Lista de Poemas
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Charles Bukowski
Siempre esperaba que la bibliotecaria
Siempre esperaba que la bibliotecaria me dijera:
119
Johann Wolfgang von Goethe
A veces nuestro destino se
A veces nuestro destino se asemeja a un árbol frutal en invierno. ¿Quién pensaría que esas ramas reverdecerán y florecerán? Mas esperamos que así sea, y sabemos que así será.
83
Rubén Darío
Un Soneto A Cervantes
Horas de pesadumbre y de tristeza
paso en mi soledad. Pero Cervantes
es buen amigo. Endulza mis instantes
ásperos, y reposa mi cabeza.
Él es la vida y la naturaleza,
regala un yelmo de oros y diamantes
a mis sueños errantes.
Es para mí: suspira, ríe y reza.
Cristiano y amoroso y caballero
parla como un arroyo cristalino.
¡Así le admiro y quiero,
viendo cómo el destino
hace que regocije al mundo entero
la tristeza inmortal de ser divino!
paso en mi soledad. Pero Cervantes
es buen amigo. Endulza mis instantes
ásperos, y reposa mi cabeza.
Él es la vida y la naturaleza,
regala un yelmo de oros y diamantes
a mis sueños errantes.
Es para mí: suspira, ríe y reza.
Cristiano y amoroso y caballero
parla como un arroyo cristalino.
¡Así le admiro y quiero,
viendo cómo el destino
hace que regocije al mundo entero
la tristeza inmortal de ser divino!
711
Aristóteles
Considero más valiente al que
Considero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos, ya que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo.
86
Octavio Paz
La Llama, El Habla
En un poema leo:
conversar es divino.
Pero los diosa no hablan:
hacen, deshacen mundos
mientras los hombres hablan.
Los dioses, sin palabras,
juegan juegos terribles.
El espíritu baja
y desata las lenguas
pero no habla palabras:
habla lumbre. El lenguaje,
por el dios encendido,
es una profecía
de llamas y una torre
de humo y un desplome
de sílabas quemadas:
ceniza sin sentido.
La palabra del hombre
es hija de la muerte.
Hablamos porque somos
mortales: las palabras
no son signos, son años.
Al decir lo que dicen
los nombres que decimos
dicen tiempo: nos dicen.
Somos nombres del tiempo.
Mudos, también los muertos
pronuncian las palabras
que decimos los vivos.
El lenguaje es la casa
de todos en el flanco
del abismo colgada.
Conversar es humano.
conversar es divino.
Pero los diosa no hablan:
hacen, deshacen mundos
mientras los hombres hablan.
Los dioses, sin palabras,
juegan juegos terribles.
El espíritu baja
y desata las lenguas
pero no habla palabras:
habla lumbre. El lenguaje,
por el dios encendido,
es una profecía
de llamas y una torre
de humo y un desplome
de sílabas quemadas:
ceniza sin sentido.
La palabra del hombre
es hija de la muerte.
Hablamos porque somos
mortales: las palabras
no son signos, son años.
Al decir lo que dicen
los nombres que decimos
dicen tiempo: nos dicen.
Somos nombres del tiempo.
Mudos, también los muertos
pronuncian las palabras
que decimos los vivos.
El lenguaje es la casa
de todos en el flanco
del abismo colgada.
Conversar es humano.
550
Lewis Carroll
Piensan que estoy loco por
Piensan que estoy loco por todos los niños. Pero no soy omnívoro como los cerdos, sino que selecciono.
35
Rafael Alberti
A galopar
Las tierras, las tierras, las tierras de España,
las grandes, las solas, desiertas llanuras.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo,
al sol y a la luna.
¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!
A corazón suenan, resuenan, resuenan,
las tierras de España, en las herraduras.
Galopa, jinete del pueblo
caballo de espuma
¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!
Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie;
que es nadie la muerte si va en tu notura.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo
que la tierra es tuya.
¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!
las grandes, las solas, desiertas llanuras.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo,
al sol y a la luna.
¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!
A corazón suenan, resuenan, resuenan,
las tierras de España, en las herraduras.
Galopa, jinete del pueblo
caballo de espuma
¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!
Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie;
que es nadie la muerte si va en tu notura.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo
que la tierra es tuya.
¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!
960
Gustave Flaubert
A los ídolos no hay
A los ídolos no hay que tocarlos: se queda el dorado en las manos.
124
Auguste Comte
¡Qué pérdida irreparable!
¡Qué pérdida irreparable!
114
Johann Wolfgang von Goethe
A ti te debo todo
A ti te debo todo mi vigor, pasión sin tasa débote, inclinación, culto y locura.
