Poemas en este tema

Alma

Leopoldo María Panero

Leopoldo María Panero

A Claudio Rodríguez

A CLAUDIO RODRÍGUEZ...

A Claudio Rodríguez, recordando el día en que, con un

cigarrillo temblándole en los labios, me dijo, en el Drugstore

de Fuencarral, «a esta gente hay que ganarla».



Aun cuando tejí mi armadura de acero

el terror en mis ojos muertos.

Aun cuando con mano blanca y nula

hice de silencio tus orines

y la nieve cae aún sobre mi cuerpo

pese a ello se impone un silencio aún más hondo

a los clavos que habían horadado mi cráneo:

aun cuando sean huesos quizá lo que no tiembla

aun cuando el musgo concluye mi pecho¹

el terror remueve las cuencas vacías.



¹ Este poema puede leerse también con la siguiente variante:


Aun cuando el musgo es certeza en mi pecho

519
Leopoldo María Panero

Leopoldo María Panero

Glosa A Un Epitafio (carta Al Padre)

Samuel Butler, Pescador de muertos.



Solos tú y yo, e irremediablemente

unidos por la muerte: torturados aún por

fantasmas que dejamos con torpeza

arañarnos el cuerpo y luchar por los despojos

del sudario, pero ambos muertos, y seguros

de nuestra muerte; dejando al espectro proseguir en vano

con el turbio negocio de los datos: mudo,

el cuerpo, ese impostor en el retrato, y los dos siguiendo

ese otro juego del alma que ya a nada responde,

que lucha con su sombra en el espejo-solos,

caídos frente a él y viendo

detrás del cristal la vida como lluvia, tras del cristal
asombrados

por los demás, por aquellos Vous etes combien? que nos sobreviven

y dicen conocernos, y nos llaman

por nuestro nombre grotesco, ¡ah el sórdido, el

viscoso templo de lo humano!


Y sin embargo

solos los dos, y unidos por el frío

que apenas roza brillante envoltura

solos los dos en esta pausa

eterna del tiempo que nada sabe ni quiere, pero dura

como la piedra, solos los dos, y amándonos

sobre el lecho de la pausa, como se aman


los muertos

«amó», dijiste, autorizado por la muerte

porque sabías de ti como de una tercera persona

bebió dijiste, porque Dios estaba (Pound dixit)

en tu vaso de whiski

amo bebió, dijiste, pero ahora espera

¿espera? y en efecto la resurrección

desde un cristal inválido te avisa

que con armas nuestra muerte florece


para ti que sólo

sabías de la muerte. Aquí

¿debajo o por encima?


de esta piedra

tú que doraste la sobrenatural dureza y el

dolor sobrenatural de los edificios desnudos


¿en qué perspectiva

—dime— acoger la muerte?


en la mesa de disección

tú que danzaste


enloquecido en la plaza desierta


tropezando

hiriéndote las manos en el trapecio del silencio

en pie contra las hojas muertas que

se adherían a tu cuerpo, y contra la hiedra que tapaba

obsesivamente tu boca hinchada de borracho,


danzas, danzaste

sin espacio, caído, pero

no quiero errar en la mitología

de ese nombre del padre que a todos nos falta,

porque somos tan sólo hermanos de una invasión de lo
imposible

y tus pasos repiten el eco de los míos en un largo

corredor donde


retrocedo infatigable, sin

jamás moverme


¡ah los hermanos, los hermanos invisibles que florecen,

en el Terror! ¡Ah los hermanos, los hermanos que se defienden

inútilmente de la luz del mundo con las manos,

que se guardan del mundo por el Miedo, y cultivan en la sombra

de su huerto nefasto la amenaza de lo eterno, en

el ruin mundo de los vivos! ¡Ah los hermanos,


Y el ave,

el ave que vuela sobre el mundo en llamas, diciendo solo

a los mortales que se agitan debajo, diciendo

solo: ABISMO, ABISMO!


Abismo, sí, tibia guarida

de nuestro amor de hermanos, padre.


¡Pero tan solos!

