día
con Filis me juntaré».
Luis Rosales
¿cómo Nace Un Recuerdo?
¿CÓMO NACE UN RECUERDO?
Retrato de Dionisio Ridruejo
¿Cómo nace un recuerdo? ¿No era un junio?
El cielo abría su puerta
sobre el valle del Arga. Entre los montes
iba la luz con obediencia trémula.
Recuerdo que el silencio atardecía
toda la vida a su extensión sujeta:
los caminos sin gente, las murallas,
y el fresco olor que a los pinares lleva.
Oyendo unas campanas vi tus ojos,
pequeños y naciendo de la tierra
jugaban con un dejo campesino
en la mirada concentrada y lenta,
no suspicaz pero alertada y pronta,
no impositiva pero fija y cerca
de ser dura, tal vez, cuando nos mira
y nos puede ayudar con su dureza.
Los ojos sin pestañas, se diría
sin párpados también, sin brillo apenas,
con libertad no exenta de mesura,
con derramada y fácil negligencia.
¿Cómo nace un recuerdo? La luz última
arropaba tu cara entre la niebla,
descarnada, pequeña, fina y dulce,
cansado el gesto y sin cansar la fuerza.
El cabello castaño, cuando ríes
la risa te reclina la cabeza;
la piel áspera y pálida, la boca
desdibujada, exánime, risueña.
En testimonio de vivir tenías
hoyuelada la cara,
y había en ella
una gran paz convaleciente:
hoy
sigues dando esa paz que tú no encuentras.
Recuerdo que me hablabas descansando
todo el cuerpo en la voz, y tu voz era
la que llevaba al mundo de la mano,
amplia, segura, convencida, cierta.
Recuerdo... ya no sé. ¿Cuándo empezaste
a estar detrás de la memoria entera,
detrás y como un tren que caminara
sobre dos vidas en la misma rueda?
Luis de Góngora y Argote
A Un Fraile Franciscano, En Agradecimiento De Una Caja De Jalea
Dulce fray Diego, por la dulce caja;
Tal sea el ataúd de mi mortaja,
Y de mis guerras tal el instrumento.
Consagrad, Musas, hoy vuestro talento
A la monja que almíbar tal le baja,
Pues quien acabar suele en una paja
Sella ahora el estómago contento.
Cualquier regalo de durazno o pera
Acoto suyo, si podrá un amigo
Escotar un discípulo de Scoto.
Confieso que de sangre entendí que era
Cámara aquella, y si lo fue, yo digo
Que servidor seáis, y no devoto.
Luis de Góngora y Argote
De Unos Papeles Que Una Dama Le Había Escrito, Restituyéndoselos
De una amistad que al mundo será una,
O ya para experiencia de fortuna
O ya para escarmiento de cuidados.
Nació entre pensamientos, aunque honrados,
Grave al amor, a muchos importuna;
Tanto que la mataron en la cuna
Ojos de invidia y de ponzoña armados.
Breve urna los sella como huesos,
Al fin, de malograda criatura,
Pero versos los honran inmortales,
Que vivirán en el sepulcro impresos,
Siendo la piedra Felixmena dura,
Daliso el escultor, cincel sus males.
Leandro Fernández de Moratín
Epístola A Don Gaspar De Jovellanos
nuestras almas unió, durable existe,
Jovino ilustre; y ni la ausencia larga,
ni la distancia, ni interpuestos montes
y proceloso mar que suena ronco,
de mi memoria apartarán tu idea.
Duro silencio a mi cariño impuso
el son de Marte, que suspende ahora
la paz, la dulce paz. Sé que en obscura,
deliciosa quietud, contento vives,
siempre animado de incansable celo
por el público bien, de las virtudes
y del talento protector y amigo.
Estos que formo de primor desnudos,
no castigados de tu docta lima,
fáciles versos, la verdad te anuncien
de mi constante fe; y el cielo en tanto
vuélvame presto la ocasión de verte
y renovar en familiar discurso
cuanto a mi vista presentó del orbe
la varia escena. De mi patria orilla
a las que el Sena turbulento baña,
teñido en sangre, del audaz britano,
dueño del mar, al aterido belga;
del Rhin profundo a las nevadas cumbres
del Apenino, y la que en humo ardiente
cubre y ceniza a Nápoles canora,
pueblos, naciones visité distintas.
