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José Martí

José Martí

Yo Sacaré Lo Que En El Pecho Tengo

Yo sacaré lo que en el pecho tengo
De cólera y de horror. De cada vivo
Huyo, azorado, como de un leproso.
Ando en el buque de la vida: sufro
De náuseas y mal de mar: un ansia odiosa
Me angustia las entrañas: ¡quién pudiera
En un solo vaivén dejar la vida!
No esta canción desoladora escribo
En hora de dolor:

¡Jamás se escriba
En hora de dolor! el mundo entonces
Como un gigante a hormiga pretenciosa
Unce al poeta destemplado: escribo
Luego de hablar con un amigo viejo,
Limpio goce que el alma fortifica:—
¡Mas, cual las cubas de madera noble,
La madre del dolor guardo en mis huesos!
¡Ay! ¡mi dolor, como un cadáver, surge
A la orilla, no bien el mar serena!
Ni un poro sin herida: entre la uña
Y la yema, estiletes me han clavado
Que me llegan al pie; se me han comido
Fríamente el corazón: y en este juego
Enorme de la vida, cupo en suerte
Nutrirse de mi sangre a una lechuza.
¡Así hueco y roído, al viento floto
Alzando el puño y maldiciendo a voces,
En mis propias entrañas encerrado!

No es que mujer me engañe, o que fortuna
Me esquive su favor, o que el magnate
Que no gusta de pulcros, me querelle:
Es ¿quién quiere mi vida? es que a los hombres
Palpo, y conozco, y los encuentro malos.—
Pero si pasa un niño cuando lloro
Le acaricio el cabello, y lo despido
Como el naviero que a la mar arroja
Con bandera de gala un barco blanco.

Y si decís de mí blasfemia, os digo
Que el blasfemo sois vos: ¿a qué me dieron
Para vivir en un tigral, sedosa
Ala, y no garra aguda? ¿o por acaso
Es ley que el tigre de alas se alimente?
Bien puede ser: ¡de alas de luz repleto,
Daráse al fin de un tigre luminoso,
Radiante como el Sol, la maravilla!—
¡Apresure el tigral el diente duro!
¡Nútrase en mí: coma de mí: en mis hombros
Clave los grifos bien: móndeme el cráneo,
Y, con dolor, a su mordida en tierra
Caigan deshechas mis ardientes alas!
¡Feliz aquel que en bien del hombre muere!
¡Bésale el perro al matador la mano!

¡Como un padre a sus hijas, cuando pasa
Un galán pudridor, yo mis ideas
De donde pasa el hombre, por quien muero,
Guardo, como un delito, al pecho helado!
Conozco el hombre, y lo he encontrado malo.
¡Así, para nutrir el fuego eterno
Perecen en la hoguera los mejores!
¡Los menos por los más! ¡los crucifixos
Por los crucificantes! En maderos
Clavaron a Jesús: sobre sí mismos
Los hombres de estos tiempos van clavados.
Los sabios de Chichén, la tierra clara
Donde el aroma y el maguey se crían,
Con altos ritos y canciones bellas
Al hondo de cisternas olorosas
A sus vírgenes lindas despeñaban,
A su virgen mejor precipitaban.
Del temido brocal se alzaba luego
A perfumar el Yucatán florido
Como en talle negruzco rosa suave
Un humo de magníficos olores:—
Tal a la vida echa el Creador los buenos:
A perfumar: a equilibrar: ea! clave
El tigre bien sus garras en mis hombros:
Los viles a nutrirse: los honrados
A que se nutran los demás en ellos.

Para el misterio de la Cruz, no a un viejo
Pergamino teológico se baje:
Bájese al corazón de un virtuoso.
Padece mucho un cirio que ilumina:
¡Sonríe, como virgen que se muere,
La flor cuando la siegan de su tallo!
¡Duele mucho en la tierra un alma buena!
De día, luce brava: por la noche
Se echa a llorar sobre sus propios brazos:
Luego que ve en el aire la aurora
Su horrenda, lividez, por no dar miedo
A la gente, con sangre de sus mismas
Heridas, tiñe el miserable rostro,
Y emprende a andar, como una calavera
Cubierta, por piedad, de hojas de rosa!
630
Francisco Villaespesa

Francisco Villaespesa

Canción Del Recuerdo - El alba

El alba iluminó la vidriera,
y a su luz angustiosa y azulada,
yerto, sobre el blancor de la almohada,
Se destacaba su perfil de cera.

