Poemas en este tema

Alma

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

La Tónica Tibieza

¿Cómo será esta sed constante de veneros
femeninos, de agua que huye y que regresa?
¿Será este afán perenne, franciscano o polígamo?

Yo no sé si está presa
mi devoción en la alta
locura del primer
teólogo que soñó con la primera infanta,
o si, atávicamente, soy árabe sin cuitas
que siempre está de vuelta de la cruel continencia
del desierto, y que en medio de un júbilo de huríes,
las halla a todas bellas y a todas favoritas.

No sé... Mas que en la hora reseca e impotente
de mi vejez, no falte la tónica tibieza
mujeril, providente
con los reyes caducos que ligaban las hoces
de Israel, y cantaban
en salmos, y dormían sobre pieles feroces.
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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

¿qué Será Lo Que Espero?

Tus otoños me arrullan
en coro de quimeras obstinadas;
vas en mí cual la venda va en la herida;
en bienestar de placidez me embriagas;
la luna lugareña va en tus ojos
¡oh blanda que eres entre todas blanda!
y no sé todavía
qué esperarán de ti mis esperanzas.

Si vas dentro de mí, como una inerme
doncella por la zona devastada
en que ruge el pecado, y si las fieras
atónitas se echan cuando pasas;
si has sido menos que una melodía
suspirante, que flota sobre el ánima,
y más que una pía salutación;
si de tu pecho asciende una fragancia
de limón, cabalmente refrescante
e inicialmente ácida;
si mi voto es que vivas dentro de una
virginidad perenne aromática,
vuélvese un hondo enigma
lo que de ti persigue mi esperanza.

¿Qué me está reservado
de tu persona etérea? ¿Qué es la arcana
promesa de tus ser? Quizá el suspiro
de tu propio existir; quizá la vaga
anunciación penosa de tu rostro;
la cadencia balsámica
que eres tú misma, incienso y voz de armónium
en la tarde llovida y encalmada...

De toda ti me viene
la melodiosa dádiva
que me brindó la escuela
parroquial, en una hora ya lejana,
en que unas voces núbiles
y lentas ensayaban,
en un solfeo cristalino y simple,
una lección de Eslava.

Y de ti y de la escuela
pido el cristal, pido las notas llanas,
para invocarte ¡oscura
y rabiosa esperanza!
con una a colmada de presentes,
con una a impregnada
del licor de un banquete espiritual:
¡ara mansa, ala diáfana, alma blanda,
fragancia casta y ácida!
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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

A Sara

A SARA


A J. de j. Núñez y Domínguez


A mi paso y al azar te desprendiste

como el fruto más profano

que pudiera concederme la benévola

actitud de este verano.

(Blonda Sara, uva en sazón: mi apego franco

a tu persona, hoy me incita

a burlarme de mi ayer, por la inaudita

buena fe con que creí mi sospechosa

vocación, la de un levita).

Sara, Sara: eres flexible cual la honda

de David y contundente

como el lírico guijarro del mancebo;

y das, paralelamente,

una tortura de hielo y una combustión de pira;

y si en vértigo de abismo tu pelo se desmadeja,

todavía, con brazo heroico

y en caída acelerada, sostienes a tu pareja.

Sara, Sara, golosina de horas muelles;

racimo copioso y magno de promisión, que fatigas.

el dorso de dos hebreos:

siempre te sean amigas

la llamarada del sol y del clavel; si tu brava

arquitectura se rompe como un hilo inconsistente,

que bajo la tierra lóbrega

esté incólume tu frente;

y que refulja tu blonda melena, como tesoro

escondido; y que se guarden indemnes como real sello

tus brazos y la columna

de tu cuello.


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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

El Campanero

Me contó el campanero esta mañana
que el año viene mal para los trigos.
Que Juan es novio de una prima hermana
rica y hermosa. Que murió Susana.
El campanero y yo somos amigos.