170
Rubén Darío
¡oh, Miseria De Toda Lucha Por Lo Finito!
¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!
Es como el ala de la mariposa
nuestro brazo que deja el pensamiento escrito.
Nuestra infancia vale la rosa,
el relámpago nuestro mirar,
y el ritmo que en el pecho
nuestro corazón mueve
es un ritmo de onda de mar,
o un caer de copo de nieve,
o el del cantar
del ruiseñor,
que dura lo que dura el perfumar
de su hermana la flor.
¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!
El alma que se advierte sencilla y mira clara-
mente la gracia pura de la luz cara a cara,
como el botón de rosa, como la coccinela,
esa alma es la que al fondo del infinito vuela.
El alma que ha olvidado la admiración, que sufre
en la melancolía agria, olorosa a azufre,
de envidiar malamente y duramente, anida
en un nido de topos. Es manca. Está tullida.
¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!
Es como el ala de la mariposa
nuestro brazo que deja el pensamiento escrito.
Nuestra infancia vale la rosa,
el relámpago nuestro mirar,
y el ritmo que en el pecho
nuestro corazón mueve
es un ritmo de onda de mar,
o un caer de copo de nieve,
o el del cantar
del ruiseñor,
que dura lo que dura el perfumar
de su hermana la flor.
¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!
El alma que se advierte sencilla y mira clara-
mente la gracia pura de la luz cara a cara,
como el botón de rosa, como la coccinela,
esa alma es la que al fondo del infinito vuela.
El alma que ha olvidado la admiración, que sufre
en la melancolía agria, olorosa a azufre,
de envidiar malamente y duramente, anida
en un nido de topos. Es manca. Está tullida.
¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!
672
Aristóteles
Como la vista es al
Como la vista es al cuerpo, la razón es al alma.
128
Edgar Allan Poe
La ciencia no nos ha
La ciencia no nos ha enseñado aún si la locura es o no lo más sublime de la inteligencia.
324
Lewis Carroll
Adoro a los niños con
Adoro a los niños con excepción de los niños varones. Su raza no me es en absoluto atractiva.
64
Gustave Flaubert
... la denigración de los
... la denigración de los que amamos siempre nos separa de ellos un poco.
115
Ramón Cabanillas
A Basilio Alvarez, de No desterro -en gallego-
¡Sementador! O trigo dos beirales
mostra as espigas mestas e douradas,
e as segadoras fouces. afiadas,
teñen tráxico brillo de puñales.
O teu verbo, estalante nos pinales,
troca, ó chegar ás chouzas das valgadas,
os salaios das gorxas abafadas
en ruxidos guerreiros e triunfales
A aldea érguese co claror da aurora
agardando o sinal, e non sosega
en anxo de loita vingadora.
¡Xa a luz do sol do mediodía cega,
sementador! ¡Sementador xa é hora
de da-lo berro e comenza-la sega!
mostra as espigas mestas e douradas,
e as segadoras fouces. afiadas,
teñen tráxico brillo de puñales.
O teu verbo, estalante nos pinales,
troca, ó chegar ás chouzas das valgadas,
os salaios das gorxas abafadas
en ruxidos guerreiros e triunfales
A aldea érguese co claror da aurora
agardando o sinal, e non sosega
en anxo de loita vingadora.
¡Xa a luz do sol do mediodía cega,
sementador! ¡Sementador xa é hora
de da-lo berro e comenza-la sega!
1.774
Charles Bukowski
La diferencia entre una democracia
La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes, en la dictadura no tienes que gastar tu tiempo votando.
364
Johann Wolfgang von Goethe
A bien con las mujeres
A bien con las mujeres y a puñetazos con los hombres, y con más crédito que capital; así va el hombre por el mundo.
81
Rubén Darío
Marina
Mar armonioso.
mar maravilloso,
tu salada fragancia,
tus colores y músicas sonoras
me dan la sensación divina de mi infancia
en que suaves las horas
venían en un paso de danza reposada
a dejarme un ensueño o regalo de hada.
Mar armonioso,
mar maravilloso
de arcadas de diamante que se rompen en vuelos
rítmicos que denuncian algún ímpetu oculto,
espejo de mis vagas ciudades de los cielos,
blanco y azul tumulto
de donde brota un canto
inextinguible,
mar paternal, mar santo,
mi alma siente la influencia de tu alma invisible.
Velas de los Colones
y velas de los Vascos,
hostigadas por odios de ciclones
ante la hostilidad de los peñascos;
o galeras de oro,
velas purpúreas de bajeles
que saludaron el mugir del toro
celeste, con Europa sobre el lomo
que salpicaba la revuelta espuma.