¡Tan solos! Fantasmas que hace visible la hiedra

—como hiedramerlín como niñadecabezacortada como

mujermurciélago la niña que ya es árbol—


crecen hojas

en la foto, y un florecer te arranca

de los labios caníbales de nuestra madre Muerte, madre

de nuestro rezo

florecen los muertos florecen

unidos acaso por el sudor helado

muerto de muchas cabezas hambrientas de los vivos

te esperamos ave, ave nacida

de la cabeza que explotó al crepúsculo

ave dibujada en la piedra y llena

de lo posible de la dulzura, de su sabor

ajeno que es más que la vida, de su crueldad

que es más que la vida


¡ira

de la piedra, ira que a la realidad insulta,


que apalea

a la cabaña torpe de la mentira con verbos

que no son, resplandecen, ira

suprema de lo mudo!


(te esperamos

en la delgada orilla de lo que cae, en el prado

nocturno que atraviesan lentos

los elefantes


percibís el frío


la


conspiración de las algas,


gelatina, escamas, mano

que sobresale de la tumba

manos que surgen de la tierra como tallos

surcos arados por la muerte,

cabezas de ahorcados que echan flor:


decapitados que dialogan

a la luz decreciente de las velas,


¡oh quién nos traerá la rima

la música, el sonido que rompa la campana

de la asfixia, y el cristal borroso

de lo posible, la música del beso!


De ese beso, final, padre, en que desaparezcan

de un soplo nuestras sombras, para

asidos de ese metro imposible y feroz, quedarnos

a salvo de los hombres para siempre,

solos yo y tú, mi amada,

aquí, bajo esta piedra.

759
Leopoldo María Panero

Leopoldo María Panero

Blancanieves Se Despide De Los Siete Enanos

Prometo escribiros, pañuelos que se pierden en el horizonte,
risas que palidecen, rostros que caen sin peso sobre la hierba
húmeda, donde las arañas tejen ahora sus azules telas. En
la casa del bosque crujen, de noche, las viejas maderas, el viento
agita raídos cortinajes, entra sólo la luna a
través de las grietas. Los espejos silenciosos, ahora,
qué grotescos, envenenados peines, manzanas, maleficios,
qué olor a cerrado, ahora, qué grotescos. Os
echaré de menos, nunca os olvidaré. Pañuelos que
se pierden en el horizonte. A lo lejos se oyen golpes secos, uno tras
otro los árboles se derrumban. Está en venta el
jardín de los cerezos.
497
Leopoldo Marechal

Leopoldo Marechal

Didáctica De La Alegría (fragmentos)

Desertarás primero la Tristeza,
Con su país de soles indecisos
Y de rumiantes vacas.
La Tristeza es el juego más tramposo del diablo:
Tiene las presunciones de una Musa frutal,
y sólo es un pañuelo con que se suena el alma
su nariz en resfrío.
Elbiamor, ¿qué dirías de una lámpara hermosa,

pero sin luz adentro?
Tal es, yo te lo juro, la Tristeza:
es igual a esos platos de vitrina
que nunca recibieron y no recibirán
ni una manzana verde ni un cuchillo.
541
Leopoldo Marechal

Leopoldo Marechal

De La Cordura

Con pie de pluma recorrí tu esfera,
Mundo gracioso del esparcimiento;
Y no fue raro que jugara el viento
Con la mentira de mi primavera.

Dormido el corazón, extraño fuera
Que hubiese dado lumbre y aposento
Al suplicante Amor, cuyo lamento
Llama de noche al corazón y espera.

Si, fría el alma y agobiado el lomo,
Llegué a tu soledad reveladora
Con pie de pluma y corazón de plomo,

¡Deja que un arte más feliz asuma,
Gracioso mundo, y que te busque ahora
Con pie de plomo y corazón de pluma!
571
Leopoldo Marechal

Leopoldo Marechal

Xii Del Árbol

Hay en la casa un Árbol
que no planto la madre ni riegan los abuelos:
solo es visible al niño, al poeta y al perro.

Su primavera no es la que fundan las rosas:
no es la vaca encendida ni el huevo de paloma.
Su otono no es el tiempo que trae desde el mar
caballos irascibles, por tierras de azafran.
Al Árbol suben otras primaveras e inviernos:
el enigma es del niño, del poeta y del perro.

