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Rosalía de Castro

Rosalía de Castro

Nos Dicen Que Se Adoran La Aurora Y El Crepúsculo

Nos dicen que se adoran la aurora y el crepúsculo,
mas entre el sol que nace y el que triste declina,
medió siempre el abismo que media entre la cuna
y el sepulcro en la vida.

Pero llegará un tiempo quizás, cuando los siglos
no se cuenten y el mundo por siempre haya pasado,
en el que nunca tornen tras de la noche el alba
ni se hunda entre las sombras del sol el tibio rayo.

Si de lo eterno entonces en el mar infinito
todo aquello que ha sido ha de vivir más tarde,
acaso alba y crepúsculo, si en lo inmenso se encuentran,
en uno se confundan para no separarse.

Para no separarse... ¡Ilusión bienhechora
de inmortal esperanza, cual las que el hombre inventa!
Mas ¿quién sabe si en tanto hacia su fin caminan,
como el hombre, los astros con ser eternos sueñan?
619
Octavio Paz

Octavio Paz

Agua Nocturna

La noche de ojos de caballo que tiemblan en la noche,
la noche de ojos de agua en el campo dormido,
está en tus ojos de caballo que tiembla,
está en tus ojos de agua secreta.

Ojos de agua de sombra,
ojos de agua de pozo,
ojos de agua de sueño.

El silencio y la soledad,
como dos pequeños animales a quienes guía la luna,
beben en esos ojos,
beben en esas aguas.

Si abres los ojos,
se abre la noche de puertas de musgo,
se abre el reino secreto del agua
que mana del centro de la noche.

Y si los cierras,
un río, una corriente dulce y silenciosa,
te inunda por dentro, avanza, te hace oscura:
la noche moja riberas en tu alma.
583
Cecília Meireles

Cecília Meireles

Estirpe

Los mendigos mayores no dicen nada, no hacen nada.
Saben que es inútil y exhaustivo. Se dejan estar. Se dejan estar.
Déjanse estar al sol o a la lluvia, con el mismo aire de entero valor,
lejos del cuerpo que dejan en cualquier lugar.
Entretiénense en extender la vida por el pensamiento.
Si alguien habla, su voz huye como un pájaro que cae.
Y es de tal modo imprevista, innecesaria y sorprendente
que para oírla bien tal vez giman algún ay.
¡Oh, no gemían, no!... Los mendigos mayores son todos estoicos.
Pondrán su miseria junto a los jardines del mundo feliz
pero no quieren que, desde el otro lado, sepan de la extraña suerte
que los recorre como un río un país.
Los mendigos mayores viven fuera de la vida: se excluyeron.
Abren sueños y silencios y desnudos espacios a su alrededor.
Tienen su reino vacío, de altas estrellas que no cobijan.
Su mirar jamás mira y su boca no llama ni ríe.
Y su cuerpo no sufre ni goza. Y su mano no toma ni pide.
Y su corazón es una cosa que, si existiera, súbito olvidaría.
¡Ah!, los mendigos mayores son un pueblo que se va convirtiendo en piedra.
Ese pueblo, que es el mío.
675
Rosalía de Castro

Rosalía de Castro

Muda La Luna Y Como Siempre Pálida

Muda la luna y como siempre pálida,
mientras recorre la azulada esfera
seguida de su séquito
de nubes y de estrellas,
rencorosa despierta en mi memoria
yo no sé qué fantasmas y quimeras.

Y con sus dulces misteriosos rayos
derrama en mis entrañas tanta hiel,
que pienso con placer que ella, la eterna,
ha de pasar también.
789
Gabriela Mistral

Gabriela Mistral

Amor, amor

Anda libre en el surco, bate el ala en el viento,
late vivo en el sol y se prende al pinar.
No te vale olvidarlo como al mal pensamiento:
¡le tendrás que escuchar!

Habla lengua de bronce y habla lengua de ave,
ruegos tímidos, imperativos de mar.
No te vale ponerle gesto audaz, ceño grave:
¡lo tendrás que hospedar!

Gasta trazas de dueño; no le ablandan excusas.
Rasga vasos de flor, hiende el hondo glaciar.
No te vale decirle que albergarlo rehúsas:
¡lo tendrás que hospedar!