Abrió los ojos, y la vida entera
palpitó en la inquietud de su mirada,
y en mis manos su frágil mano helada
temblaba como un ave prisionera...

Balbució su voz: —¡Te adoro tanto!
¡Pídele al Cielo que mañana viva!
Y mis venas heláronse de espanto

al contemplar sobre su faz inerte,
como el vuelo de un ave fugitiva,
aletear las sombras de la Muerte.
327
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Gavota

Señor, Dios mío: no vayas
a querer desfigurar
mi pobre cuerpo, pasajero
más que la espuma del mar.

Ni me des enfermedad larga
en mi carne, que fue la carga
de la nave de los hechizos,
del dolor el aposento
y la genuflexión verídica
de tu trágico pavimento.

No me hieras ningún costado,
no me castigues a mi cuerpo
por haber vivido endiosado
ante la Naturaleza
y frente a los vertebrales
espejos de la belleza.

Yo reconozco mi osadía
de haber vivido profesando
la moral de la simetría.

Amé los talles zalameros
y el virginal sacrificio;
amé los ojos pendencieros
y las frentes en armisticio.

No tengo miedo de morir,
porque probé de todo un poco,
y el frenesí del pensamiento
todavía no me vuelve loco.

Mas con el pie en el estribo
imploro rápida agonía
en mi final hostería.

Para que me encomiende a Dios,
en la hostería, una muchacha,
con su peinado de bandós;
y que de ir por los caminos
tenga la carne de luz
de los peroles cristalinos.

Y que en sus manos, inundadas
de luz, mi vida quede rota
en un tiempo de gavota.
553
Gutierre de Cetina

Gutierre de Cetina

Carbón, Si Dar Favor Suele Fortuna

Carbón, si dar favor suele fortuna
a un fuerte corazón determinado;
¿quién como tú jamás fue tan osado
en cuanto rodea el sol y ve la luna?

¿Quién tuvo, di, jamás razón alguna
para quejarse, como tú, del hado,
viniendo así a perder, por desdichado,
una ocasión tan alta y oportuna?

Mas ¿qué digo perderte?, si acometiste
gozar del mayor bien que hay en el cielo,
que ya el acometer fue gran ventura.

Pero ¿cómo, Carbón, si te encendiste,
en medio de tu ardor quedaste un hielo?
¿Pudo más su beldad que tu locura?
392
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Cirujano

EL CIRUJANO


Los valentones convinieron el duelo después
de provocarse mutuamente. El juglar, compañero del médico
de feria, motivó la alteración irritándolos con
sus agudezas.

Acudió la multitud encrespada del barrio de
la horca y las mujeres se dividieron en facciones, celebrando a voz en
grito el denuedo de cada rival.

La cáfila bulliciosa recibía
alegremente en su seno al verdugo y le dirigía apodos
familiares. Los maleantes vivían y sucumbían sin rencor.

Yo estudiaba la anatomía bajo la autoridad de
Vesalio y me encaminaba a aquel sitio a descolgar los cadáveres
mostrencos. El maestro insistía en las lecciones de la
experiencia y me alejaba de escribir disertaciones y argumentos en
latín.

Uno de los adversarios, de origen desconocido,
pereció en el duelo. El registro de ninguna parroquia daba
cuenta de su nacimiento ni de su nombre.

Fue depositado en una celda del osario y yo la
señalé para satisfacer más tarde mis
propósitos de estudioso. Nadie podía solicitar las
reliquias deplorables, con el fin de sepultarlas afectuosamente. Yo no
salgo de la perplejidad al recordar el hallazgo de dos esqueletos en
vez del cuerpo lacerado.


