Lista de Poemas
Las Muertes
lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de la piel
del lagarto,
inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz de alguna
lágrima;
arena sin pisadas en todas las memorias.
Son los muertos sin flores.
No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.
Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio.
Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,
mas su destino fue fulmíneo como un tajo;
porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los infames lechos
vendidos por la dicha,
porque sólo acataron una ley más ardiente que la
ávida gota de salmuera.
Esa y no cualquier otra.
Esa y ninguna otra.
Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros de nuestra vida.
Variaciones Sobre El Tiempo
te has vestido con la piel carcomida del último profeta;
te has gastado la cara hasta la extrema palidez;
te has puesto una corona hecha de espejos rotos y lluviosos jirones,
y salmodias ahora el balbuceo del porvenir con las desenterradas
melodías de antaño,
mientras vagas en sombras por tu hambriento escorial, como los reyes
locos.
No me importan ya nada todos tus desvaríos de fantasma
inconcluso,
miserable anfitrión.
Puedes roer los huesos de las grandes promesas en sus
desvencijados catafalcos
o paladear el áspero brebaje que rezuman las decapitaciones.
Y aún no habrá bastante,
hasta que no devores con tu corte goyesca la molienda final.
Nunca se acompasaron nuestros pasos en estos entrecruzados laberintos.
Ni siquiera al comienzo,
cuando me conducías de la mano por el bosque embrujado
y me obligabas a correr sin aliento detrás de aquella torre
inalcanzable
o a descubrir siempre la misma almendra con su oscuro sabor de miedo e
inocencia.
¡Ah, tu plumaje azul brillando entre las ramas!
No pude embalsamarte ni conseguí extraer tu corazón como
una manzana de oro.
Demasiado apremiante,
fuiste después el látigo que azuza,
el cochero imperial arrollándome entre las patas de sus bestias.
Demasiado moroso,
me condenaste a ser el rehén ignorado,
la víctima sepultada hasta los hombros entre siglos de arena.
Hemos luchado a veces cuerpo a cuerpo.
Nos hemos disputado como fieras cada porción de amor,
cada pacto firmado con la tinta que fraguas en alguna
instantánea eternidad,
cada rostro esculpido en la inconstancia de las nubes viajeras,
cada casa erigida en la corriente que no vuelve.
Lograste arrebatarme uno por uno esos desmenuzados fragmentos de mis
templos.
No vacíes la bolsa.
No exhibas tus trofeos.
No relates de nuevo tus hazañas de vergonzoso gladiador en las
desmesuradas galerías del eco.
Tampoco yo te concedí una tregua.
Violé tus estatutos.
Forcé tus cerraduras y subí a los graneros que denominan
porvenir.
Hice una sola hoguera con todas tus edades.
Te volví del revés igual que a un maleficio que se
quiebra,
o mezclé tus recintos como en un anagrama cuyas letras truecan el orden y cambian el sentido.
Te condensé hasta el punto de una burbuja inmóvil,
opaca, prisionera en mis vidriosos cielos,
Estiré tu piel seca en leguas de memoria,
hasta que la horadaron poco a poco los pálidos agujeros del
olvido.
Algún golpe de dados te hizo vacilar sobre el vacío
inmenso entre dos horas.
Hemos llegado lejos en este juego atroz, acorralándonos el alma.
Sé que no habrá descanso,
y no me tientas, no, con dejarme invadir por la plácida sombra
de los vegetales centenarios,
aunque de nada me valga estar en guardia,
aunque al final de todo esté de pie, recibiendo tu paga,
el mezquino soborno que acuñan en tu honor las roncas
maquinarias de la muerte,
mercenario.
Y no escribas entonces en las fronteras blancas “nunca más”
con tu mano ignorante,
como si fueras algún dios de Dios,
un guardián anterior, el amo de ti mismo en otro tú
que colma las tinieblas.
Tal vez seas apenas la sombra más infiel de alguno de sus perros.
La Realidad Y El Deseo
ese relámpago de lo invisible
que revela en nosotros la soledad de Dios.
Es este cielo que huye.
Es este territorio engalanado por las burbujas de la muerte.