Magnífico y sonoro
se oye en las aguas como
un tropel de tropeles,
¡tropel de los tropeles de tritones!
Brazos salen de la onda, suenan vagas canciones,
brillan piedras preciosas,
mientras en las revueltas extensiones
Venus y el Sol hacen nacer mil rosas.
mar maravilloso,
tu salada fragancia,
tus colores y músicas sonoras
me dan la sensación divina de mi infancia
en que suaves las horas
venían en un paso de danza reposada
a dejarme un ensueño o regalo de hada.
Mar armonioso,
mar maravilloso
de arcadas de diamante que se rompen en vuelos
rítmicos que denuncian algún ímpetu oculto,
espejo de mis vagas ciudades de los cielos,
blanco y azul tumulto
de donde brota un canto
inextinguible,
mar paternal, mar santo,
mi alma siente la influencia de tu alma invisible.
Velas de los Colones
y velas de los Vascos,
hostigadas por odios de ciclones
ante la hostilidad de los peñascos;
o galeras de oro,
velas purpúreas de bajeles
que saludaron el mugir del toro
celeste, con Europa sobre el lomo
que salpicaba la revuelta espuma.
Magnífico y sonoro
se oye en las aguas como
un tropel de tropeles,
¡tropel de los tropeles de tritones!
Brazos salen de la onda, suenan vagas canciones,
brillan piedras preciosas,
mientras en las revueltas extensiones
Venus y el Sol hacen nacer mil rosas.
809
Aristóteles
Avaro es el que no
Avaro es el que no gasta en lo que debe, ni lo que debe, ni cuanto debe.
107
Lewis Carroll
Si así fue, así pudo
Si así fue, así pudo ser; si así fuera, así podría ser; pero como no es, no es. Es cuestión de lógica.
103
Octavio Paz
1930: Vistas Fijas
¿Qué o quién me guiaba? No buscaba a nadie,
buscaba todo y a todos:
vegetación de cúpulas azules y
campanarios blancos, muros color de sangre seca, arquitecturas:
festín de formas, danza petrificada bajo las
nubes que se hacen y se deshacen y no acaban de hacerse, siempre en
tránsito hacia su forma venidera,
piedras ocres tatuadas por un astro colérico,
piedras lavadas por el agua de la luna;
los parques y las plazuelas, las graves poblaciones
de álamos cantantes y lacónicos olmos, niños y
gorriones y cenzontles,
los corros de ancianos, ahuehuetes cuchicheantes, y
los otros, apeñuscados en los bancos, costales de huesos,
tiritando bajo el gran sol del altiplano, patena incandescente;
calles que no se acaban nunca, calles caminadas como
se lee un libro o se recorre un cuerpo;
patios mínimos, con madreselvas y geranios
generosos colgando de los barandales, ropa tendida, fantasma inocuo que
el viento echa a volar entre las verdes interjecciones del loro de ojo
sulfúreo y, de pronto, un delgado chorro de luz: el canto del
canario;
los figones celeste y las cantinas solferino, el
olor del aserrín sobre el piso de ladrillo, el mostrador
espejeante, equívoco altar en donde los genios de insidiosos
poderes duermen encerrados en botellas multicolores;
la carpa, el ventrílocuo y sus muñecos
procaces, la bailarina anémica, la tiple jamona, el galán
carrasposo;
la feria y los puestos de fritangas donde
hierofantas de ojos canela celebran, entre brasas y sahumerios, las
nupcias de las substancias y la transfiguración de los olores y
los sabores mientras destazan carnes, espolvorean sal y queso
cándido sobre nopales verdeantes, asperjan lechugas donadoras
del sueño sosegado, muelen maíz solar, bendicen manojos
de chiles tornasoles;
las frutas y los dulces, montones dorados de
mandarinas y tejocotes, plátanos áureos, tunas
sangrientas, ocres colinas de nueces y cacahuetes, volcanes de
azúcar, torreones de alegrías, pirámides
transparentes de biznagas, cocadas, diminuta orografía de las
dulzuras terrestres, el campamento militar de las cañas, las
jícamas blancas arrebujadas en túnicas color de tierra,
las limas y los limonones: frescura súbita de risas de mujeres
que se bañan en un río verde;
las guirnaldas de papel y las banderitas tricolores,
arcoiris de juguetería, las estampas de la Guadalupe y las de
los santos, los mártires, los héroes, los campeones, las
estrellas;
el enorme cartel del próximo estreno y la
ancha sonrisa, bahía extática, de la actriz en cueros y
redonda como la luna que rueda por las azoteas, se desliza entre las
sábanas y enciende las visiones rijosas;
las tropillas y vacadas de adolescentes, palomas y
