Poemas en este tema

Belleza

Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

¿vos Sois Valladolid? ¿vos Sois El Valle

¿Vos sois Valladolid? ¿Vos sois el valle
De olor? ¡Oh fragrantísima ironía!
A rosa oléis, y sois de Alejandría,
Que pide al cuerpo más que puede dalle.

Serenísimas damas de buen talle,
No os andéis cocheando todo el día,
Que en dos mulas mejores que la mía
Se pasea el estiércol por la calle.

Los que en esquinas vuestros corazones
Asáis por quien, alguna noche clara,
Os vertió el pebre y os mechó sin clavos,

¿Pasáis por tal que sirvan los balcones,
Los días a los ojos de la cara,
Las noches a los ojos de los rabos?
282
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

A Una Dama Que Conoció Niña Y Después Vio Mujer Muy Hermosa

Si Amor entre las plumas de su nido
Prendió mi libertad, ¿qué hará ahora,
Que en tus ojos, dulcísima señora,
Armado vuela, ya que no vestido?

Entre las vïoletas fui herido
Del áspid que hoy entre los lilios mora;
Igual fuerza tenías siendo aurora,
Que ya como sol tienes bien nacido.

Saludaré tu luz con voz doliente,
Cual tierno ruiseñor en prisión dura
Despide quejas, pero dulcemente.

Diré como de rayos vi tu frente
Coronada, y que hace tu hermosura
Cantar las aves, y llorar la gente.
534
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Para Lo Mismo

Lilio siempre real nascí en Medina
Del Cielo, con razón, pues nascí en ella;
Ceñí de un Duque excelso, aunque flor bella,
De rayos más que flores frente dina.

Lo caduco esta urna peregrina,
Oh peregrino, con majestad sella;
Lo fragrante, entre una y otra estrella,
Vista no fabulosa determina.

Estrellas son de la guirnalda griega
Lisonjas luminosas, de la mía
Señas oscuras, pues ya el Sol corona.

La suavidad que expira el mármol (llega)
Del muerto lilio es; que aun no perdona
El santo olor a la ceniza fría.
300
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

De Los Señores Reyes Don Felipe Iii Y Doña Margarita, En Una Montería

Clavar victorïoso y fatigado
Al español Adonis vio la Aurora
Al tronco de una encina vividora
Las prodigiosas armas de un venado.

Conducida llegó a pisar el prado,
Del blanco cisne que en las aguas mora,
Su venus alemana, y fue a tal hora,
Que en sus brazos depuso su cuidado.

«Este trofeo —dijo— a tu infinita
Beldad consagro»; y la lisonja creo
Que en ambos labios se la dejó escrita.

Silbó el aire y la voz de algún deseo,
«¡Viva Filipo, viva Margarita,
—Dijo— los años de tan gran trofeo!»
387
Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Soneto A Clori Histrionisa, En Coche Simón

Ésa que veis llegar máquina lenta,
de fatigados brutos arrastrada,
que en vano de rigor la diestra armada
vinoso auriga acelerar intenta:

No menos va dichosa y opulenta,
que la de cisnes cándidos tirada
concha de Venus, cuando en la morada
celeste al padre ufana se presenta.

Clori es esta: mirad las poderosas
luces, el seno de alabastro, el breve
labio que aromas del oriente espira.

Flores al viento esparcen las hermosas
gracias, y el virgen coro de las nueve
y entorno de ella Amor vuela, y suspira.


486
Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Inscripción Para El Sepulcro De D Francisco Gregorio De Salas

En esta venerada tumba, humilde,
yace Salicio: el ánimo celeste,
roto el nudo mortal, descansa y goza
eterno galardón. Vivió en la tierra
pastor sencillo, de ambición remoto,
a el trato fácil y a la honesta risa,
y del pudor y la inocencia amigo.
Ni envidia conoció, ni orgullo insano,
su corazón, como su lengua puro.
Amaba la virtud, amó las selvas.
Diole su plectro, y de olorosas flores.
guirnalda le ciñó, la que preside
al canto pastoril, divina Euterpe.


368
Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Epigrama A Lesbia Modista

En la gala y compostura
que a nuestras jóvenes das,
Lesbia, tu invención se apura;
si las dieras tu hermosura,
nunca te pidieran más.