Es esta larga mesa a la deriva
donde los comensales persisten ataviados por el prestigio de no estar.
A cada cual su copa
para medir el vino que se acaba donde empieza la sed.
A cada cual su plato
para encerrar el hambre que se extingue sin saciarse jamás.
Y cada dos la división del pan:
el milagro al revés, la comunión tan sólo en lo
imposible.
Y en medio del amor,
entre uno y otro cuerpo la caída,
algo que se asemeja al latido sombrío de unas alas que vuelven desde la eternidad,
al pulso del adiós debajo de la tierra.
La realidad, sí, la realidad:
un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo.
Esfinges Suelen Ser
Todavía me duelen las manos que me faltan,
esas que se quedaron adheridas a la barca fantasma que me trajo
y sacuden la costa con golpes de tambor,
con puñados de arena contra el agua de migraciones y nostalgias.
Son manos transparentes que deslizan el mundo debajo de mis pies,
que vienen y se van.
Pero estas que prolongan mi espesa anatomía
más allá de cualquier posible hoguera,
un poco más acá de cualquier imposible paraíso,
no son manos que sirvan para entreabrir las sombras,
para quitar los velos y volver a cerrar.
Yo no entiendo estas manos.
Sí, demasiado próximas,
demasiado distantes,
ajenas como mi propio vuelo acorralado adentro de otra piel,
como el insomnio de alguien que huye inalcanzable por mis dedos.
A veces las encuentro casi a punto de ocultarme de mí
o de apostar el resto a favor de otro cuerpo,
de otro falso plumaje que conspira con la noche y el sol.
Me inquietan estas manos que juegan al misterio y al azar.
Cambian mis alimentos por regueros de hormigas,
buscan una sortija en el desierto,
transforman la inocencia en un cuchillo,
perseveran absortas como valvas en la malicia y el error.
Cuando las miro pliegan y despliegan abanicos furtivos,
una visión errante que se pierde entre plumas, entre alas de
saqueo,
mientras ellas se siguen, se persiguen,
crecen hasta cubrir la inmensidad o reducen a polvo el cuento de mis
días.
Son como dos esfinges que tejen mi condena con la mitad del crimen,
con la mitad de la misericordia.
¡Y esa expresión de peces atrapados,
de pájaros ansioso,
de impasibles harpías con que asisten a su propio ritual!
Esta es la ceremonia del contagio y la peste hasta la idolatría.
Una caricia basta para multiplicar esas semillas negras que propagan la
lepra,
esas fosforescencias que propagan la seda y el ardor,
esos hilos errantes que propagan el naufragio y la sed.
¡Y esa brisa incesante que deslizan de la una a la otra
como un secreto al rojo,
como una llama que quema demasiado!
Me pregunto, me digo
qué trampa están urdiendo desde mi porvenir estas dos
manos.
Y sin embargo son las mismas manos.
Nada más que dos manos extrañamente iguales a dos manos
en su oficio de manos,
desde el principio hasta el final.
En Donde La Memoria Es Una Torre En Llamas
porque yo alcé la torre con ascuas arrancadas de cada infierno
del corazón.
Tampoco ningún tiempo pronunció ningún nombre con
su boca de arena
porque de grada en grada un lenguaje de fuego los levantó hasta
el cielo.
Nadie se muere aquí.
Una criatura vela
envuelta entre sus plumas de ángel invulnerable
jugando con ayer convertido en mañana.
Vuelve a escarbar con un trozo de espejo los terrenos prohibidos,
la oscuridad sin nombre todavía,
para entregar a cada huésped la llave al rojo vivo que
abrirá cualquier puerta hacia este lado,
una consigna de sobreviviente
y las semillas de su eternidad
un áspero alimento con un sabor a sed que nunca cesa.
Nadie se pierde aquí.
A la entrada de cada laberinto
la adolescente aguarda con un ovillo sin fin entre las manos.
Otra vez del costado donde perdura el eco,
una vez más del lado que se abre como un faro hacia la soledad,
hay un hilo que corre solamente desde siempre hasta nunca,
que ata con unos nudos invencibles las ligaduras de la
separación.
