Poemas en este tema

Belleza

Francisco Villaespesa

Francisco Villaespesa

Junto Al Mar

Todo en silencio está. Bajo la parra
yace el lebrel por el calor rendido.
Torna a la flor la abeja, el ave al nido,
y a dormir nos invita la cigarra.

La madreselva que al balcón se agarra,
vierte como un suave olor a olvido;
y a lo lejos escúchase el quejido
de una pena andaluza, en la guitarra.

Del mar de espigas en las áureas olas
fingen las encendidas amapolas
corazones de llamas rodeados...

¡Y el sudor, con sus gotas crepitantes,
ciñe a tus bucles, como el sol dorados,
una regia corona de diamantes!
484
Francisco Villaespesa

Francisco Villaespesa

El Jardín De Lindaraja

De la tarde de octubre bajo la luz gloriosa,
en la fuente de mármol que el arrayán orilla,
diluyen los cipreses su esmeralda herrumbrosa
y la arcada del fondo su tristeza amarilla.

Rosales y naranjos... Mustio el jardín reposa
en un verdor que el oro del otoño apolilla...
¡Sólo, a veces, se enciende la llama de una rosa,
o el oro polvoriento de una naranja brilla!

Mas, dentro de este otoño, hay tanta primavera
en gérmenes; y es todo tan dulce y apacible,
que antes de abandonarlo, mi corazón quisiera,

oyendo el melodioso suspirar de la fuente
y soñando con una Lindaraja imposible,
sobre este viejo banco dormir eternamente...
322
Francisco Villaespesa

Francisco Villaespesa

Misa Del Alba

En el dulce silencio campesino,
y en copas de cristal, el labio bebe
la frescura del alba, como un vino
de rosas rojas conservado en nieve.

La geórgica blancura de un molino
como en una oración sus aspas mueve…
Se apaga el astro y se despierta el trino,
y una paz celestial de todo llueve.

¡Oh, sentir, entre sueños, el sonoro
clamor de la campana cristalina
llamando a misa con su voz de oro!...

¡Y mirar florecer en tu ventana,
en el pico de alguna golondrina,
la campanilla azul de la mañana!
365
Francisco Villaespesa

Francisco Villaespesa

Por Tierras De Sol Y Sangre Viii El Albaicín

Con pereza oriental, en la colina dormita,
ebrio de sol, el Albaicín.
Torcida higuera su ramaje inclina
entre rojos tapiales de un jardín.

Una acritud de fruta ya madura
y podrida trasciende del vergel,
mientras el fuego de la calentura
va esculpiendo las venas en la piel.

El arco de una arábiga cisterna
nos brinda el eco de su agua interna,
que nunca doró el sol, y la frescura

de su sombra antiquísima... ¡Y advierte
la carne en su pesada calentura
la fiebre de la vida y de la muerte!
323
Francisco Villaespesa

Francisco Villaespesa

Por Tierras De Sol Y Sangre Ii

En férreas contracciones de serpiente
ondula el tren por la campiña verde;
cruza en nervioso trepidar un puente
y en la sombra de un gran túnel se pierde.

Surge a la gloria de la luz dorada
de la tarde, silbando, entre el ramaje,
y de nuevo se alegra la mirada
con la fresca belleza del paisaje.

En un bosque fragante de naranja
chispean los cristales de una granja,
cuyo blancor refléjase en la ría...

Se pierde nuestro sueño en la floresta...
—Ella, y una casita como ésta...
¡Bien poco era, Señor, lo que pedía!
365
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Retrato No Vulgar De Lisis

Crespas hebras, sin ley desenlazadas,
que un tiempo tuvo entre las manos Midas;
en nieve estrellas negras encendidas,
y cortésmente en paz de ella guardadas.

Rosas a abril y mayo anticipadas,
de la injuria del tiempo defendidas;
auroras en la risa amanecidas,
con avaricia del clavel guardadas.

Vivos planetas de animado cielo,
por quien a ser monarca Lisi aspira,
de libertades, que en sus luces ata.

Esfera es racional, que ilustra el suelo,
en donde reina Amor cuanto ella mira,
y en donde vive Amor cuanto ella mata.
570
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Soneto Amoroso

Más solitario pájaro ¿en cuál techo
se vio jamás, ni fiera en monte o prado?
Desierto estoy de mí, que me ha dejado
mi alma propia en lágrimas deshecho.