Útil ciencia adquirí, que nunca enseña
docta lección en retirada estancia;
que allí no ves la diferencia suma
que el clima, el culto, la opinión, las artes,
las leyes causan. Hallarasla sólo,
si al hombre estudias en el hombre mismo.
Ya el crudo invierno que aumentó las ondas
del Tibre, en sus orillas me detiene,
de Roma habitador. ¡Fuéseme dado
vagar por ella, y de su gloria antigua
contigo examinar los admirables
restos que el tiempo, a cuya fuerza nada
resiste, quiso perdonar! Alumno
tú de las Musas y las artes bellas,
oráculo veraz de la alma historia,
¡cuánta doctrina al afluente labio
dieras, y cuántas, inflamado el numen,
imágenes sublimes hallarías
en los destrozos del mayor imperio!
Cayó la gran ciudad que las naciones
más belicosas dominó, y con ella
acabó el nombre y el valor latino;
y la que, osada, desde el Nilo al Betis
sus águilas llevó, prole de Marte,
adornando de bárbaros trofeos
el Capitolio, conduciendo atados
al carro de marfil reyes adustos,
entre el sonido de torcidas trompas
y el ronco aplauso de los anchos foros;
la que dio leyes a la tierra; horrible
noche la cubre, pereció. Ni esperes
en la que existe descendencia obscura,
torpe, abatida, del honor primero,
de la antigua virtud hallar señales.
Estos desmoronados edificios,
informes masas que el arado rompe,
circos un tiempo, alcázares, teatros,
termas, soberbios arcos y sepulcros,
donde (fama es común) tal vez se escucha,
en el silencio de la sombra triste,
lamento funeral, la gloria acuerdan
del pueblo ilustre de Quirino, y sólo
esto conserva a las futuras gentes
la señora del mundo, ínclita Roma.
¿Esto y no más, de su poder temido,
de sus artes quedó? ¡Que no pudieron
ni su virtud, ni su saber, ni unida
tanta opulencia, mitigar del hado
la ley tremenda o dilatar el golpe?
¡Ay! si todo es mortal, si al tiempo ceden,
como la débil flor, los fuertes muros;
si los bronces y pórfidos quebranta,
y los destruye, y los sepulta en polvo,
¿para quién guarda su tesoro intacto
el avaro infeliz? ¿a quién promete
nombre inmortal la adulación traidora,
que la violencia ensalza y los delitos?
¿por qué a la tumba presurosa corre
la humana estirpe vengativa, airada,
envidiosa...? ¿de qué?, si cuanto existe,
y cuanto el hombre ve, todo es rüinas.
Todo, que a no volver huyen las horas
precipitadas, y a su fin conducen
de los altos imperios de la tierra
el caduco esplendor. Solo el oculto
numen que anima el universo, eterno
vive, y él sólo es poderoso y grande.
Leandro Fernández de Moratín
Oda A Don Gaspar De Jovellanos
humildes versos, de las floridas
vegas que diáfano fecunda el Arlas,
adonde lento mi patrio río
ve los alcázares de Mantua excelsa.
Id, y al ilustre Jovino, tanto
de vos amigo, caro a las Musas,
para mí siempre numen benévolo,
id, rudos versos, y veneradle,
que nunca, o rápidas las horas vuelen,
o en larga ausencia viva remoto,
olvida méritos suyos Inarco.
No, que mil veces su nombre presta
voz a mi cítara, materia al verso,
y al numen tímido llama celeste.
Yo le celebro, y al son armónico
toda enmudece la selva umbría,
por donde el Tajo plácidas ondas
vierte, del árbol sacro a Minerva
la sien ceñida, flores y pámpanos.
Tal vez sus ninfas, girando en torno,
sonora espuma cándida rompen,
del cuello apartan las hebras húmidas,
y el pecho alzando de formas bellas,
conmigo al ínclito varón aplauden,
dando a los aires coros alegres
que el eco en grutas repite cóncavas.
Leandro Fernández de Moratín
Epigrama A Munárriz
de los dramas que escribí,
Pedancio, poco me altera;
mas pesadumbre tuviera
si te gustaran a ti.