Tiene argucias sutiles en la réplica fina,
argumentos de sabio, pero en voz de mujer.
Ciencia humana te salva, menos ciencia divina:
¡le tendrás que creer!

Te echa venda de lino; tú la venda toleras.
Te ofrece el brazo cálido, no le sabes huir.
Echa a andar, tú le sigues hechizada aunque vieras
¡que eso para en morir!
1.195
Rosalía de Castro

Rosalía de Castro

Nada Me Importa, Blanca O Negra Mariposa

Nada me importa, blanca o negra mariposa,
que dichas anunciándome o malhadadas nuevas,
en torno de mi lámpara o de mi frente en torno,
os agitéis inquietas.

La venturosa copa del placer para siempre
rota a mis pies está,
y en la del dolor llena... ¡llena hasta desbordarse!,
ni penas ni amarguras pueden caber ya más.
637
Octavio Paz

Octavio Paz

Cuerpo A La Vista

Y las sombras se abrieron otra vez y mostraron tu cuerpo:
tu pelo, otoño espeso, caída de agua solar,
tu boca y la blanca disciplina de sus dientes caníbales,
prisioneros en llamas
tu piel de pan apenas dorado y tus ojos de azúcar quemada,
sitios en donde el tiempo no transcurre,
valles que sólo mis labios conocen,
desfiladero de la luna que asciende a tu garganta entre tus senos,
cascada petrificada de la nuca,
alta meseta de tu vientre,
playa sin fin de tu costado.

Tus ojos son los ojos fijos del tigre
y un minuto después son los ojos húmedos del perro.

Siempre hay abejas en tu pelo.

Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos
como la espalda del río a la luz del incendio.

Aguas dormidas golpean día y noche tu cintura de arcilla
y en tus costas, inmensas como los arenales de la luna,
el viento sopla por mi boca y su largo quejido cubre con sus dos alas
grises
la noche de los cuerpos,
como la sombra del águila la soledad del páramo.

Las uñas de los dedos de tus pies están hechas del
cristal del verano.

Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,
bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma,
cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,
boca del horno donde se hacen las hostias,
sonrientes labios entreabiertos y atroces,
nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible
(allí espera la carne su resurrección y el día de
la vida perdurable).


Patria de sangre,
única tierra que conozco y me conoce,
única patria en la que creo,
única puerta al infinito.
693
Félix de Azúa

Félix de Azúa

Benet en casa

Alzaba el vuelo ad astram y atormentaba y retorcía sus frases tratando de subir más alto dándoles otro giro, imponiendo una subordinada más, otra metáfora a las oraciones desproporcionadas y satánicas hasta que el vuelo se mostraba no sólo imposible sino indecente, y entonces emprendía ese regreso precipitado y salomónico, en hélice alrededor de su propio cuerpo o frase en una caída libre a la que ya tantas veces he hecho referencia. No bien pisaba el suelo, sin embargo, con pies de algodón, sudoroso y confuso, cegado aún por la proximidad de la luz, emprendía el veloz descenso de la escalera como arrastrado por la inercia de la hélice y aterrizaba en el saloncito de la planta baja, donde le esperaban siempre sus amigos, decenas de amigos, algunos de los cuales vivían permanentemente en el saloncito y allí dormían y se llevaban ropa de muda para vivaquear más cómodamente, y con el tono carrasposo de quien acaba de regresar del desierto y trae aún la arena incrustada en los ojos y en la lengua, nos proponía una botella de vodka, de snapps, de cazalla, y, tras la ruidosa negativa, mostraba dos botellas de whisky, una en cada mano, alzando los brazos en la uve de la victoria.
358
Rosalía de Castro

Rosalía de Castro

-te Amo ¿por Qué Me Odias?

—Te amo... ¿por qué me odias?
—Te odio... ¿por qué me amas?
Secreto es éste el más triste
y misterioso del alma.