Cuando la primavera sube al Árbol-sin-nombre,
vestidos de cordura florecen los varones;
y Amor, en pie de guerra, se desliza
de pronto a la sabrosa soledad de las hijas.
Entonces el sabor de algún cielo perdido
desciende con el llanto de los recien nacidos.
Pero cuando el invierno lo desnuda y oprime,
sobre los techos llueven sus hojas invisibles,
y, horizontal, cruza las altas puertas
alguien que por el cielo desaprendio la tierra.

Hay en la casa un Árbol que los grandes no vieron:
el enigma es del niño, del poeta y del perro.
674
Leopoldo Marechal

Leopoldo Marechal

Credo A La Vida

Creo en la vida todopoderosa,
en la vida que es luz, fuerza y calor;
porque sabe del yunque y de la rosa
creo en la vida todopoderosa
y en su sagrado hijo, el buen Amor.

Tal vez nació cual el vehemente sueño
del numen de un espíritu genial;
brusca la senda, el porvenir risueño,
nació tal vez cual el vehemente sueño
de un apóstol que busca un ideal.

Padeció, la titán, bajo los yugos
de una falsa y mezquina religión;
veinte siglos se hicieron sus verdugos
y aun padece, titán, bajo sus yugos
esperando la luz de la razón.

Fue en la humana estultez crucificada;
murió en el templo y resurgió en la luz...
¡Y, desde alli, vendra como una espada,
contra esa Fe que germino en la nada,
contra ese dios que enmascaro la cruz!

Creo en la carne que pecando sube,
creo en la Vida que es el Mal y el Bien;
la gota de agua del pantano es nube.
Creo en la carne que pecando sube
y en el Amor que es Dios.
¡Por siempre
amén!
528
Lupercio Leonardo de Argensola

Lupercio Leonardo de Argensola

No Fueron Tus Divinos Ojos, Ana,

No fueron tus divinos ojos, Ana,
los que al yugo amoroso me han rendido;
ni los rosados labios, dulce nido
del ciego niño, donde néctar mana;

ni las mejillas de color de grana;
ni el cabello, que al oro es preferido;
ni las manos, que a tantos han vencido;
ni la voz, que está en duda si es humana.

Tu alma, que en todas tus obras se trasluce,
es la que sujetar pudo la mía,
porque fuese inmortal su cautiverio.

Así todo lo dicho se reduce
a solo su poder, porque tenía
por ella cada cual su ministerio.
739
Leopoldo Lugones

Leopoldo Lugones

La Muerte De La Luna

En el parque confuso
Que con lánguidas brisas el cielo sahúma,
El ciprés, como un huso,
Devana un ovillo de de bruma.
El telar de la luna tiende en plata su urdimbre;
Abandona la rada un lúgubre corsario,
Y después suena un timbre
En el vecindario.

Sobre el horizonte malva
De una mar argentina,
En curva de frente calva
La luna se inclina,
O bien un vago nácar disemina
Como la valva
De una madreperla a flor del agua marina.

Un brillo de lóbrego frasco
Adquiere cada ola,
Y la noche cual enorme peñasco
Va quedándose inmensamente sola.

Forma el tic-tac de un reloj accesorio,
La tela de la vida, cual siniestro pespunte.
Flota en la noche de blancor mortuorio
Una benzoica insispidez de sanatorio,
Y cada transeúnte
Parece una silueta del Purgatorio.

Con emoción prosaica,
Suena lejos, en canto de lúgubre alarde,
Una voz de hombre desgraciado, en que arde
El calor negro del rom de Jamaica.
Y reina en el espíritu con subconsciencie arcaica,
El miedo de lo demasiado tarde.

Tras del horizonte abstracto,
Húndese al fin la luna con lúgubre abandono,
Y las tinieblas palpan como el tacto
De un helado y sombrío mono.
Sobre las lunares huellas,
A un azar de eternidad y desdicha,
Orión juega su ficha
En problemático dominó de estrellas.

El frescor nocturno
Triunfa de tu amoroso empeño,
Y domina tu frente con peso taciturno
El negro racimo del sueño.
En el fugaz desvarío
Con que te embargan soñadas visiones,
Vacilan las constelaciones;
Y en tu sueño formado de aroma y de estío,
Flota un antiguo cansancio
De Bizancio...