cuervos, las tribus dominicales, los náufragos solitarios y los
viejos y viejas, ramas desgajadas del árbol del siglo;
la musiquita rechinante de los cabellitos, la
musiquita que da vueltas y vueltas en el cráneo como un verso
incompleto en busca de una rima;
y al cruzar la calle, sin razón, porque
sí, como un golpe de mar o el ondear súbito de un campo
de maíz, como el sol que rompe entre nubarrones: la
alegría, el surtidor de la dicha instantánea, ¡ah,
estar vivo, desgranar la granada de esta hora y comerla grano a grano!!;
el atardecer como una barca que se aleja y no acaba
de perderse en el horizonte indeciso;
la luz anclada en el atrio del templo y el lento
oleaje de la hora vencida puliendo cada piedra, cada arista, cada
pensamiento hasta que todo no es sino una transparencia insensiblemente
disipada;
la vieja cicatriz que, sin aviso, se abre, la gota
que taladra, el surco quemado que deja el tiempo en la memoria, el
tiempo sin cara: presentimiento de vómito y caída, el
tiempo que ha ido y regresa, el tiempo que nunca se ha ido y
está aquí desde el principio, el par de ojos agazapados
en un rincón del ser: la seña de nacimiento;
el rápido desplome de la noche que borra las
caras y las casas, la tinta negra de donde salen las trompas y los
colmillos, el tentáculo y el dardo, la ventosa y la naceta, el
rosario de las cacofonías;
la noche poblada cuchicheos y allá lejos un
rumor de voces de mujeres, vagos follajes movidos por el viento;
la luz brusca de los faros del auto sobre la pared
afrentada, la luz navajazo, la luz escupitajo, la reliquia escupida;
el rostro terrible de la vieja al cerrar la ventana
santiguándose, el ladrido del alma en pena del perro en el
callejón como una herida que se encona;
las parejas en las bancas de los parques o de pie en
los repliegues de los quicios, los cuatro brazos anudados,
árboles incandescentes sobre los que reposa la noche,
las parejas, bosques de febriles columnas envueltas
por la resiración del animal deseante de mil ojos y mil manos y
una sola imagen clavad en la frente,
las quietas parejas que avanzan sin moverse con los
ojos cerrados y caen interminablemente en sí mismas;
el vértigo inmóvil del adolescente
desenterrado que rompe por mi frente mientras escribo
y camina de nuevo, multisolo en su soledumbre, por
calles y plazas desmoronadas apenas las digo
y se pierde de nuevo en busca de todo y de todos, de
nada y de nadie
buscaba todo y a todos:
vegetación de cúpulas azules y
campanarios blancos, muros color de sangre seca, arquitecturas:
festín de formas, danza petrificada bajo las
nubes que se hacen y se deshacen y no acaban de hacerse, siempre en
tránsito hacia su forma venidera,
piedras ocres tatuadas por un astro colérico,
piedras lavadas por el agua de la luna;
los parques y las plazuelas, las graves poblaciones
de álamos cantantes y lacónicos olmos, niños y
gorriones y cenzontles,
los corros de ancianos, ahuehuetes cuchicheantes, y
los otros, apeñuscados en los bancos, costales de huesos,
tiritando bajo el gran sol del altiplano, patena incandescente;
calles que no se acaban nunca, calles caminadas como
se lee un libro o se recorre un cuerpo;
patios mínimos, con madreselvas y geranios
generosos colgando de los barandales, ropa tendida, fantasma inocuo que
el viento echa a volar entre las verdes interjecciones del loro de ojo
sulfúreo y, de pronto, un delgado chorro de luz: el canto del
canario;
los figones celeste y las cantinas solferino, el
olor del aserrín sobre el piso de ladrillo, el mostrador
espejeante, equívoco altar en donde los genios de insidiosos
poderes duermen encerrados en botellas multicolores;
la carpa, el ventrílocuo y sus muñecos
procaces, la bailarina anémica, la tiple jamona, el galán
carrasposo;
la feria y los puestos de fritangas donde
hierofantas de ojos canela celebran, entre brasas y sahumerios, las
nupcias de las substancias y la transfiguración de los olores y
los sabores mientras destazan carnes, espolvorean sal y queso
cándido sobre nopales verdeantes, asperjan lechugas donadoras
del sueño sosegado, muelen maíz solar, bendicen manojos
de chiles tornasoles;
las frutas y los dulces, montones dorados de
mandarinas y tejocotes, plátanos áureos, tunas