458
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

A Colombina En Carnaval

Colombina, ¿Qué se hicieron
tus risas de cascabel?
¡Ah!, Desde que se perdieron
lo saben quienes te oyeron
quedó inconcluso, un rondel

Surge de las viejas salas
y como antes, oportuna,
vuelve a reinar, hoy que exhalas
suspiros por las escalas
con que asaltaste la luna.

¿Por qué ese reír que suena
como un fúnebre fagot?
Si es la que yo sé tu pena,
no te aflijas, que serena
fue la muerte de Pierrot.

Murió de haberte querido
Y ahora que sé tu mal,
para empaparte de olvido,
voy a mojar tu vestido
con agua de madrigal.

Pero debo imaginarte
entre todas confundida,
si es que quieres disfrazarte,
y así, empezaré a rimarte
la estrofa ayer ofrecida.

Y puesto que eres coqueta,
sensible a un buen decidor,
porque lo mandas, inquieta,
me vestiré de poeta
para cantarte mejor.

Anónima enmascarada
que vas, nerviosa, a la cita,
de sutil gasa adornada,
con una media calada
que a la indiscreción incita:

Lleva el disfraz colorado,
que te acompaña al placer,
la sangre que ha derramado
un corazón reventado
en tus manos de mujer.

Marquesita sin blasones,
sabia en la broma galante,
que escuchas en los salones
correr mil murmuraciones
de elogios a la intrigante

¡Cómo luce tu altanero
orgullo de flor de lis
cuando habla ese caballero
con traje de mosquetero
del tiempo de algún rey Luis!

Coqueta, linda coqueta,
risueñamente locuaz:
escondida y bien sujeta
lleva siempre la careta
debajo del antifaz.

Pues que está oculta la hermosa,
la fina mano enguantada,
¡Van, en la seda olorosa,
cinco lirios color rosa
corriendo una mascarada!

Como adivino un deseo
de burla, en tu voz y tienes
la gracia del discreteo,
me disfrazaré de Orfeo
para domar tus desdenes.

¿Qué es esa melancolía
que a conturbar así llega
el alma de tu alegría?
¡Bien haya la bizarría
del gesto que te doblega!

¡Ensueño de marmitones,
triste y loca fregatriz
que, por breves ilusiones,
abandona sus fogones
en traje de emperatriz!

Por la gloria de la gracia
de tu altivez de heroína
de tan bella aristocracia,
ha claudicado la acracia
del changador de la esquina.

Modista, pobre tendera,
o esclava del obrador:
vestida de primavera,
ya rendirás al hortera,
tenorio de mostrador.

Flor que aroma el delincuente
búcaro del cafetín,
loca máscara insolente
que aguarda lista, impaciente,
su gallardo bailarín.

Ebrio de amor y de vino,
sensual donaire guarango
lucirá tu cuerpo fino,
esta noche en el Casino
cuando te entusiasme el tango.

Muchacha conventillera
que, en apuros maternales,
pasaste la noche entera
arreglando esa pollera,
honra y prez de los percales.

Ya, despertando las ganas
de otras de la vecindad,
irás con tus dos hermanas,
Terpsícores suburbanas,
a un baile de sociedad

Mascarita viejecita,
¡En qué deslumbrantes fugas
va tu añoranza bendita!
¡Viejecita, mascarita
de caretas con arrugas!

Colombina, ¿Qué se hicieron
tus risas de cascabel?
¡Ah!, Desde que se perdieron,
lo saben quienes te oyeron,
quedó inconcluso un rondel

¡Venga la flauta divina
de tu risa de cristal!
¡Colombina, Colombina:
allá va una serpentina
continuando el madrigal!
490
José Martí