Mas ello es verdad... ¡Verdad
dura y atormentadora!
—Me odias, porque te amo;
te amo, porque me odias.
838
Eugenio Montale

Eugenio Montale

Disipa tú, si quieres, de Mediterráneo

Disipa tú, si quieres, esta vida débil que se queja,
como la esponja el trazo efímero en la pizarra.
Espero regresar a tu círculo, se cumple mi disperso tránsito.
Mi venida era el testimonio de un orden que olvidé durante el viaje,
estas palabras mías juran fe a un suceso imposible, y lo ignoran.
Pero siempre que escuché tu dulce oleaje sobre las playas
la turbación me asaltó como a alguien débil de memoria
cuando vuelve a acordarse de su tierra.
Aprendida mi lección más que de tu gloria abierta,
del jadear que no emite casi sonido
de un mediodía tuyo desolado,
a ti me rindo humildemente.
No soy más que pavesa de un tirso.
Bien lo sé: arder, este y no otro, es mi significado.
872
Rosalía de Castro

Rosalía de Castro

En Sus Ojos Rasgados Y Azules

Fue cielo de su espíritu, fue sueño de sus sueños,
y vida de su vida, y aliento de su aliento;
y fue, desde que rota cayó la venda al suelo,
algo que mata el alma y que envilece el cuerpo.

De la vida en la lucha perenne y fatigosa,
siempre el ansia incesante y el mismo anhelo siempre;
que no ha de tener término sino cuando, cerrados,
ya duerman nuestros ojos el sueño de la muerte.
688
Octavio Paz

Octavio Paz

Tus Ojos

Tus ojos son la patria del relámpago y de la lágrima,
silencio que habla,
tempestades sin viento, mar sin olas,
pájaros presos, doradas fieras adormecidas,
topacios impíos como la verdad,
o toño en un claro del bosque en donde la luz canta en el hombro
de un árbol y son pájaros todas las hojas,
playa que la mañana encuentra constelada de ojos,
cesta de frutos de fuego,
mentira que alimenta,
espejos de este mundo, puertas del más allá,
pulsación tranquila del mar a mediodía,
absoluto que parpadea,
páramo.
1.075
Cecília Meireles

Cecília Meireles

Cantaran los gallos

Cantarán los gallos, cuando muramos,
y una brisa leve, de manos delicadas,
rozará los bordes, las sedas
mortuorias.
Y el sonido de la noche irá transpirando
sobre los claros vidrios.
Y los grillos a lo lejos truncarán los silencios,
los tallos de cristal, fríos, largos yermos,
y el enorme aroma de los árboles.
¡Ah, qué dulce luna verá nuestra calma
faz todavía más calma que su gran espejo
de plata!
¡Qué frescura espesa en nuestros cabellos,
libres como los campos de madrugada!
En la niebla de la aurora
la última estrella
asciende pálida.
¡Qué gran sosiego, sin hablas humanas,
sin el labio de los rostros del lobo,
sin odio, sin amor, sin nada!
Como oscuros profetas perdidos,
conversarán apenas los perros en las campiñas.
Fuertes preguntas. Vastas pausas.
Estaremos en la muerte
con aquel suave contorno
de una concha dentro del agua.
434
Rosalía de Castro

Rosalía de Castro

En Sus Ojos Rasgados Y Azules

En sus ojos rasgados y azules,
donde brilla el candor de los ángeles,
ver creía la sombra siniestra
de todos los males.

En sus anchas y negras pupilas,
donde luz y tinieblas combaten,
ver creía el sereno y hermoso
resplandor de la dicha inefable.

Del amor espejismos traidores,
risueños, fugaces...
cuando vuestro fulgor sobrehumano
se disipa... ¡qué densas, qué grandes
son las sombras que envuelven las almas
a quienes con vuestros reflejos cegasteis!
1.317
César Brañas

César Brañas

Este día cualquiera, de La Sed Innumerable

Hoy, veinte de marzo del año tal,
yo estoy vivo, en mi país, en mi ciudad,
o en qué ciudad no importa. ¡Mañana no!
Sé que lejos laten ríos violentos,
sé que cerca se alzan montes huraños
con un azul de ojos de niño exótico,
que en alguna parte no terminan de tenderse
sin término llanuras, praderas, marismas,
¡ah, el mar, que también existe, más allá!

Es decir, la tierra con su variedad,
con su fortaleza, por soles, nieves ultrajada,
por huracanes, cataclismos, hombres,
y en la noche, naufragada y palpitante,
entre negras sábanas a fornidos dioses entregada,
exhausta.