Leandro Fernández de Moratín
Al Excmo Sr Príncipe De La Paz Por Su Matrimonio Con La Hija Del Infante D Luis Coplas De Arte Ma
asmándovos grato la péñola mía,
vos faz omildosa la su cortesía
con metros polidos vulgares en son;
ca non era suyo latino sermón
trobar, e con ese decirvos loores
calonges e prestes, que son sabidores,
la parla vos fablen de Tulio e Marón.
Por ende, si tanto la suerte me da,
maguer que vos diga roman paladino,
fiducia me viene que lueñe e vecino
la gen acuciosa mi carta verá
e vuesas faranas que luego dirá
gravedosa estoria por modo sotil
serán de Castiella mil eras e mil
membranza placiente que non finirá.
E tanto meresce falagos de amor
aquel que alegroso nos dio bienandanza
e al común conorte la mucha amistanza
ovo de Don Carlos, el nueso Senor.
Sepades, le dijo, buen alcanzador
que en todo el mi regno vos fago imperante
a tal que del sceptro dorado, pesante,
la grava fadiga semege menor.
Catad que mis fijos demandan de mí
de ser aducidos en sancta equidad
a non acuitallos las mientes parad
en ropas abonden e pan otrosí
e cuando mis tierras (que tal non creí)
mesnadas de allende osaren correr,
faced a los míos punar e vencer,
ca siempre ganosos de liza los vi.
E ved non fallezcan a tal ocasión
lorigas, paveses, e todo lo al,
e mucho trotero ardido e leal
de los más preciados que en Córdoba son,
e naves, con luengo ferrado espolón,
guarnidas de tiros que lancen pelotas
non cuide aviltarnos, mandando sus flotas
la pérfida gente dallá de Albión.
E guay non aduzga mintrosa la paz
al valor nativo dañinos placeres
nin seyan sofridos los vanos saberes
que mucho del orbe turbaron la faz
allí do pregonan holganza e solaz,
allí rudo vulgo e sandio se inclina,
divaga sañoso, virtud abomina;
que tanto en él puede logüela sagaz.
Empero non yaga de error circuido
la sciencia le amuestre su puro claror
non cure atristado ventura mayor
en buen regimiento guardado e punido:
ansi el caballero ruando lucido
acucia o detiene la alfana que monta,
e parte, al agudo estímulo pronta,
o dócil se para el freno sentido.
A tal platicaba la su señoría,
e cedo el Magnate respuso a Don Rey:
non fuera nascido de alcuña de ley
se al vueso talante non obedescia.
Solene omenaje falto e pleitesía,
(e dijol tomando la cruz del espada)
que finque la vuesa merced acatada,
e España recabde su prez e valía.
De entonce colmalla de bienes cuidó
la paz se posara a su lado yocunda,
la cuita fenesce, de frutos abunda
el suelo que en sangre la guerra alagó,
la su dulcedumbre temores quitó
del ome entorpido que yaz en tristura,
e quisto de buenos la su derechura
le fiz, é al inico sañoso aterró.
E vímosle a guisa de diestro adalid,
faciendo reseña la hueste real,
mandar sus hileras, e a son de atabal
poner a los ojos la marcha e la lid:
ansi de los muros miró de Madrid
la plebe agarena venir a cercalla,
desnuda tizona en tren de batalla
al fiero cabdillo que digeron Cid.
¡Oh, fuérale dado seguir el pendón
que bordan castillos, barras e leones
romper animoso por los escuadrones
bárbaros de sangre teñido el trotón!
Tímidos fuyeran jinete y peón
en llama apurando sus tiendas caídas
e al estrago horrendo matanzas e feridas,
cuidaran que fuese Jacobo el patrón.
Devédalo empero la pro comunal,
e del alto alcázar do tiene su silla;
segundo en potencia le acata Castilla;
sotil palaciano, sirviente leal:
largosa por ende la mano real
quisiera abastalle de dones subidos;
cual nunca de alguno non fueron habidos,
siquier home bueno, siquier principal.
E ved de cual arte ser quito pensó
el Rey, que sesudo catara sus fechos:
ayúntale dende con nudos estrechos
al mesmo avolorio de donde nasció;
e luego e si voceros mandó
que cedo a la rica Toledo se vayan,
e aquesa manceba garrida le trayan,
fija del Infante que Dios perdonó.
La flor de lindeza, donaire y mesura,
en ella se adunan, la bien paresciente:
de rojos corales su boca riente,
sobrando a la nieve su tez en albura,
la luz de sus ojos espléndida y pura,
la voz falagosa, gentil su ademán;
Florinda, la causa del nueso desmán,
non ovo tal gesto, nin tal apostura.