José Martí

En Torno Al Mármol Rojo

En torno al mármol rojo en donde duerme
El corso vil, el Bonaparte infame,
Como manos que acusan, como lívidas,
Desgreñadas crenchas, las banderas
De tanto pueblo mutilado y roto
En pedazos he visto, ensangrentadas!
Bandera fue también el alma mía
Abierta al claro sol y al aire alegre
En una asta, derecha como un pino—
La vieron y la odiaron, gerifaltes
Pusieron, y celosa halconería a abatirla echaron,
A traer el fleco de oro entre sus picos:
¡Oh! Mucho halcón del cielo azul ha vuelto
Con un jirón de mi alma entre sus garras.
Y ¡sus! yo a izarla— y ¡sus! con piedra y palo
Las gentes a arriarla,— y ¡sus! el pino
Como en fuga alargábase hasta el cielo
¡Y por él mi bandera blanca entraba!
¡Mas tras ella la gente, pino arriba,
Este el hacha, ése daga, aquél ponzoña,
Negro el aire en redor, negras las nubes,
Allí donde los astros son robustos
Pinos de luz, allí donde en fragantes
Lagos de leche van cisnes azules,
Donde el alma entra a flor, donde palpitan,
Susurran, y echan a volar las rosas,
Allí, donde hay amor, allí en las aspas
Mismas de las estrellas me embistieron!—
Por Dios, que aún se ve el asta: mas tan rota
Ya la bandera está, que no hay ninguna
Tan rota y sin ventura como ella
En las que adornan la apagada cripta
¡Donde en su rojo féretro sus puños
Roe despierto el Bonaparte infame!—
640
Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Venecia

Se respira una brisa de tarjeta postal.


¡Terrazas! Góndolas con ritmos de cadera. Fachadas que
reintegran tapices persas en el agua. Remos que no terminan nunca de
llorar.


El silencio hace gárgaras en los umbrales, arpegia un
“pizzicato” en las amarras, roe el misterio de las casas cerradas.


Al pasar debajo de los puentes, uno aprovecha para ponerse colorado.


Bogan en la Laguna, “dandys” que usan un lacrimatorio en el bolsillo
con todas las iridiscencias del canal, mujeres que han traído
sus labios de Viena y de Berlín para saborear una carne de color
aceituna, y mujeres que sólo se alimentan de pétalos de
rosa, tienen las manos incrustadas de ojos de serpiente, y la quijada
fatal de las heroínas d’Annunzianas.


¡Cuando el sol incendia la ciudad, es obligatorio ponerse un alma
de Nerón!


En los “piccoli canali” los gondoleros fornican con la noche,
anunciando su espasmo con un triste cantar, mientras la luna engorda,
como en cualquier parte, su mofletudo visaje de portera.


Yo dudo que aún en esta ciudad de sensualismo, existan falos
más llamativos, y de una erección más precipitada,
que la de los badajos del “campanile” de San Marcos.

816
Gutierre de Cetina

Gutierre de Cetina

A Un Hombre Loco Llamado Carbón, Que Estando Furioso Arremetió A Besar A Una Dama

Atrevido Carbón, tan animoso
cuan falto de favor y de contento,
no se alabe Faetón de atrevimiento
pues fue el tuyo más alto y más famoso.

Aquél, guiando al sol, de temeroso
hizo a los temerarios escarmiento,
tú pensaste gozar sin fundamento
de un nuevo sol más claro y más hermoso.

¿Cuál seso hay que iguale a tu locura?
¿Cuál esfuerzo llega al bien de aventurarte
si tuvieras más fuerza o más ventura?

Aunque siendo Carbón, ponerte en parte
tan cerca de aquel sol de hermosura,
ya es ventura llegar y no abrasarte.
410
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Anna Pavlowa

Piernas
eternas
que decís
de Luisa La Vallière
y de Thaís...

Piernas de rana,
de ondina
y de aldeana;
en su vocabulario
se fascina
la caravana.

Piernas
en las cuales
danza la Teología
funerales
y epifanía.

Piernas:
alborozo y lutos
y parodias de los Atributos.

Piernas
en que exordia
la Misericordia
en la derecha,
y se inicia
en la otra la Justicia.

Piernas
que llevan del muslo al talón
los recados del corazón.

Piernas
del reloj humano,
certeras como manecillas
dudosas como lo arcano,
sobresaltadas
con la coquetería de las hadas.