Y yo vivo en medio de esta procelosa maravilla
y tengo un nombre, un oficio, un deber
y tempestades de deseos, aquí, secretamente,
en la voz ahogada, prisionera.

Y yo respiro, y ando, y caigo, y giro
y vuelvo a ver los árboles sedientos
y los pájaros disparados
en la embriaguez de la música del viento
y estoy inmóvil y absorto y maravillado
de un día más en el pecho ardiendo.

Hoy veinte de marzo
junto a mujeres primaveras indiferentes,
frente a hombres en su quehacer ensañados,
desprovistos de miradas para la tierra
que bajo sus pies pasa y fulgura,
astro menor sin importancia
donde los labios a los labios se juntan,
yo vivo una sola vez, un día innumerable,
ya ido de mis manos,
nunca a mi pecho resarcido,
pero qué más da, si vivo
y la tierra es bella y la vida fluye,
sed en mis arterias locas,
por mí, a través de mí, misteriosa, vagabunda,
en este minuto que acaparo y me traspasa,
hoy, veinte de marzo,
hoy, veinte de marzo, ¡tan lejos de la esperanza!,
en que me doy cuenta, antes de morir.
471
Rosalía de Castro

Rosalía de Castro

Cerrado Capullo De Pálidas Tintas

Cerrado capullo de pálidas tintas,
modesta hermosura de frente graciosa,
¿por quién has perdido la paz de tu alma?
¿a quién regalaste la miel de tu boca?

A quien te detesta quizás, y le causan
enojo tus labios de cándido aroma,
porque busca la rosa encendida
que abre al sol de la tarde sus hojas.
634
Octavio Paz

Octavio Paz

Salvas

Torre de muros de ámbar,
solitario laurel en una plaza de piedra,
golfo imprevisto,
sonrisa en un oscuro pasillo,
andar de río que fluye entre palacios,
dulce cometa que me ciega y se aleja...

Puente bajo cuyos arcos corre siempre la vida.
557
José Agustín Goytisolo

José Agustín Goytisolo

El recuerdo

Me asomo al miedo escucho
las voces que aún resuenan
que suben de la tierra
gritando nombres fechas
lugares de traición
crímenes sordos
y sin querer lo temo
por mi vida por mí
pedazo de bandera
por mi casa por todo
lo que fui rescatando
de aquel montón de ruinas
que dejaste al partir
hacia ese mar oscuro
en donde permaneces
tan espantosamente
callada todavía.
773
Rosalía de Castro

Rosalía de Castro

Aún Parece Que Asoman, Tras Del Miranda Altivo

Aún parece que asoman, tras del Miranda altivo,
de mayo los albores, ¡y pasó ya setiembre!
Aún parece que torna la errante golondrina,
y en pos de otras regiones ya el raudo vuelo tiende.

Ayer flores y aromas, ayer canto de pájaros
y mares de verdura y de doradas mieses;
hoy nubes que sombrías hacia Occidente avanzan,
el brillo del relámpago y el eco del torrente.

Pasó, pasó el verano rápido, como pasa
un venturoso sueño del amor en la fiebre,
y ya secas las hojas en las ramas desnudas,
tiemblan descoloridas esperando la muerte.

¡Ah, cuando en esas noches tormentosas y largas
la luna brille a intervalos sobre la blanca nieve,
¡de cuántos, que dichosos ayer la contemplaron,
alumbrarán la tumba sus rayos transparentes!
581
Leonardo Castellani

