Manuel del Cabral

Manuel del Cabral

1907–1999 · vivió 92 años -- --

Manuel del Cabral fue un destacado poeta, ensayista y diplomático dominicano, cuya obra se caracteriza por una profunda exploración de la identidad caribeña, la historia de su tierra y la condición humana. Su poesía, a menudo cargada de simbolismo y musicalidad, aborda temas como el amor, la muerte, la injusticia social y la búsqueda de la libertad. Reconocido por su estilo lírico y su compromiso social, Del Cabral dejó un legado importante en la literatura de la República Dominicana y de América Latina. Su labor como diplomático también le permitió difundir la cultura dominicana en el extranjero, consolidándose como una figura clave en la representación de su país.

n. 1907-03-07, Santiago de los Caballeros · m. 1999-05-14, São Domingos

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Tono Cuarto (de Carta A Rubén)

Yo recuerdo, Darío, que allá en mi adolescencia,
yo decía estas cosas llenas de transparencia.
Estas mismas que ahora tienen otra fragancia,
a pesar de aquel vaho de tus bueyes de infancia.
Mas por entre la niebla de mis barbas de loma
me salen los recuerdos, frescos como palomas.
Así, Rubén, lo mismo que una mano da trigo,
el pasado se cae de mis labios, y digo:
Era el tiempo en que tenía
piececitos-aviones
ante el fantasma de la policía.
Y madrugaba nuestra fantasía
para robar centavos,
antes que la mañana
tras la fragancia tibia de la panadería,
fuese de puerta en puerta
por la calle aldeana.
Blanca de mundo y de cuidados vanos
te me fugabas cuanto más crecía,
igual que el globo que se me rompía
si mucho le aventaba entre mis manos.
Y tú, como aquel globo, te pusiste a crecer.
Hoy ya no puedo, infancia, correr como corría.
Me pesa tanto el hombre que no puedo correr.
Ya ves Rubén, aquello, fue siempre manso, bueno:
corría con la lluvia, temblaba con el trueno.
¿Tú también lo recuerdas?
La barriga desnuda se chorreaba de miel,
mientras los astilleros dedotes del abuelo
a ratos fabricaban barquitos de papel.
Era un juguete el tiempo. Pero, luego a la cosa,
como tú ya lo sabes, le pusieron
más espina que rosa.
Yo no te estoy diciendo que hoy existe un Atila,
pero tiene parientes... Los que ven mis pupilas.
¿No sientes un caballo, y la gran negra capa
de un jinete que corre pisoteando este mapa?
Esto pone a la infancia a crecer de repente,
lo mismo que de súbito crece un agua de fuente.
¿Y qué pueden los Sócrates? ¿Qué pueden los Darío,
cuando como temblores subterráneos
pasan patas equinas que hacen brotar un río
de venas de llantos sobre campos de cráneos?
Mientras en las esquinas, de una ciudad remota,
la novela de un brazo que alza una mano rota,
dando cuerdas a un débil monótono organillo,
le regala a la infancia su sonoro castillo,
algo que ya no tienen los hombres de la tierra,
hoy que haciendo las paces, es que hacemos la guerra
Mañana pelearemos sin ir a la batalla,
pues es la que nos mata, la guerra que se calla,
y sólo encontraremos —si algo encontramos hecho—,
a la muerte perfecta como un odio en el lecho.
Pero ahora no quiero seguir estos detalles,
déjame que te hable de nuevo de mis cosas,
tal como si de pronto te hallaras por la calle
unos zapatos rotos...
donde un canario tiene su más cómodo nido
de poeta remoto...
Así, Rubén, ayer, y quizá con razón,
le dije cosas raras a mi Compadre Mon.
Por ejemplo:
Óyeme, Mon, un día, me enseñó a ser poeta
el retazo de cielo de un viejo callejón,
que siendo tan pequeño, me ensanchó el corazón.
Limpio como los vientos del molino aldeano
he salido desnudo en carne de conciencia,
y parece que tengo la mañana en la mano.
Hoy puede verme el hombre por mi abierta ventana.
Me hallará transparente como el agua con cielo.
¡Me enseñó a hacer mi casa la mañana!
Ya ves, Rubén, ya ves. Estas cosas las pudo
sólo escribir la mano de una vida que tiene
aún todo desnudo.
¿Cómo me haré contigo, infancia, que de nuevo,
como un traje ya viejo, pero querido, uso?
Nunca dejé de usarte. Todavía te llevo.

