Lista de Poemas

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Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

La Prueba

Del otro lado de la puerta un hombre
deja caer su corrupción. En vano
elevará esta noche una plegaria
a su curioso dios, que es tres, dos, uno,
y se dirá que es inmortal. Ahora
oye la profecía de su muerte
y sabe que es un animal sentado.
Eres, hermano, ese hombre. Agradezcamos
los vermes y el olvido.
654
Francisco Villaespesa

Francisco Villaespesa

Por Tierras De Sol Y Sangre Viii El Albaicín

Con pereza oriental, en la colina dormita,
ebrio de sol, el Albaicín.
Torcida higuera su ramaje inclina
entre rojos tapiales de un jardín.

Una acritud de fruta ya madura
y podrida trasciende del vergel,
mientras el fuego de la calentura
va esculpiendo las venas en la piel.

El arco de una arábiga cisterna
nos brinda el eco de su agua interna,
que nunca doró el sol, y la frescura

de su sombra antiquísima... ¡Y advierte
la carne en su pesada calentura
la fiebre de la vida y de la muerte!
315
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

A Una Pálida

A UNA PÁLIDA


Vos una claridad y yo una sombra
E. ROSTAND


Dama de las eternas palideces,

con tu mirar tranquilo me pareces,

irradiando destellos de pureza

el hada del país de la tristeza.

Eres la imagen del dolor que implora,

y por eso mi pecho que te adora,

al mirar tu expresión contemplativa

te juzga una madona pensativa.

Tú despertaste mi pasión temprana,

y de mi juventud en la mañana

como un ensueño bondadoso fuiste

regando flores en mi senda triste.

Únjame la caricia de tu mano

y tus ojos que buscan el arcano

báñenme con tu luz, mientras me abismo

en sueños de inefable misticismo.

Pero ¡ay! que no podrá mi idolatría

tener la suerte de llamarte mía,

y seguiré tu amor a los reflejos

de una esperanza que me mira lejos.

Mas nunca te daré la despedida,

que en el rudo combate de la vida

me quedará, si tu cariño pierdo,

la amorosa penumbra del recuerdo.


Aguascalientes, 1906

476
Gutierre de Cetina

Gutierre de Cetina

Dichoso Desear, Dichosa Pena

¡Dichoso desear, dichosa pena,
dichosa fe, dichoso pensamiento,
dichosa tal pasión y tal tormento
dichosa sujeción de tal cadena!

¡Dichosa fantasía de gloria llena,
dichoso aquél que siente lo que siento,
dichoso el obstinado sufrimiento,
dichoso mal que tanto bien ordena!

¡Dichoso el tiempo que de vos escribo,
dichoso aquel dolor que de vos viene,
dichosa aquella fe que a vos me tira!

¡Dichoso quien por vos vive cual vivo,
dichoso quien por vos tal ansia tiene!
¡Felice el alma que por vos suspira!
479
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Talismán

EL TALISMÁN


Vivía solo en el aposento guarnecido de una
serie de espejos mágicos. Ensayaba, antes de la entrevista con
algún enemigo, una sonrisa falsa.

Había exterminado las hijas de los pobres,
raptándolas y perdiéndolas desdeñosamente. Alberto
Durero lo descubrió una noche en solicitud de una incauta. El
galán se había provisto de un farol de ronda para atisbar
a mansalva y volvió a su vivienda después de un rodeo
infructuoso y sobre un caballo macilento. El artista dibujó, el
día siguiente, la imagen del caballero en el acto de regresar a
su guarida. Lo convirtió en un espectro cabalgante y le
sustituyó el farol de ronda por el reloj de arena.

El caballero habita una casa desprevenida de
guardianes, sumida en la sombra desde la puesta del sol. No se cuenta
de ningún asalto concertado por sus malquerientes.

Se abandona sin zozobra al sueño inerme.
Fía su seguridad al efluvio de una redoma fosforescente, en
donde guarda una criatura humana, el prodigio mayor del laboratorio de
Fausto.