480
Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Oda A La Memoria De D Nicolás Fernández De Moratín

Flumisbo, el celebrado
cantor de Termodonte,
por quien grato a las Musas
fue de Dorisa el nombre,

Ya las sombras habita
de los elisios bosques:
Llorad, Venus hermosa,
llorad, dulces Amores.

Suelta la crencha de oro
que el viento descompone,
la rica vestidura
desceñida sin orden,

Erato, que suave
le colmó de favores,
sobre la tumba fría
hoy se reclina inmóvil.

Del seno de su madre
el niño de los Dioses
batió veloz las alas,
fugitivo se esconde.

Deshecho el arco inútil,
la venda airado rompe:
ardió la corva aljaba
y duros pasadores.

Es fama que en la selva,
por donde lento corre
el Arlas, coronado
de olivo, yedra y flores,

sonó lamento ronco
de mal formadas voces,
que en ecos repitieron
las grutas de los montes.

Ninfas, la queja es vana
si dio la Parca el golpe:
ni vuelve lo que usurpa
el avaro Aqueronte.

Alzad un monumento
con mirtos de Dione,
ornado de laureles,
guirnaldas y festones,

entrelazando en ellos
la trompa de Mavorte
y la cítara dulce
del teyo Anacreonte,

las coronas de Clío,
de Amor venda y arpones,
y las aves de Venus
el obelisco adornen.

Que si al asunto digno
mi verso corresponde,
si da lugar el llanto
a números acordes:

De la región que tiene
por su zenit al norte,
a la que esterilizan
rayos abrasadores,

Flumisbo en la memoria
durará de los hombres;
sin que fugaz el tiempo
su duración estorbe.


417
Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Oda A Don Gaspar De Jovellanos

Id en las alas del raudo céfiro,
humildes versos, de las floridas
vegas que diáfano fecunda el Arlas,
adonde lento mi patrio río
ve los alcázares de Mantua excelsa.
Id, y al ilustre Jovino, tanto
de vos amigo, caro a las Musas,
para mí siempre numen benévolo,
id, rudos versos, y veneradle,
que nunca, o rápidas las horas vuelen,
o en larga ausencia viva remoto,
olvida méritos suyos Inarco.
No, que mil veces su nombre presta
voz a mi cítara, materia al verso,
y al numen tímido llama celeste.
Yo le celebro, y al son armónico
toda enmudece la selva umbría,
por donde el Tajo plácidas ondas
vierte, del árbol sacro a Minerva
la sien ceñida, flores y pámpanos.
Tal vez sus ninfas, girando en torno,
sonora espuma cándida rompen,
del cuello apartan las hebras húmidas,
y el pecho alzando de formas bellas,
conmigo al ínclito varón aplauden,
dando a los aires coros alegres
que el eco en grutas repite cóncavas.


402
Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Epigrama A Lesbia Modista

Lesbia, tú que a las bonitas
añadir adornos puedes;
como a todas las excedes,
de ninguno necesitas.


447
Luis Cernuda

Luis Cernuda

País

Tus ojos son de donde
la nieve no ha manchado
la luz, y entre las palmas
el aire
invisible es de claro.

Tu deseo es de donde
a los cuerpos se alía
lo animal con la gracia
secreta
de mirada y sonrisa.

Tu existir es de donde
percibe el pensamiento,
por la arena de mares
amigos,
la eternidad en tiempo.
761
Luis Cernuda

Luis Cernuda

Quisiera Estar Solo En El Sur

Quizá mis lentos ojos no verán más el sur
de ligeros paisajes dormidos en el aire,
con cuerpos a la sombra de ramas como flores
o huyendo en un galope de caballos furiosos.

El sur es un desierto que llora mientras canta,
y esa voz no se extingue como pájaro muerto;
hacia el mar encamina sus deseos amargos
abriendo un eco débil que vive lentamente.