¡Oh!, vivan entrarnos en plácida unión,
jamás empescida de fado siniestro
seyendo en el siglo criminoso nuestro
de virtud ecelsa dechado e blasón
la fama do quiera con alto pregón
su prole ventura perínclita cante
e aquisten ilustre memoria durante
su nome, sus fechos, su clara nación.
Luis Cernuda
Los Fantasmas Del Deseo
A Bernabé Fernández-Canivell
Yo no te conocía, tierra;
con los ojos inertes, la mano aleteante,
lloré todo ciego bajo tu verde sonrisa,
aunque, alentar juvenil, sintiera a veces
un tumulto sediento de postrarse,
como huracán henchido aquí en el pecho;
ignorándote, tierra mía,
ignorando tu alentar, huracán o tumulto,
idénticos en esta melancólica burbuja que yo soy
a quien tu voz de acero inspirara un menudo vivir.
Bien sé ahora que tú eres
quien me dicta esta forma y este ansia;
sé al fin que el mar esbelto,
la enamorada luz, los niños sonrientes,
no son sino tú misma;
que los vivos, los muertos,
el placer y la pena,
la soledad, la amistad,
la miseria, el poderoso estúpido,
el hombre enamorado, el canalla,
son tan dignos de mí como de ellos yo lo soy;
mis brazos, tierra, son ya más anchos, ágiles,
para llevar tu afán que nada satisface.
El amor no tiene esta o aquella forma,
no puede detenerse en criatura alguna;
todas son por igual viles y soñadoras.
Placer que nunca muere
beso que nunca muere,
sólo en ti misma encuentro, tierra mía.
Nimbos de juventud, cabellos rubios o sombríos,
rizosos o lánguidos como una primavera,
sobre cuerpos cobrizos, sobre radiantes cuerpos
que tanto he amado inútilmente,
no es en vosotros donde la vida está, sino en la tierra,
en la tierra que aguarda, aguarda siempre
con sus labios tendidos, con sus brazos abiertos.
Dejadme, dejadme abarcar, ver unos instantes
este mundo divino que ahora es mío,
mío como lo soy yo mismo,
como lo fueron otros cuerpos que estrecharon mis brazos,
como la arena, que al besarla los labios
finge otros labios, dúctiles al deseo,
hasta que el viento lleva sus mentirosos átomos.
Como la arena, tierra,
como la arena misma,
la caricia es mentira, el amor es mentira, la amistad es mentira.
Tú sola quedas con el deseo,
con este deseo que aparenta ser mío y ni siquiera es mío,
sino el deseo de todos,
malvados, inocentes,
enamorados o canallas.
Tierra, tierra y deseo.
Una forma perdida.
Luis Alberto de Cuenca
Línea Clara
no es comunicación, sino conocimiento,
y que sólo conoce quien renuncia a este mundo
y a sus pompas y obras la amistad, la ternura,
la decepción, el fraude, la alegría, el coraje,
el humor y la fe, la lealtad, la envidia,
la esperanza, el amor, todo lo que no sea
intelectual, abstruso, místico, filosófico
y, desde luego, mínimo, silencioso y profundo.
Dicen que hablamos claro, y que nos repetimos
de lo claro que hablamos, y que la gente entiende
nuestros versos, incluso la gente que gobierna,
lo que trae consigo que tengamos acceso
al poder y a sus premios y condecoraciones,
ejerciendo un servil e injusto monopolio.
Dicen, y menudean sus fieras embestidas.
Defiéndenos, Tintín, que nos atacan.
Julián del Casal
A Un Amigo (enviándole Los Versos De Leopardi)
Alguna fibra sana todavía,
Reserva el don que mi amistad te envía,
¡El tiempo de apreciarlo nunca tarda!
Mas si cruel destino te acobarda
Y tu espíritu, hundido en la agonía,
Divorciarse del cuerpo sólo ansía
Porque ya nada de la vida aguarda,
Abre ese libro de inmortales hojas,
Donde el genio más triste de la Tierra
Águila que vivió presa en el lodo
Te enseñará, rimando sus congojas,
Todo lo grande que el dolor encierra
Y la infinita vanidad de todo.