444
Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

Las Causas

Los ponientes y las generaciones.
Los días y ninguno fue el primero.
La frescura del agua en la garganta
de Adán. El ordenado Paraíso.
El ojo descifrando la tiniebla.
El amor de los lobos en el alba.
La palabra. El hexámetro. El espejo.
La Torre de Babel y la soberbia.
La luna que miraban los caldeos.
Las arenas innúmeras del Ganges.
Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña.
Las manzanas de oro de las islas.
Los pasos del errante laberinto.
El infinito lienzo de Penélope.
El tiempo circular de los estoicos.
La moneda en la boca del que ha muerto.
El peso de la espada en la balanza.
Cada gota de agua en la clepsidra.
Las águilas, los fastos, las legiones.
César en la mañana de Farsalia.
La sombra de las cruces en la tierra.
El ajedrez y el álgebra del persa.
Los rastros de las largas migraciones.
La conquista de reinos por la espada.
La brújula incesante. El mar abierto.
El eco del reloj en la memoria.
El rey ajusticiado por el hacha.
El polvo incalculable que fue ejércitos.
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo.
El rostro del suicida en el espejo.
El naipe del tahúr. El oro ávido.
Las formas de la nube en el desierto.
Cada arabesco del calidoscopio.
Cada remordimiento y cada lágrima.
Se precisaron todas esas cosas
para que nuestras manos se encontraran.


850
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Juárez-loreto

JUÁREZ-LORETO


Alabados sean los ladrones...H.M.E


La del piernón bruto me rebasó por la derecha:

rozóme las regiones sagradas, me vio de arriba abajo

y se detuvo en el aire viciado: cielo sucio

de la Ruta 85, donde los ladrones

me conocen porque me roban, me pisotean

y me humillan: seguramente saben

que escribo versos: ¿Pero ella? ¿Por qué

me faulea, madruga, tumba, habita, bebe?

Tiene el pelo dorado de la madrugada

que empuña su arma y dispara sus violines.

Tiene un extraño follaje azul-morado

en unos ojos como faroles y aguardiente.

Es un jazmín angelical, maligno,

arrancado del zarzal en ruinas.

A los rateros los detesto con todo el corazón,

pero a ella, que debe llamarse Ría, Napoleona,

Bárbara o Letra Muerta o Cosa Quemada,

empiezo a amarla en la diagonal de Euler

y en la parada de Petrarca ya soy un horno

pálido de codicia, de sueños de poder,

porque como amante siempre he sido pan comido,

migaja llorona (Ay de mí, Llorona), y si ayer pasadas las diez
de la noche

fui el vivo retrato de la Novena Maravilla,

ahora sólo soy la sombra de una séptima colina desyerbada.


Alabados sean los ladrones, dice Hans Magnus.

Pues que lo sean: los veo hurtar carteras, relojes, orejas,

pies, nalgas iridiscentes, bolígrafos, anteojos,

y ella, que debe llamarse Escaldada, ni se inmuta.

Vuelve al roce, al foul, al descaro,

se alisa la dorada cabellera

(¡Coño, carajo, caballero, qué cabellera de oro!),

se marea, se hegeliza, se newtoniza,

y pasamos por donde Maimónides y Hesíodo

y pone todavía más cara de estúpida

cuando Alejandro Dumas, Poe y Molière y los cines cercanos!

Malditilla, malditita, putilla camionera,

vergüenza seas para las anchas avenidas

que son Horacio, Homero y, caray (aguas, aguas), Ejército Nacional.

Rozadora, pescadora en el río revuelto

de las horas febriles; ladrona de mi mala suerte,

abyecta cómplice del «dos de bastos», hembra de los flancos

como agua endemoniada;

cachondísima hasta la parada en seco

del autobús de la Muerte.

Alabada seas, bandida de mi lerda conmiseración.

Escorpiona te llamas, Cancerita, Cangreja,

amada hasta la terminal, hasta el infinito trasero

que me despertó imbecilizado en el boulevard

¡Miguel de Cervantes Saavedra y demás clásicos!

Porque luego de tus acuciosos frotamientos

y que cada quien llegó a donde quiso llegar

(para eso estamos y vivimos en un país libre)

hube de regresar al lugar del crimen

(así llamo a mi arruinado departamento de Lope de Vega),

y pues me vine, sí, me vine lo más pronto posible

en medio de una estruendosa rechifla celestial.