Me narró amores de sus juventudes
y con su voz cascada de hombre fuerte,
al ver pasar los negros ataúdes
me hizo la narración de mil virtudes
y hablamos de la vida y de la muerte.

—¿Y su boda, señor?

—Cállate, anciano.
—¿Será para el invierno?

—Para entonces,
y si vives, aún cuando su mano
me dé la Muerte, campanero hermano,
haz doblar por mi ánima tus bronces.
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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Boca Flexible, Ávida

Cumplo a mediodía
con el buen precepto de oír misa entera
los domingos, y a estas misas cenitales
concurres tú, agudo perfil; cabellera
tormentosa, nuca morena, ojos fijos;
boca flexible, ávida de lo concienzudo,
hecha para dar los besos prolijos
y articular la sílaba lenta
de un minucioso idilio, y también
para persuadir a un agonizante
a que diga amén.

Figura cortante y esbelta, escapada
de una asamblea de oblongos vitrales
o de la redoma de un alquimista:
ignoras que en estas misas cenitales,
al ver, con zozobra,
tus ojos nublados en una secuencia
de Evangelio, estuve cerca de tu llanto
con una solícita condescendencia;
y tampoco sabes que eres un peligro
armonioso para mi filosofía
petulante... Como los dedos rosados
de un párvulo para la torre baldía
de naipes o dados.
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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

La Tejedora

Tarde de lluvia en que se agravan
al par que una íntima tristeza
un desdén manso de las cosas
y una emoción sutil y contrita que reza.

Noble delicia desdeñar
con un desdén que no se mide,
bajo el equívoco nublado:
alba que se insinúa, tarde que se despide.

Sólo tú no eres desdeñada,
pálida que al arrimo de la turbia vidriera,
tejes en paz en la hora gris
tejiendo los minutos de inmemorial espera.

Llueve con quedo sonsonete,
nos da el relámpago luz de oro
y entra un suspiro, en vuelo de ave fragante y húmeda,
a buscar tu regazo, que es refugio y decoro.

¡Oh, yo podría poner mis manos
sobre tus hombros de novicia
y sacudirte en loco vértigo
por lograr que cayese sobre mí tu caricia,
cual se sacude el árbol prócer
(que preside las gracias floridas de un vergel)
por arrancarle la primicia
de sus hojas provectas y sus frutos de miel!

Pero pareces balbucir,
toda callada y elocuente:
«Soy un frágil otoño que teme maltratarse»
e infiltras una casta quietud convaleciente
y se te ama en una tutela suave y leal,
como a una párvula enfermiza
hallada por el bosque un día de vendaval.

Tejedora: teje en tu hilo
la inercia de mi sueño y tu ilusión confiada;
teje el silencio; teje la sílaba medrosa
que cruza nuestros labios y que no dice nada;
teje la fluida voz del Ángelus
con el crujido de las puertas;
teje la sístole y la diástole
de los penados corazones
que en la penumbra están alertas.

Divago entre quimeras difuntas y entre sueños
nacientes, y propenso a un llanto sin motivo,
voy, con el ánima dispersa
en el atardecer brumoso y efusivo,
contemplándote, Amor, a través de una niebla
de pésame, a través de una cortina ideal
de lágrimas, en tanto que tejes dicha y luto
en un limbo sentimental.
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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

En La Plaza De Armas

Plaza de Armas, plaza de musicales nidos,
frente a frente del rudo y enano soportal;
plaza en que se confunden un obstinado aroma
lírico y una cierta prosa municipal;
plaza frente a la cárcel lóbrega y frente al lúcido
hogar en que nacieron y murieron los míos;
he aquí que te interroga un discípulo, fiel
a tus fuentes cantantes y tus prados umbríos.

¿Qué se hizo, Plaza de Armas, el coro de chiquillas
que conmigo llegaban en la tarde de asueto
del sábado, a tu kiosko, y que eran actrices
de muñeca excesiva y de exiguo alfabeto?