sangrientas, ocres colinas de nueces y cacahuetes, volcanes de
azúcar, torreones de alegrías, pirámides
transparentes de biznagas, cocadas, diminuta orografía de las
dulzuras terrestres, el campamento militar de las cañas, las
jícamas blancas arrebujadas en túnicas color de tierra,
las limas y los limonones: frescura súbita de risas de mujeres
que se bañan en un río verde;
las guirnaldas de papel y las banderitas tricolores,
arcoiris de juguetería, las estampas de la Guadalupe y las de
los santos, los mártires, los héroes, los campeones, las
estrellas;
el enorme cartel del próximo estreno y la
ancha sonrisa, bahía extática, de la actriz en cueros y
redonda como la luna que rueda por las azoteas, se desliza entre las
sábanas y enciende las visiones rijosas;
las tropillas y vacadas de adolescentes, palomas y
cuervos, las tribus dominicales, los náufragos solitarios y los
viejos y viejas, ramas desgajadas del árbol del siglo;
la musiquita rechinante de los cabellitos, la
musiquita que da vueltas y vueltas en el cráneo como un verso
incompleto en busca de una rima;
y al cruzar la calle, sin razón, porque
sí, como un golpe de mar o el ondear súbito de un campo
de maíz, como el sol que rompe entre nubarrones: la
alegría, el surtidor de la dicha instantánea, ¡ah,
estar vivo, desgranar la granada de esta hora y comerla grano a grano!!;
el atardecer como una barca que se aleja y no acaba
de perderse en el horizonte indeciso;
la luz anclada en el atrio del templo y el lento
oleaje de la hora vencida puliendo cada piedra, cada arista, cada
pensamiento hasta que todo no es sino una transparencia insensiblemente
disipada;
la vieja cicatriz que, sin aviso, se abre, la gota
que taladra, el surco quemado que deja el tiempo en la memoria, el
tiempo sin cara: presentimiento de vómito y caída, el
tiempo que ha ido y regresa, el tiempo que nunca se ha ido y
está aquí desde el principio, el par de ojos agazapados
en un rincón del ser: la seña de nacimiento;
el rápido desplome de la noche que borra las
caras y las casas, la tinta negra de donde salen las trompas y los
colmillos, el tentáculo y el dardo, la ventosa y la naceta, el
rosario de las cacofonías;
la noche poblada cuchicheos y allá lejos un
rumor de voces de mujeres, vagos follajes movidos por el viento;
la luz brusca de los faros del auto sobre la pared
afrentada, la luz navajazo, la luz escupitajo, la reliquia escupida;
el rostro terrible de la vieja al cerrar la ventana
santiguándose, el ladrido del alma en pena del perro en el
callejón como una herida que se encona;
las parejas en las bancas de los parques o de pie en
los repliegues de los quicios, los cuatro brazos anudados,
árboles incandescentes sobre los que reposa la noche,
las parejas, bosques de febriles columnas envueltas
por la resiración del animal deseante de mil ojos y mil manos y
una sola imagen clavad en la frente,
las quietas parejas que avanzan sin moverse con los
ojos cerrados y caen interminablemente en sí mismas;
el vértigo inmóvil del adolescente
desenterrado que rompe por mi frente mientras escribo
y camina de nuevo, multisolo en su soledumbre, por
calles y plazas desmoronadas apenas las digo
y se pierde de nuevo en busca de todo y de todos, de
nada y de nadie
480
Gustave Flaubert
Y al caer como un
Y al caer como un vestido el encanto de la novedad, dejaba al desnudo la eterna monotonía de la pasión que tiene siempre las mismas formas y el mismo lenguaje.
168
Charles Bukowski
El amante de las flores
En las montañas de Valkeri
entre los pavo reales que se pavonean
encontré una flor
tan grande como mi cabeza
y cuando me estiré
para olerla
perdí el lóbulo de la oreja
parte de la nariz
un ojo
y la mitad de la cajetilla
de cigarrillos
regresé
al siguiente día
con la intención de cortar
aquella maldita cosa
pero la encontré
tan hermosa
que en cambio
maté un
pavo real.
entre los pavo reales que se pavonean
encontré una flor
tan grande como mi cabeza
y cuando me estiré
para olerla
perdí el lóbulo de la oreja
parte de la nariz
un ojo
y la mitad de la cajetilla
de cigarrillos
regresé
al siguiente día
con la intención de cortar
aquella maldita cosa
pero la encontré
tan hermosa
que en cambio
maté un
pavo real.
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