Leonardo Castellani

Dios los cría, de Camperas

Tres que siempre andan juntos, la Víbora, el Zorrino y el Perezoso, se juntaron un día para murmurar del mundo.
-Aquí ni hay iniciativa ni hay progreso -dijo el Perezoso-, ni nada. Ustedes conocen muy bien mis aspiraciones y mis sublimes y patrióticos ideales -el Perezoso es bicho de grandes proyectos-; y sin embargo a mí se me tiene por un fracasado. Y así, ¿quién va a emprender ninguna cosa? Busque usted peones: ¿dónde los encuentra? Y si los encuentra, ¿cómo los hace trabajar? Busque usted socios: todos son una punta de ladrones. Por eso no los busco... Ponga usted una industria, ¿y qué? A mí, que me gusta hacer las cosas en grande y no andar con miserias, me vienen ofreciendo capitalitos de mala muerte... La culpa la tiene el Gobierno, no más... En fin, que a usted si es un ruin y un mediocre, todo el mundo le irá detrás; pero si es hombre de grandes aspiraciones, lo arrinconan, lo persiguen, lo postergan, y lo obligan a pasarse la vida tumbado sobre una rama, comiendo lo que esté a mano y durmiendo como se pueda... todo el día.
-Y lo peor de todo -dijo la Víbora-, es que le huyen a uno y le cobran horror. Los que hemos nacido con un corazón hecho para ser amados sufrimos mucho con eso. Yo no tengo ningún amigo y todos me aborrecen. Y así, perseguida de todos y sin el calorcito de la amistad, aunque sea más buena que el mío-mío y más tierna que una avispa, concluye por agriarse y hacerse fría y maligna y solapada y cobarde y hasta negra y fea, con la bilis, el veneno y la mala sangre que le hacen a una criar por dentro con tanta ingratitud. Mis antepasados se cuenta que eran brillantes y coloridos como la culebra, y no barrosos y repulsivos como yo. Hasta con mi marido andamos distanciados; y de todos mis hijos, ni uno solo ha sido capaz nunca de venir a cobijarse con su madre y agradecerle el ser que le dio. Cierto que yo no sé si habrán nacido. Yo dejé los huevos confiados al sol que los empollara, y me marché, porque ¡vaya también usted a criar víboras en el seno, como dice el refrán, para recoger veneno! -A mí -terció el Zorrino-, lo que me repudre es el desprecio de los otros. Siete años llevo en este pajonal, y nadie me trata, nadie me visita, nadie me convida... Vengo yo por una picada y todos se apartan sin hablarme; y no hay bicho de pelo o pluma que venga a anidar en la vecindad del lugar donde yo vivo. A mí la soledad me mata; pero la prefiero a la compañía de esos sucios que parece que de puro asquerosos andan huyendo de la gente para no mostrar el tufo.
Y así por el estilo, quejándose de todos, se pasaban las horas muertas. Pero la murmuración no alimenta y los chismosos siempre acaban aborreciéndose. Un buen día se pelearon los tres y se separaron, no sin haberse antes cantado las verdades bien clarito a grito limpio e insulto seco, como comadres de conventillo. Al Perezoso le dijeron que él era el haragán; a la Víbora, que la mala y perversa era ella; y al Zorrino, que si se oliese a sí mismo no sentiría la hedentina de los otros. Y a cada uno, que cada cual es hijo de sus obras.
Pero ninguno de los tres se dio por entendido y han seguido hasta el día de hoy quejándose del mundo entero.
759
Rosalía de Castro

Rosalía de Castro

Camino Blanco, Viejo Camino

Camino blanco, viejo camino,
desigual, pedregoso y estrecho,
donde el eco apacible resuena
del arroyo que pasa bullendo,
y en donde detiene su vuelo inconstante,
o el paso ligero,
de la fruta que brota en las zarzas
buscando el sabroso y agreste alimento,
el gorrión adusto,
los niños hambrientos,
las cabras monteses
y el perro sin dueño...
Blanca senda, camino olvidado,
¡bullicioso y alegre otro tiempo!,
del que solo y a pie de la vida
va andando su larga jornada, más bello
y agradable a los ojos pareces
cuanto más solitario y más yermo.
Que al cruzar por la ruta espaciosa
donde lucen sus trenes soberbios
los dichosos del mundo, descalzo,
sudoroso y de polvo cubierto,
¡qué extrañeza y profundo desvío
infunde en las almas el pobre viajero!
1.002
Octavio Paz

Octavio Paz

El Desconocido

La noche nace en espejos de luto.
Sombríos ramos húmedos
ciñen su pecho y su cintura,
su cuerpo azul, infinito y tangible.
No la puebla el silencio: rumores silenciosos,
peces fantasmas, se deslizan, fosforecen, huyen.
La noche es verde, vasta y silenciosa.
La noche es morada y azul.
Es de fuego y es de agua.
La noche es de mármol negro y de humo.
En sus hombros nace un río que se curva,
una silenciosa cascada de plumas negras.