Piernas
para que circuyas
el espíritu, que se desarma
entre tus aleluyas;
si la violeta de Parma
tuviese piernas,
serían las tuyas.

Mística integral,
melómano alfiler sin fe de erratas,
que yendo de puntillas por el globo
las libélulas atas y desatas.

¡Te fuiste con mi rapto y con mi arrobo,
agitando las ánimas eternas
en los modismos de tus piernas!
447
Meira Delmar

Meira Delmar

Caracola

El mar danzaba entre las islas
desnudo y joven como un dios.
Sobre su piel resplandecía
el agua azul, llena de sol.

El viento alegre del verano
abría el cielo de cristal,
y crepitaban las cigarras
entre las llamas del pinar.

Ramos de espuma le ceñían
la clara frente, y el vaivén
de las gaviotas se acordaba
al ágil ritmo de sus pies.

El son delgado de una flauta
llenaba todo el olivar.
El mediodía restallaba.
¡Danzaba el mar! ¡Cantaba el mar!

695
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Las Manos

A todas las evoco. Pensativas,
cual si tuvieran almas, yo las veo
pasar, como teorías que viniesen
en las estancias líricas de un verso.

Las buenas, las cordiales, generosas
madrecitas de olvidos en los duelos,
las buenas, las cordiales, que ya nunca
las volvimos a ver, ni en el recuerdo.

Las manos enigmáticas, las manos
con vagos exotismos de misterio,
que ocultan, como en libros invisibles,
las fórmulas vedadas del Secreto.

Las manos que coronan los designios,
las manos vencedoras del Silencio,
en las que sueña, a veces, derrotado,
un tardío laurel de luz el genio.

Las pálidas, con sangre de azucenas,
violadas por los duendes de los besos,
que vi una vez, nerviosas, deslizarse
sobre la gama azul de un florilegio.

Las manos graves de las novias muertas,
rígidas desposadas de los féretros,
leves hostias de ritos amatorios
que ya nunca jamás comulgaremos,

esas manos inmóviles y extrañas,
que se petrificaron en el pecho
como una interrogante dolorosa
de la inmensa ansiedad del postrer gesto.

Las crueles que saben el encanto
del fugaz abandono de un momento.
Las exangües, las castas como vírgenes
severas domadoras del Deseo.

Las santas, inefables, las ungidas
con miras de perdón y de consuelo:
amadas melancólicas y breves
de los poetas y de los enfermos.

Las románticas manos de las tísicas,
que, en la voz moribunda de un arpegio,
como conjuro agónico angustiado,
llamaron a Chopin, desfalleciendo

Las manos que derraman por la noche
los filtros germinales en el lecho:
las que escriben las cláusulas fecundas
sobre las carnes que violó el invierno.

Las manos sin amor de las amadas,
más frías y más blancas que el pañuelo
que se esfuma en las largas despedidas
como paloma del adiós supremo.

¡Las Únicas, las fieles, las anónimas
las manos que en los ojos de algún muerto
pusieron, al cerrarlos, la postrera
temblorosa caricia de sus dedos!

Las manos de bellezas irreales,
las manos como lirios de recuerdos,
de aquellas que se fueron a la luna,
en la piedad del éxtasis eterno.

Las místicas, fervientes como exvotos,
inmaterializadas en el rezo,
las manos que humanizan las imágenes
de los blondos y tristes nazarenos.

Y las manos que triunfan del Olvido,
¡Esas, blancas como el remordimiento
de no haberlas besado, ni siquiera
con el beso intangible del ensueño!
524
José Martí

José Martí

¡no, Música Tenaz !