José Antonio Ramos Sucre
La Cañonesa
Yo visité la ciudad de la penumbra y de los colores ateridos y
el enfado y la melancolía sobrevinieron a entorpecer mi voluntad.
El sol de un mes de lluvia provocaba el hechizo del
plenilunio en el espejo del suelo glacial. Yo salí a recrear la
vista por calles y plazas y pregunté el nombre de las estatuas
vestidas de hiedra. Prelados y caballeros, desde los zócalos
soberbios, infundían la nostalgia de los siglos armados de una
república episcopal.
Una iglesia esculpida y cincelada imitaba la de San
Sebaldo en la vetusta Nuremberg. Las imágenes de la puerta
reproducían el semblante del águila, del león y
del buey.
Los nativos se esmeraban en la fábrica de
juguetes infantiles, de tiorbas angélicas, salterios y
laúdes. Una doncella me separó de la reverencia a los
monumentos arcaicos, me otorgó el privilegio de su amistad y
vino a referirme su vida sombría, un ejemplo de sencillez y de
sacrificio. Ofrendaba su juventud a la memoria de un hermano fallecido
antes de tiempo y lo sustituía, conservándose pura y
célibe, en el consejo de una orden militar.
José Antonio Ramos Sucre
La Redención De Fausto
Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras
gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero,
habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la
sonrisa mágica.
Ese mismo cuadro vino a iluminar, días
después, la estancia de Fausto.
El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller
presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con
Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la
síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal.
Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y
notó por primera vez la ausencia de la mujer.
La criatura espectral de Leonardo da Vinci
dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el
hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.
José Antonio Ramos Sucre
El Herbolario
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta.
Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos
pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de
las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo
del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento
del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión
del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de
rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y
pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos
alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje
irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de
sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en
el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores
disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.
José Antonio Ramos Sucre
El Reino De Los Cabiros
Unas aves negras y de ojos encarnizados se alojaban
entre los mármoles derruidos. Infligían la afrenta de las
arpías soeces. Andaban a saltos menudos y alzaban un vuelo
inelegante.
La vega de la ciudad abundaba en arbustos malignos
citados, para memoria de la venganza y amargura, en más de un
libro sapiencial.
Un busto de mirada absorta, ceñido de
guirnalda de yedra, se alzaba a cada momento sobre su pedestal roto. El
suelo de los jardines violados había dado albergue, un siglo
antes, a las víctimas de una histórica epidemia.
La luz del día regurgitaba de una rotura del
globo del sol, y la noche, duradera cual las del invierno, estaba a
cargo de un astro, de orbe incompleto y de través.
Unos hombrecillos deformes brotaban del suelo, en
medio del sopor nocturno. Salían por una apertura semejante al
escotillón de un tablado. Sus ojos eran oblicuos y el cabello
lacio y espeso invadía la angosta zona de la frente.
Respondieron a mi interpelación valiéndose de un gesto
lúbrico y hube de asestarles el puño sobre la faz dura,
como de piedra. La mano me sangra todavía.
Yo no contaba otra amistad sino la de una mujer
desconsolada, atenta a mi bien y a las memorias de un mundo superior.
No sabría decir su nombre. Yo olvidaba, en el principio de cada
mañana, su discurso.
Ella misma me puso en el camino del mar y me
señaló una estrella sin ocaso.
A poco de soltar las velas al viento
próspero, vi alzarse, desde el sitio donde me habían
despedido con lamentos, una interminable espiral de humo.
Juan Ramón Jiménez
El Día Menos
mañana se arreglarán!
¡Hoy, a soltar y a gozar!
Hoy para encontrar el amigo,
para olearse en los dos ríos,
para hablar con duras mujeres;
hoy para irisarse de césped,
para ventear a caballo,
para silbear en el árbol,
para acerarse en las montañas,
para huir por las luces anchas
perdido entre glorias ruidosas...
Hoy para la gran tensión fresca
de un vivir sin casa ni venda.
¡Ya se ordenarán los sueños,
mañana se ordenarán!
¡Hoy, a romper y a cantar!
Jorge Riechmann
14
ruina en el pecho, en los muslos, en la frente.
Con una fresa entre los labios recorro
la playa destruida.
¿No es capaz nadie de limitar los aletazos
el carnicero tatuaje de una codicia anal?