Lloraré siempre mi mayor provecho;
penas serán y hiel cualquier bocado;
la noche afán, y la quietud cuidado,
y duro campo de batalla el lecho.

El sueño, que es imagen de la muerte,
en mí a la muerte vence en aspereza,
pues que me estorba el sumo bien de verte.

Que es tanto tu donaire y tu belleza,
que, pues Naturaleza pudo hacerte,
milagro puede hacer Naturaleza.
711
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Admírase De Que Flora, Siendo Todo Fuego Y Luz, Sea Toda Hielo

Hermosísimo invierno de mi vida,
sin estivo calor constante yelo,
a cuya nieve da cortés el cielo
púrpura en tiernas flores encendida;

esa esfera de luz enriquecida,
que tiene por estrella al dios de Delo,
¿cómo en la elemental guerra del suelo
reina de sus contrarios defendida?

Eres Scitia de l'alma que te adora,
cuando la vista, que te mira, inflama;
Etna, que ardientes nieves atesora.

Sí lo frágil perdonas a la fama,
eres al vidro parecida, Flora,
que siendo yelo, es hijo de la llama.
472
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

A Una Dama Bizca Y Hermosa

Si a una parte miraran solamente
vuestros ojos, ¿cuál parte no abrasaran?
Y si a diversas partes no miraran,
se helaran el ocaso o el Oriente.

El mirar zambo y zurdo es delincuente;
vuestras luces izquierdas lo declaran,
pues con mira engañosa nos disparan
facinorosa luz, dulce y ardiente.

Lo que no miran ven, y son despojos
suyos cuantos los ven, y su conquista
da a l'alma tantos premios como enojos.

¿Qué ley, pues, mover pudo al mal jurista
a que, siendo monarcas los dos ojos,
los llamase vizcondes de la vista?
649
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

A Una Dama Tuerta Y Muy Hermosa

Para agotar sus luces la hermosura
en un ojo no más de vuestra cara,
grande ejemplar y de belleza rara
tuvo en el sol, que en una luz se apura.

Imitáis, pues, aquella arquitectura
de la vista del cielo, hermosa y clara;
que muchos ojos, y de luz avara,
sola la noche los ostenta obscura.

Si en un ojo no mas, que en vos es día,
tienen cuantos le ven muerte y prisiones,
al otro le faltara monarquía.

Aun faltan a sus rayos corazones,
victorias a su ardiente valentía
y al triunfo de sus luces aún naciones.
545
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Letrilla Lírica

Rosal, menos presunción
donde están las clavellinas,
pues serán mañana espinas
las que agora rosas son.


¿De qué sirve presumir,
rosal, de buen parecer,
si aun no acabas de nacer
cuando empiezas a morir?
Hace llorar y reír
vivo y muerto tu arrebol
en un dia o en un sol:
desde el Oriente al ocaso
va tu hermosura en un paso,
y en menos tu perfección.
Rosal, menos presunción
donde están las clavellinas,
pues serán mañana espinas
las que agora rosas son.

No es muy grande la ventaja
que tu calidad mejora:
si es tus mantillas la aurora,
es la noche tu mortaja.
No hay florecilla tan baja
que no te alcance de días,
y de tus caballerías,
por descendiente de la alba,
se está rïendo la malva,
cabellera de un terrón.
Rosal, menos presunción
donde están las clavellinas,
pues serán mañana espinas
las que agora rosas son.
1.150
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

A Los Huesos De Un Rey Que Se Hallaron En Un Sepulcro, Ignorándose, Y Se Conoció Por L