La noche es un beso infinito de las tinieblas infinitas.
Todo se funde en ese beso,
todo arde en esos labios sin límites,
y el nombre y la memoria
son un poco de ceniza y olvido
en esa entraña que sueña.

Noche, dulce fiera,
boca de sueño, ojos de llama fija y ávida,
océano,
extensión infinita y limitada como un cuerpo acariciado a oscuras,
indefensa y voraz como el amor,
detenida al borde del alba como un venado a la orilla del susurro o
del miedo,
río de terciopelo y ceguera,
respiración dormida de un corazón inmenso, que perdona:
el desdichado, el hueco,
el que lleva por máscara su rostro,
cruza tus soledades, a solas con su alma.

Tu silencio lo llama,
rozan su piel tus alas negras,
donde late el olvido sin fronteras,
mas él cierra los poros de su alma
al infinito que lo tienta,
ensimismado en su árida pelea.

Nadie lo sigue, nadie lo acompaña.
En su boca elocuente la mentira se anida,
su corazón está poblado de fantasmas
y el vacío hace desiertos los latidos de su pecho.
Dos perros amarillos, hastío y avidez, disputan en su alma.
Su pensamiento recorre siempre las mismas salas deshabitadas,
sin encontrar jamás la forma que agote su impaciencia,
el muro del perdón o de la muerte.
Pero su corazón aún abre las alas
como un águila roja en el desierto.

Suenan las flautas de la noche.
El mundo duerme y canta.
Canta dormido el mar;
ojo que tiembla absorto,
el cielo es un espejo donde el mundo se contempla,
lecho de transparencia para su desnudez.

Él marcha solo, infatigable,
encarcelado en su infinito,
como un solitario pensamiento,
como un fantasma que buscara un cuerpo.
573
José María Gabriel y Galán

José María Gabriel y Galán

El embargo, de Extremeñas

Señol jues, pasi usté más alanti y que entrin tós esos, no le dé a usté ansia, no le dé a usté mieo ...

Si venís antiayel a afligila, sos tumbo a la puerta. ¡Pero ya s'a muerto! ...

Embargal, embargal los avíos, que aquí no hay dinero: lo he gastao en comías pa ella y en boticas que no le sirvieron;

y eso que me quea, porque no me dió tiempo a vendello, ya me está sombrando, ya me está gediendo.

Embargal esi sacho de pico, y esas jocis clavás en el techo, y esa segureja y esi cacho e liendro ...

¡Jerramientas, que no quedi una!. ¿Yo pa qué las quiero?. Si tuviá que ganalo pa ella, ¡cualisquiá me quitaba a mí eso! ...

Pero ya no quió vel esi sacho, ni esas jocis clavás en el techo, ni esa segureja ni esi cacho e liendro ...

¡Pero a vel, señol jues: cuidiaito si alguno de esos es osao de tocali a esa cama ondi ella s'a muerto:

la camita ondi yo la he querío cuando dambos estábamos güenos;

la camita ondi yo la he cuidiao, la camita ondi estuvo su cuerpo cuatro mesis vivo y una nochi muerto! ...

¡Señol jues: que nenguno sea osao de tocali a esa cama ni un pelo, porque aquí lo jinco delantí usté mesmo!.

Lleváisoslo todu, todu, menos eso, que esas mantas tienin suól de su cuerpo ... ¡y me güelin, me güelin a ella cá vés que las güelo! ...
779
Rosalía de Castro

Rosalía de Castro

¡volved!

Bien sabe Dios que siempre me arrancan tristes lágrimas
aquellos que nos dejan,
pero aún más me lastiman y me llenan de luto
los que a volver se niegan.
¡Partid, y Dios os guíe!..., pobres desheredados,
para quienes no hay sitio en la hostigada tierra;
partid llenos de aliento en pos de otro horizonte,
pero... volved más tarde al viejo hogar que os llama.

Jamás del extranjero el pobre cuerpo inerte,
como en la propia tierra en la ajena descansa.
1.800