Con ese mismo hilo tejía sus disfraces de araña la
impostura
y el estrangulador, noche tras noche, preparaba su lazo mejor para
mañana.
Pero ella sonríe aún detrás de su cristal de azul
melancolía
escribiendo sobre el vaho de las nuevas traiciones las más
viejas promesas
con un tizón ardiendo,
para que nadie pierda la señal,
para que a nadie borre ni siquiera el perdón.
Nadie sale de aquí.
Yo convierto los muros de ansiosas hogueras que alimento con sal de la
nostalgia,
con raíces roídas hasta el frío del alma por la
intemperie y el destierro.
Yo cierro con mis ojos todas las cerraduras.
No hay grieta que se entreabra como en una sonrisa para burlar la ley,
ni tierra que se parta en la vergüenza,
ni un portal de cenizas labrado por la cólera, el sueño o
el desdén.
Nada más que este asilo de paso hacia el final,
donde siempre es ahora en todas partes al sol de la vigilia,
donde los corredores guardan bajo sus alas de ladrones de adiós
a todo mensajero del destino,
donde las cámaras de las torturas se abren en una escena de
dicha o infortunio que ninguna distancia consigue restañar,
y por cada escalera se asciende una vez más hasta el fondo de la
misma condena.
Esta es la torre en llamas en medio de las torres fantasmas del invierno
que huelen a guarida de una sola estación,
a sótano cerrado sobre unas aguas quietas que nadie quiere abrir.
A veces sus emisarios vienen para trocar cada cautivo ardiente por una
sombra en vuelo.
Entonces oigo el coro de las apariciones.
Llaman áridamente igual que una campana sepultada.
Zumban como un enjambre elaborando para mi memoria un ataúd de
reina helada en el exilio.
Mis días en los otros ya no son nada más que una semilla
seca,
un hilo roto,
la irrevocable momia del olvido.
Para Destruir A La Enemiga
sus manos,
vaciando en piedra gris lo que tú destinabas a memoria de fuego,
cubriendo de cenizas las más bella estampas prometidas por las
dos caras de los sueños.
Lleva sobre su rostro la señal:
ese color de invierno deslumbrante que nace donde mueres,
esas sombras como de grandes alas que barren desde siempre todos los
juramentos del amor.
Cada noche, a lo lejos, en esa lejanía donde el amante duerme
con los ojos abiertos a otro mundo adonde nunca llegas,
ella cambia tu nombre por el ruido más triste de la arena;
tu voz, por un sollozo sepultado en el fondo de la canción que
nadie ya recuerda;
tu amor, por una estéril ceremonia donde se inmola el crimen y
el perdón.
Cada noche, en el deshabitado lugar adonde vuelves,
ella pone a secar la cifra de tu edad al bajar la marea,
o cose con el hilo de tus días la noche del adiós,
o prepara con el sabor del tiempo más hermoso ese turbio brebaje
que paladeas en la soledad,
ese ardiente veneno que otros llaman nostalgia
y que tan lentamente transforma el corazón en un puñado
de semillas amargas.
No la dejes pasar.
Apaga su camino con la hoguera del árbol partido por el rayo.
Arroja su reflejo donde corran las aguas para que nunca vuelva.
Sepulta la medida de su sombra debajo de tu casa para que por su boca
la tierra la reclame.
Nómbrala con el nombre de lo deshabitado.
Nómbrala con el frío y el ardor,
con la cera fundida como una nieve sucia donde cae la forma de su vida,
con las tijeras y el puñal,
con el rastro de la alimaña herida sobre la piedra negra,
con el humo del ascua,
con la fosa del imposible amor abierta al rojo vivo en su costado,
con la palabra de poder
nómbrala y mátala.
Y no olvides sepultar la moneda.
Hacia arriba la noche bajo el pesado párpado del invierno
más largo.
Hacia abajo la efigie y la inscripción:
“Reina de las espadas,
Dama de las desdichas,
Señora de las lágrimas:
en el sitio en que estés con dos ojos te miro,
con tres nudos te ato,
la sangre te bebo
y el corazón te parto”.