Adoro tu nalga derecha, tu pantorilla izquierda,

tus muslos enteritos, lo adivinable y calientito, tus pechitos pachones

y tu indigno, antideportivo comportamiento.

Que te asalten, te roben, burlen, violen,

Nariz de Colibrí, Doncella Serpentina,

Suripantita de Oro, Cabellitos de Elote,

porque te amo y alabo desde lo alto de mi aguda marchitez.


Hoy debo dormir como un bendito

y despertar clamando en el desierto de la ciudad

donde el Juárez-Loreto que algún día compraré

me espera, como un palacio espera, adormilado,

a su viejo-príncipe-poeta


soberbiamente idiota.

22 de octubre de 1970

644
Nicanor Parra

Nicanor Parra

Cambios De Nombre

A los amantes de las bellas letras
Hago llegar mis mejores deseos
Voy a cambiar de nombre a algunas cosas.

Mi posición es ésta:
El poeta no cumple su palabra
Si no cambia los nombres de las cosas.

¿Con qué razón el sol
Ha de seguir llamándose sol?
¡Pido que se llame Micifuz
El de las botas de cuarenta leguas!

¿Mis zapatos parecen ataúdes?
Sepan que desde hoy en adelante
Los zapatos se llaman ataúdes.
Comuníquese, anótese y publíquese
Que los zapatos han cambiado de nombre:
Desde ahora se llaman ataúdes.

Bueno, la noche es larga
Todo poeta que se estime a sí mismo
Debe tener su propio diccionario
Y antes que se me olvide
Al propio dios hay que cambiarle nombre
Que cada cual lo llame como quiera:
Ese es un problema personal.
794
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Pureza

La pasión con que te adoro es la espléndida pureza
de las flores del altar, es el lánguido desmayo
que domina a los amantes cuando sienten la cabeza
de la virgen desposada en su pecho descansar;
la pasión con que te adoro es tan blanca como rayo
de la luna, que se mira en la vidriera atravesar.

Son tan puros mis amores cual las ansias ignoradas
con que besan a la espuma los nenúfares del río
al brillar entre el boscaje las luciérnagas doradas;
las ternuras que te guardo no se han muerto con el frío:
son las únicas ternuras que han quedado inmaculadas
en el fondo cenagoso de mi espíritu sombrío.

Al sentir que vuela a ti mi fe última de niño
te consagro la sublime floración de mi cariño
porque brillas con fulgores de divina refulgencia
en las sombras impalpables que han envuelto mi existencia
cual destello cintilante de las luces de algún astro
o cual nítida blancura de una estatua de alabastro.

He mirado indiferente el amor de otras mujeres
porque sólo tú no dejas el hastío de los placeres,
porque sólo a tu mirada temblorosa de pasión
se arrodillan las más puras ilusiones de mi infancia,
y quisiera saturar el marchito corazón
de tu alma de querube con la púdica fragancia.

De mi alma contemplé la blancura ya perdida,
y al buscar amores castos por la senda del camino
sólo tú le respondiste al doliente peregrino,
pues mi espíritu manchado de tu espíritu es hermano,
y embalsama tu pureza los dolores de mi vida
cual perfuma la azucena el ambiente del pantano.

Fe levantas, sueño de oro, en mi alma que te espera,
cual se aleja en las mañanas de los días la primavera,
cuando trinan las calandrias en las verdes enramadas
la plegaria gemebunda de los bronces del santuario,
cual la hostia se levanta en las ondas azuladas
de los círculos ligeros que despide el incensario.
440
Gutierre de Cetina

Gutierre de Cetina

Del Más Subido Ardor, Del Más Precioso

Del más subido ardor, del más precioso
olor de gloria y del más alto grado,
nació en mi alma el mal de su cuidado,
antes no, sino el bien de su reposo.

Mi mal nació de allí fiero y rabioso,
a mi bien sin igual, igual en grado;
razón en mi dolor se ha transformado,
y el dolor sin razón está quejoso.

¿A quién se dio jamás, pues, tal tormento?
¿Dónde se vio decir que un mal tan alto
venga envuelto en un bien que par no tiene?