Languideciendo en la íntima baranda,
Sin ilusión alguna
Contestas a mi trémula demanda.
Al mismo tiempo que la luna,
Una gran perla se apaga en tu meñique;
Disipa la brisa retardados sonrojos;
Y el cielo como una barca que se va a pique,
Definitivamente naufraga en tus ojos.
617
Leopoldo Lugones

Leopoldo Lugones

A Rubén Darío Y Otros Cómplices

A RUBÉN DARÍO
Y OTROS CÓMPLICES

Aut insanit homo, aut versus facit
HOR., Sat. VII, lib. II

Habéis de saber

Que en cuitas de amor,

Por una mujer

Padezco dolor.

Esa mujer es la luna,

Que en azar de amable guerra,

Va arrastrando por la tierra

Mi esperanza y mi fortuna.

La novia eterna y lejana

A cuya nívea belleza

Mi enamorada cabeza

Va blanqueando cana a cana.

Lunar blancura que opreso

Me tiene en dulce coyunda,

Y si a mi alma vagabunda

La consume beso a beso,

A noble cisne la iguala,

Ungiéndola su ternura

Con toda aquella blancura

Que se le convierte en ala.

En cárcel de tul,

Su excelsa beldad

Captó el ave azul

De mi libertad.

A su amante expectativa

Ofrece en claustral encanto,

Su agua triste como el llanto

La fuente consecutiva.

Brilla en lo hondo, entre el murmurio,

Como un infusorio abstracto,

Que mi más leve contacto

Dispersa en fútil mercurio.

A ella va, fugaz sardina,

Mi copla en su devaneo,

Frita en el chisporroteo

De agridulce mandolina.

Y mi alma, ante el flébil cauce,

Con la líquida cadena,

Deja cautivar su pena

Por la dríada del sauce.

Su plata sutil

Me dio la pasión

De un dardo febril

En el corazón.

Las guías de mi mostacho

Trazan su curva; en mi yelmo,

Brilla el fuego de San Telmo

Que me erige por penacho.

Su creciente está en el puño

De mi tizona, en que riela

La calidad paralela

De algún ínclito don Nuño.

Desde el azul, su poesía

Me da en frialdad abstrusa,

Como la neutra reclusa

De una pálida abadía.

Y más y más me aquerencio

Con su luz remota y lenta,

Que las noches trasparenta

Como un alma del silencio.

Habéis de saber

Que en cuitas de amor,

Padezco dolor

Por esa mujer.

622
Luis G. Urbina. México

Luis G. Urbina. México

Nuestras Vidas Son Los Ríos

Yo tenía una sola ilusión: era un manso
pensamiento: el río que ve próximo el mar
y quisiera un instante convertirse en remanso
y dormir a la sombra de algún viejo palmar.

Y decía mi alma: turbia voy y me canso
de correr las llanuras y los diques saltar;
ya pasó la tormenta; necesito descanso,
ser azul como antes y, en voz baja cantar.

Y tenía una sola ilusión, tan serena
que curaba mis males y alegraba mi pena
con el claro reflejo de una lumbre de hogar.

Y la vida me dijo: ¡Alma ve turbia y sola,
sin un lirio en la margen ni una estrella en la ola,
a correr las llanuras y perderte en el mar!
402
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Soledades

SOLEDADES


al Duque de Béjar


Pasos de un peregrino son, errante,

Cuantos me dictó versos dulce Musa

En soledad confusa,

Perdidos unos, otros inspirados.


¡O tú que de venablos impedido

—Muros de abeto, almenas de diamante—,

Bates los montes que de nieve armados

Gigantes de cristal los teme el cielo,

Donde el cuerno, del eco repetido,

Fieras te expone, que — al teñido suelo,

Muertas, pidiendo términos disformes—

Espumoso coral le dan al Tormes!:


Arrima a un frexno el frexno, cuyo acero,

Sangre sudando, en tiempo hará breve

Purpurear la nieve;

Y, en cuanto da el solícito montero,

Al duro robre, al pino levantado

—Émulos vividores de las peñas—

Las formidables señas

Del oso que aun besaba, atravesado,

La asta de tu luciente jabalina,

—O lo sagrado supla de la encina

Lo Augusto del dosel, o de la fuente

La alta cenefa, lo majestuoso

Del sitïal a tu Deidad debido—,

¡O Duque esclarecido!