Si miras otra vez en el fondo del vaso,
sólo verás ahora una descolorida cicatriz cuyos bordes se
cierran donde se unen las aguas,
pero pueden abrirse en otra herida, adonde nadie sabe.
Porque ella te fue anunciada en el séptimo día,
en el día primero de tu culpa,
y asumiste su nombre con el tuyo,
con los nombres vacíos, con el amor y con el número,
con el mismo collar de sal amarga que anuda la condena a tu garganta.
El Obstáculo
y acaso la custodien negros perros hambrientos y guardias como perros,
por más que no se vea sino el espacio alado,
tal vez la muestra en blanco de una vertiginosa dentellada.
Es estrecha e incierta y me corta el camino que promete con cada
bienvenida,
con cada centelleo de la anunciación.
No consigo pasar.
Dejaremos para otra vez las grandes migraciones,
el profuso equipaje del insomnio, mi denodada escolta de luz en las
tinieblas.
Es difícil nacer al otro lado con toda la marejada en su favor.
Tampoco logro entrar aunque reduzca mi séquito al silencio,
a unos pocos misterios, a un memorial de amor, a mis peores estrellas.
No cabe ni mi sombra entre cada embestida y la pared.
Inútil insistir mientras lleve conmigo mi envoltorio de
posesiones transparentes,
este insoluble miedo, aquel fulgor que fue un jardín debajo de
la escarcha.
No hay lugar para un alma replegada, para un cuerpo encogido,
ni siquiera comprimiendo sus lazos hasta la más extrema
ofuscación,
recortando las nubes al tamaño de algún ínfimo
sueño perdido en el desván.
No puedo trasponer esta abertura con lo poco que soy.
Son superfluas las manos y excesivos los pies para esta brecha esquiva.
Siempre sobra un costado como un brazo de mar o el eco que se prolonga
porque sí,
cuando no estorba un borde igual que un ornamento sin brillo y sin
sentido,
o sobresale, inquieta, la nostalgia de un ala.
No llegaré jamás al otro
lado.
Rehenes De Otro Mundo
una simulación de durmientes que roen el peligro en un hueso de
insomnio.
Prohibido ir más allá.
Sólo el santo tenía la consigna para el túnel y el
vuelo.
Los otros mordaza, las vendas y el castigo.
Entonces había que acatar a los guardianes desde el fondo del
foso.
Había que aceptar las plantaciones que se pierden de visa al
borde de los pies.
Había que palpar a ciegas las murallas que separan al
huésped y al perseguidor.
Era la ley del juego en el salón cerrado:
las apuestas a medias hasta perder la llave
y unas puertas que se abren cuando ruedan los últimos dados de
la muerte.
Y ellos se adelantaron de un salto hasta el final,
con sus altas coronas.
Quemaron los telones,
arrancaron de cuajo los árboles del bosque,
rompieron hasta el fondo las membranas para poder pasar.
Fue una chispa sagrada en el infierno,
la ráfaga de un cielo sepultado en la arena,
la cabeza de un dios que cae dando tumbos entre un rayo y el trueno.
Y después no hubo más.
Nada más que las llamas, el polvo y el estruendo,
iguales para siempre, cada vez.
Pero esa misma mano mordida por la trampa rozó la eternidad,
esa misma pupila trizada por la luz fue un fragmento del sol,
esas sílabas rotas en la boca fueron por un instante la palabra.
Ellos eran rehenes de otro mundo, como el carro de Elías.
Pero estaban aquí,
cayendo,
desasidos.
Remo Contra La Noche
No necesito luces para mirar en el abismo de mi sangre,
en el naufragio de mi raza.
Apágala, te digo;
apágala contra tu propia cara con este soplo frío con que
vuela mi madre.
Y tú, criatura ciega, no dejes escapar la soga que nos lleva.
Yo remonto la noche junto a ti.
Voy remando contigo desde tu nacimiento
con un fardo de espinas y esta campana inútil en las manos.
Están sordos allá.