¿Qué fue de aquellas dulces colegas que rieron
para mí, desde un marco de verdor y de rosas?
¿Qué de las camaradas de los juegos impúberes?
¿Son vírgenes intactas o madres dolorosas?

Es verdad, sé el destino casto de aquella pobre
pálida, cuyo rostro, como una indulgencia
plenaria, miré ayer tras un vidrio lloroso;
me ha inundado en recuerdos pueriles la presencia
de Ana, que al tutearme decía el «tú» de antaño
como una obra maestra, y que hoy me habló con
ceremonia forzada; he visto a Catalina,
exangüe, al exhibir su maternal fortuna
cuando en un cochecillo de blondas y de raso
lleva el fruto cruel y suave de su idilio
por los enarenados senderos...

Más no sé
de todas las demás que viven en exilio.

Y por todas quiero. He de saber de todas
las pequeñas torcaces que me dieron el gusto
de la voz de mujer. ¡Torcaces que cantaban
para mí, en la mañana de un día claro y justo!

Dime, plaza de nidos musicales, de las
actrices que impacientes por salir a la escena
del mundo, chuscamente fingían gozosos líos
de noviazgos y negros episodios de pena.

Dime, Plaza de Armas, de las párvulas lindas
y bobas, que vertieron con su mano inconsciente
un perfume amistoso en el umbral del alma
y una gota del filtro del amor en mi frente.

Mas la plaza está muda, y su silencio trágico
se va agravando en mí con el mismo dolor
del bisoño escolar que sale a vacaciones
pensando en la benévola acogida de Abel,
y halla muerto, en la sala, al hermano menor.
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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Por Este Sobrio Estilo

Esta manera de esparcir su aroma
de azahar silencioso en mi tiniebla;
esta manera de envolver en luto
su marfil y su nácar; esta única
manera con que porta la golilla
de encaje; esta manera de tornar
su mutismo en venero de palabras
y su boca en ahorro...

Esta manera
que es reservada y que es acogedora,
con que viene a encontrar mis panegíricos;
esta manera de decir mi nombre
con mofa y mimo, en homenaje y burla,
como que sabe que mi interno drama
es, a la vez, sentimental y cómico;
esta manera con que en la honda noche,
de sobremesa en vagos parlamentos,
se abate su sonrisa desmayada
sobre el mantel; esta feliz manera
con que niega su brazo y con que otorga
la emoción, cuando vamos de paseo
por la alameda colonial y adusta...
Por este suspitante y sobrio estilo
de amor, te reverencio, estrella fiel
que gustas de enlutarte; generoso
y escondido azahar; caritativa
madurez que presides mis treinta años
con la abnegada castidad de un búcaro
cuyas rosas adultas embalsaman
la cebecera de un convaleciente;
enfermera medrosa; cohibida
escanciadora; amiga que te turbas
con turbación de niña al repasar
nuestra común lectura; asustadizo
comensal de mi fiesta; aliada tímida;
torcaz humilde que zureas al alba,
en un tono menor, para ti sola.
¡Bien hayas, creatura pequeñita
y suprema; adueñada de la cumbre
del corazón; artista a un mismo tiempo
mínima y prócer; que en las manos llevas
mi vida como objeto de tu arte!
Estrella y azahar: que te marchites
mecida en una paz celibataria
y que agonices como un lucero
que se extinguiese en el verdor de un prado
o como flor que se transfigurase
en el ocaso azul, como en un lecho.
443
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Sus Ventanas

SUS VENTANAS


A Artemio de Valle-Arizpe.


Sus ventanas floridas,

que miran al oriente,

llevan buena amistad con las auroras

que, como primicias fúlgidas, esmaltan

al campo de victorias de su frente.

Aquella madrugada

apareció el Amor tras de su reja

y la dejó lavada

con el cristal cerúleo de su pozo...