¡No, música tenaz, me hables del cielo!
Es morir, es temblar, es desgarrarme
Sin compasión el pecho! Si no vivo
Donde como una flor al aire puro
Abre su cáliz verde la palmera,
Si del día penoso a casa vuelvo...
¿Casa dije? ¡No hay casa en tierra ajena!...
Roto vuelvo en pedazos encendidos!
Me recojo del suelo: alzo y amaso
Los restos de mí mismo; ávido y triste
Como un estatuador un Cristo roto:
Trabajo, siempre en pie, por fuera un hombre
¡Venid a ver, venid a ver por dentro!
Pero tomad a que Virgilio os guíe...
Si no, estáos afuera: el fuego rueda
Por la cueva humeante: como flores
De un jardín infernal se abren las llagas:
Y boqueantes por la tierra seca
Queman los pies los escaldados leños!
¡Toda fue flor la aterradora tumba!
No, música tenaz, me hables del cielo!
741
Francisco Villaespesa

Francisco Villaespesa

Canción Del Recuerdo

Igual que en un sepulcro me he encerrado
en tu eterno recuerdo, y en él vivo,
la frente entre las manos, pensativo,
evocando las glorias del pasado.

¿Será posible que un amor tan fuerte
se haya para mi amor desvanecido?
¡El amor es más fuerte que la Muerte,
y la Muerte más fuerte que el olvido!

Largas horas de espera... Eternidades
que llenan de ansiedad mis soledades.
Solo y soñando con tu amor me tienes;

solo y soñando con tu vuelta muero...
Si nunca has de venir, ¿por qué te espero?
Y si te espero aún, ¿por qué no vienes?
514
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Treinta Y Tres

La edad del Cristo azul se me acongoja
porque Mahoma me sigue tiñendo
verde el espíritu y la carne roja,
y los talla, el beduino y a la hurí,
como una esmeralda en un rubí.

Yo querría gustar del caldo de habas,
mas en la infinidad de mi deseo
se suspenden las sílfides que veo
como en la conservera las guayabas.

La piedra pómez fuera mi amuleto,
pero mi humilde sino se contrista
porque mi boca se instala en secreto
en la feminidad del esqueleto
con un crepúsculo de diamantista.

Afluye la parábola y flamea
y gasto mis talentos en la lucha
de la Arabia Feliz con Galilea.

Me asfixia, en una dualidad funesta,
Ligia, la mártir de pestaña enhiesta,
y de Zoraida la grupa bisiesta.

Plenitud de cerebro y corazón;
oro en los dedos y en las sienes rosas;
y el Profeta de cabras se perfila
más fuerte que los dioses y las diosas.

¡Oh, plenitud cordial y reflexiva:
regateas con Cristo las mercedes
de fruto y flor, y ni siquiera puedes
tu cadáver colgar en la impoluta
atmósfera imantada de una gruta!
446
Gutierre de Cetina

Gutierre de Cetina

A Una Dama Quedando Viuda

Como joya oriental rica y preciosa
entre vil tierra envuelta y encerrada,
descubre su valor de ella sacada
y se muestra más clara y más hermosa;

como parece el sol tras tenebrosa
nube, que su beldad tuvo ocupada;
cual va nave segura y descargada,
salida de tormenta peligrosa;

como queda mejor el peregrino
que en bosque obscuro y con peligro ha entrado,
cuando, salido del, halla el camino;

como oro de metal bajo apartado,
tal, señora, vuestro ánimo divino
queda, de sujeción baja librado.
413
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Las Fuentes Del Nilo

LAS FUENTES DEL NILO


El rey libraba sus mandamientos desde el pie de un
sicomoro. Engrandecía la solemnidad de la persona con los
espejuelos y el par de zapatos, recibidos de mí el día
anterior. De ese modo le retorné la fineza de un diente de
marfil.

Yo presencié el castigo administrado por dos
hujieres del palacio, vivienda de cañas, sobre un pastor de las
greyes del soberano. La resistencia de la víctima fatigaba las
correas de hipopótamo.

Siguió la voz de los prisioneros inhibidos de
pies y manos por una soga de cáñamo. Un verdugo de
salvaje esfuerzo los arrojó de bruces al abismo. El más
indócil se proclamaba descendiente de David, a pesar del tizne y
del monte de cabellos. Servía de acólito y manejaba el
sistro de una iglesia de Abisinia. Fue sacrificado antes de una reata
de palurdos ingenuos, alentados por él mismo a querellarse de
los servidores del rey, de sus vejámenes y robos.