En el sur tan distante quiero estar confundido.
La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta;
su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.
Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.
876
Luis Cernuda

Luis Cernuda

Urbano Y Dulce Revuelo

Urbano y dulce revuelo
suscitando fresca brisa
para sazón de sonrisa
que agosta el ardor del suelo;
pues si aquel mudo señuelo
de caña y papel, pasivo
al curvo desmayo estivo,
aún queda, brusca delicia,
la que abre tu caricia,
oh ventilador cautivo.
890
Luis Antonio de Villena

Luis Antonio de Villena

Las Rosas

Entonces hubiera gritado:
¡Señor, salva a Juan!
He visto deshacerse muchas bellezas;
sería bueno que quedase
una como emblema de nuestro
tiempo, un licor joven
que —contra el uso— no
envejeciera nunca...
Aún es hoy como monda
de naranja, y sonríe,
y un aroma delgado
aún llena el aire...
Pero no, tampoco mi oración
obtuvo respuesta
387
Luis Antonio de Villena

Luis Antonio de Villena

¿qué Sabes De La Noche, Centinela?

Tú que aspirabas a vivir continua diferencia,
hallaste que sus ojos hermosos no eran aventura.
Y oíste las mismas palabras, evocación de la ebriedad
con idénticos gestos, el culmen del mundo cifrado
en esa consecución de vasos y de droga barata...
¿Hablas de la caducidad? La alegría salvaje,
la gloria primitiva, son verdad sólo en su primer momento.
Recorriste solitario algunas calles desiertas,
recordando: en el lugar más alto estará lo que quiero.
Y a ti que te ha encendido la belleza del mundo,
te sumergiste entero entre lampos de fresa y titilar de oro.
Hablar del esplendor es vano intento. Mas cada cual
se anubla en el de al lado, y se pierde la hoguera
en anónimo fuego: la belleza aquí se repetía.
¿Qué busco yo, dijiste, con un vaso en la mano?
Participar de un cuerpo cuya entidad se esconde.
Sonaban las botellas entre las luces tibias.
El repetido alcohol de casi seis estaciones recorridas.
¿Adónde mirar? ¿Y hacia dónde mis ojos?
Tampoco anhelo añil amanecer junto a una carne
rubia, que dormirá en sus flores intocada y morbosa.
Sinuosas cintas de innumerables barras,
trasiego de palabras gastadas por la lija,
y el vidrio que me impide coger lo que o sé si quiero.
No es Nadie el nombre del que corre entre la sombra,
ni Odiseo el que repta entre siete cubículos.
Uno sólo es su nombre. Llamadme ya style="font-style: italic;">Mendigo.
423
Luis Antonio de Villena

Luis Antonio de Villena

Piscina

Con un ligero impulso la palanca palpita,
y el desnudo se goza un instante en el aire,
para astillar después en vibraciones verdes
el oro y el azul y la espuma que canta.

Desciendes un momento. Y riela en los visos
del cristal transparente el fuego que galopa
entre las ramas verdes, y es túnica
de seda que amorosa recoge la selva de tu cuerpo.

Te detienes y nadas. El fondo es tu capricho.
Como un solaz de algas que amase tu cabello
te complaces en verte por grutas submarinas.

Y al regresar al sol, nos miras en la orilla,
mientras, toda codicias sexuales, el agua
deseosa, se goza solitaria en tu cintura.
410
Luis Antonio de Villena

Luis Antonio de Villena

Un Arte De Vida

Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa,
tu corbata de tarde, la carta que le escribes
a un amigo, la opinión sobre un lienzo, que dirás
en la charla, pero que no tendrás el torpe gusto
de pretender escrita. Beber, que es un placer efímero.
Amar el sol y desear veranos, y el invierno
lentísimo que invita a la nostalgia (¿de dónde
esa nostalgia?). Salir todas las noches, arreglarte
el foulard con cariño esmerado ante el espejo,
embriagarte en belleza cuanto puedas, perseguir
y anhelar jóvenes cuerpos, llanuras prodigiosas,
todo el mundo que cabe en tanta euritmia.
Dejar de amanecida tan fantásticos lechos,
y olerte las manos mientras buscas taxi, gozando
en la memoria, porque hablan de vellos y delicias
y escondidos lugares, y perfumes sin nombre,
dulces como los cuerpos. ¡Qué frío amanecer
entonces,
qué triste es, qué bello! Las sábanas te
acogerán
después un tanto yermas, y esperarás el sueño.
Del día que vendrá no sabes nada. (No consultas
oráculos). Te quemarán hastíos y emociones,
tertulias y bellezas, las rosas de un banquete
suntuario, y las viejas callejas, donde se siente
todo, en el verano, como un aroma intenso.
Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa.
Y si todo va mal, si al final todo es duro,
como Verlaine, saber ser el rey de un palacio
de invierno
.
467
Luis Antonio de Villena