¡Y todavía, adentro

de mi alma, hay un gozo

fluido, de mujer madrugadora

que riega su ventana y la decora!

Ventanas que rondé

en la alborada de mis mocedades;

rejas con caracoles

en que Ella gusta de escuchar el sordo

fragor de las marinas tempestades;

rejas depositarias

de aquellos soliloquios de noctívago

y de mi donjuanismo adolescente;

que yo os mire de nuevo

¡oh ventanas abiertas al oriente!


509
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

En El Piélago Veleidoso

Entré a la vasta veleidad del piélago
con humos de pirata...
Y me sentía ya un poco delfín
y veía la plata
de los flancos de la última sirena,
cuando mi devaneo
anacrónico viose reducido
a un amago humillante de mareo.

Mas no guardo rencor
a la inestable eternidad de espuma
y efímeros espejos.
Porque sobre ella fui como una suma
de nostalgias y arraigos, y sobre ella
me sentí, en alta mar,
más de viaje que nunca y más fincado
en la palma de aquella mano impar.
471
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Hermana, Hazme Llorar

Fuensanta:
dame todas las lágrimas del mar.
Mis ojos están secos y yo sufro
unas inmensas ganas de llorar.

Yo no sé si estoy triste por el alma
de mis fieles difuntos
o porque nuestros mustios corazones
nunca estarán sobre la tierra juntos.

Hazme llorar, hermana,
y la piedad cristiana
de tu manto inconsútil
enjúgueme los llantos con que llore.
el tiempo amargo de mi vida inútil.

Fuensanta:
¿tú conoces el mar?
Dicen que es menos grande y menos hondo
que el pesar.
Yo no sé ni por qué quiero llorar:
será tal vez por el pesar que escondo,
tal vez por mi infinita sed de amar.

Hermana:
dame todas las lágrimas del mar...
472
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Canonización

Primer amor, tú vences la distancia.
Fuensanta, tu recuerdo me es propicio.
Me deleita de lejos la fragancia
que de noche se exhala de tus tiestos,
y en pago de tan grande beneficio
te canonizo en estos
endecasílabos sentimentales.

A tu virtud mi devoción es tanta
que te miro en el altar, como la santa
Patrona que veneran tus zagales,
y así es como mis versos se han tornado
endecasílabos pontificales.

Como risueña advocación te he dado
la que ha de subyugar los corazones:
permíteme rezarte, novia ausente,
Nuestra Señora de las Ilusiones.

¡Quién le otorgara al corazón doliente
cristalizar el infantil anhelo,
que en su fuego romántico me abrasa,
de venerarte en diáfano capelo
en un rincón de la nativa casa!

Tanto se contagió mi vida toda
del grave encanto de tus ojos místicos,
que en vano espero para nuestra boda
alguna de las horas de pureza
en que se confortó mi gran tristeza
con los primeros panes eucarísticos.
446
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Poema De Vejez Y De Amor

Mi vida, enferma de fastidio, gusta

de irse a guarecer año por año

a la casa vetusta

de los nobles abuelos

como a refugio en que en la paz divina

de las cosas de antaño

sólo se oye la voz de la madrina

que se repone del acceso de asma

para seguir hablando de sus muertos

y narrar, al amparo del crepúsculo,

la aparición del familiar fantasma.

A veces, en los ámbitos desiertos

de los viejos salones,

cuando dialogas con la voz anciana,

se oye también, sonora maravilla,

tu clara voz, como la campanilla

de las litúrgicas elevaciones.

Yo te digo en verdad, buena Fuensanta,

que tu voz es un verso que se canta

a la Virgen, las tardes en que mayo

inunda la parroquia con sus flores:

que tu mirada viva es como el rayo

que arranca el sol a la custodia rica

que dio para el altar mayor la esposa

de un católico Rey de las Españas;

que tu virtud amable me edifica,

y que eres a mis ósculos sabrosa,

no como de los reyes los manjares,

sino cual pan humilde que se amasa

en la nativa casa

y se dora en los hornos familiares.