Ninguna pluma de ángel,
ningún fulgor del cielo hemos logrado con tantas
(migraciones arrancadas al alma)
Nada más que este viaje en la tormenta
a favor de unas horas inmóviles en ti, usurera del alba;
nada más que este insomnio en la corriente,
por un puñado de ascuas,
por un par de arrasados corazones,
por un jirón de piel entre tus dientes fríos.
Pequeño, tú vuelves a nacer.
Debes seguir creciendo mientras corre hacia atrás la borra de
estos años,
y yo escarbo la lumbre en el tapiz
donde algún paso tuyo fue marcado por un carbón aciago,
y arranco las raíces que te cubren los pies.
Hay tanta sombra aquí por tan escasos días,
tantas caras borradas por los harapos de la dicha
para verte mejor,
tantos trotes de lluvias y alimañas en la rampa del sueño
para oírte mejor,
tantos carros de ruinas que ruedan con el trueno
para moler mejor tus huesos y los míos,
para precipitar la bolsa de guijarros en el despeñadero de la
bruma
y ponernos a hervir,
lo mismo que en los cuentos de la vieja hechicera.
Pequeño, no mires hacia atrás: son fantasmas del cielo.
No cortes esa flor: es el rescoldo vivo del infierno.
No toques esas aguas: son tan sólo la sed que se condensa en
lágrimas y en duelo.
No pises esa piedra que te hiere con la menuda sal de todos estos
años.
No pruebes ese pan porque tiene el sabor de la memoria y es
áspero y amargo.
No gires con la ronda en el portal de las apariciones,
no huyas con la luz, no digas que no estás.
Ella trae una aguja y un puñal,
tejedora de escarchas.
Te anuda para bordar la duración o te arrebata al filo de un
relámpago.
Se esconde en una nuez,
se disfraza de lámpara que cae en el desván o de puerta
que se abre en el estanque.
Corroe cada edad,
convierte los espejos en un nido de agujeros,
con los dientes veloces para la mordedura como un escalofrío,
como el anuncio de tu porvenir en este día que detiene el pasado.
Señora, el que buscas no está.
Salió hace mucho tiempo de cara a la avaricia de la luz,
y esa espalda obstinada de pródigo sin padres para el regreso y
el perdón,
y esos pies indefensos con que echaba a rodar las últimas
monedas.
¿A quién llamas, ladrona de miserias?
El ronquido que escuchas es tan sólo el del trueno perdido en el
jardín
y esa respiración es el jadeo de algún pobre animal que
escarba la salida.
No hay ninguna migaja para ti, roedora de arenas,
Este frío no es tuyo.
Es un frío sin nadie que se dejó olvidado no sé
quién.
Criatura, esta es sólo una historia de brujas y de lobos,
estampas arrancadas al insomnio de remotas abuelas.
Y ahora, ¿adónde vas con esta soga inmóvil que nos
lleva?
¿Adónde voy en esta barca sola contra el revés del
cielo?
¿Quién me arroja desde mi corazón como una piedra
ciega contra oleajes de piedra
y abre unas roncas alas que restallan igual que una bandera?
Silencio. Está pasando la nieve de otro cuento entre tus dedos.
El Sello Personal
mi condena visible a volver a caer una vez más bajo las
implacables ruedas del zodíaco,
si no logran volar.
No son bases del templo ni piedras del hogar.
Apenas si dos pies, anfibios, enigmáticos,
remotos como dos serafines mutilados por la desgarradura del camino.
Son mis pies para el paso,
paso a paso sobre todos los muertos,
remontando la muerte con punta y con talón,
cautivos en la jaula de esta noche que debo atravesar y corre junto a
mí.
Pies sobre brasas, pies sobre cuchillos,
marcados por el hierro de los diez mandamientos:
dos mártires anónimos tenaces en partir,
dispuestos a golpear en las cerradas puertas del planeta
y a dejar su señal de polvo y obediencia como una huella
más,
apenas descifrable entre los remolinos que barren el umbral.