Lloras un agua tan clara,
que no parece dolor.
Hoy está triste tu cara.
Pero no tu corazón.

Mira un niño que corre por la playa, parece
que el otro niño, el mar, habla con él, y crece.
Allí llena de cosmos su voz la caracola,
donde nos habla en seco sólo Dios, de la ola.
Allí, también, oh mar, tú solos, ¡sin nacer!
Porque al nacer tan grandes
no te vimos crecer.
Oh tú que no te pudres, primavera del gnomo:
suma sólo del cuándo, secreto fiel del cómo.
Así, Rubén, tú rondas, tan transparente y fuerte
que de pie ya te vemos, tú velando a la Muerte.
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Biografía

Identificación y contexto básico

Manuel del Cabral fue un poeta, ensayista y diplomático dominicano, reconocido como una de las voces más importantes de la poesía caribeña y latinoamericana del siglo XX. Nació en Santiago de los Caballeros, República Dominicana. Su obra está intrínsecamente ligada a la identidad, la cultura y el paisaje de su tierra natal.

Infancia y formación

Desde joven mostró una inclinación por la literatura. Estudió en la Universidad de Santo Domingo y posteriormente completó estudios en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid. Su formación se nutrió tanto de la tradición literaria hispánica como de las expresiones culturales propias del Caribe, incluyendo la música y las tradiciones populares.

Trayectoria literaria

La carrera literaria de Manuel del Cabral fue prolífica y reconocida. Se inició muy joven en el mundo de las letras, participando activamente en la vida cultural de su país. Fue miembro de la Academia Dominicana de la Lengua y también ejerció la diplomacia, lo que le permitió tener contacto con diversas culturas y expandir su perspectiva. Su poesía evolucionó a lo largo de su vida, manteniendo siempre una coherencia temática y estilística.

Obra, estilo y características literarias

La obra de Del Cabral se distingue por su lirismo, su musicalidad y su profunda sensibilidad hacia el entorno caribeño. Sus poemas evocan la sensualidad de la naturaleza tropical, los ritmos de la música local y la complejidad de las relaciones humanas. Temas como el amor, la muerte, la identidad dominicana, la injusticia social y la espiritualidad son recurrentes en su obra. Utilizó un lenguaje rico en imágenes sensoriales y metáforas, a menudo con una estructura que recuerda a las formas musicales. Algunas de sus obras más destacadas son "Compadre Mon", "La sombra del caribe" y "Antología poética". Su estilo se caracteriza por la fluidez, la emotividad y una profunda conexión con el imaginario popular dominicano.

Contexto cultural e histórico

Manuel del Cabral vivió y escribió en un periodo marcado por la dictadura de Trujillo y la posterior inestabilidad política en República Dominicana, así como por los movimientos de liberación y las transformaciones sociales en América Latina. Su obra refleja tanto las particularidades de la identidad dominicana como las preocupaciones sociales y existenciales de su tiempo. Se le considera una figura central de la Generación de la Independencia o Post-Pósperos en la literatura dominicana.

Vida personal

Además de su labor literaria, Manuel del Cabral tuvo una destacada carrera diplomática, sirviendo a su país en diversas representaciones en el extranjero. Esta experiencia le permitió ampliar su visión del mundo y enriquecer su obra. Su vida personal estuvo marcada por su profundo amor por República Dominicana y su compromiso con la defensa de su cultura e identidad.

Reconocimiento y recepción

Manuel del Cabral gozó de un amplio reconocimiento en su país y en el ámbito internacional. Recibió numerosos premios y distinciones, y su obra fue traducida a varios idiomas. Es considerado uno de los poetas dominicanos más importantes del siglo XX, cuya influencia se extiende a generaciones posteriores de escritores caribeños y latinoamericanos.