Amor, gracias te doy por lo que siento:
razón sobra al dolor, y de ella falto,
teme el honoroso mal que de ti viene.
344
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Táctica Y Estrategia

Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos

mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible

mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos

mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos

mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple

mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites
1.013
Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

El Enamorado

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
lámparas y la línea de Durero,
las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen esas cosas.

Debo fingir que en el pasado fueron
Persépolis y Roma y que una arena
sutil midió la suerte de la almena
que los siglos de hierro deshicieron.

Debo fingir las armas y la pira
de la epopeya y los pesados mares
que roen de la tierra los pilares.

Debo fingir que hay otros. Es mentira.
Sólo tú eres. Tú, mi desventura
y mi ventura, inagotable y pura.
831
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Esto Se Llama Los Incendios

Cuatro jinetes de pólvora derriten los vastos jardines.

Cuatro fantasmas de plomo cavan la tumba del amor.

Uno, dos, tres, innumerables asesinos decapitan el ángel de la
dicha.

Un jinete de enrojecidos ojos cabalga los incendios.

Algo como una lejana tristeza sucede allá,

en el país de las praderas, del napalm, del oro y de los enormes
ríos

que de pronto se alzan y se preguntan qué pasa,

aló aló qué ocurre en las ciudades de
mármol,

en las ciudades de miasma; ¿qué sucede que se ha roto

el coloquio de los enamorados?

El viento ha perdido

la dirección y la Madre Primavera muestra su pecho cercenado.

Algo como un quebradero de huesos y de plumas

ha coronado de sombra los capitolios y llenado de cenizas

las casas que antes del fuego fueron blancas y púdicas como una
guerra no declarada.

¡Aló aló Vietnam, aló padre y poeta Ho Chi
Minh!

Hola, hermana ceniza, hermano dedo, hermanas barbas,

hola querido Comandante Guevara, viento-verdad, columna asesinada,

allá arriba de nosotros, cerca del cielo o del infierno,

algo ardiente como una roja espuma se levanta

—y es tu palabra insomne, tu agonía, la línea de tu
sueño.


Pólvora y miedo en el país llamado

"el país más poderoso de la tierra".

En cada casa norteña, un becerro dorado.

En cada palacio del sur, la suma por centenares de esclavos.

En todas las casas una Biblia nunca leída, acaso murmurada,
jamás entendida.


Pero olvidemos el poder, el orgullo, los becerros

y las Biblias —y no olvidemos a Abraham Lincoln río Mississippi
abajo

casi al encuentro de don Benito Juárez desterrado

y liando tabaco virginiano; a Abraham Lincoln con su testimonio a cuestas,

su vigor de coloso y su tristeza secular.


Cuando Abraham Lincoln fue asesinado

un poco de atardecer cayó sobre el mundo de los negros

y las plegarias se sucedieron como un amargo río de lágrimas.

Llamearon las pupilas acusadoras, pero nada más. Ah, sí:

Un poeta de luenga barba blanca y ojos marinos se enfermó por la
muerte de un capitán de la vida.

Los blancos habían empezado a linchar y

los capuchones del Ku Klux Klan erizaron el silencioso territorio.

Comenzaba a oler a pólvora, a sangre fresca,

a sudor de jinetes bramadores y a incendios.

Palomas delirantes aparecieron tal presagios,

hasta que los fusiles con miras telescópicas ocuparon

el lugar de los arcángeles y callaron las aleluyas.

El agua del río padre tornóse espesa sangre

y el blues se arrinconó como un perro sarnoso.


Cuando hace pocos amaneceres asesinaron a Martin Luther King

un poco de niebla fustigó el mundo de los negros.

Pero entonces ya no solamente llamearon las pupilas

sino la madera, los minerales, los supermercados,

las farmacias, los bancos, las estaciones de policía,

las radiodifusoras, las estaciones de TV...

Ardieron de costa a costa las ciudades para que iluminaran una muerte

y hubiera un destello de esperanza en la piel negra y en la piel roja,

y hasta un poco de luz de algo que se llamó bondad, ¿o se
llamaba piedad,

o bíblicamente, malditamente se llamaba violencia?