¡Oh, Fuensanta!: mi espíritu ayudado

de tus manos amigas,

ha de exhumar las glorias del pasado:

En el ropero arcaico están las ligas

que en el día nupcial fueron ofrenda

del abuelo amador

a la novia de rostro placentero,

y cada una tiene su leyenda:

«Tú fuiste, Amada, mi primer amor,

y serás el postrero».

¡Oh, noble sangre, corazón pueril

de comienzos del siglo diecinueve,

para ti la mujer, por el decoro

de sus blancas virtudes,

era como una Torre de Marfil

en que después del madrigal sonoro

colgabas los románticos laúdes!

Yo obedezco, Fuensanta, al atavismo

de aquel alto querer, te llamo hermana,

fiel a mi bautismo,

sólo te ruego en mi amoroso mal

con la prez lauretana.

Tu llanto es para mí linfa lustral

que por virtud divina se convierte

en perlas eclesiásticas, bien mío,

para hacerme un rosario contra el frío

y las hondas angustias de la muerte.

Los vistosos mantones de Manila

que adornaron a las antepasadas

y tienes en las manos delicadas,

me sugieren la época intranquila

de los días feriales

en que el pueblo se alegra con la Pascua,

hay cohetes sonoros,

tocan diana las músicas triunfales,

y la tarde de toros

y la mujer son una sola ascua.

También tú, con las flores policromas

que engalanan los clásicos mantones

de Manila, pudieras haber ido

a la conquista de los corazones.

Mas ¡oh Fuensanta!, al buen Jesús le pido

que te preserve con su amor profundo:

tus plantas no son hechas

para los bailes frívolos del mundo

sino para subir por el Calvario,

y exento de pagano sensualismo

el fulgor de tus ojos es el mismo

que el de las brasas en el incensario.

Y aunque el alma atónita se queda

con las venustidades tentadoras

a las que dan el fruto de su industria

los gusanos de seda,

quiere mejor santificar las horas

quedándose a dormir en la almohada

de tus brazos sedeños

para ver, en la noche ilusionada,

la escala de Jacob llena de ensueños.

Y las alegres ropas,

los antiguos espejos,

el cristal empañado de las copas

en que bebieron de los rancios vinos

los amantes de entonces, y los viejos

cascabeles que hoy suenan apagados

y se mueren de olvido en los baúles,

nos hablan de las noches de verbena,

de horizontes azules,

en que cobija a los enamorados

el sortilegio de la luna llena.

Fuensanta: ha de ser locura grata

la de bailar contigo a los compases

mágicos de una vieja serenata

en que el ritmo travieso de la orquesta,

embriagando los cuerpos danzadores,

se acuerda al ritmo de la sangre en fiesta.

Pero es mejor quererte

por tus tranquilos ojos taumaturgos,

por tu cristiana paz de mujer fuerte,

porque me llevas de la mano a Sion

cuya inmortal lucerna es el Cordero,

porque la noche de mi amor primero

la hiciste de perfume y transparencia

como la noche de la Anunciación,

por tus santos oficios de Verónica,

y porque regalaste la paciencia

del Evangelio, a mi tristeza crónica.

Los muebles están bien en la suprema

vetustez elegante del poema.

Las arcas se conservan olorosas

a las frutas guardadas;

el sofá tiene huellas de los muslos

salomónicos de las desposadas;

entre un adorno artificial de rosas

surgen, en un ambiente desteñido,

las piadosas pinturas polvorientas;

y el casto lecho que pudiera ser

para las almas núbiles un nido,

nos invita a las nupcias incruentas

y es el mismo, Fuensanta, en que se amaron

las parejas eróticas de ayer.

Dos fantasmas dolientes

en él seremos en tranquilo amor,

en connubio sin mácula yacentes;

una pareja fallecida en flor,

en la flor de los sueños y las vidas;

carne difunta, espíritus en vela

que oyen cómo canta

por mil años el ave de la Gloria;

dos sombras dormidas

en el tálamo estéril de una santa.