Emprendimos una jornada continua en solicitud de
unos comerciantes árabes, juntados en caravana a través
del desierto. El tumulto de un rebaño de cabras, botín de
los soldados, impedía la celeridad del movimiento. La
greguería simulaba el regocijo de la vendimia, el bullicio de
una fiesta de Ceres. Los árabes previnieron el combate y se
alejaron en sus cabalgaduras veloces, dejando a merced de los nuestros
algunos camellos y borricos. La presa, odres de vino de palma y vasos
de alfarero, dividió a los vencedores y los enredó en
litigios y porfías.

El ejército arribó tropezando y
cayendo, enajenado por la bebida espirituosa, a la gruta de un mago
versátil y lo consultó, a voz en grito, sobre el
éxito de una cacería. El impostor, ganado por los
árabes, dedujo del pecho una voz profunda e hirió el
suelo con la semejanza de un caduceo. Un ave de alas descompasadas
salió de entre sus pies a oscurecer la rueda del sol y produjo
el desconcierto y la fuga de la muchedumbre sencilla.

El autor del prodigio me separó
cortésmente de la compañía frenética y me
invitó a refugiarme en su casa. Desprendía de las orejas
el disfraz de unas barbas de vellón.


407
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

A La Antigua

¡Oh, señora: gentil dama de mis noches!
¡Oh, señora, mi señora, yo le ruego
que abandone esa romántica novela:
orgullosa favorita de sus dedos!

Que abandone sus historias de aventuras
donde hay citas, donde hay dueñas y escuderos,
callejuelas y sombríos embozados
y tizonas y amorosos devaneos,
asechanzas del camino y estocadas
de cadetes o gallardos mosqueteros,
y amador noble y rendido de su reina,
algún Buckingham lujoso y altanero.

Que abandone, le repito, su romance,
su romance mentiroso, pues confieso
que me enoja la atención que le dispensa,
con agravio de mis quejas y mis celos.

De mis celos, sí, lo digo, tal me tienen
las hazañas del cuitado caballero,
a quien sueña usted, señora, contemplando
sus balcones, con la escala de Romeo.

¡Oh, señora, mí señora!, Son las doce
¿Hasta cuándo piensa usted seguir leyendo?
¡Hay valor en su tenaz indiferencia
que no teme los peligros del silencio!

Son las doce: ya se aprontan los aleves,
los galantes forajidos de los besos,
a cruzar la callejuela de unos labios
donde anoche asesinaron al Ensueño

¡Ay, entonces, de las bocas asaltadas
por los rojos embozados del Deseo!
¡Ay de usted, señora mía, si la encuentran!
¡Que la salve su hazañoso caballero!
487
José Martí

José Martí

Canto Religioso

La fatiga y las sábanas sacudo:
Cuando no se es feliz, abruma el sueño
Y el sueno, tardo al infeliz, y el miedo
A ver la luz que alumbra su desdicha
Resístense los ojos,— y parece
No que en plumones mansos se ha dormido
Sino en los brazos negros de una fiera.
Al aire luminoso, como al río
El sediento peatón, dos labios se abren:
El pecho en lo interior se encumbra y goza
Como el hogar feliz cuando recibe
En Año Nuevo a la familia amada;—
Y brota, frente al sol, el pensamiento!

Más súbito, los ojos se oscurecen,
Y el cielo, y a la frente va la mano
Cual militar que el pabellón saluda:
Los muertos son, los muertos son, devueltos
A la luz maternal: los muertos pasan.