Hoy nada sabemos. Ni siquiera dónde empieza la cola de una
serpiente de plomo

ni dónde termina el dolor de una viuda —ni qué
entraña se arrancaron los huérfanos

para gemir muertos de angustia en las noches de Memphis y de Atlanta.


Se necesita ser muy hombre para no ser violento.

Se necesita saber musitar un versículo.

Hoy necesito

mucha cobardía para callarme la oración

por Martin Luther King,

y para no decir nada sobre la sangre que lo ahogó

como a un cordero para holocausto

en la piedra solar de una colina mosaica.

¡Aló aló Martin Luther King, hombre negro degollado!

Hola Martin Lutero Rey, pacífico hacedor de incendios,

campanada king king de la rebelión, tam tam descuartizado,

suave africano de la dura Norteamérica.


Aló asesinado

aló mortificado en cuerpo y alma

aló balaceado

Hola enterrado en alma y cuerpo

hola acribillado

santo negro de las llamas

de los negros incendios

te bendigo

te bendecimos

liberador.


Ahora bendícenos, reverendo,

desde tu cielo ceñudo

desde la cálida oscuridad de tu celda celeste

¡No eres más que un cuchillo ni menos que un motín!

Por la muerte de Malcolm X

por la vida veloz de Stokely Carmichael

condúcenos, oh animoso,


oh tumultuario,

hacia el sofocante purgatorio

de los vastos jardines
incendiados!

9-10 de abril de 1968

730
Francisco Villaespesa

Francisco Villaespesa

Por Tierras De Sol Y Sangre Vii Granada

Bajo el sopor canicular se enerva
la calle tortuosa de misterio,
donde, amarilla y fláccida, la yerba
crece como en un viejo cementerio.

El sol ciega... Las puertas entornadas
esperan algo que vendrá seguro,
ahogando en el silencio sus pisadas
y arrastrando su sombra sobre el muro.

La oscuridad de pobres interiores
acuchillan de luz los resplandores
de familiares cobres, y en el fondo

la vaga y verde claridad del huerto...
¡Reina un silencio tan pesado y hondo
como si todo se encontrase muerto!
374
Gutierre de Cetina

Gutierre de Cetina

Será Verdad, ¡ay, Dios!, Serán Antojos

¿Será verdad, ¡ay, Dios!, serán antojos
este temor villano, este recelo?
¿Será verdad, ¡ay Dios!, el desconsuelo
que de nuevo da fuerza a mis enojos?

¿Será verdad, ¡ay Dios!, que vean mis ojos
gozar hombre mortal beldad del cielo?
¿Será verdad, ¡ay Dios!, que hay en el suelo
quien merece ganar tales despojos?

¿Será verdad, ¡ay Dios!, que de aquel gesto,
de aquel valor que es hoy al mundo extremo,
goce otro, si gozarle yo no debo?

¡Ay, Dios! Si esto es verdad, muera yo presto;
acábeme el dolor del mal que temo,
y no la vista de él, a que me atrevo.
276
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Suiza

SUIZA


Para Bohemio


Amanece: se iluminan

los vetustos Lepontinos,

los aldeanos llevan leche

en los jarros blanquecinos,

y en los aires se dispersan

de los pájaros los trinos.

Perezosos van remando

los ancianos gondoleros,

de las vacas se perciben

los mugidos lastimeros,

y las nieves se deshacen

en los viejos ventisqueros.

Las campánulas se mecen

de la brisa al tibio halago;

y derrama el sol naciente

que matiza el cielo vago,

un reguero de colores

en la clámide del lago.


RICARDO WENCER OLIVARES

913
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Isla De Las Madréporas

LA ISLA DE LAS MADRÉPORAS


Los salvajes miran una mueca en el rostro de la
luna. Se llenan de susto e imputan al ogro nocturno alguna ofensa
infligida al astro malignante.

Sintieron durante el sueño sus pisadas
rotundas. Debía de apoyar en ese momento su talla desemejable
sobre un asta arrancada del bosque.

El más gallardo de los mozos se dispone a
salir en demanda de la ballena. Los compañeros celebran sus
hazañas de cazador, su impavidez en el escalamiento de las
montañas y traen su genealogía del buitre carnicero.