ENVÍO

A ti, con quien comparto la locura

de un arte firme, diáfano y risueño;

a ti, poeta hermano que eres cura

de la noble parroquia del Ensueño;

va la canción de mi amoroso mal,

este poema de vetustas cosas

y viejas ilusiones milagrosas,

a pedirte la gracia bautismal.

Te lo dedico

porque eres para mí dos veces rico;

por tus ilustres órdenes sagradas

y porque de tu verso en la riqueza

la sal de la tristeza

y la azúcar del bien están loadas.


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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Para Tus Pies

Hoy te contemplo en el piano, señora mía, Fuensanta,
las manos sobre las teclas, en los pedales la planta,
y ambiciona santamente la dicha de los pedales
mi corazón, por estar bajo tus pies ideales.

Porque yo sé de tu planta ser de todas la más pura,
tu planta sabe las rutas sangrientas de la Pasión,
que por ir tras Jesucristo por calles de la Amargura
dejó el sendero de lirios de Belkis y Salomón.

Y así te imploro, Fuensanta, que en mi corazón camines
para que tus pies aromen la pecaminosa entraña,
cuyos senderos polvosos y desolados jardines
te han de devolver en rosas la más estéril cizaña.

En las tertulias de noches de prolongada vigilia,
en el piano me pareces moderna Santa Cecilia
que cual solícita novia, con sus armónicos pies,
con la magia de los ojos y el milagro del sonido,
venciendo horas y distancia me lleva siempre a través
de los valles lacrimosos, al Paraíso Perdido.
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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ofrenda Romántica

Fuensanta: las finezas del Amado,
las finezas más finas,
han de ser para ti menguada cosa,
porque el honor a ti resulta honrado.

La corona de espinas,
llevándola por ti, es suave rosa
que perfuma la frente del Amado.

El madero pesado
en que me crucifico por tu amor
no pesa más, Fuensanta,
que el arbusto en que canta
tu amigo el ruiseñor
y que con una mano
arranca fácilmente el leñador.

Por ti el estar enfermo es estar sano;
nada son para ti todos los cuentos
que en la remota infancia
divierten al mortal;
porque hueles mejor que la fragancia
de encantados jardines soñolientos,
y porque eres más diáfana, bien mío,
que el diáfano palacio de cristal.

Pero con ser así tu poderío,
permite que te ofrezca el pobre don
del viejo parque de mi corazón.

Está en diciembre, pero con tu cántico
tendrá las rosas de un abril romántico.

Bella Fuensanta,
tú ya bien sabes el secreto: ¡canta!
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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

En Las Tinieblas Húmedas

En las alas oscuras de la racha cortante
me das, al mismo tiempo, una pena y un goce:
algo como la helada virtud de un seno blando,
algo en que se confunden el cordial refrigerio
y el glacial desamparo de un lecho de doncella.

He aquí que en la impensada tiniebla de la muda
ciudad, eres un lampo ante las fauces lóbregas
de mi apetito: he aquí que en la húmeda tiniebla
de la lluvia, trasciendes a candor como un lino
recién lavado, y hueles, como él, a cosa casa;
he aquí que entre las sombras regando estás la esencia
del pañolín de lágrimas de alguna buena novia.

Me embozo en la tupida oscuridad, y pienso
para ti estos renglones, cuya rima recóndita
has de advertir en una pronta adivinación
porque son como pétalos nocturnos, que te llevan
un mensaje de un singular clarosfrío;
y en las tinieblas húmedas me recojo, y te mando
estas sílabas frágiles, en tropel, como ráfaga
de misterio, al umbral de tu espíritu en vela.