Y sigo a mi labor, como creyente
A quien unge en la sien el sacerdote
De rostro liso y vestiduras blancas—
Practico: en el divino altar comulgo
De la Naturaleza: es mi hostia el alma humana.
911
Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Milonga

Sobre las mesas, botellas decapitadas de “champagne” con corbatas
blancas de payaso, baldes de níquel que trasuntan enflaquecidos
brazos y espaldas de “cocottes”.
El bandoneón canta con esperezos de gusano baboso, contradice el
pelo rojo de la alfombra, imanta los pezones, los pubis y la punta de
los zapatos.
Machos que se quiebran en un corte ritual, la cabeza hundida entre los
hombros, la jeta hinchada de palabras soeces.
Hembras con las ancas nerviosas, un poquitito de espuma en las axilas,
y los ojos demasiado aceitados.
De pronto se oye un fracaso de cristales. Las mesas dan un corcovo y
pegan cuatro patadas en el aire. Un enorme espejo se derrumba con las
columnas y la gente que tenía dentro; mientras entre un oleaje
de brazos y de espaldas estallan las trompadas, como una rueda de
cohetes de bengala.
Junto con el vigilante, entra la aurora vestida de violeta.
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Gutierre de Cetina

Gutierre de Cetina

A Una Dama Que Lloraba Un Su Servidor Muerto

De Menalca pastor la ninfa Flora
lloraba el duro caso extraño y fuerte,
y del hermoso rostro, ¡ay, dura suerte!
las rosas escurece y descolora.

Ya se hace llorar, ya vuelve y llora
y en gruesas perlas su llorar convierte,
ya queda muerta y fría, y si la muerte
la deja respirar, dice algún hora:

«Parca si de mi bien te enamoraste,
cortarás de mi vida el hilo incierto,
gozarás del pastor, yo del engaño.

»Mas, ¡ay!, qué digo yo que no acertaste:
que por matarle a él, a mí me has muerto;
el golpe has hecho en él, yo siento el daño».
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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

El Ancla

Antes de echar el ancla en el tesoro
del amor postrimero, yo quisiera
correr el mundo en fiebre de carrera,
con juventud, y una pepita de oro
en los rincones de me faltriquera.

Abrazar a una culebra del Nilo
que de Cleopatra se envuelva en la clámide,
y oír el soliloquio intranquilo
de la Virgen María en la Pirámide.

Para desembarcar en mi país,
hacerme niño y trazar con mi gis,
en la pizarra del colegio anciano,
un rostro de perfil guadalupano.

Besar al Indostán y a la Oceanía,
a las fieras rayadas y rodadas,
y echar el ancla a una paisana mía
de oreja breve y grandes arracadas.

Y decir al Amor: —«De mis pecados,
los mas negros están enamorados;
un miserere se alza en mis cartujas
y va hacia ti con pasos de bebé,
como el cándido islote de burbujas
navega por la taza de café.
Porque mis cinco sentidos vehementes
penetraron los cinco Continentes,
bien puedo, Amor final, poner la mano
sobre tu corazón guadalupano...»
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Meira Delmar

Meira Delmar

Canción Lejana

Y yo también como la tarde
toda me tornaré dichosa
para quererte y esperarte.
Iluminada de tus ojos
vendrá la luna,
vendrá la luna por el aire.

Tú me querrás inmensamente.
Mi corazón será infinito
para la angustia de tu frente.
Yo te daré los sueños míos:
—amor, dolor— sencillamente.
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José Martí

José Martí

Cuentan Que Antaño

Cuentan que antaño,—y por si no lo cuentan,
Invéntologo, —un labriego que quería
Mucho a un zorzal, a quien dejaba libre
Surcar el aire y desafiar al viento —
De cierto bravo halcón librarlo quiso
Que en cazar por el ala adestró astuto
Un señorín de aquellas cercanías,—
Y púsole al zorzal el buen labriego
Sobre sus alas, otras dos, de modo
Que el vuelo alegre al ave no impidiesen.

Salió el sol, y el halcón rompiendo nubes,
Tras el zorzal, que a la querencia amable
Del labrador inquieto se venía:
Ya le alcanza: ya le hinca: ya estremece
En la mano del mozo el hilo duro:
Mas guay del señorín!: el halcón sólo
Prendió al zorzal, que diestro se le escurre,
Por las alas postizas del labriego.

Así, quien casa por la rima, aprende
Que en sus garras se escapa la poesía!
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