Influencias y legado

La obra de Del Cabral se nutre de la tradición poética española y de las corrientes literarias de su tiempo, pero su mayor influencia proviene de la cultura y la realidad de su tierra. Su legado reside en haber plasmado la esencia del Caribe en su poesía con una maestría inigualable, creando un universo lírico propio y profundamente conmovedor. Ha inspirado a numerosos poetas a explorar la riqueza de sus propias identidades culturales.

Interpretación y análisis crítico

La poesía de Manuel del Cabral es interpretada como un canto a la vida, al amor y a la resistencia del espíritu humano frente a las adversidades. Su obra aborda la complejidad de la identidad caribeña, marcada por la herencia africana, indígena y europea. Sus poemas invitan a la reflexión sobre la relación del hombre con la naturaleza, la trascendencia del amor y la búsqueda de la justicia y la libertad.

Infancia y formación

Se cuenta que la música y el baile formaban parte esencial de su inspiración poética. Su figura como diplomático le permitió establecer vínculos con importantes círculos literarios internacionales, llevando la voz de la poesía dominicana a escenarios globales.

Muerte y memoria

Manuel del Cabral falleció en Santo Domingo. Su memoria perdura como la de un poeta que supo capturar la esencia del Caribe en versos inmortales, dejando un legado imborrable en la literatura dominicana y universal.

Poemas

4

Tono Cuarto (de Carta A Rubén)

Yo recuerdo, Darío, que allá en mi adolescencia,
yo decía estas cosas llenas de transparencia.
Estas mismas que ahora tienen otra fragancia,
a pesar de aquel vaho de tus bueyes de infancia.
Mas por entre la niebla de mis barbas de loma
me salen los recuerdos, frescos como palomas.
Así, Rubén, lo mismo que una mano da trigo,
el pasado se cae de mis labios, y digo:
Era el tiempo en que tenía
piececitos-aviones
ante el fantasma de la policía.
Y madrugaba nuestra fantasía
para robar centavos,
antes que la mañana
tras la fragancia tibia de la panadería,
fuese de puerta en puerta
por la calle aldeana.
Blanca de mundo y de cuidados vanos
te me fugabas cuanto más crecía,
igual que el globo que se me rompía
si mucho le aventaba entre mis manos.
Y tú, como aquel globo, te pusiste a crecer.
Hoy ya no puedo, infancia, correr como corría.
Me pesa tanto el hombre que no puedo correr.
Ya ves Rubén, aquello, fue siempre manso, bueno:
corría con la lluvia, temblaba con el trueno.
¿Tú también lo recuerdas?
La barriga desnuda se chorreaba de miel,
mientras los astilleros dedotes del abuelo
a ratos fabricaban barquitos de papel.
Era un juguete el tiempo. Pero, luego a la cosa,
como tú ya lo sabes, le pusieron
más espina que rosa.
Yo no te estoy diciendo que hoy existe un Atila,
pero tiene parientes... Los que ven mis pupilas.
¿No sientes un caballo, y la gran negra capa
de un jinete que corre pisoteando este mapa?
Esto pone a la infancia a crecer de repente,
lo mismo que de súbito crece un agua de fuente.
¿Y qué pueden los Sócrates? ¿Qué pueden los Darío,
cuando como temblores subterráneos
pasan patas equinas que hacen brotar un río
de venas de llantos sobre campos de cráneos?
Mientras en las esquinas, de una ciudad remota,
la novela de un brazo que alza una mano rota,
dando cuerdas a un débil monótono organillo,
le regala a la infancia su sonoro castillo,
algo que ya no tienen los hombres de la tierra,
hoy que haciendo las paces, es que hacemos la guerra
Mañana pelearemos sin ir a la batalla,
pues es la que nos mata, la guerra que se calla,
y sólo encontraremos —si algo encontramos hecho—,
a la muerte perfecta como un odio en el lecho.
Pero ahora no quiero seguir estos detalles,
déjame que te hable de nuevo de mis cosas,
tal como si de pronto te hallaras por la calle
unos zapatos rotos...
donde un canario tiene su más cómodo nido
de poeta remoto...
Así, Rubén, ayer, y quizá con razón,
le dije cosas raras a mi Compadre Mon.
Por ejemplo:
Óyeme, Mon, un día, me enseñó a ser poeta
el retazo de cielo de un viejo callejón,
que siendo tan pequeño, me ensanchó el corazón.
Limpio como los vientos del molino aldeano
he salido desnudo en carne de conciencia,
y parece que tengo la mañana en la mano.
Hoy puede verme el hombre por mi abierta ventana.
Me hallará transparente como el agua con cielo.
¡Me enseñó a hacer mi casa la mañana!
Ya ves, Rubén, ya ves. Estas cosas las pudo
sólo escribir la mano de una vida que tiene
aún todo desnudo.
¿Cómo me haré contigo, infancia, que de nuevo,
como un traje ya viejo, pero querido, uso?
Nunca dejé de usarte. Todavía te llevo.