Toda tú te deshaces sobre mí como una
escarcha, y el traslúcido meteoro prolóngase
fuera del tiempo; y suenan tus palabras remotas
dentro de mí, con esa intensidad quimérica
de un reloj descompuesto que da horas y horas
en una cámara destartalada...
406
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Cuaresmal

Tu paz —¡oh paz de cada día!—
y mi dolor que es inmortal,
se han de casar, Amada mía,
en una noche cuaresmal.

Quizá en un Viernes de Dolores,
cuando se anuncian ya las flores
y en el altar que huele a lirios
el casto pecho de María
sufre por nos siete martirios;
mientras la luna, Amada mía,
deja caer sus tenues franjas
de luz de ensueño sideral
sobre las místicas naranjas
que, por el arte virginal
de las doncellas de la aldea,
lucen banderas de papel
e irisaciones de oropel
sobre la piel que amarillea.

Fuensanta: al amor aventurero
de cálidas mujeres, azafatas
súbditas de la carne, te prefiero
por la frescura de tus manos gratas.

Yo te convido, dulce Amada,
a que te cases con mi pena
entre los vasos de cebada
la última noche de novena.

Te ha de cubrir la luna llena
con luz de túnica nupcial
y nos dará la Dolorosa
la bendición sacramental.

Y así podré llamarte esposa,
y haremos juntos la dichosa
ruta evangélica del bien
hasta la eterna gloria.


AMÉN.
464
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Pobrecilla Sonámbula

POBRECILLA SONÁMBULA


A Pedro de Alba

Con planta imponderable

cruzas el mundo y cruzas mi conciencia,

y es tu sufrido rostro como un éxtasis

que se dilata en una transparencia.

¡Pobrecilla sonámbula!

Pareces, en tu ruta de novicia,

ir diciendo al azar: «No me hagáis daño;

temo que me maltrate una caricia».

Devuelves su matiz inmaculado

al paisaje ilusorio en que te posas

y restituyes en su integridad

inocente a los hombres y a las cosas.

Así cruzas el mundo,

con ingrávidos pies, y en transparencia

de éxtasis se adelgaza tu perfil,

y vas diciendo: «Marcho en la clemencia,

soy la virginidad del panorama

y la clara embriaguez de tu conciencia».


411
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ser Una Casta Pequeñez

SER UNA CASTA PEQUEÑEZ...


A Alfonso Cravioto


Fuérame dado remontar el río

de los años, y en una reconquista

feliz de mi ignorancia, ser de nuevo

la frente limpia y bárbara del niño...

Volver a ser el arrebol, y el húmedo

pétalo, y la llorosa y pulcra infancia

que deja el baño por secarse al sol...

Entonces, con instinto maternal,

me subirías al regazo, para

interrogarme, Amor, si eras querida

hasta el agua inmanente de tu pozo

o hasta el penacho tornadizo y fágil

de tu naranjo en flor.

Yo, sintiéndome bien en la aromática

vecindad de tus hombros y en la limpia

fragancia de tus brazos,

te diría quererte más allá

de las torres gemelas.

Dejarías entonces en la bárbara

novedad de mi frente

el beso inaccesible

a mi experiencia licenciosa y fúnebre.

¿Por qué en la tarde inválida,

cuando los niños pasan por tu reja,

yo no soy una casta pequeñez

en tus manos adictas

y junto a la eficacia de tu boca?


395
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Tenías Un Rebozo De Seda

TENÍAS UN REBOZO DE SEDA...


(A Eduardo J. Correa)


Tenías un rebozo en que lo blanco

iba sobre lo gris con gentileza

para hacer a los ojos que te amaban

un festejo de nieve en la maleza.

Del rebozo en la seda me anegaba

con fe, como en un golfo intenso y puro,

a oler abiertas rosas del presente

y herméticos botones del futuro.

(En abono de mi sinceridad

séame permitido un alegato:

entonces era yo seminarista

sin Baudelaire, sin rima y sin olfato).