Luis Antonio de Villena

Fabliau Del Encuentro

Y abriría la puerta y tú estarías allí,
como el árbol, sin saberlo.
Y diría palabras que no son mármol,
ni tampoco melancolía.
Y de ti quedaría, como en el vaso,
el olor de la rosa,
sus pestañas profundas de belleza abisal
como las esmeraldas,
el fulgor de lejanas estrellas que como agua
relumbran y seducen.
Dicen que no puede ser más, vibrar de palmas,
ojos, susurrar de yerba,
pero basta un dardo, no hay defensa,
lo demás es solo saber
que tú puedes llamas y sol y cáliz de pétalos
en el calor de la noche.
Toma en tu casco toda la luna que puedas,
hasta el beso,
y oscurece, oscurece tu lenguaje.
Y de ti quedaría, como en el vaso, no las
palabras, sino el olor de la rosa.
418
Luis Antonio de Villena

Luis Antonio de Villena

Una Foto De Ezra Pound En Venecia 1968

Tan destruido como elegante, señor.
Aire de sabio, de profeta y ciego.
Las manos nudosas se retuercen: Nada.
Se bebieron todo el agua del vaso.
Los diccionarios lijaron la piel,
los libros afilaron, sentenciosos, los dedos.
Las imágenes secaron aquel iris potente.
La hermosa tradición y la moderna
ménade podaron lentamente los labios.
Huele a cultos jazmines, rotos en el aire.
Niegas, afirman, gritamos: La vida.
Señor, tan destruido y elegante.
386
José Zorrilla

José Zorrilla

Oriental

Dueña de la negra toca,
la del morado monjil,
por un beso de tu boca
diera a Granada Boabdil.

Diera la lanza mejor
del Zenete más bizarro,
y con su fresco verdor
toda una orilla del Darro.

Diera la fiesta de toros,
y si fueran en sus manos,
con la zambra de los moros
el valor de los cristianos.

Diera alfombras orientales,
y armaduras y pebetes,
y diera... ¡que tanto vales!,
hasta cuarenta jinetes.

Porque tus ojos son bellos,
porque la luz de la aurora
sube al Oriente desde ellos,
y el mundo su lumbre dora.

Tus labios son un rubí,
partido por gala en dos...
Le arrancaron para ti
de la corona de Dios.

De tus labios, la sonrisa,
la paz de tu lengua mana...
leve, aérea, como brisa
de purpurina mañana.

¡Oh, qué hermosa nazarena
para un harén oriental,
suelta la negra melena
sobre el cuello de cristal,

en lecho de terciopelo,
entre una nube de aroma,
y envuelta en el blanco velo
de las hijas de Mahoma!

Ven a Córdoba, cristiana,
sultana serás allí,
y el sultán será, ¡oh sultana!,
un esclavo para ti.

Te dará tanta riqueza,
tanta gala tunecina,
que ha de juzgar tu belleza
para pagarle, mezquina.

Dueña de la negra toca,
por un beso de tu boca
diera un reino Boabdil;
y yo por ello, cristiana,
te diera de buena gana
mil cielos, si fueran mil.
1.035
Julián del Casal

Julián del Casal

Neurosis

Noemí, la pálida pecadora
De los cabellos color de aurora
Y las pupilas de verde mar,
Entre cojines de raso lila,
Con el espíritu de Dalila,
Deshoja el cáliz de un azahar.

Arde a sus plantas la chimenea
Donde la leña chisporrotea
Lanzando en tono seco rumor,
Y alzada tiene su tapa el piano
En que vagaba su blanca mano
Cual mariposa de flor en flor.

Un biombo rojo de seda china
Abre sus hojas en una esquina
Con grullas de oro volando en cruz,
Y en curva mesa de fina laca
Ardiente lámpara se destaca
De la que surge rosada luz.

Blanco abanico y azul sombrilla,
Con unos guantes de cabritilla
Yacen encima del canapé,
Mientras en la tapa de porcelana,
Hecha con tintes de la mañana,
Humea el alma verde del té.