Estas que veis aquí pobres y escuras
ruinas desconocidas,
pues aun no dan señal de lo que fueron;
estas piadosas piedras más que duras,
pues del tiempo vencidas,
borradas de la edad, enmudecieron
letras en donde el caminante, junto,
leyó y pisó soberbias del difunto;
estos güesos, sin orden derramados,
que en polvo hazañas de la muerte escriben,
ellos fueron un tiempo venerados
en todo el cerco que los hombres viven.
Tuvo cetro temido
la mano, que aun no muestra haberlo sido;
sentidos y potencias habitaron
la cavidad que ves sola y desierta;
su seso altos negocios fatigaron;
¡y verla agora abierta,
palacio, cuando mucho, ciego y vano
para la ociosidad de vil gusano!
Y si tan bajo huésped no tuviere,
horror tendrá que dar al que la viere.
¡Oh muerte, cuánto mengua en tu medida
la gloria mentirosa de la vida!
Quien no cupo en la tierra al habitalla,
se busca en siete pies y no se halla.
Y hoy, al que pisó el oro por perderle,
mal agüero es pisarle, miedo verle.
Tú confiesas, severa, solamente
cuánto los reyes son, cuánto la gente.
No hay grandeza, hermosura, fuerza o arte
que se atreva a engañarte.
Mira esta majestad, que persuadida
tuvo a la eternidad la breve vida,
cómo aquí, en tu presencia,
hace en su confesión la penitencia.
Muere en ti todo cuanto se recibe,
y solamente en ti la verdad vive:
que el oro lisonjero siempre engaña,
alevoso tirano, al que acompaña.
¡Cuántos que en este mundo dieron leyes,
perdidos de sus altos monumentos,
entre surcos arados de los bueyes
se ven, y aquellas púrpuras que fueron!
Mirad aquí el terror a quien sirvieron:
respetó el mundo necio
lo que cubre la tierra con desprecio.
Ved el rincón estrecho que vivía
la alma en prisión obscura, y de la muerte
la piedad, si se advierte,
pues es merced la libertad que envía.
Id, pues, hombres mortales;
id, y dejaos llevar de la grandeza;
y émulos a los tronos celestiales,
vuestra naturaleza
desconoced, dad crédito al tesoro,
fundad vuestras soberbias en el oro;
cuéstele vuestra gula desbocada
su pueblo al mar, su habitación al viento.
Para vuestro contento
no críe el cielo cosa reservada,
y las armas continuas, por hacerlas
famosas y por gloria de vestirlas,
os maten más soldados con sufrirlas,
que enemigos después con padecerlas.
Solicitad los mares
para que no os escondan los lugares,
en donde, procelosos,
amparan la inocencia
de vuestra peregrina diligencia,
en parte religiosos.
Tierra que oro posea,
sin más razón, vuestra enemiga sea.
No sepan los dos polos playa alguna
que no os parle por ruegos la Fortuna.
Sirva la libertad de las naciones
al título ambicioso en los blasones;
que la muerte, advertida y veladora,
y recordada en el mayor olvido,
traída de la hora,
presta vendrá con paso enmudecido
y, herencia de gusanos,
hará la posesión de los tiranos.
Vivo en muerte lo muestra
este que frenó el mundo con la diestra;
acuérdase de todos su memoria;
ni por respeto dejará la gloria
de los reyes tiranos,
ni menos por desprecio a los villanos.
¡Qué no está predicando
aquel que tanto fue, y agora apenas
defiende la memoria de haber sido,
y en nuevas formas va peregrinando
del alta majestad que tuvo ajenas!
Reina en ti propio, tú que reinar quieres,
pues provincia mayor que el mundo eres.
524
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

La Templanza, Adorno Para La Garganta Más Precioso Que Las Perlas De Mayor Valor

Esta concha que ves presuntuosa,
por quien blasona el mar índico y moro,
que en un bostezo concibió un tesoro
del sol y el cielo, a quien se miente esposa;

esta pequeña perla y ambiciosa,
que junta su soberbia con el oro,
es defecto del nácar, no decoro,
y mendiga beldad, aunque preciosa.

Bastaba que la gula el mar pescara,
sin que avaricia en él tendiera redes
con que la vanidad alimentara.

Floris, mejor con la templanza puedes
adornar tu garganta, que con rara
perdición rica, que del Ponto heredes.
459
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

A Apolo, Siguiendo A Dafne

Bermejazo Platero de las cumbres
A cuya luz se espulga la canalla:
La ninfa Dafne, que se afufa y calla,
Si la quieres gozar, paga y no alumbres.

Si quieres ahorrar de pesadumbres,
Ojo del Cielo, trata de compralla:
En confites gastó Marte la malla,
Y la espada en pasteles y en azumbres.

Volvióse en bolsa Júpiter severo,
Levantóse las faldas la doncella
Por recogerle en lluvia de dinero.

Astucia fue de alguna Dueña Estrella,
Que de Estrella sin Dueña no lo infiero:
Febo, pues eres Sol, sírvete de ella.
689
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

A Un Hombre De Gran Nariz

Érase un hombre a una nariz pegado,
Érase una nariz superlativa,
Érase una alquitara medio viva,
Érase un peje espada mal barbado;

Era un reloj de sol mal encarado.
Érase un elefante boca arriba,
Érase una nariz sayón y escriba,
Un Ovidio Nasón mal narigado.