Un lamento del bosque desaconsejaba la empresa del
joven caudillo y sonó más fuertemente al salir en su nave
de velamen de esparto.

Los compañeros lo seguían cabizbajos y
se equivocaban a menudo en la maniobra.

El joven cazador, esperanza de una sociedad natural,
divisa un pez deleznable y lo persigue apasionadamente. Los
compañeros se quejan de la caza infructuosa y proponen el
retorno.

El joven caudillo pierde el dominio de sí
mismo y solicita derechamente su ruina. Se enreda en la soga del
arpón y lo dispara consumiendo el esfuerzo de su brazo.

El pez herido lo arrastra al abismo de las aguas y
un torbellino de gaviotas señala, días enteros, el paraje
del suceso.


411
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Responso Por Un Poeta Descuartizado

Claro está que murió —como deben morir los poetas, maldiciendo, blasfemando, mentando madres,

viendo apariciones, cobijado por las pesadillas.

Claro que así murió y su muerte resuena en las malditas
habitaciones

donde perros, orgías, vino griego, prostitutas francesas,
donceles y príncipes se rinden

y le besan los benditos pies;

porque todo en él era bendito como el mármol de La Piedad

y el agua de los lagos, el agua de los ríos y los ríos de
alcohol bebidos a pleno pulmón,

así deben beber los poetas: Hasta lo infinito, hasta la negra
noche y las agrias albas

y las ceremonias civiles y las plumas heridas del artículo a que
te obligan,

la crónica que nunca hubieras querido escribir

y los poemas rubíes, los poemas diamantes, los poemas
huesolabrado, los poemas

floridos, los poemas toros, los poemas posesión, los poemas
rubenes, los poemas daríos, los poemas madres, los poemas
padres, tus poemas...


Y así le besaban los pies, la planta del pie que recorrió
los cielos y tropezó mil y un infiernos

al sonido siringa de los ángeles locos y los demonios trasegando
absintio

(El chorro de agua de Verlaine estaba mudo), ante el azoro y la
soberbia estupidez de los cónsules y los dictadores, la
chirlería envidiosa y la espesa idiotez de las gallinas
municipales.

Maldiciendo, claro, porque en la agónía estaba en su
derecho y porque qué jodidos (¡Jure, jodido!,

dijo Rubén al
niño triste que oyó su testamento), ¿por
qué no morir de alcoholes de todo el mundo si todo el mundo es
alcohol y la llama lírica es la mirada de un niño con la cara de un lirio?

Resollaba y gemía como un coloso crisoelefantino

hecho de luces y tinieblas, pulido por el aire de los Andes, la neblina
de los puertos, el ahogo de Nueva York, la palabra española, el
duelo de Machado, Europa sin su pan.

Rugía impuramente como deben rugir todos los poetas que mueren (¡Qué horror, mi cuerpo destrozado!)

y los médicos: Aquí hay pus, aquí hay pus —y nunca le hallaron nada sino dolor en la piel

limpios los riñones heroicos, limpio el hígado, limpio y soberbio el corazón

y limpiamente formidable el cerebro que nunca se detuvo, como un sol escarlata, como un sol de esmeraldas, como la mansión de los dioses, como el penacho de un emperador azteca, de un emperador inca, de un guerrero taíno;

cerebro de un amante embriagado a la orilla de un dulcísimo cuerpo, ay, de mieles y nardos

(su peso: mil ochocientos cincuenta gramos: tonelaje de poeta divino, anchura de navío),

el cerebro donde estallaron los veintiún cañonazos de la fortaleza de Acosasco

y que luego...


Claramente, turbiamente hablando, hubo necesidad de destrozarlo,
enteramente destazarlo como a una fiera selvática, como al toro
americano

porque fue mucho hombre, mucho poeta, mucho vida, muchísimo
universo

necesariamente sus vísceras tenían que ser universales,
polvo a los cuatro vientos, circunvoluciones repletas de piedad,
henchidas de amor y de ternura.

Aquí el hígado y allá los riñones.

¡Dame el corazón de Rubén! Y el cerebro peleado, de
garra en garra como un puñado de perlas.