Pero ¿qué piensa la hermosa dama?
¿Es que su príncipe ya no la ama
Como en los días de amor feliz,
O que en los cofres del gabinete
Ya no conserva ningún billete
De los que obtuvo por un desliz?

¿Es que la rinde cruel anemia?
¿Es que en sus búcaros de Bohemia
Rayos de luna quiere encerrar,
O que, con suave mano de seda,
Del blanco cisne que ama Leda
Ansía las plumas acariciar?

¡Ay! es que en horas de desvarío
Para consuelo del regio hastío
Que en su alma esparce quietud mortal,
Un sueño antiguo le ha aconsejado
Beber en copa de ónix labrado
La roja sangre de un tigre real.
670
Julián del Casal

Julián del Casal

Coquetería

En el verde jardín del monasterio,
Donde los nardos crecen con las lilas,
Pasea la novicia sus pupilas
Como princesa por su vasto imperio.

Deleitan su sagrado cautiverio
Los chorros de agua en las marmóreas pilas,
El lejano vibrar de las esquilas
Y las místicas notas del salterio.

Sus rizos peina el aura del verano,
Mas la doncella al contemplarlos llora
E, internada en el bosque de cipreses,

Piensa que ha de troncharlos firme mano
Como la hoz de ruda segadora
Las espigas doradas de las mieses.
533
Julián del Casal

Julián del Casal

Sourinomo

Como rosadas flechas de aljabas de oro
Vuelan los bambúes finos flamencos,
Poblando de graznidos el bosque mudo,
Rompiendo de la atmósfera los níveos velos.

El disco anaranjado del Sol poniente
Que sube tras la copa de arbusto seco,
Finge un nimbo de oro que se desprende
Del cráneo amarfilado de un bonzo yerto.

Y las ramas erguidas de los juncales
Cabecean al borde de los riachuelos,
Como el soplo del aura sobre la playa
Los mástiles sin velas de esquifes viejos.
540
Julián del Casal

Julián del Casal

A La Belleza

¡Oh, divina Belleza! Visión casta
De incógnito santuario,
Ya muero de buscarte por el mundo
Sin haberte encontrado.

Nunca te han visto mis inquietos ojos,
Pero en el alma guardo
Intuición poderosa de la esencia
Que anima tus encantos.

Ignoro en qué lenguaje tú me hablas,
Pero, en idioma vago,
Percibo tus palabras misteriosas
Y te envío mis cantos.

Tal vez sobre la Tierra no te encuentre,
Pero febril te aguardo,
Como el enfermo, en la nocturna sombra,
Del Sol el primer rayo.

Yo sé que eres más blanca que los cisnes,
Más pura que los astros,
Fría como las vírgenes y amarga
Cual corrosivos ácidos.

Ven a calmar las ansias infinitas
Que, como mar airado,
Impulsan el esquife de mi alma
Hacia país extraño.

Yo sólo ansío, al pie de tus altares,
Brindarte en holocausto
La sangre que circula por mis venas
Y mis ensueños castos.

En las horas dolientes de la vida
Tu protección demando,
Como el niño que marcha entre zarzales
Tiende al viento los brazos.

Quizás como te sueña mi deseo
Estés en mí reinando,
Mientras voy persiguiendo por el mundo
Las huellas de tu paso.

Yo te busqué en el fondo de las almas
Que el mal no ha mancillado
Y surgen del estiércol de la vida
Cual lirios de un pantano.

En el seno tranquilo de la ciencia
Que, cual tumba de mármol,
Guarda tras la bruñida superficie
Podredumbre y gusanos.

En brazos de la gran Naturaleza,
De los que hui temblando
Cual del regazo de la madre infame
Huye el hijo azorado.

En la infinita calma que se aspira
En los templos cristianos
Como el aroma sacro de incienso
En ardiente incensario.

En las ruinas humeantes de los siglos,
Del dolor en los antros
Y en el fulgor que irradian las proezas
Del heroísmo humano.

Ascendiendo del Arte a las regiones
Sólo encontré tus rasgos
De un pintor en los lienzos inmortales
Y en las rimas de un bardo.

Mas como nunca en mi áspero sendero
Cual te soñé te hallo,
Moriré de buscarte por el mundo
Sin haberte encontrado.
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