¿No hay amistad militante río arriba?
Imágenes sin memoria vampirizan
mi canija vigilia. No me ausento
en dignidad distinta del rechazo.
Juan Meléndez Valdés
Oda Li De Mis Versos
tan amorosos versos,
cual nuestros viejos tristes
nunca cantar supieron.
»Pero yo, que sin sustos
pretensiones ni pleitos
vivo siempre entre danzas
retozando y bebiendo,
»¿puedo acaso afligirme?
¿Pueden mis dulces metros
no sacar los ardores
de Cupido y Lïeo?
»¿Por qué los que me culpan,
de vil codicia ciegos
inicuos atesoran
y gozan con recelo?
»¿Por qué en fatal envidia
hierven y horror sus pechos,
cuando riente el mío
nada en genial contento?
»¿Por qué afanados velan
mientras que en paz yo duermo,
tras el fugaz fantasma
de la ambición corriendo?
»Bien por mí seguir puede
cada cual su deseo,
pero yo antes que al oro
a los brindis me atengo,
»y antes que a negras iras
o a deleznables puestos,
a delicias y gozos
libre daré mi pecho.
»Vengan, pues, vino y rosas,
que mejor que no duelos
son los sorbos süaves
con que alegre enloquezco».
Así a Dorila dije,
que festiva al momento
me dio llena otra copa
gustándola primero.
Y entre mimos y risas
con semblante halagüeño
respondiome: «¿Qué temes
la grita de los viejos?
»Bebamos si nos riñen,
bebamos y bailemos,
que de tus versos dulces
yo sola juzgar debo».
Juan Meléndez Valdés
Elegía Moral A Jovino, El Melancólico
de la lóbrega noche el mundo envuelven
en silencio y horror, cuando en tranquilo
reposo los mortales las delicias
gustan de un blando saludable sueño,
tu amigo solo, en lágrimas bañado,
vela, Jovino, y al dudoso brillo
de una cansada luz, en tristes ayes
contigo alivia su dolor profundo.
¡Ah! ¡cuán distinto en los fugaces días
de sus venturas y soñada gloria
con grata voz tu oído regalaba!,
cuando ufano y alegre, seducido
de crédula esperanza al fausto soplo,
sus ansias, sus delicias, sus deseos
depositaba en tu amistad paciente,
burlando sus avisos saludables.
Huyeron prestos como frágil sombra,
huyeron estos días; y al abismo
de la desdicha el mísero ha bajado.
Tú me juzgas feliz... ¡Oh, si pudieras
ver de mi pecho la profunda llaga
que va sangre vertiendo noche y día!
¡Oh, si del vivo, del letal veneno
que en silencio le abrasa, los horrores,
la fuerza conocieses! ¡Ay, Jovino!
¡ay amigo! ¡ay de mí! Tú sólo a un
triste,
leal, confidente en su miseria extrema,
eres salud y suspirado puerto.
En tu fiel seno, de bondad dechado,
mis infelices lágrimas se vierten,
y mis querellas sin temor; piadoso
las oye, y mezcla con mi llanto el tuyo.
Ten lástima de mí; tú solo existes,
tú solo para mí en el universo.
Doquiera vuelvo los nublados ojos,
nada miro, nada hallo que me cause
sino agudo dolor o tedio amargo.
Naturaleza en su hermosura varia
parece que a mi vista en luto triste
se envuelve umbría, y que, sus leyes rotas,
todo se precipita al caos antiguo;
Sí, amigo, sí: mi espíritu insensible,
del vivaz gozo a la impresión süave,
todo lo anubla en su tristeza oscura,
materia en todo a más dolor hallando
y a este fastidio universal que encuentra
en todo el corazón perenne causa.
La rubia Aurora entre rosadas nubes
plácida asoma su risueña frente,
llamando al día; y desvelado me oye
su luz molesta maldecir los trinos
con que las dulces aves la alborean,
turbando mis lamentos importunos.
El sol, velando en centellantes fuegos
su inaccesible majestad, preside
cual rey al universo, esclarecido
de un mar de luz que de su trono corre.
Yo empero huyendo de él, sin cesar llamo
la negra noche, y a sus brillos cierro
mis lagrimosos fatigados ojos.
La noche melancólica al fin llega,
tanto anhelada: a lloro más ardiente,
a más gemidos su quietud me irrita.