Lloras un agua tan clara,
que no parece dolor.
Hoy está triste tu cara.
Pero no tu corazón.

Mira un niño que corre por la playa, parece
que el otro niño, el mar, habla con él, y crece.
Allí llena de cosmos su voz la caracola,
donde nos habla en seco sólo Dios, de la ola.
Allí, también, oh mar, tú solos, ¡sin nacer!
Porque al nacer tan grandes
no te vimos crecer.
Oh tú que no te pudres, primavera del gnomo:
suma sólo del cuándo, secreto fiel del cómo.
Así, Rubén, tú rondas, tan transparente y fuerte
que de pie ya te vemos, tú velando a la Muerte.
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El Mueble

Por escupir secretos en tu vientre,
por el notario
que juntó nuestros besos con un lápiz,
por los paisajes que quedaron presos
en nuestra almohada a trinos desplumados,
por la pantera aún que hay en un dedo,
por tu lengua
que de pronto desprecia superficies,
por las vueltas al mundo sin orillas
en tu ola con náufragos: tu vientre;
y por el lujo que se dan tus senos
de que los limpie un perro que te lame,
un ángel que te ladra si te vistes,
cuatro patas que piensan cuando celan;
todo esto me cuesta solamente tu cuerpo,
un volumen insólito de sueldos regateados,
un ponerme a coser silencios rotos,
un ponerme por dentro detectives,
cuidarme en las esquinas de tu origen,
remendar mi heroísmo de fonógrafo antiguo,
todo el año lavando mis bolsillos ingenuos,
atrasando el reloj de mi sonrisa,
haciendo blanco el día cuando llega visita,
poniendo gramática a tus ruidos,
poniendo en orden
el manicomio cuerdo de tu sexo;
déjame ahora
que le junte mis dudas a la escoba,
quiero quedarme limpio como un plato de pobre;
tú,
que llenaste mi sangre a caballos,
tú,
que si te miro me relincha el ojo,
dobla tu instinto como en una esquina
y hablemos allí solos,
sin el uso,
sin el ruido
del alquilado mueble de tu cuerpo.
642

Huésped Súbito

Ahora estás aquí.
¿Pero puedes estar?
Tú dices que te llamas... Pero no, no te llamas...
Desde que tengas nombre comienzo a no respirarte,
a confirmar que no existes,
y es probable que desde entonces no te nombre,
porque cualquier detalle, una línea, una curva,
es material de fuga;
porque cada palabra es un poco de forma,
un poco de tu muerte.
Tu puro ser se muere de presente.
Se muere hacia el contorno.
Se muere hacia la vida.
514

Negro Sin Zapatos

Hay en tus pies descalzos: graves amaneceres.
(Ya no podrán decir que es un siglo pequeño.)
El cielo se derrite rodando por tu espalda:
húmeda de trabajo, brillante de trabajo,
pero oscura de sueldo.

Yo no te vi dormido... Yo no te vi dormido...
aquellos pies descalzos
no te dejan dormir.

Tú ganas diez centavos, diez centavos por día.
Sin embargo,
tú los ganas tan limpios
tienes manos tan limpias,
que puede que tu casa sólo tenga.
Ropa sucia,
catre sucio,
carne sucia,
pero lavada la palabra: Hombre.
556

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Tia tutu
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Hjy
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Hgu

George
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Muchas gracias

Jelisa
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