Templa en sus ondas tu fatiga ardiente,

Y, entregados tus miembros al reposo

Sobre el de grama césped, no desnudo,

Déjate un rato hallar del pie acertado

Que sus errantes pasos ha votado

A la real cadena de tu escudo.


Honre suave, generoso nudo,

Libertad, de Fortuna perseguida;

Que, a tu piedad Euterpe agradecida,

Su canoro dará dulce instrumento,

Cuando la Fama no su trompa al viento.

896
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

A Una Sangría De Un Pie

Herido el blanco pie del hierro breve,
Saludable si agudo, amiga mía,
Mi rostro tiñes de melancolía,
Mientras de rosicler tiñes la nieve.

Temo (que quien bien ama, temer debe)
El triste fin de la que perdió el día,
En roja sangre y en ponzoña fría
Bañado el pie que descuidado mueve.

Temo aquel fin, porque el remedio para,
Si no me presta el sonoroso Orfeo
Con su instrumento dulce su voz clara.

¡Mas ay, que cuando no mi lira, creo
Que mil veces mi voz te revocara,
Y otras mil te perdiera mi deseo!
370
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Del Marqués De Santa Cruz

No en bronces, que caducan, mortal mano,
Oh católico Sol de los Bazanes
(Que ya entre gloriosos capitanes
Eres deidad armada, Marte humano),

Esculpirá tus hechos, sino en vano,
Cuando descubrir quiera tus afanes
Y los bien reportados tafetanes
Del turco, del inglés, del lusitano.

El un mar de tus velas coronado,
De tus remos el otro encanecido,
Tablas serán de cosas tan extrañas.

De la inmortalidad el no cansado
Pincel las logre, y sean tus hazañas
Alma del tiempo, espada del olvido.
317
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Con Diferencia Tal, Con Gracia Tanta

Con diferencia tal, con gracia tanta
Aquel ruiseñor llora, que sospecho
Que tiene otros cien mil dentro del pecho
Que alternan su dolor por su garganta;

Y aun creo que el espíritu levanta
—Como en información de su derecho—
A escribir del cuñado el atroz hecho
En las hojas de aquella verde planta.

Ponga, pues, fin a las querellas que usa
Pues ni quejarse ni mudar estanza
Por pico ni por pluma se le veda,

Y llore sólo aquel que su Medusa
En piedra convirtió, por que no pueda
Ni publicar su mal ni hacer mudanza.
442
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Al Mismo

Ser pudiera tu pira levantada,
De aromátcos leños construida,
Oh Fénix en la muerte, si en la vida
Ave, aun no de sus pies desengañada.

Muere en quietud dichosa y consolada
A la región asciende esclarecida,
Pues de más ojos que desvanecida
Tu pluma fue, tu muerte es hoy llorada.

Purificó el cuchillo, en vez de llama,
Tu ser primero, y glorïosamente
De su vertida sangre renacido,

Alas vistiendo, no de vulgar fama,
De cristiano valor sí, de fe ardiente,
Más deberá a su tumba que a su nido.
318
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

En La Muerte De Una Dama Portuguesa En Santarén

Aljófares risueños de Albïela
Al blanco alterno pie fue vuestra risa,
En cuantos ya tejió coros Belisa,
Undosa de cristal, dulce vihuela;

Instrumento hoy de lágrimas, no os duela
Su epiciclo, de donde nos avisa
Que rayos ciñe, que zafiros pisa,
Que sin moverse, en plumas de oro vuela.

Pastor os duela amante, que si triste
La perdió su deseo en vuestra arena,
Su memoria en cualquier región la asiste;

Lagrimoso informante de su pena
En las cortezas que el alisio viste,
En los suspiros cultos de su avena.
244
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

En La Muerte De Un Caballero Mozo

Ave real de plumas tan desnuda,
Que aun de carne voló jamás vestida,
Cuya garra, no en miembros dividida,
Inexorable es guadaña aguda;

Lisonjera a los cielos o sañuda
Contra los elementos de una vida,
Florida en años, en beldad florida,
Cuál menos piedad árbitra lo duda,

No a deidad fabulosa hoy arrebata
Garzón, que en vez del venatorio acero
Cristal ministre impuro, si no alado

Espíritu que, en cítara de plata,
Al Júpiter dirige verdadero
Un dulce y otro cántico sagrado.
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Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

De Los Mismos

Peinaba al sol Belisa sus cabellos
Con peine de marfil, con mano bella;
Mas no se parecía el peine en ella
Como se escurecía el sol en ellos.