Érase el espolón de una galera,
Érase una pirámide de Egito,
Los doce tribus de narices era;

Érase un naricísimo infinito,
Frisón archinariz, caratulera,
Sabañón garrafal morado y frito.
531
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Letrilla Satírica

Flor que cantas, Flor que vuelas,
Y tienes por facistol
El laurel, ¿para qué al Sol,
Con tan sonoras cautelas,
Le madrugas y desvelas?
Digasmé,
Dulce jilguero, ¿por qué?

Dime, Cantor Ramillete,
Lira de pluma volante,
Silbo alado y elegante
Que en el rizado copete
Luces flor, suenas falsete,
¿Por qué cantas con porfía
Envidias que llora el día
Con lágrimas de la Aurora,
Si en la risa de Lidora
Su amanecer desconsuelas?
Flor que cantas, Flor que vuelas,
Y tienes por facistol
El laurel, ¿para qué al Sol,
Con tan sonoras cautelas,
Le madrugas y desvelas?
Digasmé,
Dulce jilguero, ¿por qué?

En un átomo de pluma
¿Cómo tal concento cabe?
¿Cómo se esconde en una ave
Cuanto el contrapunto suma?
¿Qué dolor hay que presuma
Tanto mal de su rigor
Que no suspenda el dolor
Al Iris breve que canta,
Llena tan chica garganta
De Orfeos y de Vihuelas?
Flor que cantas, Flor que vuelas,
Y tienes por facistol
El laurel, ¿para qué al Sol,
Con tan sonoras cautelas,
Le madrugas y desvelas?
Digasmé,
Dulce jilguero, ¿por qué?

Voz pintada, Canto alado,
Poco al ver, mucho al oído
¿Dónde tienes escondido
Tanto instrumento templado?
Recata de mi cuidado
Tus músicas y alegrías,
Que las malas compañías
Te volverán los cantares
En lágrimas y pesares,
Por más que a Sirena anhelas.
Flor que cantas, Flor que vuelas,
Y tienes por facistol
El laurel, ¿para qué al Sol,
Con tan sonoras cautelas,
Le madrugas y desvelas?
Digasmé,
Dulce jilguero, ¿por qué?
645
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Retrato De Lisi En Mármol Madrigal

Un famoso Escultor, Lisis esquiva,
En una piedra te ha imitado viva,
Y ha puesto más cuidado en Retratarte
Que la Naturaleza en Figurarte:
Pues si te dio blancura y pecho helado,
Él lo mismo te ha dado.
Bellísima en el Mundo te hizo Ella,
Y él no te ha repetido menos bella.
Mas Ella, que te quiso hacer piadosa,
De materia tan blanda y tan suave
Te labró que no sabe
Del jazmín distinguirte y de la rosa;
Y él, que vuelta te advierte en piedra ingrata,
De lo que tú te hiciste te retrata.
601
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Amor De Sola Una Vista Nace, Vive, Crece Y Se Perpetúa

Diez años de mi vida se ha llevado
En veloz fuga y sorda el Sol ardiente,
Después que en tus dos ojos vi el Oriente,
Lísida, en hermosura duplicado.

Diez años en mis venas he guardado
El dulce fuego que alimento ausente
De mi sangre. Diez años en mi mente
Con imperio tus luces han reinado.

Basta ver una vez grande Hermosura,
Que una vez vista eternamente enciende,
Y en l'alma impresa eternamente dura.

Llama que a la inmortal vida trasciende,
Ni teme con el cuerpo sepultura,
Ni el Tiempo la marchita ni la ofende.
502
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Retrato De Lisi Que Traía En Una Sortija

En breve cárcel traigo aprisionado,
Con toda su familia de oro ardiente,
El cerco de la luz resplandeciente,
Y grande imperio del Amor cerrado.

Traigo el campo que pacen estrellado
Las Fieras altas de la piel luciente;
Y a escondidas del Cielo y del Oriente,
Día de luz y parto mejorado.

Traigo todas las Indias en mi mano,
Perlas que en un diamante por rubíes,
Pronuncian con desdén sonoro hielo,

Y razonan tal vez fuego tirano
Relámpagos de risa carmesíes,
Auroras, gala y presunción del Cielo.
641
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Halla En La Causa De Su Amor Todos Los Bienes

Después que te conocí,
Todas las cosas me sobran:
El Sol para tener día,
Abril para tener rosas.