¿Guardas, flor del terruño, aquel rebozo

de maleza y de nieve,

en cuya seda me adormí, aspirando

la quintaesencia de tu espalda leve?


509
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

En El Reinado De La Primavera

EN EL REINADO DE LA PRIMAVERA


a Josefa de los Ríos
* 17 de marzo de 1880

+ 7 de mayo de 1917


Amada, es Primavera.

Fuensanta, es que florece

la eclesiástica unción de la cuaresma.

Hay un alivio dulce

en las almas enfermas,

porque abril con sus auras les va dando

la sensación de la convalecencia.

Se viste el cielo del mejor azul

y de rosas la tierra,

y yo me visto con tu amor... ¡Oh gloria

de estar enamorado, enamorado,

ebrio de amor a ti, novia perpetua,

enloquecidamente enamorado,

como quince años, cual pasión primera!

Y con la dicha de palomas que huyen

del convento en que estaban prisioneras

y se ven lejos, bajo la promesa

azul del firmamento

y sobre la florida de la tierra,

así vuelan a verte en otros climas

¡oh santa, oh amadísima, oh enferma!

estos versos de infancia que brotaron

bajo el imperio de la Primavera.


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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Muerta

Por débil y pequeña,
oh flor de paraíso,
cabías en el vértice
del corazón en fiesta que te quiso.

Salíamos al campo
y tu cuerpo minúsculo
se destacaba airoso
en la grana y el oro del crepúsculo.

¡Oh noches enlunadas
oh provinciana orquesta,
oh, tu alma piadosa!
¡Oh mi incansable corazón en fiesta!

Y una noche moriste
con la paz de un lamento
que se va con la brisa
al brocado ideal del firmamento.

Se derramó tu espíritu
cual vaso de ambrosía,
y en tu mano difunta
puso mi amor una azucena pía.

Sorda estás para siempre,
el recuerdo me abrasa
y al tocar en la puerta
turba el ruido el silencio de la casa.

¡Oh ilusión fallecida
en abril! ¡Oh alma presta
a todos los ensueños
del incansable corazón en fiesta!
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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Rumbo Al Olvido

¡Oh pobres almas nuestras
que perdieron el nido
y que van arrastradas
en la falsa corriente del olvido!

Y pensar que extraviamos
la senda milagrosa
en que se hubiera abierto
nuestra ilusión, como perenne rosa.

Pudieron deslizarse,
sin sentir, nuestras vidas
con el compás romántico
que hay en las músicas desfallecidas.

Y pensar que pudimos
enlazar nuestras manos
y apurar en un beso
la comunión de fértiles veranos.

Y pensar que pudimos,
al acercarse el fin de la jornada,
alumbrar la vejez en una dulce
conjunción de existencias,
contemplando, en la noche ilusionada,
el cintilar perenne del Zodíaco
sobre la sombra de nuestras conciencias...

Mas en vano deliro y te recuerdo,
oh virgen esperanza,
oh ilusión que te quedas
en no sé qué lejanas arboledas
y en no sé qué remota venturanza.

Sigamos sumergiéndonos... Mas, antes
que la sorda corriente
nos precipite a lo desconocido,
hagamos un esfuerzo de agonía
para salir a flote
y ver, la última vez, nuestras cabezas
sobre las aguas turbias del olvido.
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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Se Deshojaban Las Rosas

En los prados de tu huerto
a la luz del plenilunio
se moría cada flor;
y concurriendo a una extraña
complicidad de infortunio,
en el rosal de mi vida
se deshojaba el amor.

Bien pudiera el peregrino
hacer estación romántica
a la mitad del camino,
y desgranar un rosario
de cuentas sentimentales
por aquel deshojamiento
del alma y de los rosales.

¡Oh novia siempre querida,
cuyas pupilas llorosas
contemplaron la caída
de pétalos y esperanzas
sobre la faz de las cosas,
cuando en la calma nocturna
se deshojaban a un tiempo
las quimeras y las rosas!
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