En cuanto, pues, estuvo sin cogellos,
El cristal sólo, cuyo margen huella,
Bebía de una y otra dulce estrella
En tinieblas de oro rayos bellos.

Fileno en tanto, no sin armonía,
Las horas acusando, así invocaba
La segunda deidad del tercer cielo:

«Ociosa, Amor, será la dicha mía,
Si lo que debo a plumas de tu aljaba
No lo fomentan plumas de tu vuelo».
302
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

En La Misma Ocasión

Esta de flores, cuando no divina,
Industrïosa unión, que ciento a ciento
Las abejas, con rudo no argumento,
En ruda sí confunden oficina,

Cómplice Prometea en la rapina
Del voraz fue, del lúcido elemento,
A cuya luz suave es alimento
Cuya luz su recíproca es ruina.

Esta, pues, confusión hoy coronada
Del esplendor que contra sí fomenta,
Por la salud, oh Virgen Madre, erijo

Del mayor Rey, cuya invencible espada
En cuanto Febo dora o Cintia argenta
Trompa es siempre gloriosa de tu Hijo.
258
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Alegoría De La Primera De Sus Soledades

Restituye a tu mundo horror divino,
Amiga Soledad, el pie sagrado,
Que captiva lisonja es del poblado
En hierros breves pájaro ladino.

Prudente cónsul, de las selvas dino,
De impedimentos busca desatado
Tu Claustro verde, en valle profanado
De fiera menos que de peregrino.

¡Cuán dulcemente de la encina vieja
Tórtola viuda al mismo bosque incierto
Apacibles desvíos aconseja!

Endeche el siempre amado esposo muerto
Con voz doliente, que tan sorda oreja
Tiene la soledad como el desierto.
441
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

A Don Luis De Ulloa, Que Enamorado Se Ausentó De Toro

Generoso esplendor, sino luciente,
No sólo es ya de cuanto el Duero baña
Toro, mas del Zodíaco de España,
Y gloria vos de su madura frente.

¿Quién, pues, región os hizo diferente
Pisar amante? Mal la fuga engaña
Mortal saeta, dura en la montaña,
Y en las ondas más dura de la fuente:

De venenosas plumas os lo diga
Corcillo atravesado. Restituya
Sus trofeos el pie a vuestra enemiga.

Tímida fiera, bella ninfa huya:
Espíritu gentil, no sólo siga,
Mas bese en el arpón la mano suya.
280
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Inscripción Para El Sepulcro De Domínico Greco

Esta en forma elegante, oh peregrino,
De pórfido luciente dura llave
El pincel niega al mundo más süave,
Que dio espíritu a leño, vida a lino.

Su nombre, aun de mayor aliento dino
Que en los clarines de la Fama cabe,
El campo ilustra de ese mármol grave.
Venérale, y prosigue tu camino.

Yace el Griego. Heredó Naturaleza
Arte, y el Arte, estudio; Iris, colores;
Febo, luces —si no sombras, Morfeo.—

Tanta urna, a pesar de su dureza,
Lágrimas beba y cuantos suda olores
Corteza funeral de árbol sabeo.
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Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Para El Principio De La Historia Del Señor Rey Don Felipe Ii, De Luis De Cabrera

Vive en este volumen el que yace
En aquel mármol, Rey siempre glorioso;
Sus cenizas allí tienen reposo,
Y dellas hoy él mismo aquí renace.

Con vuestra pluma vuela, y ella os hace,
Culto Cabrera, en nuestra edad famoso;
Con las suyas le hacéis victorïoso
Del Francés, Belga, Lusitano, Trace.

Plumas de un Fénix tal, y en vuestra mano,
¿Qué tiempo podrá haber que las consuma,
Y qué invidia ofenderos, sino en vano?

Escriba lo que vieron, tan gran pluma,
De los dos mundos, uno y otro plano,
De los dos mares, una y otra espuma.
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