Aquel cerebro (¡salud!) que contó hechicerías y fue
sacado a la luz antes del alba;

y por él disputaron y por él hubo sangre en las calles y
la policía dijo, chilló, bramó:

¡A la cárcel! Y el cerebro de Rubén Darío
mil ochocientos cincuenta gramos— fue a dar a la cárcel

y fue el primer cerebro encarcelado, el primer cerebro entre rejas, el
primer cerebro en una celda,

la primera rosa blanca encarcelada, el primer cisne degollado.


Lo veo y no lo creo: ardido por esa leña verde, por esa
agonía de pirámide arrasada,

el poeta que todo lo amó

cubría su pecho con el crucifijo, el crucifijo, el suave
crucifijo, el Cristo de marfil que otro poeta agónico le
regalara —Amado Nervo—

y me parece oír cómo los dientes le quemaban y de
qué manera se mordía la lengua y la piel se le
ponía violácea

nada más porque empezaba a morir,

nada más porque empezaba a santificarnos con su muerte y su
delirio, sus blasfemias, sus maldiciones, su testamento,

y nada más porque su cerebro tuvo que andar de garra en mano y
de mano en garra

hasta parecer el ala de un ángel,

la solar sonrisa de un efebo,

la sombra de recinto de todos los poetas vivos,

de todos los poetas agonizantes,

de todos los poetas.

19 de enero de 1967

535
Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

Buenos Aires, 1899

El aljibe. En el fondo la tortuga.
Sobre el patio la vaga astronomía
del niño. La heredada platería
que se espeja en el ébano. La fuga

del tiempo, que al principio nunca pasa.
Un sable que ha servido en el desierto.
Un grave rostro militar y muerto.
El húmedo zaguán. La vieja casa.

En el patio que fue de los esclavos
la sombra de la parra se aboveda.
Silba un trasnochador por la vereda.

En la alcancía duermen los centavos.
Nada. Sólo esa pobre medianía
que buscan el olvido y la elegía.
826
Nicanor Parra

Nicanor Parra

Coplas Del Vino

Nervioso, pero sin duelo
A toda la concurrencia
Por la mala voz suplico
Perdón y condescendencia.

Con mi cara de ataúd
Y mis mariposas viejas
Yo también me hago presente
En esta solemne fiesta.

¿Hay algo, pregunto yo
Más noble que una botella
De vino bien conversado
Entre dos almas gemelas?

El vino tiene un poder
Que admira y que desconcierta
Transmuta la nieve en fuego
Y al fuego lo vuelve piedra.

El vino es todo, es el mar
Las botas de veinte leguas
La alfombra mágica, el sol
El loro de siete lenguas.


Algunos toman por sed
Otros por olvidar deudas

Y yo por ver lagartijas
Y sapos en las estrellas.

El hombre que no se bebe
Su copa sanguinolenta
No puede ser, creo yo
Cristiano de buena cepa.

El vino puede tomarse
En lata, cristal o greda
Pero es mejor en copihue
En fucsia o en azucena.

El pobre toma su trago
Para compensar las deudas
Que no se pueden pagar
Con lágrimas ni con huelgas.

Si me dieran a elegir
Entre diamantes y perlas
Yo elegiría un racimo
De uvas blancas y negras.

El ciego con una copa
Ve chispas y ve centellas
Y el cojo de nacimiento
Se pone a bailar la cueca.

El vino cuando se bebe
Con inspiración sincera
Sólo puede compararse
Al beso de una doncella.

Por todo lo cual levanto
Mi copa al sol de la noche
Y bebo el vino sagrado
Que hermana los corazones.
832
Gutierre de Cetina

Gutierre de Cetina

Sobre Un Verso De Ovidio Que Dice: «fit Quoque Longus Amor, Quem Diffidentia Nutrit»

Escrito, aunque imposible al fin parece,
misterio es muy sabido y muy tratado,
que el amor en el firme enamorado
con los celos se aviva y se engrandece.

Cuanto dura el amor el ansia crece
y el deseo de verse asegurado,
sin que pueda aflojar un tal cuidado
mientras vive el recelo y prevalece.