Pies dueños de la tierra,
pies de horizonte que huye,
pulidos como joyas al aliento del sol y al roce del guijarro:
dos pródigos radiantes royendo mi porvenir en los huesos del
presente,
dispersando al pasar los rastros de ese reino prometido
que cambia de lugar y se escurre debajo de la hierba a medida que
avanzo.
¡Qué instrumentos inaptos para salir y para entrar!
Y ninguna evidencia, ningún sello de predestinación bajo
mis pies,
después de tantos viajes a la misma frontera.
Nada más que este abismo entre los dos,
esta ausencia inminente que me arrebata siempre hacia delante,
y este soplo de encuentro y desencuentro sobre cada pisada.
¡Condición prodigiosa y miserable!
He caído en la trampa de estos pies
como un rehén del cielo o del infierno que se interroga en vano
por su especie,
que no entiende ni sus huesos ni su piel,
ni esta perseverancia de coleóptero solo,
ni este tam-tam con que se le convoca a un eterno retorno.
¿Y adónde va este ser inmenso, legendario,
increíble,
que despliega su vivo laberinto como una pesadilla,
aquí, todavía de pie,
sobre dos fugitivos delirios de la espuma, debajo del diluvio?
Comentarios (0)
NoComments
Olga Orozco: Destino (capítulo completo) - Canal Encuentro
Olga Orozco: Infancia (capítulo completo) - Canal Encuentro
Olga Orozco: Obra (capítulo completo) - Canal Encuentro
Presentación de libro — Leer a Olga Orozco, de Jorge Monteleone
17 de marzo: Nacimiento de Olga Orozco - Historia al Día
Verso a verso 2 - Olga Orozco II
Susurro y altavoz III: Olga Orozco - Canal Encuentro
Olga Orozco: Oficios (capítulo completo) - Canal Encuentro
Verso a verso 1 - Olga Orozco I
Olga Orozco y Alejandra Pizarnik | Las dos más grandes poetisas argentinas | Claves de lectura
Olga Orozco - Esos pequeños seres (Por ella misma)
OLGA OROZCO 1 BIOGRAFIA
Olga Orozco
Memoria iluminada: Alejandra Pizarnik (Olga Orozco, su madre literaria) - Canal Encuentro HD
Olga Orozco lee su poema Señora tomando sopa
Museos - Casa Museo Olga Orozco
Olga Orozco
Para Hacer un Talismán
Videopoema: Olga Orozco, "Cantos a Berenice" - Canal Encuentro
Olga Orozco, "Con esta sola boca en este mundo" (1994) - Canal Encuentro
No hay puertas - Olga Orozco
Olga Orozco
Olga Orozco - En tu inmensa pupila
Olga Orozco
En el revés del cielo - Poema de Olga Orozco
Nacidos por escrito II: Cartas a Berenice - Canal Encuentro
EFEMÉRIDE 17 de MARZO - Olga Orozco (1920-1999)
Olga Orozco
Videopoema: 'Cantos a Berenice', Olga Orozco
OLGA OROZCO - EL ADIOS
el coleccionista / olga orozco
OLGA OROZCO - PARA HACER UN TALISMAN
OLGA OROZCO - LA MALA SUERTE
EL OBSTACULO de Olga Orozco leído por Clémence Loonis
Olga Orozco - Andante en tres tiempos
Museo Olga Orozco
Olga Orozco - Entre perro y lobo
OLGA OROZCO - AQUÍ ESTÁN TUS RECUERDOS
#2 #RefugioenlaPoesia Después de los días, Olga Orozco
102° aniversario del nacimiento de Olga Orozco
Olga Orozco - Se descolgó el silencio
Dos poemas de Olga Orozco
CON ESTA BOCA, EN ESTE MUNDO. poema de Olga Orozco leído Clémence Loonis
Olga Orozco
Olga Orozco: A Poetic Journey with Zach
EN EL FINAL ERA EL VERBO - OLGA OROZCO
CASA DE LA PAMPA - 100 AÑOS DE OLGA OROZCO
DESDOBLAMIENTO EN MÁSCARA DE TODOS, POR OLGA OROZCO
Olga Orozco - Archivo de Audiovideoteca de Escritores
Olga Orozco - Olga Orozco
Português
English
Español