Busco angustiado el sueño; de mí huye
despavorido; y en vigilia odiosa
me ve desfallecer un nuevo día,
por él clamando detestar la noche.
Así tu amigo vive; en dolor tanto,
Jovino, el infelice, de ti lejos,
lejos de todo bien, sumido yace.
¡Ay! ¿dónde alivio encontraré a mis penas?
¿Quién pondrá fin a mis extremas ansias
o me dará que en el sepulcro goce
de un reposo y olvido sempiternos?...
Todo, todo me deja y abandona.
La muerte imploro, y a mi voz la muerte
cierra dura el oído; la paz llamo,
la suspirada paz que ponga al menos
alguna leve tregua a las fatigas
en que el llagado corazón guerrea;
con fervorosa voz en ruego humilde
alzo al cielo las manos: sordo se hace
el cielo a mi clamor; la paz que busco
es guerra y turbación al pecho mío.
Así huyendo de todos, sin destino,
perdido, extraviado, con pie incierto,
sin seso corro estos medrosos valles,
ciego, insensible a las bellezas que ora
al ánimo doquiera reflexivo
natura ofrece en su estación más rica.
Un tiempo fue que de entusiasmo lleno
yo las pude admirar, y en dulces cantos
de gratitud holgaba celebrarlas
entre éxtasis de gozo el labio mío.
¡Oh, cómo entonces las opimas mieses,
que de dorada arista defendidas,
en su llena sazón ceden al golpe
del abrasado segador, oh cómo
la ronca voz, los cánticos sencillos
con que su afán el labrador engaña,
entre sudor y polvo revolviendo
el rico grano en las tendidas eras,
mi espíritu inundaran de alegría!
Los recamados centellantes rayos
de la fresca mañana, los tesoros
de llama inmensos que en su trono ostenta
majestuoso el sol, de la tranquila
nevada luna el silencioso paso,
tanta luz como esmalta el velo hermoso
con que en sombras la noche envuelve el mundo,
melancólicas sombras, jamás fueran
vistas de mí sin bendecir humilde
la mano liberal que omnipotente
de sí tan rica muestra hacernos sabe.
Jamás lo fueran sin sentir batiendo
mi corazón en celestial zozobra.
Tú lo has visto, Jovino: en mi entusiasmo
perdido, dulcemente fugitivas
volárseme las horas... Todo, todo
se trocó a un infeliz: mi triste musa
no sabe ya sino lanzar suspiros,
ni saben ya sino llorar mis ojos,
ni más que padecer mi tierno pecho.
En él su hórrido trono alzó la oscura
melancolía, y su mansión hicieran
las penas veladoras, los gemidos,
la agonía, el pesar, la queja amarga,
y cuanto monstruo en su delirio infausto
la azorada razón abortar puede.
¡Ay!, ¡si me vieses elevado y triste,
inundando mis lágrimas el suelo,
en él los ojos, como fría estatua
inmóvil y en mis penas embargado,
de abandono y dolor imagen muda!
¡Ay! ¡si me vieses ¡ay! en las tinieblas
con fugaz planta discurrir perdido,
bañado en sudor frío, de mí propio
huyendo, y de fantasmas mil cercado!
¡Ay! ¡si pudieses ver..., el devaneo
de mi ciega razón, tantos combates,
tanto caer y levantarme tanto,
temer, dudar, y de mi vil flaqueza
indignarme afrentado, en vivas llamas
ardiendo el corazón al tiempo mismo!
¡hacer al cielo mil fervientes votos
y al punto traspasarlos..., el deseo...
la pasión, la razón ya vencedoras...
ya vencidas huir!... Ven, dulce amigo,
consolador y amparo, ven y alienta
a este infeliz, que tu favor implora.
Extiende a mí la compasiva mano,
y tu alto imperio a domeñar me enseñe
la rebelde razón; en mis austeros
deberes me asegura en la escabrosa
difícil senda que temblando sigo.
La virtud celestial y la inocencia
llorando huyeran de mi pecho triste,
y en pos de ellas la paz; tú conciliarme
con ellas puedes, y salvarme puedes.
No tardes, ven; y poderoso templa
tan insano furor; ampara, ampara
a un desdichado que al abismo que huye
se ve arrastrar por invencible impulso,
y abrasado en angustias criminales,
su corazón por la virtud suspira.