Ni el furor, ni el más blando tratamiento,
ni aquel dulce gozar de cosa amada,
aseguran un alma temerosa.

No basta discreción ni sufrimiento,
ni esperanza en ajeno mal probada,
porque no cura amor ninguna cosa.
370
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Huérfano Quedará

Huérfano quedará mi corazón,
alma del alma, si te vas de ahí,
y para siempre lloraré por ti
enfermo de amorosa consunción.

Triste renuncio a las venturas todas
de tu suave y eterna compañía,
hoy que se apaga, con la dicha mía,
el altar que soñé para mis bodas.

Y el templo aquel de claridad incierta
y tú, como las vírgenes vestida,
brillarán en la noche de mi vida
como la luz de la esperanza muerta.
686
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Hombre Que Mira La Luna

Es decir la miraba porque
ella
se ocultó tras el biombo de nubes
y todo porque muchos amantes de este mundo
le dieron sutilmente el olivo

con su brillo reticente la luna
durante siglos consiguió transformar
el vientre amor en garufa cursilínea
la injusticia terrestre en dolor lapizlázuli

cuando los amantes ricos la miraban
desde sus tedios y sus pabellones
satelizaba de lo lindo y oía
que la luna era un fenómeno cultural

pero si los amantes pobres la contemplaban
desde su ansiedad o desde sus hambrunas
entonces la menguante entornaba los ojos
porque tanta miseria no era para ella

hasta que una noche casualmente de luna
con murciélagos suaves
con fantasmas y todo
esos amantes pobres se miraron a dúo
dijeron no va más
al carajo selene

se fueron a su cama de sábanas gastadas
con acre olor a sexo deslunado
su camanido de crujiente vaivén

y libres para siempre de la luna lunática
fornicaron al fin como dios manda
o mejor dicho como dios sugiere.
760
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Sílabas Por El Maxilar De Franz Kafka

SÍLABAS POR EL MAXILAR DE FRANZ KAFKA


Oh vieja cosa dura, dura lanza, hueso impío, sombrío objeto

de árida y seca espuma; ola y nave, navío sin rumbo, derrumbado

y secreto como la fórmula del alquimista; velero sin piloto

por un mar de aguda soledad; barca para pasar al otro lado del mundo,

enfilados hacia el cielo praguense y las callejuelas

donde la muerte pisa charcos de la cerveza que no bebió Neruda;

hueso infinito para ponerse verde de envidia,

para no remediar nada —ni el silencio ni las alas oscuras y obscenas de tus orejas;

para no ver siquiera la herida de tu boca

ni el incendio de allá arriba, donde tus ojos todo lo penetran

como otras naves, otras lanzas ardidas, otra amenaza;

para hipnotizar la espada de la melancolía

y acaso para descifrar el curso de aquel río de palacios

donde murieron los santos y las vírgenes agonizaron
tañendo laúdes de piedra;

para que pasen la novia y el féretro y Nezval resucite

en el corazón del follaje del cementerio judío;

para que el poeta te mire y se sonría ante el retrato de Dios;

para la locura —tu maxilar de duelo—, para la demencia total

y hasta para la humildad de nuestro lenguaje y su negra lucidez;

para morir eternamente de una tuberculosis dorada

y cabalgar las nubes y nombrar a los ángeles del exterminio

y clamar por los asesinos —otra vez allá arriba—,

por los que quemaron a Juan Huss

y arrojaron sus cenizas a un ancho río de espinosa corriente.

Hueso de piedra, ojo derecho del carlino puente,

pirámide caída, demolida, muerta desde su muerte;

hueso para escribir cien veces Señor K Señor K Señor K

hasta la podredumbre de las estrellas y las ratas de los castillos

y la infamia de los jueces; hueso vivo, puntiagudo

como la raíz del alma, como la ciega aurora de tus cejas;

hueso para llegar de rodillas y aguardar amorosamente

la carcajada y la oración, la blasfemia y el perdón.

Nave, navío, barca y espuma para sudar de miedo

y escribir sobre la piel la palabra abismo,

la palabra epitafio, la palabra sacrificio

y la palabra sufrimiento

y la palabra Hacedor.

6 de noviembre de 1965

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