Por mi bien pueden tomar
Otro oficio las Auroras,
Que yo conozco una luz
Que sabe amanecer sombras.

Bien puede buscar la noche
Quien sus Estrellas conozca,
Que para mi Astrología
Ya son oscuras y pocas.

Gaste el Oriente sus minas
Con quien avaro las rompa,
Que yo enriquezco la vista
Con más oro a menos costa.

Bien puede la Margarita
Guardar sus perlas en conchas,
Que Búzano de una Risa
Las pesco yo en una boca.

Contra el Tiempo y la Fortuna
Ya tengo una inhibitoria:
Ni ella me puede hacer triste,
Ni él puede mudarme un hora.

El oficio le ha vacado
A la Muerte tu persona:
A sí misma se padece,
Sola en ti viven sus obras.

Ya no importunan mis ruegos
A los cielos por la gloria,
Que mi bienaventuranza
Tiene jornada más corta.

La sacrosanta Mentira
Que tantas Almas adoran,
Busque en Portugal vasallos,
En Chipre busque Coronas.

Predicaré de manera
Tu belleza por Europa,
Que no haya Herejes de Gracias,
Y que adoren en ti sola.
367
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

A Flori, Que Tenía Unos Claveles Entre El Cabello Rubio

Al oro de tu frente unos claveles
Veo matizar, cruentos, con heridas;
Ellos mueren de amor, y a nuestras vidas
Sus amenazas les avisan fieles.

Rúbricas son piadosas y crueles,
Joyas facinerosas y advertidas,
Pues publicando muertes florecidas,
Ensangrientan al Sol rizos doseles.

Mas con tus labios quedan vergonzosos
(Que no compiten flores a rubíes)
Y pálidos después, de temerosos;

Y cuando con relámpagos te ríes,
De púrpura, cobardes, si ambiciosos,
Marchitan sus blasones carmesíes.
379
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Con Ejemplos Muestra A Flora La Brevedad De La Hermosura, Para No Malograrla

La mocedad del año, la ambiciosa
Vergüenza del jardín, el encarnado
Oloroso Rubí, Tiro abreviado,
También del año presunción hermosa;

La ostentación lozana de la Rosa,
Deidad del campo, Estrella del cercado;
El Almendro en su propia flor nevado,
Que anticiparse a los calores osa:

Reprehensiones son, oh Flora, mudas
De la Hermosura y la Soberbia Humana,
Que a las leyes de flor está sujeta.

Tu edad se pasará mientras lo dudas;
De ayer te habrás de arrepentir mañana,
Tarde, y con dolor, serás discreta.
604
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Túmulo De La Mariposa

Yace pintado Amante,
De amores de la Luz muerta de amores,
Mariposa elegante
Que vistió rosas y voló con flores;
Y codicioso el fuego de sus galas
Ardió dos primaveras en sus alas.

El aliño del prado
Y la curiosidad de Primavera
Aquí se han acabado,
Y el Galán breve de la Cuarta Esfera
Que con dudoso y divertido vuelo
Las lumbres quiso amartelar del Cielo.

Clementes hospedaron
A duras Salamandras llamas vivas;
Su vida perdonaron,
Y fueron rigurosas, como esquivas,
Con el galán idólatra que quiso
Morir como Faetón, siendo Narciso.

No renacer hermosa,
Parto de la ceniza y de la muerte,
Como Fénix gloriosa
Que su linaje entre las llamas vierte,
Quien no sabe de amor y de terneza
Lo llamará desdicha, y es fineza.

Su tumba fue su Amada,
Hermosa sí, pero temprana y breve;
Ciega y enamorada,
Mucho al Amor y poco al Tiempo debe;
Y pues en sus amores se deshace,
Escríbase: Aquí goza, donde yace.
537
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

A Don Luis Carrillo Hijo De Don Fernando Carrillo, Presidente De Indias, Cuatralbo De Las Galeras De

Ansí, sagrado mar, nunca te oprima
menos ilustre peso; ansí no veas
entre los altos montes que rodeas
exenta de tu imperio alguna cima;

ni, ofendida, tu blanca espuma gima
agravios de haya humilde, y siempre seas,
como de arenas, rico de preseas,
del que la luna más que el sol estima.

Ansí tu mudo pueblo esté seguro
de la gula solícita, que ampares
de Thetis al amante, al hijo nuevo:

pues en su verde reino y golfo obscuro,
don Luis la sirve, honrando largos mares,
ya de Aquiles valiente, ya de Febo.
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